viernes, 1 de octubre de 2010

 ¿Puede ser totalitario un Estado democrático?

Luis Ignacio  Vivanco Saavedra






Resumen

La inquietud sobre si un Estado democrático, aún conservando su apariencia como tal, puede mostrar conductas o rasgos totalitarios, puede llevarnos a repensar conceptos como los de democracia, política, y totalitarismo. De dicha inquietud surgiría también la pregunta de qué queremos decir cuando hablamos de gobierno justo y cual podría ser o cómo podría tal clase de gobierno, más allá de las formas o sistemas existentes o conocidos. Aunque históricamente democracia y totalitarismo han sido antinómicos, en el siglo XX varios autores, desde diversos puntos de vista, plantearon que el carácter democrático de un Estado no necesariamente excluía la posibilidad de desarrollo y promoción de conductas especialmente totalitarias, ni constituía una salvaguarda a priori contra las mismas. El presente artículo replantea esta hipótesis, pero sobre todo a partir de una perspectiva psicológica de la acción política. Se concluiría que, siendo el totalitarismo peligroso para el bienestar del hombre, no requiere obligadamente de un autoritarismo o una dictadura para imponerse, sino que también puede hacerlo por una vía que cumpla con la mayor parte de los lineamientos democráticos. La conducta alternativa posible sería entonces la de crear conciencia sobre el daño del pensamiento totalitario para toda sociedad, y estimular el espíritu crítico con respecto a todas las formas de tal pensamiento totalitario que intentaran imponerse, ya desde los movimientos políticos que aspiran por el poder, ya desde el poder mismo, en contra del carácter necesariamente pluralista de una sociedad democrática. 

Palabras clave: Totalitarismo, democracia totalitaria, autoritarismo



1. Planteamiento del problema


El totalitarismo ha sido un fenómeno que si bien puede encontrar raíces en tiempo muy antiguos, es netamente moderno. Puede afirmarse esto porque tal fenómeno necesita presupuestos o estructuras que fueron alcanzadas en la modernidad y que no podían ser pensadas en la antigüedad o en el medioevo. Cuestiones como la aplicación de una tecnología expresa y esmerada atenta a apuntalar el poder existente ni siquiera habrían sido imaginadas hace mil o dos mil años, pues precisamente habrían exigido la creación y utilización de tal cosa como una tecnología avocadamente racional que sólo pudo ser desarrollada a partir de siglos más cercanos a nuestra época, y sobre todo, desde el siglo XIX. Son justamente esas tecnología y técnica avanzadas de la modernidad las que han permitido mejores formas de inducción control de la población, a través de cuestiones como la publicidad y la propaganda, las teorías de la administración y planificación de la acción en grandes entes e instituciones, y ciertamente, la elaboración de doctrinas del poder que tienen algo o mucho que decir con respecto a la educación, la economía, el arte, las creencias y hasta la salud del hombre. Sin embargo, las presentes observaciones sobre el totalitarismo quieren ir más allá de la sola caracterización política o doctrinal.

Estas reflexiones nacieron a partir de preguntas como: ¿Incluye el totalitarismo al autoritarismo? (o, expresado de otro modo: ¿Debe ser lo totalitario necesariamente autoritario? ¿Lo supone esencialmente?), ¿Puede ser más “suave” el totalitarismo que el autoritarismo? ¿O es al revés? La afirmación básica en este caso sería que el totalitarismo pasa por el autoritarismo, y si bien, éste no incluye ni implica a aquél, el totalitarismo sí incluiría e implicaría al autoritarismo. Pero, nuevamente, ¿es así?




Es importante esta cuestión, si pensamos que, tratándose de conjuntos distintos y separados de cosas, que pueden ir unidos, pero que no necesariamente tienen que estar relacionados, sucedería que el totalitarismo también podría estar insinuado y aún postulado como meta en una estructura que no se plantea el autoritarismo ni como medio ni como fin. Y la estructura a la que me refiero es la de la sociedad democrática; y aquí surgiría la pregunta: ¿Puede una democracia devenir totalitaria? Otras interrogantes derivadas de ésta quizá querrían matizar los términos (por ejemplo: ¿Totalitaria en qué sentido? ¿Cómo podría ser autoritaria una democracia fuera de tiempos de emergencia?, etc.).

No me detendré aquí a definir los múltiples sentidos de lo que concibo como democracia, pues ello merecería un tratamiento particular, pero es claro que la democracia se orienta más a definir y establecer responsabilidades y no autoridades; y se relaciona más con asumir Derechos responsablemente, que con renunciar a ellos. Y es precisamente esta renuncia y limitación de los derechos ciudadanos lo que define el carácter de la dictadura y del autoritarismo.
           
Entonces, si lo democrático se puede establecer en una naturaleza divergente de lo autoritario, ¿Cómo podría hablarse de una democracia totalitaria, que por serlo, iría más allá en la negación de los derechos de la persona que un mismo régimen autoritario?

Pues podría hablarse, dependiendo de lo que comprendamos como totalitarismo. Intentaré a continuación una definición de trabajo del totalitarismo, la cual iré matizando, a medida que avance la reflexión hacia lo que me interesa como aspectos más profundos de ese fenómeno, que ayudan a entender como podría existir tal cosa como una democracia totalitaria.[1]

Defino aquí al totalitarismo como ese modo de existencia en el cual toda consideración acerca de la realidad, la vida y las posibilidades humanas se supeditan a un único sistema de creencias, valores, verdades y principios. Esta es, como puede advertirse, una definición del totalitarismo desde quien lo impone. Ahora bien, es claro que existen en toda colectividad distintos modos de pensar y considerar la realidad, y ello ha sido así aún en los regímenes que han sido paradigmas del totalitarismo. Es más, se dice que hay tantos modos de pensar la realidad como personas hay en el mundo.[2] Pero lo que distinguiría el caso totalitario de otros modos de coexistencia de diversos sistemas de creencia y pensamiento en una misma agrupación humana es que en él, todos esos otros modos de considerar la realidad, todos esos otros sistemas de creencia, están sometidos al que impera como dominante, pasan por su control y férula, y son evaluados, validados o invalidados, parcial o totalmente por él. En esas sociedades es el sistema totalitario imperante el que juzga la realidad, y los demás sistemas podrán ser permitidos en su existencia en la medida que coincidan o no colisionen con el imperante. Vale decir que la disidencia con el sistema imperante y dominante es desalentada, invalidada o minimizada hasta la insignificancia. En tal sociedad, el sistema totalitario funciona y se erige como un repositorio de las verdades de la cultura.  

La caracterización del totalitarismo recién presentada es, como puede verse, a lo externo. Pero puede haber también otra definición –de hecho, las hay – más a lo interno del fenómeno, es decir, más con relación a una actitud totalitaria, en lo personal e individual[3]. Rasgos o actitudes totalitarias como tales pueden presentarse en cualquier ser humano. En esas actitudes, el convencimiento de que se tienen unos principios que orientan la acción y el pensamiento se plantea con una rigidez sin alternativas ni dudas. En el marco del totalitarismo, es impensable la flexibilidad en ideas o valores que se esgrimen como fundamentales e identitarios.

Todo esto parece aludir a algo extraño a la experiencia cotidiana, pero en realidad es algo muy común. Casi podría decirse que todos, en algún momento de nuestra vida, o frente a ciertas situaciones que hemos pasado, quizá hayamos actuado de manera “totalitaria”. Mas comúnmente lo hacen el padre que proclama que en su casa la única ley es la suya, y se hace lo que él ordena, o el marido que dice que en el hogar todo debe mirar prioritariamente a su beneficio como sostén del mismo, o el jefe de oficina que exige obediencia sin réplica y sin admitir objeciones o la madre que siempre tiene razón en sus opiniones y nadie puede disentir de ella. Aunque en todos estos ejemplos pareciera resaltar más lo autoritario que lo totalitario. Ciertamente, los ejemplificados son figuras algo caricaturescas, y sirven para construir ironías y chistes acerca de los estereotipos sobre los cuales se erigen. Pero son reales.

Más fácilmente encontramos tal totalitarismo individual en fanáticos de sectas político-religiosas. En el caso de muchos de éstos, su actitud no dependería simplemente de una cuestión de temperamento, o de “histeria” o mal carácter, sino más bien de un proceder que puede ser bastante calculado y sereno, que proclama o dicta, simplemente, por la autoridad de la cual se cree investido, y por la verdad que cree que posee. En tal perspectiva, si se tiene la verdad, no hace falta negociar, y de hecho no se negocia ni se transige. Cabría decir que aquí una cierta lógica rígida reemplaza un proceder humanamente más prudente. Casi podría decirse, un poco aplicando como paráfrasis lo que dice Aristóteles de la moral con respecto a la política, que el totalitarismo político es la aplicación a nivel colectivo, y hacia una comunidad, de lo que se tiene como supremamente válido a nivel individual. Y de hecho, el totalitarismo nazi, por ejemplo, fue la proclamación a nivel colectivo de las verdades que Hitler creía y sostenía a nivel individual. Podría aquí discutirse si hay alguna variante de fondo entre ese totalitarismo nazi y el comunista de Lenin, Stalin, Khruschev y compañía.

Una diferencia que me parece esencial entre ambos es que, mientras el nazismo surgió de algunas ideas tergiversadas, infundadas, no muy sólidas ni coherentes, ni muy bien hilvanadas, de la cabeza de Hitler y otros pensadores (precursores antes de él, y “filósofos del régimen” después con él), el comunismo marxista leninista surgió de elaboración y extensión de las doctrinas de Marx, que presentan más coherencia que el nazismo. Por eso, si bien podía esperarse error y trivialidad de una doctrina tan burda como la del nazismo, muchos no creían que de una doctrina del “socialismo científico” pudieran derivarse errores parecidamente ominosos.

Al final, fuera sólida o no, tuviera fundamento o no, ambas doctrinas produjeron más muerte y destrucción que las democracias más mediocres. Creo que debe mirarse atentamente el hecho de que el grado de destructividad, de crueldad y totalitarismo de ambas doctrinas no varió porque una fuera más sólida que la otra, o más coherente, o más profunda, o con más sentido, o más racional o más lógica o más “científica”. Con respecto a la consideración de ambos totalitarismos, más que basar el criterio para juzgarlos en el examen de sus fundamentos, en las doctrinas o ideas que le han dado nacimiento y sostén, habría que buscarlo en el examen de sus efectos, en los resultados que ha tenido su aplicación. Y aquí yo diferiría de Aristóteles en eso de que conocer algo sería conocer sus causas, pues aquí, conocer bien el totalitarismo no es precisamente conocer sus causas, sino sobre todo conocer sus efectos, sus consecuencias. Y si ellas se hubieran podido conocer lo suficientemente bien, quizá muchas más naciones habrían intervenido para evitar la construcción de la U.R.S.S. o de la Alemania nazi, o al menos para debilitar eficientemente el desarrollo de ambas.

Ahora bien, aunque los fundamentos, ideas o doctrinas del totalitarismo pueden discutirse y suscitar argumentos en pro o en contra (Pues si de ambos totalitarismos antes mencionados se presentan sus principios e ideales en su mejor luz, pueden lucir bastante plausibles), hay en cambio mucho mayor consenso en considerar como nocivos los resultados y efectos del totalitarismo, y por ello han podido ser universalmente condenados unánimemente por la reunión de todas las naciones modernas.[4]

Acabo, ciertamente, de aludir a un término –unanimidad – que refiere a una tercera característica del totalitarismo, más psicológica que propiamente sociológica o política. Quien lleva las riendas de un Estado totalitario, no sólo aspira al gobierno indiscutido sobre una sociedad de esa doctrina que esgrime como ideario de poder, sino que aspira a la anuencia de los miembros de esa sociedad con dicha doctrina, a su aquiescencia, su acuerdo, su conformidad. Como esta tercera característica alude mucho más precisamente al tema de estas páginas, la trataré a continuación, refiriéndola justamente a la pregunta de si es posible que una democracia puede asumir, de manera propia, y por así decirlo, voluntaria, características abierta y definidamente totalitarias.




