miércoles, 1 de octubre de 2014


Identidad cultural

Ezra Heymann




La acuñación "identidad" fue puesta en boga alrededor de 1950 por Erik Erikson. Formado en psicoanálisis, pero en contraste con la visión sombría de su fundador, Erikson daba voz, en el marco de una psicología evolutiva, a la ola de idealismo esperanzado que recorrió junto a otras olas la inmediata posguerra, e intentó caracterizar los logros peculiares de cada etapa de la vida.
A la adolescencia, señalaba Erikson, le corresponde la formación de un proyecto de vida, de ideales de amistad, de amor y solidaridad, proyectos e ideales que el joven siente como lo más íntimo suyo, como el núcleo de su personalidad. A esta lealtad ideal, más pensada y sentida que comprobada, Erikson la llamaba "identidad".
Esta noción de identidad, estrictamente personal, mantiene relaciones difíciles y complejas con la noción de identidad colectiva. En tanto que se estructura alrededor de la idea de una lealtad, invita a ser pensada como un núcleo de agrupación de correligionarios. Pero esta agrupación pensada y ensoñada implica, al mismo tiempo, un distanciamiento con respecto a los órdenes sociales existentes.
IDENTIDAD Y PERTENENCIA
En realidad, la noción de identidad podría deber su fortuna precisamente a una cierta indefinición que se remonta a su olvidado origen en una psicología de la juventud: entre la identidad ideal alimentada por lecturas y la identificación con grupos, unidades sociales reales, que a su vez pueden representar una pertenencia efectiva —una trabazón de lazos— o una imaginaria.
Pronto se desplazó la noción de identidad. En una dirección llegó a coincidir con lo que en psicología social solía llamarse el auto-estereotipo, esto es, la imagen que tienen de sí mismos los integrantes de un grupo. En otra, más doctrinaria, la noción llegó a ser el emblema de un supuesto muy difundido en los estudios antropológicos: el supuesto de que a una comunidad le corresponde una determinada cultura, que a su vez determinaría la identidad de sus integrantes. De la idea obvia de que a una comunidad le pertenece un conjunto de múltiples actividades culturales, se pasa a la tesis, o al sobrentendido, de que a cada comunidad le corresponde una única y bien determinada cultura, es decir, se da por sentado que las actividades culturales de la comunidad pueden ser identificadas de manera unitaria, de modo que sus integrantes pudieran ser considerados como pertenecientes a una comunidad, y con ello mismo, a una cultura.
A través de esta pertenencia tendría su identidad.
Creo que hace falta señalar con claridad las falacias de esta visión, que merece llamarse totalitaria por cuanto hace colapsar las nociones de comunidad, cultura e identidad, y nos lleva hacia donde seguramente no queremos ir.
En primer lugar, nuestras pertenencias y nuestros lazos de solidaridad no implican una identificación cualitativa. Entre hermanos suele haber un sentimiento muy vivo de sus diferencias de carácter y de mentalidad; pueden adherir a corrientes de pensamiento violentamente opuestas y sin embargo pueden seguir sintiéndose estrechamente vinculados. El ser humano no pertenece a un solo grupo, sino a varios simultáneamente, sin que haya uno que pueda absorber las lealtades debidas a los otros. La pertenencia a una nación no coincide con nuestros lazos de familia, de modo que la misma legislación nacional prevé el respeto por los conflictos que puedan surgir entre ambas lealtades. Lo mismo se puede decir de nuestras amistades, aunque la lealtad a éstas no goza de la misma protección oficial.
Dentro de cada grupo, en particular dentro de aquellos que no se forman por elección propia y que más justifican que se hable de pertenencia, caben las mayores oposiciones culturales y reclamos de tradiciones opuestas entre sí. El sentido de la pertenencia tiene un eminente valor moral. Pero éste no implica la visión de los grupos a los cuales pertenecemos como homogéneos.
