viernes, 1 de junio de 2012



La importancia del filosofar
 (en clave popperiana)
                                            
Carlos Blank [1]







Resumen                      

Este trabajo no pretende seguramente aportar nada nuevo a la filosofía práctica. Nuestro propósito, más bien,  es hacer algunas reflexiones acerca del filosofar mismo desde una perspectiva popperiana, pues consideramos que ella puede suministrar algunas herramientas útiles para aquellos que se ocupan  de la filosofía práctica y la aplican. Se trata de ver a la filosofía como una actividad crítica de las nociones o creencias compartidas que aparecen como “sentido común”. En definitiva, consideramos que una filosofía práctica puede cumplir un papel útil, incluso indispensable, si nunca pierde ese aguijón crítico, aguijón que es también indispensable en la llamada filosofía académica.                                             

Palabras Clave: Filosofía práctica, sentido común, realismo, criticismo, responsabilidad intelectual



Introducción: el “revival” o retorno de la filosofía


Hay, al menos, un problema filosófico en el que todos los hombres de pensamiento están interesados: el de comprender el mundo en que vivimos, y, por tanto, el de comprendernos a nosotros mismos (que formamos parte de ese mundo) y a nuestro conocimiento de él.
                                                                          Karl Popper                                                            


Nadie puede negar el auge que ha adquirido la filosofía en las últimas décadas. La filosofía ha pasado de ser una disciplina intelectual confinada a un ámbito académico restringido y elitesco, a ser una disciplina de creciente interés público general.  La filosofía no es vista solamente como un idioma de filósofos para filósofos, con todos los matices problemáticos y de ambigüedad que tal sistema de comunicación conlleva, sino como un idioma que puede ser compartido por todos aquellos que tienen un mínimo de interés en ciertas cuestiones básicas de las que se ocupa la filosofía. La filosofía ha salido de la academia y ha vuelto al foro público, al ágora de las opiniones comunes.
La interpretación de este hecho puede variar considerablemente, lo que en sí mismo constituye un hecho favorable. Pues algunos opinan que este nuevo enfoque exotérico del filosofar constituye una peligrosa amenaza para la conservación de los tesoros y de la riqueza que encierra la filosofía, consideran que este despertar de la filosofía puede amenazar la fuente misma de la que se nutre el verdadero filosofar, sería, en fin, una trivialización, banalización y mercantilización del  auténtico filosofar.      
Mientras que otros opinan precisamente lo contrario, la filosofía saldría así de ese ámbito puramente escolástico y académico en el cual se encuentra, recobraría para sí su vena original, el pulso vital del que suelen carecer las discusiones bizantinas y anodinas en las que a menudo se encierran los círculos filosóficos ad usum, recobraría, en definitiva, la verdadera sabia vital y amor a la sabiduría de la que depende su existencia.
Este contraste de opiniones, bastante caricaturizado por nosotros, constituye algo positivo y pone en evidencia el carácter polémico que encierra el filosofar mismo. Es posible que cada una de estas posiciones encierre algo de verdad y no sean tan contradictorias como pudieran parecernos en principio.
Nuestro objetivo es el de conciliar en lo posible ambas posiciones y reconocer de entrada la necesidad de los ámbitos del filosofar, la academia y el ágora, sin pretender sostener ningún purismo filosófico excluyente. Para ello, utilizaremos el hilo conductor de la filosofía popperiana, en la cual encontramos elementos interesantes  de comparación con este nuevo movimiento filosófico que se agrupa bajo la denominación de filosofía práctica[2]. De hecho Popper representa, al igual que Russell, la posibilidad de reflexionar dentro un ámbito bastante técnico y especializado de la filosofía académica y al mismo tiempo reflexionar sobre cuestiones políticas y éticas de interés más general, aunque no menos importantes.




Caricatura de Boligan


El oficio de filósofo

                                          Pienso que todos los hombres y las mujeres son filósofos,
                                        aunque unos lo son más que otros.    
                                                                                                                Karl Popper                                                                                                                               

Sin duda la filosofía de Popper constituye una de las defensas más sólidas del oficio de filosofar. Contrariamente a la tesis de la impotencia o irrelevancia de la filosofía, él ha destacado precisamente la importancia de la filosofía y la influencia decisiva que ha tenido en el desarrollo de la civilización occidental, ya sea para bien o para mal. Por ello, una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo consiste en revisar críticamente la propia tradición filosófica y en  “romper con la deferencia hacia los grandes hombres creada por el hábito”, pues los “grandes hombres pueden cometer grandes errores.” (Popper 1981:10) Muchos “genios filosóficos” o “gigantes filosóficos” han metido la pata de tamaño gigante y han hecho que otros sigan sus metidas de pata pantagruélicas. 
La apologia  pro vita sua de la filosofía es inseparable de esta visión crítica de sí misma y pasa por reconocer que la filosofía profesional y académica ha tenido un pobre desempeño. Llama la atención ante el hecho de que la tradición presocrática, que dio origen al filosofar y al pensar crítico, aparece mucho antes de que surgiera la filosofía profesional y académica. Para Popper el verdadero espíritu filosófico tiene sus raíces en los problemas cosmológicos de los jonios, así como en la lucha contra los prejuicios dominantes que debían vencer. Esta tradición fue continuada por los sofistas y Sócrates en el plano moral y político. La filosofía se erige como una visión crítica de la tradición de sentido común heredada, como una suerte de ilustración de ese sentido común. El sentido común constituye la materia prima a partir de la cual se elabora el pensamiento filosófico, es su punto de partida, aunque, como veremos más adelante,  no puede ser su punto de llegada, su última palabra.
De este modo, la filosofía está desde su origen emparentado con los modos tradicionales de pensar y del sentido común, aunque su labor consiste precisamente en llevar a cabo una revisión crítica de éstos.

 Todos los hombres y todas las mujeres son filósofos. Si ellos no son conscientes de tener problemas filosóficos, ellos tienen, de cualquier modo, prejuicios filosóficos. Muchos de estos son teorías  que ellos dan por descontado: ellos los han absorbido de su medio intelectual o de la tradición.
  Como algunas de estas teorías son sostenidas conscientemente, son prejuicios  en el sentido de que se sostienen sin un examen crítico, aunque pueden ser de gran importancia para las acciones prácticas de la gente y para toda su vida.
   Es una apología de la existencia de la filosofía profesional el que los hombres necesitan examinar críticamente estas extendidas e influyentes teorías.   (Popper 1996: 179) 