2. La dimensión psicológica del totalitarismo, o ¿Qué desea el líder totalitario?

            En interés de ir más allá en la consideración del totalitarismo, tal como se nos ha mostrado en su perspectiva histórica, ciertamente documentada con abundancia y suficiente seriedad como para ser firmes a la hora de reconocer los males de tal proceder político, deseo especular precisamente sobre lo que pasa por la mente de quien desea establecer un régimen totalitario, y ciertamente, qué pasa por las mentes de los muchos que le apoyan desde el pueblo. No aludo aquí tanto al carácter ideológico o doctrinal de quien quiere instalar tal régimen o de sus seguidores, sino a los deseos más profundos y las pulsiones más íntimas de ambos términos, el dominante y los dominados. Creo que puede inferirse la existencia de varios elementos que colocan en el escenario político de una sociedad la supuesta necesidad del Estado totalitario. El líder que promueve tal sistema desea, ciertamente y en primer lugar, imponerlo, lograr que domine la sociedad, que ella se gobierne según los principios de tal sistema, y que sus verdades guíen los proyectos de la misma. Pero este deseo de dominio, predominio e imposición, con ser terrible en sus consecuencias, no es todo lo que el totalitarismo es. De hecho, si solo fuera eso, si el totalitarismo sólo se tratara de control y dominio omnímodo de una realidad, no sería tan diferente del autoritarismo, la tiranía, o aún de algunas simples dictaduras. Sobre todo, si ese deseo de simple predominio fuera toda la historia del totalitarismo, no se explicaría demasiado bien su entronque con el espíritu democrático. Y ciertamente existe tal entronque, tal extraña relación de atracción entre uno y otro. Una relación históricamente tan viable como para haber hecho que, más de una vez, los totalitarismos hubiesen llegado al poder o hubiesen sido refrendados en el mismo por un apoyo popular externa y plausiblemente democrático.[5]  

Luego, como ya se apuntaba en párrafos anteriores, quien lidera el sistema totalitario no busca sólo incluir en su dominio y control todos los actos y conductas que ocurren en una realidad social. Esa meta se deriva de una primera que sería la de inducir en la sociedad el deseo de ser gobernados totalitariamente, el deseo de que un sistema tal controle sus vidas. En este sentido, si ese totalitarismo es impulsado inicialmente por una persona, un líder supremo, su meta no sólo sería que el pueblo le reconociera como líder, así fuera de una manera resignada e impotente, sino que le acepte como tal, que desee tener tal líder y tal sistema sobre sí. El líder, en este caso, desea ser deseado por el pueblo, y en ocasiones puede desear ser amado por sus liderados.[6]

Este último sentimiento parece desequilibrado y extremo, hasta fuera de orden, si bien todos los deseos menores y hasta anteriores a él (ser soportado, ser reconocido, ser deseado) lucen razonables en situaciones críticas o de emergencia, y han sido comunes en la historia de los autoritarismos y dictaduras. En ciertos momentos históricos, se ha deseado una figura que venga a salvar la situación frente a una gran anarquía o desorden. Como generalmente es una figura a la cual se le otorgan grandes poderes (o ella se los arroga), suele dar ello pie a abusos que requieren ser soportados tolerados. Y ya estando dicha figura más consolidada, solicita la conveniencia de un reconocimiento o aceptación por parte de sus gobernados. Pero lo que ya viene a ser más atípico (y el colmo) es que un líder exija compenetración y el amor de sus gobernados, la unidad-unanimidad de sus ideas con las del pueblo, aparentemente en un mutuo reconocimiento, pero que en realidad es el ideal de convertir al pueblo en espejo de los deseos del líder, en una relación de mutua autoconfirmación y autorreferencia.

Ello es lo propio y típico de los totalitarismos: buscan un intelecto común, una misma mente, entre los sometidos o súbditos, y el sistema, dirigido o representado por un líder.[7] Surge la diferencia con el dictador y el autoritario, que desean gobernar así sea contra la voluntad o el deseo de sus gobernados. Pero el totalitario extremo que aquí imagino desea imperar con la voluntad y el deseo de sus gobernados, con un acuerdo total entre ellos y él. Un pensamiento único y de acuerdo en todo entre ambas partes, gobernante y gobernados. Y el problema democrático vendría a asomar precisamente en el hecho de que, si se gobierna con la anuencia, el consentimiento, la aquiescencia, el beneplácito, y el deseo de todos, ¿Puede ello considerarse una violencia hacia la voluntad de los ciudadanos que tal mando quieren? 

Este ideal del sistema totalitario concebido como el imperio perfecto sobre los deseos de los súbditos presenta, de alguna manera, una trampa para el resto de mundo, y especialmente a las escasas naciones que intentan apegarse a un ideal democrático, imperfecto y problemático, pero que en muchos casos puede decirse de él que es como el lisiado del aforismo de Stanislaw Jerzy Lec, que cojea, pero anda. La mayoría de las otras naciones del mundo, que se debaten entre regímenes que tratan de mantener una estabilidad política precaria frente a problemas graves, sociales, demográficos, económicos, mal podría juzgar la calidad democrática o antidemocrática de un totalitarismo que se presenta como la satisfacción de los deseos de su pueblo (que desea ese totalitarismo). Pero hasta las naciones más democráticas también podrían quedar perplejas frente a un sistema que, por ejemplo, celebra continuamente elecciones –e inclusive a veces las pierde –, que permite la operación de un gran número de medios en forma libre (y que además ejercen dicha libertad oponiéndose a ese gobierno), y que no impone mayores restricciones legales a las libertades, sino en forma detallada y en algunas áreas específicas. ¿Dónde estaría el supuesto totalitarismo en esa realidad, en ese país? Y si se piensa que no es un régimen de fuerza o dictatorial, sino nacido de un proceso de sufragio tradicional y democrático, menos aún podría asimilárselo al totalitarismo. Nos dirían, aludiendo a lo dicho al comienzo de este texto: “¡Cómo podría ser totalitario tal régimen, si ni siquiera es una dictadura, ni siquiera es un país autoritario!” Es cierto, ¿Cómo lo sería?





Supongamos el ejemplo imaginario de un hipotético Estado democrático (vamos a situarlo ficticiamente en nuestra América, tan tristemente abocada desde el pasado a remedar y reinventar sistemas y utopías que el resto del mundo hace tiempo dejó atrás…). Supongamos que ese gobierno, tras llegar al poder, trata continuamente de crear cosas que en principio no pertenecen a la tradición política de ese país. Así, tal como está expresada esa intención, no parece algo en principio objetable. Tomando en cuenta que las tradiciones políticas, así sean buenas, han de ser sacudidas y cambiadas para renovarse, luce bien la idea de reinventar las cosas existentes, como por ejemplo, cambiar la bandera o cambiar el escudo, o cambiar ciertos nombres de cosas, lo cual, a veces, puede tener una incidencia benefactora en el imaginario público.

El problema surgiría, en este ejemplo hipotético, cuando nos demos cuenta de que muchas de estas reinvenciones y recreaciones lo que hacen es tomar de modelos ya existentes, y cuyos dudosos logros han demostrado con elocuencia su decisivo fracaso. Supongamos que a lo que antes se llamaba “Asamblea”, se le llama ahora “Congreso”, a los “Consejos comunales” de ayer, hoy se les llama “Juntas vecinales”, y otros cambios por el estilo. Todo ello parecería simplemente un maquillaje sociopolítico, quizá muy simpático, si va acompañado de suficiente promoción, color, música y propaganda. Pero si resulta que se tomaron dichos nombres de naciones en Asia o África que hoy vegetan en el despotismo y la pobreza, haber hecho esos cambios parece una inspiración poco feliz. Mas en todo caso, ¿Qué hay allí que aluda a totalitarismo? Nada en principio.

Pero he aquí que el régimen de ese país empieza una serie de acciones para promover, primero, un pensamiento sobre sí mismo, como realización de un movimiento político que trae un cambio que deja atrás todo aquello a lo cual se opone. Esto será muy útil para crear luego el contraste entre dicho régimen (= lo actual, lo presente) y sus opositores (= el pasado, la resistencia al cambio vitalmente necesario). Esta y otras ideas que promocionan la noción de un régimen no sólo bien intencionado sino correcto ideológicamente, empiezan a ser difundidas, como nunca antes las ideas, principios, opiniones, pensamientos y doctrinas de un gobierno eran difundidas en aquel país: a través de muchos medios, prensa, literatura, textos escolares, etc. ¿Puede decirse que ello entraña una realidad totalitaria? Yo no lo concedería, porque toda esta información doctrinaria que se transmite, existe en situación alternativa, vis a vis la información y las múltiples doctrinas e ideologías que existen en la sociedad y las cuales cada quien decide creer o seguir según su leal saber y entender, sin que el Estado aún tome las riendas sobre que debe creer y saber cada persona. De modo que aún no hay allí totalitarismo como tal.

Supongamos además que, al mismo tiempo, los medios del Estado: radios y televisoras, que como otros medios oficiales de otros países del mundo, transmitían información sobre cada país y sus aspectos culturales (música, historia, literatura, etc.) ahora, primero, van a crecer: de un puñado de radioemisoras a varias docenas de ellas, y luego a centenares. Y de uno o dos canales de televisión, a también más de una docena de televisoras. Y de unas pocas publicaciones a un grueso conjunto de órganos de prensa, capitalina y provincial. Y todos estos medios van a transmitir los mensajes, las creencias y la doctrina oficial del gobierno. No entre conciertos, cuentos y noticiarios, sino continuamente, a toda hora, inclusive de madrugada para beneficio de insomnes, junto con los discursos del jefe del Estado. Y no solo eso, sino que todos esos medios van a excluir, de manera precisa y atenta, todo pensamiento u opinión disidente de ese pensamiento oficial único, hacia el cual tampoco se van a admitir críticas ni murmuraciones en contra, vengan de donde vengan.






Pero, como igualmente sigue habiendo canales de televisión y radioemisoras que no transmiten el pensamiento oficial y que inclusive transmiten en contra de ese pensamiento oficial, no puede decirse que existe ni un predominio ni un control del Estado sobre lo que se difunde en todos los medios de ese país, y por lo tanto, no hay aún totalitarismo efectivo ahí.

Asimismo, todos los organismos de la educación, la cultura y las academias, que de alguna forma dependen para su funcionamiento u operatividad, del Estado, van a ir siendo mediatizados como instrumentos de difusión y extensión del pensamiento político oficial del gobierno, en sus ideas sobre la historia, la economía, la sociología, etc. (pensamiento que devendrá el ideario político oficial del Estado, pues empieza a borrarse la frontera entre Estado y gobierno, sobre todo a medida que el gobierno se perpetúa en su gestión durante más años que otros gobiernos anteriores). Por ejemplo, las editoriales patrocinadas por el Estado que promueven la publicación de libros de escritores de ese país, publicarán ahora, claro está, libros, pero sobre todo estimulando la producción que exalta o engrandece la labor del régimen y las obras de aquellos escritores y autores que elogian y alaban al régimen. En justa compensación, a los escritores críticos u opuestos al régimen no se les publicará en tales imprentas, pero sí pueden seguir escribiendo, publicando y difundiendo sus ideas en medios y en editoriales no gubernamentales (si aún se animan a escribir y consiguen ser publicados). Aparentemente, sigue habiendo libertad, y todos están (tan) contentos. Y nada nos autoriza aún a hablar de totalitarismo, aunque alguno podría empezar a impacientarse.  

Pero pasemos ahora al plantel de funcionarios y empleados de dicho imaginario país, que perciben salarios erogados por la administración pública, y cuyo número se va engrosando en cientos de miles de personas, algunas de las cuales poseen calificación y capacidad para ostentar los cargos que desempeñan, pero otros muchos poseen poco o nada al respecto. Y sin embargo, a todos se les ayuda y se les emplea por su fidelidad a los principios y la doctrina del régimen. Supongamos que eso no era nuevo en ese país. Lo nuevo empezaría a ser, en primer lugar, la radicalización del mensaje y la doctrina asimilada, y sobre todo, el hecho de que, quienes no comparten o no profesan tales ideas, empiezan a perder sus espacios, sus puestos de trabajo. Sin posibilidades de alcanzar otros puestos o promociones, no sólo a nivel público sino privado, en una especie de veto impuesto por el gobierno a lo que considera conducta rebelde o insumisa por parte de esas personas, que si en un principio eran sólo unas pocas, en el tiempo imaginemos hipotéticamente que serán cientos de miles, con todo lo que significa de muchos más centenares de miles de familiares o personas que dependen de ellos. Desde luego, cada una de esas personas será un opositor en potencia, pero como serían reemplazados por igual o mayor número de personas que saben estar de modo astuto a favor del régimen, el saldo para éste es favorable en apoyo. Pero acotemos diciendo que, a pesar de tan odiosa política administrativa, aún quedarían en tal país empleados –generalmente ya mayores o próximos a su jubilación – que aún no comulgando con el régimen, no han perdido su puesto, y hay millones de personas preparadas que, inclusive a pesar de su simpatía por el régimen, no consiguen trabajo ni en el sector público ni el privado. Ello revela una especie de descontrol del régimen sobre la realidad de ese país, y si ello es así, no se puede hablar aún de totalitarismo.

