Inconmensurabilidad
y relativismo
en
Feyerabend
Carlos
Blank

No nos
dejemos engañar por la retórica liberal y por la aparente gran tolerancia con
la que algunos propagandistas de la ciencia se nos presentan.
Paul K.
Feyerabend
Introducción: la ciencia como ideología
Con
frecuencia Feyerabend se ha quejado de que la mayoría de sus críticos se han
dirigido o se han concentrado en los aspectos lógicos de sus tesis y pasan por
alto las consecuencias o las implicaciones políticas que ellas contienen de
manera importante e ineludible. Para él ello no tiene nada de extraño y se
corresponde perfectamente con la estrecha “especialización que impera entre los
intelectuales”[1],
es decir, es una consecuencia perfectamente predecible a partir de la estrechez
de miras en la cual se desenvuelve la vida intelectual y académica que él
critica. Por ello en este breve trabajo nos ocuparemos de los aspectos
políticos que encierran tesis como de la inconmensurabilidad, dejando de lado
sus aspectos lógicos o técnicos. Nuestra tesis, si cabe llamarla así, tiene
como finalidad poner en evidencia que estas consecuencias políticas están en el
centro mismo de sus planteamientos y no en su periferia. En otras palabras, su
crítica a una visión cientificista estrecha es inseparable de sus tesis
políticas y solo puede ser comprendida cabalmente en dicho contexto más amplio.
En fin, buena parte de los equívocos que ha suscitado su posición obedecen a
que no se ha comprendido plenamente la estrecha relación que hay entre las
tesis epistemológicas y lógicas con las tesis políticas y sociales, tratando de
mantener su pensamiento dentro de los estrechos límites que él justamente
pretende rebasar y trascender.
Posiblemente
el equívoco más extendido y conocido es el sostenido por la interpretación muy
particular que Popper hiciera de la tesis de la inconmensurabilidad y del
relativismo que esta acarrea, lo que él llama el “mito del marco general”
(“mith of the framework”), considerándolo como “el baluarte central del
irracionalismo.”[2]
Para Popper esta posición puede resumirse diciendo que “en todo momento somos
prisioneros atrapados en el marco general de nuestras teorías, nuestras
expectativas, nuestras experiencias anteriores, nuestro lenguaje.”[3]
Popper concede este punto a condición de entenderlo de un modo muy particular (“pickwickiano”), puesto que “si lo
intentamos, en cualquier momento podemos escapar de nuestro marco general.” [4] Lo
que él critica es, pues, esa supuesta irrebasabilidad del marco general que hace imposible su discusión. Pero si uno
revisa con más cuidado la tesis de la
inconmensurabilidad se encuentra con que no es esta la interpretación más
apropiada de lo que pretende expresar Feyerabend. Una lectura más atenta en
lugar de plantear la imposibilidad de discusión entre marcos generales
distintos, entre visiones y formas de vida diferentes, haría este contraste más
necesario y recomendable, plantearía una mayor riqueza de posiciones, un mayor
pluralismo como marco de contrastaciones. Con lo cual no se alejaría tanto de
la posición de Popper cuando afirma “que nada es más fructífero que el choque
cultural que ha servido de estímulo a algunas de las más grandes revoluciones
intelectuales.”[5]
Los grandes movimientos intelectuales serían herederos del choque entre diferentes
civilizaciones o tradiciones. Entendida así la inconmensurabilidad ofrece un
marco más amplio para comprender los cambios culturales y los movimientos
subterráneos que subyacen a dichos cambios. Por el contrario, hay corrientes,
denuncia Feyerabend, que en nombre de la ciencia restringen el marco de
posibilidades de discusión, convirtiendo a la ciencia en una suerte de saber
lleno de autoridad y certeza. Ya sabemos que Popper niega esta atribución de
autoridad o certeza a la ciencia, sin embargo Feyerabend va a tratar de mostrar
que detrás de la aparente fachada de tolerancia de Popper se esconde una suerte
de posición autoritaria y dogmática. Aunque Popper considera que una sociedad
abierta es inseparable de la tradición crítica que opera en el corazón del
método de la ciencia, para Feyerband una sociedad basada en la estrecha visión
racional de la ciencia no puede sino dar origen a una sociedad unidimensional y
limitada, por lo que propone que una verdadera sociedad libre es aquella que se
desprende de toda forma autoritaria, de todo dogma preconcebido, de toda
posición dogmática, es una sociedad en la que la ciencia constituye una de las
tantas tradiciones a ser tomadas en cuenta y no como la tradición preponderante
que es hoy en día. A continuación analizaremos con mayor detalle la posición
siempre refrescante y provocadora de Feyerabend.[6]

