sábado, 1 de diciembre de 2012


Rousseau y Suiza (1)
(300 años de su natalicio)

Stéphane Garcia, Dr. Hist*





* Este artículo ha sido enviado gentilmente por el Mg. Pietro Lazzeri, Secretario adjunto de la Embajada de Suiza en Venezuela, para este Blog.



Prólogo
Este año 2012 al cumplirse trescientos años del nacimiento de Jean-Jacques Rousseau, se han programado en todo el mundo innumerables homenajes en torno a su figura. Son pocas las personalidades históricas que siguen teniendo tanta actualidad después de dos siglos y medio de su muerte. Y es porque Rousseau, este genio versátil, teórico de la música, compositor, dramaturgo, novelista, poeta pre romántico, filósofo, pensador político, pedagogo, botánico y teólogo, aún sigue sorprendiendo a sus lectores y alimentando los debates.
Para sus numerosos lectores y estudiosos es notable la modernidad del pensamiento de Rousseau. Y también, hoy más que nunca, para las sociedades del siglo XXI, confrontadas a los grandes desafíos actuales - climático, demográfico, económico, financiero- sus reflexiones sobre la naturaleza, el bien común, el interés general, la educación y la participación de los ciudadanos en las decisiones políticas, son una gran fuente de inspiración.
Se destacarán aquí algunos aspectos muy contemporáneos de sus ideas, para demostrar cuánto contribuyó Suiza a su génesis y desarrollo: su relación con la naturaleza y los paisajes, su relación con el tiempo en sus viajes a pie por los Alpes y sus principales ideas políticas -con frecuentes alusiones al “Cuerpo helvético” y a las relaciones entre individuo y sociedad y entre ciudadanos y Estado-, constituyen planteamientos extraordinariamente contemporáneos.
En el presente artículo se otorga especial relevancia a la palabra misma de Rousseau - con citas extraídas de las Obras completas (OC), publicadas por Gallimard en 5 volúmenes (1959-1995), y de su Correspondencia completa (CC), en 52 volúmenes (1965-1998)*. Un ejemplo de la vitalidad de los estudios rousseaunianos es la nueva edición de sus obras y correspondencia en 24 volúmenes, publicadas el 28 de junio de 2012 por las ediciones Slatkine (Ginebra) y Champion (París). Las referencias a la literatura sobre este pensador y su obra, se limitan a los textos clásicos, a los comentarios más “citados” y a las publicaciones recientes más importantes.
En las primeras páginas, se intenta dar respuesta a la pregunta, tan recurrente, pero no por ello menos interesante: ¿Fue Rousseau ginebrino, suizo o francés? La única respuesta que concita unanimidad, tanto en el siglo XXI como ya en el XVIII, es aquella que considera que Rousseau es una figura universal, que nadie puede monopolizar y que pertenece a todos. El mapa 2012 de los eventos conmemorativos en el sitio Internet del Espacio Rousseau en Ginebra -http://www.espace-rousseau.ch/f/rousseauaujourdhui/rousseauiste.asp- demuestra claramente que este pensador trasciende la noción de frontera.

Stéphane Garcia, Dr. Hist.
Ginebra, febrero de 2012



* Para la traducción se cotejaron y editaron las citas y datos de diversos sitios Internet, entre otros:
- www.bioetica.org/cuadernos/bibliografia/siede4.htm;
- www.Wikipedia, la enciclopedia libre; - www.bibliotecasvirtuales.com/Emilio/index.asp
- www.books.google.com/books/about/Julia_o_la_nueva_Eloísa.html
- www.catedras.fsoc.uba.ar/boron/Libros/Proyecto de Constitución de Córcega y Consideraciones sobre el gobierno de Polonia (NdT)



¿A quién “pertenece” Rousseau?

