sábado, 1 de noviembre de 2008

La opacidad de la escritura. Aproximación al pensamiento de Jorge Luis Borges


Ruperto Arrocha González


"Preguntad al ciego gusano por los secretos de la tumba a o por qué sus espiras se deleitan en formar rizos en torno a los huesos de la muerte y preguntad a la voraz serpiente dónde obtiene su veneno; y al águila alada por qué ama al sol y luego reveladme los pensamientos del hombre que hace tiempo se han ocultado".

W. Blake

Visiones de las hijas de la Albión


Leer a Borges representa la posibilidad de asumir la existencia desde las más variadas visualizaciones. Leer a Borges es ver, abrir la memoria al continuo recuerdo que conduce a cierta intrascendencia de esa vanidosa singularidad que se cree eterna. Es por eso que sus reflexiones abundan en detalles nimios y en matices perdurables. A la vuela de cada una de sus páginas emerge el asombro de la repetición de las formas como arquetipo paradigmático de la eternidad. Borges, poeta de la nostalgia, de la irremediable soledad y la tristeza infinita, sabiamente se hace acompañar de fieras, laberintos y espejos. Su escepticismo sólo encontrará consuelo en sus fantasías, y en el honor y valor que concederá a la amistad. Ausentes ellas, el relativismo ocupará todos los espacios libres de su imaginación. Es por eso que su poesía se nos presenta en determinados momentos como un pretexto para la reflexión filosófica. Será este punto el que intentaremos explicar a continuación.

En uno de sus poemas titulados “ajedrez” encontramos plasmados las claves que apuntalan su interpretación de la vida y que en buena medida resumen su forma de pensar. En él describe la lucha incesante e invariable entre cada una de las piezas. La riqueza simbólica que el poema presenta, expresa en rigor la situación “del jugador (que) gobierna su destino” sin saber que él también “es prisionero” de otro designio:


Dios mueve al jugador, y éste, la pieza

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza

De polvo y tiempo y sueño y agonías?

Dios, la lucha y el tiempo existen desde siempre. Se asemejan y hermanan desde su origen. El desafío individual y personalizado es transitorio pero obligatorio y necesario. Este es el sentido histórico de la vida que cree descubrir Borges.

No hay sacrificio inútil, ni enfrentamiento estéril. No importa en absoluto que el tiempo singular sea finito; ya que la guerra del tiempo infinito continúa. En la medida que iniciemos el juego, nada carece de sentido. El tiempo sabe, como él dirá, “que ciertamente no habrá cesado el rito”. Todo depende de la próxima jugada. La desesperanza no se concibe sin la esperanza. Ni el jaque inevitable y definitivo será capaz de arrancarnos del corazón la optimista pretensión de la eternidad. Sabido es de todos, y después de todo, que la única posteridad admitida es la de los héroes (los grandes guerreros) y de los que hacen de la escritura el noble arte de la trascendencia divina. Oficios ambos que arrastran a sus hacedores más allá de toda sonrisa.

Nadie podrá discutir, después de todo, la presencia en su poesía de una rica e intensa serie de insinuaciones y meditaciones que enfatizaron el simple y complejo tema de la existencia. El método preferido del poeta, de este poeta, es el de la interrogación. Aunque nunca fue simpatizante de las “ideas claras y distintas”, cartesianamente, eligió la duda ante la convicción que se presta fácil a la fatuidad de la afirmación. Borges se hizo discípulo de la duda. Asumió como suyas las aporías, antinomias y paralogismos que Kant había internalizado en Schopenhauer. Se opuso pues, conscientemente al énfasis resolutivo de la síntesis hegeliana. Iniciado en el arte de la filosofía por su maestro, uno entre muchos pero, quizá el más admirado de todos, Macedonio Fernández, transitó el emblemático estudio de todas las tradiciones filosóficas. Forjado dentro de este espíritu, resulta comprensible aquella afirmación suya: “Yo no estoy seguro de ser cristiano y estoy seguro de no ser budista”.

