lunes, 1 de septiembre de 2014

Sobre la tiranía en los textos de Voltaire
(Selección de David De los Reyes)







Tirano[1]

Antiguamente la palabra «tirano» designaba al que supo conquistarse la principal autoridad, como la palabra «rey» designaba al que tenía el cargo de relatar los asuntos al Senado. Las acepciones de las palabras cambian en el transcurso del tiempo. Hoy se da el nombre de tirano al usurpador o al rey que comete actos de violencia e injusticia y cuya voluntad se sobrepone a las leyes.
Cromwell fue un tirano bajo todos esos aspectos. El hombre de la clase media que usurpa la autoridad suprema, y que contra lo que disponen las leyes suprime la Cámara de los Pares, es indudablemente un tirano usurpador. El general que hace que decapiten a su rey, que lo tiene prisionero de guerra, viola al mismo tiempo las leyes de la guerra, las leyes internacionales y las leyes de la humanidad, es tirano, asesino y parricida.
Carlos I no fue tirano, aunque el partido que le venció le diera ese nombre; en la opinión general, era terco y débil y estuvo mal aconsejado. No aseguraré que esto sea verdad, porque no lo conocí; pero sí aseguro que fue muy desgraciado.
Enrique VIII fue tirano en el gobierno y con la familia, y se manchó con la sangre de dos esposas inocentes y con la sangre de los ciudadanos más virtuosos; merece la execración de la posteridad; sin embargo, no tuvo ningún castigo, y el desdichado Carlos I murió en un cadalso.
Isabel cometió un acto de tiranía y su Parlamento una cobardía infame haciendo asesinar por mano del verdugo a la reina María Estuardo; en el resto de su gobierno no fue tiránica; fue hábil y comedianta, pero manifestó tener prudencia y fortaleza.
Ricardo III fue un tirano bárbaro, pero sufrió el castigo que merecía.
El papa Alejandro VI, que fue un tirano más execrable que los que acabamos de citar, fue sin embargo feliz en todos sus atentados.
Cristian II fue un tirano tan perverso como Alejandro VI, y aunque fue castigado, no le alcanzó el castigo que merecía.
Si enumerara los tiranos turcos, griegos y romanos que encontramos en la Historia, veríamos que hubo tantos dichosos como desgraciados. Les llamo dichosos hablando según el prejuicio vulgar, según la acepción ordinaria de la palabra, según las apariencias, porque fueran dichosos realmente, que vivieran contentos y tranquilos, es cosa que tengo por imposible.
Constantino el Grande fue indudablemente un tirano con doble título. Usurpó en el Norte de Inglaterra la corona del Imperio romano, poniéndose al frente de algunas legiones extranjeras, faltando a todas las leyes, oponiéndose a la votación del Senado y del pueblo, que habían elegido legítimamente emperador a Magencio. Su vida fue una serie no interrumpida de delitos, de voluptuosidades, de fraudes y de imposturas. No fue castigado, ¿pero fue feliz? Dios lo sabe; yo sólo sé que sus vasallos fueron desgraciados.
El gran Teodosio obró como el más abominable de los tiranos, cuando con el pretexto de dar una fiesta mandó degollar en el circo quince mil ciudadanos romanos con sus mujeres y sus hijos, añadiendo a esa barbarie la farsa de pasar algunos meses sin ir a misa mayor por causa de penitencia.
Los tiranos del Bajo Imperio griego fueron casi todos destronados y asesinados unos por otros. Esos grandes culpables fueron sucesivamente los ejecutores de la venganza divina y de la venganza humana. Entre los tiranos turcos hubo tantos desposeídos como muertos en el trono.
De los tiranos subalternos, de esos monstruos de segundo orden que hicieron recaer en sus señores la execración pública, de cuyo peso se descargaron, debemos decir que su número es infinito.