Y aún podemos aludir al caso, no ya de simples funcionarios y empleados públicos, sino de quienes ostentan cargos de mayor relevancia e inclusive puestos altos en el gobierno, que cuando se exige con respecto al líder y al régimen, una lealtad-obediencia hasta lo irracional y lo indigno, no sólo se someten a ella con gusto, sino con sonrisa y aplauso, aunque por dentro algunos sientan sus entrañas quemarse con su conciencia. Supongamos –no es difícil suponerlo – que esta ignominia sucede también con quienes ocupan puestos importantes en los otros poderes distintos del ejecutivo, como el legislativo y el judicial, cabría la pregunta: ¿No está destruyendo así ese gobierno hipotético imaginario la división de los poderes y la posibilidad de autonomía de ellos frente al poder ejecutivo?[8] Yo diría que esto es verdad. Pero así y todo, dudo de que aún entonces pudiéramos considerar del todo totalitario a ese Estado, porque todavía es posible que tal deleznable servilismo suceda no por incitación del líder-guía de ese país a esa conducta, ni como expresa política de Estado, sino por la natural inclinación de ciertas personas a la ruindad y a ser canallas, cosa que, desgraciadamente, no es inusitada en los políticos y quienes ejercen altas funciones públicas. De hecho, es una conducta que puede observarse tanto en dictaduras como en democracias (aunque más en democracias sui generis)De modo que tampoco en este aspecto aludido podemos decir que estamos ante un régimen fundamentalmente totalitario.







Si además añadimos que ese régimen consulta frecuentemente a sus ciudadanos en referenda y elecciones, ¿Dónde estaría entonces el totalitarismo de ese régimen, en apariencia democrático, y hasta con ribetes de ejemplaridad al respecto?

Tendríamos que examinar las intenciones u objetivos de ese régimen, y quizá un poco su doctrina de poder para empezar a apoyar nuestro cargo. Esto segundo, el examen de la doctrina del régimen, como se trata de un ejemplo puramente hipotético, no lo haré aquí, puesto que tendría que aludir a alguna doctrina en especial, y prefiero referirme a una doctrina general o genérica del régimen ejemplificado. Pero fijémonos no tanto en las ideas del líder o guía que comanda el régimen, sino en su tono, su estilo, la intención general, como antes mencione, de su(s) discurso(s).

Y he aquí que encontramos, en nuestro ejemplo hipotético, tanto en esas intenciones expresadas en afiches, letreros, propagandas, comerciales, en televisión, en radio, en prensa, en libros, en estatuas, cuadros, exposiciones, festivales, congresos, seminarios, jornadas, en comunicados, oficios, circulares, remitidos, correos electrónicos, páginas web, y hasta estampillas, así como en los muchos retratos de distinta catadura y tamaño (desde medio metro hasta de varios pisos de altura) del mandatario que jalonan por centenares las principales ciudades de ese país, y desde luego, en las palabras del líder-guía que comanda el régimen, la clara intención de que las ideas (ya sea en doctrina o en ideología) del régimen y de su líder, lleguen hasta los más intrincados rincones del país, y sean acogidas y creídas y amadas por cada ciudadano, y seguidas, “internalizadas”, y asimiladas por cada persona del país, sin importar el nivel, la profesión o la clase: niño, mujer, anciano, varón, militar, profesional, cura, pastor, ministro, cheij, rabino, ingeniero, médico, barbero, policía, clase media, clase baja, clase alta. Nadie está contemplado de escaparse de esa audición y de esa invitación un tanto insidiosa, insistente, resistente, opresiva, abrumadora, molesta, ahogadora, y asfixiante, a querer al régimen, a amar el régimen, a desearlo, desear que exista, “agradecerle por ser él y por existir”, y desear servirle y obedecerle, creerle y no resistirle, acogerle y no oponérsele. Es una convocatoria total a una aceptación total, una confianza total, un asentimiento total. El régimen y su líder se confunden entre sí, y cual moderna paráfrasis al rey sol, éste podrá decir: el régimen soy yo, la ideología soy yo, la verdad soy yo. 

Así, régimen y líder-guía, no se contentan con sólo gobernar ese país; ni siquiera con gobernarlo de manera casi absoluta, omnímoda, poderosa, sino que quieren que se les ame, que la gente le entregue sus pensamientos por los pensamientos de él, su voluntad política por la voluntad política de él, su visión de la verdad y de los reyes desnudos, por la versión de la verdad y de reyes regiamente vestidos de él. Como cortesía, no les ordenará creer que dos y dos son cinco, al menos en el plano de las matemáticas, pero puede que en otros planos les pida que quieran cerrar los ojos.

Y nada de esto quiere hacerlo el régimen y su líder-guía con violencia (si fuera así, ya por allí se pasaría por lo dictatorial o lo despótico), sino al contrario, lo que ese binomio desea es que las personas deseen ser como lo quieren ellos, desean que la gente abandone un supuesto modo antiguo de ser, el modo del pasado, y se alinee con el modo del presente, de lo actual; que los ciudadanos abandonen lo que en una figuración religiosa podría llamarse “el hombre viejo” y acojan, abracen en ellos, al “hombre nuevo”. Y ya estando su mente en consonancia con la del líder-régimen, estaría “en lo propio”, y de vuelta de su supuesta enajenación por haber estado opuesta a su guía superior político-existencial-vital.



Bien, creo que aquí ya sí hemos penetrado un poco en la plena intención totalitaria de ese régimen imaginario, hipotético. Y creo haber mostrado o insinuado persuasivamente con dicho ejemplo, que no sólo existe la posibilidad de una democracia totalitaria, sino que inclusive puede y debería darse precisamente en este matiz semipacífico, semicordial, de un poder que quiere seducir a los ciudadanos para que le amen y se le entreguen. No quiere su conquista por fuerza, sino de manera persuasiva y por medio de lenta pero firme presión, para que no se infrinjan ni violenten las formas democráticas. Por eso creo que el concepto de seducción es aquí clave para entender la intención totalitaria de un Estado así.

Mas es claro que no es el asunto político de un Estado democrático o un régimen democrático el de seducir a los ciudadanos, sino el de rendir cuentas a ellos y exigirles el cumplimiento de su deber tanto como garantizarles la salvaguarda de sus derechos.

Ciertamente, aunque me referí varias veces a cosas como doctrina, o ideología en el ejemplo presentado, nunca aclaré de si se trataba de un totalitarismo fascista-mussoliniano-nazista-hitleriano, o un totalitarismo socialista-marxista-leninista-comunista. Creo que, para un ejemplo hipotético, es irrelevante de donde venga la peste, es decir, el totalitarismo. Podría ser inclusive una doctrina moral-mesiánica, un misticismo político particular[9] o un socialismo utópico y nacionalista, para conjugar mejor con el destino trágico de Hispanoamérica. Tampoco el problema está en que sea de izquierda o de derecha. Ambos polos políticos tradicionales, a pesar de lo que se diga sobre lo superados que están en nuestra época, siguen siendo útiles y hasta necesarios para pensar imaginativamente la política desde dos lugares naturales que se plantean en toda situación humana con respecto a como estamos los hombres en el mundo. Pero ni estas posiciones, ni ninguna otra postura política distinta pueden llevar a cabo sus mejores y más justos sueños e intenciones si sueñan y juegan a desear la existencia omnipresente de un modo de pensar que, como el totalitarismo, desee reemplazar en toda la sociedad, en cada familia, en cada persona, su modo personal e individual de ser, de existir, de pensar, de errar, de acertar, de amar, de morir y de vivir. 






Notas:

