martes, 6 de enero de 2026

                        LA ARMONÍA DEL ESPÍRITU POÉTICO:

                                              EL HÉROE*

    Theowald D´Arago


                                     “DONDE HAY UNA HAZAÑA INMORTAL, EL ASNO SOLO OYE TRUENOS”

                                                                           BUDA

 

Las fuerzas antagónicas son los símbolos, no de la ambigüedad como lo piensa el hombre idealista simbolizado en el platonismo de la cultura occidental, donde se niega el principio de contradicción, sino las fuerzas del verdadero equilibrio. Sin opuestos no hay verdadera armonía, a través de estas fuerzas contrarias es como surge, aparece la plenitud, LA NO DUALIDAD, el UNO, como diría el viejo Heráclito.

 

Todo héroe verdadero posee un destino. El sentido de su historia consiste en que, al final logre armonizar las fuerzas en conflicto mostrando por qué no es fortuito que él sea lo que es...

 

Por eso Hércules, Heracles significa la gloria de Hera (la reina de los Dioses), el tiempo, el devenir, llegar a ser. En pocas palabras, el héroe se inmortaliza porque triunfa con su perseverancia frente al tiempo, alcanzando así la verdadera eternidad.

 

Las fuerzas opuestas, “negativas”, son su mayor obstáculo, pero el tiempo le da la razón, no porque él la tenga, sino porque surge como corolario entre las fuerzas de los sentimientos y del pensamiento.  Por eso, la mejor batalla es la que no se libra, para que emerja en medio de las fuerzas la verdad. Y no hay que sucumbir ante la debilidad, lo irracional, a pesar de que ello es el Talón de Aquiles que todo héroe con rostro humano arrastra, ésta es la vulnerabilidad del héroe, lo irascible; cuando éste está ya crecido espiritualmente, es la razón secreta de su existencia, cuya victoria espiritual lo conduce a la inmortalidad verdadera. “EL ACTO DE VALENTÍA ES ASUMIR LA VERDAD... EL SENTIDO”. F. Nietzsche. Y para ello nos es indispensable asumir el principio de contradicción como la contraparte de donde emerge el uno todo, la no dualidad.

 

De esta manera, la ética como ciencia de la verdadera armonía, del orden, de eso que Aristóteles llamó eudemonía - “felicidad”, aspira cumplir el mismo sueño, pero sin la fuerza del opuesto no hay armonía alguna, que es el acicate, es lo que da sentido a todo, a el todo, a la vida.

 

Los animales humanos contemporáneos (¿posmodernos?), herederos perversos del mundo grecolatino, judeocristiano no parecen tener conciencia de ello, por eso melodramáticamente su tragedia es querer abolir la tragedia como borregos, sin acto heroico alguno, pero como decía G. Bataille: “quien no muere por no ser más que un hombre, no será nunca más que un hombre”.

 

Ahora, más que nunca, nos es indispensable poner en escena el “mito” de ser héroes. La infancia de los héroes, es la clásica figura de lo excepcional, vencen a las serpientes, lo cual debería ser emulado por los niños contemporáneos, ya que éstas son la caricatura de los “adultos”, encargados de envenenar, en sus primeros años, el alma de los pequeños, y de nutrirlos con los demonios del tiempo (de Hera). Esa es la razón por la cual, el héroe, desde su adolescencia, se rebela, no le gusta sentirse mandado, quiere ser el único dueño de sus acciones, de sus sentimientos, solo obedece a lo que él cree, a lo que espontánea y libremente acepta. No le gusta el “poder”, ni los “poderosos”, mucho menos a los seres autoritarios, así fuere su padre o su progenitora, escucha al amigo o al sabio. No atiende a la autoridad, se deja persuadir. El héroe no es consciente de su fortaleza, por eso a veces no se mide y comete errores, pero el héroe aprenderá, que estará pleno y sereno sólo con quien desee estar, o en la más completa soledad. Es ahí donde el héroe extrae siempre fuerzas, pero debe decidir, acertadamente, utilizarlas armónicamente entre el equilibrio de los opuestos.

 

Lo negativo está presente con todas las tentaciones, pero el verdadero héroe es noble y bondadoso y como creador de valores que es, ya que para él no todo vale igual, piensa, no solo siente qué es lo que debe escoger. La fuerza positiva también está presente y así es como emerge lo justo...