Tiranía[2]

Llamamos tirano al déspota que no conoce más leyes que su capricho, que se apodera de los bienes de sus vasallos y que compromete a éstos a que se apoderen de los bienes de los pueblos inmediatos. No se conocen esta clase de tiranos en Europa.
Hay que distinguir entre la tiranía de uno solo y entre la tiranía de muchos; esta última tiranía es la que ejercen las corporaciones que invaden los derechos de otras y que gobiernan despóticamente corrompiendo las leyes. Tampoco  hay esta clase de tiranos en Europa.
¿Qué tiranía de ambas sufriríais mejor? Ninguna de las dos; pero si me viera obligado a escoger, detestaría menos la tiranía de uno solo que la tiranía de muchos. El déspota tiene siempre algunos días en los que no oprime a los que gobierna, pero estos días no se conocen en una asamblea de déspotas. Si un tirano comete conmigo una injusticia, puede apaciguar su cólera por medio de su querida, de su confesor o de su paje; pero una corporación de tiranos es inaccesible a toda clase de seducciones.



Esta combinación afortunada en el gobierno de Inglaterra, ese concierto entre los Comunes, los lores y el rey, no ha existido siempre. Durante largo tiempo, Inglaterra ha sido esclava; lo ha sido de los romanos, los sajones, los daneses, los franceses. Guillermo el Conquistador, en especial, dispuso de los bienes y de la vida de sus nuevos súbditos como un monarca oriental, gobernándola con puño de hierro. Prohibió a los ingleses, bajo pena de muerte, mantener encendido el fuego o la luz en sus casas después de las ocho de la noche; no se sabe si quería evitar las reuniones nocturnas o bien saber, mediante prohibición tan absurda, hasta dónde puede llegar el poder de un hombre sobre los demás.
Es cierto que antes y después de Guillermo el Conquistador hubo Parlamento en Inglaterra; los ingleses se vanaglorian de ello, como si esas reuniones, que entonces se llamaban parlamentos, compuestas por eclesiásticos tiránicos y bandidos llamados barones, hubieran sido guardianes de la libertad y de la felicidad popular.
Fueron los bárbaros, que desde las riberas del Báltico se expandieron por toda Europa, quienes impusieron la costumbre de esos estados o parlamentos, de los que tanto se habla pero son tan desconocidos. Es verdad que los reyes en esa época no eran déspotas, pero a pesar de ello los pueblos debían soportar un servilismo miserable. Los capitanes de los salvajes que asolaron Francia, Italia, España, Inglaterra, se transformaron en monarcas; sus lugartenientes se repartieron las tierras de los vencidos, dando así origen a los margraves, los «lairds», los barones, tiranuelos que disputaban a sus soberanos los despojos de los pueblos, aves de rapiña que luchaban con un águila para robarle la sangre a las palomas; cada pueblo tuvo cien tiranos en lugar de un amo. Enseguida intervinieron los sacerdotes. Los galos, los isleños de Inglaterra, habían sido gobernados por los druidas siempre y por los jefes de las ciudades, una clase antigua de barones, menos tiránica que sus sucesores. Los druidas decían ser los intermediarios entre la divinidad y los hombres; dictaban leyes, excomulgaban y condenaban a muerte. Poco a poco, los obispos, durante el dominio de los godos y los vándalos, se adueñaron del poder temporal, y sirviéndose de ellos, los papas, con breves apostólicos, bulas y monjes, hicieron temblar a los reyes, les arrebataron el poder, les hicieron asesinar y se apoderaron de todo el dinero que pudieron en Europa. El imbécil de Inas, uno de los tiranos de la heptarquía de Inglaterra, fue el primero que durante una peregrinación a Roma aceptó pagar el dinero de San Pedro (alrededor de un escudo de nuestra moneda) por cada casa de su territorio. Pronto toda la isla imitó el ejemplo y, poco a poco, Inglaterra se transformó en una provincia del Papa, el cual enviaba de cuando en cuando a sus legados para cobrar los exorbitantes impuestos.
Juan Sin Tierra, que había sido excomulgado por Su Santidad, concluyó por cederle el reino. Los barones, disgustados por semejante medida, destronaron al miserable rey y pusieron en su lugar a Luis VIII, padre de San Luis, rey de Francia. Pero enseguida se cansaron del recién llegado y lo obligaron a atravesar de nuevo el mar.
Mientras que los barones, los obispos, los papas desgarraban así a Inglaterra, donde todos querían mandar, la más numerosa, la más virtuosa y por consecuencia la más respetable parte de los hombres, compuesta por los que estudian las leyes y las ciencias, los artesanos, los negociantes, en suma todos los que no eran tiranos, el pueblo era mirado como un animal por debajo del hombre. Era necesario que las comunas tuvieran parte en el gobierno: eran plebeyos; su trabajo, su sangre, pertenecía a sus amos, los nobles. La mayoría de los hombres en Europa era considerada entonces lo que aún lo sigue siendo en muchos lugares de su parte septentrional: siervos de un señor, como un ganado que se compra y se vende con la tierra. Han debido de pasar muchos siglos para que se hiciera justicia a la humanidad, para que se comprobara que es terrible que la mayoría de los hombres siembre para que un reducido grupo de ellos recoja los frutos.