Uniformidad, variedad
cultural y ciencia
Sería
muy ingenuo negar la influencia que la ciencia ejerce en la sociedad humana actual,
la importancia que a nivel mundial tiene la ciencia. El desarrollo económico de
las naciones más poderosas va al ritmo de su desarrollo científico y
tecnológico. El creciente proceso de uniformización y homogeneización de la
sociedad moderna es una consecuencia de esta influencia creciente de la ciencia
en la sociedad, a tal punto que ella “se ha convertido en parte del mundo de
las necesidades materiales, en algo que ejerce un poder nuevo sobre los hombres
y crea relaciones totalmente nuevas entre ellos.”[7] Lo
grave de todo esto, según Feyerabend, es que si en un primer momento la ciencia
desempeñó un papel emancipador en la
sociedad y fue fruto de la emancipación
del pensamiento, a medida que se ha ido institucionalizando ha ido
perdiendo su función liberadora y se ha ido transformando en un instrumento de
dominación y represión. Con el tiempo la ciencia se ha ido convirtiendo en “una
colección de puntos de vista y prácticas uniformes que tienen el apoyo
intelectual y político de poderosos grupos e instituciones.”[8] A
pesar de que en la comunidad científica y en la sociedad civil en general
existen grupos que tratan de contrarrestar esta tendencia homogeneizadora y
controladora del tejido social, la influencia de estos grupos de presión
resulta poco menos que insignificante “comparados con la creciente
centralización del poder que es una casi inevitable consecuencia de las
tecnologías de gran escala y de sus correspondientes instituciones.”[9] Es
importante advertir que la crítica de Feyerabend no va dirigida a la ciencia
como tal, que constituye una aventura humana admirable y fascinante, sino al
predominio abusivo que ella tiene en la sociedad. Su crítica estaría dirigida a
limitar su uso inapropiado y contrarrestar su influencia con otras tradiciones y
puntos de vista, pues de hecho “no hay nada den la naturaleza de la ciencia que
excluya la variedad cultural.”[10]
La
variedad cultural no está en conflicto con la ciencia vista como una
investigación libre y sin restricciones, está en conflicto con filosofías como
‘el racionalismo’ o ‘el humanismo científico’, y una agencia llamada a veces
Razón, que usa imágenes congeladas y distorsionadas de la ciencia para obtener
aceptación de sus propias creencias antediluvianas.[11]
Es
este punto el que más nos interesa destacar, pues es de aquí de donde se
extraen las consecuencias políticas de las aparentemente inocentes y asépticas
afirmaciones de los filósofos de la ciencia cuando ven la ciencia como una
actividad uniforme y estandarizada. La imposición que tratan de hacer estas
doctrinas filosóficas sobre la ciencia tiene consecuencias que trascienden el
dominio de la ciencia y repercuten en las formas sociales de organización.
La
asunción de que existen estándares del conocimiento universalmente válidos y
obligatorios es un caso especial de una creencia cuya influencia se extiende
mucho más allá del dominio del debate intelectual. Esta creencia puede ser
formulada diciendo que existe una forma de vida correcta y que el mundo debe
ser hecho para aceptarla.[12]
Con
ello llegamos al verdadero blanco de los ataques de Feyerabend, la “ideología
de los expertos”, y el papel mucho más reducido que estos deberían desempeñar
en una sociedad libre.

La ideología de los
expertos
Para
Feyerabend el hecho de que una sociedad esté dirigida por la opinión de los
expertos es totalmente indeseable y va en contra de la naturaleza misma de una
sociedad libre y democrática, va contra el desarrollo humano y equilibrado de
una sociedad. La legitimación de la autoridad que los expertos ejercen en el
manejo de los asuntos humanos se deriva de una ideología construida para tal
fin. Pero él va a tratar de mostrarnos que tal ideología está construida sobre
bases muy discutibles, por no decir totalmente erróneas.
En
primer lugar, la ideología de los expertos se basa en la creencia, que por lo
demás no es nueva, de que “el progreso y el éxito sólo se pueden alcanzar
mediante métodos especiales.”[13]
Esta creencia de que la ciencia está en posesión de un método especial es
denominada por nuestro autor “el mito del método oculto” y es una creencia tan
extendida como cuestionable. Si hacia algo apunta la tesis de la
inconmensurabilidad es a la imposibilidad de encontrar nada por el estilo. No
existe ningún método sistemático de decisión o algoritmo neutral que
correctamente aplicado deba conducir siempre a la misma decisión. Es en esta
creencia, y no en ninguna propiedad específica de la ciencia, donde el experto
fundamenta su autoridad y su legitimidad.