Es posible que algunos puedan entender este enfoque de la filosofía como demagógica. Y es posible que pueda conducir a cierta demagogia. Pero reconocer que todos somos filósofos, no implica que toda filosofía sea igual, que cualquier filosofía tenga el mismo valor. Esta visión “democrática” de la filosofía sí está reñida, en cambio, con una visión elitista  o aristocrática del  filosofar, como si fuese una actividad de seres superiores dotados de capacidades cuasidivinas, tocados por el dedo de los dioses. Si algo va a atacar justamente Popper es ese lenguaje oracular, con ribetes místicos, de aquellos que se erigen como profetas de la humanidad. La labor del filósofo consiste entonces en denunciar los falsos profetas que siempre abundan, ya sean profetas del desastre o de un futuro paradisíaco. El filósofo no está dotado de ningún atributo que lo haga un ser especial o capaz de comprender los arcanos de la realidad mejor que cualquier otro.   Quienes así piensan son presa fácil de charlatanes y embaucadores, de gurús o führers.
El verdadero filosofar debe estar orientado al desarrollo del pensamiento autónomo, al pensar libre e independiente de cada uno. En lugar de imponer dogmas, el filosofar debe liberarnos de cualquier dogma, debe ayudar a liberarnos de “la tiranía de la costumbre”, como dice Russell. El filósofo debe ser contrario a imponer sus ideas con autoridad. En cambio, debe estar dispuesto a reconocer que todo conocimiento carece de autoridad definitiva, de fundamento seguro. Reconocer la incertidumbre básica y la falibilidad en la cual se desenvuelve el conocimiento humano es posiblemente uno de los aportes más importantes de la filosofía y la ciencia.   
De la cita anterior se desprende también  que la filosofía profesional no está al margen de los intereses y de las preocupaciones de la gente, y que puede ser una herramienta útil para comprender mejor estas preocupaciones y para revisar críticamente sus propias creencias y opiniones.



Caricatura de Boligan

Los pecados de la filosofía
                                            La especialización puede ser una gran tentación para el
                                            científico. Pero para el filósofo es un pecado mortal.
                                                                                                                 Karl Popper
                                   
Nada es más revelador de la propia concepción de la filosofía de Popper que enumerar los pecados y las tentaciones más comunes a las cuales está expuesto el filosofar. Esto es, antes de configurar una imagen de lo que la filosofía es o debe ser, debemos revisar aquello que no es o no debe ser.
Pero antes de hacer esa enumeración cabe destacar que los peores pecados del filósofo, y los más frecuentes, son la especialización y la soberbia intelectual, pecados  estos que derivan de esa visión elitista  y antidemocrática que antes mencionamos y que surgen a partir de su profesionalización. No niega que cierto grado de especialización, en lógica y metodología por ejemplo, ha permitido resolver problemas técnicos o específicos[3]. Sin embargo, encerrar a la filosofía dentro de un dominio especializado o convertirlo en una disciplina científica, como quería el positivismo lógico, constituye un grave error. La filosofía no debe ser más precisa o exacta de lo que sus propios asuntos requieren, como veremos más adelante en el punto 7.
Por otro lado, la manía de usar un lenguaje engorroso, abstruso y hermético, de usar una “jerga altisonante” o “grandes palabras”, de usar esa “filosofía oracular”, constituye otro de los pecados más frecuentes de los filósofos y revela esa soberbia intelectual y aires de superioridad con la cual a menudo se identifica al filósofo. Ese lenguaje ambiguo y confuso revela, con mucha frecuencia,  una falsa erudición y suele utilizarse para protegerse de la crítica racional.  En cambio, la claridad del lenguaje hace posible esa crítica y no está  o no debe estar reñida con la profundidad del análisis ni con la importancia o relevancia del tema.  
A continuación enumeramos los pecados más frecuentes en los que incurre la filosofía.[4]

1) La filosofía consiste en resolver  “acertijos lingüísticos”. Para Popper esta visión rebaja la filosofía a mera actividad de aclaración de los juegos del lenguaje en el que surgen las diversos “puzzles” filosóficos y, peor aún,  niega la existencia de problemas genuinamente filosóficos. Estos juegos de lenguaje están encarnados en formas de vida  y pueden ser comprendidos solamente si se comparten estas formas de vida. Esto da origen a lo que Popper llama “el mito del marco común” y desemboca en el relativismo, al subjetivismo y, en definitiva, al irracionalismo. Buena parte del conocido debate Popper vs. Kuhn sobre la ciencia  tiene que ver con este punto. Como el punto 6, está fuertemente asociado a la filosofía tardía de Wittgenstein.   
 2)  La filosofía es una serie de obras de arte, de asombrosas y originales imágenes del mundo, de formas inteligentes e inusuales de describir el mundo. Podríamos calificar a esta versión de expresionista o esteticista. La filosofía es una expresión del filósofo y de su búsqueda de crear obras de arte filosóficas, lienzos hermosos y originales. Platón sería quizás el filósofo más representativo de esta visión esteticista de la filosofía según Popper, del filósofo-artista, de allí el utopismo y perfeccionismo que desembocan finalmente en medios totalitarios de control social.
3) La verdad de la filosofía es un subproducto del desarrollo de los  diversos sistemas de ideas, una suerte de desarrollo dialéctico del filosofar, en el cual el último sistema supera y mantiene las verdades parciales de los sistemas de ideas anteriores. Esa es la visión que tenía Aristóteles de los presocráticos y del propio Platón o la que tenía Hegel de su propia filosofía. Para Popper esta visión no hace justicia a los precursores de los cuales surge, como el caso de los presocráticos o como el caso de la filosofía kantiana en relación con Fichte y Hegel.
4) La filosofía es un intento por clarificar, analizar o definir conceptos, palabras o lenguajes. Como en el primer punto, la aclaración del  lenguaje puede tener un valor propedéutico o preliminar, pero no puede ser el fin último de la filosofía. Aunque en la  filosofía popperiana el lenguaje desempeña también un papel fundamental y está en la base de su teoría acerca del Mundo 3, esta visión puramente lingüística del filosofar conduce casi siempre a la esterilidad y al escolasticismo, al aislamiento y a la trivialización. La filosofía se ocupa de problemas reales y no meramente lingüísticos o verbales. Preguntas como “qué  es” o “cómo se define” algo no suele llevarnos muy lejos. Ese “esencialismo metodológico” en el que el filósofo es visto como una especie  de cazador de esencia puras, de verdades eternas e inmutables, no sólo es un ejercicio inútil sino también bastante peligroso, en la medida en que ve la filosofía como la posesión de verdades permanentes, en lugar de la búsqueda permanente de la verdad. Esta visión de la posesión de la verdad y de “la justa visión del mundo” o del “mundo sub especie aeterni” (Wittgenstein) suele estar acompañada de una visión mística.  Este esencialismo metodológico suele venir acompañado también de una visión historicista, en la que la pregunta capital es ¿de dónde surge o cuál es el origen de algo? De nuevo se trata de preguntas que debemos hacernos cum grano salis, pero sin pretender que agotan la pesquisa del filosofar.
5) La filosofía es una manera de ser inteligente. Aunque ello no merece mayores comentarios para Popper, entendemos por esto que el filósofo no debe sentir el prurito de aparecer siempre inteligente, como alguien que tiene una respuesta aguda para todo. De hecho, el filósofo no debe sentir temor a reconocer su ignorancia, no debe sentir reticencia a afirmar ignoramus –no sabemos- o incluso ignorabimus –nunca sabremos. Si la soberbia intelectual es uno de los pecados más comunes del filósofo, una de sus mayores virtudes es la modestia intelectual.
6) La filosofía es una suerte de terapia para ayudar a la gente a resolver, o mejor disolver, sus perplejidades filosóficas. Como en el punto 1 y parcialmente en el 4, la filosofía carece de problemas propios, son más bien pseudoproblemas que tienen su origen en el mal uso del lenguaje, surgen cuando “el lenguaje se va de vacaciones”, en la conocida expresión de Wittgenstein.  Sin negar que este pueda  a veces ser el caso, no se puede reducir la filosofía a una cura de las perplejidades filosóficas. Es muy posible que esa cura, de ser posible, arroje el agua sucia junto con el bebé. El propio Wittgenstein se mantuvo atrapado como la mosca en la botella, se mantuvo embistiendo contra los propios límites del lenguaje y hablando acerca de una serie de cosas sobre las cuales no se podía hablar o se debía mantener en silencio. Para  Popper Wittgenstein era un caso wittgensteiniano, así como Freud era un caso freudiano.
7) La filosofía es el estudio de cómo expresar las cosas más precisamente o más exactamente. Esta visión está estrechamente vinculada con el punto 4, con la idea de que los problemas filosóficos se resuelven una vez que damos una definición precisa y exacta de los conceptos en juego. Esta búsqueda de precisión y exactitud no puede tampoco convertirse en el fin último del filosofar y debe ser aplicado también cum grano salis. Este desiderátum no puede ir más allá de lo necesario para el tratamiento de los problemas filosóficos. En este punto nuestro autor coincidiría parcialmente con Wittgenstein II y su crítica del carácter universal de estos conceptos de precisión y exactitud al margen del tema considerado.
8) La filosofía suministra los fundamentos o el marco conceptual para resolver problemas presentes y futuros. Contrariamente, la filosofía popperiana reconoce la imposibilidad de encontrar fundamentos últimos del conocimiento, la propia base científica está sostenida en una suerte de pantano móvil, es una suerte de palafito que debe ser revisado permanentemente. Igualmente se opone a toda concepción de un método infalible y completamente seguro  para la resolución de problemas, más allá de ciertos ámbitos de la matemática y la lógica.
9) La filosofía es una expresión del espíritu de su tiempo o Zeitgeist hegeliano. Esta concepción de la filosofía es errada y confunde verdad o valor  con moda o actualidad. La filosofía, como la ciencia,  está a menudo sometida a modas, pero debemos combatir las modas en lugar de aceptarlas de modo acrítco. El  “espíritu de la época” con frecuencia no es precisamente lo más elevado, sino todo lo contrario.  
          
