sábado, 1 de diciembre de 2012


Reflexiones inactuales sobre
 la desigualdad entre los hombres
de J.J. Rousseau (I)

A los 300 años de su nacimiento

David De los Reyes


 


I
Introducción
Podemos comenzar diciendo que si con el Discurso sobre las ciencias y las artes  Rousseau obtuvo la atención de toda la intelectualidad del mundo francés al ganar el concurso de la Academia de Dijón y mostrar una postura moral ante el uso y la evolución de las ciencias y las artes y su influencia en la sociedad. Con este segundo discurso, Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, Rousseau demostrará   en su búsqueda intelectual no solo una denuncia política sino también las consecuencias inevitables de esa modalidad de la conciencia moderna de crear e investigar sin llegar a indagar en las tesituras morales que se introducen en la sociedad gracias al conocimiento y artilugios modernos; inicio y continuación de una acusación ya declarada, desde la individualidad reflexiva al conjunto de los hombres por un escritor que es coherente en su temática, más no a veces con sus posturas. Con esta obra se inicia en la reflexión  en torno a uno de los fragmentos  de la práctica social, estamentos humanos que les serán queridos e importantes para su especulación como pensador; este fragmento de la realidad práctica humana no es otro que el de la desigualdad política y sus entornos. Cortina ideológica para preparar y propagar  su contrastante concepción del mundo cultural, social e intelectual de la media  modernidad occidental; sus palabras son un cuestionamiento profundo sobre la sociedad. 
Se ha afirmado que Rousseau pertenece a los escritores  que abrazaron a una literatura militante,  sin embargo, al ver  su vida nunca vino a crear ni juntarse con un grupo político definido, no perteneció a ningún club o partido político. Más que un dirigente revolucionario quizás sea un rebelde con causa. Desmantelar esta idea de haber sido un ideólogo de clase, de la burguesía en ascenso; el pretender que sea visto como un dirigente político, un revolucionario cuasi marxista es un atropello a su persona; creemos que su intención es personal más que grupal; el impulsar un cambio social está alejado de su horizonte existencial y de su itinerante vida trashumante y solitaria. Su posición es la de manifestar sus ideas y contraponerlas a las tendencias ilustradas de la época; sus planteamientos son lentes correctivos de la miopía de las tendencias sociales establecidas, bien del refinamiento aristocrático como de la burda vida materialista y de acumulación burguesa;  más que crear un pensamiento de cohesión ideológica, que es en lo que vendrá a ocupar su obra por manos externas a la misma,  es la de un francotirador que montado en la copa de un árbol observa y apunta a la decadencia social de su tiempo, gracias a los disparos certeros de su pensamiento idealista, romántico, individual, pero sin dejar de preocuparse, en todo  momento, por el destino de la humanidad: tarea grande para un hombre solo. Rousseau no viene a describir la imagen complaciente de la sociedad que  refleja la condición de la burguesía y de una aristocracia en declive, sino la propia mirada desde su visión de escritor, artesano y hombre de pueblo suizo, de ¿pequeño burgués?, pudiéramos decir.
Su discurso llevará su sentido expositivo por medio de una dialéctica entre el hombre de la naturaleza y el hombre de la sociedad, en lo que se ha llamado, por ciertos teóricos, la teoría del buen salvaje y su diferencia respecto a la decadencia del hombre civilizado.  Y si podemos hablar de un método  en este pensador  surge de su observación de la naturaleza, de la propia reflexión en él, de su especulación imaginaria y realista a la vez, y de su experiencia de vida mezclada con su profuso engolosinamiento con la lectura de los autores clásicos y de su tiempo; de una búsqueda genealógica de los asuntos tratados a partir de razonamientos hipotéticos, literarios, poéticos que fungirán de axiomas para  el despliegue de su lógica del hombre social de su presente.
Levy-Strauss nos ha dicho que  es un observador penetrante de la vida campesina, un lector entusiasta de libros de viajes, un hombre capaz de  analizar las costumbres y creencias exóticas con conocimiento de causa, pero también se le puede descubrir como el creador de la etnología[1]. Y en esto se centra el desarrollo metodológico de este Discurso. En él encontramos un alegato y un programa al advertir que en el siglo que corre no haya hombres que ayuden a la investigación bien con su tiempo y con sus aportes materiales para hacer un viaje alrededor del mundo  para estudiar, no como siempre las piedras y las plantas…sino por una vez los hombres y las costumbres. Para su época considera de  importancia  el de recorrer la tierra y observar las diferentes culturas que la pueblan; territorios de los que sólo se conocen cómo se llaman y sólo con eso nos  atrevemos a juzgar al género humano! Todo un programa no sólo para ayer sino para cualquier viajero de hoy.  Tales hombres Rousseau los considera como los nuevos Hércules, que a la vuelta de sus correrías, vendrán a escribir  la historia natural, moral y política de los grupos societales que han visto y vivido. Esto con el fin de expresar a ese mundo nuevo con el cual aprenderíamos de esta manera a conocer el nuestro[2]. Por lo cual nos dice Lévy-Strauss:
“Rousseau no se limitó a prever la etnología: la fundó. Primero de un modo práctico, al escribir ese Discurso sobre el origen de  la desigualdad entre los hombres, que plantea el problema de las relaciones entre la naturaleza y la cultura y se puede considerar como el primer tratado de etnología general; y luego en el terreno teórico definiendo, con una claridad y una concisión admirables, el objeto del propio etnólogo, a diferencia del objeto del moralista o del historiador: Si se quiere estudiar al hombre hay que mirar cerca de uno mismo; pero para estudiar al hombre hay que aprender a tender la mirada a lo lejos; para descubrir las propiedades es necesario primero observar las diferencias (Ensayo sobre el origen de las lenguas, cap VIII)[3].