• Los ginebrinos consideran que Jean-Jacques Rousseau es una de sus grandes figuras, tal como Jean Calvino o Henry Dunant.
• Para los suizos, que en 1815 acogieron a la República de Ginebra en la Confederación, es un compatriota, defensor de valores muy helvéticos.
• Para los franceses, es uno de los padres espirituales de la Revolución de 1789, y desde 1794 sus restos reposan en el Panteón.
Las conmemoraciones en torno al gran Jean-Jacques Rousseau plantean ineludiblemente la interrogante sobre su pertenencia “nacional”. Así sucedió en particular hace un siglo, cuando se publicó el libro de Gaspard Vallette, Jean-Jacques Rousseau genevois (1911) [Juan Jacobo Rousseau ginebrino] y la Histoire littéraire de Suisse au XVIIIe siècle (1912) [Historia literaria de Suiza en el siglo XVIII], de Gonzague de Reynold[1]. En el 250º aniversario de su natalicio, François Jost consagró los dos volúmenes de su Jean-Jacques Rousseau Suizo (1961) [Juan Jacobo Rousseau suizo] a la tarea de “helvetizarlo”[2],
En 2012, esta temática podría parecer poco pertinente. Pero no es así: por una parte, es interesante recordar que la situación política de la época y la vida tumultuosa de Rousseau, no permiten responder de manera simple a esta interrogante “identitaria” y, por otra, que el concepto de pertenencia es uno de los elementos claves en la postura del filósofo[3].
¿Rousseau ginebrino?
Jean-Jacques Rousseau nació en Ginebra el 28 de junio de 1712. Allí vivió sus 16 primeros años, hasta aquel atardecer de marzo de 1728 en que al encontrar cerradas las puertas de la ciudad, decide fugarse. Salvo una breve estancia de incógnito en 1737, para reclamar la herencia de su madre, sólo vivió en esta ciudad unos meses, en 1754.
Siguiendo el mandato paterno que relata en su Carta a d'Alembert: “Jean-Jacques, ama a tu país” - Rousseau tuvo un apego visceral por su ciudad natal: “Jamás he visto las murallas de esa dichosa ciudad, nunca he entrado en ella sin sentir una especie de desmayo procedente de un exceso de enternecimiento.”[4]
Lejos de Ginebra, la evoca a menudo con los acentos nostálgicos - Heimweh- del desterrado: “Como el niño que fui, me enternezco al recordar las viejas canciones de Ginebra. Las canto con una voz ahogada y termino llorando por mi patria[5].
Además, se preocupó particularmente de que en la primera página del Discours sur l’origine et les fondements de l’innégalité entre les hommes [Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres] (1755), del Contrat social [Contrato social] y del Emile [Emilio] (1762), bajo su nombre figurara la mención “ciudadano de Ginebra”, e incluyó en estas dos últimas publicaciones una dedicatoria “a la República de Ginebra”.
No obstante, las relaciones de Rousseau con su ciudad natal fueron complicadas[6].
En 1728 fue excluido de facto de la comunidad de ciudadanos por haber abjurado del protestantismo en Turín. Sólo en 1754, a los 42 años de edad, retornó a la iglesia reformada y recuperó sus derechos cívicos. Pero por pocos años: en 1762, las autoridades ginebrinas condenan y ordenan quemar el Emilio y el Contrato social, y Rousseau decide renunciar oficial y definitivamente a la burguesía de Ginebra (12 de mayo de 1763). Nunca retornaría a su “amada patria”, ni siquiera cuando al embarcarse en Nyon rumbo a Thonon, estuvo lo bastante cerca como para divisar los campanarios de la ciudad: “Me sorprendí a mí mismo suspirando cobardemente como lo hubiera hecho antaño por una pérfida amante.”[7].
Ginebra lo rehabilitó en 1792 y le erigirá una estatua en la isla de las Barcas, rebautizada como isla Rousseau, en 1835.
¿Rousseau suizo?
En el siglo XVIII Ginebra era una República independiente[8]. No obstante, mantenía estrechos vínculos políticos con el “Cuerpo helvético” de los 13 cantones. Gracias a la alianza con Berna y Friburgo, y más tarde con Berna y Zurich, logró poner coto al apetito de los duques de Saboya y posteriormente resistir las presiones francesas. Desde el punto de vista político, Ginebra se mantuvo en la esfera de influencia de la Confederación.
Suiza es para Rousseau “como una gran ciudad dividida en trece barrios, algunos situados en los valles, otros en las laderas y otros en las montañas. Ginebra, Saint-Gall, Neuchâtel serían como los suburbios”[9].
Por ello, para sus contemporáneos, Rousseau fue a veces “ginebrino” y, otras, “suizo”. Cuando en 1742 leyó ante la Academia de Ciencias de París su Projet concernant de nouveaux signes pour la musique [Proyecto sobre nueva notación musical], fue presentado como “natural de Suiza” y en su correspondencia solía presentarse como “suizo”.
Sin embargo, se ha de entender este término en su acepción geográfica, tal como se decía, entonces, de los “italianos”o “alemanes”: en esa época la “nacionalidad suiza” era inexistente y los suizos estaban bajo la jurisdicción de un cantón particular.
Rousseau conocía perfectamente el territorio de la Suiza romanda: en 1730 visitó el país de Vaud, en ese tiempo bajo dominio bernés (Nyon, Lausana, Vevey), Friburgo y Neuchâtel, y más adelante, en 1744, estuvo en el Valais. Al huir de Francia, en 1762, no se instaló en Ginebra, sino que buscó refugio primero en Yverdon y luego en Môtiers. En 1765, al ser expulsado por los habitantes de Môtiers, pasó tres meses en la Isla de Saint-Pierre (lago de Biel), antes de ser expulsado por las autoridades bernesas.
Ciudadano de Ginebra por nacimiento, Rousseau morirá neuchatelés. En efecto, el filósofo exiliado había solicitado la naturalidad neuchatelesa, la que obtuvo en 1763. Esto tampoco lo convierte en suizo: el principado de Neuchâtel estaba bajo dominio de Frédéric II, rey de Prusia, y no pertenecía a la Confederación de los 13 cantones… Sin embargo, en aquella época se consideraba que tanto Ginebra como Neuchâtel eran miembros de esta heterogénea alianza política.
¿Rousseau francés?
Rousseau vivió en suelo francés la mayor parte de su vida adulta: 33 años en total, tras haber residido diez años en la región de Saboya (entre 1729 y 1742), que pertenecía al reino de Piamonte-Cerdeña. Además, convivió y se casó en 1768 con una francesa, Thérèse Levasseur, lavandera, con quien tuvo cinco hijos (todos expósitos en la Inclusa de París). Después de regresar de Inglaterra en 1767, no volvió a salir de Francia. Murió en Ermenonville, en los alrededores de la capital, en 1778.
Si bien Rousseau era descendiente de parisinos (quinta generación), nunca lo mencionó como el motivo que lo indujo a vivir en el reino. Por el contrario, siempre se vio a sí mismo como un “extranjero”, lo que sus enemigos, como Voltaire, utilizaron como argumento en sus polémicas. Lo que atrajo a Rousseau de Francia fue esencialmente la literatura y la vida intelectual; pero sus relaciones con el país siempre estuvieron teñidas de cierta ambigüedad: cercanía y distancia, atracción y rechazo. En todo caso, sería excesivo considerar a Francia como su “patria adoptiva”, y la panteonización de Rousseau sólo lo convirtió en francés de manera simbólica y tardía[10].
Es interesante señalar que a las ceremonias del traslado de sus restos al Panteón, asistió una delegación ginebrina portando un lienzo donde se leía: “La Ginebra aristocrática lo proscribió, la Ginebra regenerada venga su memoria”.
La postura del “bárbaro”
Desde mediados de 1740 Jean-Jacques Rousseau reivindicó constantemente su marginalidad social, religiosa y política, pero también geográfica o nacional. Al proclamar su ciudadanía ginebrina y definirse a veces como “suizo”, está reivindicando su diferencia respecto de Francia y de los filósofos franceses. Así, optó por ser un “bárbaro”[11], postura que le permitía tomar distancia del París de los beaux esprits y tener una mirada desde afuera cuando de criticar las leyes francesas o los enciclopedistas se trataba.
Más allá de las sonrisas que provocaban sus giros idiomáticos ginebrinos o provincianos en los salones parisinos (Voltaire hasta se mofa de su “francés alóbroge”), Jean-Jacques Rousseau los consideraba como una prueba de pureza y autenticidad. En el prefacio a La nueva Eloísa (1761), Rousseau solicita al lector indulgencia para con sus “errores de lenguaje”, debido a que “quienes los escriben no son franceses, beaux esprits, académicos, filósofos, sino provincianos, extranjeros, solitarios.