¿No es una felicidad para el género humano que esos pequeños bribones hayan visto extinguida su autoridad por el poder legítimo de nuestros reyes en Francia y por el poder legítimo de los reyes y el pueblo en Inglaterra?
Felizmente, las querellas entre reyes y señores feudales conmovieron a los imperios y aflojaron las cadenas que atenazaban a las naciones; la libertad nació en Inglaterra de las disputas entre los tiranos. Los barones obligaron a Juan Sin Tierra ya Enrique III a otorgar la famosa Carta, cuyo principal objeto era, en realidad, situar a los reyes bajo la dependencia de los lores, pero que favoreció al resto de la nación para que ésta, en caso de necesidad, se pusiera de parte de sus pretendidos protectores. Esta Carta Magna, considerada como el sagrado origen de las libertades inglesas, nos demuestra que la libertad era entonces poco conocida. Su solo título demuestra que el rey se creía monarca absoluto por derecho y cedió este pretendido derecho tan sólo cuando fue obligado por los barones y el clero, más poderosos que él.
He aquí cómo empieza la Carta Magna: "Nos acordamos por nuestra propia voluntad, los privilegios siguientes a los arzobispos, obispos, abates, priores y barones de nuestro reino, etc.»
En los artículos de esa Carta no se menciona para nada a la Cámara de los Comunes, lo cual es prueba de que no existía aún o de que no tenía poder alguno. Se especifica a los hombres libres de Inglaterra: triste demostración de que había muchos que no lo eran. En el artículo 32 de la Carta se establece que los pretendidos hombres libres debían prestar servicios a su señor. Una libertad semejante se parece mucho a la esclavitud.
El rey dispone en el artículo 21 que sus oficiales no podrán apoderarse en adelante de los caballos y los carros de los hombres libres por la fuerza, sino que deberán pagarles su valor. El pueblo consideró que ese reglamento les dotaba de libertad únicamente porque les libraba de una tiranía mayor.
Enrique VIl, feliz usurpador y gran político, que aparentaba estimar a los barones cuando en realidad los detestaba y temía, consiguió la enajenación de sus tierras. De ese modo los plebeyos que más tarde adquirieron bienes con su trabajo, pudieron adquirir los castillos de los pares arruinados por sus locuras. Poco a poco todas las tierras cambiaron de dueño.
La Cámara de los Comunes se hizo cada vez más poderosa; con el tiempo desaparecieron las familias de los antiguos pares; y como en Inglaterra los únicos nobles son en realidad, según dice la ley, los pares, pronto hubiera desaparecido la nobleza en ese país si de cuando en cuando los reyes no hubieran creado nuevos barones y no conservaran la orden de los pares, antes tan temida, para ponerla enfrente a la de los Comunes, cuyo poder les inspiraba temores.
Todos esos pares que forman la Cámara alta reciben del rey un titulado y nada más; casi ninguno de ellos posee la tierra que lleva su nombre. El uno es duque de Dorset y no tiene una pulgada de tierra en Dorsetshire; el otro es conde de una ciudad de la que apenas sabe dónde está situada; tienen poder en el Parlamento, pero en ningún sitio más.
Aquí no se oye hablar de alta, media y baja justicia, ni del derecho a cazar en las tierras de un ciudadano, el cual ni siquiera es dueño de disparar un tiro de fusil en su propio campo.
Un hombre, por el hecho de ser noble o sacerdote, no está eximido del pago de determinadas contribuciones; todos los impuestos están reglamentados por la Cámara de los Comunes que, aun siendo la segunda por su rango, es la primera en importancia.
Los señores y los obispos pueden rechazar un proyecto de ley sobre impuestos presentado por los Comunes, pero no pueden modificarlo; tienen que recibirlo o rechazarlo sin modificaciones. Cuando los lores aceptan el proyecto y el rey lo aprueba, todo el mundo tiene que pagar. Cada cual paga no según su rango (lo cual es absurdo), sino según su renta; no existen ni tributos ni contribuciones arbitrarias, sino un verdadero impuesto sobre las tierras, que fueron evaluadas durante el reinado del famoso Guillermo III por debajo de su precio.
Las rentas de la tierra han aumentado, pero los impuestos siguen siendo los mismos; de este modo nadie se siente perjudicado ni se queja. El campesino no tiene los pies doloridos por el uso de los zuecos, come pan blanco, viste bien, aumenta su ganadería y cubre con tejas el techo de su casa, sin temor a que le aumenten los impuestos el año siguiente.
Muchos campesinos, a pesar de tener doscientos mil francos de renta, continúan cultivando la tierra que los ha enriquecido y en la que viven en libertad.