De esta manera nos encontramos el punto de arranque respecto a la importancia de este Discurso al que vamos a entrar, es la puerta a la etnografía de la modernidad, a la distinción e importancia de la relación entre naturaleza y cultura, del hombre en la naturaleza y del hombre civilizado, y el de no perder el principio de sabernos mirar de cerca a nosotros mismos. Recordarnos que toda experiencia etnográfica se inicia al comprender que el observador de los otros  se toma a sí mismo como instrumento de observación, debe aprender a conocerse, y obtener del negarse su sí mismo en cómo se revela el otro  en nosotros. Rousseau será el observador  de sí mismo a partir de imaginarse como hombre en el estado de la naturaleza   en tanto sí mismo, pero también como lo otro a partir del hombre civilizado que es. Es la lectura que pretendemos emprender aquí de su Discurso del origen de la desigualdad en el hombre, intento de enseñanza para eludir las insoportables contradicciones del la vida civilizada. Y aceptar que la hipótesis de la que partirá Rousseau para explicar la evolución de la especie  humana es una manera de comprenderse y de interpretar su propia vida. La idea del hombre natural no sólo será, como lo hemos dicho, una hipótesis especulativa sino  una manera de comprenderse y de defenderse ante el mundo hostil que  lo rodea[4].




II
Montaigne y Rousseau, cercanías y caníbales
No deja ser importante la deuda de Rousseau a Montaigne, y sobre todo para los conceptos que presentará en este escrito de 1753. Además del ensayo De Caníbales de Montaigne, encontramos otro en particular importante para este segundo discurso, el De la desigualdad que hay entre nosotros[5], el cual pareciera  tener un eco en él por las respuestas que se nos exponen en el suelo imaginado en esta obra de Rousseau, pues para el francés renacentista del que se yo,  podemos encontrar más distancia entre un hombre y otro hombre que entre un hombre y una bestia. O como refiere el citado Epaminondas: hay  más distancia de tal a tal hombre que de tal hombre a tal bestia. Donde la estimación de los hombres viene dada por sus cualidades que, como al caballo, no lo debemos calificar  por los arneses que porta sino por su vigor y destreza. Al hombre se tendrá que estudiarlo no por lo enfardado y empaquetado pues de esta forma no nos muestra quien realmente es, con ello solo se oculta las partes realmente dignas de estima: aunque la mona se vista de seda, mona se queda. En fin, al hombre se le ha de juzgar por sí y no por lo que le envuelve o esta otra frase, el pedestal no  es parte de la estatua. Rousseau, discípulo de Montaigne, llevará a cabo la labor de exponer sus motivos respecto al tema del concurso de Dijón  presentándonos      su concepción sobre la desigualdad humana tomando en cuenta,  y en parte,  las recomendaciones de este otro escritor. Medid al hombre  en camisa, sin riquezas ni honores ¿Tiene el cuerpo sano, ágil y apto para sus funciones?¿Es su alma hermosa, capaz y provista de todas sus piezas?...Lo que importa es ver si es capaz, sin parpadear, de esperar las espadas tendidas; si no le importa saber por dónde la vida le sale, sea la boca o el cuello; si es un alma sosegada, ecuánime y contenta. Eso es lo que ha de verse y por eso juzgar las extremas diferencias que hay entre nosotros. En el fondo las diferencias deberán ser vistas por lo bien provisto que está el hombre en tanto ser natural que el oropel adquirido por la cultura y las riquezas superficiales, junto a sus virtudes y vicios sociales. El hombre salvaje que nos describirá Rousseau, es portador de las cualidades que exige Montaigne de un hombre de valía, que son, siguiendo las líneas de Horacio (Sat., II, 7, 38) estas: Sabio y dominador de sí mismo; capaz de resistir sin miedo enfermedad, hierros y muerte; rechazador de concupiscencias y desdeñador de honores; en sí mismo recogido, como esfera a que externa aspereza no impide girar; siempre imperturbable ante la fortuna. Por tanto el hombre salvaje, el hombre de la naturaleza,  es el que escucha la voz del instinto de la naturaleza, la cual exige un cuerpo exento de dolor y una mente alegre, libre de terrores e inquietudes (Lucrecio, II, 16).
