domingo, 1 de septiembre de 2013


Fascismo enmascarado

Mauricio Ortín





           El éxito y la versatilidad con que el fascismo se las arregla para permanecer vigente induce a considerarlo como un fenómeno político profundamente enraizado en la naturaleza humana. La historia política enseña que lo habitual en el mundo es el autoritarismo del Estado y no, más bien, la libertad de los individuos. El abuso del poder del Estado en beneficio de una clase, sector social, ideología o dogma es algo que ni siquiera los políticos ponen en discusión. Se justifica de suyo que la política consista, esencialmente, en la coerción y la coacción estatal a los privados con el objeto de imponerles los tributos para “beneficiar” a los que menos tienen. Alimentar a ese ogro insaciable y supuestamente filantrópico que es el Estado constituye el principal objetivo del sistema fascista. Para este propósito se patrocina e instituye, a través de la propaganda oficial, el culto de adoración al Estado y a su “héroe” conductor. Si bien, en dichas circunstancias, la oposición política suele reaccionar resistiéndose al “héroe”, por lo general, no objeta la divinización del Estado. Es que ellos son, también, el Estado y, aunque en migajas, no renuncian así nomás al privilegio de sentirse venerados. Sin embargo, el ejercicio de un cargo político no hace mejores a las personas ni, mucho menos, los hace dioses. Por lo contrario y como con gran puntería sostiene lord Acton: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Los testimonios registrados en este sentido, desde Tutankamón hasta Hugo Chávez, confirman el aserto. De allí que el contro y la renovación periódica  de los políticos sea una condición indispensable para resguardarse de los fascistas. Ardua tarea, si la hay, dada la extraordinaria capacidad evidenciada por el fascismo para reinventarse. Prueba de ello, y con diversos grados de avance, es el exitoso experimento llevado adelante por el fascismo latinoamericano en la Argentina de los Kirchner, el Ecuador de Rafael Correa, la Bolivia de Evo Morales, la Nicaragua de Daniel Ortega y, fundamentalmente, la Venezuela del fallecido Chávez. Este último fue (y sigue siendo) el principal actor de la reinvención del fascismo mundial. Su modelo “fascista-chavista” no se distingue los fascismos anteriores por la demagogia clientelista, el culto al caudillo providencial, el ataque a la prensa libre o el sometimiento de todo poder al suyo. De hecho, no existe en el mundo actual un régimen más parecido al de Benito Mussolini que el que instauró Hugo Chávez y heredó Nicolás Maduro. Lo verdaderamente novedoso y diferente del chavismo reside en el paradójico ardid que esgrime para justificarse y eternizarse en el poder: “la lucha a muerte contra el fascismo”.  ¡Un fascismo “antifascista”! será un absurdo, pero un absurdo que funciona políticamente. Suena muy loco pero es así. Venezuela es el “Mundo del revés” donde los antifascistas (fascistas) acusan de fascistas a los que quieren restablecer el Estado de Derecho que claman por los derechos más elementales. Así, Diosdado Cabello, actual presidente de la Asamblea Nacional, en forma grosera y totalitaria, priva de la palabra arrebatándole los micrófonos de las bancas a los diputados opositores. También, los ministros hacen lo suyo. Por ejemplo, la fascista ministra de prisiones, Iris Varela; quién comunicó al jefe de la oposición, Henrique Capriles,  que está "preparando una celda" para reeducarlo. “Vamos a ver si ahí te quitamos ese pensamiento fascista y logramos rescatarte como ser humano”. Este proceder “antifascista” del nuevo fascismo lleva como distintivo la falsificación y tergiversación del significado de las palabras. La confusión que genera el embrollo ocasionado en el lenguaje sumado al efecto narcótico que produce, la diatriba contra los EEUU, la indigencia intelectual del progresismo latinoamericano resulta más que suficiente para allanar el camino al “héroe” fascista. La ley kirchnerista de “democratización de la justicia” es, por lo expuesto, un acto de impecable pureza fascista.