            A continuación esbozaremos la concepción de la filosofía defendida por Popper y que aquí hemos delimitado de forma negativa.  Esto nos lleva a delimitar mejor los problemas filosóficos.




Caricatura de Boligan


Los problemas de la filosofía
                                            Mi propia opinión sobre este punto es que sólo en tanto
tenga yo genuinos problemas filosóficos continuaré interesándome por la filosofía. No puedo entender que atractivo tendría una filosofía sin problemas.
                                                                       Karl Popper         
                                               
              Ya señalamos que para nuestro autor la búsqueda de esencias puras o de definiciones últimas no es la forma más adecuada de aproximarse a una disciplina o asunto, por eso mismo la búsqueda de una definición de filosofía carece de importancia y supone una visión trasnochada de las disciplinas intelectuales en las que cada una se ocupa de un tema o un objeto específico.  En lugar de ello plantea la necesidad de partir de problemas, “pues los problemas pueden atravesar los límites de cualquier objeto de estudio o disciplina” (Popper 1979: 81) La cuestión que cabe preguntarse es entonces: ¿cuál es el carácter de los problemas filosóficos? en lugar de preguntarnos ¿qué es filosofía?
Como es bien conocido, Popper siempre adversó la tesis  wittgensteiniana de que no hay problemas genuinamente filosóficos. Sin embargo, le conferiría parcialmente la razón si con ello quisiera decir que no hay problemas filosóficos ‘puros’, “pues, en verdad, cuanto más puro llega a ser un problema filosófico más pierde su significación original y tanto más probable que su discusión genere en un verbalismo vacío.” (Popper 1979: 88s)  Esta degeneración de la filosofía es producto del autismo o del aislamiento de la filosofía de los “problemas  que surgen fuera de la filosofía; en la matemática, por ejemplo, o  en la cosmología, o en la política, o en la religión, o en la vida social.”(Popper 1979: 86)[5]  De este modo, “los genuinos problemas filosóficos tienen siempre sus raíces en problemas urgentes que están fuera de la filosofía, y aquellos mueren si sus raíces se resecan.” (p. 86) Del hecho de que los problemas filosóficos tengan su origen fuera de la filosofía  propiamente dicha o de que sean  eventualmente solucionables fuera de ella, en las ciencias, no se desprende que éstos no existan o carezcan de validez. Por el contrario, esta tesis le parece “no sólo pedante, sino también, manifiestamente, el resultado de un dogma epistemológico y, por ende, filosófico.” (p. 89)[6]
               Wittgenstein decía, entre otras tantas cosas,  que él método correcto en filosofía consiste en dejar de filosofar cuando yo quiero o en mostrar que no hemos sido capaces de dar un significado a nuestros términos. Es cierto, concede Popper, que con frecuencia la expresiones filosóficas no son “más significativas que el balbuceo incoherente de un niño que aún no ha aprendido a hablar con propiedad”. (p. 82) Pero es un error creer que el filosofar consiste en  la búsqueda del método correcto o de la técnica correcta, pues  no hay “un método o una técnica filosóficos, o una clave infalible para el éxito filosófico”  (p. 86) y, en cambio,   “cualquier método es legítimo si conduce a resultados que pueden ser discutidos racionalmente” (p. 87)[7] A la hora de filosofar lo importante no es apegarse a un método específico o una escuela determinada, “sino la sensibilidad para los problemas y la ardiente pasión por ellos; o como decían los griegos, el don del asombro.” (p. 87)  La filosofía existe, entonces, en la medida en que “hay quienes sienten urgencia por resolver un problema, personas para quienes un problema se convierte en algo real, como un desorden que tienen que eliminar de su sistema.” (p. 87) Y podríamos añadir que en la medida en que todos hemos sentido alguna vez esa urgencia o necesidad, en esa misma medida todos somos o hemos sido filósofos, independientemente de que hayamos tendido o no una formación filosófica[8]. Es esa sensibilidad particular hacia determinados problemas sentidos como reales lo que mantiene y mantendrá vivo el filosofar, más allá de la existencia de filósofos profesionales o con entrenamiento filosófico. El filosofar supone precisamente el experimentar esta necesidad ineludible de plantearnos problemas reales, aun cuando en la mayoría de los casos no tengan una solución definitiva.[9]
A continuación veremos mejor como estos problemas surgen a partir de un “conocimiento de transfondo” (“background knowledge”) y hunden profundamente sus raíces en nociones o creencias comunes preexistentes. Así, el sentido común suministra ese conocimiento de transfondo desde el cual se plantean los problemas filosóficos.




