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miércoles, 1 de enero de 2014

Schopenhauer o las máscaras 

de  la felicidad y del dolor

David De los Reyes


Priya Link


El hombre se extravía de la verdad cuando
busca su satisfacción en cosas externas,
en apariencias y accidentes. Ni en un lejano Dios más
allá del mundo, ni en el estéril pecho de una república de
ese mundo podrá encontrar seguridad…la vida, tal
como la comprende el hombre de este siglo,
es una vanidad, una contradicción, un inevitable dolor.
Schopenhauer.



A modo de introducción
John Gray (2003:42) ha dicho que Schopenhauer ha sido el primer filósofo moderno que emprende una crítica contra el humanismo. Si en el pasado ejerció notable influencia en artistas y pensadores como Friederich Nietzsche, Sigmund Freud, Carl Jung, Thomas Hardi, Joseph Conrad, León Tolstoi, Thomas Mann, Arnold Schoenberg, Thomas Bernard, Jorge Luís Borges entre otros, en la superficialidad y homogeneidad líquida del mundo virtual del homo pantallicus actual (y del futuro inmediato), ha sido relegado casi al olvido por  ir en contra del espíritu progresista de su tiempo y no menos del nuestro. Filósofo crucial en la evolución del pensamiento moderno, forjó una doctrina visionaria no de su presente sino del mundo por venir; su obra sigue siendo desconocida hasta para muchos especialistas; es poco leído, y no menos denostado, la mayoría de las veces. Creador de un cuerpo filosófico que aún sigue vigente para la reflexión del confuso mundo virtual y práctico, superficial y masivo, de hoy. Sus obras más conocidas son El mundo como voluntad y representación, De la voluntad en la naturaleza  y sus póstumas Parerga y Paralipomena  y Suplementos del Mundo. Reconocido parcialmente por su aparente pesimismo, su antisociabilidad y desprecio del sexo femenino, no son los rasgos que  encontramos al intentar descifrar su propuesta filosófica, la cual es mucho más intensa y  diversa para quedar reducida a tales esquematismos. Su concepción del genio y su idea del arte nos muestra los cauces de  una posible liberación de las cargas de dolor y absurdidad de la vida: es una puerta que nos lleva a una vía contemplativa en acción creadora que nos conduce a la renuncia y a al conocimiento de cierto bienestar vital por aceptar esa misma renuncia ante el ruido  del galope desbocado del mundo global. Y como ha referido Savater (Wallace, 1988:12): “¿qué van hacer los profesores con un pensamiento que entristece y no edifica, con un asceta sin contemplaciones con los usos sociales del renunciamiento, con un ilustrado convencido de que en la historia no hay otro lema que eadem, sed, aliter ni otro progreso que el de la consentida alucinación humana sobre su condición y su destino?”[1]. La filosofía de este intratable doctor decimonónico, autodidacta e independiente, célebre y secreto, popular y menospreciado, paso a ser, con sus propias palabras, la religión de los sin religión.  Veamos que quiere decir esta afirmación.  

Menospreciar la idea de emancipación universal del hombre fue una constante en su pensamiento. Siendo un liberal reaccionario, sólo esperaba que el Estado protegiera su vida y su propiedad, algo que sigue siendo un ideal aún hoy. Sospechó de todo movimiento revolucionario y su pluma estuvo muchas veces dirigida en contra de la filosofía oficial prescrita en la obra de Hegel (filosofía para funcionarios ministeriales), el cual fue  visto como un apologista  del poder estatal y del canciller de hierro alemán,  Bismarck.

Amante de las costumbres tradicionales, encontramos que la etapa final de su existencia se deslizó en la ciudad alemana de Francfort.  Su rutina fue invariable. “Se levantaba a eso de las siete, escribía hasta mediodía, tocaba flauta por media hora y luego salía a almorzar (siempre en el mismo sitio). Acto seguido, volvía a sus  aposentos, leía hasta las cuatro e, inmediatamente después, salía a caminar durante dos horas, caminata que acababa siempre en una biblioteca, en la que leía el Times de Londres. Por la noche iba al teatro o a algún concierto, tras lo cual tomaba una cena ligera en un hotel: el Englischer Hof. Se ciñó a este régimen durante casi treinta años” (idem:43). Como se ve, su vida se adaptó a unas rutinarias costumbres, en la que lo imprevisible estaba descartado y, por ende, cualquier molestia que pudiera llevarle a sentir alguna perturbación de su existencia. Vida rutinaria, solitaria, creativa, alejado del ruido de los cambios del mundo, donde el control de ese mundo exterior era certero en función de su voluntad individual y, sobretodo, de su yo personal, concepto del que tanto habló negativamente en sus escritos.

En su obra se encuentra la tesis de que la filosofía de su época estaba dominada por prejuicios cristianos. Si vemos a la cultura protestante se encuentra presente en la mayoría de los autores humanistas de la modernidad ilustrada y romántica alemana.

Será el primer pensador europeo que se acerca al orientalismo filosófico, absorbiendo el núcleo central de ese pensamiento, el cual no es otro que  es un error que oculta lo que somos el considerar que el individuo cristiano es libre y conciente. Esto más el conocimiento del pensamiento escéptico de Hume y Kant le dan el núcleo de su  hacer filosófico.
Kant, al ser el filósofo que más apreciaba, lo influyó, pero hizo con su obra una implacable  acusación  de ser una versión secular del cristianismo. La conclusión a la que llega  parte de entender que la Ilustración no era más que una repetición profana del error central del cristianismo.  Tanto el cristianismo como la modernidad tienen algo en común: la fe; uno en Dios, el otro en la razón, pero no deja de ser un acto de fe, de creencia y dogma,  más que de reflexión y comprensión de que todo no es más que una encarnación de una voluntad universal. En el cristianismo los seres son creador por un ser divino, dotándolos de un libre albedrío; para los  humanistas somos seres autoderminados. Ambas  no dejan de ser, al ojo de Schopenhauer meras ilusiones donde no nos diferenciamos mucho del resto de los animales; nuestra naturaleza más interna no difiere tanto de la de los otros mamíferos. La individualidad es una ilusión, somos producto de una voluntad universal que es expresión de una energía de lucha y sufrimiento que anima todo lo que hay en el mundo.

Con Hume, Schopenhauer terminó siguiendo el consejo del inglés, el cual no era otro que seguir  a los antiguos escépticos  griegos y confiar  en que la naturaleza y la costumbre guíen nuestras vidas, entendiendo en Schopenhauer, claro está, a esa voluntad universal manifiesta en todo lo existente, que al igual que construye también encierra en ella  un devenir de permanente destrucción.

A diferencia de Kant, que intentó apuntalar las creencias convencionales de su época, nuestro pensador hizo todo lo contrario. Al seguir la lógica de Hume y Kant sobre lo incognoscibilidad del mundo, concluye que tanto del mundo, como del sujeto, lo único que se conoce es un permanente ensueño que carece de fundamento real. La moral no es un conjunto de leyes y principios. Es un sentimiento, que termina siendo  el sentido de compasión por el sufrimiento de los otros seres, lo cual es posible gracias al hecho de que los individuos separados son, en última instancia, fantasías. Esto lo lleva a identificar su pensamiento con los Vedas, los Upanishads  y la doctrina del budismo, que a pesar de sus diferencias, confluyen  en que la individualidad  del yo es una ilusión. El conocimiento de estos textos data de 1813, a raíz del encuentro con el orientalista  Friedrich Mayer. De esta manera podemos decir que Schopehauer fue uno de los primeros pensadores occidentales que integró elementos de las filosofías orientales en el centro de sus reflexiones; es un primer intento de reconciliar occidente con oriente. Las visiones de la filosofía hindú pasan a ser capitales para el desarrollo de sus apreciaciones sobre la filosofía de la voluntad  y de la representación del mundo.

Como hemos dicho antes, asume la postura kantiana de la incognoscibilidad de las cosas en sí; sólo los fenómenos es lo que llegamos a rozar con nuestros juicios y percepciones de los mismos. Pero llega más allá, los sujetos también son meras apariencias.