En la lectura de la obra de Borges sobresale su obsesión por temas como: la infinitud, el eterno retorno, el tiempo, la religión, la muerte, los sueños, etc; no obstante, por encima de ellos destaca el traspintar de la eternidad. No es una casualidad que el espíritu heraclíteo informa con su fulgor de “Luna de enfrente” el misterio que devuelven “La noche cíclica” y el “Elogio de la sombra”. En Borges trasunta la aurora gastada del tiempo. Heráclito y Pitágoras, Hume y Spinoza alumbran y labran el desolado laberinto de la palabra. En su poema “El Golem” cifra de enigmas la esperanza, allí donde proclama:

Si (como el griego afirma en el Cratilo)

El nombre es arquetipo de la cosa,

En las letras de rosa está la rosa

Y todo el Nilo en la palabra Nilo.

¿No ha sido invariablemente la eternidad un arcano? Borges presiente que se esfuma, pero sin embargo ‘permanece’ como permanece, por ejemplo, el viejo río Ganges.

La inmortalidad, dirá en la “Historia de la Eternidad”, es comprensible porque la vida es demasiado breve y hermosa como para que pueda ser perecedera. Qué será del alma después de la muerte? ¿Cuál será el destino que realmente le aguarda? No hay explicaciones ciertas, nada sabemos. En algunas oportunidades asumirá sagazmente el budismo sin sonrojarse. Y en otras oportunidades la teoría platónica de la trasmigración del alma. El sabe que las soluciones mitológicas responden mejor a los secretos incomprensibles. En “Textos Cautivos” señala que: “Es famosa la creencia pitagóricas de que la historia universal se repite cíclicamente, y en ella la de cada individuo, hasta en los pormenores más ínfimos…”. Este será una de las ideas recurrentes que encontraremos de modo permanente en sus disquisiciones filosóficas. El historiador Polibio hizo de la anaciclosis su método de estudio. Esta conceptualización de la historia parte del principio de que los acontecimientos que se producen en ella se encuentran predeterminados por una suerte de destino inevitable que, además, tiende a repetirse de manera cíclica. Esta especie de “mimetismo” desea fundamentar la idea de que si bien los contenidos cambian las, formas subsisten. La historia es un juego cuyo destino, independientemente de los esfuerzos individuales, ha sido trazado con anterioridad, al menos en su forma. No obstante, tanto la actitud del monje budista como la del héroe revolucionario son igualmente imprescindibles. El poema titulado “ajedrez” explica transparentemente este proceso. Borges cree que si el juego es uno, las partidas son muchas, y queramos o no estamos obligados a jugarlas sin que importe mucho, para fines del desarrollo universal, la ilusión del sacrificio individual. La metempsicosis y la anaciclosis coinciden en que el sino de la vida singular se asemeja, en su forma, al de la vida universal, es decir, al mundo de las instituciones. Del mismo modo como a la muerte de un individuo le sucede la vida de otro, de idéntica forma la muerte de un imperio da paso a la existencia de otro. No obstante esa vida singular que ejercemos, esa duración histórica en que de un modo concreto y particular desplegamos nuestra existencia corporal, es irrepetible, según Borges. La épica y la tragedia son modelos arquetípicos, que entre otros, rigen el curso universal de la historia. Somos más objetos que sujetos, o lo somos en mayor medida de lo que usualmente creemos, de ese insondable espíritu del mundo. La astucia o ironía de la razón universal es más sabia que la sagacidad individual. Esta reflexión se manifiesta varias veces en la “Historia de la Eternidad”: “Lo fundamental son las formas… De ahí podemos inferir que la materia es nada. (…) Los individuos y las cosas existen en cuanto participan de la especie que los incluye, que su realidad permanente… todo nos mueve a admitir la primacía de la especie y la casi perfecta nulidad de los individuos”. El concepto que Borges maneja de individuo se aproxima, sin saberlo, al de un filósofo que siempre adversó. Él, como buen Schopenhaueriano que fue, jamás compartió el pensamiento de Hegel. A pesar de ello existe una enorme semejanza en lo que se refiere a su concepción de individualidad. Hegel sostenía que “…los acontecimientos y los actos de esta historia no son aquellos en los que imprimen su sello y dejan su contenido, fundamentalmente, la personalidad y el carácter individual; lejos de ello, aquí las creaciones son tanto mejores cuanto menos imputables son, por sus méritos o su responsabilidad, al individuo, cuanto más corresponden al pensamiento libre, al carácter general del hombre como tal hombre, cuanto más se ve tras ellas, como sujeto creador, al pensamiento mismo, que no es patrimonio exclusivo de nadie” (Lecciones sobre la historia de la Filosofía. Tomo I. F.C.E. pág. 8). El acercamiento entre ambos resulta en este punto bastante evidente. El espíritu mordicante de Borges, y muy a pesar de su conocido escepticismo, circunda los lares del racionalismo optimista hegeliano. Sólo es eterna la forma, el pensamiento variado, múltiple y sucesivo que se materializa en la existencia. No obstante, el poeta preferirá mantenerse, a diferencia del filósofo, dentro de los límites del idealismo subjetivo. Hecho que explica su admiración por Platón, Kant o Schopenhauer.