Caricatura de Boligan

La filosofía y el sentido común
                                      La ciencia, la filosofía, el pensamiento racional deben
                                      surgir todos del sentido común.
                                                                                                          Karl Popper
Puede resultar una verdad de Perogrullo la afirmación de que toda discusión debe partir de algo que discutir. Los problemas o las cuestiones no surgen de la nada o del vacío, deben surgir de un determinado contexto o transfondo particular, a partir del cual ellas tienen algún sentido. Por lo general ese transfondo de sentido es lo que conocemos precisamente como “sentido común”, como las prenociones o preconceptos que asumimos de modo conciente o también inconcientemente.
A simple vista puede parecer contradictorio que veamos la filosofía como una disciplina que busca liberarnos de “la tiranía de la costumbre”, como decíamos antes, y que digamos que toda filosofía debe partir del mundo de “sentido común”. Pero bien mirado, no es así. Al contrario, sólo podemos liberarnos de la tiranía de la costumbre y de nuestras creencias más atrincheradas, si somos capaces de identificarlas y de reconocerlas. Por eso es que debemos partir del sentido común, de las nociones que nos suministra. Por ello mismo se trata, sin duda, de un punto de vista bastante débil o poco firme. “Comenzamos, pues, con un punto de partida vago y construimos sobre una base insegura” (Popper 1974: 42), dice Popper. Sin embargo es una base suficiente, pues no andamos buscando fundamentos firmes o certezas últimas, sino opiniones que podemos revisar, criticar y corregir cuando queramos. Para él “siempre que seamos críticos con todo lo que se diga en nombre del sentido común, es recomendable partir de él, por muy vagos que sean sus puntos de vista” (Popper 1974: 104) Es en ese sentido que podemos considerar a “toda ciencia y toda filosofía son sentido común ilustrado.”  (Popper 1974: 42) Dicho de otro modo, la ciencia y la filosofía surgen como crítica de los mitos religiosos dominantes, lo que se conoce normalmente como el paso del mithos al logos. De hecho podemos definir a las teorías científicas, siguiendo a Popper,  como “mitos que se pueden corregir”. La filosofía y la ciencia son una actividad permanente de desmitificación, de crítica racional de los mitos más frecuentes y peligrosos, que suelen ser también los más persistentes y difíciles de abandonar, “pues las creencias erróneas pueden tener un asombroso poder para sobrevivir, durante miles de años”. (Popper 1979: 15) Y en la medida en que ambas son fuentes de mitos, son también una  actividad de autocrítica permanentemente.  Este fue también el propósito de Sócrates.

El arte mayéutico de Sócrates consistía, esencialmente, en plantear interrogantes destinados a destruir  prejuicios, creencias falsas que son a menudo creencias tradicionales o de moda, respuestas falsas enunciadas con un espíritu de suficiencia  ignorantes. Sócrates no pretende saber …La mayéutica  de Sócrates, entonces, no es un arte  que pretenda enseñar creencia alguna sino que tiende a purificar o limpiar…el alma de sus creencias falsas, su conocimiento aparente, sus prejuicios. Logra ese objetivo enseñándonos a dudar de nuestras convicciones. (Popper 1979: 20)[10]

Los prejuicios tardan en morir. Einstein decía que “es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”. La labor de toda filosofía, no menos que de toda ciencia, consiste en evaluar críticamente nuestras ideas preconcebidas, nuestras opiniones heredadas. El sentido común ofrece dos caras: una cara sensata y saludable, el realismo, que podemos incorporar  en nuestra concepción del conocimiento del mundo y de nosotros mismos,  y una cara insensata y enfermiza, el idealismo, que debemos criticar en la medida en que se aleja del realismo inicial.



Caricatura de Boligan


Conciencia, realidad y sentido común.
                                                   El sentido común es un partidario acérrimo del realismo
                                                                                                                          Karl Popper

          La filosofía suele debatirse entre posiciones contrapuestas entre las que es imposible decidir su verdad o su falsedad. Una de estas es la que se da entre el realismo objetivista y el idealismo subjetivista. A menudo se ha dicho que el solipsismo es falso pero irrefutable, mientras que el realismo es verdadero pero indemostrable. La idea de que no existe un mundo real sino sólo nuestra percepción de ese mundo real, de que el mundo real sólo existe en la medida en que lo percibo o pienso en él, nos parece absurda y contraria al más elemental sentido común. Sin embargo, todo intento por refutarla es vano. Del mismo modo, la idea de que existe un mundo real independientemente de nuestras percepciones y pensamientos, de que ha habido un mundo antes de que existiésemos y de que seguirá habiéndolo después de que dejemos de existir, nos parece una de las afirmaciones de sentido común más importantes. Sin embargo, es indemostrable.
            De una sana concepción del sentido común podemos extraer la existencia tanto de la conciencia, de la mía y de la de otros, como de un mundo real independiente. .Aunque no compartamos el sentido apodíctico que Descartes le daba a la conciencia, podemos admitir “de buena gana que es una prueba de sentido común bueno y sano el creer en la existencia del propio yo pensante” (Popper 1974: 44) Sin duda Descartes era realista, pues afirmaba la existencia de la conciencia, pero no sólo de ella, sino también de un mundo material externo e independiente. Sin embargo, Popper no comparte la absoluta seguridad e inmediatez que según Descartes acompaña al yo, eso que Rorty ha llamado “el acceso privilegiado” a nuestras propias experiencias internas. Esta aparente inmediatez y seguridad de nuestros propios estados mentales, es algo que adquirimos con el tiempo y es en gran medida producto del aprendizaje y de nuestra interacción con otros a través del lenguaje. No nacemos siendo un yo, aprendemos a serlo. Piaget diría que aprendemos a tener conciencia de la permanencia de los objetos y de la existencia de otros sujetos como de mi mismo. El elemento innato en Popper, como en Piaget, sería nuestra disposición  a buscar regularidades, nuestra expectativa de regularidad.