 

 

A través de los tiempos, se han representado estas dos fuerzas con las imágenes de la seducción y el halago femenino, lo negativo y lo positivo tienen el hechizo la voz y el cuerpo de lo femenino y su encantadora e inigualable belleza. Pero lo positivo no es falso como lo negativo, ni vive avasalladoramente autoengañándose y creyendo que engaña a los demás, cuando solo lo hace consigo mismo en medio de la perversa envidia y la codicia. Su máscara, que cuando habla, milagrosamente parece que dice la verdad, se devela frente a los hechos y su miseria queda en evidencia. La nobleza y la generosidad, propio de lo positivo, es la belleza simple de ojos grandes, sin brillos ni maquillajes, y como su voz es suave, “débil” y hasta silente es difícil creerle. El héroe se mira en esos rostros como en un espejo; el bien y el mal (la mujer, lo positivo y lo negativo, serán sus enigmas, pero también lo que dará sentido y paz a su espíritu).

 

Muchos héroes míticos han tenido que luchar contra su mayor debilidad, contra la diosa Hera, la reina de los dioses (el tiempo) quien sólo es cólera, deseo de venganza y parcialidad; los celos la devoran en contra del héroe quien sabe guardarse de las miserias “humanas”.

 

El héroe encarna la antítesis de la diosa Hera, la equidad y la piedad que ella no tiene, porque es incapaz de dar, ya que su amargura en medio de su egocentrismo, al no gustarse como es, ni lo que le ha deparado su destino, le hace consumirse de envidia; sin embargo, ya Homero nos dice en el canto XIX de la Ilíada, que la mujer (el tiempo) le gana al hombre mediante la astucia, con ardides y mentiras.

 

Pero esos grandes poetas, esos sabios que fueron quienes elaboraron los grandes mitos de Grecia, quisieron mostrar que el rencor, la cólera, el odio no pueden producir buenos frutos y que la mujer sola no puede dar al mundo sino monstruos, o seres incompletos; el odio es estéril, únicamente el amor engendra la belleza, la armonía.

 

 

No se descubre nada, en la altanera figura de Hera, de todo el encanto, de toda la ternura de la mujer que ama a sus hijos... el bien trata de enfrentar al héroe a la realidad, para que la asuma con su imaginación  creadora y dadora y la nobleza que le caracteriza... porque de no hacerlo sucumbiría frente al falso “poder”: oprimir, ostentar y explotar. El que tiene el verdadero poder, como decía el maestro Nietzsche, es creador dador, no así opresor.

 

El mal (el falso “poder”), como el de la reina Hera, pregona y ejerce el canibalismo hasta entre sus propios hijos. El bien predica y ejemplifica la virtud de la sabiduría, dar y recibir la solidaridad, la ayuda mutua, o lo que es lo mismo, la ética de la generosidad bien administrada.

 

El placer es la finalidad tanto del bien como del mal, pero los medios para alcanzarlo, hacen la diferencia. En la condición del animal hombre, “del ser humano”, y al parecer, todavía más, en nuestra cultura codiciosa, el mal quiere abolir toda contradicción para mantener su dominio. A diferencia, el bien, quien busca la armonía de los contrarios, asume y acepta la polaridad, para que emerja y fluya la verdad... 

 

Sabemos que el mal es más eficiente, actúa con rapidez, su placer se basa en el dolor de los demás, por eso este es un monólogo, a diferencia del bien, que dialoga en la búsqueda de la verdad, en medio de las contradicciones. El emerger entre opuestos inspira la verdad del artista, del hacedor, del creador, ya que la estética y la ética, cuando de verdad se trata, se complementan, porque el lenguaje y el pensamiento, están intrínsecamente ligados al igual que el fondo y la forma, la apariencia sensible y lo inteligible. Así en el devenir, el llegar a ser, el Arte se transforma en Arte de vivir, como decía nuestro maestro Guillen Pérez: “EL ARTE ES LA RELACIÓN DIRECTA CON LA VIDA”.


 

Nos acota el escritor Iván Darío Alvarez, inspirador de este trabajo: “la bondad también inspira la amistad, que cuando se basa en la verdad es crítica, poco o nada competitiva, igualitaria en el punto de partida y horizontal en el punto de llegada. En la maldad los amigos son seres pasajeros que no dejan hermosas huellas en el corazón, con ellos no hay certezas, solo dudas y desconfianza.  En la maldad no existe el amigo, sino el subalterno, el cómplice que nos utiliza y utilizamos.

