viernes, 1 de octubre de 2010

MENTIRA Y POLÍTICA

Carlos Blank


El elogio de la mentira
La primera sensación que nos invade cuando nos adentramos en el tema que nos ocupa, la mentira en general y la mentira política en particular, es su fina imbricación con prácticamente todos los temas relacionados con la experiencia humana e incluso con la propia evolución de la vida en este diminuto planeta. La otra sensación, es la de que la mentira, con su amplio abanico de sinónimos, casi contradice la simplista posición moral que prohíbe la mentira y recomienda decir siempre la verdad, salvo en algunas contadas excepciones. Cuando advertimos la presencia de la mentira y su utilidad práctica en una amplísima gama de campos, “casi” nos sentimos tentados a invertir la regla y recomendar todo lo contrario: el uso generalizado de la mentira, salvo en algunas “honrosas” excepciones en las que es recomendable, incluso inevitable, decir la verdad. Que no lo hagamos depende de ese sentimiento de rechazo ante la mentira y esa sensación de reprobación que todos hemos experimentado alguna vez cuando nos hemos dado cuenta de haber sido engañados, defraudados o estafados.
Pero de dónde surge esa experiencia universal de rechazo a la mentira cuando somos victimas de ella. Más bien, el extendido uso de la mentira hace que nos planteemos, con Nietzsche, “que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad” y que nos preguntemos, siguiendo la inmejorable expresión de Wilde, de dónde surge esa “facultad morbosa y malsana a decir la verdad”. Si vamos a comenzar a decir verdades, quizás debamos empezar por reconocer, al margen de consideraciones morales o religiosas frecuentes, el papel marginal y precario de la verdad en los asuntos humanos, dándole a la mentira el sitial de “honor” que se merece y disolviendo el aparente carácter contradictorio de “la noble mentira”, aunque subsista el dilema moral.

Como señalábamos al comienzo, la evolución de la vida en este diminuto planeta no hubiese sido posible, entre otras cosas, sin mentiras, esto es, sin la presencia de estrategias de engaño y simulación a partir de los eslabones inferiores de la cadena. Tómese, por ejemplo, el camuflaje de muchas especies animales que le sirven de protección frente a la amenaza de otros predadores o para engañar a sus presas. Ni que hablar de esos complejos rituales amorosos o de apareamiento que despliegan los machos para lograr el favor de la hembra, mientras ella observa con su “aparente” indiferencia o distancia. Disimular nuestras debilidades y simular o exagerar nuestras virtudes es esencial en la lucha por la sobrevivencia de las especies. De allí seguramente el dicho de que en “la guerra y en el amor todo está permitido” Y la especie humana no es la excepción.


Desde las más tempranas etapas de su desarrollo el niño va adquiriendo una serie de destrezas y competencias que le sirven para obtener el afecto y la protección sin los que simplemente no podría sobrevivir. También el niño comienza a utilizar estrategias en las que disimula o trata de esconder sus defectos y simula o exagera sus virtudes, para ganarse el afecto o reconocimiento de sus padres o amigos. Como se sabe, los juegos y los deportes desempeñan un papel indispensable en la socialización del individuo y en la formación de su propia conciencia, en la medida en que estas actividades suponen precisamente destrezas de simulación y disimulación, de fingimiento. Algunos autores, como G.H.Mead y Piaget, han destacado la importancia que tienen estas destrezas de simulación y disimulación en el desarrollo de la inteligencia humana. Entre otras razones porque ello supone la invención de una realidad inexistente, la capacidad de ponernos en el lugar de otra persona u otro grupo en particular, proceso denominado de descentración y que es indispensable para el desarrollo de la propia conciencia individual; y, por último, la capacidad de diferir nuestros impulsos o de controlar nuestras emociones. Esa capacidad de fingimiento es un rasgo inequívoco de inteligencia, como la del animal que se hace el muerto –“la mosquita muerta”- o la del niño que es capaz de disimular su decepción ante un regalo y pone cara de alegría.