Kant presentó la afirmación  que sólo comprendiéndonos como individuos autónomos  que escogemos nuestra libertad es que podemos comprender nuestra experiencia moral. Schopenhauer  afirma que nunca podremos escoger libremente nuestros modos de vida; estamos sometidos  a nuestras necesidades físicas: que van desde el miedo, el hambre hasta el placer y el sexo, siendo este último  entendido como el fin de casi todos nuestros esfuerzos. Siendo la sexualidad uno de los tormentos permanentes del individuo, del cual es llevado a su búsqueda sin término y  sin tener conciencia que en el fondo es un instinto de reproducción, un mecanismo inteligente de la naturaleza, propio de nuestra voluntad de vivir, que termina determinándolo  todo. Pensar simplemente que al satisfacer nuestro amor sexual podemos alcanzar  nuestra felicidad al estar satisfechos sexualmente, no es más que un espejismo que se fija de forma errónea ante nuestro horizonte. La pasión sexual es el engaño de la voluntad universal para lograr la reproducción; no le importa lo más mínimo el bienestar individual o la autonomía personal. Es una mirada negativa del placer sexual. Nunca llegó a conocer este autor, por lo visto, otro pensamiento oriental que está abocado a comprender y dar un sentido mucho más real a la sexualidad que el de ser solo un instinto reproductor, me refiero al antiguo tantrismo oriental, del cual no queremos referirnos a él por los momentos, sólo hacer referencia[2].

Lo interesante de Schopenhauer es su afirmación de que no hay ninguna cosa separada  de las demás, no hay pluralidad ni diferencia, sólo una lucha incesante de una energía que la distingue como voluntad, una fuerza que impregna y constituye todo. Nos gusta pensar que la razón guía a nuestras vidas, lo cual para este  autor tal facultad no es menos que mera sirvienta de la voluntad. El intelecto no tiene una mirada imparcial del mundo.  La visión del mundo se consustancia  nuestro esfuerzo por vivir.


Priya Link, óleo 

De la Voluntad
El principio fundamental de la vida en Schopenhauer es, como hemos dicho antes, la voluntad. Pero la voluntad no realiza ninguna historia de glorificación, ninguna evolución, hacia lo superior. Lo universal  de la voluntad no es su proceso  hacia  la claridad, sino hacia la oscuridad y el sinsentido de su universalidad. La voluntad, como fuerza o energía que impregna y da forma al mundo,  no  se presenta para reconocer la luz de su entorno sino para  espiar, por el hombre,  el objeto de su deseo. Schopenhauer espera ser redimido del ser.

El mundo, visto así, no puede ser obra  de un ser totalmente bueno. Pero sí obra de un diablo, ya que ha traído a los seres vivos a la existencia para deleitarse con la contemplación de sus padecimientos y tormentos. Despertar significa ir más allá  de la representación que nos hacemos con nuestra relación sensible con el mundo (tocar, oler, degustar ya son representaciones para este autor). Hay otro camino para explorar la esencia del mundo.  El conocimiento para esa filosofía es correr el velo de maya, es decir sacarnos del engaño de la prisión que es la ilusión óptica de nuestra separación  con el todo. Pero el todo es a la vez terrible e insalvable. La esencia del mundo es la voluntad que se expresa por doquier pero ella en la misma medida que nos saca al mundo nos devuelve al corazón de las tinieblas. Solo podemos  llegar a comprender lo que significa la conciencia y el ser por el hecho que no conocemos más que  el mundo de afuera es sólo representación  y la voluntad que sentimos, o experimentamos, gracias a nuestro propio cuerpo. Representación y el en sí en tanto voluntad, son los límites de nuestra experiencia del mundo; fuera de ello no conocemos más nada. El mundo es voluntad. Esta última sin mezclarla, como la hace la tradición, con intencionalidad. Es un movimiento primario u originario, que en el mejor de los casos puede llegar a ser conciencia de sí mismo y entonces, si acaso, podemos introducirle la idea de meta e intencionalidad a la que va dirigida. La esencia primigenia del mundo no es conocimiento sino voluntad, de una voluntad oscura, carente de conocimiento. El conocimiento es secundario y su origen exterior a esta fuerza oscura.

Su visión lo lleva a desconfiar de la razón y de los remedios utilitarios de la Ilustración. Esta realidad destructora  y cruel  no puede   enfrentarse con  la ilusión de una razón crítica y mundana, sino hacer frente de la finitud de la vida más bien mediante la relajación de la voluntad por medio del arte, la filosofía  y en una ascética que en principio pide la negación de la voluntad de vivir. Se nos pide una vida  despojada de ilusiones y que aprenda a vivir sin una suprema confianza con el mundo. Estamos solos y no hay ningún poder que nos proteja ante nada.

Para abordar este camino Schopenhauer comienza con la exploración de la  corporalidad. No es el yo pensante sino el yo corporal el que posee todas las llaves para entrar a la significación  de los misterios interiores del mundo. No se trata de ver el cuerpo como representación sino  conocerlo desde dentro.   Esto no es otra cosa que lo que llamamos voluntad.  Me observo como representación pero en mí mismo soy voluntad: dolor, deseo, placer, las cuales son energías que modifican a nuestro ser desde el propio cuerpo.

Este cuerpo da concreción al individuo, el cual es un punto de cruce entre un querer  y un comprender ser; en ello radica  el punto de encuentro que es el cuerpo y ser  del sujeto. Somos un sujeto que sabe que quiere y que representa las conexiones que surgen de su conexión con el mundo.

Su aparente solipsismo intenso se relaja cuando  comprende que  puede surgir una  metafísica comunidad solidaria a través de la compasión, lo cual adquiere rango de ser en el mundo.  Esta, aunque sea por breves momentos, desarma la guardia de nuestro férreo egoísmo y es el instante en que se llega a comprender que todo lo que está fuera de mí es igualmente voluntad como uno mismo y, por tanto, todos los seres estamos compelidos a experimentar el  mismo sufrimiento  de los dolores y tormentos por los que hemos pasado cada uno. Al sentir compasión  podemos desgarrar el velo de maya que nos impedía salir de la ilusión del mundo y del engaño del principio de individuación.  La compasión no puede predicarse, ha de percibirse y experimentarse en sí mismo. Es una experiencia  no de nuestra conciencia moral sino gracias a nuestra voluntad al colocarnos en empatía con los sufrimientos del otro, aunque sea por unos instantes. Experimentamos dolor y la culpa de la individuación, al saber que no somos sólo nosotros los que sufrimos sino son todos los seres vivos como expresiones diversas de esta voluntad oscura y que nos devuelve al fondo del abismo. “De la compasión  en Schopenhauer no resulta ninguna fe en una superación histórica del dolor” (Safranski, 2000:80). Es una ética de la compasión que tiene de trasfondo una metafísica desconsolada y que aboga por una espontaneidad del sentimiento que quiere reducir la dosis de sufrimiento  vivido. Anima al individuo en dirigirse en contra del sufrimiento pero a la vez le hace comprender que su trabajo es como el de Sísifo, pues no hay ninguna perspectiva posible en el horizonte   de superación del dolor surgido del mismo existir. La filosofía de Schopenhauer es una filosofía del como sí, no de un abstracto deber ser. Y nos conduce a una filosofía de la negación. “Cuando  el sufrimiento del otro deja de ser extraño, cuando experimentamos la unión mística de la compasión, puede que cambie la voluntad del individuo respectivo y se estremezca ante los placeres de la vida” (idem:80). Nos queda cohabitar en la resignación, la renuncia  voluntaria, la verdadera indiferencia y el despojo de la voluntad, adentrándonos en un nirvana metafísico. Esta negación la comprende su metafísica como el verdadero acontecer del ser. Negación de la voluntad, supresión de la voluntad, es un cesar de la voluntad, que deviene en una experiencia mística de la gracia, pero que es completamente distinta a la experimentada por el cristianismo. Esta gracia nos lleva a ser uno de los elegidos que ha superado la experiencia dolorosa del mundo. El elegido ve tranquilo y sonriente ahora  a los espejismos de este mundo que antes movían y  atormentaban su ánimo; es lo que llama arribar a una conciencia mejor, la cual está colmada de momentos estáticos más que dinámicos, al saber distinguir la rueda de la ilusión  del mundo sensible, es decir, de la voluntad. Esta conciencia mejor  es un éxtasis  de claridad e inmovilidad, una euforia del ojo, a causa de su condición de ver llega a desaparecer los objetos del mundo. “El que goza de ese éxtasis en el ver, se sustrae al ser” (idem:82). Es un éxtasis que alude a una vivencia estática, distinto cuando nos arrojamos al mar de los placeres sensuales. No hay abandono del cuerpo sino que se convierte en el cuerpo del mundo nuestra corporalidad. Nuestro cuerpo es el mundo. Pero de un cuerpo que se aleja de la experiencia de lo dionisiaco en tanto metafísica del cuerpo, al llevarlo al paroxismo mediante el placer y el dolor para retornarlo a una supuesta normalidad que exigirá permanentemente una satisfacción al despertar el deseo.  Hay una supra-individualidad buscada que nos arroja al éxtasis  claro de la conciencia mejor, que es el verdadero despertar del ser, lo cual es más amplio que la experiencia  del mundo de la voluntad. La negación de la voluntad, como podemos observar, no conduce a la negación del ser sino a otro tipo de ser; el mundo no llena la posibilidad entera de todo ser.
“La compasión es una experiencia individual que la voluntad  hace consigo misma, pero sin autoafirmación individual de la voluntad” (idem:79). Lleva más allá de los límites  del cuerpo individual a experimentar la intensidad  de la  voluntad del propio cuerpo.

