No calles en las
calles…
Venezuela
Febrero 2014
David
De los Reyes
¿Por qué existen
los déspotas? ¿Por qué han de doblegarse
miles y miles
ante los caprichos de un estomago y depender de su flato?
Los Bandidos. F. Schiller
Algunos
nunca enloquecen. !Qué vida de mierda deben llevar!
Charles Bukowski
Charles Bukowski
La
política es el campo de las posibilidad humanas para convivir en sociedad. Pero
puede tanto restringir como ampliar el desarrollo y la plenitud de los hombres.
Es lo que hemos visto a lo largo de la historia.
Cuando la vida humana se reduce por incapacidad, corrupción, brutalidad,
cinismo de sus gobernantes, los gobernados, ante los tiranos, tendrán el
derecho y el deber de destituirlos, pues en ellos recae el poder soberano de
aceptar o no a su conductor y decisor, su legislador
universal en tanto gobierno.
Regímenes de estado que despojan a los hombres de sus
derechos, o en los que son considerados como si solo pudieran gobernarse por la
fuerza y el miedo al castigo son tiranías encubiertas, a veces, por una delgada
máscara democrática. Esos regímenes tienen el
efecto de producir tiranía y altivez en el déspota de turno, así como espíritu
esclavo y bajeza en los ciudadanos; el efecto de cubrir de palidez y sangre
todo rostro y de cobardía y resentimiento en todo corazón.
Toda
sociedad que dependa, por tanto, en gran medida de la intervención del Estado
siempre ha caído en el autoritarismo.
Venezuela
ha pasado y pasa por esto anterior en
este infausto presente. Después de quince años de una promesa revolucionaria transformadora
y esperanzadora para muchos incautos y otros
cautos, el país ha caído en el marasmo del atraso cultural, del cerco
total de los medios de comunicación, de la destrucción del sistema educativo a
todos los niveles, de la inseguridad ciudadana como permanente represión y reducción de los espacios públicos libres, del
parasitismo rentista estatal, del desempleo como plaga viral y del desmontaje
del parque industrial-empresarial, del manejo doloso, volátil e irresponsable de
los abundantísimos fondos públicos, de una justicia viciada y dependiente del
ejecutivo, de un militarismo rampante, del dominio extranjero de la vida
política y militar del Estado o el llamado neoimperialismo castrocomunista, de
una mortandad civil que no remite a ninguna otra realidad actual ni histórica,
ni local ni mundial, en relación a su número de asesinados por el hampa (casi
25 mil asesinatos en el 2013 de los cuales pareciera ser que el estado no tiene la culpa), y un desabastecimiento de los artículos más
elementales para las necesidades de la vida diaria dentro de un capitalismo
salvaje de estado todopoderoso petrolero. La Salus Publica del denominado socialismo
del siglo XXI se basa en la permanente represión de la protesta ciudadana y en
el reparto del desabastecimiento general.
Frente
a esto, la mayoría de la sociedad civil, impulsada por la gesta heroica de los
estudiantes que han llevado la protesta justa
a la calle con un permanente ¡basta
ya! rotundo, han iniciado una alentadora
lucha pacífica contra un régimen decadente que se ha apoderado del Estado con fines extralegales y
determinados abiertamente desde centros de poder políticos en el exterior,
ofreciendo conscientemente un detrimento permanente de la calidad de vida para los habitantes de la nación y creando una casta
revolucionaria rastrera y servil, llamada coloquialmente, boliburguesia.