Sugiero, por el contrario, que no hay nada directo o inmediato en nuestra experiencia: hemos de aprender que tenemos un yo que se prolonga en el tiempo y continúa existiendo incluso durante el sueño o la inconsciencia total y también hemos de aprender cosas sobre nuestro cuerpo y el de los demás. Se trata de descifrar o interpretar. Aprendemos tan bien a descifrar que todo se nos vuelve muy “directo” o “inmediato”…..El aparente carácter directo e inmediato es el resultado del entrenamiento, como ocurre al tocar el piano o conducir un coche. (Popper 1974: 44)

Resulta irónico que la filosofía de Descartes parta de la existencia del yo y desemboque en la afirmación de sentido común de la existencia de un mundo real independiente, aunque se mantenga dentro de una epistemología subjetivista; en cambio, la filosofía empirista  parte de la afirmación de sentido común de la existencia de un mudo externo y desemboca en la afirmación, tan alejada del sentido común,  de que el mundo exterior es producto o existe solamente en nuestra experiencia, en nuestras percepciones, creencias subjetivas o hábitos mentales. El empirismo desemboca en el idealismo y en el conductismo, en la negación de la realidad y de la conciencia.  La epistemología del sentido común desemboca en una filosofía que atenta contra el sentido común, “la teoría del conocimiento del sentido común, que siempre parte de una forma de realismo, acaba hundiéndose en la ciénaga del idealismo u operacionalismo epistemológico”, con lo cual “se refuta a  sí mismo.” (Popper 1974: 104s)
Se requiere entonces de una teoría que reconozca no sólo la existencia de un mundo físico real y el mundo subjetivo de la conciencia, en concordancia con el realismo de sentido común, sino que también reconozca la existencia de un mundo objetivo como producto de la creatividad humana,  pero que se vuelve relativamente autónomo e independiente de su creador, el que Popper llama Mundo 3, para diferenciarlo  del Mundo 1 o físico y el Mundo 2 o subjetivo. En este Mundo 3 se incluyen el conocimiento científico, estos es, las conjeturas o hipótesis, las instituciones sociales, las obras de arte, la ética, entre otros inquilinos que lo habitan.  Para rescatar a la epistemología tradicional de su marcado tinte subjetivista se requiere  del reconocimiento del carácter objetivo del conocimiento, el cual ha sido ignorado por el sentido común.[11] Y ello nos lleva al siguiente punto.





Caricatura de Boligan



Los mitos del sentido común
                                          Toda ciencia y toda filosofía son sentido común ilustrado
                                                                                                                         Karl Popper
                                                                             
               Ya vimos que  la razón básica por la cual Popper considera valioso el sentido común es porque supone la defensa del realismo y la crítica al idealismo.[12] Más allá de esto el sentido común es una fuente de errores frecuentes, de creencias falsas e incluso peligrosas por sus consecuencias,  por lo que resulta indispensable su crítica.  Nos llevaría muy lejos tratar todos los mitos que la filosofía de Popper se ha ocupado de desmontar y que tienen respaldo en el sentido común o son ampliamente aceptados. Ya nos hemos ocupado de ello en otros trabajos[13], por lo que aquí solamente haremos una breve descripción de algunos de ellos:

1)      El mito baconiano de la inducción o de la ciencia como un cubo: La ciencia se basa en el Método de inducción, esto es, las teorías científicas se infieren a partir de la observación repetida de la experiencia y lo que se  busca  son confirmaciones. Como se sabe,  Popper recusa este método y sostiene que la lógica inductiva no existe, solo existe la lógica deductiva y su aplicación tentativa en forma de testeo o intentos de falsación. Por otro lado, toda observación está impregnada de teoría y juega un importante papel en su testeo o puesta a prueba. La pseudociencia busca siempre verificaciones de la teoría, mientras que la verdadera actitud del científico consiste en reconocer las potenciales experiencias o enunciados básicos que ponen en riesgo la teoría, expone su cuello, por así decir.
2)      El mito de la mente humana como un cubo: es una variante del anterior. Supone que la mente humana es una suerte de recipiente vacío que llenamos a medida que adquirimos experiencias. Los sentidos son la fuente del conocimiento, por lo que debemos estar bien atentos y abrir bien esos sentidos para acumular conocimiento. A ello contrapone la mente como un reflector o faro, en el sentido de que la mente humana es activa desde el comienzo en la exploración de la realidad y contiene siempre un “horizonte de expectativas”, sin el cual no tendrá sentido siquiera hablar de observaciones. Este también se relaciona con el siguiente.
3)       El mito de la verdad manifiesta: consiste en la creencia de que la verdad puede estar cubierta con un velo, pero siempre es posible develarla y que una vez que lo hemos hecho es imposible no reconocerla. La ignorancia y el engaño serían entonces  producto de una conspiración de una suerte de  “genio maligno” que trata en todo momento de mantenerme en el error. En lugar de la posesión de la verdad, Popper insistirá siempre en el valor de la búsqueda de la verdad, en la verdad como ideal asintótico o aproximativo. La verdad es elusiva y es posible que no podamos reconocerla si nos tropezamos con ella (Jenófanes)
4)      El mito de la certeza o del conocimiento con autoridad: confundir conocimiento con certeza o con autoridad es uno de los mitos más recurrentes. Desde los comienzos de la filosofía se ha insistido en la diferenciación entre opinión y ciencia. Solamente podemos hablar de conocimiento allí donde hay certeza de algo, no mera opinión. Para Popper la certeza depende de factores externos también y es un error confundir la certeza con un sentimiento interno de seguridad, pues este sentimiento es siempre falible. No hay ninguna fuente infalible de autoridad. El punto de vista subjetivo del conocimiento, basado en la creencia verdadera o certeza, debe ser sustituido por el conocimiento en sentido objetivo y conjetural.
5)       El mito de la conspiración o del chivo expiatorio: se trata posiblemente del mito más frecuente y socorrido en el campo social. De hecho, Popper lo denomina “el mito del Siglo XX”, aunque tiene un origen bastante antiguo. Se trata de adjudicar todos los males sociales a fuerzas ocultas que trabajan para ello, a personas malvadas interesadas en provocar deliberadamente estos males. Está en la base de muchas persecuciones y genocidios a lo largo de la historia. Este mito desconoce la complejidad de la acción humana y sus consecuencias imprevistas. En su lugar, Popper plantea que muchos de  los males sociales son producto más bien de la combinación de la bondad o buena intención y de la ignorancia o estupidez. También es muy socorrido en el plano personal, pues siempre es más fácil culpar a otros de algo que reconocer nuestros propios errores.
6)      El mito de la naturaleza humana y de la igualdad humana: La idea de que existe una naturaleza humana presocial está en la base de buena parte de las teorías sociales liberales. Y ha dado origen a las más variadas concepciones. El peligro es que esta concepción de una naturaleza humana presocial da para todo, tanto para defender una concepción igualitaria como autoritaria de la sociedad y el Estado. La creencia en la igualdad natural del hombre, no solo contradice la experiencia, sino que pasa por alto lo más importante: la igualdad, como también la libertad, no son estados naturales, sino derechos políticos. El derecho a la igualdad supone precisamente la desigualdad natural, social, etc.
7)      El mito de la felicidad humana y del amor universal: este es uno de los más peligrosos mitos, pues ha sido en nombre de la felicidad del pueblo y del amor al pueblo que se han impuesto los mayores tiranos de la historia. Los gobiernos deben enfocarse en disminuir las penurias del pueblo, que siempre sobran,  y dejar la búsqueda de la felicidad y el amor a la esfera privada del individuo.
8)      El mito de la soberanía popular y de la opinión pública: la idea de que la soberanía reside en el pueblo es también una de las creencias más comunes del credo demo-liberal. Ella conduce a confundir democracia con el gobierno de la mayoría, aunque una mayoría puede conducirse antidemocráticamente e irrespetar los derechos de las minorías. Todo ello parte de una formulación equivocada de la soberanía, de la pregunta ¿quién debe gobernar?  La idea de que los mejores sean siempre los que  gobiernen constituye una idea bastante ingenua, por cierto, pues muy a menudo ocurre todo lo contrario. Por eso debemos plantearnos más bien  la pregunta de ¿cómo podemos hacer para que haya instituciones que permitan desalojar del poder a los malos gobernantes sin derramamiento de sangre?
9)      El mito de la limpieza del lienzo o sindrome de utopia: la idea de que solamente podemos alcanzar una buena sociedad si destruimos todo el orden anterior y construimos todo de nuevo, si pintamos de nuevo en un lienzo en blanco. Se trata de una visión utópica y holista de la realidad, de una visión estética y mística de una ciudad ideal, que por lo general solo puede imponerse de modo violento o autoritario. Esta visión no solo desconoce el carácter evolutivo y en gran parte no deliberado de las instituciones sociales, sino que se cierra a toda crítica racional, impide la crítica racional de composturas o reformas parciales o de paso a paso. En el campo de las relaciones humanas es similar a la persona que siempre termina una relación porque el otro nunca encaja en el modelo ideal que se ha formado en la mente y siempre está buscando a la pareja ideal.
10)  El mito del colectivismo: supone la existencia de entes colectivos y asume una posición de superioridad frente al individualismo. Se suele identificar el colectivismo con el altruismo y el individualismo con el egoísmo, de allí que suele exhibir una superioridad moral y por ello también seduce con bastante facilidad. Esta identificación no resiste un análisis serio, pues puede haber un egoísmo de grupo así como puede haber también un individualismo altruista. De hecho, esa es la gran contribución del pensamiento occidental: la defensa del individualismo junto con la solidaridad por los menos afortunados.
11)  El mito del historicismo: supone la posibilidad de conocer el curso o la dirección de la historia a partir de las leyes de su desarrollo o los ritmos que se repiten en ella. Esto presupone la existencia de una ley de la evolución histórica y la posibilidad de comprender el devenir histórico cuando descubrimos esta ley. Pero no sólo no existe dicha ley, sino que el devenir histórico no tiene ninguna dirección fija hacia algún punto, en todo caso tendencias que pueden cambiar en cualquier momento. Se trata, en fin, de una superstición carente de imaginación, pues el futuro siempre está abierto.
12)  El mito del marco común o relativismo: supone que todos estamos encerrados o atrapados dentro de marcos determinados por nuestras costumbres, intereses, creencias, lenguajes, culturas, y nunca podemos trascender ese marco o salirnos de él. Toda crítica externa a ese marco carece de validez pues solo puede darse una crítica desde dentro de esa tradición o marco común, esto es, si compartimos ese marco común. Más allá de que esta opinión plantea una trivialidad, no podemos discutir sino a partir de un determinado marco previo, siempre es posible discutir sobre algo aunque no estemos de acuerdo sobre cuestiones fundamentales. Más aun,  es allí donde una discusión se torna interesante o puede ser realmente enriquecedora, cuando se contrastan marcos opuestos. La idea de que cada uno tiene su verdad o de que la verdad es relativa a cada uno, destruye la posibilidad misma de una discusión provechosa en la que podemos aclarar algo y, tal vez, aproximarnos un poco más a la verdad. Obviamente ello supone una disposición de tolerancia mutua frente a las opiniones contrarias.