George Simmel

En el plano sociológico ha sido Simmel el primero en reconocer de modo explícito el papel que desempeña la reserva, el secreto y, finalmente, la mentira, para el desenvolvimiento de la interacción humana en las sociedades complejas y modernas. Para él ese velo de ignorancia y de misterio que encontramos en toda relación humana, y que es típico de la vida urbana, es también la que hace posible la existencia de la libertad humana y nos preserva de caer en la locura, evita la posible saturación del sistema nervioso por la excesiva exposición a la multiplicidad de estímulos externos. La existencia del secreto y de la reserva constituye una de las más importantes invenciones de la humanidad.
Otro sociólogo que ha destacado la importancia de este aspecto ha sido Goffman. Para el destacado sociólogo norteamericano, toda interacción humana puede ser vista como una suerte de representación teatral, en la que usamos diversas máscaras y tratamos de mantener diversa fachadas, ocultando toda aquella información que pondría en peligro el éxito de nuestra representación y le restaría credibilidad o verosimilitud. Como el buen actor de oficio, el actor social debe convencer a un auditorio de su actuación, debe realizar una actuación convincente, sin olvidar del todo que se trata solamente de eso, de una representación o de un papel. Sin esta capacidad de desdoblamiento entre la persona y los diversos roles que desempeña en la vida social, el funcionamiento de la sociedad sería imposible. Será un sociólogo francés, Baudrillard, quien denunciará la simulación y el simulacro como la materia prima de la que está hecha la vida moderna, en la medida en que los medios de comunicación se han convertido en la fuente privilegiada de información.
Es harto conocido que los buenos modales tienen gran dosis de hipocresía y desconfianza mutua. En ningún lugar se hace esto más evidente que en la diplomacia internacional, a tal punto que el “lenguaje diplomático” denota una suerte de hablar sin decir nada, de lenguaje cantinflérico, que nos protege de compromisos indeseables o de la exposición innecesaria ante los demás. No hay que olvidar que todo extranjero es un enemigo potencial, de allí la necesidad de manejarse con la mayor discreción posible.
Sin embargo, es en el plano del arte y de la literatura donde la mentira y el engaño han adquirido su mayor relevancia y conveniencia. Platón y Wilde coincidirían en que la imitación de la naturaleza y la vida es el certificado de defunción del verdadero Arte. La paradójica tesis de Wilde es que la naturaleza y la vida imitan al arte, la belleza entra en el mundo a través del Arte. Podemos reconocer la belleza de un atardecer porque podemos expresar los versos del poeta sobre la belleza del atardecer, porque, en definitiva, podemos reconocer formas bellas que el arte nos proporciona.
En suma, la mentira está estrechamente vinculada con la inteligencia y la creatividad, aunque solo sea porque la verdad es única y simple, mientras que la mentira es múltiple y compleja. Lo dicho hasta aquí no debe ocultarnos el hecho de que la verdad tiene una superioridad moral sobre la mentira, que la mentira puede y debe ser desenmascarada tantas veces como sea posible, que debemos conservar una actitud de sospecha ante aquellas mentiras que pasan peligrosamente como verdades. Hay un plano de la realidad en el que la recomendación de la mentira puede parecer particularmente inmoral y funesto: la vida política. Esto nos coloca de lleno en el campo de la mentira política y de la “noble mentira”, que analizaremos a continuación.