La
otra base sobre la cual se sustenta la ideología legitimadora del experto es en
la creencia de que la ciencia es superior a cualquier otra tradición humana en
función de sus resultados. Pero esta creencia no resiste un análisis serio y se
basa, a su vez, en dos supuestos falsos. El primero es que ninguna otra
tradición ha producido nada que sea comparable a los resultados obtenidos por
la ciencia y el segundo es que estos resultados son autónomos y no tienen
ninguna deuda con tradiciones no científicas. Con relación al primero de estos
supuestos la respuesta de Feyerabend es contundente como siempre: si comparamos
los resultados del mito con los de la ciencia nos encontramos con que el mito
dio origen a la cultura, mientras que la ciencia y los racionalistas han
producido cambios en esta cultura y no siempre en la mejor dirección. En este
caso los resultados del mito son incomparablemente o inconmensurablemente superiores.
El
segundo supuesto también es falso. Bastaría con señalar que incluso un
racionalista como Popper, que defiende la existencia del desarrollo
relativamente autónomo del pensamiento científico, reconoce la gran deuda que
el pensamiento científico tiene en su origen con el pensamiento mítico, aunque
posteriormente se desarrolla con relativa independencia del mito o de
cualquiera otra tradición que no sea la tradición racionalista o crítica, lo
que para Feyerabend constituye una reducción injusta con relación a las
múltiples fuentes de las que se nutre el propio pensamiento científico. El caso
de la acupuntura china con relación a la medicina científica sirve para
ilustrar este punto.
En
definitiva, para nuestro “enfant térrible” de la filosofía contemporánea, la supuesta superioridad de la ciencia no
descansa sobre hechos objetivos
incontestables sino sobre un sistema de creencias
subjetivas y valoraciones, es decir, sobre una ideología particular,
diseñada con la finalidad específica de justificar esta supuesta superioridad.
No hay nada en la ciencia que la haga intrínsecamente superior a otras
tradiciones y si esto nos resulta difícil de ver es porque estamos sumergidos
en una cultura científica en la que “el show está preparado a su favor.”[14]
Si otras tradiciones aparecen siempre como inferiores a la tradición científica
se debe a que en ningún momento ha existido una competencia leal entre la
ciencia y las demás tradiciones culturales. La superioridad de la ciencia es
para Feyerabend un claro producto de “la presión política, institucional y
militar.”[15]
De allí que encuentre en la posición de privilegio de que goza la ciencia en la
actualidad ribetes muy similares a los que tenía la Iglesia Católica en el
pasado, por lo que el remedio para esta situación debe ser, como veremos a
continuación, bastante similar al que dio fin al predominio de la Iglesia.

Hacia una sociedad
libre
Como
esperamos haber dejado en claro, para Feyerabend no hay nada en la ciencia ni
en la opinión de los expertos y especialistas que sea intrínsecamente superior
a otras tradiciones, formas de vida o sistema de creencias. El desmesurado
poder que los expertos ejercen en la sociedad actual, a expensas de otros
sectores de la sociedad y de un desarrollo humano más equilibrado, está sustentado en una
ideología que comporta una serie de falsos supuestos y de dogmas peligrosos.
Nuestro sarcástico autor ridiculiza este poder al llevarlo a una situación
límite, aunque nada improbable o infrecuente, en la que nadie podrá ni siquiera
decir que está deprimido a menos que él mismo sea un experto en el tema, a
saber, un psicólogo o un psiquiatra.
Toda
la situación antes descrita nos pone de manifiesto la existencia de una paradoja en el propio
corazón del sistema democrático: “los principios democráticos tal y como se
practican son incompatibles con la supervivencia, desarrollo y crecimiento de
culturas especiales.”[16]
En ningún lugar se hace más evidente ello que en el sistema educativo, el cual
está diseñado para reproducir este sistema de dominación de la ideología del
experto en la sociedad moderna, al excluir todas aquellas formas de enseñanza
que no tengan que ver con la autoridad de la ciencia o no estén legitimadas o
avaladas por ella. Para variar, el gran
Bertrand Russell había destacado también este rasgo autoritario y
antidemocrático con que se presenta la educación en la sociedad industrial
moderna y señalaba que en aquello en lo cual el hombre “se encuentra totalmente
impotente es en el aspecto relativo a la educación de sus hijos: tendrán la
educación que se les proporcione.”[17]
Para
contrarrestar este desarrollo desigual de las fuerzas sociales dentro de una
sociedad democrática se hace indispensable darles las mismas oportunidades y
los mismos derechos a todas las tradiciones, ya que “una democracia es una asamblea
de hombres maduros y no un rebaño de ovejas que tienen que ser guiados por un
pequeño grupo de sabelotodos.”[18]
Dado que los expertos no son infalibles y que a menudo ni siquiera se ponen de
acuerdo entre ellos mismos sobre cuestiones fundamentales, el profano o el lego
debe poder participar también en aquellas decisiones fundamentales que le
afectan directamente, debe ejercer un control externo sobre estos mismos
expertos, debe limitar el poder de estos, aun a riesgo de que se reduzca “la
cuota de éxitos de las decisiones que se tomen”[19],
lo que, por lo demás, no es en absoluto evidente que haya de suceder.