También leyendo al ensayo  De los Caníbales del mismo autor francés, nos encontramos con una de las primeras  descripciones más leídas en su época de la visión idealizada, mitificada, paradisíaca del hombre americano, traída y relatada por los viajeros que venían a las Nuevas Indias y regresaban al viejo continente. Habría que advertir que la primera visión de América la encontraron los europeos en las palabras de Cristóbal Colón al describir su viaje en la Carta de 1493, dirigida a los reyes de España, relato que circuló por toda Europa y creó una crisis de conciencia; vino a plantear problemas religiosos, metafísicos, morales y filosóficos en el destino del hombre occidental, observando los hombres al viejo continente  de si el mundo conocido desde la antigüedad era una sociedad respetable, si debía de ser mantenida su cultura como tal o cambiarla, pues por todos lados encontraban que esa sociedad se había desviado de su fin natural. Toda esta reflexión surge al contrastar el hombre americano nativo con la trazas y modos de ser desviados del europeo y su afán de poder y posesión. Porque habían encontrado y visto, según las palabras del almirante descubridor, otros pueblos que se habían mantenido en su forma natural virginal. Esta carta firmada por Colón se convierte, una vez conocida por la corte española y publicada en latín y en otros idiomas vulgares, en un documento ampliamente comentado por los intelectuales  del siglo XV y XVI, siendo, según palabras de Arturo Uslar Pietri, el documento más subversivo que ha existido en la humanidad[6].
Algo de ello encontramos en las palabras de Montaigne, pero de forma más realista y menos real-maravillosa que la descripción colombina. En su ensayo nos relata que ha vivido con un hombre que pasó una década en estas tierras, en los territorios del actual Brasil. Tal hombre era de su entera confianza (más que las opiniones de los cartógrafos y sabios), pues era simple y tosco, condición buena para testimonio sincero, de forma que no adornen sus relatos  e interpretaciones  alterando la historia para infundirles cierto grado de verosimilitud. Al menos esta sencillez del amigo no revestía las cosas vistas de apariencias maravillosas y fantásticas. Muy bueno fuera que cada uno escribiese de lo que conoce, y tanto como conoce, no sólo en esta disciplina, sino en todas.
Este amigo indiano refiere que en los hombres de este continente no  halló nada  de bárbaro, ni la nación visitada, salvo que llamemos barbarie a lo que no entra en nuestros usos, al pensar que en nuestro país existe la religión perfecta, la política perfecta y el perfecto y cumplido  manejo de todas las cosas. Respecto a la condición del hombre europeo advierte que no es razonable que el arte aventaje a nuestra grande y pujante madre Naturaleza. Tanto hemos recargado la belleza y la riqueza de sus obras con nuestras invenciones, que las hemos ahogado del todo, si bien allí donde ella en su pureza reluce deja en  maravillosa vergüenza a nuestras vanas y frívolas empresas. La idea de la naturaleza dadora de los mejores bienes está impregnada en las mentes renacentistas como en las de la media modernidad; el hombre moderno con sus invenciones ha ahogado del todo a las obras de la propia naturaleza. La naturaleza será recobrada, ahora se le exige ser la dadora de la regla de belleza, virtud, orden, armonía que no encontramos en la sociedad humana por mejor gobernada que esté.
Como hemos dicho antes, la condición del nativo hombre americano  es contrapuesta al corrupto y desviado europeo. El primero, en esta versión idealizada y mitificada, será la de un ser inocente, natural y puro, contrapuesta a la condición del civilizado hombre occidental, que presenta plena decadencia y artificio. Son, estos americanos nativos, hombres próximos a la candidez original, que no han recibido amaneramiento del espíritu humano; no tenían armas de fuego ni de metal, solo flechas y cerbatanas: lo que para el hombre de armas del siglo XV era no tener armas (Uslar Pietri); obedecen a las leyes naturales, muy poco bastardeadas por las nuestras, y tal es su pureza que mucho  deploró que semejantes naciones no fueran  conocidas antes para que  pudiesen ser mejor juzgadas. Sociedades que han sabido no sólo mantenerse en la inocencia original sino vivir con lo mínimo, de quienes era difícil creer que la sociedad humana pudiera mantenerse con tan poco arte y sudor. En estas sociedades americanas no habitan los vestigios del vivir civilizado europeo y por ello están exentos de vicios e injusticias. Es volver a la visión del paraíso antes de la caída pues:
“…en esa nación nueva no hay  especie alguna de tráfico, ni conocimiento de las letras, ni ciencia de los números, ni magistrados, ni superioridad política, ni servidumbre, ni riqueza, ni pobreza, ni contratos, ni sucesiones, ni partijas, ni otras ocupaciones que las descansadas, ni respeto ni parentela, ni vestidos, ni agricultura, ni metales, la traición, el disimulo, la avaricia, la difamación y el perdón son desconocidos…allí hay hombres salidos de manos de los dioses (Séneca, Epís. 90)[7].

