Del esnobismo ambiental (o ecológico)
David De los Reyes
Un tema
que me ha estado dando vueltas por la cabeza es lo que he llamado esnobismo
ambiental o ecológico. La relación entre el vicio del esnobismo y la
ecología se establece a través de las actitudes morales surgidas dentro de un
ambiente cultural de consumo. Estas actitudes giran en torno a productos,
estilos de vida, dispositivos, alimentos y prácticas que, más que basarse en
una conciencia “verde” auténtica o en posturas éticas frente a los excesos del
desarrollismo extractivista contemporáneo, actúan como una máscara de
distinción. Esta máscara se manifiesta en el consumo de productos asociados a
un estilo de vida "verde" que, en última instancia, no escapan de ser
un medio para obtener un anhelado y farsante reconocimiento social. Las
prácticas que se promocionan como ejemplo de conciencia ambiental no siempre
buscan rescatar o restaurar la devastación irresponsable y antropocéntrica que
afecta la naturaleza, las ciudades, las comunidades, las familias y al
individuo. En muchos casos, este comportamiento opera como una forma de
distinción social más que como una acción comprometida con el fenómeno
ecológico.
El vicio
del esnobismo, como argumentó la filósofa Judith N. Shklar en su libro Vicios
ordinarios (1984), está vinculado con otros vicios propios de nuestra
condición moral. Shklar examina ciertos vicios comunes y cotidianos, presentes
en todas las culturas, como el esnobismo, la crueldad, la hipocresía y la
traición. Respecto al esnobismo, lo describe como un comportamiento que refleja
desigualdades sociales y jerarquías implícitas, que al mismo tiempo destruyen o
deterioran el sentido de igualdad en las interacciones humanas.
El
concepto de esnobismo surge del término inglés snob, que comenzó a
utilizarse en el siglo XVIII dentro de las universidades británicas,
especialmente en Cambridge. Era una abreviatura de los términos latinos sine
nobilitate, que significan “sin nobleza”. Este término servía como una
distinción discriminatoria para referirse a los estudiantes que no provenían de
familias aristocráticas. De este modo, marcaba una diferencia entre los
estudiantes de origen burgués y sus altos compañeros nobles.
Con el
tiempo, el concepto evolucionó y adquirió nuevos matices. Pasó a describir a
quienes, sin poseer títulos nobiliarios, adoptaban actitudes o comportamientos
de la nobleza que los discriminaba, con el fin de aparentar un estatus social
más alto. Más tarde, el término se extendió para referirse a personas que
admiraban excesivamente todo lo que consideraban sofisticado o exclusivo,
llegando a despreciar aquello o a quienes no cumplían con estos estándares.
El
escritor inglés William Makepeace Thackeray, observador mordaz de la naturaleza
humana en la sociedad victoriana, escribió en 1848 The Book of Snobs,
una obra satírica que analiza las actitudes y la envidiosa admiración hacia la
clase alta de su tiempo. A través de esta obra, el perspicaz Thackeray
consolidó el término como un concepto universal con implicaciones sociales
concretas.
Retomando
algunas de las ideas de los vicios ordinarios de Judith Shklar, podemos establecer una
relación con lo que he llamado como esnobismo ecológico o ambiental.
Este término se refiere a un fenómeno contemporáneo vinculado a movimientos
políticos y culturales que han generado una emocionalidad cercana a este vicio.
Algunos ejemplos de ello lo encontramos de varios modos, como formas de esnobismo
cultural que consisten en distinguirse mediante el consumo de arte, música,
literatura o cine considerados de élite. También se manifiesta el esnobismo
tecnológico, relacionado con las últimas tendencias de dispositivos y
servicios premium, y el esnobismo experiencial, que gana terreno en
redes sociales a través de la publicidad de experiencias únicas, turismo de
aventura o de riesgo, como viajar a destinos exóticos o participar en eventos
exclusivos. Todos estos fenómenos tienen un factor común: que es proyectar
estatus y exclusividad mediante prácticas simbólicas de distinción.
El esnobismo
ecológico se inscribe dentro de estas variantes contemporáneas. Este
fenómeno, amplificado por las redes sociales, abarca desde políticas basadas en
la ecología profunda hasta estrategias de marketing verde que se presentan como
una actitud moral superior. Estas prácticas, más que reflejar una convicción
ecológica auténtica, suelen ser utilizadas como herramientas de distinción
social que refuerzan inseguridades y la búsqueda de validación en un contexto
cultural cambiante. Por tanto, el esnobismo ambiental no escapa a las dinámicas
económicas que perpetúan diferencias y jerarquías sociales.
Estos
fenómenos se expresan con especial claridad en las redes sociales, donde se
promueven tres variantes del esnobismo ambiental. La primera es la exhibición
de productos sostenibles, como ropa orgánica, utensilios biodegradables o
vehículos ecológicos, que se convierten en símbolos de compromiso moral y
estatus. La segunda es el travel-blogging ambiental, que abarca viajes a
destinos remotos o actividades que proyectan una imagen de activismo, como
limpiar playas o participar en safaris sostenibles. La tercera es el discurso
moral de consumos éticos, frecuentemente promovido por figuras públicas e influencers
que defienden el veganismo, las dietas orgánicas o la transición energética.
Estas prácticas pueden contribuir a consolidar un discurso moral que
desvaloriza a quienes no adoptan estas posturas.