[1] Prefiero la denominación “democracia totalitaria”, y no la de “totalitarismo democrático”, puesto que ésta otra presenta este fenómeno como una variante escindida del totalitarismo, y no es eso lo que sucede,  pues el totalitarismo de por sí, como fenómeno extremo de lo político, no se mueve hacia otros espacios, sino que busca su propia permanencia e inamovilidad. En cambio, la democracia, por su carácter de imperfección o inacabamiento, esta en continua búsqueda de su readaptación y reinvención, y de allí su característica inestabilidad, que en realidad es en ella rasgo esencial, tanto como lo es del ser humano.  Por ello, de lo que se trata aquí es más bien de una degeneración del carácter democrático de una sociedad y un Estado, que se deslizarían a un totalitarismo como el que se describirá en páginas siguientes.
[2] Además,  esta el hecho de que una misma persona no piensa igual siempre. Basta ver la diferencia entre lo que se piensa de joven y lo que piensa en la madurez. Por poner un ejemplo, si de jóvenes algunos creen en la violencia y el poder para meter en cintura a los elementos disidentes o rebeldes de una sociedad a través de la represión y la fuerza, por amor a la patria, y a conceptos sagrados de honor y sacrificio, ya pasada cierta edad todo eso parece menos razonable o factible porque, entre otras cosas, empieza a caducar el entusiasmo y la fe tanto en la violencia como en la paz. Más que alcanzar certezas, se arriba con el tiempo a dudas ante las cuales todos (menos los fanáticos) nos rendimos filosóficamente. Se pierde la ingenuidad y la esperanza –al menos la esperanza ilusoria-  y se acepta y tolera el mal en el mundo como parte de su naturaleza. Esa tolerancia sería quizá correlativa con la prudencia (phrónesis) de Aristóteles, que se alcanza con la edad y la experiencia, y no sólo por pura racionalidad, por lo cual, difícilmente puede encontrarse en los jóvenes. Otros llamarían conformismo a esta tolerancia, y no la considerarían nada honroso ni respetable.  
[3] Al mencionar otras referencias a definiciones del totalitarismo, debo aclarar que concuerdo  sustancialmente con las observaciones contenidas en enciclopedias y manuales técnicos sobre el mismo, así como las expresadas en las más importantes reflexiones y estudios que sobre dicho fenómeno político contemporáneo han elaborado autores como Hannah Arendt, Jacob Talmon, Isaiah Berlin, y otros. 
[4] Este juicio sobre los efectos de una doctrina sería una aplicación de la máxima evangélica “Por sus frutos les conoceréis” (Mt. 7, 16-20, Cfr. Lc. 6, 43). Y por cierto que en varias otras partes del Nuevo Testamento hace alusión a esta cuestión de los frutos como efectos lógicos y reales de las actividades espirituales y morales, las cuales se presentan allí a veces, en forma alegórica, simbolizadas en la actividad laboral agreste. Lo curioso es que desde muy antiguamente se juzgan las doctrinas, sobre todo las sociales y políticas, sobre la sanidad y coherencia de sus principios y fundamentos, y no sobre la calidad de los efectos de su aplicación. Parece olvidarse aquí el precepto filosófico que recuerda que, si bien la argumentación que nace de un error conceptual raramente es sana o coherente, tampoco el erigir sobre bases sólidas o veraces es garantía de alcanzar la verdad (la historia de la filosofía está jalonada de doctrinas erróneas que nacieron a partir de principios consistentes y ciertos). Hace falta “seguir” la argumentación por el “rumbo” de su desarrollo, y pensar todas las posibles desviaciones para tenerlas en cuenta como posibilidades. Pero como esta orientación más se hace por intuición que por experiencia (pues los efectos prácticos de una doctrina política o económica o moral, sólo se conocen bien tras haberlos aplicado) uno debe entrenar la intuición para que sea especialmente sensible a esas posibilidades y riesgos implicados en la aplicación de una política que sigue unos lineamientos bajo examen. Esa es, precisamente, una de las dificultades del trabajo filosófico, y es un complejo problema de la reflexión sobre algo que involucra tanto lo práctico como lo político. 
[5] Caso clásico de la subida al poder de Hitler entre 1931 y 1934. El ascenso de Mussolini no fue democrático ni en principio ni al principio, pero años después de instalado, los continuos plebiscitos refrendaron y consolidaron su apoyo en la masa, dándole un tinte democrático a su gobierno. Hoy se sabe que tales plebiscitos eran bastante transparentes y limpios, lo cual no hace sino aumentar el problema y misterio sobre el carácter especiosamente democrático que habría podido asumir ese totalitarismo, pues si esas consultas hubiesen sido predominantemente amañadas, no habría ningún misterio en esta relación entre el apoyo o asentimiento popular a un régimen totalitario, porque no habría habido tal apoyo popular, sino que sería una mentira forjada por los gobernantes para disfrazar su gestión como democrática. Queda esto claro: la democracia es mucho más que contar votos en una consulta, aunque tal consulta es parte fundamental de ella. Por otro lado, no son raros los casos de sufragios en regímenes autoritarios, tiránicos y totalitarios en los cuales la mayoría de los votantes apoya a sus gobernantes. Las causas de esto son complejas, y aunque pueden parecerse de una sociedad a otra, en realidad ameritan explicaciones en factores culturales o históricos de cada sociedad donde ocurre. En todo caso, ello invita a entender que, al igual que una encuesta no mide la verdad de algo, sino la verdad  de lo que piensan algunas personas sobre una pregunta, tampoco se puede medir la justicia de un régimen sólo con los votos que le apoyan.    
[6] Esta concretización de esa relación cuasi-sentimental del líder con sus gobernados podría decirse que sucedió en el caso de Hitler y el de Stalin: ambos querían ser aceptados, aclamados, amados, y que todas las voluntades se conformaran con la suya. Y si no era así, reaccionaban también de manera emocional, castigando al pueblo por el desengaño causado por su traición. El caso de Hitler es quizá el más patético, puesto que al final de su mandato, mientras seguía soñando con erigir nuevas construcciones monumentales en Berlín y otras ciudades, ordenaba destruir todo lo que se pudiera de Alemania ante el avance aliado y soviético, en ánimo de castigar a su propio pueblo por el fracaso de la guerra. La reacción de muchos de sus seguidores fue curiosa: ante las agresiones últimas de su líder a su mismo país prefirieron suicidarse de diversas maneras antes que atreverse a pensar distinto.   
[7] Aquí surge otro problema: es distinto el arraigo de la población a un totalitarismo representado y encarnado en un líder, con el cual puede identificarse, por ser, en principio, un ser humano como los demás, y por otro lado, el arraigo de la población a un totalitarismo que existe como sistema, y en el cual el o los que liderizan (que puede ser un consejo de figuras más o menos borrosas) son solo parte de ese sistema, de esa maquinaria que lo controla todo, y no protagonistas exaltados por una propaganda ad hoc. En la novela 1984 de George Orwell se sugería una situación como ésta última. Si bien el “Gran Hermano” era una figura humana reconocible y no poco sobrecogedora, en realidad se trataba de un personaje de ficción, creado por autoridades bastante anónimas pero no menos poderosas, que son quienes en verdad gobernaban o manejaban el sistema totalitario. Ciertamente, si bien el totalitarismo fascista y nazi se centraban en una figura humana específica y personal, el totalitarismo soviético y en parte el de China, aparte de sus grandes figuras personalistas como Stalin y Mao, se fueron decantando en un fortalecimiento del sistema, dejando las figuras humanas rectoras más en la sombra. Quede claro, sin embargo, que esa opacidad o lejanía de los líderes no significó detrimento del totalitarismo: el poder de una gran estructura o sistema controlador de la vida de las personas siguió estando presente sin desmedro durante décadas, y sería interesante estudiar y reflexionar sobre el carácter qué han devenido ambos sistemas en la hora actual.  
[8] Otra cosa que contribuye a diluir esa división y autonomía de los poderes es la creación de nuevos poderes propuestos por el Ejecutivo, lo cual sería bien paradójico, por cuanto esos nuevos poderes tendrían aún menos autonomía que los anteriores, estando más sometidos al Ejecutivo. Pero como esta creación de poderes es algo descabellado y ciertamente inusual, la he querido dejar fuera del ejemplo hipotético, para ceñirme a una realidad más inclinada a la lógica.
[9] Como el movimiento político-mágico-religioso de Antonio Maciel (O Conselheiro) en el Brasil de fines del siglo XIX, que presenta curiosas afinidades con el anárquico movimiento de los Cristeros de México (1926-1929). 
MENTIRA Y POLÍTICA

Carlos Blank


El elogio de la mentira
La primera sensación que nos invade cuando nos adentramos en el tema que nos ocupa, la mentira en general y la mentira política en particular, es su fina imbricación con prácticamente todos los temas relacionados con la experiencia humana e incluso con la propia evolución de la vida en este diminuto planeta. La otra sensación, es la de que la mentira, con su amplio abanico de sinónimos, casi contradice la simplista posición moral que prohíbe la mentira y recomienda decir siempre la verdad, salvo en algunas contadas excepciones. Cuando advertimos la presencia de la mentira y su utilidad práctica en una amplísima gama de campos, “casi” nos sentimos tentados a invertir la regla y recomendar todo lo contrario: el uso generalizado de la mentira, salvo en algunas “honrosas” excepciones en las que es recomendable, incluso inevitable, decir la verdad. Que no lo hagamos depende de ese sentimiento de rechazo ante la mentira y esa sensación de reprobación que todos hemos experimentado alguna vez cuando nos hemos dado cuenta de haber sido engañados, defraudados o estafados.
Pero de dónde surge esa experiencia universal de rechazo a la mentira cuando somos victimas de ella. Más bien, el extendido uso de la mentira hace que nos planteemos, con Nietzsche, “que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad” y que nos preguntemos, siguiendo la inmejorable expresión de Wilde, de dónde surge esa “facultad morbosa y malsana a decir la verdad”. Si vamos a comenzar a decir verdades, quizás debamos empezar por reconocer, al margen de consideraciones morales o religiosas frecuentes, el papel marginal y precario de la verdad en los asuntos humanos, dándole a la mentira el sitial de “honor” que se merece y disolviendo el aparente carácter contradictorio de “la noble mentira”, aunque subsista el dilema moral.

Como señalábamos al comienzo, la evolución de la vida en este diminuto planeta no hubiese sido posible, entre otras cosas, sin mentiras, esto es, sin la presencia de estrategias de engaño y simulación a partir de los eslabones inferiores de la cadena. Tómese, por ejemplo, el camuflaje de muchas especies animales que le sirven de protección frente a la amenaza de otros predadores o para engañar a sus presas. Ni que hablar de esos complejos rituales amorosos o de apareamiento que despliegan los machos para lograr el favor de la hembra, mientras ella observa con su “aparente” indiferencia o distancia. Disimular nuestras debilidades y simular o exagerar nuestras virtudes es esencial en la lucha por la sobrevivencia de las especies. De allí seguramente el dicho de que en “la guerra y en el amor todo está permitido” Y la especie humana no es la excepción.


Desde las más tempranas etapas de su desarrollo el niño va adquiriendo una serie de destrezas y competencias que le sirven para obtener el afecto y la protección sin los que simplemente no podría sobrevivir. También el niño comienza a utilizar estrategias en las que disimula o trata de esconder sus defectos y simula o exagera sus virtudes, para ganarse el afecto o reconocimiento de sus padres o amigos. Como se sabe, los juegos y los deportes desempeñan un papel indispensable en la socialización del individuo y en la formación de su propia conciencia, en la medida en que estas actividades suponen precisamente destrezas de simulación y disimulación, de fingimiento. Algunos autores, como G.H.Mead y Piaget, han destacado la importancia que tienen estas destrezas de simulación y disimulación en el desarrollo de la inteligencia humana. Entre otras razones porque ello supone la invención de una realidad inexistente, la capacidad de ponernos en el lugar de otra persona u otro grupo en particular, proceso denominado de descentración y que es indispensable para el desarrollo de la propia conciencia individual; y, por último, la capacidad de diferir nuestros impulsos o de controlar nuestras emociones. Esa capacidad de fingimiento es un rasgo inequívoco de inteligencia, como la del animal que se hace el muerto –“la mosquita muerta”- o la del niño que es capaz de disimular su decepción ante un regalo y pone cara de alegría.

George Simmel

En el plano sociológico ha sido Simmel el primero en reconocer de modo explícito el papel que desempeña la reserva, el secreto y, finalmente, la mentira, para el desenvolvimiento de la interacción humana en las sociedades complejas y modernas. Para él ese velo de ignorancia y de misterio que encontramos en toda relación humana, y que es típico de la vida urbana, es también la que hace posible la existencia de la libertad humana y nos preserva de caer en la locura, evita la posible saturación del sistema nervioso por la excesiva exposición a la multiplicidad de estímulos externos. La existencia del secreto y de la reserva constituye una de las más importantes invenciones de la humanidad.
Otro sociólogo que ha destacado la importancia de este aspecto ha sido Goffman. Para el destacado sociólogo norteamericano, toda interacción humana puede ser vista como una suerte de representación teatral, en la que usamos diversas máscaras y tratamos de mantener diversa fachadas, ocultando toda aquella información que pondría en peligro el éxito de nuestra representación y le restaría credibilidad o verosimilitud. Como el buen actor de oficio, el actor social debe convencer a un auditorio de su actuación, debe realizar una actuación convincente, sin olvidar del todo que se trata solamente de eso, de una representación o de un papel. Sin esta capacidad de desdoblamiento entre la persona y los diversos roles que desempeña en la vida social, el funcionamiento de la sociedad sería imposible. Será un sociólogo francés, Baudrillard, quien denunciará la simulación y el simulacro como la materia prima de la que está hecha la vida moderna, en la medida en que los medios de comunicación se han convertido en la fuente privilegiada de información.
Es harto conocido que los buenos modales tienen gran dosis de hipocresía y desconfianza mutua. En ningún lugar se hace esto más evidente que en la diplomacia internacional, a tal punto que el “lenguaje diplomático” denota una suerte de hablar sin decir nada, de lenguaje cantinflérico, que nos protege de compromisos indeseables o de la exposición innecesaria ante los demás. No hay que olvidar que todo extranjero es un enemigo potencial, de allí la necesidad de manejarse con la mayor discreción posible.
Sin embargo, es en el plano del arte y de la literatura donde la mentira y el engaño han adquirido su mayor relevancia y conveniencia. Platón y Wilde coincidirían en que la imitación de la naturaleza y la vida es el certificado de defunción del verdadero Arte. La paradójica tesis de Wilde es que la naturaleza y la vida imitan al arte, la belleza entra en el mundo a través del Arte. Podemos reconocer la belleza de un atardecer porque podemos expresar los versos del poeta sobre la belleza del atardecer, porque, en definitiva, podemos reconocer formas bellas que el arte nos proporciona.
En suma, la mentira está estrechamente vinculada con la inteligencia y la creatividad, aunque solo sea porque la verdad es única y simple, mientras que la mentira es múltiple y compleja. Lo dicho hasta aquí no debe ocultarnos el hecho de que la verdad tiene una superioridad moral sobre la mentira, que la mentira puede y debe ser desenmascarada tantas veces como sea posible, que debemos conservar una actitud de sospecha ante aquellas mentiras que pasan peligrosamente como verdades. Hay un plano de la realidad en el que la recomendación de la mentira puede parecer particularmente inmoral y funesto: la vida política. Esto nos coloca de lleno en el campo de la mentira política y de la “noble mentira”, que analizaremos a continuación.