E igualmente, según los relatos de los viajeros, además de encontrarse con un país de clima grato y muy templado, era raro de ver en sus habitantes algún enfermo, cosa que Rousseau subrayará al hablarnos en la primera parte del Discurso sobre su buen salvaje. Los viajeros, en palabras de Motaigne, no encontraron  a ningún indígena temblón, legañoso, desdentado o encorvado por la edad. Al vivir junto al mar obtienen pescados y carnes, diversos alimentos abundantes,  comen sin más aliño que cocerlos. Duermen en chinchorros: sus lechos, de tejido de algodón (sic), están suspendidos en el techo, como marineras hamacas, y cada persona tiene el suyo, porque los maridos duermen separados de las mujeres. Se levantan con el sol, y a poco rato comen para todo el día. Y comen casabe (pan de yuca del nativo venezolano), pues debe ser lo que nos describe Motaigne: En vez de pan usan una materia blanca que parece coriandro confitado, y que he probado yo mismo, hallándole un gusto  dulce aunque algo insulso. Y no podía dejar desapercibido la condición de la fiesta permanente de estos nativos: Pasan casi todo el día bailando, es decir, en una fiesta primaveral perpetua. La felicidad total. Donde toda la ciencia ética se reduce a dos  principios insoslayables para este americano idealizado: valor en la guerra y amor a sus mujeres.
Respecto a la condición de caníbales observa que peores espectáculos de impiedad humana ha visto en su país que lo realizado allende los mares:
“Hallo más barbarie en comer a un hombre vivo que en comerlo muerto. Y nosotros sabemos, no sólo por haberlo leído, sino visto ha poco (y no entre enemigos antiguos, sino entre vecinos y conciudadanos y so pretexto, para colmo, de piedad y religión), que aquí se ha estado desgarrando a veces, con muchas torturas, un cuerpo lleno de vida, asándolo a fuego lento y entregándolo a los mordiscos y desgarros de canes y puercos. Esto es más bárbaro que asar y comer a un hombre difunto.
Crisipo y Zenón, jefes de la secta estoica, opinaban que no había  mal en nutrirse de la humana carroña en caso  necesario. Nuestros antepasados, situados por Cesar en Alexia, mediaron el hambre con los cuerpos de los viejos, las mujeres y otras personas inútiles en el combate[8].

Comer carne por necesidad y de un hombre muerto en la guerra o difunto, será menos pecado y oprobioso que quemar personas por creencias religiosas (como hicieron los sacerdotes especialistas de la Inquisición, ergo, Torquemada entre otros), con la escusa de estar en pecado y salvar su alma del diablo. Es lo que refiere el texto. De esta forma puede decir que tales pueblos pueden ser llamados bárbaros respecto al uso de la razón, pero no respecto a nosotros, que los superamos en toda suerte de barbarie, es decir, el hombre civilizado convive enfrentando  y practicando la continua  traición, crueldad, deslealtad y la tiranía, que son nuestros vicios ordinarios. Estos nativos americanos no discuten la posesión de tierras nuevas, ya que gozan de natural fecundidad que les provee, sin esfuerzo ni trabajo, de todo lo necesario. Habitan en torno a una abundancia natural, la cual no requieren producir ni ampliar. Y la mayor distinción respecto al hombre moderno: se hallan en la fase feliz de no desear nada que no sea lo que les piden sus naturales necesidades, y consideran superfluo lo restante. Es un hombre dispuesto a la defensa de lo suyo, que se estima por la calidad de su corazón y su voluntad, ser donde sus méritos refieren al valor y su alma, junto a su obstinado esfuerzo por no aflojar su seguridad y defensa ante el riesgo de la muerte. Pues para Montaigne y su concepción como hombre de armas renacentista, el verdadero vencer consiste en pelear y no en salvarse, y el honor de la virtud radica en combatir, no en batir.
Todas estas descripciones del hombre americano regresan en forma de eco ante la visión hipotética del hombre rousseaniano del buen salvaje, contrapuesto al hombre decadente de la civilización. Matriz dialéctica en que se debatirá  buena parte de su discurso genealógico e imaginario sobre la desigualdad humana. En principios los méritos del hombre salvaje se centran en la propia conservación, el llamado amor de sí definido por Rousseau, como cuido primordial por encima de cualquier otro deseo.  La desigualdad y diferencia entre los hombres debe ser menor  al habitar en el estado de naturaleza  que en el estado de la sociedad, la cual hace aumentar la desigualdad natural  en la especie humana gracias a la desigualdad institucional.
Todo esto lo desarrollaremos más adelante en nuestro escrito. Por los momentos queríamos recobrar este despistaje arqueológico de la desigualdad en la imagen prístina que tendrán los europeos a través de las palabras del maestro de Rousseau, Montaigne, quien defenderá, a través de una visión idealizada y mítica, la condición natural del hombre americano por encima de la depravación humana del hombre europeo cristiano.