En este
contexto, el esnobismo ambiental se convierte en una postura estética más que
ética, donde las acciones ecológicas sirven para reforzar jerarquías sociales
en lugar de impulsar cambios genuinos hacia un futuro más sostenible.
Volviendo
al ojo inquisidor de Thackeray y su The Book of Snobs, podríamos señalar
que el esnobismo ecológico emerge como una de las formas más representativas
del esnobismo moderno. ¿Cuándo aparece esta “mascarada verdosa”? No cuando se
observa una verdadera convicción hacia la sostenibilidad, entendida como una práctica
que se refleja tanto en acciones cotidianas como en propuestas que abordan la
urgente necesidad de responder al deterioro ambiental y a la visión
antropocéntrica de los recursos y las energías que consumimos diariamente. Se
trata, como dice nuestro escritor inglés, de admirar mezquinamente cosas mezquinas
(“Meanly admire mean things”). Este esnobismo ecológico se utiliza
como una herramienta para destacar y diferenciarse socialmente, pero también
para imponer una superioridad que puede restringir libertades individuales y
generar temores infundados. Detrás de esta máscara no necesariamente se
encuentra un compromiso genuino con lo que este hito significa dentro del
desarrollo industrial que nos envuelve, incluso en los resquicios más íntimos
de nuestra existencia.
Un
ejemplo claro de ello es el caso de adquirir un automóvil eléctrico de alta
gama. Si bien este acto puede reflejar interés por el medio ambiente, en muchos
casos se convierte en un símbolo de estatus y exclusividad. Se manifiesta como
una moda que acoge una supuesta ética de preocupación por lo que se denomina la
"huella de carbono personal" que dejamos a lo largo de
nuestras existencia. Esta actitud puede ser más performativa que sustancial,
transformando el compromiso ambiental en una herramienta de distinción social.
Así,
notamos una doble cara en este esnobismo ecológico o ambiental. Por un lado,
impulsa la adopción de prácticas sostenibles que buscan construir acciones de
conservación del entorno. Este aspecto es positivo, ya que puede inspirar
cambios genuinos ante los riesgos que nuestra forma de vida representa para
nosotros mismos, el medio ambiente y las futuras generaciones. Por otro lado,
estas prácticas, cuando se utilizan como símbolos de estatus, desvían el
enfoque del impacto ambiental hacia una superficial competencia social. Incluso
pueden desincentivar a aquellos sectores de la población que no tienen acceso a
estos productos o servicios verdes, sin cuestionar los modos de vida
actuales ni las estructuras que perpetúan el problema.
Judith
N. Shklar, cuya obra inspira esta reflexión, no aborda directamente el
esnobismo ambiental, pero su análisis sobre el esnobismo como vicio social
proporciona un marco útil para entender este fenómeno. Shklar describe el
esnobismo como una conducta que crea líneas de separación con respecto a los
demás, no a partir de méritos genuinos, sino adoptando valores artificiales que
refuerzan jerarquías culturales, políticas y económicas. En el contexto del
esnobismo ecológico, esta dinámica se ve intensificada por el llamado marketing
verde, que fomenta una distinción social a través de prácticas
supuestamente sostenibles. Este tipo de esnobismo no solo afecta las relaciones
interpersonales, sino que, dentro de un sistema democrático, erosiona los
principios de igualdad y respeto mutuo.
Cuando
el compromiso ambiental o “verde” se transforma en una práctica de ostentación,
cae en la trampa de la exclusividad, en la que ciertas élites logran una
distinción mediante prácticas ecológicas que están fuera del alcance de la
mayoría. Este fenómeno refuerza las desigualdades sociales, especialmente en
contextos del llamado “Tercer Mundo,” donde el acceso a productos ecológicos o
tecnologías sostenibles está restringido para grandes sectores de la población.
Así, el esnobismo ambiental desvía el propósito esencial del activismo
ecológico: construir colectivamente un modelo de desarrollo que favorezca un
planeta más sostenible desde la escasez de recursos (y no desde su abundancia
desmedida). Este enfoque ético y democrático debería invitar a una reflexión
profunda sobre nuestra responsabilidad hacia el presente y el futuro,
transformando nuestra percepción del mundo que nos rodea.
Con los
planteamientos de Judith N. Shklar, asumimos la tarea de comprender los vicios
ordinarios y subrayar la importancia de cultivar virtudes cívicas accesibles
para todos, que fortalezcan la igualdad y el respeto mutuo en las sociedades
democráticas. Estas palabras en relación con el ambiente, la ecología y la
sostenibilidad, son, más que una crítica, un llamado de atención hacia posturas
que desdibujan la auténtica sostenibilidad en un mundo desbordado por el
excesivo consumo fútil y que enfrentan el reto de buscar una aceptable justicia
ecológica. Es vital que los postulados de una ecología responsable y prácticas
sostenibles no se conviertan en herramientas de distinción social que nos
aparten del verdadero camino hacia la restauración de cierto justo equilibrio
natural y del respeto por los demás seres vivos y entes que habitan este
planeta, sino que tales propuestas reflejen la convicción auténtica del peligro
inminente de lo que concierne a la existencia del planeta en su conjunto.
Bibliografía
Shklar,
Judith N. Vicios ordinarios: una aproximación a la moral política.
Traducción de Roberto Ramos Fontecoba. Ed. Página Indómita, Barcelona. 2022.
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