La “noble mentira” en Platón.
La idea de que la inteligencia está íntimamente ligada a la capacidad de engañar y de mentir deliberadamente aparece en múltiples tradiciones. La serpiente del paraíso que convence a Eva para que coma el fruto prohibido, el mito de Sísifo que engaña a la muerte o el de Prometeo que es capaz de robar el fuego sagrado, aunque en ninguno de estos relatos haya un final feliz. Platón analiza esta tradición en su Hipias Menor y reconoce mayor admiración por la astuta figura de Ulises que por la simple valentía de Aquiles. A menudo se requiere mayor coraje para mentir que para decir la verdad. También muchas veces es preferible, incluso necesario, mentir en lugar de decir la verdad. Podemos enumerar las siguientes, recogidas por Platón en La República y por el General Jenofonte en su Memorabilia: el engaño en el curso de la guerra, el sometimiento del enemigo y el robo de sus bienes, el engaño a la propia tropa para infundirle valor, el engaño al niño que no quiere tomarse su medicina o no devolver lo que le pertenece al amigo que ha perdido la razón pues puede perjudicarle. En última instancia es justo perjudicar al enemigo y beneficiar al amigo, aunque para ello debamos hacer uso deliberado del engaño y de la mentira. En las complejas situaciones del mundo real puede ocurrir que sea correcto hacer lo incorrecto, que sea justo hacer lo injusto y que decir la verdad sea injusto. En todo caso será nuestra recta intención la que nos libere de toda culpa o error.
Sin duda uno de los pasajes más controversiales de La República, y que ha dado pie a las más variadas interpretaciones, es aquel en el cual se recomienda que los gobernantes hagan uso de la “noble mentira”, y solo ellos, para conservar la unidad de la ciudad-estado, de la polis. Después de reconocer que la mentira solo puede ser útil a los hombres y no a los dioses, señala:
“Si a alguien le es lícito faltar a la verdad será únicamente a los que gobiernan la ciudad, autorizados para hacerlo con respecto a sus enemigos y sus conciudadanos. Nadie más podrá hacerlo. El que un particular engañase a los gobernantes lo consideraríamos como una falta mayor que la pueden cometer el enfermo que miente a su médico o el educando que no dice la verdad a su maestro en relación con el estado de su cuerpo, o incluso el que no manifiesta al piloto cómo se encuentra la nave y la tripulación, y tanto él mismo como sus compañeros de travesía”
(La República 389a)
La primera pregunta que surge es cómo se compagina esta tesis con el resto de la concepción del gobierno de la ciudad planeada por Platón. Como se sabe esta ciudad debía ser gobernada por el filósofo-rey, solo cuando coincidieran en una sola persona el filosofo y el gobernante se pondrían fin a los males que aquejan a la humanidad. Para algunos esta afirmación debe ser entendida como un reconocimiento de una imposibilidad, de la existencia misma de un gobierno orientado por una genuina bondad y sabiduría, y hay pasajes en los que señala que dicho gobierno solo es posible en un cielo de ideas perfectas, como una suerte de modelo divino que es imposible reproducir en el mundo humano. De hecho, convertir al filósofo en rey es la primera dificultad a la cual se enfrenta nuestro alado filósofo, hacer retornar voluntariamente al filósofo a la caverna sin ser despedazado por sus moradores y sin seguir el destino trágico de Sócrates. Cómo es posible hacer que se interese por el gobierno alguien que está más allá de las mezquindades y pequeñeces humanas, alguien que carece de ambición alguna de poder, de fama u honor, mucho menos de riqueza y de los placeres materiales asociados a ella, y que por todo ello es precisamente la persona más capacitada para gobernar. Cómo alguien que ama la contemplación de la verdad por encima de todo y por eso mismo odia la mentira y el engaño por encima de todas las cosas puede siquiera pensar en la posibilidad de mentir y engañar a otros. Cómo combinar en una sola persona el amor por la verdad y la conveniencia de la mentira. ¿No claudica acaso el filósofo de su más caro anhelo y deseo?
Es precisamente aquí donde se requiere el uso inicial de la noble mentira. Para poder convencerlo de gobernar debemos echar mano de los más finos recursos retóricos y sofísticos, esos mismos recursos que Platón criticaba en los sofistas, los poetas, los oradores y los demagogos, pero que el no duda en utilizar para favorecer sus propias ideas. Una solución insatisfactoria del problema sería la que resultaría de una suerte de cálculo racional que obligase al filósofo a gobernar, pues si no lo harían otro menos capacitados que él. Pero esto no basta, claro. Lo que se requiere es que el filósofo tenga un amor genuino por la ciudad. El genuino gobernante debe cumplir con la exigencia de que su conducta esté determinada en todo momento, y bajo cualquier circunstancia, a defender los intereses de la comunidad y en no hacer nada que esté en contra de esos intereses. En realidad sus intereses y los de la polis deben ser idénticos.
Para lograr este objetivo debemos prohibir todos aquellos relatos de los poetas que puedan sembrar en los individuos, especialmente los niños y los jóvenes, ideas políticamente incorrectas y que puedan sembrar el caos, como aquellos relatos de Homero en los cuales los dioses se compartan de manera lasciva y se querellan entre ellos mismos, utilizando todo tipo de artilugios. El problema con los poetas no está en que mientan, sino en que su mentira es innoble, es decir, no puede derivarse de ella ninguna virtud, ningún bien. Lo otro que hay que expulsar de la ciudad ideal son los poetas que hablan de los terribles castigos del Hades, pues ellos pueden minar el valor de la tropa e inculcar el temor a la muerte, por encima del temor a ser esclavos. En cambio, deben ser permitidos aquellos relatos, aquellas “nobles mentiras” que favorecen la armonía de la ciudad y hacen ver como naturales diferencias sociales o de clases que podrían ser una fuente potencial de conflicto. El “mito de los terrígenos”, el considerarse todos como hermanos de una sola familia sí debe recomendarse pues favorece en cambio el comunismo de la clase superior y el “mito de los metales” favorece a su vez una sociedad de clases, donde cada uno ocupa el lugar que le corresponde, pues así lo han querido los dioses. Así las cosas, es al filósofo-rey, y solo a él, a quien le es permitido mentir, pues solo él puede hacer un buen uso de estas mentiras, para el resto de las personas la mentira debe ser castigada como uno de los peores crímenes contra la ciudad. De hecho, la ciudad platónica puede funcionar correctamente si la mayoría se mantiene al margen de los asuntos políticos.
Sin duda ha sido Popper quien ha hecho del concepto de “noble mentira”- “pseudos gennaios”- una de las claves para la comprensión del verdadero pensamiento político de Platón. Para él esta expresión traduce una visión idealizada del autor y debería traducirse más bien como “mentira señorial”, la cual conserva el sentido original sin la connotación a la cual está asociada la palabra “noble”. Es posiblemente exagerado considerar la “noble mentira” como una formula cínica y descarada de manipulación y propaganda, al más puro estilo göbbeliano, como lo hace Popper. Posiblemente, la intención que animaba a Platón para la recomendación de ciertos mitos estaba provista de las mejores intenciones y estaba orientada a mantener la salud de la ciudad. El problema es que la línea que separa la educación del simple adoctrinamiento, el convencer o persuadir del engañar o mentir, suele ser muy fina y a menudo difícil de diferenciar. Seguramente Platón tenía en mente el modelo del padre que engaña a su hijo para que se tome un remedio o una droga (“farmakon”) que debe ser administrada con cuidado y que en definitiva le va a mejorar su salud, aunque ello introduce, por decir lo menos, una visión claramente paternalista del Estado, en la que los ciudadanos son considerados siempre como menores de edad que no saben lo que les conviene realmente.