Caricatura de Boligan



La importancia de la filosofía práctica

De hecho, el valor de la filosofía debe ser buscado en una larga medida en su real incertidumbre. El hombre que no tiene ningún barniz de filosofía, va por la vida prisionero de los prejuicios que derivan del sentido común, de las creencias habituales en su tiempo y en su país, y de las que se han desarrollado en su espíritu sin la cooperación ni el consentimiento deliberado de su razón.
                                                               Bertrand Russell

La importancia de la filosofía práctica no es otra que la importancia de toda  filosofía, de todo filosofar. Por eso hemos querido poner de relieve que la filosofía, como la entiende Popper, guarda estrecha relación con rasgos básicos de la filosofía práctica, puede ser entendida perfectamente como una filosofía práctica. A continuación enumeramos algunos posibles  puntos de coincidencia.

1) La filosofía consiste en ocuparse de cuestiones básicas que atañen a todos los hombres, que atañen al ser humano. La filosofía pierde su valor cuando se aísla de estas cuestiones que todos nos planteamos, se encierra en sí misma, y desconoce las raíces extrafilosóficas que alimentan el quehacer filosófico. La filosofía pierde su valor cuando se enfrasca en cuestiones puramente verbales o en meros tecnicismos.
2) La importancia de la filosofía no está en las soluciones que aporta, pues difícilmente pueda aportar soluciones definitivas o suministrar un método para la solución de estos problemas. Lo importante del filosofar reside en que  nos permite desarrollar una sensibilidad particular para el  planteamiento de problemas.  Con todo, la filosofía, como la ciencia, debe aspirar al conocimiento. En ese sentido, la filosofía debe evitar caer en la complejización innecesaria o en la simplificación excesiva, utilizando un lenguaje lo más claro y sencillo posible, y acercándose lo más posible al hombre común.
3) La filosofía debe tener un efecto liberador, debe ayudar a liberarnos de los moldes estrechos en los cuales solemos encerrar  nuestras vidas y nuestros pensamientos, nos amplia nuestro horizonte intelectual. En ese sentido, toda filosofía reduccionista es peligrosa pues limita las posibilidades de ampliación de ese horizonte, lo empobrece en lugar de enriquecerlo. Y todo “ismo” es sospechoso de reduccionismo. El autentico filosofar debe ayudarnos a liberarnos de la tiranía de las costumbres, de los hábitos, de las falsas creencias o ideas preconcebidas que a menudo configuran nuestra existencia.   
 4) Todos somos filósofos no quiere decir otra cosa que todos nos hemos planteado alguna vez cuestiones filosóficas acerca de la realidad o de nosotros mismos y hemos sido también víctimas de algún prejuicio filosófico. Esto quiere decir también que todos podemos sacar provecho del filosofar. Todos podemos beneficiarnos de una actitud crítica frente a nuestras creencias u opiniones más atrincheradas.
5)  No existe un método o una técnica filosófica por excelencia. Si algo nos enseña la mayéutica socrática, a la que a veces se quiere imponer como “el método”, es que es un “arte”, un arte  que consiste en la disposición o actitud de permanente búsqueda de la verdad, no en la posesión de la verdad o del método correcto de filosofar. Todo filosofar debe ser una invitación a adoptar esta disposición o actitud de búsqueda sin término, de apertura a un diálogo fructífero y mutuamente enriquecedor, pues siempre debemos reconocer  nuestra propensión al error y nuestra frágil condición de seres humanos.
6) El principio básico de toda filosofía debería ser “primero,  no dañar” o “primero, no engañar”, pues la filosofía, como toda actividad, puede verse amenazada por embaucadores, vividores, farsantes,  personas inescrupulosas que hacen pasar por filosofía una pseudosabiduría, con la única finalidad de sacar algún provecho económico o para satisfacer su vanidad, sin tener un verdadero interés por los problemas filosóficos, sin sentir esa necesidad apremiante de la que hablábamos. En filosofía también cunden los falsos maestros  de sabiduría, los falsos profetas, los impostores y  los falsificadores. Como en medicina y política, los que más prometen probablemente sean charlatanes. Pero no hay panacea universal ni piedra filosofal. De allí la importancia de la responsabilidad intelectual, de la humildad y honestidad como valores indispensables para contrarrestar cualquier impostura intelectual.