Para Schopenhauer el mundo del querer sobrevivir se convierte en un infierno; sólo lo que no quiere sobrevivir a todo tiene la ocasión de una vitalidad real, de una existencia digna y tranquila. Hay una exigencia de trasformar la vida individual mediante la negación de la voluntad. Las soluciones son pocas, como vimos, el arte, la filosofía, que están a medio camino; la vida santificada está en torno al nirvana en el mejor de los casos. Es una propuesta que termina en un conducto hacia la experiencia estética al querer descubrir qué es lo que habita detrás  del mundo aparente; la voluntad universal es un permanente verdugo que nos conduce irremediablemente al centro del abismo infinito. Nos redimimos gracias a un pensamiento y experiencia del ser  que da distancia a la representación y al mundo de afuera. Distancia estética frente al mundo. Es un mirar al mundo sin dejarse entretejer  mediante la actividad con él; eso sería tomar un paso hacia la trascendencia, que irremediablemente tiene que llevar al vacío. Ningún querer, ningún hacer, ningún deber, sólo un ser que se ha convertido en la indiferencia de un ver, en ser el ojo del mundo. No hay ninguna inmersión en lo dionisiaco, ni en el absolutismo spinozista de la realidad necesaria, no hay ninguna redención  del espíritu realizado en la historia de sí mismo y del mundo, como nos dice Safranski (idem:84). Se trata de ser un ver distanciado  estético y estático del mundo. He ahí en qué consiste esta religión para los sin religión.


Priya Link, óleo


Sobre el sufrimiento y el nihilismo
La voluntad se haya sin fin ni límites en el mundo, manifestándose en los individuos que se afanan, sufren y se equivocan y sin tener conciencia de ello regresan a su misma condición una y otra vez. Esta visión de la existencia en  Schopenhauer es lo que nos muestra su permanente pesimismo. Su concepto del deseo en tanto permanente carencia, exigencia inagotable e insaciable, hace que vea en los seres  una permanente insatisfacción que lo lleva a tocar siempre el abismo de su corazón. Satisfacer el deseo no termina siendo sino la mísera conservación  de nuestra existencia, llevada a cabo con incesante fatiga y desvelo. La felicidad no tiene cabida, para él es determinante su imposibilidad de obtención. Todo en la vida anuncia que la felicidad terrenal está destinada a desvanecerse o a ser reconocida como una ilusión (2005: # 637:627). El sentido de ella resultará siempre breve e inconforme, la ilusión, la esperanza de ser feliz  siempre aboga para más tarde el hallazgo de esa condición anhelada: un ya, pero todavía no. Los que dicen poseerla sólo viven en una apariencia y si se da es en raras excepciones. Ello hace que la vida se presente como un engaño permanente, tanto en lo pequeño como en lo grande (idem). La felicidad será una ilusión óptica, lejanos paraísos, un permanente espejismo que se diluye al ir hacia él. De ahí que la felicidad tenga una temporalidad precisa, siempre en futuro o en un pasado,  mas nunca en un presente, el cual siempre es insatisfactorio; sólo delante o detrás de nuestra temporalidad es que pareciera estar lo luminoso: el presente es siempre insatisfactorio, el futuro incierto y el pasado irrecuperable (idem, #638: 628). Ser feliz es simple engaño. Este permanente engaño y reengaño es la condición de la vida; se presenta para mostrarnos, según Schopenhauer que nada merece nuestro afán: el mundo es en todos sus resultados una bancarrota y la vida un negocio que no cubre los costes (idem). Esta filosofía no aspira a una práctica de la sensatez, del sentido común, sino de comprender la vida desde otra situación que no sea la de una negación permanente de cierta satisfacción, gracias del hacer en la vida; vista así todo pareciera terminar siendo fatalidad y carencia, sufrimiento e ilusión. 

Ello exige, en cierta forma, una conciencia nihilista al observar la impermanencia, lo transitorio, o pasajero de las cosas y de la misma vida; una permanente e intensa fugacidad latente hacia adelante. Alegría y placer son nada pues se convierten en nada. Esa nihilidad es el único elemento objetivo de nuestra temporalidad, lo cual, a modo del kantismo, se convierte en el ser en sí de las cosas, el permanente a priori en tanto marco de todos los fenómenos y residuo de toda voluntad manifiesta. En consecuencia, nuestra vida se asemeja ante todo a una cantidad que hemos recibido en calderilla y la que hemos de entregar recibo: la calderilla son los días; el recibo es la muerte. Estos aspectos oscuros de la vida son sus principios rectores y determinantes,  los días están contados y el resultado siempre es el mismo,  la nada definitiva.  La sentencia de la propia naturaleza es la permanente destrucción, toda satisfacción de placer y felicidad  terminan siendo una negatividad, en oposición al carácter positivo del dolor que constantemente cubre a toda vida. En palabras de Goethe (Fausto, I, 1139, Gabinete): Y es justo: pues lo que nace,/ Merece perecer./Por eso mejor sería que no hubiera nacido. Vejez  y muerte es la sentencia condenatoria sobre la voluntad de vivir salida de las  manos de la propia naturaleza (idem #659:629).



Zen Dibujos


Priya Link


De la máscara del dolor
El dolor también tiene una particular interpretación en esta filosofía de la voluntad y de la nada. Schopenhauer habla de sentir dolor pero no de esperar la ausencia de dolor absoluta; la inquietud pero no la tranquilidad; el miedo pero no la seguridad. Todos estas manifestaciones nos dan ese carácter positivo del dolor, en su ausencia no estamos concientes y en su presencia pareciera no  poseer otra cosa que eso. Echamos de menos  con dolor los placeres y las alegrías tan pronto como nos faltan: pero  los dolores no los echamos de menos inmediatamente, ni siquiera tras una larga ausencia, sino que a lo sumo pensamos a propósito en ellos mediante la reflexión (idem). Solo el dolor y la carencia pueden ser positivamente sentidos, se nos afirma; el bienestar siempre es negativo y es por lo que  nunca tenemos conciencia de los tres grandes bienes de la vida: salud, juventud y libertad en cuanto los tenemos; sólo nos percatamos de su importancia cuando los hemos perdido y no en el permanente proceso de su devenir. Comprender que hemos tenido días felices, aún cuando tocamos la rivera de la desgracia con nuestra vida.

En relación a los placeres nos advierte que en la medida que aumentan también disminuyen  la sensibilidad a ellos: el hábito le quita sensibilidad al placer; el placer posee una condición negativa.  Ello es la condición que aumente nuestra sensibilidad al sufrimiento: pues la desaparición de lo habitual se siente con dolor (#660:630). O la observación  siguiente: con la posesión crece la medida de lo que es necesario y con esta la capacidad de sentir dolor (idem).
En definitiva el dolor, y no el placer, es lo positivo, pues es la presencia del primero la que se siente de forma persistente. De esta manera  se afirma que nuestra existencia es más feliz cuando menos la percibimos o la sentimos, de lo que concluye Schopenhauer, como se ha dicho antes, que es preferible no tenerla.
Es por ello que  el dolor presente no se puede suprimir con alegrías futuras, pues tanto uno como otro llena nuestro tiempo de vida. Lo único que remediaría la existencia es que no hubiera  sufrimiento alguno como tampoco existir la muerte. Solo entonces sería la vida su propia recompensa (#662/632).