El
régimen, llamado revolucionario y socialista,
se ha convertido no en gobierno, sino en un sistema de dictamen que
impone sus órdenes a los ciudadanos por encima de la ley. Un mandato por
decreto, pues los revolucionarios no creen ni en leyes ni en constituciones,
son molestas para el devenir histórico del partido y sus líderes; aunque no se
cansan de decirnos que todo lo hacen bajo la lupa del ordenamiento legal
expresado en el librito magno de mano, mas nunca concretado en la cotidianidad
política. Toda dictadura se caracteriza por la
supresión del derecho reemplazado por el ejercicio de la fuerza represiva
inmediata. Una legalidad cínica y tiránica esgrimida contra aquellos que
quieren levantar una voz disidente y que se sienten separados de la
participación del acontecer político plural que corresponde a toda democracia
parlamentaria. Un régimen que sólo tiene como solución el enfrentamiento, el apartheid en la división de ciudadanos
acólitos y eliminables, la represión y el encarcelamiento permanente de los
líderes que pueden elevar su palabra y
que pueda ser acogida por una inmensa mayoría
que casi ha perdido la voluntad de protesta legal, pero que hoy ha vuelto a
escucharse en la calle de forma
imperante, firme, combativa, estruendosa, y valiente, gracias a los
estudiantes venezolanos. El único golpe de
estado militar en marcha, tan repetidamente anunciado por el régimen, lo da
todos los días el gobierno contra el país. El Estado en Venezuela se ha
convertido en un coágulo de poder hamponil y militar, que se ha quitado, con
los acontecimientos de estos días de febrero, la máscara frente a una población
civil desarmada.
Lo
más interesante que esta irrupción espontánea y libertaria ciudadana de
inconformidad es que ha surgido con un
mínimo de organización, pero con un máximo de malestar social gracias a la
presencia estudiantil juvenil en todos los frentes emergentes a lo largo del
territorio nacional. Y no es esta la primera vez que ocurre. Los estudiantes, ante un futuro
incierto e injustamente mal tejido políticamente, de vida cerrada y
enclaustrada a los dictámenes y decretos dictatoriales de los funcionarios de un estado
de una camarilla corrupta, han tomado la
calle y han dicho que de ella no saldrán hasta que no vean que la situación cambie; no quieren que se les robe su futuro
por una gris inteligencia política. Contra ellos y a todo el resto, ha habido represión intensa y ejercida con
los cuerpos de violencia militar del régimen militar-corporativo, los cuales se
componen no solo de la guardia nacional sino de los llamados “colectivos de la
paz”, quienes se han organizado para
inocular el miedo y han desplegado, a lo largo de las ciudades en justa rebeldía,
la fuerza brutal de la destrucción e incriminación tanto a los estudiantes como
a los mismos ciudadanos, como también a las propiedades particulares como a los
bienes comunes del estado; toda acción de protesta civil se ha criminalizado
con total fuerza. Colectivos desatados y
armados que, con una conducta hamponil, han sido resguardados por los miembros de la
guardia nacional, incentivándolos al ataque, al saqueo, al saboteo y a la
destrucción, sembrando el caos y la impotencia que no por ello desalientan a no
seguir con su pie de calle. Mostrando
así la faceta única de sometimiento y de
falaz diálogo al que quieren reducir las voluntades de los hombres de este
país. Se trata simplemente acallar y no aceptar el protestar la reducción de la
calidad de vida desabastecida (alimentaria, médica, educativa, etc.), plagada en el presente de injusticias en muchas estancias sociales. Es la pesadilla
socialista nacional que ha construido la ineficacia del delirante régimen ejercido
durante quince años de arbitrariedades electorales e institucionales; la gran mentira socialista, como colofón
político. Esta inconformidad real ciudadana es el supuesto motivo y el fin de
un permanente ataque, represión, acoso, encarcelamiento, y en ciertos casos de
eliminación de la misma vida de
venezolanos (van más de quince estudiantes muertos en las calles; más de
setecientos detenidos, torturados y otra cantidad de desaparecidos), bien de
forma directa o indirecta. Un régimen que ha decidido ser totalitario siempre
es sordo ante la voz de la diferencia; el régimen nunca se equivoca, es
perfecto. La verdad política relativa y parcializada se vuelve absoluta y se convierte en dogma; no hay posibilidad de enmendar y reconocer
ningún error, pues para sus dirigentes simplemente no existe. Quieren las mentes silenciadas y sólo que
acepten la orden de forma irrestricta; el mando, la ceguera como la única forma
militaresca de ver la luz del día.