III
El Discurso en Las Confesiones de Rousseau
En Las Confesiones, en el apartado al año de 1753, que es cuando escribe su Discurso (de ahora en adelante referido como D.D.H). nos declara su origen: vuelve a interesarse por participar en el concurso para ese año por la Academia de Dijón, el cual tratará sobre el origen de la desigualdad de los hombres. Impresionado por  lo polémico del tema y que fuera propuesto por una academia, se dio la tarea  de poner mano a la obra y expresar su visión del asunto. Para iniciar su ensayo se larga a la tranquilidad de la región de Saint-Germain, viaje de siete a ocho días para entonces, acompañado de su compañera Teresa y con varias amigas; nos refiere que  ese paseo… fue uno de los más agradables de mi vida. Hacía muy bien tiempo y aquellas buenas mujeres se cuidaron del cuidado y del gasto. Alegre, bien comido y cuidado, sin mayores preocupaciones, pasaba  buena parte del día  hundido en el bosque, a donde recurrirá para encontrar e imaginar la idea de los primeros tiempos, de la que tracé fieramente la historia; me apoderaba de  las pequeñas mentiras de los hombres; me atrevía a develar su naturaleza, siguiendo el progreso de los tiempos y de las cosas que la han desfigurado y comparaba el hombre  de la civilización con el hombre natural, para mostrar en su supuesto perfeccionamiento el verdadero origen de sus miserias (sub. nuest.)[9].  Podemos observar lo dicho antes de su método, de su pertinente observación, reflexión y experiencia, y agregar, además del recurso retórico de la dialéctica comparativa entre puntos de vistas contrapuestos, la intención de una genealogía personal, especulativa y, si queremos, imaginaria pues el entrar en los aires del bosque no encontró a ningún buen salvaje sino el sacado de su propia creación mental especulativa y subjetiva de  su buen salvaje natural, que vendría a tener todas las virtudes naturales y  que lo separarían del decadente y alienado, a sus ojos,  hombre de la civilización, pero sobretodo de la aristocracia francesa y sus acólitos ilustrados filósofos.
Su confesión nos da muestras del entusiasmo, emoción permanente en él, al estar ante un hallazgo y un indicio para comenzar  un viaje especulativo y literario del tema en cuestión: mi alma exaltada por aquellas contemplaciones sublimes, se elevaba hasta la Divinidad y viendo desde allí a mis semejantes  que seguían en la ruta ciega de sus prejuicios, de sus errores, de sus desgracias, de sus crímenes, les gritaba con una voz débil que no podían oír: “ ¡Insensatos, que os quejáis sin cesar de la Naturaleza, sabed que todos los males os vienen de vosotros mismos!” (sub. nuest).[10] Es interesante esta declaración y detenernos a observar su condición de pensador. Rousseau parte de una emoción vivida intensamente, creándose su propio estado de ánimo por medio de una meditación contemplativa y describir de forma negativa todo lo que para él le parece despreciable de la civilización. Los hombres se mantienen en el continuo por una ruta ciega, en la que se han separado de la feliz naturaleza, a la que le achacan todos sus males, mas la realidad para este esbozo imaginario personal, la acción cultural y política los cubre de un manto de prejuicios, males, desgracias y crímenes. Y aquí está el punto de partida para respirar los aires del hombre natural como superior del social. De  esta permanencia en los bosques en torno a Saint-Germain surgirá el D.D.H.
También nos dice que este ensayo le gustó  a Diderot más que el resto de sus escritos, siendo sus consejos tomados en cuenta para mejorarlo. Pero  leyendo una nota de Rousseau  a pie de página, echará en cara que su amigo Diderot realmente estaba lejos de tal apreciación,  que lo utilizó,  abusando de su confianza para que sus escritos tuvieran ese tono duro y ese aire negro, que ya no tuvieron cuando dejó de dirigirme. Tal tono de negro eran ciertas sugerencias de humor en su texto, (el del filósofo que se tapa las orejas para no oír las quejas de un desdichado…). Nos advierte que el texto pasó desapercibido e incomprendido por la mayoría y sólo unos pocos lectores apreciaron su intención real. Su obra la envió a Dijón, estando seguro que no recibiría  premio alguno, pues las academias no se han fundado para piezas de esa clase. El texto estaba condenado, pero podemos advertir que si el texto fue enviado, algún motivo de reconocimiento o atención quería por él su joven autor.
La dedicatoria del D.D.H. es a su ciudad de Ginebra y fue escrita a su paso por la ciudad de Chamberí, residencia de su querida amiga, amada y mama Mme Warens: Antes de  mi salida para París había esbozado la dedicatoria de mi  D.D.H.  la acabé en Chamberí, y la feché en el mismo lugar, juzgando que era mejor para evitar  susceptibilidades por no haberla firmado ni en Francia ni en Ginebra. El ensayo fue publicado en Holanda con el librero del Rey, el cual había conocido en Ginebra. La obra está dedicada a su república, Ginebra, y pensó que la dedicatoria podía desagradar al Consejo, lo cual fue cierto. El efecto de su escrito, nos dice, no le fue favorable, aunque  su dedicatoria había sido dictada por el sentimiento del más puro patriotismo[11]; sin embargo lo que obtuvo no fue sino atraerle enemigos en el Consejo y celosos en la burguesía. Según sus  Confesiones la obra no le trajo alegrías  sino displicencias, ningún ginebrino apreció el fuego del corazón que trasciende de toda aquella obra. Sin embargo gracias a la dedicatoria y a la originalidad de la obra, fue recibido y  reconocido como ciudadano de Ginebra. Sus palabras: la única ventaja  que me proporcionó  aquella  obra, además de la satisfacción de mi corazón, fue el título de ciudadano, que me fue dado por mis amigos y después por el público a amigos y después por el público a ejemplo suyo y que he perdido después por haberlo merecido demasiado[12].
Es el D.D.H. obra determinante en su evolución como pensador político pues el mismo refiere que todo lo que hay de atrevido en el Contrato Social, estaba ya antes en el Discurso sobre la desigualdad[13].