El orden de la salvación: de la máscara de la felicidad y del suicidio

En su reflexión titulada el orden de la salvación,  Schopenhauer nos da su comprensión de la imposibilidad del hombre de poder ser felices. Es considerado tal aspiración como un error innato.  Es innato por coincidir con nuestra propia existencia, siendo nuestro ser sólo una paráfrasis y nuestro cuerpo  su monograma: sólo somos voluntad de vivir. ¿Qué entiende Schopenhauer por  felicidad?
El concepto de felicidad está rodeado por dogmas optimistas que chocan contra las contradicciones que nos presenta el mundo. La felicidad no es algo que se pueda presentar como perteneciente al mundo y a la vida; de hecho, para este filósofo, no puede haber existencia feliz.  En el hombre irreflexivo se siento atormentado por la realidad; el que piensa le añade al tormento  real la perplejidad teórica de por qué  un mundo y una vida que existen para ser feliz en ellos, se adecuan tan mal a sus fines (2005:692). La tristeza y las contradicciones, los males y los sufrimientos nos llevan a desmontar todo anhelo  de alcanzar la dicha en esta vida, aún a los que argumentan con dogmas optimistas preconcebidos saben a dónde irá a caer  su  ilusión palabrera. Los hombres echan la culpa a las desgraciadas circunstancias, otros a su mala suerte o torpeza, o todos los factores de una vida que han actuado en conjunto para estar cómo está. Ello ha frustrado todo resquicio por el cual la vida pasara para llegar a ser feliz; se nos ha frustrado el verdadero fin de la vida.  Reflexiones de este talante los encontramos a menudo cuando la vida  se pronuncia al declive. Es, como dice Schopenhauer, el rictus facial de todo anciano, que en inglés llama disappontment (decepción).

Alegrías y placeres son engañosos,   nunca se alcanza –según está concepción trágica del deseo- lo que prometen: el corazón queda insatisfecho y al aplacar el deseo  siempre  va acompañado de amargas molestias. Ante este velo de frágil felicidad momentánea encuentra que el sufrimiento y el dolor  se muestran reales, superando toda expectativa de supresión. El dolor es un suelo donde permanentemente la existencia asienta su sensibilidad debilitada. Ello  nos hace dar cuenta de ese error innato de la felicidad,  al que tantos anhelos dirigimos y que nos vuelve a poner a tocar el rostro en  las islas dolorosas de la existencia. El fin de nuestra existencia –se troca a- no es ser felices. La vida nos  empuja a mostrar que estamos destinados a no sentirnos felices. La vida lleva en su naturaleza (su condición de finitud, de muerte)¸  el carácter de algo de lo que se le pierde el gusto y se le quitan las ganas…a fin de que nuestro corazón se cure  del ansia de disfrutar y de vivir, y se aparte del mundo (2005:693). El retiro del mundo, la menor relación con las sensaciones y aspiraciones a la felicidad nos llevan a encontrar la verdadera realidad con la que se debe  vivir  nuestra vida. Un mundo donde todo lo que vemos, todo lo que tocamos sólo resuma dolor y sufrimiento; la felicidad es una isla encantada en la que si llegamos sólo será para morir de todas formas. Lo más correcto sería, dice Schopenhauer, poner el fin de la vida más frente al dolor que ante el placer. La conclusión paradójica de esta filosofía práctica, clínica y trágica está en que cuanto más se sufre más se alcanza el verdadero fin de la vida y en cuanto más feliz se vive, más se demora. Séneca lo ha dicho: Tendrás tu propio bien cuando entiendas que los más infelices son los felices (Epis., 124, 24), (cit. op. 2005:693). Hasta la idea de una acción trágica y heroica que pretende superar ese mismo error innato, gracias al  afán y a la vanidad humana, negando si es necesario a la propia existencia, manifestándose con un ejemplo grandioso y sorprendente al dar sentido a su vida no lo alcanza, sólo sirven de distracción para dar ejemplos de vidas.

El que ha aprendido del sufrimiento las desgracias de todo tipo no le afectan ni le duelen, no le asombran: ha entendido  que precisamente el dolor y la aflicción trabajan a favor  del verdadero fin de la vida, el apartarse de la voluntad de vivir. Es lo que puede proporcionarnos una real y asombrosa serenidad ante todo lo que pueda ocurrir, como el enfermo que soporta los horrores de los dolores de una larga cura, siendo ello señal de eficacia. Desde todos los parámetros de la existencia  humana el sufrimiento expresa nuestro verdadero destino. La vida está sumida en él, sin poderlo evitar: nuestro ingreso en ella se produce  entre lágrimas, su curso es en el fondo siempre trágico y su salida aún más (idem: 694). Ese destino innato es el que está presente, de forma radical, en la meta principal de todos  nuestros deseos y aspiraciones; hay una trágica tendencia a ello del que la vida intenta separarse, sin retener ya los anhelos hacia ella y a los placeres. El sufrimiento es de hecho el proceso de purificación que en la mayoría  de los casos santifica por sí solo al hombre, es decir, le saca del extravío de la voluntad de vivir (idem). El sufrimiento es lo que da sentido de vida al negar la voluntad de vivir y al caer que el innato anhelo de felicidad es sólo un tormento más de la existencia; sufrir, pareciera ser, es la condición para  santificar una vida, sacándola del extravío en la que se encontraba, que era una búsqueda permanente de voluntad de vivir.  Schopenhauer critica a toda santificación cristiana por medio de la cruz y el sufrimiento, haciendo de aquella un instrumento del padecer y no del obrar.  Nos señala que en el Eclesiastés (7,4) nos encontramos con  que es mejor la tristeza que la risa: pues con la tristeza mejora el corazón. Sin embargo, Demócrito y los cínicos griegos de la antigüedad   bien pueden darnos una lección filosófica de lo edificante de la risa a toda pretensión de una vida trascendente, la cual ha olvidado –o desconocido- este filósofo también.  El cristianismo  viene aceptar al sufrimiento como un sustituto  de la virtud y de la santidad, esperando más por lo que sufrimos que por lo que hacemos a la recompensa futura post mortem. El sufrimiento como fuerza santificadora en vida y sólo será superior a ello la misma muerte, que es más temida que todos los sufrimientos juntos. El muerto, la muerte, siempre inspira un gran sufrimiento; toda muerte es una canonización.  La muerte es el verdadero fin de la vida, no la felicidad: en el instante de la muerte se decide todo lo que solamente se había preparado e introducido en el curso de la vida (idem:695). La muerte es el resumen, el resultado, la suma final; enseña de una sola mirada todo lo que la vida nos fue dando aislada y parcialmente: toda ansia de la vida es fenómeno, por ende, algo pasajero, ilusorio e irreal, es vana, fútil y contradictoria; salir de ella es una redención; salir es alcanzar el verdadero y único sentido del fin de nuestra existencia. La vida es sólo obstáculos, esperanzas decepcionadas, planes frustrados y sufrimientos perpetuos (idem). La muerte destruye de un solo golpe todo lo que la vida quiso, dándonos la única enseñanza de la vida. La muerte le da al moribundo la orientación hacia una nueva moral y esencia de la existencia vivida hasta ese momento. Es por lo que al suicidio, o parte de ese acto, no se le aprueba cristianamente, ya que por el hecho de ser repentina hace imposible una mirada retrospectiva, reconocedora de culpas y que la vida, si es dada por Dios sólo él tiene el permiso de quitárnosla, según la sumisión dogmática de tal fetichismo divino; el suicidio es visto como desgracia y hay que apartarse de ese chance o elección existencial que todos tenemos para no chocar con el dogma establecido. Aunque toda mirada hacia atrás está condicionada por la razón; la humanidad es el único nivel en el que la voluntad puede negarse y apartarse de la vida, es decir, para Schopenhauer tenemos la posibilidad de quitarnos nuestra voluntad de vivir mediante el suicidio voluntario.