Sobre la Democracia[3]

Cinna, dirigiéndose a Augusto en la tragedia de Corneille, dice: «El peor de los Estados es el Estado popular»; pero en cambio Máximo sostiene que «el peor de los Estados es la monarquía». [150] Bayle, después de sostener algunas veces el pro y el contra en su Diccionario, al ocuparse de Pericles, hace un retrato disforme de la democracia sobre todo de la democracia de Atenas. Un republicano apasionado de la democracia, que es uno de nuestros grandes cuestionadores nos remite la refutación que hace de Bayle y la apología de Atenas. Expondremos las razones que alega; todo el que escribe goza del privilegio de juzgar a los vivos y a los muertos, pero también le juzgan los demás, que a su vez serán juzgados; y de siglo en siglo se reforman todas las sentencias.
Bayle, después de ocuparse de lugares comunes, dice «Que recorriendo la historia de Macedonia no encontraremos en ella tanta tiranía como nos ofrece la historia de Atenas». Quizás Bayle estaba descontento de Holanda cuando escribió de ese modo, y probablemente el republicano aludido que le refuta, está satisfecho de su pequeña ciudad democrática, en cuanto al presente.
Es difícil pesar en una balanza exacta las iniquidades de la república de Atenas y las de la corte de Macedonia. Reprochamos todavía hoy a los atenienses el destierro de Gimón, de Arístides, de Temístocles y de Alcibiades, las sentencias de muerte que dictaron contra Foción y Sócrates, sentencias parecidas a las de algunos de nuestros tribunales absurdos y crueles. No podemos perdonar a los atenienses la muerte de sus seis generales victoriosos, sentenciados por no haber tenido tiempo para enterrar sus muertos después de alcanzar la victoria, por impedírselo una tempestad. Ese decreto fue tan ridículo como bárbaro, y demuestra tanta superstición y tanta ingratitud, como las sentencias que dictó la Inquisición contra Urbano Grandier, contra la mariscala de Ancre y otros reos acusados de brujería. En vano se dice para justificar a los atenienses que creían como Hornero que las almas de los muertos vagaban errantes hasta que recibían los honores de la sepultura o de la hoguera, porque una necedad no justifica una barbarie. A nadie perjudica que las almas de algunos griegos se paseen una o dos semanas por las orillas del mar; pero sí que perjudica a la justicia entregar hombres vivos a los verdugos, y hombres vivos que acaban de ganar una batalla. He aquí, pues, los atenienses, si los juzgamos por ese hecho, considerados como los jueces más necios y bárbaros del mundo.
Pero para ser justos es preciso poner ahora en la balanza los crímenes de la corte de Macedonia, y enumerándolos, nos convenceremos de que exceden prodigiosamente a los de Atenas, sobre todo en la tiranía y en la maldad. Ordinariamente no pueden compararse los crímenes de los grandes, que nacen siempre de la ambición, con los crímenes del pueblo, que quiere [151] la libertad y la igualdad. Los sentimientos de libertad y de igualdad no conducen por su camino recto a la calumnia, a la rapiña, al asesinato, ni a la devastación de los campos; pero la sed de la ambición y la rabia del poder precipitan a los hombres en esos crímenes en todas las épocas y en todos los lugares.