“¿Qué se ganaría con hacer hablar a un suizo como un miembro de la Academia?”, se pregunta en esta célebre novela epistolar.
Y en el Emilio (1762) escribe: “Adiós París: Lo que buscamos es el amor, la felicidad, la inocencia y por lo tanto nunca estaremos lo suficientemente lejos de ti."
El origen extranjero que reivindica Rousseau y la imagen rústica que tienen de Suiza los franceses, se convierten pues, bajo su pluma, en una forma de marcar su diferencia. Aunque reales, exacerba su patriotismo ginebrino y su amor por Suiza para mejor servir su propósito. Rousseau utiliza su extrañeidad para oponer su sinceridad provinciana a la pedantería, el purismo y la norma.
Como se verá más adelante (en el capítulo “La Suiza rústica, democrática y confederal: un ejemplo para Córcega y Polonia”), Rousseau insiste en lo importante que es para un Estado, fomentar y cultivar un poderoso sentimiento nacional. Este culto o “misticismo” patriótico constituye una paradoja interesante en este pensador que, en definitiva, no fue totalmente ginebrino, tampoco neuchatelés, ni suizo ni francés.[12] En este sentido, sus ideas se sitúan a contracorriente de la apertura cosmopolita del Siglo de las Luces.
Rousseau es de todas partes y de ninguna parte: ¿acaso no es ésta la dimensión perfecta para un pensador cuyo “genio universal” todos reconocen?



Rousseau y la Suiza de “tarjeta postal”
Su relación con la naturaleza y el paisaje

Qué mejor evocación de la Suiza alpestre que la de Rousseau en su novela Julie o la Nouvelle Héloïse [Julia o la nueva Eloísa]. El enorme éxito de sus Lettres de deux amants habitants d'une petite ville au pied des Alpes [Cartas de dos amantes habitantes de una pequeña ciudad al pie de los Alpes] (alrededor de 80 ediciones - autorizadas o pirateadas - entre 1761 y finales del siglo), y tal como lo precisa en el subtítulo, contribuyó extraordinariamente a publicitar tanto a Suiza como a su naturaleza.
No es la primera vez que un “suizo” celebra los Alpes: ya los zuriqueses Josias Simmler (1530-1576), De Alpibus, 1574, y Johann Jakob Scheuchzer, Itinera alpina, 1708, lo habían hecho. Sin olvidar al bernés Albrecht von Haller (1708-1777), cuyo célebre poema Die Alpen de 1732 había leído Rousseau, en la traducción francesa de 1750.-
Sin embargo, la originalidad de la novela de Rousseau radica en que el entorno alpestre es mucho más que un simple telón de fondo para los amores de Julia y Saint-Preux: el marco natural y la narración están indisolublemente asociados. Como explica en las Confesiones[13]El contraste de su situación, la riqueza y variedad de los sitios, la magnificencia, la majestad del conjunto, que halaga los sentidos, conmueve el corazón y eleva el alma, acabaron de resolverme y coloqué mis jóvenes pupilas en Vevay.

