Mariano Picón Salas y la idea de Cultura
David De los Reyes.

A
mi amigo Yusef Merhi, lector del maestro
Don Mariano Picón Salas, nuestro ensayista por
excelencia, vuelve a retomar la palabra en los medios de comunicación gracias
al doble recordatorio de este mes pasado
de su natalicio (1 de enero de 1901) y
partida (26 de enero de 1965). Su sólida gloria literaria, su capacidad de
agudeza y análisis se renovarán y
recordarán ahora con la celebración de su centenario. Importante es volver nuestra atención ante su mirada nunca ausente y su
crítico discurso, que es ya inalterable y mucho de él, actual. Una nueva
oportunidad de reencontrarnos con su
particular ejercicio de comprensión por
la obra humana de América, de su historia y su cultura confrontadas con
la permanente sombra y luz de la
esfinge de la cultura de Occidente.
Y es en este balcón escritural único que podemos retomar sus reflexiones sobre la idea
de cultura, la cual no es vista y
defendida como poder, sino como convivencia. Su obra “Europa-América. Preguntas
a la esfinge de la cultura” (Cuadernos Americanos, México), editada en el año
1947, es la referencia obligada para
nuestro encuentro. Este concepto de
cultura, que ha sido tan retomado, definido y calcado por tantos autores de una
u otra manera, en Picon Salas tiene la originalidad de acercársele a través de
la doble cara de Jano de la cultura occidental. Este merideño antepone lo
americano y lo europeo sobre el tapiz de las comuniones y deslindes que llevan
a reflexionar y transformarnos, complementar
y mestizarnos mutuamente. Su postura se extiende a través de ese cotejo
de valoración y aprendizaje constante entre ambos continentes. Mostrar las formas y los interrogantes persistentes
de lo cotidiano que hablan a los
hombres por encima de cualquier
contingente político y de estamentos sociológicos.
Visionario de las nuevas transformaciones, recolector
de los nuevos acentos gestuales sociales, llegan sus palabras a una crítica de
la americanización anglosajona y calvinista del mundo occidental. Atento al
colapso de una civilización en que los aportes de sus poetas y artistas, junto
al sentido pasado de cultura, penden
de un hilo por culpa
de la pequeña especialización utilitaria en los campos de la enseñanza:
territorio de una pedagogía de la estrecha especialización, en donde se enraizó “la hipertrófica tendencia a saber cada día más y más sobre menos y
menos”. Es la descomposición, la fragmentación del hombre en categorías de fácil manejo cuantificable
donde queda su alma escindida, reducida
en diversas piezas que casi son imposible de volver a unificar.
En esta idea pasada,
y muy actual de cultura, no escapa su análisis al marco que habita
detrás de ella. Detrás de la
ingente y aparente prosperidad y
superabundancia tecnológica, -ese barroco tecnotropismo negativo que marca a toda
nuestra existencia-, encuentra un constante caos emocional, una profunda
coalición angustiosa entre el hombre y su ámbito. Encuentra en la vieja
represión puritana, medrosa del Arte y hasta de los simples placeres de una vida normal, la obsesiva y ambiciosa búsqueda
del dinero como el único
escape en donde descargar su energía. “Para que no lo tentara el diablo,
el puritano quería estar siempre ocupado”. Es la ética protestante de la que
Max Weber también había hablado. El
centro de la vida no gira, por
ejemplo, alrededor de una comida
finamente sazonada o en la buena conversación. Ese centro cierra cualquier
desvío que no esté dirigido, además de la Biblia y del sermón del domingo, por los
negocios y el favor y el premio de Dios, hoy podemos agregar por la demagogia
de las revoluciones fracasadas que convierten a países en campos de concentración.