Por otra parte con el tiempo la decadencia del cuerpo se una a la decadencia de la  voluntad. El ansia de placeres desaparece fácilmente  junto con la posibilidad de disfrutarlos (695). El instinto sexual es el primero que desaparece, según la opinión de este misógino teórico de la filosofía pesimista. Al ocurrir ello entramos en un estado de inocencia que existía antes del desarrollo  genital.  A las ilusiones desaparecidas por ellos se nos presentan  bienes quiméricos más deseables, negando todos aquellos que son  terrenales. Del amor propio se pasa al amor a los hijos, llegando más a vivir por medio del yo ajeno que del propio, el cual, según esta reflexión, está próximo a dejar de existir. Se puede exigir una eutanasia de la voluntad (idem:696). Más que lamentarse por todos los placeres  no  vividos o las riquezas no poseídas, se debe llegar a comprender la nulidad y vacuidad  de todos ellos. Schopenhauer da una observación muy particular aquí: en lugar  de los objetos de placer, para los cuales el sentido está ya caduco, aparece como representante abstracto de esos  objetos el dinero, que suscita ahora las mismas pasiones violentas que antes despertaban de forma más excusable los objetos de placer real (idem), es decir, se traslada la pasión de lo corporal a lo abstracto, encontrando en ello una violencia semejante en función de este hecho irreal pero vivido de forma imaginariamente. De los placeres sentidos corporalmente pasamos a los placeres vividos intelectualmente pero en el afán de dinero. Al decaer los sentidos, se quiere un objeto inerte pero indestructible con un afán igualmente indestructible. Es un ser que sólo ha buscado en vida inflamar la pasión más no superarla y vivir el real sentido o fin de la vida, su nulidad. La voluntad del desgraciado se encamina a la avaricia y a los honores, a lo cual sólo la muerte expulsará y presentará el fin de la existencia frustrándolos.

Ante estas perspectivas queda la vida de santos, la de los llamados elegidos, siendo ello ya de antemano una extraña elección. Sabemos que la mayoría no podrá esperar salvación alguna y piensa este alemán –y nosotros pensamos también-, que no hay ninguna salvación. Es un deseo a futuro y esa esperanza es una ilusión más que una afirmación de vida. Encadenar nuestra existencia a una vida segura y agradable por la vía de la ascesis  es también encadenarnos más  a la voluntad de  vivir, lo cual es un error. De forma inversa obran los ascetas, que intencionalmente hacen de su vida lo más pobre, dura y triste posible, porque tienen sus ojos puestos en el verdadero y último  bien (idem). El destino se cuida de frustrar todos nuestros proyectos de vida de una vida en Jauja, nos dice el filósofo. Pura necedad, siempre brevedad, rodeados de vaciedad alcanzamos el pozo de la amarga muerte.

La panacea que quiere presentarse a nuestra miseria, por este ejercito de la renuncia, es el de aceptar la idea de ser el sufrimiento un acto y un sentimiento de purificación. Lo que termina mostrándose en toda existencia, concluye Schopenhauer,  es que en ella se cruzan dos fines fundamentalmente opuestos:

“…el de la voluntad individual, dirigida a una felicidad quimérica, onírica y engañosa en la que de cara al pasado la felicidad y la infelicidad son indiferentes, y el presente se convierte a cada instante en pasado; y por otro lado, el del destino, dirigido de forma patente a la destrucción de nuestra felicidad y la supresión de la ilusión que nos ha atado a los lazos de este mundo (idem:697).


Finalmente podemos agradecer la existencia de este pensador haciéndonos eco de las palabras dadas por Fernando Savater en la celebración de su segundo centenario de nacimiento en 1988:

“…usted permanece en un estado si no feliz, -sería absurdo-, al menos libre de la desazón y el insaciable anhelo, allá en el cementerio de Frankfurt. De modo que a fin de cuentas mi felicitación se dirige a usted, pero en realidad recae sobre mí; me felicito porque haya habido un Schopenhauer entre tantos nacidos y muertos superfluos, entre tanta grey insignificante o detestable, y me alegro de que lo haya aún para mí, doscientos años después del día de su nacimiento…”,


Y que siga, como tábano filosófico, por unos cuantos siglos más despertando la antorcha ante  la ilusión de la consciencia deformada, raquítica y envilecida entre los hombres.



Priya Link

Notas: 

[1] El lema de la filosofía, para este pensador, debía ser eade, sed aliter: igual, pero diferente o lo mismo pero con variaciones. Haber leído al antiguo Herodoto y sus incipientes historias del mundo griego antiguo, es haber estudiado suficiente historia. En esas páginas se encuentra todo lo subsiguiente del río humano: los actos y las consecuencias, la vida y el destino de los pueblos. Schopenhauer aspira a mostrar el peso de la historia y su repetición; nos ayuda a liberar la mente de su perpetua afición a lo antiguo, su tendencia a adorar o meramente histórico, y a considerar dignos el preservar los pañales sucios de una verdad diluida que pretende dar garantía  de que esa supuesta verdad no ha sido robada ni perdida. Es lo que se puede nombrar por antigualismo, aptitud que Schopenhauer censura. La verdad no está en los museos ni en los sepulcros, la verdad se eleva.



Bibliografía
                           
Gray, J. 2003: Perros de Paja. Ed. Paidos, Buenos Aires.
Safranski, R. 2000: El Mal, Ed. Tusquets, Barcelona.
Schopenhauer, A. 2005: El mundo como voluntad y representación. Ed. Trotta, Madrid.
                           2007: El arte de ser feliz. Ed. Herder. Madrid.
Wallace, W. 1988: Arthur Schopenhauer. Ed. El laberinto 28. Barcelona.


domingo, 1 de diciembre de 2013

Aaron Beck o la terapia cognitiva

ante el dolor y la ira[1]

David De los Reyes



Ninguna pasión hay sobre la cual la ira no predomine
Séneca

De la terapia cognitiva
La aproximación actual al dolor desde la medicina nos afirma que  es  uno de los  síntomas más presentes dentro de cualquier consulta. “Doctor, me duele AQUÍ”. Visitar al médico es arrastrar nuestro dolor (físico o psíquico), al consultorio por dicho síntoma. El dolor[2], a diferencia de lo que pudiera pensarse en el mundo medieval, no está relacionado con castigo, ni tampoco con el precio de ninguna culpa. Desde el punto de vista fisiológico se presenta como un mecanismo que tenemos corporalmente para detectar, identificar, localizar los procesos que nos producen daño en los tejidos, en los órganos, etc. El dolor, y su supresión, tienen como fin la supervivencia, conservar la salud; implica un complejo sistema sensorial no lineal[3].

Pero el dolor traspasa al cuerpo físico. Beck establece que el daño psicológico puede producir  un malestar tan  intenso como el daño físico: el ego magullado, el orgullo herido, la mente dañada; lo importante de ello es que reaccionamos de esta forma con la finalidad de evitar ser humillados o rechazados, maltratados en nuestro fuero interior. La víctima puede vengarse física o verbalmente o retirarse a curar la herida física o psicológica que ha sufrido[4]. De ahí la importancia que tiene esta afectación en las prácticas terapéuticas cognitivas, y en esa dirección y comprensión, Beck es que dirige su quehacer particular.

La terapia cognitiva es una práctica  para afrontar los desordenes psiquiátricos  a través  de modificar su cognición en la medida en que el paciente aborda sus problemas  de forma más objetiva ante los pensamientos y creencias, cuestionando cómo interpreta o conoce su realidad individual y social. Se trata de evitar de forma exagerada en determinadas situaciones conflictivas o traumáticas que decanten en violencia y en mayor sufrimiento individual o grupal.

En el texto de Beck Del dolor al odio   tiene un epígrafe que pareciera decirnos a dónde nos iremos adentrar: todos cumplimos con una sentencia de por vida en la mazmorra del yo, de Cyril Connolin, tomado de La sepultura de los ciegos. Con lo que podemos comprender que el yo determina nuestra condición personal respecto a las reacciones y sufrimientos, al no poder cambiar de situación en relación a nuestras vidas. La mazmorra del yo es nuestra condición de interpretar los sucesos a partir de ciertos mecanismos aprendidos y fijos, y nos llevan a tratar la vida desde una perspectiva que nos impide soltarnos hacia un estado más de cooperación, convivencia, evolución, enmarcándonos en situaciones  casi permanentes de conflicto, de lucha estéril.