Naturaleza silvestre, naturaleza cultivada e industria:
una mezcla típicamente suiza
La nueva Eloísa es la primera novela de la literatura francófona que incorpora la montaña como el lugar supremo de la felicidad. Con ella nace la “literatura alpestre”, que hará furor tanto en Francia como en Inglaterra[14]. En esta obra, escrita en Montmorency, Francia, entre 1756 y 1758), Rousseau evoca los paisajes del país de Vaud y el Valais, que conoció en sus peregrinajes a través de los Alpes.
Saint-Preux relata a su amada el viaje de una semana que acaba de hacer en el Haut-Valais: “Despacio y a pie trepaba senderos bastante escarpados (…). Quería dejar correr mi fantasía; y a cada instante me lo estorbaba un no esperado espectáculo. Pendían a veces encima de mi cabeza inmensas medio arruinadas rocas; a veces me inundaban en su densa niebla altas y ruidosas cascadas, y a veces un inmenso torrente me descubría a mi lado una sima cuya profundidad los ojos no eran osados a contemplar. Perdíame a veces en la oscuridad de una enmarañada selva, y otras al salir de un despeñadero á deshora regocijaba mis ojos una lozana pradera.”[15].
El embeleso que provoca la contemplación de la naturaleza no depende de su pureza, pues para Rousseau la intervención humana es totalmente legítima y puede embellecer el entorno: “En todas partes se manifestaba la mano del hombre en una pasmosa confusión de la naturaleza silvestre y la naturaleza cultivada, donde hubiéramos creído que nunca aquel había penetrado; junto a una caverna había casas, veíanse pámpanos secos donde sólo abrojos se aguardaban, vides en tierras que de los montes habían rodado, sazonadas frutas encima de rocas y tierras de labor en quebradas.”
En el Séptimo paseo de las Ensoñaciones del paseante solitario (1776-1778) Rousseau describe la felicidad que lo embarga al pasear, solitario, en la región de Robellaz, en el Jura neuchatelés, y sus sueños en medio de la naturaleza agreste. De pronto, escucha un repiqueteo, avanza hacia el sitio de donde proviene y aparta las malezas:
“Pero efectivamente, ¿quién habría esperado jamás encontrar una manufactura en un barranco? En el mundo, sólo Suiza presenta esta mezcla de naturaleza salvaje con industria humana. Toda Suiza no es más que, por así decir, una gran ciudad cuyas calles, anchas y largas (...), están sembradas de bosques, cortadas por montañas, y cuyas casas, desperdigadas y aisladas, sólo se comunican entre sí mediante jardines ingleses. Me acordé, a este respecto, de otra herborización (…) que habíamos hecho hacía algún tiempo en la montaña de Chasseron, desde cuya cima se divisan siete lagos. Se nos dijo que no había más que una sola casa en esta montaña, y probablemente no habríamos adivinado la profesión del que la habitaba si no hubieran agregado que era librero y que además llevaba muy bien los negocios en aquella región. Me parece que un solo hecho de esta especie permite conocer Suiza mejor que todas las descripciones de los viajeros.”[16].
Subir a las montañas para purificarse
El amor de Rousseau por la montaña – la media montaña, no las cumbres que un poco más tarde escalará su compatriota Horace-Bénédict de Saussure - se inscribe en una simbólica del espacio donde las alturas se asimilan a la purificación interior:
“Aquí fue – escribe Saint-Preux – donde vi claro que la verdadera causa de mi mudanza de humor consistía en la pureza del aire que me había restituido mi paz interior perdida tanto tiempo hacia. Efectivamente, una impresión general en todos los hombres, aunque no todos la noten, es que en las elevadas montañas, en que es el aire más sutil y puro, se siente mayor facilidad de respirar, más ligero el cuerpo y más sereno el ánimo, los deleites son menos ardientes, y más moderadas las pasiones. Se revisten las meditaciones de no sé qué grande y elevado carácter, proporcionado a los objetos que miramos, y no sé qué sosegada voluptuosidad que nada de acerbo ni sensual tiene. Parece que encumbrándonos más alto que las mansiones humanas, dejamos en ellas todos los bajos y terrenales afectos; y que a medida que a las regiones etéreas nos acercamos se comunica al alma parte de su inalterable pureza. (…) Dudo que una violenta agitación o una enfermedad de melancolía pudiera resistir una estancia en este lugar, y me extraña que no se practiquen, como uno de los más eficaces remedios de medicina y de moral, baños del aire sano y provechoso de la montaña.”[17].