Hemos hecho referencia, en repetidas oportunidades al escepticismo borgiano. ¿Por qué ese escepticismo? Ante el enigmático problema de la finitud de la existencia es preferible asumir la vida como un sueño, o, si se quiere, como el karma, sufrimiento o desdicha, que debemos atravesar si queremos alcanzar los linderos de la eternidad. Somos pertenencias de los dioses pero, curiosamente, elegimos por cuenta propia nuestro destino. Borges parte de la convicción de que: “A Dios no le podemos culpar de nuestra elección”. No somos estatuas inmóviles, nos anima la inquietud y, a veces, hasta la desesperación. Siglos después nos reconoceremos en el espejo de las estrellas, en el mito de Sísifo, en el inconmovible espíritu del universo. “Ningún hombre sabe quién es” dirá citando a León Bloy y luego, citando a Hume, “No sabemos qué cosa es el universo”. A lo que añadirá: “Cabe ir más lejos; cabe sospechar que no hay universo en el sentido orgánico, unificador, que tiene esa ambiciosa palabra. Si lo hay, falta conjeturar su propósito; falta conjeturar las palabras, las definiciones, las etimologías, las sinonimias, del secreto diccionario de Dios” (Otras inquisiciones. El idioma analítico de John Wilkins. Obras completas. Emecé Editores. Buenos Aires. Pág. 708). Su respuesta, probablemente poco convincente, es la del monje que descubre en el silencio de la montaña la duda como método y la interrogación como sistema. Su actitud es fácil de entender porque como él mismo había admitido: “el asombro es la primera sensación plenaria”.

Otra de sus obsesiones es la de la imagen de la muerte. Ella la encontramos presente de un modo ejemplar en una de sus conversaciones con Ernesto Sábato. Sábato le había dicho, hablaban del horóscopo, “siempre tuve miedo del futuro, porque en el futuro, entre otras cosas, está la muerte”. A lo que Borges replicó sarcásticamente: “¡Como! ¿Usted le tiene miedo a la muerte?” Sábato ripostó enseguida que miedo no “… la palabra exacta sería tristeza. Me parece muy triste morir”. Borges, más agudo y lacónico, respondió: “Yo pienso que así como a uno no puede entristecerlo no haber visto la guerra de Troya, no ver más este mundo tampoco puede entristecerlo ¿no?”. Añadiendo: “En Inglaterra hay una superstición que dice que no sabremos que hemos muerto, hasta que comprobemos que el espejo no nos refleja. Yo no veo el espejo”. (Diálogos, J. L. Borges y E. Sábato. Emecé Editores. Págs. 196 y 197).

La frialdad y contundencia de estas palabras reflejan por sí mismas la actitud y postura de Borges ante la vida. Ni el miedo o la tristeza sirven de argumento contra la muerte. Una respuesta de este tipo sólo puede tener lugar en una metafísica como la suya. Donde Sábato improvisa, él responde de memoria. La claridad de su afirmación tiene que ver, sin duda, con lo que él señalará en otra oportunidad: “… con la idea de estar perdido en el universo, de no comprenderlo, la necesidad de encontrar una solución precisa, el sentimiento de ignorar la verdadera solución”. (El escritor y su obra. Entrevistas de G. Charbonnier con J.L. Borges. Siglo XXI. México. Pág. 10). La incertidumbre es lo único cierto para este poeta. En ocasión de enterase de la muerte de su tío Edwin Arnett, recordó que “…el hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos”. Seguramente Sábato, había olvidado esto. El estilo de Borges se hace acompañar con frecuencia de expresiones conflictivas o inciertas, como esta que le escuchó Onetti,: “sé lo que va a pasar, no se cómo va a pasar”. Una de las pocas afirmaciones enfáticas que puede encontrarse en sus escritos es: “There are more Things”.