La “noble mentira” en Platón.
La idea de que la inteligencia está íntimamente ligada a la capacidad de engañar y de mentir deliberadamente aparece en múltiples tradiciones. La serpiente del paraíso que convence a Eva para que coma el fruto prohibido, el mito de Sísifo que engaña a la muerte o el de Prometeo que es capaz de robar el fuego sagrado, aunque en ninguno de estos relatos haya un final feliz. Platón analiza esta tradición en su Hipias Menor y reconoce mayor admiración por la astuta figura de Ulises que por la simple valentía de Aquiles. A menudo se requiere mayor coraje para mentir que para decir la verdad. También muchas veces es preferible, incluso necesario, mentir en lugar de decir la verdad. Podemos enumerar las siguientes, recogidas por Platón en La República y por el General Jenofonte en su Memorabilia: el engaño en el curso de la guerra, el sometimiento del enemigo y el robo de sus bienes, el engaño a la propia tropa para infundirle valor, el engaño al niño que no quiere tomarse su medicina o no devolver lo que le pertenece al amigo que ha perdido la razón pues puede perjudicarle. En última instancia es justo perjudicar al enemigo y beneficiar al amigo, aunque para ello debamos hacer uso deliberado del engaño y de la mentira. En las complejas situaciones del mundo real puede ocurrir que sea correcto hacer lo incorrecto, que sea justo hacer lo injusto y que decir la verdad sea injusto. En todo caso será nuestra recta intención la que nos libere de toda culpa o error.
Sin duda uno de los pasajes más controversiales de La República, y que ha dado pie a las más variadas interpretaciones, es aquel en el cual se recomienda que los gobernantes hagan uso de la “noble mentira”, y solo ellos, para conservar la unidad de la ciudad-estado, de la polis. Después de reconocer que la mentira solo puede ser útil a los hombres y no a los dioses, señala:
“Si a alguien le es lícito faltar a la verdad será únicamente a los que gobiernan la ciudad, autorizados para hacerlo con respecto a sus enemigos y sus conciudadanos. Nadie más podrá hacerlo. El que un particular engañase a los gobernantes lo consideraríamos como una falta mayor que la pueden cometer el enfermo que miente a su médico o el educando que no dice la verdad a su maestro en relación con el estado de su cuerpo, o incluso el que no manifiesta al piloto cómo se encuentra la nave y la tripulación, y tanto él mismo como sus compañeros de travesía”
(La República 389a)
La primera pregunta que surge es cómo se compagina esta tesis con el resto de la concepción del gobierno de la ciudad planeada por Platón. Como se sabe esta ciudad debía ser gobernada por el filósofo-rey, solo cuando coincidieran en una sola persona el filosofo y el gobernante se pondrían fin a los males que aquejan a la humanidad. Para algunos esta afirmación debe ser entendida como un reconocimiento de una imposibilidad, de la existencia misma de un gobierno orientado por una genuina bondad y sabiduría, y hay pasajes en los que señala que dicho gobierno solo es posible en un cielo de ideas perfectas, como una suerte de modelo divino que es imposible reproducir en el mundo humano. De hecho, convertir al filósofo en rey es la primera dificultad a la cual se enfrenta nuestro alado filósofo, hacer retornar voluntariamente al filósofo a la caverna sin ser despedazado por sus moradores y sin seguir el destino trágico de Sócrates. Cómo es posible hacer que se interese por el gobierno alguien que está más allá de las mezquindades y pequeñeces humanas, alguien que carece de ambición alguna de poder, de fama u honor, mucho menos de riqueza y de los placeres materiales asociados a ella, y que por todo ello es precisamente la persona más capacitada para gobernar. Cómo alguien que ama la contemplación de la verdad por encima de todo y por eso mismo odia la mentira y el engaño por encima de todas las cosas puede siquiera pensar en la posibilidad de mentir y engañar a otros. Cómo combinar en una sola persona el amor por la verdad y la conveniencia de la mentira. ¿No claudica acaso el filósofo de su más caro anhelo y deseo?
Es precisamente aquí donde se requiere el uso inicial de la noble mentira. Para poder convencerlo de gobernar debemos echar mano de los más finos recursos retóricos y sofísticos, esos mismos recursos que Platón criticaba en los sofistas, los poetas, los oradores y los demagogos, pero que el no duda en utilizar para favorecer sus propias ideas. Una solución insatisfactoria del problema sería la que resultaría de una suerte de cálculo racional que obligase al filósofo a gobernar, pues si no lo harían otro menos capacitados que él. Pero esto no basta, claro. Lo que se requiere es que el filósofo tenga un amor genuino por la ciudad. El genuino gobernante debe cumplir con la exigencia de que su conducta esté determinada en todo momento, y bajo cualquier circunstancia, a defender los intereses de la comunidad y en no hacer nada que esté en contra de esos intereses. En realidad sus intereses y los de la polis deben ser idénticos.
Para lograr este objetivo debemos prohibir todos aquellos relatos de los poetas que puedan sembrar en los individuos, especialmente los niños y los jóvenes, ideas políticamente incorrectas y que puedan sembrar el caos, como aquellos relatos de Homero en los cuales los dioses se compartan de manera lasciva y se querellan entre ellos mismos, utilizando todo tipo de artilugios. El problema con los poetas no está en que mientan, sino en que su mentira es innoble, es decir, no puede derivarse de ella ninguna virtud, ningún bien. Lo otro que hay que expulsar de la ciudad ideal son los poetas que hablan de los terribles castigos del Hades, pues ellos pueden minar el valor de la tropa e inculcar el temor a la muerte, por encima del temor a ser esclavos. En cambio, deben ser permitidos aquellos relatos, aquellas “nobles mentiras” que favorecen la armonía de la ciudad y hacen ver como naturales diferencias sociales o de clases que podrían ser una fuente potencial de conflicto. El “mito de los terrígenos”, el considerarse todos como hermanos de una sola familia sí debe recomendarse pues favorece en cambio el comunismo de la clase superior y el “mito de los metales” favorece a su vez una sociedad de clases, donde cada uno ocupa el lugar que le corresponde, pues así lo han querido los dioses. Así las cosas, es al filósofo-rey, y solo a él, a quien le es permitido mentir, pues solo él puede hacer un buen uso de estas mentiras, para el resto de las personas la mentira debe ser castigada como uno de los peores crímenes contra la ciudad. De hecho, la ciudad platónica puede funcionar correctamente si la mayoría se mantiene al margen de los asuntos políticos.
Sin duda ha sido Popper quien ha hecho del concepto de “noble mentira”- “pseudos gennaios”- una de las claves para la comprensión del verdadero pensamiento político de Platón. Para él esta expresión traduce una visión idealizada del autor y debería traducirse más bien como “mentira señorial”, la cual conserva el sentido original sin la connotación a la cual está asociada la palabra “noble”. Es posiblemente exagerado considerar la “noble mentira” como una formula cínica y descarada de manipulación y propaganda, al más puro estilo göbbeliano, como lo hace Popper. Posiblemente, la intención que animaba a Platón para la recomendación de ciertos mitos estaba provista de las mejores intenciones y estaba orientada a mantener la salud de la ciudad. El problema es que la línea que separa la educación del simple adoctrinamiento, el convencer o persuadir del engañar o mentir, suele ser muy fina y a menudo difícil de diferenciar. Seguramente Platón tenía en mente el modelo del padre que engaña a su hijo para que se tome un remedio o una droga (“farmakon”) que debe ser administrada con cuidado y que en definitiva le va a mejorar su salud, aunque ello introduce, por decir lo menos, una visión claramente paternalista del Estado, en la que los ciudadanos son considerados siempre como menores de edad que no saben lo que les conviene realmente.


Maquiavelo intervenido. Anónimo


El papel de la mentira en la política moderna: de Maquiavelo a Strauss
El problema que plantea el uso de la mentira en política es precisamente este: esta herramienta no siempre está en las manos de los más sabios y bondadosos, sino de personas que solo defienden sus propios intereses políticos o económicos. Lo cual nos lleva al más puro estilo de la mentira política utilizada en la vida moderna.
No es de extrañar que haya sido el primer pensador político moderno, Nicolás Maquiavelo, el que haya recomendado la mentira política sin ningún tipo de reserva o escrúpulo moral, realizando así una clara separación entre la moral y la política, separación que sería impensable en Platón o Aristóteles. Aunque su motivación fuese comprensible y similar a la de Platón, mantener la unidad del Estado, la “virtú” de Maquiavelo tiene poco que ver con la virtud política de Platón y plantea un remedio en el que se combinen la fuerza del león y la astucia del zorro en dosis similares. Todos los recursos que sirvan para mantenerse en el poder son aceptables, incluso el asesinato. Actuar de buena fe en política es simplemente una estupidez y significa exponernos a aquellos que actúan de mala fe. Por lo demás, el engaño se justifica plenamente, pues siempre la mayoría está dispuesta a ser engañada, “quien engaña encontrará siempre quien se deje engañar”, en lo cual no deja de faltarle la razón. La mayor aliada de la mentira y el engaño es la credulidad, esa disposición natural a “tragarnos ruedas de molino”, como dice la expresión popular. De allí el poder alucinógeno y narcótico de toda ideología, la fascinación que ejercen determinadas creencias en el imaginario colectivo. Hasta un claro defensor del despotismo ilustrado y enemigo del maquiavelismo, Federico “El Grande”, el rey- filosofo, reconocía necesario mentir dada la simplicidad del pueblo y su precaria ilustración. 


Kant Ilustrado


En cambio, para el gran filósofo de la Ilustración alemana, Emanuel Kant, la norma de “no mentir” no podía tener ninguna excepción, ni siquiera por motivos de benevolencia, como el de querer salvar la vida de un amigo. Como toda norma moral, debe ser universalizable para poder convertirse en imperativo categórico, debe aplicarse siempre, sin tomar en cuenta circunstancias o consecuencias particulares. El punto más opuesto al de Kant es el de Nietzsche, para quien las personas no se interesan realmente en la verdad, sino solamente en las consecuencias de ella que les acarrean bienestar. Las verdades no son más que un puñado de metáforas, “son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son”.

Pero quien en la actualidad ha estado más asociado al uso de la “noble mentira” ha sido un pensador de origen judeoalemán y emigrado a los EE.UU., donde adquiriese su ciudadanía, nos referimos a Leo Strauss. Para Strauss la crisis del pensamiento occidental obedece a la ola liberal que domina la sociedad moderna y a la falta de comprensión de los verdaderos resortes que mueven la vida política. Para tener una cabal comprensión de los verdaderos resortes del poder es necesario volver a la comprensión de lo político que tenían los antiguos. Para ello es necesario entender el verdadero pensamiento en clave de grandes pensadores como Platón o Aristóteles. Estos habían comprendido que la vida política está firmemente enraizada en la naturaleza humana y advirtieron las claras amenazas que se cernían en contra del orden social si este orden no estaba fundamentado en ella. Contrariamente, la mentalidad política moderna, con Hobbes y Locke a la cabeza, funda el orden social contra la naturaleza, y pretende crear un orden social artificial basado en la razón, en las demandas de mayor libertad e igualdad. Al perder esa base natural, el liberalismo ha tendido hacia una visión marcadamente secular del mundo y relativista de la vida, lo que en definitiva ha llevado a una suerte de nihilismo moral. Se requiere de una revolución moral del individuo y de la sociedad, de la recuperación de eso valores éticos inherentes a la polis.
Este retorno a los valores éticos de la Antigüedad debe entenderse como una impostura. Los antiguos sabían que estos valores eran un engaño, la justicia por ejemplo, pero un engaño necesario. Por ello es indispensable la labor subterránea del filósofo. En el fondo, el filósofo sabe que no hay certezas últimas y es capaz de enfrentar la verdad desnuda. Verdades como que no hay Dios, que el hombre o la humanidad carecen de importancia para la naturaleza, que el bien y el mal no existen o que la creencia en otra vida no pasa de ser una bonita fábula. El verdadero filósofo no necesita de esas mentiras consoladoras y puede soportar una alta dosis de verdad, pero la gran mayoría necesita que se le digan mentiras, “mentiras nobles” desde luego, para conferirle sentido y seguridad a sus vidas. Así el filósofo que no cree en mitos nacionales ni en la verdad de ninguna religión, debe hacer uso de esas “nobles mentiras” para mantener la unidad del rebaño y para poder ser conducidos dócilmente por una élite dominante. Hay que mantener el mito de la democracia vivo, porque al pueblo no puede decírsele la verdad: que toda relación humana es una relación de subordinación, una relación de amos y esclavos, de sabios gobernantes y de vulgo ignorante.