              Volviendo a nuestro tema inicial, creo que es posible saludar esa tendencia actual a sacar a la filosofía del ámbito puramente académico en el cual se encuentra a menudo confinada. Recuperar el espacio público, el ágora, le da a la filosofía una gran vitalidad seguramente. Pero ello no implica que debamos despojarnos del rigor lógico, del esfuerzo analítico, del espíritu crítico, y asumamos una posición acomodaticia frente a la opinión pública, que caigamos en una filosofía de “andar por casa” o “filosofía popular”, de puro sentido común, como los consejitos de la abuela, o que tengamos una oferta “prêt-à-porter” o un “menú a la carta” para todos los sabores o gustos, convirtiendo así a la filosofía en una mera charla de sobremesa, en una forma de matar el ocio o, peor aún, en un nuevo género de autoayuda, muy en la onda del “New Age”.[14]
             Entiéndase bien, no nos oponemos a que la filosofía pueda ayudarnos a vivir mejor y más plenamente, pueda servir también de paliativo frente a las penurias de la vida y ayudarnos a enfrentar incluso a la muerte. Pero no debemos olvidar tampoco, como Popper nos lo impide, que ha habido muchas filosofías poderosamente influyentes que han tenido o pueden tener consecuencias devastadoras: el irracionalismo, el relativismo, el idealismo,  el conductismo, el historicismo. Algunas incluso, como el socialismo, que todavía hay quienes lo consideran  científico y esperan su advenimiento en pleno Siglo XXI, han cometido los peores crímenes, han traído muerte y desolación, en nombre del   “hombre nuevo”  y de la “conquista de la felicidad”[15]. En tal sentido, la filosofía no es inocente tampoco frente a las adversidades del hombre y no pude presentarse únicamente como una actividad de asesoramiento o de consolación, un nuevo género de autoayuda o de asesoramiento general, una suerte de “bildungsroman” o “escuela de vida”, como si ella nunca hubiese roto un plato,  sino que debe “tomar sobre sí el esfuerzo del concepto”[16], como decía Hegel, debe tomarse seriamente el esfuerzo de comprender mejor el mundo en que vivimos y a nosotros como parte de él, como dice Popper.   No debemos hacer concesiones al facilismo, al “pensamiento débil” (Vattimo) o a la “filosofía fácil” (Nagel), por más que ello pueda traernos fama y fortuna, o por más efecto narcótico que pueda tener sobre muchos.   La labor de la filosofía es una labor a menudo incómoda, pues ayuda a cuestionarnos nuestras creencias o a analizar cosas que damos por descontadas o que asumimos de manera inadvertida, y ello puede ser perturbador, inquietante y amenazante.  La importancia de Platón consiste en su  particular cosmovisión,  no en que pueda sustituir al Prozac, como dice Pradas. Lo mismo podríamos decir de epicúreos y estoicos, de escépticos y cínicos.
        En este sentido, la filosofía práctica puede ser un complemento necesario y valioso de  la filosofía académica, aunque no podrá ser jamás un sustituto de ella, como seguramente no lo pretenden quienes desde la academia se ocupan de ella; nunca podrá sustituir  a una filosofía menos exotérica y más esotérica, si se quiere, a una filosofía orientada a un público más reducido pero más exigente, del que a larga se podrá beneficiar un público más amplio, como ocurre con la ciencia también. Al fin y al cabo, antes de sacar al mercado un producto medicinal debemos someterlo a pruebas de laboratorio para comprobar su eficacia y para que tenga la menor cantidad posible de efectos secundarios, sea lo más inocuo posible.

Creo que son preferibles los tecnicismos más áridos a la mezcla de sobresimplificación y falsa profundidad, que es una forma a menudo adoptada por la filosofía popular. Una academia fuerte provee un valioso refugio para la tarea difícil y a menudo muy especializada que se debe hacer para poder adelantar el tema. (Nagel 2000: 18)

Supongo que Popper no hubiese estado en desacuerdo con que terminásemos este breve trabajo con quien él consideraba, después de todo, como el filósofo más importante después de Kant, con ese verdadero maestro de sabiduría que fue Bertrand Russell, pues allí está expresado magistralmente su punto de vista y el nuestro propio.

La filosofía, aunque incapaz de decirnos  con certeza cuál es la verdadera respuesta a las dudas que suscita, es capaz de sugerir diversas posibilidades que amplían nuestros pensamientos y nos liberan de la tiranía de la costumbre. Así, al disminuir nuestro sentimiento de certeza sobre las cosas que son, aumenta en alto grado nuestro conocimiento de lo que pueden ser; rechaza el dogmatismo algo arrogante de los que no se han introducido jamás en la región de la duda liberadora y guarda vivaz nuestro sentido de la admiración, presentando los objetos familiares en un aspecto no familiar. (Russell 1970: 132)[17]




Bibliografía
Arnaiz, Gabriel:    “Relevancia de las aportaciones de Pierre Hadot y Michel Onfray
                               para la filosofía práctica”, A Parte Rei, No. 52, 2007
                              “¿Qué es la filosofía práctica?”, A Parte Rei, No. 53, 2007
                              “Evolución de los talleres filosóficos: de la filosofía para niños a las
nuevas prácticas filosóficas”, Chilhood & Philosophy, v. 3, No. 5,  Enero-Junio 2007
“La práctica de la filosofía en las organizaciones: una aproximación”,
El Búho, No. 5,  http://www.elbuho.aafi.es  

Blank, Carlos:      “Popper y el problema de la autonomía del pensamiento sociológico”,
Lógoi, No. 4, 2001, también en este blog.
“La dimensión ética del racionalismo crítico de Karl Popper”, Lógoi, No. 8, 2005 o en http://filosofiaclinicaucv.blogspot.com/2010/11/la-dimension-etica-del-racionalismo.html   
                              “Dos concepciones de la filosofía: Wittgenstein y Popper” en                      
                               Cuadernos Unimetanos, No. 5, 2005, o en        
“Una aproximación al liberalismo crítico de Karl Popper”, Lógoi,    No. 15, 2010. También en este blog.
“Popper, centinela de la libertad” en
                           http://www.liberalismo.org./articulo/285/241/popper/centinela/libertad/

Nagel, Thomas:   Otras mentes, Barcelona, Gedisa, 2000

Popper, Karl:        Conocimiento objetivo, Madrid, Técnos, 1974
El desarrollo del conocimiento científico, Buenos Aires, Paidós, 1979
La sociedad abierta y sus enemigos, Barcelona, Paidós, 1981
In Search of a Better World, Londres, Routledge, 1996