IV
Dedicatoria a Ginebra o la república realmente ideal
El epígrafe del inicio es la brújula de la ruta que tomará Rousseau en su obra, la cual irá en mostrar las bondades del hombre natural ante la debilidad del hombre civilizado, es decir, depravado. Las palabras son del texto de  Aristóteles La Política (libro II): Lo que es natural no lo busquemos en los seres depravados sino en los que se comportan conforme a la naturaleza. La cita no es vana. Veremos su eco de forma reiterada en su propuesta sobre la desigualdad humana.
El texto al ser impreso en Holanda en 1754 Rousseau, como sabemos, le agregó una dedicatoria a la ciudad de Ginebra, palabras que no fueron en balde, a los celosos  ginebrinos de su ciudad les motivó a otorgarle la ciudadanía al escritor de tan sabias palabras. De tal inicio podemos tomar el ideal de constitución y de gobierno al que se dirige este político sin practicar la política.  Todas ellas teñidas de un intenso espíritu patriótico y devoción a la ciudad en la que nació.
Desde su inicio marca sus cartas sobre la política de esa ciudad, al elogiar la constitución y el comportamiento del gobierno  y de los habitantes de Ginebra. En ella se da el equilibrio entre  igualdad natural  y la desigualdad que surge por las relaciones mismas entre los hombres; hay una aproximación entre la ley natural y  la ley social para un sostenimiento de un orden público en función del bienestar de los particulares.  Respecto a su constitución no deja de admirar el ver el buen sentido de gobierno con el que se provee dicha ciudad. En fin, le ofrece su discurso al pueblo  que entre todos los demás posee, a mi entender, sus mayores ventajas, y ha sabido evitar mejor los abusos[14].
¿Qué más encuentra en el gobierno de Ginebra? Todo lo que desea para constituir el gobierno que ha imaginado para el resto de los hombres. Es su inspiración.  Muestra la buena disposición en principio a la autonomía individual, porque cada uno de sus habitantes le basta en confiar en su propio empleo para vivir, sin tener que confiar en otros el desempeño de su propio cargo. Lugar político en que todos los particulares se conocen entre sí, lo cual permite la concordia y la fraternidad por la amistad ciudadana; donde todo comportamiento no debe ocultarse  ni sustraerse a las miradas y al juicio del público: donde la grata costumbre de verse y conocerse hiciera el amor a la patria el amor a los ciudadanos antes que el de la tierra[15]. El amor, la amistad y la confianza entre los ciudadanos: es decir el espacio espiritual de los afectos, más que el de la posesión y la tierra, es lo que despierta para Rousseau el sentimiento de arraigo a un lugar. La patria no es  los símbolos ni sus héroes míticos del pasado, las gestas históricas de un pasado, sino la libertad y la concordia, vivida día a día, entre individuos que han entrelazado cotidianamente sus vidas para superar sus escollos y consolidar sus vidas por un sentimiento de  confianza mutua y aprecio recíproco.
Su república tiene que bajar tanto al soberano como al pueblo a un mismo nivel, dirigiendo esta máquina estatal a obtener un único fin que no es otro que el bien común, donde pueblo y gobierno no sean más que una sola persona, gracias a establecer un gobierno democrático prudentemente moderado. Lo cual nos deja entrever que no aspira a prodigar revoluciones y gobiernos radicales. Su postura, llámese como quiera, aspira a la moderación, al término medio entre gobierno y ciudadanos.  