Alexandre Kojeve


Strauss compartía con Kojève que la realización de las ideas liberales llevaría eventualmente al fin del hombre, a la pérdida de la verdadera naturaleza del hombre, a un tipo de sociedad puramente hedonista, en fin, a la animalización del hombre. Contrariamente a él, y a su discípulo, Fukuyama, pensaba que ese fin estaba bastante lejos y desconfiaba por igual de toda forma de sociedad global o de gobierno global. Pero para evitar el advenimiento del último hombre es indispensable mantener viva la diferenciación natural entre amigos y enemigos, entre bien y mal, diferenciación que estaba en la base de su antiguo mentor, Carl Schmidt. Solo mediante la expectativa de una amenaza permanente, de la presencia permanente del temor a la muerte, puede vencer el hombre su naturaleza indolente o perezosa, su natural inclinación a la comodidad o al relajamiento moral que ha estimulado el liberalismo moderno. El nacionalismo y la religión son los mecanismos más poderosos para mantener esta amenaza de modo permanente.
Si para Popper el engaño y la manipulación de las masas es un elemento inseparable de un sistema totalitario o de una sociedad cerrada, para Strauss ellos son indispensables también en los regímenes democráticos modernos o sociedades abiertas, pues son utilizados para moldear a la “opinión publica”. Hannah Arendt llegará a una conclusión similar.


Allan Bloom


No es extraño entonces que hoy en día se haya visto a Leo Strauss, aunque haya muerto en 1972, como uno de los pensadores más influyentes en la renovación del pensamiento conservador en los EEUU., lo que se conoce como neo-conservadurismo o también leoconservadurismo. Es indudable que muchos de los intelectuales republicanos que han ejercido importantes funciones en la administración republicana de Reagan y de los Bush, han sido alumnos de Leo Strauss o han sido alumnos de Allan Bloom, un influyente alumno de él. Muchos de los que estuvieron involucrados en la invasión de Iraq reconocen explícitamente su influencia y el haberse visto en la necesidad de mentir, de inventar la existencia de armas de destrucción masiva, para que la opinión pública apoyase la invasión. Se ha llegado a afirmar que los ataques del 11 de Septiembre fueron realizados con el consentimiento del gobierno de los EEUU, para así poder mantener su dominio global en el mundo y apoderase de los recursos naturales de las naciones comprometidas, según el gobierno americano, en acciones terroristas.
Es posible que la interpretación poppereana de Platón como un protofascista sea tan forzada como la interpretación de Strauss como ideólogo de los desmanes del ala ultraconservadora de Washington y de los halcones del Pentágono. En todo caso, nos gustaría imaginar que de vivir hoy en día Platón hubiese sido posiblemente mucho más cauto a la hora de recomendar el uso de la “noble mentira”, al presenciar el uso tan innoble que con tanta facilidad puede hacerse de ella. Y que posiblemente Strauss también.


"Todos Mienten": Dr. House
De la creación de la Carabela y Colón

 David De los Reyes





I

Uno de los hechos que significó una real diferencia para el siglo XV entre las culturas del Nuevo Mundo respecto a las del Viejo Mundo fueron tanto los conocimientos y técnicas del arte de la navegación como la construcción de embarcaciones. Nosotros nos queremos referir a lo último, al arte de construir embarcaciones junto a su importancia económica y política para el momento del contacto de los dos mundos en el tiempo.
Colón en 1492 no hubiera podido realmente llegar a las tierras de América únicamente por su voluntad o su ambición, o por sus concepciones acerca de la redondez de la tierra, o por la ayuda prestada a su aventurada empresa por los Reyes Católicos de España, o por la suerte de encontrar un camino marítimo a los puertos comerciales orientales. Sólo hubieran sido conjeturas si no hubiese tenido la posibilidad de navegar en una embarcación que daba autonomía y posibilidad de separarse, mar adentro, de la cercanía de las costas como nunca antes nave alguna lo hiciera. La "Carabela" es uno de los adelantos técnicos de navegación que hicieron posible la realización de ese viaje, como fue atravesar el Atlántico y poder permanecer alrededor de unos sesenta días en alta mar; de permanecer en medio del temeroso océano desde su salida de Puerto de Palos hasta la madrugada que arribó a la playa de San Salvador, en la isla de Santo Domingo. Posiblemente las palabras del poeta norteamericano Henry Wadsworth Longfellow hubieron podido ser dichas por aquel "Mercader de España": !Oh, Poderoso Amo!/ Construye para mí/ una recia, noble y fuerte embarcación,/ que valerosa sonría ante el desastre/ y presente batalla a olas y a huracanes.



Uno de los momentos más significativos para mostrar la separación y diferencia de los mundos teológicos medieval respecto al llamado Renacimiento que se aproximaba, está en ésta nueva y avanzada navegación de las carabelas.


Carabela


La fabricación y funcionamientos de embarcaciones van a surgir de la combinación de tres elementos naturales: el viento, el agua y la madera; con ello el hombre obtendrá uno de los más importantes desarrollos técnicos dentro de su historia. Hasta ese momento las embarcaciones utilizaron, junto al uso de las velas, remos para ayudarse y adquirir una mayor velocidad y facilidad de dominio de la nave en los distintos trayectos a través del gran ponto. Pero van a ser las velas y la utilización optima del viento lo que dará el salto técnico dentro de las nuevas naves marítimas.
Habría que decir también que otra de las causas que llevó a incitar la creación del "barco" occidental moderno durante el medio siglo que va de 1440 a 1490 fue de carácter político y económico. Adentrándonos en la historia de la época encontramos que el mundo occidental cristiano tenía dos preocupaciones vitales, ¿Cuáles eran? La de salir de los límites de las tierras europeas hacia el sudoeste, para llegar al oriental Dar-al-Islam. La otra era la amenaza de la cristiandad ortodoxa y el islamismo unidos bajo el cerco del imperio otomano o turcos. El mundo europeo tenía esas dos fronteras: por el levante las rutas marítimas del Mediterráneo y terrestres del siglo XV se encontraban mediadas, cerradas, por el poder asentado en el continente euroasiático y la otra posibilidad que restaba era el intentar echarse a los mares incógnitos del océano Atlántico, única frontera occidental que no estaba clausurada por un hostil contingente cordón humano. Pero el Atlántico se presentaba, si bien libre de adversarios y enemigos para la cristiandad europea, como un mar innavegable, desconocido, misterioso, inconquistable e infranqueable, que ponía límites físicos al occidente, además de estar lleno de animales fabulosos y tierras misteriosas y utópicas para la imaginería de la época.
Para la Europa del siglo XV esta salida marítima se convirtió en una prioridad que debía llegar a conocer y conquistar. Conocer y conquistar lo que al filósofo Séneca ("Medea", versos 364-379) se le había dado por medio de la fantasía. El mundo exterior de las zonas mediterráneas aún era identificado con regiones de misterio, donde los eruditos antiguos habían situado la Atlántida (Platón) y donde los sabios de la Edad Media colocaban los límites de la tierra finita y las primeras fronteras del Paraíso. Pero la estrategia a realizar era la de conquistar un océano que se concebía más fantástico que real, más imaginario que factible; mundo incógnito; hazaña descomunal para un hombre acostumbrado a permanecer dentro de "la vida real".

La primera incursión a esos mares y siguiendo la costa africana en dirección sur fue la realizada por el príncipe portugués Enrique el Navegante. Fue él quien logro que el centro de la actividad marítima se trasladara de Italia a la Península Ibérica. También tiene en su haber el de realizar el primer ataque marítimo de los portugueses contra la ciudad musulmana fortificada de Ceuta (1415), hecho considerado como el primer acto de imperialismo de Estado en la historia de la Europa moderna. Para 1480 ya los portugueses llegaron hasta el río Congo y, con la expedición de Bartolomé Díaz alcanzaron los límites del Gran Río de los Peces, llegando a la punta más meridional de África para establecer el comercio con la India: intención principal de todos estos viajes por parte de los lusitanos.


Estatua de Bartolome Dias en Ciudad del Cabo


Todos estos hechos, en su conjunto, llevaron a la necesidad de que los constructores de embarcaciones de principios del siglo XV se vieran estimulados a desarrollar una nave para poder asumir dicha empresa. La nación que lo hiciera estaría en ventaja frente al resto de los   países de la "vieja" Europa. España y Portugal fueron las abanderadas en tal empresa. La tarea se centró en crear una navegación oceánica, un barco capaz de poder navegar por todos los mares y tener la autonomía suficiente para permanecer meses y meses sobre aguas oscuras en mar adentro; barco que nunca antes se había diseñado ni tampoco imaginado. Las necesidades de las comunicaciones y del mercado como de las extensiones del dominio político conducían al hombre a perfeccionar, inventar y crear medios que de otra forma no hubieran surgido.
La naos occidental moderna fue una solución feliz para el problema del espacio vital que acosaba al mundo europeo. ¿Qué obtuvieron los europeos con este adelanto presente en la construcción de barcos? Muchas cosas, pero de los beneficios más a la vista de todos fue el permitirles dominar y adquirir en las Américas lo que parecía una adición inagotable a sus propias tierras de cultivo y a sus yacimientos, casi agotados, de minerales preciosos. Por otro lado les dio el monopolio del comercio marítimo oceánico del mundo. Esto condujo a que los pueblos occidentales obtuvieran un margen ventajoso dentro de la competencia que mantenían con otras civilizaciones vivas. Además de conocer el grado de seguridad militar y político alcanzado llevó a satisfacer implícitamente las necesidades económicas en la alborada de la expansión de la civilización occidental.



Dhow


II
Basset-Lowke en su libro "Barcos y Hombres" ha dicho que en el siglo XV se produjo un significativo, importante y rápido cambio técnico en la construcción de barcos. Fue toda una gran época de la construcción naval. Los cincuenta años que van de 1440 a 1490 el pequeño velero marino o el conocido "Dhow" árabe se transforma en un navío de un sólo mástil a un barco de tres mástiles que sostenían de cinco a seis velas. Dicho cambio técnico, además de imprimir una mayor velocidad al navío también eliminaba para siempre la necesidad de remos en las "grandes" embarcaciones, dando la posibilidad de penetrar a todos los confines del globo, convirtiendo a estos constructores no sólo en amos de la navegación oceánica sino el obtener un absoluto dominio sobre el resto de los marinos no occidentales con quienes pudieran toparse en cualquier mar.
Para el siglo XVI las embarcaciones europeas son catalogadas como las mejores del mundo. Si bien son inferiores en diseño y artesanía ante los bajeles usados en el extremo y cercano Oriente, y de ser menos aptos para navegar de bolina que los champanes de los mares chinos son, a pesar de todo esto, sin embargo, superiores a cualquier cosa que flotase en el mar por sus condiciones marineras de resistencia a los embates, capacidad de carga y superioridad militar.
Para algunos historiadores del desarrollo tecnológico de la humanidad, este "bajel" puede ser puesto como emblema característico de la Edad Moderna (currebat circa 1475-1875).


Joseph Conrad

La literatura no ha sido indiferente a éste tipo de construcción que pobló parte de los escenarios por donde penetró la historia de la humanidad por casi cuatro siglos hasta la aparición de la embarcación de vapor. Joseph Conrand no hubiera escrito todas sus sagas marítimas sin haber existido los barcos de vela. Robert L. Stevenson, Julio Verne, Scott son otros escritores del siglo XIX que lo usaron como elemento importante para el desarrollo de sus narraciones. De todos ellos queremos nombrar a otro escritor no menos importante que aquellos, del cual citaremos unas palabras. Me refiero al francés Victor Hugo, quien en su novela "Los Miserables", parte II, libro segundo titulado "El Navio de Orión" hace un gran elogio a esta invención humana. Dos párrafos:
"Un navío de línea es una de las combinaciones más magníficas del genio del hombre con el poder de la naturaleza", y
"...la antigua nave de Cristóbal Colón y de Ruyter es una de las grandes obras maestras del hombre, que inagotable en fuerzas como en hálitos lo infinito, almacena el viento en las velas, le mantiene en dirección fija en la inmensa difusión de las olas, flota y reina" ("Los Miserables", parte II, libro II, cap. III).