Las situaciones de dolor son permanentes. Pueden venir desde cualquier lugar y persona. De la traición de una pareja, un amigo que te difama, una persona conocida te ha defraudado, etc. El sufrimiento se instala en todo momento y aparentemente poco puede servirnos la cota de sufrimiento por la que tuvimos que pasar. El sufrimiento, sin duda, es una experiencia universal de la condición humana. Y lo interesante de este enfoque es que el dolor, si bien nos hace daño, nos paraliza, nos causa molestias y crea un sentimiento de negación en nosotros, poco se nos ocurre pensar  que ese dolor psicológico pueda servir para algo útil; a diferencia del dolor físico, el cual nos alerta de la presencia de alguna lesión corporal o aliviar algún daño registrado en alguna de las paredes celulares de nuestros órganos y nervios. Como bien sabemos, personas que han perdido  la sensibilidad dolorosa debido a un trastorno neurológico, son vulnerables a sufrir  lesiones serias y hasta fatales. Por ello que ante el dolor físico debemos reconocer  que representa una protección crucial.  ¿Y el dolor psicológico? ¿Para qué puede servir el sentirnos triste, humillados o solos?

En primera instancia dicho dolor puede hacernos sentir que nos han herido por algún motivo, independiente de la tristeza, la preocupación o ansiedad dentro de un contexto de interacción con los demás. Ellas, según Beck[5], nos empujan a emprender  algún tipo de acción correctiva con respecto a nosotros mismos y a los demás, o a revisar las circunstancias que nos han llevado a sentirnos mal. Son  voces de alerta que tenemos en el devenir de nuestras relaciones con los demás, dando pie para enmendarnos, comprendernos, corregir circunstancias vividas y a sentirnos mal. Si intelectualmente nos hacemos daño podemos no estar lo suficientemente motivados para cambiar la situación experimentada. Sin la punzada de estos sentimientos dolorosos, seríamos como un muñeco para los demás. El sufrimiento nos delata la necesidad de atención respecto a lo que hacemos y nos hacen los demás; ello nos puede ayudar a corregir la ofensa o a librarnos de ella. Nos despierta una serie de mecanismos o bien para escapar (huida) o para eliminar la causa (lucha) de ese dolor. La ira es el catalizador para atacar a un agente externo, la ansiedad  nos lleva a escapar de él o a evitarlo[6].

La alarma que despierta el dolor puede ser necesaria durante el resto de nuestra vida. Nacemos con mecanismos  que nos hacen asociar situaciones de daño o dolor que podemos tenerlas presentes en el futuro.

Esa capacidad de asociar situaciones con daño o dolor son requeridas para prepararnos ante determinados eventos futuros. Saber cómo reaccionar casi en forma refleja ante un insulto intencionado o llegar a saber que se trata de una broma amistosa, es requerido para la continuidad de la vida; o el evitar situaciones traumáticas; es propio de saber cómo hacer frente a las adversidades, además de saber cuando retirarse.

El dolor también nos lleva a tener una mayor conciencia de los demás. Al tener mayor conciencia de los sentimientos de los otros descubrimos que no somos los únicos que tenemos necesidades y sensibilidades; sabemos que  nuestras acciones pueden herir sin querer. La crítica y el castigo nos ayudan a incorporar un código social de conducta y también a formular nuestro propio código de comportamiento[7] . El dolor puede llevarnos a desarrollar códigos para evitarlo tanto para nosotros como para los demás. El dolor es un sentimiento subjetivo pero que nos arrastra a entrar en contacto con los demás por su misma condición. Este tipo de dolor no es algo particular sino que su aparición siempre tiene la necesidad de estar en contacto con otro, al cual afrontamos gracias a un código o norma de relación social. En nuestro imaginario personal el sufrimiento psicológico aparece a través de una interpretación que nos lleva a asumir determinada norma para actuar contra ello. Crítica y castigo son elementos que nos despiertan la atención de cautela para con nuestras vidas y la de los demás. Para Beck al  establecerse esto, tales habilidades sociales nos llevan a conseguir la cooperación de personas, la ayuda mutua.

El dolor psicológico nos conduce a comprender más de cerca la naturaleza humana.  Se identifica daño emocional con sensaciones angustiosas asociadas al cuerpo, como por ej. la molestia del estómago, un nudo en la garganta, un dolor de cabeza, una opresión en el pecho. Dentro de la terapia cognitiva el terapeuta ayuda a sus pacientes a especificar sus pensamientos antes y después de la experiencia nociva, determinando con ello sus excesivas y frustrantes reacciones. Esto proporciona a comprender la identificación  de los pensamientos y las imágenes de las personas así como de su dolor; este trabajo nos permite entender la totalidad de  su comportamiento: pensamientos, sentimientos, significaciones, interpretaciones y acciones. Nuestras reacciones  suelen estar más conectadas en cómo determinado comportamiento de la otra persona que hace que nos sintamos controlados, usados, rechazados y conocer dicha acción como  la verdadera intención de la otra persona hacia nosotros. La interpretación del hecho revela el significado de la transgresión. Ejemplos: un amigo no nos devuelve la llamada, entonces significa  que no nos respeta; un marido ignora la opinión de su esposa, significa  que esta no le es importante; la esposa no responde a su petición, por tanto no se preocupa por mí, etc.

James Ensor, óleo

Del significado
Que sintamos o no ira depende del contexto en el que ha aparecido o producido la agresión y la explicación misma. Una inyección puede ser una agresión para un niño, pero para un adulto, resignado a aceptar su dolor, puede ser vista como necesaria para el tratamiento de una enfermedad. Las dos experiencias son producto del significado  del suceso. Hay una importancia en el contexto respecto al significado, causa y explicación a la hora de padecer por una acción de los otros respecto a nosotros. Si alguien nos hace daño la reacción natural  es sentir ansiedad  e intentar escapar o sentir ira  y responder con el ataque. Todo dependerá del significado de atender a las intenciones si son malévolas o no. Séneca, el filósofo cordobés del siglo I d.n.e., afirmó que la cólera, la ira, era una especie de locura transitoria[8]. De ahí que el momento crucial de la reacción de nosotros ante determinadas situaciones o intenciones de la acción de otras personas está en la explicación que le damos, lo cual nos determina si es o no aceptable ese comportamiento para nosotros.  Nos podemos enfadar  y desear castigar a otro en función de las interpretación en relación a nuestras creencias y valores, respecto a los fatales deberías. Beck advierte que en la mayoría de los casos creemos que la conducta que nos ofende  es intencionada y no accidental, o maliciosa en vez de inocente. Lo interesante de  este autor está en que sus propuestas ante el dolor y la ira vienen dado de su experiencia personal del tratamiento de casos clínicos, de las reacciones  exageradas o no que se pueden enfrentar haciendo un tratamiento a lo injusto de la situación dentro de la explicación y experiencia del paciente, de su autoestima, de sus pensamientos automáticos, de sus creencias irracionales y sus interpretaciones. Si la información recibida no es completamente positiva lleva al individuo a ver amenazada su autoestima y la experiencia se  transforma en negativa, en un rechazo, en error y en una negatividad a sí mismo. La reacción contra los otros tiene como objetivo restaurar el daño causado a nuestra autoestima; de ser reprobado a ser injustamente tratado por medio de una crítica o un comentario mordaz. Asignar a otra persona la responsabilidad de haber causado injustamente en nosotros un sentimiento desagradable es un preludio para la ira (idem:84). Ello se mantiene con la sensación de amenaza y retener la imagen de la persona, lo cual nos lleva a sentir, de manera transitoria, odio. Acciones específicas de crítica, enjuiciamientos y generalizaciones son una grieta  para desarrollar un caudal, en nuestro inconsciente, de resentimiento, que si bien quedan ahí puede que permanezcan, aunque nos olvidemos de los orígenes de ellos. Aristóteles en el libro II de la Retórica[9] afirma, en efecto, que la ira es el deseo de devolver un sufrimiento. Es una acción vengativa; causar sufrimiento a otro por el daño causado, y si es posible de manera más profunda y contundente o sino casi igual a la sentida por ese furtivo vengador encolerizado; es la ceguera pasional, es la pérdida de la razón; es el quiebre del reconocimiento entre humanos; es el dispensar toda capacidad de acuerdo y de reflexión entre supuestos adultos. Nos regresa a  lo más hondo del horror y del absurdo. Es una emoción universal, todos la hemos sentido y donde se encuentra el hombre  también se encuentra ella apareciendo en cualquier momento; está presente por doquier. Tantas matanzas y muertes la confirman de forma plena. Spinoza[10] nos dice que el odio es una tristeza acompañada por  la idea de una causa exterior. El odio es una reacción debido a una tristeza motivada desde el exterior. Frente al odio, que es lo malo, nos encontramos con la alegría, que es plenitud de vida. Spinoza agrega que el que odia, se esfuerza por destruir la cosa que odia, porque lo que espera y busca –y no lo encuentra y le es negada- es la alegría. En la mayoría sería esa alegría el afecto, el amor. Pero es un amor que termina siendo desdichado, pues desea el fracaso del otro. Toda situación donde florezca el odio tiene un grado de injusticia.