Por
otra parte tenemos una dirigencia
política que se ha tildado de opositora que, si bien ha hecho intentos de dar
seriedad política por alguno de sus miembros, ha sido fuertemente criticada por
pactar cargos y legitimar gobiernos, instituciones electorales y judiciales fraudulentas.
Ante tal dirigencia el eco de la sociedad civil ha protestado abiertamente o a soto voce entre los corrillos de la
contingencia cotidiana de la familia y de los espacios públicos. Una gran
mayoría indignada que adversa al régimen se ha desilusionado de su precaria
actuación y su poca representación democrática; han jugado, cuestionablemente, a que las elecciones son limpias cuando no hay
árbitros electorales imparciales. Como he dicho en otra oportunidad. Pareciera
esta llamada oposición más una reunión de capilla que un movimiento democrático
que toma y hace frente a las injusticias permanentes de la ciudadanía a lo
largo del país; en el fondo, parecieran querer no quedar fuera del reparto
presupuestario de la renta petrolera, aunque sean migajas.
La
mentira política nunca ha sido más explícita; cree el gobierno que está ante un grupo de tarados
mentales políticos. La mentira construida y reiterada para fines del manejo y
hostigamiento de la opinión pública, a través del cerco de los medios de
información amordazados, ha sido el mejor instrumento de coerción y de
embaucamiento del ciudadano mayoritario;
medios que hasta ahora les han servido, pero no pareciera que por mucho
tiempo más. La culpa de esta protesta ciudadana
no son de los medios de comunicación sino
de los fines de la incomunicación de
los funcionarios del gobierno ilegítimo. Una serie de promesas nunca cumplidas, de fracasadas
misiones nefastas e ideológicas, de cargos parasitarios, de la destrucción
sistemática del orden institucional constitucional, de la compra de gobiernos beneficiarios del
reparto petrolero y sus rentas, de regalos y saqueos demagógicos permitidos
(como línea blanca, aparatos electrónicos, etc.), han sido parte de la
ingeniería social del “bozal de arepa”
bolivariano. Así tenemos, en estos días de últimos de febrero, la última consigna revelada, esgrimida públicamente por
un ministro que dice ser de educación, la
pobreza es necesaria para la revolución y por ende, es importante
mantenerla e incentivarla; habrá que
acostumbrarse a esta mediocritas revolucionaria,
pues la movilidad social y mejorar de
condición por el esfuerzo e inteligencia personal está vetada dentro de una
revolución; el reparto de la pobreza, no del incentivo a la riqueza: ser pobre es bueno. Ese ministro de educación nos ha mostrado, con su pobreza intelectual revolucionaria, la
naturaleza ideológica implícita del absolutismo DESilustrado de este gobierno
del socialismo s. XXI. La educación
para el gozo en el paraíso de la esclavitud comunista y el sometimiento
servil a los funcionarios del supremo estado socialista; hay que aplastar la
autonomía y la libertad, el crecimiento del ser del individuo con el quiebre de
su voluntad. Se estudia sólo para ser un buen dócil siervo de la gleba
revolucionaria, dirigida por el señor feudal bolivariano de turno y elegido por
las alturas de un comisariato político o en función de los intereses del lugar
respecto a quién es el funcionario iluminado que dominará a ese territorio
desde todo punto de vista. No el incentivo del trabajo justo y una educación para
un mejor vivir responsable y útil. Simón Rodriguez, ese iluminado del s, XIX, bien hizo con no volver nunca más a estas
tierras que lo vio nacer… Así es como, poco a poco, ha caído el antifaz democrático para muchos de
los seguidores del régimen; se han dado cuenta, por ejemplo, que el estudio es una
pérdida de tiempo y que la formación e información del individuo vale tanto
como su vida: nada; que sólo es un
número más donde la moralidad no cuenta y si existe la conciencia personal es
un estorbo. Sumisión a la nomenklatura
es el fin. Dominio arbitrario y no convivencia política. Sometimiento
involuntario y aceptación del destino socialista sin chistar. De ahí que sean tan dignas las demandas y las
protestas de los estudiantes dentro del país. ¡Los
estudiantes no se venden, no negocian, solo actúan por resistencia civil!