Maquiavelo intervenido. Anónimo


El papel de la mentira en la política moderna: de Maquiavelo a Strauss
El problema que plantea el uso de la mentira en política es precisamente este: esta herramienta no siempre está en las manos de los más sabios y bondadosos, sino de personas que solo defienden sus propios intereses políticos o económicos. Lo cual nos lleva al más puro estilo de la mentira política utilizada en la vida moderna.
No es de extrañar que haya sido el primer pensador político moderno, Nicolás Maquiavelo, el que haya recomendado la mentira política sin ningún tipo de reserva o escrúpulo moral, realizando así una clara separación entre la moral y la política, separación que sería impensable en Platón o Aristóteles. Aunque su motivación fuese comprensible y similar a la de Platón, mantener la unidad del Estado, la “virtú” de Maquiavelo tiene poco que ver con la virtud política de Platón y plantea un remedio en el que se combinen la fuerza del león y la astucia del zorro en dosis similares. Todos los recursos que sirvan para mantenerse en el poder son aceptables, incluso el asesinato. Actuar de buena fe en política es simplemente una estupidez y significa exponernos a aquellos que actúan de mala fe. Por lo demás, el engaño se justifica plenamente, pues siempre la mayoría está dispuesta a ser engañada, “quien engaña encontrará siempre quien se deje engañar”, en lo cual no deja de faltarle la razón. La mayor aliada de la mentira y el engaño es la credulidad, esa disposición natural a “tragarnos ruedas de molino”, como dice la expresión popular. De allí el poder alucinógeno y narcótico de toda ideología, la fascinación que ejercen determinadas creencias en el imaginario colectivo. Hasta un claro defensor del despotismo ilustrado y enemigo del maquiavelismo, Federico “El Grande”, el rey- filosofo, reconocía necesario mentir dada la simplicidad del pueblo y su precaria ilustración. 


Kant Ilustrado


En cambio, para el gran filósofo de la Ilustración alemana, Emanuel Kant, la norma de “no mentir” no podía tener ninguna excepción, ni siquiera por motivos de benevolencia, como el de querer salvar la vida de un amigo. Como toda norma moral, debe ser universalizable para poder convertirse en imperativo categórico, debe aplicarse siempre, sin tomar en cuenta circunstancias o consecuencias particulares. El punto más opuesto al de Kant es el de Nietzsche, para quien las personas no se interesan realmente en la verdad, sino solamente en las consecuencias de ella que les acarrean bienestar. Las verdades no son más que un puñado de metáforas, “son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son”.