Naturaleza y felicidad
El lago y la campiña completan el paisaje cautivador, típicamente suizo, que Rousseau describe en La nueva Eloísa. Así como existe una purificación montañesa, también existe una felicidad lacustre. “El instante que desde las eminencias del Jura descubrí el lago de Ginebra fue un instante de rapto extático”, exclama Saint-Preux[18].
Rousseau anhela el lago Léman y sus orillas, como si fuera un jardín del Edén: “Cuando viene a inflamar mi imaginación el ardiente deseo de esta vida feliz y dulce que huye de mí y para la cual he nacido, siempre me la represento en el país de Vaud, a orillas del lago, en medio de campiñas deliciosas. (…) Cuando pienso en la simpleza con que varias veces he ido a Vaud en busca de esa felicidad imaginaria, no puedo menos de reírme.”[19]
Cuando retornó a Ginebra, en el verano de 1754, consagró una semana a dar la vuelta al lago en una barca.
En el Quinto paseo de las Ensoñaciones de un paseante solitario, es donde Rousseau mejor describe el éxtasis que siente al estar inmerso en la naturaleza lacustre y campestre; en él relata las seis semanas que pasó, en 1776, en la pequeña Isla de Saint-Pierre[20], (1 km2) del lago de Biel, en cuyas riberas agrestes y pintorescas se entregó a su pasión por la botánica.
“La botánica, tal como la he considerado siempre, y del modo como empezaba a constituir una pasión para mí, era precisamente un estudio ocioso capaz de llenar de pasatiempos toda mi vida, sin dejar espacio a los delirios de la imaginación ni al fastidio de una ociosidad completa. Vagar perezosamente por los bosques y la campiña, tomar maquinalmente esto o aquello, ya una flor, ya una rama, coger las hierbas al acaso, observar mil y mil veces lo mismo y siempre con igual interés, porque todo lo olvidaba, era bastante a pasar la eternidad sin aburrirme un solo instante.”[21]”.
Precursor del pensamiento ecológico
La mirada de Rousseau sobre la naturaleza es, a la vez, llena de amor y profundamente desinteresada: la naturaleza debe ser amada por sí misma, y no por lo que los hombres puedan extraer de ella. Herborizar, para él, es convivir con la naturaleza, sin intermediario ni fines utilitaristas.”[22]
El equilibrio que preconiza Rousseau en la relación del hombre con el medioambiente lo convierte en uno de los pioneros de la ecología. Vivir en armonía con la naturaleza es precisamente una de las características más notables de los “Montagnons”, esos habitantes del Alto Jura neuchatelés que Rousseau frecuentó en el invierno de 1730-1731. En su Lettre à d’Alembert sur les spectacles [Carta a d'Alembert sobre los espectáculos] (1758) evoca esta sociedad laboriosa, su forma de vida frugal y antártica, e insiste en que naturaleza y comunidad humana pueden convivir perfectamente.
En cierto modo, se podría hacer extensiva esta armonía con la naturaleza a todos los habitantes de Suiza: “Los suizos (…) tienen modos de vida que no cambian, porque tienen que ver con el suelo, con el clima y con las diversas necesidades, y esto obliga a los habitantes a adaptarse a lo que la naturaleza les prescribe.”[23].
Por el contrario, le repugnan las agresiones al paisaje, como lo evidencia este párrafo de las Ensoñaciones donde evoca el infierno de las minas: “Los rostros macilentos de los desgraciados que languidecen entre los infectos vapores de las minas, negros ferreros, repelentes cíclopes, son el espectáculo que el aparato de las minas sustituye, en el seno de la tierra, al del verdor y las flores, el cielo azulado, los pastores enamorados y los robustos labradores en su superficie.”[24].
En su carta-respuesta -1756 - al Poème sur le désastre de Lisbonne, [Poema sobre el desastre de Lisboa] de Voltaire, Rousseau, rechaza también la tesis fatalista de la catástrofe natural: la hecatombe resultante del sismo, fue provocada por la locura constructora de los hombres y por su hacinamiento en un lugar sensible.
Rousseau plantea también que el vínculo con la naturaleza es esencial en la educación de los niños, como preconiza en el Emilio (1762), donde insiste en la necesidad de criar a los niños en el campo, para aprovechar  todas las ventajas de una “escuela al aire libre”.
“Haced que vuestro alumno se halle atento a los fenómenos de la naturaleza, y en breve lo haréis curioso; pero si queréis sostener su curiosidad, no os deis prisa a satisfacerla. Poned a su alcance las cuestiones y dejad que él las resuelva. (...) “Una tarde serena vamos a pasearnos por un sitio a propósito, donde bien descubierto el horizonte deja ver de lleno el sol en su ocaso, y observamos los objetos que hacen que se reconozca el sitio por donde se ha puesto. Al día siguiente volvemos a tomar el fresco al mismo sitio, antes de que salga el sol. Le vemos anunciarse de lejos con las flechas de fuego que delante de él lanza. Auméntase el incendio, aparece todo el oriente inflamado; su brillo hace esperar el astro mucho tiempo antes que se descubra; a cada instante creemos que le vamos a ver; vémosle, en fin. Destella como un relámpago un punto brillante, y al instante llena el espacio todo; desvanécese el velo de las tinieblas, y cae; reconoce el hombre su mansión y la halla hermoseada. Durante la noche ha cobrado nuevo vigor la verdura; el naciente día que la alumbra, los rayos primeros que la doran, la enseñan cubierta de luciente alfójar, de rocío, que reflejan los colores y la luz. El coro reunido de las aves saluda con sus conciertos al padre de la vida; en este momento ni una está callada: débil aún su trinar, es más lento y más blando que lo demás del día, pues se resienten de su soñoliento despertar. El conjunto de todos estos objetos deja en el pecho una impresión de serenidad que penetra hasta el alma. Media hora hay entonces de embeleso a que ningún hombre resiste; que espectáculo tan bello, tan magnífico, tan delicioso, a todos conmueve.”
Rousseau escribió estas inspiradas líneas cuarenta años después de que, en la aldea de Bossey, al pie del Monte Salève, comprendiera que la naturaleza le hablaba a su alma[25], a los 10 o12 años de edad.