Victor Hugo

La literatura no fue indiferente a esta invención que consideró genial al verse reunida en ella esa combinación de viento, agua y madera de la que ya hablamos antes. Dándole al hombre la capacidad de dominar, descubrir, y escribir otro de los capítulos de la historia de la marcha humana. El nuevo barco renacentista fue resultado de la integración de diversos factores, feliz armonización de los mejores elementos del anticuado "barco largo" (llamado "galera") impulsado por remos y propio del Mediterráneo y de un coetáneo "barco redondo", mediterráneo también, pero de aparejo cuadrado llamado "carraca", junto con una "carabela" de velas latinas del océano Indigo y la de un velero macizo del océano Atlántico, cuyo aspecto sorprendió a Juilio Cesar en el año 56 antes de nuestra era cuando ocupó el territorio de Vamres, Bretaña.
Gracias a esa armonización de elementos tan dispares como el rescate de las cualidades más excelentes de cada uno de aquellos modelos es lo que hizo posible que en el siglo XV se diese con un nuevo prototipo en el que las respectivas limitaciones de las antiguas embarcaciones quedaron trascendidas, dando como resultado una nave capaz de cruzar océanos.
De ésta combinación de la carraca, del velero y de la carabela encontramos que antes de finalizar el siglo XV los constructores portugueses y españoles llegaron a dar con la nave que se le dio por nombre de "Carabela redonda". Navío de tres mástiles, con aparejo de bergantín, es decir, que llevaba velas cuadradas en el mástil de proa y velamen latino en el palo mayor y en el palo de mesana. Navegación que no necesitó ya de la audacia de los vikingos o de la paciencia de Job.
El sucesor inmediato de esta "Carabela redonda" bien puede ser el "Galeón". Invención española, que en los siglos XVI y XVII se distinguían fácilmente por las grandes figuras de santos pintadas en sus velas. El galeón sería el primer barco que iniciaría el tiempo de las líneas de viajes regulares. De Sevilla a Cádiz salían varias expediciones anualmente: "la flota" iba a México y "los galeones" a Perú. Barcos que solían regresar cargados de plata y oro. Uno de los galeones españoles más famoso, y que navegó por un lapso de doscientos cincuenta años, fue el "Manila", nave que hacía un viaje entre Acapulco, México, y las Filipinas. Llevaba plata y regresaba con seda.
Desde 1485 los navegantes de ese cabal barco occidental moderno estaban provistos de las distintas técnicas que les permitía navegar en altamar al dominar el arte -inventado por navegantes árabes del océano Índigo- de calcular la latitud mediante el uso coordinado del cuadrante y del manejo de las tablas astronómicas. Ya en el siglo XII se había introducido la brújula para los marinos, en el siglo XIII la instalación del timón, usado en vez de los remos para dirigir un barco, el siglo XIV se uso el reloj para determinar la latitud. Por las necesidades de la navegación se elaboró un magnífico instrumento de ahorro de trabajo, las tablas de logaritmos, elaboradas por Briggs sobre la base de Napier; el cronógrafo tuvo que esperar un siglo para que Harrison lo perfeccionara. Con esta nueva habilidad y esta nueva nave el marino sustituiría las rutas de tierra por los rumbos del mar.


Instrumentos de navegación


Para la economía es un salto impresionante en el transporte de mercancías. Adam Smith en su "Riqueza de las Naciones" ya señalaba que: "Un carromato de anchos ejes conducido por dos hombres y arrastrado por ocho caballos, en aproximadamente seis semanas lleva y trae entre Londres y Edimburgo cerca de cuatro toneladas de mercancías. En el mismo tiempo aproximadamente un barco tripulado por seis u ocho hombres, y navegando entre los puertos de Londres y Leith, lleva y trae con frecuencia doscientas toneladas de peso en mercancías. Por tanto, seis y ocho hombres, con la ayuda del transporte por agua pueden llevar y traer en el mismo tiempo la misma cantidad de mercancías entre Londres y Edimburgo que 50 carromatos grandes, conducidos por un centenar de hombres y arrastrados por 400 caballos". Adam Smith comprendió la revolución que llevaban a cabo dentro de los medios de transportes las nuevas posibilidades de la navegación, llevando al fin la expansión y difusión de la civilización occidental junto al dominio de nuevos mercados del orbe terrestre. Con la conquista de vastos territorios ultramarinos, el comercio a larga distancia también representó una poderosa motivación para el desarrollo de la industria naviera, llegando a construir naves que hicieran fácil el transporte, -y en un tiempo razonable-, de mercancías pesadas y voluminosas desde cualquier punto de los océanos.
Verdad fue que el barco de vela, como el molino de viento y el de agua, si bien estaba a merced del viento y del agua, sería uno de los hallazgos más óptimos e importantes en el uso de la energía eólica de todos los tiempos. Es importante tener presente que las más eficientes fuentes de energía a disposición de las sociedades antiguas, el viento y el agua, solamente podían utilizarse para el transporte por agua. La energía eólica para mover los barcos con velamen se utilizaba ya en Sumer desde el cuarto milenio antes de nuestra era.
Con todo lo dicho bien se puede afirmar que el siglo XV fue la Edad de Oro de la navegación pues gracias a estas naves occidente llegó a dominar los océanos como vías de comunicación y por tres siglos fue la única explosión de creatividad en los largos anales de la práctica marítima occidental. Sin dicha construcción toda la historia heroica como sangrienta que ha venido a darse después hubiera sido imposible. Los avances en la tecnología de las comunicaciones hacen cambiar, revolucionar a las sociedades en forma vertiginosa, bien sea para bien o mal de los hombres. Si Colón enrumbó sus naves hacia estas extensas soledades americanas fueron gracias a esa nuez flotante, esa "Carabela redonda", que hizo posible unificar al mundo como el de establecer el último contacto terrestre entre dos mundo completamente distintos y vertiginosamente antagónicos.



Robert Louis Stevenson


De Robert Louis Stevenson en su libro de poemas titulado "De Vuelta al Mar", son los versos con que termino este escrito:
"...Oh, volver a navegar y surcar mares,/ y oír el llanto de las jarcias, crujir de cuadernas al estirarse,/ y ver la grímpola a sotavento ondeando...
...Pues hacia la muerte zarpamos;/ y es la muerte quien envía galernas/ y quien sujeta el timón cuando navegamos./ !Pues reina es de todas las cosas/ en la turbonada y la tempestad, e impera en el océano violento y vasto!.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Democracia paso a paso

David De los Reyes



Queremos realizar una reflexión en torno a lo que podemos llamar democracia paso a paso, la cual tiene como factor primordial la capacidad de emprender proyectos sociales a partir de planes que impliquen la valorización, experimentación y comprensión de los éxitos y errores propuestos por los representantes y el ciudadano organizado en la construcción de la convivencia y la tolerancia común, evitando que se constituyan estructuras sociales que pretenda ser unilaterales, dogmáticas, cuasi eternas y que dependanpara su supervivencia el estar arraigadas a un proyecto utópico e ideológico fundamentalista. Para ello hemos tomado e inspirado en el conocimiento social del filósofo austriaco-inglés Karl Popper, que ha sido un faro de luz ante el establecimiento del oscurantismo de las sociedades cerradas o totalitarias.
La democracia del paso a paso combinada con el análisis crítico, es la principal manera de obtener resultados prácticos, tanto en el campo de las ciencias sociales como en el de la naturaleza. Comprendido que el progreso no es una ley y que la historia no tiene leyes, sólo podemos comprender que esa actitud de querer ir hacia un estado mejor y más feliz sólo podemos mantenerlo como una tendencia que se ha anclado dentro del conjunto de una sociedad, sabiendo que la sociedad nunca se mueve como un todo, de forma holística, sino que hay subsistemas y fuerzas independientes e insurgentes que llevan a dar determinados movimientos sucesivos según los fines a que se dirijan tales fuerzas instauradas como tendencias. Tal condición democrática del paso a paso comprende que toda teoría y normas deben presentar una doble condición, claridad y factibilidad es decir, comprobabilidad de su requerimiento y existencia. Es por ello que solicita una actitud activista hacia el orden social y si nos encontramos insatisfechos ante el orden social o económico existente la mayoría de las veces es porque no se entiende su funcionamiento y por ello la actitud activa requiere información y comprensión para poder actuar debidamente y no empeorar con su acción la situación.
Una de las posturas o principios de esta concepción democrática se basa en señalar lo que no es posible lograr ante nuestra realidad. Sólo podemos lograr tales cambios a partir de determinados efectos concomitantes a nuestra acción y perspectiva. Los ejemplos pueden ser varios. Como el de mantener precios fijos de los insumos agrícolas y al mismo tiempo considerar que eso bajará el costo de la vida. O hacer una revolución sin causar una reacción. O construir una máquina sin pensar en su accidente. O intentar hacer una reforma política sin la presencia vigorosa de fuerzas opositoras para que se plantee un mayor alcance de la reforma. Y a mayor poder político más factibilidad de usarlo mal y no con ello mejorar la vida social de los individuos.






Esta democracia del paso a paso tiene como tarea en sus dirigentes en diseñar instituciones sociales, o reconstruir y administrar, (mejorar), las existentes. Y esto es una exigencia para todas las instituciones, sean de orden privadas o públicas. Y comprende que las instituciones pocas han sido las que han sido diseñadas a ex profeso y que la mayoría se han ido estableciendo como resultado de las necesidades y de las acciones humanas no diseñadas. Vistas así las instituciones son consideradas desde un punto de vista funcional e instrumental; son medios para lograr determinados fines en cuanto que cada una de ellas tiene determinados fines por las que vienen a justificar su existencia para el buen orden social.
Esta concepción no se propone a rediseñar la totalidad de la sociedad, propia de una concepción utópica. Sus pretensiones son menores pero más seguras; no cree en los métodos que impliquen cambios a toda la sociedad en su conjunto. Sus fines de cambio están sujetos a lograr pequeños ajustes y reajustes que pueden irse mejorando paulatinamente pero de manera constante. Si encontramos que sus fines pueden llevar a enriquecer a determinados grupos o individuos igualmente pueden estar encaminados a mejorar la acumulación de riqueza y poder por ciertos otros, como también la protección de ciertos derechos ciudadanos.
Se plantea que sus conocimientos no tienen certeza hasta no ponerlos en juego ante las fuerzas sociales existentes. Sus conocimientos se consolidan a través del aprendizaje que se pueda sacar de los errores cometidos, ello hace que tenga el cuidado de sus propuestas y emprender una tarea que mantenga atención a los resultados que se esperaban con los resultados obtenidos en la realidad para así detectar tendencias indeseables e inevitables; esto constituye la materia para emprender las complejas reformas requeridas, conociendo en todo momento lo que se hace y lo que se espera de la acción acometida. Para mejorar a la sociedad no hay que remodelarla toda. Es un método de curso moderado y no uno tempestivo. Más que plantearse la decisión de una reconstrucción completa de la sociedad el político que acomete una acción del paso a paso, tiene una postura abierta en cuanto al alcance de la reforma propuesta; más que una ampulosatrascendencia política postula una limitada creación en busca de resultados, comprende que la condición social humana debe integrar la incertidumbre del factor humano que puede llevar a cauces no pensados de antemano; la condición utópica siempre pretende un control absoluto del factor humano por medios institucionales, en nuestro país (Venezuela), lo hemos podido notar a través de las distintas leyes que tienen como único fin el control de las libertades civiles y de la incertidumbre que puede molestar al pensamiento absoluto y trascendente de la visión holística del oficialismo, implicando para ello la transformación del hombre mismo a través de planes doctrinarios como los de un hombre nuevo; moldear conductas para que se adapten a esta sociedad dirigida unilateral y militarmente, de ello pareciera determinar el éxito o fracaso social, los impulsos humanos deben estar organizados como en un hormiguero pero humano, es decir, en una  sociedad totalitaria. Siempre nos dirán que un elemento determinante de todo problema político revolucionario consiste en cómo se debe organizar los impulsos humanos para que pueda dirigirse esa energía hacia puntos estratégicos apropiados.



la-erotica-de-la-cultura
Foto de Cristobal Manuel: Desnudo en Haiti.
(Publicada en el diario El País)