Picón Salas está tras la búsqueda de otro significado
más humano de la cultura. Como ya
dijimos, la justificación del desarrollo de la cultura no está en el poder
cuantitativo que engendra para algunos, sino en la –casi olvidada ya-
convivencia, que puede llegarse a gozar por los muchos que se la apropian y
la viven. Difícil acción quijotesca donde
está llamado a fracasar todo
aquello que en la vida y en el mundo no
sea cuantificable o mediado y reducida por el adoctrinamiento ideológico político
totalitario.
¿Cuál es la respuesta
dada por Picón Salas? ¿A dónde dirige sus observaciones y reflexiones
entorno a la esfinge de la cultura? Su
actitud ética y estética lo encierra en el círculo de lo que el llama frágil
felicidad: el círculo de los productos del Arte, del pensamiento, emparentados
con la “necesaria técnica de vivir con gracia”. Los estruendosos ruidos de la
ensordecedora marcha del tren del
pragmatismo americano o de la sombría
desolación del paso de la cremallera de los tanques nazis presentes en las europas de la década del
treinta eran -¡y posiblemente son hoy más que nunca los delirios de las utopías
delirantes de la barbarie marxista!- los destructores de toda intimidad humana.
El espíritu de secta despojaba a las
obras de la cultura; el individuo desaparece, y con él, el goce desinteresado
estético y comprensivo –fuera de
todo pujo pragmático e ideológico- que podemos encontrar en las grandes obras
de la humanidad. Un mundo reducido a la mera información de las cosas pero sin
su emparejada comprensión e interpretación,
que es la acción que las convierte en plenamente humanas y nos aleja de
la sinrazón y nos acerca a la inteligencia.
Este merideño llega a decirnos
que gozamos de un perpetuo autoengaño: “el hombre llegaba –como los
nazis de Rosenberg- al culto del mito,
no importa la verdad sino lo que proponía creer. Era el credo quia absurdum
de nuestro moderno inmanentismo”. La historia, en este mundo de la cultura de
entre y post-guerra, queda sujeta a la cifra validada por la mentira o creencia que el partido o la secta
adoptó como verdad absoluta e intocable. Los partidos de masas, nos
dice, odian a las masas pues sólo las desprecian o las usan como
instrumento para alcanzar el poder; ofreciéndoles una verdad a medias:
el arma de la propaganda falseada cuyo secreto se reduce al círculo de los
elegidos por los dirigentes. La Consigna, y
su repetición, se transforma en
verdad monolítica fundamentalista y aterradora. Esta es la idea de cultura unilateral, pobre ante la
diversidad, teñida de muerte y que crece
para afianzarse como poder insoslayable: una cultura de la muerte, pobreza y
miseria humana.
¿Cuál es la otra cara de la cultura, aquella que Picón Salas nombra como
convivialidad?
Es la cultura que
emerge como una nunca colmada
felicidad e impregnada del sino
nostálgico de toda vida. Es el acercamiento a los clásicos del arte y
del saber, y comprender en ellos la superior pedagogía de lo humano; es goce de
formas, de ideas, de la sociabilidad y
de la conversación, es decir, del eterno diálogo; es la concepción de vida como
obra de arte; es la oposición de la creación espiritual que se opone a la líbido dominante y al
mecánico economicismo positivista.
Si bien podemos comprender que nuestro estadío
cultural se desdobla por otros derroteros
contrarios a esta idea de cultura en tanto convivialidad, no por ello las palabras de Picón Salas dejan de señalar una senda que aún se puede volver a pisar.
“La medida de toda Cultura no es nivelar los hombres en la vulgaridad cotidiana
sino hacerles desear la Belleza”. ¡Claro está!,
todo esto choca y se distancia, como ya dijimos antes, frente a nuestra realista y presente cultura de la
muerte.
Este comienzo de año puede ser el inicio de un seductor diálogo imaginario
con la obra de Don Mariano, esa sensible inteligencia americana y venezolana única y vital,
propia de nuestros intelectuales sudamericanos esforzados de la primera mitad
del siglo XX.
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