Vivir y morir libre ¿cómo? Para Rousseau no es otra forma que vivir sometido a las leyes, de tal manera que ni él ni nadie  pudieran sacudirse su honroso yugo, yugo saludable y que cualquiera deberá  sentir que es lo mejor que puede llevar para una buena vida social. Esto plantea que nadie puede estar por encima de la ley como tampoco imponer ninguna fuera del Estado: Pues cualquiera que sea la constitución de un gobierno, si hay en ese país un solo hombre que no esté sometido a la ley, todos los demás se encuentran necesariamente sometido  de aquél. Un estado donde  el gobierno no esté sometido a la ley hará del pueblo  un colectivo esclavo, al dictamen de su capricho y voluntad.
Igualmente no desea vivir en una república recién constituida, sino en una que tenga una larga vida y se ajuste al cumplimiento de su ordenanza legal más que de una historia heroica. Esto para que no se  cambie el sentido de la libertad de la ley,  con la que  no llegue a ocurrir que el pueblo: una vez acostumbrado a los amos, los pueblos no saben prescindir de ellos. El querer sustraerse el yugo de las leyes se aleja de la verdadera libertad y al confundir su situación con tener una licencia para el desenfreno caen los ciudadanos en manos de los embaucadores revolucionarios que no hacen, a la final, que engrosar sus cadenas.  Su elección es que hubiera buscado como patria  una feliz y tranquila república cuya antigüedad se perdiera en cierto modo en la noche de los tiempos,  que no hubiera experimentado otras conmociones que las precisas para poner de manifiesto y consolidar en sus habitantes el valor y el amor a la patria, y en la que acostumbrados de antiguo los ciudadanos a una discreta independencia, no sólo fuesen libres, sino también, dignos de serlo[16].  No desea pertenecer a Estados conquistadores, sólo  pide que se guardara de ser conquistada por otro Estado; ni invadir ni permitir ser invadidos, defendiendo a los pueblos limítrofes en ayuda para que tampoco padecieran tal situación infame.
Un pueblo consciente, que  tenga la facultad  de dar consentimiento a sus propias leyes y que su pronunciamiento se diese con gran solemnidad, mostrando que la antigüedad de ellas las hace más santas y venerables, de modo que se desprecie su cambio diario, y desdeñar la práctica de los usos antiguos so pretexto de hacerlo mejor,  que a menudo  introducen  grandes males por querer corregir otros menores[17]. Con lo que nos muestra y reitera su postura conservadora respecto a los cambios legales y del orden republicano una vez constituido; los cambios  de constituciones no son bien recibidos, no hay pretexto para pensar que se puede ser mejor si realmente las leyes tradicionales parecieran ofrecer las condiciones permanentes de la buena vida del Estado que alguna vez fue fundado; veneración a las tradiciones republicanas; expurgación de todo entusiasmo revolucionario que terminará portando pesadas cadenas a los crédulos ciudadanos encantados con las voces de justicia en un horizonte  de felicidad colectiva. Rousseau, si bien advierte su elección por la república calcada del modelo ginebrino, es un conservador no un revolucionario, así sus teorías hayan caído en manos de los jacobinos franceses y de los revolucionarios latinoamericanos del siglo XIX, XX y XXI. Y pareciera, por lo dicho, que poco espíritu reformador habita en él, una vez establecidas las leyes se las deberá resguardar de cualquier  cambio. Como declara al dar el último consejo a sus conciudadanos: Guardaos sobre todo, y éste será mi último consejo, de escuchar nunca interpretaciones siniestras y discursos emponzoñados cuyos móviles encubiertos son a menudo más peligrosos que las acciones que constituyen su objeto[18].