El viaje a pie
Rousseau: cantor de la “movilidad suave”
Para Rousseau, un verdadero viaje es el que se hace a pie; no es la opinión de un teórico, sino la de un gran viajero que recorrió a pie grandes distancias, esencialmente en Suiza y sus alrededores.”[26].
He aquí algunos ejemplos: primer viaje a pie de Annecy a Turín (1728)[27], la larga caminata entre Nyon, Friburgo, Lausana, Vevey, Neuchâtel, Berna, Soleure, París[28], en 1730-1731; el retorno desde Venecia, donde pasa a pie el Simplon, desde Domodossola a Sion (1744), el viaje de París a Ginebra (1754) con Thérèse Levasseur, durante el cual se baja a cada instante de la diligencia para disfrutar, en solitario, del placer de la caminata[29], el proyecto del verano de 1763, de caminar de Neuchâtel a Zurich en (que comenzó y luego abandonó por la inclemencia del tiempo). Rousseau aprovechó entonces todas las ocasiones que tuvo para entregarse a lo que llamaba su “manía ambulatoria.”[30].
Disfrutar de los intervalos
En el Emilio, Jean-Jacques Rousseau expuso largamente las ventajas del viaje a pie.”[31].
Es una opción que se elige cuando se viaja sin prisa: “Emilio no entra nunca en una silla de posta, y no toma la diligencia si no se ve apremiado para ello”. Ahora bien, toda la educación de Emilio está orientada justamente a sustraerlo de lo que Rousseau considera como un problema general en la sociedad de su tiempo: la incapacidad para vivir el momento presente. Y evoca esta carrera contra el tiempo en términos que se podrían aplicar perfectamente a nuestra época, dominada por el 'always faster':
“Dicen los hombres que es corta la vida y yo veo que ellos mismos hacen lo que pueden para hacerla más corta. No sabiendo emplearla, se quejan de la rapidez del tiempo, y yo veo que éste corre con demasiada lentitud según su deseo. Poseídos siempre del objeto a que aspiran, miran con dolor el intervalo que los separa de él: uno querría ya haber llegado a mañana, el otro al mes próximo, otro diez años más allá; nadie quiere vivir hoy; nadie está contento con la hora presente, todos los hombres la tienen por lenta al pasar.”[32]
Rousseau distingue, entonces, dos tipos de desplazamientos: aquel cuya única finalidad es llegar loa antes posible a su destino, y el viaje propiamente tal, que supone darse tiempo para disfrutar del trayecto que media entre la partida y la llegada: “Cuando no se quiere sino llegar, se puede correr en silla de posta; pero cuando se quiere viajar, es necesario ir a pie
Por lo tanto, la caminata es la ocasión para este Carpe diem que propone Rousseau para el viaje, que tanto placer y sentimiento de libertad puede procurar: “Nosotros no viajamos en correos, sino como viajeros. No pensamos solamente en los dos términos, sino en el intervalo que los separa. El viaje mismo es un placer para nosotros. No lo hacemos tristemente sentados y como aprisionados en una jaulita bien cerrada. No viajamos en el abandono y en el reposo de las mujeres. No nos quitamos ni el aire libre, ni la visión de los objetos que nos rodean, ni la comodidad de contemplarlos a nuestro gusto cuando nos agrada.”
Así, el viaje se asemeja a un paseo tan instructivo como placentero:
“No concibo una manera más agradable de viajar que ir a caballo, que no sea la de ir a pie. Se parte en su momento, se detiene uno a su voluntad, se realiza tanto o tan poco ejercicio como se quiera. Se observa todo el país; se vuelve a derecha e izquierda; se examina todo lo que nos agrada; se detiene uno en todos los puntos de vista. Percibo un río, yo lo bordeo; un bosque tupido, voy bajo su sombra; una gruta, yo la visito; una cantera, examino los minerales. En cualquier lugar que me agrada, me quedo. En el instante en que me aburro, me marcho. No dependo de los caballos ni del postillón. No tengo necesidad de escoger los caminos ya hechos, las rutas cómodas; paso por todas las partes por las que un hombre puede pasar; veo todo cuanto un hombre puede ver; y, no dependiendo sino de mí, gozo de toda liberté de que puede gozar un hombre. (…) Viajar a pie, es viajar como Tales, Platón y Pitágoras. Me cuesta trabajo comprender cómo un filósofo puede hacerlo de otra manera, olvidándose del examen de las riquezas que él holla con sus pies y que la tierra brinda a sus ojos.”
Mens sana in corpore sano: el viaje a pie es el ejercicio físico por excelencia, que reconcilia el alma con el cuerpo: “Cuanta diversidad de placeres se reúnen en esta agradable manera de viajar, sin contar la salud que se afianza y el humor que se distrae." He visto siempre que quienes viajaban en buenos coches coches muy agradables, iban pensativos tristes, enfadados o molestos; y a los peatones siempre alegres, ligeros y contentos con todo. ¡Cómo parece sabrosa una comida corriente! ¡Con qué placer se descansa en la mesa! ¡Qué buen sueño se tiene en un mal lecho!”
Caminata solitaria y meditación
Para Rousseau, la caminata está íntimamente vinculada con la reflexión filosófica. Así como Aristóteles y los peripatéticos filosofaban mientras caminaban, Rousseau afirma: “Sólo puedo meditar caminando.”[33].
La caminata solitaria brinda la ocasión para reencontrarse consigo mismo y, por lo tanto, para conocerse mejor: “Nunca he pensado tanto, existido y vivido, ni he sido tan yo mismo, si se me permite la frase, como en los viajes que he hecho a pie y solo. El andar tiene para mí algo que me anima y aviva mis ideas (...); el alejamiento de todo lo que me recuerda la sujeción en que vivo, de todo lo que me recuerda mí situación, desata mi alma, me comunica mayor audacia para pensar.”[34].
En esta “soledad ambulatoria” el autor de las Ensoñaciones del paseante solitario encuentra no sólo la oportunidad para evadirse de la sociedad, sino también el reflejo de su propia historia de vida. El caminante que disfruta del “placer de andar sin rumbo”[35], el viajero que goza de la libertad de elegir los caminos no trillados, son como Rousseau, que no se ciñe a ningún trayecto obligado y se aleja de toda contingencia, especialmente de las sociales.
Aún cuando a veces Rousseau reconoce que es necesario volver a la sociedad: “Algún día, después de habernos extraviado más que de ordinario en los valles, en las montañas donde no percibimos ningún camino, no acertamos a volver a encontrar el nuestro. Poco nos importa, todos los caminos son buenos, puesto que nos permiten llegar: pero se impone llegar a alguna parte cuando se tiene hambre. Felizmente nos encontramos a un campesino que nos lleva a su choza; comemos con enorme apetito su parva comida.”[36].
Sin embargo, el ciudadano de Ginebra no siempre el viaje fue fruto de una elección: las circunstancias lo obligaron a vivir muchos años de exilio y de errancia (1762-1770). Y en este contexto,  los viajes ya no son viajes, sino simples traslados que se hacen a caballo o en diligencia, y la soledad ya no es anhelada, sino sobrellevada.