En Macedonia, cuya virtud opone Bayle a la virtud de Atenas, sólo se encuentra un tejido de crímenes espantosos durante doscientos años. Ptolomeo, tío de Alejandro el Grande, asesina a su hermano Alejandro por usurparle el reino. Su hermano Filipo pasa engañando y cometiendo violaciones, una vida que termina Pausanias matándola a puñaladas. Olimpias manda arrojar a la reina Cleopatra y a su hijo en una cuba de cobre liquidado; y además asesina a Aridea. Antígono mata a Eumenos. Antígono Gonatar, su hijo, envenena al gobernador de la ciudadela de Corinto, se casa con su viuda, la expulsa de allí y se apodera de la ciudadela Filipo, su nieto, envenena a Demetrino y con sus asesinatos mancha de sangre toda la Macedonia. Perseo asesina a su mujer con su propia mano y envenena a su hermano. Estas barbaries son famosas en la historia.
Así, pues, durante dos siglos, el furor del despotismo convierte la Macedonia en teatro de todos los crímenes; y en ese mismo espacio de tiempo sólo mancha el gobierno popular de Atenas con cinco o seis iniquidades judiciales, con cinco o seis sentencias atroces, de las que el pueblo se arrepiente después y se enmienda honrosamente. Después de matar a Sócrates le pide perdón y le erige el pequeño templo Socrateion, pide perdón también a Foción, y le levanta una estatua, pide perdón a los seis generales que ridículamente sentenció y condenó a muerte, cargando de cadenas a su principal acusador, que milagrosamente pudo escapar de la venganza pública. El pueblo ateniense fue pues tan bueno como ligero, mientras que ningún gobierno despótico lloró ni se arrepintió nunca de haber dictado sentencias injustas. Bayle se equivocó esta vez, y el republicano que le refuta tiene razón.
El gobierno popular es por su misma esencia menos inicuo y abominable que el poder tiránico. El gran vicio de la democracia no consiste en la tiranía ni en la crueldad; hubo republicanos montañeses, salvajes y feroces, pero no les hizo así el espíritu republicano, sino la naturaleza. La América Septentrional se dividía en una infinidad de repúblicas, pero eran repúblicas de osos. El verdadero vicio de la república civilizada es el de la fábula turca del dragón que tenía muchas cabezas y del dragón que tenía muchas colas. Tener multitud de cabezas es un perjuicio, y la multitud de colas obedece sólo a una cabeza que desea devorarlo todo. [152]
La democracia parece que no convenga más que a una nación redunda y que esté colocada en sitio a propósito. Aun así cometerá faltas, porque se compondrá de hombres; reinará en ella la discordia como en un convento de frailes; pero nunca conocerá esa nación noches como la de San Bartolomé, ni matanzas como las de Irlanda, ni Vísperas Sicilianas, ni Inquisición, ni será condenada a galeras por haber tomado agua del mar sin pagarla, a no ser que supongamos que compongan esa república diablos venidos del infierno.
Después de declararme partidario del republicano defensor de la democracia y de oponerme a las teorías de Bayle, añadiré que los atenienses fueron tan guerreros como los suizos y estaban tan civilizados como los parisienses en el tiempo de Luis XIV; que sobresalieron en todas las artes que requieren habilidad de genio, como los florentinos de la época de los Médicis, que fueron los maestros de los romanos en las ciencias y en la elocuencia, hasta en la época del mismo Cicerón. Ese pequeño pueblo, que apenas tenía territorio, y no es hoy más que una banda de esclavos ignorantes, cien veces menos numerosa que la de los judíos y ha perdido hasta su nombre, fue sin embargo superior al imperio romano por su antigua reputación, que triunfa de los siglos y de la esclavitud.