De hecho, nuestras reacciones  son más fuertes en la medida que  creemos que la situación que nos ha causado malestar es fruto de la negligencia, indiferencia, intención o deficiencia del ofensor. Determinadas situaciones nos llevan a experimentar nuestra vulnerabilidad y, por ende, el dolor correspondiente. Es de esta manera que se puede observar en las personas propensas a reaccionar con ira ante situaciones adversas que sean muy poco conscientes del transitorio  sentimiento doloroso previo a la ira, como de los fugaces pensamientos automáticos que preceden a ambos sentimientos. Tales pensamientos precedentes al malestar suelen ser autodegradantes: cometí un error  importante –inseguridad en uno mismo; voy a perder el trabajo ­– de temor; no me respeta ni me aprecia -de decepción. Todos son para Beck miedos escondidos y dudas secretas[11].

En cierta forma estamos afectados por cómo nos perciben los demás o cómo  pensamos  que nos perciben. Al respecto Beck observa que:

Nos formamos una idea sobre la impresión que causamos en los demás, por nuestra presentación. Cuando estamos manteniendo una interacción con alguien, tendemos a proyectar esta imagen sobre esa persona y asumimos que esa es la forma en que ella nos ve. Si el otro nos trata mal, nuestra imagen interpersonal proyectada puede ser la de un vencido, un patán, o un inadaptado.  Nuestra autoimagen pasa de ser parezco un inadaptado  a soy  un inadaptado. Puesto que la forma en la que los demás nos perciben está relacionada con cuánto nos valoran, la degradación de nuestra imagen social produce dolor psíquico. El efecto de una crítica o un insulto es análogo al de un ataque físico: nos sentimos impulsados a evadir el ataque o al responder al mismo. Así  minimizamos el impacto psicológico del golpe. Si podemos desacreditar al atacante, el efecto sobre nuestra autoestima se reduce[12].


Proyectar nuestra interpretación ante quien actúa en contra de nosotros ya nos estamos dando una reacción que puede afectar a nuestra autoestima. El sufrimiento que decanta por una crítica o insulto es tanto o más que un ataque físico; nuestro cuerpo es afectado internamente más aún que el malestar producido por un dolor físico determinado. Interpretación y reinterpretación hacen que nos veamos proclives a despertar ira en nuestras reacciones; con la ofensa estamos propensos a enfadarnos y en realizar un castigo al ofensor.

La secuencia que lleva todo este tipo de acciones para Beck se presentan así.
                Perdida y miedoàAngustiaàOrientación del enfoque hacia el ofensorà Ira

La advertencia de la intromisión en nuestras interpretaciones de las ofensas respecto al debería  o no debería,  respecto a las responsabilidades de las personas, son causales de ofensa y presencia posterior de ira en nosotros. La frustración de nuestras expectativas y sensación de no haber sido bien tratados nos impulsan al enfado. Nuestra expectativa se centra en que los demás deberían  ser solidarios, razonables, justos y cooperativos.  Y esto lo elevamos a nivel de norma y exigencia. En el momento que una persona rompe la regla tratamos de castigarla. Ello nos muestra que la relación con nuestro código nos hace más vulnerables y menos eficaces.  Queda que con el castigo al infractor recuperemos, aparentemente, nuestra sensación de poder e influencia. Sentirnos vulnerables y maltratados,  reducir en el trato con los demás nuestra autoestima nos lleva a apreciarnos en primer lugar como víctimas de una injusticia y de ahí la normal necesidad de castigo al ofensor,  con el cual se pretende tener la sensación al desahogarnos y expresar al otro nuestra queja, restablecer la armonía en la relación.  Restablecer el equilibrio en la relación para uno es alterarlo para el otro;  esto nos puede llevar a un ritornelo de acusaciones permanentes sin salir del círculo de ofensas y castigos y por tanto de una extensión temporal y emocional del sufrimiento. Son relaciones patológicas, sin salida al trancarse la posibilidad de cooperación y permanecer en la acusación y el ofuscamiento interpretativo.

En relación a los debería y los no debería, son palabras que deberían olvidarse y perderse en nuestro vocabulario cotidiano;  en cada uno de nosotros sólo se nos hacen conscientes en el momento que alguien rompe la norma. Este verbo imperativo surge por parte de las reglas rotas; romper la regla significa que alguien no me respeta; ello hace una aparición automática de determinada respuesta y de reforzar la inviolabilidad de la regla. Situaciones como: ¿por qué me ha criticado? ¿por qué no ha hecho lo que le ha pedido? Vienen a mostrar esa condición de ofensa.

En principio las reglas o modelos de comportamiento proporcionan un marco dentro del cual interactuamos unos con otros de manera más o menos tranquila y equilibrada. Lo propio de personas con una autoestima baja es protegerse con un número amplio de reglas de ese estilo, las cuales están destinadas a ser rotas y a provocar más preocupación todavía. Puesto que las personas difieren unas de  otras en términos de sensibilidad e hipersensibilidad, lo que para unos es una violación de la conducta aceptable para otros es algo totalmente permisible[13]. De ahí que una crítica constructiva sea tomada como un ataque personal, sin embargo tal crítica puede tener un elemento de desprecio que a veces refleja la frustración del que critica; aunque siempre  afecta a nuestra autoestima y por tanto concluimos que alguien nos ha juzgado injustamente y de ahí el enfado para proteger nuestra autoestima.



James Ensor, óleo


De la autoestima
Es definida la autoestima como el valor que nos damos a nosotros mismos en un momento dado. ¡Cuánto me gusto!, ¡qué bien me siento!, ¡soy una persona realizada!, son afirmaciones que surgen de una persona que se valora  a sí misma desde su condición y convicción personal. La autoestima es un barómetro que mide nuestro éxito en función de los objetivos personales realizados, como la actitud en que afrontamos las demandas y restricciones de los demás. Toda autoevaluación desencadena una respuesta emocional que puede manifestarse en placer o dolor, ira o ansiedad. La escala que nos colocamos varía  en  relación a los debería ser  y cómo nos vemos a nosotros mismos en determinado momento. Las personas depresivas discrepan entre lo que debería ser y  lo que soy; por lo tanto se consideran despreciables. Las personas  con tendencia a la ira surgen en ellas discrepancia  en sentido opuesto, es decir,  creen que los demás deberían valorarlo más.

La autoestima varía respecto  al grado de  importancia  que tiene alguna característica de nuestra personalidad, que ha sido afectada. Al devaluarse alguno de nuestros rasgos importantes sentimos más dolor e ira que si se hubiera devaluado un rasgo poco importante.

Estos efectos adversos pueden amortiguarse mediante técnicas  destinadas a restarles importancia: observarlos en perspectiva, descalificar la validez de una crítica o despreciar a la persona que supuestamente nos ha devaluado. Son acciones auto-ensalzadoras que nos inhiben de restarle grados a nuestra autoimagen positiva.
Hay autoestimas afectadas en el orden íntimo, familiar, dentro de un círculo social íntimo. Hay autoestimas colectivas en función de pertenecer a un equipo o a una tendencia política disminuidos por su actuación, lo cual repercute en nuestro ánimo, reacciones de victoria o derrota  nos afectan determinando nuestras emociones de autoevaluación.