[1] Este último afirma que: “Rousseau, si se le considera como un francés, no se inscribe en ninguna tradición, pero si se le considera como un suizo, recupera entonces su lugar natural; en él se encarna el espíritu suizo y se hace universal”. Pág. 823,
[2] “En el Contrato social vertió Rousseau todo su intelecto ginebrino; pero La nueva Eloísa y las Confesiones revelan su corazón suizo.” (pág. 4).
[3] Cf. J. Meizoz, Le gueux philosophe [El mendigo filósofo], Lausana, editorial Antipodes, 2003.
[4] OC I, pág. 144 (Confesiones, libro IV).
[5] CC IV, pág. 336 (Carta a J. Vernes, 18 de noviembre de 1759).
[6] G. Chenevière, Rousseau, une histoire genevoise [Rousseau, una historia ginebrina], Ginebra, Labor et Fides, 2012.
[7] CC XXI, pág. 53 (carta a Milord G. Keith, 1764).
[8] Será independiente hasta 1798, año en que la Francia revolucionaria se la anexa; hasta 1813 fue la capital del “Departamento del Léman”, y se incorpora ulteriormente a la Confederación suiza (1814-1815).
[9] CC XV, pág. 49.
[10] A partir de 1821, en el frontispicio del edificio confiscado por la República en 1791 figura la inscripción “A los grandes hombres, la patria agradecida”.
[11] En el encabezado del Discours sur les arts et les sciences [Discurso sobre las artes y las ciencias], 1750, y en el Deuxième Dialogue, [Segundo diálogo], cita a Ovidio (Tristes): Barbarus hic ego sum, quia non intelligor illis (Aquí soy un bárbaro porque estas gentes no me entienden], Rousseau juge de Jean-Jacques [Rousseau, juez de Jean-Jacques], 1775.

[12] R. Trousson, Dictionnaire de Jean-Jacques Rousseau, [Diccionario de Jean-Jacques Rousseau], París, Champion, 2006, pág. 704 (artículo Patria).
[13] Sus “pupilas”, es decir, Julia y su prima Claire, que vivían en el pueblo de Clarens. OC, I, pág. 431.
[14] Cf. C.-E. Engel, La littérature alpestre en France et en Angleterre aux XVIIIe et XIXe siècles [La literatura alpestre en Francia y en Inglaterra en los siglos XVIII y XIX] Chambéry, 1930 y más recientemente E. Christen y F. Baud, Rousseau, Les Alpes et la poésie anglaise [Los Alpes y la poesía inglesa] (edición bilingüe), Vevey, Éditions de L'Aire, 2011.
[15] OC II, pág. 77.

[16] OC I, pág. 1071-1072.
[17] OC II, pág. 78.

[18] OC II, pág. 419.
[19] OC I, pág. 152.
[20] A. Tripet, La Rêverie littéraire: essai sur Rousseau”, [El Ensueño literario: ensayo sobre Rousseau], Ginebra, 1979
[21] OC I, pág. 641.
[22] Cf. Ph. Roch, Dialogue avec Jean-Jacques Rousseau sur la nature, [Diálogo con Jean-Jacques Rousseau sobre la naturaleza], Ginebra, Labor et Fides, 2012.

[23] CC XV, pág. 49 (Lettre au Maréchal de Luxembourg [Carta al mariscal de Luxemburgo], 20 janvier 1763).
[24] OC I, pág. 1067.
[25] Cf. OC I, pág 12 y siguientes (Confesiones, libro I).
[26] Gracias al cruce de las numerosas fuentes disponibles (unas 2.700 cartas escritas por Rousseau, entre otras), se conocen con extraordinaria precisión todas sus actividades y movimientos. Ver Raymond Trousson y Frédéric S. Eigeldinger, Jean-Jacques Rousseau, au jour le jour, [Jean-Jacques Rousseau, en su día a día]. París, H. Champion, 1998. Para una cronología detallada e ilustrada de sus viajes, ver el sitio Internet de Takuya Kobayashi, http://www.rousseau-chronologie.com/
[27] “Ir a Italia tan joven, haber visto ya tanto terreno, seguir a Aníbal atravesando montes, me perecía una gloria que estaba por encima de mi edad (...) Este recuerdo me ha dejado una afición viva a todo lo que con él se relaciona, sobre todo por las montañas y los viajes pedestres.”
[28] De Soleure a París: “En este viaje empleé unos quince días, que pueden contarse entre los más dichosos de mi vida. Era joven, estaba sano, tenía dinero y muchas esperanzas; viajaba, viajaba a pie y viajaba solo”.
[29] OC I, pág. 390.
[30] OC I, pág. 54
[31] Emile, libro V (OC IV, pág. 770-774).
[32] OC IV, pág. 771.
[33] OC I, pág. 410.
[34]  OC I, pág. 162.
[35] OC I, pág. 87.
[36]  OC IV, pág. 773.
[37] OC III, pág. 914-915.
[38] Sobre el contexto en que se redactaron estos dos manuscritos, consultar: Introducción de T. L'Aminot a Textes politiques de Jean-Jacques Rousseau [Textos políticos de Jean-Jacques Rousseau], Lausana, L'Âge de l'Homme, 2007.
[39] OC III, pág. 11.
[40] OC II, pág. 60
[41] OC III, pág. 916.
[42] A mediados del siglo XVIII hay 77.000 mercenarios en el extranjero, 23.000 de ellos en Francia, para una población total de 1,5 millones de habitantes. Nouvelle histoire de la Suisse et des Suisses, [Nueva historia de Suiza y de los suizos] 1985, pág. 423.
[43] Jean-Jacques Rousseau, De la Suisse, [Acerca de Suiza], edición crítica, por F. S. Eigeldinger, París, H. Champion, 2002, pág.76-77.
[44] OC III, pág. 916-917
[45] OC II, pág. 658.
[46] OC III, pág. 903.
[47] Tras un alzamiento popular contra la dominación genovesa, Córcega conoció un período de independencia, entre 1729 y 1769.
[48] OC III, pág. 906. Rousseau funda la distinción de los gobiernos según el número de sus miembros. Considera que, en general, a los grandes Estados conviene un gobierno monárquico, a los medianos, la aristocracia (idealmente electiva), y a los pequeños, la democracia. En consecuencia, una república puede ser monárquica en su modo de administración.
[49] Los cantones suizos de Landsgemeinde son: Uri, Schwytz, Glaris, Nidwald, Obwald y los dos Appenzell.
[50] OC III, pág. 405. Del Contrato social es esta famosa frase: “Cuando se ve cómo en los pueblos más dichosos del mundo un montón de campesinos arreglaba bajo una encina los negocios del Estado conduciéndose siempre sabiamente ¿puede uno dejar de despreciar los refinamientos de otras naciones que se vuelven ilustres y miserables con tanto arte y tanto misterio?” (Libro 4, cap. 1).