La democracia paso a paso está basada en la experimentación, como lo es desde un proyecto comunitario de una planta de tratamiento de agua o en el establecer una nueva tienda de víveres por parte de un comerciante. Toda acción pública puede observarse y plantearse como un experimento social en la medida que vienen a plantear problemas que pueden conducir al mejoramiento de la calidad de vida de las personas y espacios implicados, y que tales mejoras puedan persistir y sostenerse en el tiempo de existencia social a través de cambios y mejoras, internamente esta opción está alimentada por medio de un pensamiento crítico y en la experimentación. Esto implica aprender de nuestras equivocaciones y reconocer los errores cometidos y utilizarlos críticamente para no preservarlos de forma dogmática. Tal método político supone una condición cognoscitiva cuanto más libre y conscientemente estemos dispuestos a arriesgar en un intento, y para ello se exige una actitud crítica que quiere decir estar alerta a los errores que se cometan para ampliar nuestro campo de experiencia y conocimientos. Es un método político experimental donde en todo momento teoría y práctica están siendo puestos al día por medio de la permanente observación de los resultados y sus consecuencias. No es un método para ampliar el poder político sino tener el político poder de resolver los problemas de la forma más eficiente y real. Intento y error, son las directrices de esta concepción democrática del paso a paso. No es una política de los oídos sordos y de la acallamiento crítico de las personas sino la apertura al reconocimiento, al aprendizaje de los errores, al cuestionamiento de todo dogmatismo, a la amplitud de miras y de la escucha ciudadana en función de la mejor vida social tanto pública como privada. Es lo propio de una política para el desarrollo de una sociedad inteligente, la cualconsiste en saber dar respuestas cónsonas a los problemas insoslayables para la convivencia. Lo propio de una sociedad de individuos inteligentes se distingue en la capacidad de modificar el comportamiento propio para que se ajuste lo mejor posible a los propios intereses tanto de esa sociedad como de sus integrantes. Lo contrario a una sociedad inteligente basada en la experimentación de hipótesis sociales puestas en prácticas estaría la de una sociedad dogmática, la cual es propia de una visión única, holística y utópica, donde se pretenden eliminar las diferencias individuales, controlarlas y esteriotipar intereses y creencias mediante una educación ideológica y una propaganda. Es aquella una sociedad del fracaso, la cual requiere el control casi absoluto de las opiniones y de los medios de comunicación y de educación para el enceguecimiento colectivo. Una sociedad dogmática tiene como fin destruir el conocimiento, pues a mayor ganancia de poder totalizador más grande es la pérdida de conocimiento social real. Una sociedad inteligente vendrá a dar la cara de forma concreta a los problemas de injusticia y explotación, irá contra el sufrimiento y la violencia evitable, como lo es la pobreza y el desempleo. Es lo contrario a establecer como condición para la resolución de dichos problemas el establecimiento de un proyecto ideal (sea el fascismo socialista o el comunismo totalitario o las democracias populares).
Esta sociedad democrática de la experimentación paso a paso conoce que su éxito o fracaso tiene como necesidad constitutiva la valorización del juicio permanente y crítico de las políticas públicas aplicadas y no establecerse y estancarse en una razón de estado abstracta que sólo tiene como fin la ignorancia a medida que se redunde en la acumulación del poder y en la supresión crítica.


De la sociedad por el Estado a la Sociedad contra el Estado.
 David De los Reyes





Hobbes y los teóricos del contractualimo jurídico identificaron la sociedad con el Estado. Ellos suponen una etapa inicial del Estado, el estadio de la leyes naturales, donde los individuos vivían sin lazos mutuos permanentes y por esas condiciones inhóspitas debían dirigirse a constituir una especie de pacto o contrato con lo cual se enarbolaba la existencia de un gobierno y del Estado, donde se instaurace una relación de orden-obediencia. Estado y sociedad son paridos al mismo tiempo y en el mismo acto. Hobbes se distinguirá de los filósofos antiguos, como Platón y Aristóteles, que iniciaron un ramaje distinto a él. Ellos no admitieron ningún contrato en el origen de la sociedad, ven en ella una realidad consustancial al hombre (como el lenguaje), admiten la existencia de asociaciones imperfectas y previas al Estado.: familia, clan, tribu, las cuales deben desembocar irremediablemente, en la organización estatal. Rousseau ya se lo había reclamado a Hobbes al decir: "¿Quién puede haber pensado sin estremecerse el sistema insensato de la guerra natural de cada uno contra todos?... He ahí, hasta donde el deseo o más bien el furor de establecer el despotismo y la obediencia pasiva han conducido a uno de los más bellos genios que hayan existido".


Thomas Hobbes



Si Hobbes nos ha hecho un cuadro tan negro del Estado cristiano occidental del siglo XVII fue para hacer creer a los hombres que sólo se puede vivir en paz bajo la dominación de un amo y mostrar que la servidumbre es aún preferible a una guerra sin fin. Pareciera que la reciente -y no tan reciente- historia de Europa contemporánea aún justificara esa sentencia.
Pero ¿qué nos va a demostrar Clastres (La Sociedad contra el Estado: 1978:12) en su estudió de las sociedades primitivas latinoamericanas? En primer lugar que la sociedad primitiva es una sociedad sin gobierno y sin Estado. Decir eso no es nada nuevo. Referente a las sociedades salvajes o primitivas como sociedades sin Estado lo habían observado antropólogos y sociólogos positivistas como Herbert Spencer, quien dijo que en las tribus primitivas que viven aisladas y pacíficamente no tienen nada que pueda compararse a lo que los occidentales llamamos como gobierno. Pero estos investigadores no pueden dejar de ver en dichas sociedad primitivas en tanto forma rudimentaria de la sociedad humana, destinada a desarrollarse y a perfeccionar sus instituciones hasta dar con la sociedad estatal. Así "el Estado., junto con el progreso técnico, la economía de acumulación, la escritura, la división de clases, etc., son logros que la evolución proporciona a la sociedad humana y a los que necesariamente ésta se encamina", (Cappelletti: Estado y Poder Político:1994). Todo teórico que arrastre la creencia simplista de la concepción evolucionista de la sociedad la concibe en tanto sociedad de clases junto al estado, éste como resultado del desarrollo necesario de la humanidad. Clastres rechazó la idea de evolución para caracterizar a las sociedades primitivas en relación a otras sociedades o civilizaciones. Si bien comprende el salto de una con la otra como cualitativo ello no quiere decir que sea hacia arriba y hacia adelante.




Pierre Clastres


El que en los pueblos primitivos, en que existe una ley natural y no acobije en su seno a un estado, no quiere decir que dichas sociedades carezcan de poder político. El poder político es un ejercicio carente de autoridad, de la relación mando/obediencia. ¿Quién representa ese poder? El jefe de la tribu, el cual no se presenta como el soberano que manda y el pueblo no es visto como una masa que obedece. Exceptuando a los incas, mayas y aztecas, en Sudamérica no encontramos ninguna idea de subordinación y obediencia. Los primeros misioneros europeos que llegaron a América calificaron a los pueblos con que se toparon como pueblos sin ley, sin fe y sin rey. La segunda camada de colonos ya establecieron los espectros de la jerarquía real: entonces verían ya duques, condes, reyes, y demás comitiva real (Clastres: 1973:14). La postura con que Clastres describe al jefe de las tribus nativas no tiene nada de semejante ante el horror que inspira el soberano a sus súbditos, del miedo y del autoritarismo implícito de la condición hobbesiana del estado. El soberano -que no es tal- de estas tribus tenía las siguientes características: 1.- son hacedores de paz y representan la instancia moderadora del grupo. 2.- son hombres generosos, obligados por su rango a satisfacer las demandas continuas de sus administrados. 3.- son buenos oradores y su oficio es la palabra. El principio de coerción es aceptado únicamente en tiempos donde se presente algún peligro exterior a la tribu. En guerra, el poder del jefe es absoluto; en paz, pierde toda autoridad coercitiva al restablecer las relaciones cotidianas de la tribu consigo misma. El poder normal se expresa en el consenso y no en el autoritarismo, en el permanecer dentro de un ámbito pacífico y no bélico. El jefe tiene por oficio ser arbitro de paz y no juez que reprende; mantener la armonía del grupo que lo logra por su prestigio personal junto al poder de la elocuencia y no por la fuerza. Otra de sus características es mostrar generosidad, presenta una actitud dadivosa con su tribu, lo cual constituye una especie de servidumbre: es un jefe-servidor. Esta condición del guía los miembros de la tribu lo interpretan como un derecho al pillaje sobre los bienes del jefe; si éste no lo permite pronto quedará reducido su prestigio, su poder. De esta manera encontramos que la concepción de Hobbes se cae en tanto modelo universal de estado contractual. No tanto para nuestro presente sino para el momento en que Hobbes escribió su Leviatan y proponía el paralelismo entre sociedad y Estado. No hay una razón de Estado igual para todos los grupos humanos como no hay una concepción del poder político coercitivo en toda formación social humana. Seguramente que pensar el poder político como coercitivo puede ser tomado como un prejuicio etnocentrista. Si bien el poder existe no puede ser entendido como término unívoco e inequívoco; se puede hablar más bien de una polivalencia de significados y sentidos en el ejercicio del poder. Si bien en Clastres encontramos que no se atreve a afirmar la existencia del modelo del Estado como un arquetipo constante dentro de la estructura social humana, sí llega a afirmar que lo universal en el hombre es el poder político. El poder es inmanente a lo social pero que bien puede esgrimirse en dos formas: coercitivo o no. La forma coercitiva, sustentada con la relación de orden-obediencia, no puede mantenerse como el modelo único y arquetípico verdadero; es uno más, una posibilidad, un caso particular, una expresión y realización real para algunas culturas (la occidental) pero no la única. Por ello no se puede mantener la concepción evolucionista y del salto entre sociedad natural y estado. No funciona en todas las organizaciones estatales. Lo único que llegamos a comprender es la existencia de lo político, el cual es algo inherente a la condición social humana aún en tanto ser -si cabe llamar- natural. A pesar de todo ello subsiste en muchos teóricos el prejuicio de que dichas sociedades viven dentro de una experiencia dolorosa, de carencia por faltarle el Estado. Sabemos de todos los teóricos que han arrastrado ese prejuicio etnocentrista. Clastres se mantiene libre de ese peso: su estudio de la sociedad primitiva la presenta como una estructura original que al incurrir en su estudio de las sociedades naturales hay que guardarse de nombrarla bajo cualquier embrión de sociedad civilizada. Ella surge del inconsciente colectivo de los pueblos naturales, donde la ley natural no necesita del salto a la ley civil hobbesiana y el reino del terror real, de la coerción y la autoridad; sociedades que no necesitan de un Estado que manifieste el poder en tanto monopolio del uso legítimo de la violencia (Max Weber). Clastres ha dicho que la verdad y el ser del poder consisten en la violencia y no puede pensarse el poder sin su predicado, la violencia (1973:11). El antropólogo norteamericano Marvin Harris(1993:5) también llegó a la misma conclusión en sus estudios: realmente ha podido existir una humanidad sin gobernantes y gobernados. Es lo contrario a lo que creen todos los fundadores de la ciencia política. Sus afirmaciones lo llevan a contrastarlas con las de Hobbes mismo que sostenía la creencia de una inclinación general en todo el género humano, "un perpetuo y desazonador deseo de poder por el poder". Dejando a la vida anterior a la existencia del Estado en estado de guerra perenne, "guerra de todos contra todos", donde la vida era solitaria, pobre, sórdida, bestial y breve. El hecho es que no sólo en la prehistoria sino aún en distintas bandas o aldeas que subsisten aún encontramos que manejan bien sus vidas sin un jefe supremo, todopoderoso, leviatánico Rey Dios Mortal de Inglaterra al que siempre se dirigió Hobbes para mantener la ley y el orden de los díscolos compatriotas cristianos. En estas sociedades latinoamericanas pequeñas, contra el Estado, la reciprocidad y la cooperación es la banca constante. "El poder político, como coerción o como violencia, es la marca de las sociedades históricas, vale decir, sociedades que llevan en sí la causa de la innovación, del cambio, de la historicidad" (Clastres 1973:22).




Bibliografía:
Clastres, P. 1973: La sociedad contra el Estado. Ed. Monte Avila, Carcas.
Harris, M. 1993: Caníbales y Reyes. Salvat Ed. Madrid.
Hobbes, T. 1989: Leviatan. Ed. Alianza, Barcelona.
Cappelletti, A. 1994: Estado y poder político. Ed. ULA. Mérida.