sábado, 1 de noviembre de 2008



Dolor y sufrimiento en el budismo


 David De los Reyes
"El budismo zen se interesa más por vaciar que llenar" David Brazier

El principio por el cual se justifica el budismo está centrado en la idea que el sufrimiento y el dolor son hechos inalienables de la vida. Por ser seres que sentimos tenemos la capacidad de experimentar dolor y sufrimiento, placer y alegría. Gracias a ello podemos sentir empatía por los otros en sus alegrías y pesares.

Según el budismo hay dos fuentes interrelacionadas al respecto. Una, donde las formas evitables del sufrimiento surgen como consecuencia de los fenómenos sociales y culturales; tales son como: las guerras, la pobreza, la violencia o el crimen, e incluso, a raíz de otras más individuales pero que tienen sus consecuencias dentro de la cohabitación como lo es el analfabetismo y ciertas enfermedades. La otra forma son las inevitables que, entre otras tenemos: los eventos insoslayables como la enfermedad, la vejez y la muerte.

Hay dolores y sufrimientos imponderables, que están más allá de las previsiones y de ser evitados, están más allá, por ejemplo, de los desastres naturales. No hay protección como lo puede haber al precaverse y almacenar alimentos para tiempos de escasez.

Un ejemplo es la referencia al envejecimiento, el cual nos acompaña desde el primer día de nuestro nacimiento, y con el cual debemos enfrentarnos a futuro con una serie de carencias de condiciones normales al perder cualidades de flexibilidad propias de la juventud. La decrepitud puede llevarnos a convertirnos en seres repulsivos, siendo el momento cuando más requerimos de los demás.

Otra categoría será la del sufrimiento que entraña el encuentro con lo indeseado, con los contratiempos y accidentes. Es el que se nos presenta al ser arrebatado lo que deseamos, como lo es, por ejemplo, los expatriados a la fuerza, que han perdido su patria, al ser separados por la fuerza de sus seres queridos y convertirse en refugiados. También está el sufrimiento causado por no obtener lo que deseamos, aún cuando se haya hecho un esfuerzo inmenso para conseguirlo: se ha trabajado de forma inusitada en una cosecha que luego se malogra por escasez de agua, por ejemplo. Igual está el sufrimiento surgido por incertidumbre, al no tener seguridad de dónde y cuando tendremos que enfrentarnos con la adversidad; situación que provocará sentimientos de inseguridad y de ansiedad.

Las experiencias placenteras también pueden ser causales de sufrimiento. Si nos proporcionan en un momento plenitud, terminan no aportando nada semejante. Sentimos algo placentero porque muchas veces, con esa sensación, se nos aplacan sufrimientos más explícito; es el caso de satisfacer el hambre comiendo alimentos. Y para ello tenemos que tener sentido de la contención y de la templanza, y así llegar a ser, según el budismo, genuinamente felices.

En la filosofía budista y en otras formas religiosas de la India el sufrimiento es consecuencia del karma. Es un error, como muchas veces se piensa a este término, relacionarlo con el sentido de que todo lo que experimentamos está predestinado o predeterminado. Con lo cual se nos puede excusar de nuestras responsabilidades ante una situación determinada.

Karma, palabra proveniente del sánscrito, significa acción. Denota una fuerza activa, de la cual se infiere un resultado respecto a los acontecimientos futuros al estar influidos por nuestros actos presentes. Error es pensar al karma como una energía independiente, y que predestina el curso de nuestra vida.

Nosotros mismos somos quienes creamos nuestro karma. Lo que pensamos, decimos, hacemos, deseamos y omitimos es realmente lo que lo crea. Todo lo que tomamos, hacemos y hablamos tiene una respuesta por y en nuestra mente. Todo lo que hacemos tiene una causa y un efecto. Prácticamente no existe el accidente; lo buscamos. Cambiar el karma se puede llevar a cabo cambiando la manera de pensar y de actuar de manera desinteresada, en beneficio de todos e inclusive de uno mismo.

Para el budismo, que comprende que hay sufrimientos inevitables como la vejez, la enfermedad y la muerte, piensa que hay otros tormentos que pueden ser evitables, presentándose en nuestros pensamientos y emociones al contrarrestar los negativos; para ellos, no cabe duda, de tener la posibilidad de elección respondiendo a la aparición de este tipo de sufrimiento. Se pueden adoptar actitudes menos apasionadas y más racionales, al disciplinar nuestras respuesta frente al sufrimiento. Al no reaccionar negativamente ante nuestros pesares estos se transforman en fuente de pensamientos y emociones positivos.

Es por lo que esta escuela del dolor oriental considera importante nuestra actitud tomada ante el sufrimiento y su relación al modo en que lo experimentamos. Por ello, la actitud es determinante y diferente en dos personas que pueden ser diagnosticadas con el mismo tipo de enfermedad; la actitud de cada una frente al mismo evento es inexorable para la evolución de la misma y al desenlace para lograr, o no, reponer la salud.

Esto nos lleva a comprender que el grado en que somos afectados por un hecho doloroso depende sobre de todo de nuestra interpretación del mismo. Lo esencial es mantener cierta distancia ante nuestra experiencia del sufrimiento. Así que, cuando sólo contemplamos un determinado problema muy de cerca, obsesivamente, llegando a inundar todo nuestro espacio visual, se nos antoja que es una enormidad imposible de superar. Sólo al considerar al mismo problema desde cierta distancia inmediatamente iniciamos una percepción que nos lleva a verlo en relación con otras cosas. Esto traza una tremenda diferencia al poder abordar, desde otras perspectivas y significancia, a ciertos acontecimientos molestos. Es muy difícil concluir que un hecho tiene que desembocar en una situación absolutamente negativa, independientemente al margen en que la contemplemos.

El budismo enseña que al sobrevenir una tragedia o infortunio, tal como sucede o puede suceder, es de gran utilidad establecer una comparación con otro acontecimiento, o rememorar una situación similar que nos haya pasado antes o a otras personas. Si logramos alejar nuestro problema retirándolo del yo y acercándolos a otros, experimentamos un efecto liberador. Al dejar de magnificar nuestra situación, por una dinámica de absorción, o una ampliación al centrarnos únicamente sobre nosotros mismos, nos parece más tolerable nuestra condición. Ello nos permite mantener cierto estado de paz que cuando nos concentramos en nuestros problemas excluyendo todo lo demás.

Lo más sensato es reflexionar las desgracias contextualizándolas, al recordar que la disposición elemental del ser humano tiende, en buena medida, hacia el afecto, la libertad, la verdad y cierto sentido de justicia; ello ayuda, para esta escuela del sufrimiento, afrontar la situación negativa en la que puedo verme inmerso.

El budismo encuentra que por el sufrimiento experimentado podemos aumentar nuestro sentido del valor y fortaleza interna. También advierten que personas que lo tienen todo, al notar una adversidad leve en su sistema de vida, sienten una inclinación a perder toda esperanza; la riqueza material, en tanto obsesión, nos puede llevar a estropear nuestra vida. Se torna cada vez más difícil poder soportar algún problema que se nos presenta de cuando en cuando.

La actitud óptima para enfrentar el dolor es afrontar la situación directamente, con lo cual al realizar un examen de la misma nos adentramos en el análisis que nos muestre la causa y con ello encontrar la manera de superarlo.

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