[51] F. Ramel y J.-P. Joubert, Rousseau et les relations internacionales [Rousseau y las relaciones internacionales], París, L'Harmattan, 2000, pág. 139-149.
[52] OC III, pág. 959-960.
[53] OC III, pág. 1014.
[54] OC III, pág. 1015.
[55] OC III, pág. 1010.
[56] Así lo demuestran los artículos publicados en el diario Le Temps: Guillaume Chenevière, Que penserait Jean-Jacques Rousseau de l'initiative anti-minarets? [¿Qué pensaría Jean-Jacques Rousseau del proyecto anti-minaretes?] (14 de enero de 2010) y Rousseau, écrivain politique pour le XXIe siècle [Rousseau, escritor político para siglo XXI] (22 de junio de 2011), en respuesta al artículo de Beat Kappeler, Relire Rousseau…avec l'oeil critique [Releer a Rousseau... con ojo crítico], 11 de junio de 2011. Asimismo, Philippe Roch consagra algunas de las páginas de su obra Dialogue avec Jean-Jacques Rousseau sur la nature [Diálogo con Jean-Jacques Rousseau sobre la naturaleza], Ginebra, Labor et Fides, 2012, a comparar el enfoque rousseauniano de la naturaleza con la ecología política de las últimas décadas.
[57] F. Jost, Jean-Jacques Rousseau suisse, [Jean-Jacques Rousseau suizo], Friburgo, Ed. Universitaires, 1961, tomo I, pág. 287.
[58] OC III, pág. 361.
[59] Sobre la teoría política de Rousseau, ver la obra clásica de R. Derathé, Jean-Jacques Rousseau et la science politique de son temps [Jean-Jacques Rousseau y la ciencia política de su tiempo], París, 1950 (reedición en 1995). Rousseau hace un resumen de su Contrato social en el libro V del Emilio.
[60] OC III, pág. 379-380.
[61] Estos términos o expresiones ya no se utilizan prácticamente en Francia, y han sido reemplazados por opinión pública y cuerpo electoral. Todavía se utiliza en Suiza el término magistrado para nombrar a los miembros de los estamentos del poder ejecutivo, como en Rousseau, mientras que en Francia ya no se aplica más que a los jueces.
[62] 62 OC III, pág. 368
[63] OC III, pág. 374.
[64] OC III, pág. 429.
[65] R. Édrate (op. cit. pág. 273) recuerda que en esta época la concepción de representación no era en absoluto democrática. El pueblo se limitaba a elegir a sus representantes, no un programa político.
[66] C Rousseau condenó inequívocamente el sistema inglés de la época: “El pueblo inglés piensa que es libre y se engaña: lo es solamente durante la elección de los miembros del parlamento; tan pronto como estos son elegidos, vuelve a ser esclavo, no es nada.” (OC III, pág. 430).
[67] Consideraciones sobre el gobierno  de Polonia, cap. VII (OC III, pág. 972 y siguientes).
[68] Retoma una idea del Contrato social (OC III, pág. 429-430): “Los diputados del pueblo pues no son ni pueden ser sus representantes, son únicamente sus comisarios y no pueden resolver nada definitivamente. Toda Ley que el Pueblo en persona no ratifica es nula. No es una ley”.
[69] Ver G. Chenevière, Que penserait Jean-Jacques Rousseau de l'initiative anti-minarets? [¿Que pensaría Jean-Jacques Rousseau de la iniciativa anti-minaretes?] (Le Temps, 14 de enero de 2010).
[70] OC III, pág. 404.
[71] OC III, pág. 406.
[72] Ver más arriba: La Suisse rustique, démocratique et confédérale: un exemple pour la Corse et la Pologne [La Suiza rústica, democrática y confederal: un ejemplo para Córcega y Polonia].OC III, pág. 380.
[73]. OC III, pág. 380.
[74] OC III, pág. 845.
[75]. OC III, pág. 429.
[76]. Rousseau, une histoire genevoise, Ginebra, Labor et Fides, 2012, pág. 18.