Todo
este cuadro descrito es lo que viene a conformar el destino de una nación desbastada, que hasta el momento ha
dejado de ser soberana, donde sus
habitantes parecieran haber quedados separados de la solidaridad democrática internacional del resto de los países que en algún momento
tomó a Venezuela como un territorio de ejemplo democrático; donde las
esperanzas de una democrática perfectibilidad y reforma política podían haberse
dado en el tiempo. Todo esto, pareciera, quedó atrás, según los lineamientos a
los que quieren someternos. La realidad hacia el futuro glorioso –y nunca a
llegar!-, es un garabato revolucionario caótico y empobrecido en todos sus
rincones. No creo que una gran mayoría
se resigne a este cuento de una triunfante revolución socialista contada tan
mal (y peor conducida), por un gobierno
criminal, ilegítimo, fracasado y mentiroso pero eficaz en sus movimientos de control de los medios
privados y de las legalidades aviesas; del manejo mordaz de los medios de
comunicación que son públicos y no partidistas; del uso a discreción de los
fondos públicos; de la legalidad de la corrupción como una de las formas normales
para algunos elegidos militares y ejecutivos de la revolución; y del uso formalista y coercitivo de las leyes y el poder judicial
para el control ciudadano, y todo eso que sea aceptado por largo tiempo; esto junto a un
manejo de las instituciones públicas por una directiva gerencial pública que está
compuesta en una tercera parte por mano militar.
Hoy
en el país las calles han vuelto a escuchar las voces que estaban mudas. En las
calles no te calles, pareciera ser la consigna. Las gargantas de los
estudiantes son tan fuertes como el acero; su creatividad se encuentra en
ebullición constante ante los desmanes de la represión del decadente estado. No
destemplan sus intenciones en su largo coro de protesta aunque estén acompañadas con los estruendos criminales de
las balas, los perdigones, las lacrimógenas, las tanquetas; dicen, ¡no tenemos
miedo! Y bien saben que sólo les queda
la convicción de la exigencia de su reclamo y protesta justa, pacífica, democrática, civil y
encaminada a transformar una realidad inoperante, aberrante. Situación que la
hemos padecido todos: la inseguridad permanente, la corrupción en los poderes
judiciales, el aceptar al hampa como una forma más de vida revolucionaria, de
sentir en propia piel el permanente acoso arbitrario de los cuerpos militares
de la nación, y la inversión de los valores humanos por inhumanos, el
fundamentalismo político. Los estudiantes han sido los que han asumido en
representar y actuar realmente contra las quejas que están rondando en el aire enrarecido del país y en nuestros cuerpos
golpeados de manera permanente. Sus capacidades y su inteligencia han puesto en
jaque a toda la maquinaria del poder de un estado absolutista tiránico, modelo
tomado del castro-comunismo que ha imperado
por más de medio siglo de represión humana permanente para darle el
gusto a una decadente, envejecida y rapaz dirigencia que dejó de serlo y que
sólo puede esconderse entre sus esbirros y sus huestes. Un mundo donde nunca se
supo multiplicar la riqueza, la dignidad, el bien social, la libre creatividad,
la libertad individual y ciudadana, en fin, una plenitud de vida. Por todo,
junto a los estudiantes, habrá que decir: no calles en las calles!…
Arturo Pérez-Reverte en su novela El
Francotirador Paciente lo expresa
así: "-La calle es el lugar donde estoy condenado a vivir...A pasar mis
días. Aunque no quiera. Por eso la calle acaba siendo más mi casa que mi propia
casa. Las calles son el arte...El arte solo existe ya para despertarnos los
sentidos y la inteligencia y para lanzarnos un desafío. Si yo soy un artista y
estoy en la calle, cualquier cosa que haga o incite a hacer será arte. El arte
no es un producto, sino una actividad. Un paseo por la calle es más excitante
que una obra maestra". Hoy las calles han vuelto a ser de los venezolanos.
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