En los relatos donde sobresale la imagen del universo como un caos aparece siempre Dios. ¿Qué o quién es Dios? Borges no facilita respuesta. En todo caso la idea de Dios está más cercana a la cosa en sí kantiana que a cualquier otra fundamentación teológica. Dios es el a priori que informa al mundo, y cuya existencia presentimos, pero su origen no podemos descifrar. Por ello puede aceptar todas las religiones; y de modo especial el Budismo porque, según su interpretación, es la religión que exige menos credulidad. Estas ideas son desarrolladas en dos conferencias recogidas en el libro Siete Noches. En la primera de ellas, “La Cábala”, afirma que: “…Decir que Dios es justo, misericordioso, es tan antropomórfico como afirmar que Dios tiene cara, ojos y manos”. Para Borges, Dios no decide ni juzga; sólo se conforma con colocarnos en el universo. Si simpatiza con el budismo es por la simple razón de la amplitud que éste posee con respecto al cristianismo y al islamismo. La idea de Dios asume en su planteamiento una dimensión bastante ilustrativa: “Bastaría un ataque de muelas para negar la existencia de un Dios todopoderoso”, y más adelante enfatizará: “La idea de un ser perfecto, omnipotente, todo poderoso es realmente fantástica”, para añadir que por ello mismo resulta obviamente imprescindible. (Entrevista de G. Charbonnier. Ob. Cit. Pág. 33 y 101). En materia de Dios las opiniones de Spinoza resultan admirables. “Dios, ha escrito Spinoza (Ética, 5-17) no aborrece a nadie”. (Obras completas. Ob. cit. Pág. 698). Su devoción por Spinoza y su filosofía quedará grabada en el poema que le dedicará, y que se transcribe textualmente:

Las traslúcidas manos del judío
Labran en la penumbra los cristales
Y la tarde que muere es miedo y frío
(Las tardes a las tardes son iguales)
Las manos y el espacio de jacinto
Que palidece en el confín del Ghetto
Casi no existen para el hombre quieto
Que está soñando un claro laberinto.
No lo turba la fama, ese reflejo
De sueño en el sueño de otro espejo,
Ni el temeroso amor de las doncellas.
Libre de la metáfora y del mito
Labran un arduo cristal: el infinito
Mapa de Aquél que es todas Sus estrellas.

Sólo hace falta conocer un poco de la biografía de Spinoza, minucioso pulidor de lentes, para comprender porqué el poeta tiene tanta simpatía por el filósofo y su pensamiento enemigo de toda ortodoxia. Debe tenerse presente la expresión que Borges refirió a Evaristo Carriego: ‘La felicidad humana no ha entrado en los designios de Dios’ (Libros de los prólogos).

Si en definitiva, siente admiración por el budismo por encima de otras religiones, sin olvidar la expresión citada al comienzo de este artículo, es por sencilla razón de que: “…basta recordar que todas las religiones del Indostán y en particular el budismo enseña que el mundo es ilusorio” (Otras Inquisiciones. Ob. cit. Pág. 742).

En Borges, la esperanza y la felicidad, al igual que la eternidad resultan un enigma. Su escepticismo es el mecanismo de la araña laboriosa que teje su propia trampa. En cada una de sus frases, la ilusión de la existencia, paradójicamente, redobla sus esfuerzos. No hay escepticismo que no oculte un haz de esperanza recóndita. Dios ha creado el mundo, pero no sabe de sus detalles. Entre los filósofos que más leyó se pueden enumerar, muy arbitrariamente, los siguientes: Heráclito, Platón, Zenón, San Agustín, Santo Tomás, Hume, Spinoza y, por encima de todos ellos, muy significativamente Schopenhauer. Borges fue fiel intérprete de la tolerancia, la amplitud y la pluralidad de ideas. Si alguien le preguntara por la historia hubiese respondido con la expresión de Joyce: “La historia es una pesadilla de la que quiero despertarme”. Ya para finalizar, sólo queda recordar una de sus sentencias:

Dios ha creado las noches que se arman
De sueños y las formas del espejo
Para que el hombre sienta que es reflejo
Y vanidad. Por eso no alarman.

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