Beck afirma que nuestros sentimientos están especialmente influidos por el cambio en nuestra autoestima derivado de una valoración previa o de la comparación con otras personas[14]. El dolor surge en los momentos que podemos ser excluidos por personas que valoramos y es similar a un ataque de dolor físico o quizás más intenso y persistente.  Es por ello que se puede captar igualmente en este dolor psíquico lo que el físico sirve a una persona para enfrentarse a un problema que requiere solución y no ser indiferente ante él.  Ello puede ser un patrón para comprender problemas a futuro y enfrentarlos exitosamente o al menos que no nos afecten de tal manera que nos inmovilicen tanto física como  mentalmente.

El dolor psicológico puede catalogarse como una presunta humillación y esto empuja a la persona a enfrentar el problema. Beck advierte que:

“…cuando una persona tiene una ráfaga de ira, soluciona el problema  atacando la causa del dolor –o sea, a la otra persona- en vez de aclarar las intenciones del otro…el dolor psicológico  suele ser debido a una degradación de la imagen social proyectada del individuo o visión que se suponen que los demás tienen de él (idem:95).


Pero lo que queda claro es que el contrataque surgido por la reacción de ira puede mejorar en algo nuestra autoestima pero no soluciona necesariamente el problema interpersonal; solo se obtiene un alivio temporal y efímero del dolor. Las represalias sólo sirven para igualar  la balanza de poder de la relación afectada pero no ayuda a superar el conflicto, este sigue en pie, abierto y posiblemente intensificado; una ronda de interacciones hostiles pueden surgir en cualquier momento, dependiendo de factores distintos  a partir de la calidad de la relación de pareja, de los vínculos interpersonales  y de la receptividad de la crítica entre los sujetos. Sin embargo esta visto que las venganzas suelen prolongar la hostilidad encubierta, si no abierta, entre aquellos que consideramos nuestros adversarios. Beck está convencido que  comprendiendo la mente del agresor podemos comprender mejor su pensamiento y su comportamiento con lo que podemos llegar aplicar una serie de principios para intentar cambiarlos. La ira y la hostilidad se alimentan de creencias rígidas y egocéntricas y perspectivas deformadas; esto puede ser óbice para remodelar las imágenes y creencias que suscitan  tales sentimientos y, en consecuencia, poder debilitar  la tendencia a la violencia. Sea como fuere lo primordial está en cultivar la capacidad de escudriñar el concepto que los demás se forman de nosotros; se trata de imaginar  la idea que las otras personas tienen de nosotros con cierta precisión. Estar preparados a responder a las experiencias dolorosas de los demás implica tener un sentido de empatía con el otro, que es distinto a tener compasión. En la empatía podemos llegar a experimentar la experiencia de angustia, llegando a compartir  la perspectiva del otro y su situación psíquica definida; se trata de imaginar la perspectiva del otro. Beck confirma que: los psicópatas, maestros  en leer la mente de los demás, utilizan su habilidad para manipular a la gente. La empatía verdadera implica sentir preocupación por la persona que sufre. Una perspectiva empática también implica anticipar y preocuparse por el posible impacto doloroso que pueden  tener nuestras acciones sobre los demás[15]. Aprender a tener conciencia de la perspectiva de los demás  nos ayuda a mejorar nuestros comportamientos con la pareja y socialmente. Ver la perspectiva de la otra gente y verse a sí mismo  desde la perspectiva de los demás nos lleva a mejorar personalmente y mostrar una atención que nos obliga a tomar a los otros en cuenta y crea un impacto positivo en la valoración de nuestras reacciones y relaciones, se trata de  generar un clima más benévolo entre nuestros cercanos.

Una autoestima inestable surge de una hipersensibilidad  que se basa en una imagen íntima de sí misma como seres débiles, vulnerables y maleables. De ahí que es importante aumentar nuestras defensas psicológicas para disminuir o impedir los daños  al concepto que tenemos de sí mismos. De cierta forma nuestra vida está regulada por nuestra autoimagen más de lo que pensamos. Emprendemos tareas difíciles cuando nos sentimos poderosos e invulnerables; estamos tristes  al tener una imagen de indefensión y debilidad. Y esto no escapa a nuestra imagen social proyectada, la cual predomina e influye  en cómo nos relacionamos con los demás. Nos sentimos a nosotros mismos  en gran parte por consecuencia de la imagen  predominante que guardamos en nosotros.

Beck nos habla que en un encuentro interpersonal tenemos por lo menos  un mínimo de seis imágenes:

“…la imagen que tengo de mí mismo, la imagen que tengo de ti y mi imagen proyectada (la imagen que creo que tienes de mí), tu imagen de mí, tu imagen social proyectada  (la imagen que crees que yo tengo de ti) y la imagen que tienes de ti mismo. La interacción de estas imágenes se refleja en el comportamiento  de cada individuo[16]

Cada una de ellas afectará esa relación, baste que disminuya en grados cualquiera de ellas y la relación  hará cambiar nuestra emoción y nuestra cercanía, tanto con nosotros mismos como con la otra persona. Si me percibo a mi débil y a ti poderoso, y tu me percibes débil y a ti mismo poderoso, el resultado que arroja tal percepción subjetiva es que tu podrás dominarme o como mínimo lo intentarás. De aquí se pueden dar distintas imágenes que  harán surgir conductas hostiles o amistosas según tales referencias y por la acción que tengamos con el otro.

Finalmente este pasaje sobre la terapia cognitiva de Beck lleva a colocarnos ante una autoexploración de las proyecciones de nosotros con los otros y con nosotros mismos, perfilando las causas de dónde surgen los sufrimientos psicológicos del hombre común como el que ha dejado entrar  posturas patológicas en su cotidianidad. Con estas cortas reflexiones podemos comprender cierta genealogía personal de los dolores que nos infringimos y corregirla al introducir una certera autoafirmación y real autoestima, un conocimiento y valoración de nuestras creencias irracionales y de cómo perfilamos nuestra relación con los demás a través del sufrimiento, asentado por una imaginación y un ego disminuido de realidad y sana convivencia.


Bibliografía

Aristóteles, 1979: Obras Completas. Ed. Aguilar, Madrid

Beck, A. 2003: Los prisioneros del odio. Las bases de la ira, la hostilidad y la violencia. Paidos. B.A.
D’Alvia, R. (coordinador): 2001: El Dolor. Un enfoque interdisciplinario. Ed. Paidos. B.A.
Séneca, 1996: De la cólera. Alianza ed. Barcelona
Spinoza, 1983: Etica, Ed. Orbis, Barcelona


NOTAS


[1] A. Beck es profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de Pennsylvania y presidente del Instituto Beck para la Investigación de las Terapias Cognitivas. Obras: Con el amor no basta, Terapia cognitiva de los transtornos de personalidad (con A. Freeman) o Terapia cognitiva de la drogodependencia (AAVV)
[2] En el sistema del dolor tenemos que pensar que hay  una raíz nerviosa que tiene varios cables interiores: son las llamadas fibras nociceptivas que tienen como fin trasmitir el dolor. La nocicepción se define  como la energía térmica o mecánica que actúa  sobre las terminaciones nerviosas especializadas (fibras A delta y C), en: D’Alvia: (coordinador): 2001: El Dolor. Un enfoque interdisciplinario. Ed. Paidos. B.A. 18/22.
[3] D’Alvia. Idem. p.18
[4] Beck, 2003: Del Dolor y del Odio, Ed. Paidos, p102.
[5] Idem, p.80.
[6] Idem.
[7] Idem, p.81
[8] Séneca, 1996: De la cólera. Alianza ed. Barcelona, p.33.
[9] Aristóteles, 1979: Obras Completas. Ed. Aguilar, Madrid
[10] Spinoza, 1983: Etica, Ed. Orbis, Barcelona, libro III,13, escolio, y def.7 de los efectos.
[11] Beck, op. cit. p.85
[12] idem
[13] Beck op. cit., p.89
[14] Idem. p.94.
[15] Idem, p.370.
[16] Idem. p.99.