Pradas, Josep:        “Autoayuda: ¿el futuro de la filosofía? Reflexiones a propósito de
                               Lou Marinoff”, Astrolabio, No. 5, 2007

Russell, Bertrand:   Los problemas de la filosofía, Barcelona, Labor, 1970




                              







                                          

        















   


[1] Trabajo publicado originalmente en Apuntes filosóficos, vol. 20, No. 39, 2011, pp. 43-65.   La presente versión tiene algunos añadidos y correcciones.
[2] Por filosofía práctica se entiende una amplia gama de nuevas prácticas filosóficas. Para una lectura de carácter introductorio, pero bastante completo, sobre la filosofía práctica pueden consultarse los artículos de Gabriel Arnaiz que aparecen en la bibliografía al final. De paso, quisiéramos agradecer a Rayda Guzmán, ampliamente conocida dentro del círculo de la filosofía práctica y  de la práctica filosófica, por sus comentarios sobre nuestro trabajo, pues nos ha permitido afinar mejor algunos puntos y dar una más acabada formulación del  tema. Véase http://www.raydaguzman.net
[3] Como veremos al final, un cierto nivel de especialización y de contraste entre pares es también necesario.
[4] Para cada uno de estos puntos consúltese “How I see Philosophy” en (Popper  1996: 173-187)
[5] En este caso, como en el resto de las citas, hemos respetado las cursivas originales del autor.
[6] Una excelente ilustración de una filosofía que hunde sus raíces en terreno extrafilosófico es la filosofía de Platón. No podemos comprender cabalmente la filosofía de las Formas o de la Ideas al margen de la crisis de la ciencia pitagórica, fuera del “contexto de los problemas críticos de la ciencia griega (principalmente de la teoría de la materia) que surgieron como resultado del descubrimiento de la irracionalidad de la raíz cuadrada de 2.” ( Popper 1979: 90s) Su influencia fue también muy positiva en el desarrollo de la ciencia moderna y contemporánea, aunque, según Popper, fue bastante negativa en el plano político y social.
[7] Podríamos parafrasear a Poincaré y decir que “la filosofía es la disciplina que tiene más métodos y menos resultados”. Vale la pena subrayar que Popper defiende cualquier método filosófico con tal de que esté abierto a la crítica, es decir, no sea cerrado y dogmático. Precisamente la filosofía práctica y la práctica filosófica se caracterizan por la pluralidad de métodos utilizados.
[8] Por otro lado, esa falta de entrenamiento de un “ojo” u “olfato” para cuestiones filosóficas es lo que permite que caigamos con más facilidad en prejuicios o dogmas filosóficos sin darnos cuenta de ello.
[9] Entre estos problemas filosóficos Popper señala los siguientes: el problema de la demarcación, el problema de la inducción, el problema del realismo, el problema de la objetividad, el problema del darwinismo y su estatus científico, el problema del indeterminismo, el problema mente-cuerpo. En el campo social podemos señalar: el problema de la soberanía, el problema de la libertad, el problema de la democracia, el problema de la tolerancia, el problema de la planificación central o de la ingeniería utópica, entre otros. Algunos de ellos los desarrollaremos al hablar de los mitos del sentido común.
[10]  Ver nota 7. A menudo se ha interpretado el arte mayéutico como la aplicación del método inductivo. Esta es la opinión de Leonard Nelson, quien curiosamente es uno de los padres del diálogo neosocrático  y lo  utilizase  como una herramienta para contrarrestar el fascismo y el nazismo. Más curioso aún es que Popper  sintiese gran admiración por él y tuviese con su discípulo, Julius Kraft,  largas discusiones sobre la filosofía de Kant y el socialismo no marxista. Por otro lado,  para Popper el pensamiento de Sócrates es la más acabada expresión del espíritu crítico y de la ciencia, esto es para él, del falibilismo o falsacionismo, o del reconocimiento de que no hay un método infalible para descubrir la verdad. Consideraba a Nelson como otro gran pacifista y humanista que se había dejado engañar, como tantos otros, por la retórica platónica y no había visto los rasgos totalitarios que encierra su principio de la conducción.  Sería objeto de otro trabajo el hacer una comparación con quien, entre otras cosas, fuese un estrecho colaborador de David Hilbert y revitalizador del pensamiento kantiano de Fries. El mismo Popper solía calificarse como una clase de friesiano. Puede verse http://www.friesian.com
[11] Va más allá de los límites de este trabajo desarrollar la relación del Mundo 3  y el sentido común, pues ello nos llevaría a desarrollar toda su epistemología evolucionista.
[12] La negación de la realidad le parece a Popper incluso detestable desde un punto de vista moral, pues podría llevarnos a la negación de hechos bien establecidos como, por ejemplo,  el holocausto judío o  la devastación de Hiroshima y Nagasaki. En la medida en que no tenemos una experiencia propia de ciertos eventos o los hemos visto sólo por televisión,  podemos negar su existencia y afirmar, por ejemplo, que “la Guerra del Golfo no tuvo lugar” (Baudrillard), la realidad se vuelve simulacro de la realidad.
[13] Véanse nuestros artículos al final. 
[14] Véase el excelente artículo de Josep Pradas en la bibliografía al final. Aunque a menudo estas posiciones  se presentan  como una alternativa al New Age o a la terapia tradicional,  a veces resulta  difícil de establecer claras diferenciaciones entre ellos.   
[15] Para algunos existencialistas  y anarquistas la mayor alegría sería salir a matar gente a mansalva en la calle.
[16] Hegel se oponía así al romanticismo que pretendía “alcanzar lo absoluto de un pistoletazo”, de modo instantáneo, y se oponía a la filosofía como forma de consuelo o modo de ser edificante. Hay, sin embargo, quienes ven a la Fenomenología de Hegel como una “novela sentimental del espíritu”, pero ello es equivalente a afirmar que Don Quijote pertenece al género de caballería. De más está señalar que Popper siempre despreció a Hegel y lo consideró el iniciador de “la era de la deshonestidad”, lo consideró el arquetipo de esa perniciosa “filosofía oracular”, por lo que no se hubiese sentido muy a gusto con nuestra comparación. Como él decía: “una vez hegeliano, hegeliano para siempre” -“once hegelian, always hegelian”. Sin embargo, la Fenomenología de Hegel puede ser vista precisamente como crítica  a los puntos de vista excesivamente ingenuos del sentido común mantenidos por la conciencia ordinaria, como esa crítica de las nociones de sentido común que plantea Popper, como una suerte sentido común ilustrado, por lo que él sería también, desde este punto de vista, un hegeliano malgré lui.  


[17] Cabe señalar que Popper  considera que, a pesar de su crítica al idealismo y su poderosa defensa del realismo, Russell se mantiene dentro de la tradición subjetivista del empirismo inglés, la que él pretende precisamente sustituir con su concepción del conocimiento objetivo.