Su elección de gobernantes recae en aquellos más capaces  e íntegros de sus conciudadanos con el fin de administrar justicia y gobernar el Estado. Ello nos mostraría la prudencia de un pueblo. Así que Ginebra a sus ojos es el Estado más equilibrado que existe:
Cuanto más medito acerca de vuestra situación política y civil, menos puedo imaginar que la naturaleza de las cosas humanas pueda permitir otra mejor. En todos los demás  gobiernos, cuando se trata de asegurar  el mayor bien del Estado, todo se limita  siempre a proyectos ideales, y cuanto más a meras posibilidades. Para vosotros la felicidad es algo dado, no hay más que disfrutar, y para ser enteramente felices no necesitáis ya más que saber contentaros con serlo. Vuestra soberanía, adquirida o reconquistada a punta de espada, y conservada durante dos siglos a fuerza de valor y de prudencia, al fin  es plana y universalmente reconocida[19].

Notamos en esta declaración de admiración varias características de ese estado equilibrado, mas no ideal, de dicha ciudad suiza. En ella es donde mejor se han podido establecer lo político y civil; sus proyectos se realizan, no son meras propuestas ideales, lo cual asegura el mayor bien al conjunto; la felicidad ¿política? está dada, y sólo basta reconocer que se es para contentarse permanentemente por ello; y es un pueblo que ha tenido que pelear por su autonomía durante dos siglos, como han sido las ambiciones del reino de Saboya sobre esas tierras, con lo que ha sido reconocida universalmente por la valentía y el coraje de sus habitantes de defender su república democrática; es un estado tranquilo, sin guerras ni conquistadores a temer; poseedora de una constitución excelente a sus ojos; que tienen sólo por yugo y amo a las leyes promulgadas por sus  ciudadanos; ni ricos para caer en la molicie o perderse en vanos  placeres sino en esgrimir el gusto por la verdadera dicha y la virtud; tampoco pobres para necesitar ayudas extranjeras, al proporcionarse todo por la industria y sus campos; una libertad que no es mantenida a costa de exorbitantes impuestos; además de una vida realizada en la moderación, en la sencillez en las costumbres. De todo ello sale el espíritu que impregna un carácter republicano a los ginebrinos del siglo XVIII. Para Rousseau era evidente que: Ninguno de vosotros es tan poco ilustrado  como para ignorar que allí donde cesa el vigor de las leyes y la autoridad de sus defensores no puede haber  seguridad ni libertad para nadie[20].
El modelo de ciudadano lo tiene en el recuerdo que evoca de su padre, a quien rinde homenaje al traerlo en dicho discurso con las siguientes palabras: No puedo evocar sin la más dulce emoción la memoria del virtuoso ciudadano  de quien recibí el ser, y quien a menudo me habló en mi infancia del respeto que se os  debía. Aún lo veo viviendo del trabajo de sus manos, y nutriendo su alma de las verdades más sublimes. Veo a Tácito, a Plutarco y a Grocio mesclados delante de él con las herramientas de su oficio. Rousseau toma para su vida ese ejemplo de hombre instruido para obtener lo necesario y explorar en los pensamientos de los otros, con el fin de reflexionar para sí; su padre le enseña la importancia de tener un oficio práctico, artesanal, de vivir de lo que se produce con sus manos y profundizar en los autores clásicos la condición del hombre virtuoso; además de estas dos cosas, no deja de lado la expresión patriótica manifiesta por parte del padre hacia sus conciudadanos de Ginebra; quien fue un hombre común, no distinguido entre los ciudadanos: no era sino lo que son todos; pero tal como era, no hay país donde su trato no hubiera sido solicitado, cultivado, y aun con provecho por las personas más honradas[21]. Su progenitor le dará no sólo la semilla de la vida física sino también el modelo del que se nutrirá para desarrollar su vida espiritual, su búsqueda de la verdad en el sentimiento interno del corazón personal y la necesidad de reflexionar no sólo para sí sino para hacer mejor al hombre, de convertirse por la necesidad de establecerse como hombre bueno y virtuoso.
Al final  se desprende toda su admiración por su ciudad natal: En Ginebra no se hallará otra cosa más que hombres, un espectáculo que, sin embargo, tiene su precio, y los que lo busquen bien habrán de valer los admiradores de todo lo demás. De esta forma termina este encabezado del Discurso sobre la desigualdad por parte de este respetuoso, muy humilde y muy obediente servidor y conciudadano, fechado en Chamberí el 12 de junio de 1754.


Bibliografía:
Arocha, R. 2007: Estética y Política en J.J. Rousseau. Ed. FHE-UCV, Caracas.
Gay, G. 1961: Rousseau. Ed. Du Seuil. Paris.
Rousseau, J.J. 1996: Confesiones. Ed. Porrúa. México.
Rousseau, J.J.  1973: Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. Ed. Península. Barcelona.
Rousseau, J.J. 1979: Escritos de Combate. Ed. Alfaguara, Madrid.
Levy-Strauss y otros: 1972: Presencia de Rousseau. Ed. Nueva Visión. Buenos Aires.
Montaigne, M. 1984: Ensayos, 3 vol. Ed. Orbis. Barcelona
Russell, B, 1972: Historia de la Filosofía. Ed. Aguilar, Madrid.
Uslas Pietri, A. 1986: Medio Milenio de Venezuela. Ed. Cuadernos Lagoven, Caracas.




[1] Lévy-Strauss, 1972:9
[2] ver nota 10 del Discurso.
[3] Lévy-Strauss, 1972:10
[4] Groethuysen, 1985:12
[5] Montaigne, 1984, L.I: 210s
[6] Ver el ensayo de Arturo Uslar Pietri América y la idea de revolución, en  su texto Medio Milenio de Venezuela, Ed. Cuadernos Lagoven, Caracas, 1986. Pág. 52 a 61. Todas las referencias de este autor están tomadas de ese ensayo.
[7]  Ibid:154
[8] Ibib:156s
[9] Rousseau (1996:257) o en Confesiones  año de 1753.
[10]idem
[11] Ver Confesiones, años 1754-1756. Op. Cit. p.:262
[12]idem
[13] Ibid:270. Confesiones año 1756.
[14] Rousseau, 1979:129
[15] Ibid:130
[16] Ibib:131
[17] Ibid:132
[18] Ibid:134
[19] Ibid:133
[20] Ibid:134
[21] Ibid:136