Para
reducir la excesiva influencia que la ciencia ejerce sobre la vida social por
medio de esta ideología tecnocrática, para descentralizar y democratizar
realmente el proceso de toma de decisiones en una sociedad plural y abierta,
Feyerabend propone que la ciencia sea separada del Estado, así como antes se
produjo la separación de la Iglesia y el Estado. La ciencia ha devenido una
suerte de nueva religión y, por ello mismo, debe ser limitado su poder
separándola del Estado. Si bien la ciencia representó en algún momento el ideal
de emancipación del pensamiento frente a la religión y al poder absolutista,
Feyerabend destaca lo lejos que aun nos encontramos de la verdadera realización
o maduración de este ideal de emancipación de la Ilustración, resumido en la
famosa consigna: ¡Atrévete a pensar por ti mismo! o ¡Sapere aude! Así, “podemos
describir el desarrollo desde el siglo XVIII diciendo que la inmadurez vis-à-vis las iglesias fue reemplazada
por la inmadurez vis-à-vis la ciencia
y el racionalismo. La Ilustración está tan distante hoy como lo estaba en el
siglo XVIII.”[20]
En
suma, lo que Feyerabend propone es la existencia de un diálogo verdadero como
elemento indispensable de una sociedad democrática y plural. Queda mucho camino
por recorrer para que nos podamos emancipar de ideologías que coartan la
libertad de pensamiento, de volver de nuevo a ese pensamiento emancipador que
en algún momento representó el propio pensamiento científico, aunque ahora
represente para él todo lo contrario: una nueva ideología impuesta a la fuerza
o por medio de una poderosa propaganda a
su favor.
[1] Paul Feyerabend: “En camino hacia una teoría dadaísta del
conocimiento” en ¿Por qué no Platón?,
Tecnos, Madrid, 1985, p. 124.
[2] Karl Popper: “La ciencia normal y sus peligros” en I. Lakatos & A.
Musgrave: La crítica y el desarrollo del conocimiento,
Grijalbo, Barcelona, 1975, p. 156.
[4] Idem
[5] Ibid. P. 156.
[6] Escapa a los límites de este trabajo el hacer una comparación
detallada entre los puntos de vista de Feyerabend y Popper. Sin embargo,
podemos señalar que Popper comparte de hecho mucho de los puntos de vista
iconoclastas de Feyerabend. Por otro lado, es evidente que Popper plantea una
posición normativa de la ciencia, es decir, de cómo debe ser, mientras que
autores como Feyerabend se centran en cómo la ciencia se comporta de hecho, se
interesan más en un enfoque de tipo sociológico o histórico.
[7] Paul Feyerabend: “De cómo la filosofía echa a perder el pensamiento y
el cine lo estimula” en ¿Por qué no
Platón?, p. 20.
[8] P. Feyerabend: Farewell to Reason,
Verso, Londres, 1987, p. 2.
[9] Ibid. p. 12.
[10] Idem
[11] Ibid. pp. 12s.
[12] Ibid. p. 10s. El resurgimiento del fundamentalismo islámico constituye
un buen ejemplo de los peligros que amenazan con imponer un modo de vida, el
occidental en este caso, como el único válido, sin tomar en cuenta las
tradiciones culturales y las idiosincrasias de una determinada comunidad o
nación.
[13] Feyerabend: “Expertos en una sociedad libre” en ¿Por qué no Platón?, p. 48
[14] Feyerabend: “En camino hacia una teoría dadaísta del conocimiento”, en
¿Por qué no Platón?, p. 112.
[15] Ibid. p. 113.
[16] Ibid. pp. 63s.
[17] Bertrand Russell: Ícaro o el
futuro de la ciencia, Monte Ávila, Caracas, 1987, p. 37.
[18] Feyerabend: “En camino hacia…”, p. 77.
[19] Idem.
[20] Ibid p. 79.
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