miércoles, 1 de octubre de 2014

La Muerte del Sabio

Fernando Rodríguez[1]





En el día de ayer recibimos la noticia de la muerte del profesor Ezra Heymann en España. Sin duda se impone explicar para muchos el perfil del personaje porque fue conocido sólo en ciertos ámbitos universitarios, y mejor que conocido venerado. Él lo quiso así, una vida absolutamente austera y alejada de todo ruido, casi monacal, dedicada socráticamente a la filosofía, hasta sus últimos días. Sin sosiego, sin apartarse nunca de los predios de la Facultad de Humanidades de la UCV que fue su última casa, por tres décadas.
Ezra Heymann (1928) era alemán, aunque su ciudad natal ha pertenecido a tres países, estudió en Hungría y Alemania; se doctoró en Heidelberg, bajo la tutoría de Gadamer, uno de los grandes pensadores del siglo XX . Muy joven emigró a Uruguay y enseñó en la Universidad de Montevideo, por más de veinte años. Hasta la llegada de la dictadura militar a la cual ese solitario apolítico condenó públicamente en las narices de las nuevas autoridades y obligó a sus colegas a trasladarlo de urgencia a la Embajada alemana. Se vino a Venezuela donde continuó su permanente magisterio universitario. Magisterio, digo en propiedad, que viene de maestro y a nadie más que a él es justo aplicarle ese título por la increíble dedicación, amor e inmensa sapiencia con que asumió su vocación. Son centenares de estudiantes los que vieron en él la encarnación misma de la sabiduría, no sólo una cultísima erudición en los más diversos campos del pensamiento sino una disposición a hacer pensar, incitando al diálogo, pensando con ellos, siempre sobre el supuesto de que filosofar es rehacer y deshacer los caminos andados, negarse al dogma, al pensamiento concluido, al límite.
Y nos dio tanto que nuestra deuda es impagable. Y no sólo a nosotros los de la Escuela de Filosofía. Yo compartí años cubículo con él y vi a literatos y arquitectos solicitando luces sobre Estética o a biólogos sobre algún enredo epistemológico o a psicólogos sobre la consistencia discursiva de un test y así. Y siempre tuvo tiempo y paciencia para dar a manos llenas. Diría que más que un pensamiento suyo lo que nos deja es un estilo, una manera de enfrentar el pensar que, en el fondo viene de un muy peculiar sentimiento de la vida, suyo, único. Ezra, decía yo con algo de hipérbole, no pronunciaba frases negativas, tales como hace demasiado calor, tengo unos alumnos insufribles, maldita lluvia…Un día yo le hablaba de los horrores de Caracas, me oyó pacientemente y me contestó: sin embargo temprano esta mañana tuve cinco pájaros en mi balcón. En esa amorosa relación con la vida y con los otros se fundaba su deambular con increíble destreza entre los pensamientos más abstrusos y más diversos.
Su obra escrita no es muy abundante. La que hizo, en especial sobre Kant, es valiosísima. Y no escribió en demasía porque era suficientemente sabio para saber que hay excesos de cosas escritas. Pero también porque creo que prefería verla en la palabra compartida, viva, emergiendo. Sin embargo su valor era tan grande que a pesar de su modestia, su rechazo de la barata mundanidad y el hedonismo –Ezra tenía el número de camisas exacto que un profesor debe tener, el dinero para gastar en libros, el desconocimiento más total de la quincalla de la contemporaneidad, por ejemplo creo que jamás se sentó a ver televisión- , a pesar de eso, no pudo evitar los honores de nosotros sus discípulos permanentes, de los grandes que se topó en la ruta, de las invitaciones del exterior que se multiplicaban. Se los tomó como todo, como accesorios. Como asumió su muerte anunciada un par de meses antes, él ateo contumaz, con la mayor serenidad, con una sensación de plenitud y sugería con una discreta alegría, eso decían sus emails y todos sabemos que era así. Adiós, viejo querido.





[1] Este ensayo apareció en el periódico  Tal Cual 23/09/14, Caracas, Venezuela.