Por cierto, nuestras adhesiones culturales pueden a su vez originar agrupamientos, pero estas uniones no son precisamente aquellas en las cuales se piensa cuando se habla de comunidades. Hace falta notar con claridad que el culturalismo relativista, al confinar todos los criterios evaluativos dentro de cada cultura=comunidad, niega las diferencias y oposiciones cognitivas, morales y estéticas dentro de cada comunidad, o, si las reconoce, supone que se trata de comunidades en descomposición.
MORAL Y CULTURA
Se puede admitir, como hipótesis, que lazos de comunidad afectivos y un sentido fuerte de pertenencia robustecen la autonomía del individuo, pero entonces debemos aceptar también la consecuencia: autonomía, es decir, capacidad de juicio propio, implica a su vez elaboraciones culturales variadas y receptividad para influencias cognitivas, estéticas y morales, vengan de donde vengan, y la vida comunitaria se verá tanto más robusta cuanto más haya vida cultural vivieren, y esto quiere decir no la mera conservación de patrones, sino el debate, la lucha en la cual la argumentación, deliberativa y crítica, y la persuasión afectiva participan por igual.
La inclusión de lo moral en el debate cultural, en la cultura concebida como un debate, plantea una cuestión difícil y sustancial. Algunos autores, afines a la posición aquí defendida, protestan contra la consideración de un código moral como un código cultural. El pensamiento implicado es el siguiente: si concebimos la vida social como confrontación y debate entre tradiciones e iniciativas culturales diferentes, entonces debemos considerar el ámbito moral como aquel que permite precisamente esta concordia discordante, que es, por lo tanto, algo independiente de estas corrientes en pugna.
Sin embargo, no se puede desconocer que una moral de la convivencia y de la fraternidad practicada requiere más que una codificación; requiere el cultivo de la práctica misma y la dilucidación discursiva de su complejidad interna, es decir, es ella misma una actividad cultural que no está por encima de los enfrentamientos sociales y cívicos.
Desde luego, es de fundamental importancia la existencia de una moral mínima ampliamente compartida, una moral de la intersección de corrientes culturales diversas, pero la solidez de ésta no deja de ser limitada, y en ninguna época ha estado libre de zozobra.
No podemos, por lo tanto, admitir una moral independiente de la cultura. Lo que sucede es que un movimiento cultural está destinado de antemano a convivir y a pelear con otros; esto es parte de su cometido. La alteridad no le viene de afuera, como por accidente. La cultura propone un estilo de convivencia con la alteridad, que puede ser la de una cultura de la violencia, del amedrentamiento y del dominio, del aislamiento defensivo, o del diálogo y de la lucha fraterna. La moral es de este modo ella misma una propuesta cultural, lo que no está en contradicción con la posibilidad de que sea la propuesta de búsqueda de un terreno común, de intersección o encabalgamiento, aunque más que de un modus vivendi de culturas fijadas nos gustaría hablar de movimientos culturales que no tienen por qué estar ansiosos por su identidad.
La alteridad no está sólo en el otro. El estilo de la relación con el otro depende más bien, como se ha señalado acertadamente, de la manera como nos relacionamos con lo imprevisto en nosotros, con lo que es extraño a nuestras pautas culturales más habituales. La cultura no gira meramente alrededor de sí misma; ella es una manera de tratar con lo que no es cultura en nosotros, con lo que aflora espontáneamente y es capaz de hacerse eco de otras expresiones culturales.
Cabe pensar de este modo que los canales de comunicación intersubjetiva, que es en algún grado también intercultural (ya que no existen dos personas con idéntico fondo cultural), se desarrollan a la par con los canales de comunicación intrapsíquica.
La elaboración de estos sistemas "viales" y el ejercicio de la comunicación en ellos es quizás lo que más propiamente puede reivindicar el nombre de cultura.
Pero, de todos modos, lo inhumano de la cultura y de la lealtad únicas tienen que ser llamadas por su nombre. Hemos callado durante demasiado tiempo.