Europa conoció otra república, diez veces más pequeña aún que Atenas, la de Ginebra, que atrajo durante cincuenta años sus miradas y supo colocar su nombre al lado del de Roma, en la época en que ésta dictaba leyes a los monarcas, sentenciaba a Enrique, soberano de Francia, y absolvía y castigaba a otro Enrique que fue el primer hombre de su siglo, en la época misma que Venecia conservaba su antiguo esplendor, y la nueva república de las siete Provincias-Unidas asombra a Europa y a las Indias con su instalación y su comercio.
No pudo aplastar el hormigueo imperceptible de la república ginebrina el demonio del Mediodía, Felipe II, el dominador de dos mundos, ni pudieron tampoco aplastarla las intrigas del Vaticano, que hacían mover los resortes de media Europa. Esa república se mantuvo fuerte, defendiéndose con sus escritos y sus armas, y con la ayuda de Picard, que escribía, y de un pequeño número de suizos, que peleaba, consiguió afirmarse y triunfar, pudiendo decir: Roma y yo
En aquellos momentos se trataba cómo había de pensar Europa en cuestiones que nadie comprendía, y empezó la guerra del espíritu humano, que dio a luz a Calvino, Beze y Turrttin, para sustituir a Demóstenes, Platón y Aristóteles, y cuando al fin se reconoció que eran absurdas la mayoría de las cuestiones de controversia que llamaban la atención de Europa, esa pequeña república se ocupó con asiduidad en algo más sólido, [153] en adquirir riquezas. Esos republicanos llegaron a ser ricos, pero ya no fueron nada más.
Los españoles encontraron en América la república de Trascala bastante bien establecida. Todo lo que no fue sojuzgado en aquella parte del mundo es todavía republicano. Cuando se descubrió aquel continente, sólo había en él dos monarquías; y esto podría muy bien probar que el gobierno republicano es el más natural. Preciso es haber llegado al refinamiento y haber pagado por muchas pruebas para someterse al gobierno de uno sólo.
En África, los hotentotes, los cafres y otras muchas colonias de negros viven en la democracia, y se asegura que los países que venden mayor número de negros están gobernados por reyes. Trípoli, Túnez y Argel, son repúblicas de soldados y de piratas. Semejantes a ellas las hay en la India: los maratas y otras hordas salvajes no tienen reyes, eligen jefes cuando van a entrar en guerra. Así son todavía algunos pueblos de Tartaria. El mismo imperio turco fue mucho tiempo una república de genízaros, que con frecuencia estrangulaban a su sultán, cuando éste no los diezmaba para extinguirlos.
Todos los días se cuestiona si el gobierno republicano es preferible al gobierno monárquico, y la cuestión termina siempre conviniendo en que es muy difícil gobernar a los hombres. A los judíos, que tuvieron por Señor al mismo Dios, ya sabemos lo que les sucedió. Casi siempre fueron vencidos y esclavos, y aun hoy no desempeñan airoso papel.




[1] Del: Diccionario Filosófico  (1764) de Voltaire. Tomado de: http://www.e-torredebabel.com/Biblioteca/Voltaire/tirano-Diccionario-Filosofico.htm

[2] Cartas Filosóficas, # 9: Sobre el Gobierno (texto completo). http://www.ciudadseva.com/textos/otros/voltaire/carfilo/09.htm

[3] Op.cit. Diccionario Filosófico de Voltaire