Pero quien en la actualidad ha estado más asociado al uso de la “noble mentira” ha sido un pensador de origen judeoalemán y emigrado a los EE.UU., donde adquiriese su ciudadanía, nos referimos a Leo Strauss. Para Strauss la crisis del pensamiento occidental obedece a la ola liberal que domina la sociedad moderna y a la falta de comprensión de los verdaderos resortes que mueven la vida política. Para tener una cabal comprensión de los verdaderos resortes del poder es necesario volver a la comprensión de lo político que tenían los antiguos. Para ello es necesario entender el verdadero pensamiento en clave de grandes pensadores como Platón o Aristóteles. Estos habían comprendido que la vida política está firmemente enraizada en la naturaleza humana y advirtieron las claras amenazas que se cernían en contra del orden social si este orden no estaba fundamentado en ella. Contrariamente, la mentalidad política moderna, con Hobbes y Locke a la cabeza, funda el orden social contra la naturaleza, y pretende crear un orden social artificial basado en la razón, en las demandas de mayor libertad e igualdad. Al perder esa base natural, el liberalismo ha tendido hacia una visión marcadamente secular del mundo y relativista de la vida, lo que en definitiva ha llevado a una suerte de nihilismo moral. Se requiere de una revolución moral del individuo y de la sociedad, de la recuperación de eso valores éticos inherentes a la polis.
Este retorno a los valores éticos de la Antigüedad debe entenderse como una impostura. Los antiguos sabían que estos valores eran un engaño, la justicia por ejemplo, pero un engaño necesario. Por ello es indispensable la labor subterránea del filósofo. En el fondo, el filósofo sabe que no hay certezas últimas y es capaz de enfrentar la verdad desnuda. Verdades como que no hay Dios, que el hombre o la humanidad carecen de importancia para la naturaleza, que el bien y el mal no existen o que la creencia en otra vida no pasa de ser una bonita fábula. El verdadero filósofo no necesita de esas mentiras consoladoras y puede soportar una alta dosis de verdad, pero la gran mayoría necesita que se le digan mentiras, “mentiras nobles” desde luego, para conferirle sentido y seguridad a sus vidas. Así el filósofo que no cree en mitos nacionales ni en la verdad de ninguna religión, debe hacer uso de esas “nobles mentiras” para mantener la unidad del rebaño y para poder ser conducidos dócilmente por una élite dominante. Hay que mantener el mito de la democracia vivo, porque al pueblo no puede decírsele la verdad: que toda relación humana es una relación de subordinación, una relación de amos y esclavos, de sabios gobernantes y de vulgo ignorante.


Alexandre Kojeve


Strauss compartía con Kojève que la realización de las ideas liberales llevaría eventualmente al fin del hombre, a la pérdida de la verdadera naturaleza del hombre, a un tipo de sociedad puramente hedonista, en fin, a la animalización del hombre. Contrariamente a él, y a su discípulo, Fukuyama, pensaba que ese fin estaba bastante lejos y desconfiaba por igual de toda forma de sociedad global o de gobierno global. Pero para evitar el advenimiento del último hombre es indispensable mantener viva la diferenciación natural entre amigos y enemigos, entre bien y mal, diferenciación que estaba en la base de su antiguo mentor, Carl Schmidt. Solo mediante la expectativa de una amenaza permanente, de la presencia permanente del temor a la muerte, puede vencer el hombre su naturaleza indolente o perezosa, su natural inclinación a la comodidad o al relajamiento moral que ha estimulado el liberalismo moderno. El nacionalismo y la religión son los mecanismos más poderosos para mantener esta amenaza de modo permanente.
Si para Popper el engaño y la manipulación de las masas es un elemento inseparable de un sistema totalitario o de una sociedad cerrada, para Strauss ellos son indispensables también en los regímenes democráticos modernos o sociedades abiertas, pues son utilizados para moldear a la “opinión publica”. Hannah Arendt llegará a una conclusión similar.


Allan Bloom


No es extraño entonces que hoy en día se haya visto a Leo Strauss, aunque haya muerto en 1972, como uno de los pensadores más influyentes en la renovación del pensamiento conservador en los EEUU., lo que se conoce como neo-conservadurismo o también leoconservadurismo. Es indudable que muchos de los intelectuales republicanos que han ejercido importantes funciones en la administración republicana de Reagan y de los Bush, han sido alumnos de Leo Strauss o han sido alumnos de Allan Bloom, un influyente alumno de él. Muchos de los que estuvieron involucrados en la invasión de Iraq reconocen explícitamente su influencia y el haberse visto en la necesidad de mentir, de inventar la existencia de armas de destrucción masiva, para que la opinión pública apoyase la invasión. Se ha llegado a afirmar que los ataques del 11 de Septiembre fueron realizados con el consentimiento del gobierno de los EEUU, para así poder mantener su dominio global en el mundo y apoderase de los recursos naturales de las naciones comprometidas, según el gobierno americano, en acciones terroristas.
Es posible que la interpretación poppereana de Platón como un protofascista sea tan forzada como la interpretación de Strauss como ideólogo de los desmanes del ala ultraconservadora de Washington y de los halcones del Pentágono. En todo caso, nos gustaría imaginar que de vivir hoy en día Platón hubiese sido posiblemente mucho más cauto a la hora de recomendar el uso de la “noble mentira”, al presenciar el uso tan innoble que con tanta facilidad puede hacerse de ella. Y que posiblemente Strauss también.


"Todos Mienten": Dr. House