 

Mil y más valores dan cuerpo a los héroes, pero lo que los hace inmortales, aparte de compartir su trono con los dioses, es la memoria de los hombres. Nada es más difícil de olvidar, a pesar de la ignorancia y de la irresponsabilidad, que su fecunda acción...”

 

Hera, la progenitora de Heracles, Hércules, se traga a sí misma en el devenir, pero el héroe inscrito en la historia por atreverse a vivir, a ser un espíritu libre, pervive en la memoria como el mito por toda la eternidad.

 

Paradójicamente, para Heidegger el espíritu es el tiempo, solo que depende de quién ejerza la temporalidad, es decir de quien realice el espíritu.

 

Quien egocéntrica y metafísicamente vive para el más allá, no se entera de la magia maravillosa que es vivir, ni mucho menos del haber nacido un día, ahí, en medio del infinito y el siempre, entre el azar y la necesidad... de ese hermoso regalo que es el enigma de la vida.

 

Por eso lejos de vivir del resentimiento, que le hace daño sólo a quien lo siente, hay que vivir gozoso y anonadado, por haber llegado a ser.

                                              

THEOWALD D´ARAGO

Noviembre, 2.000

* *Este pequeño ensayo de nuestro entrañable amigo Theowald D´Arago, lo hemos encontrado entre mis correos olvidados. Lo mandó para ser publicado en el blog de Filosofía Clínica. Nunca se hizo. Había enviado, en el momento, otro ensayo para reemplazar a este. Quedo en la alforja de los recuerdos. Hoy lo publicamos como un homenaje recordatorio a su persona, su arte y su obra.

DDLR, Guayaquil 6 de enero 2026

 

                                                                                               

 

 


 

 

 

jueves, 1 de enero de 2026

  

En torno a Lo pequeño es hermoso de E.F. Schumacher:

ecología, sustentabilidad y economía budista.

David De los Reyes




En su obra Lo pequeño es hermoso, E.F. Schumacher presenta una crítica profunda al enfoque económico contemporáneo, que considera excesivamente centrado en el gigantismo y la producción masiva. A medida que el mundo enfrenta crisis ambientales y sociales sin precedentes, las ideas de Schumacher resuenan con una claridad inquietante. Su afirmación de que “existe una filosofía generalizada de entre más grande mejor” nos invita a cuestionar la lógica detrás de un sistema que prioriza la expansión y el crecimiento a expensas de la sostenibilidad y el bienestar humano.

Schumacher argumenta que la concepción del progreso occidental ha estado marcada por una adoración al gigantismo, lo que ha llevado a una desconexión con la naturaleza. La creencia de que el problema de la producción está resuelto es un “error funesto” que ignora la realidad de que el capital proporcionado por la naturaleza es esencial y está siendo consumido a un ritmo alarmante. En este sentido, la economía extractivista actual, que se basa en la explotación intensiva de recursos naturales, ejemplifica esta desconexión y el desprecio por los límites del capital natural.

La crítica de Schumacher se centra en la necesidad de desarrollar un sistema económico que coloque a la “gente” en primer lugar y la provisión de “mercancías” en segundo. Esta visión contrasta fuertemente con la realidad actual, donde el crecimiento económico se mide a menudo por el aumento en la producción y el consumo, sin considerar el costo ambiental o social. La economía extractivista, que busca maximizar la extracción de recursos sin tener en cuenta su sostenibilidad, es un claro reflejo de este enfoque. La explotación de minerales, petróleo y otros recursos naturales no solo despoja a las comunidades de sus medios de vida, sino que también contribuye a la degradación ambiental y al cambio climático.

Uno de los aspectos más interesantes de la obra de Schumacher es su referencia a la economía budista, que ofrece un modelo alternativo al materialismo moderno. Desde esta perspectiva, el trabajo tiene un significado más profundo que simplemente la producción de bienes; se considera una forma de desarrollo personal y comunitario. Schumacher señala que el trabajo debe ser una actividad que permita a las personas utilizar y desarrollar sus facultades, al mismo tiempo que las une en una tarea común. Esta visión contrasta con la organización del trabajo en muchas sociedades modernas, donde el empleo se convierte en una actividad alienante y deshumanizante.

La economía budista enfatiza la importancia de la dignidad y la libertad en el trabajo, sugiriendo que un enfoque que prioriza las mercancías sobre las personas es, en última instancia, perjudicial. Schumacher menciona que “sería poco menos que criminal organizar el trabajo de tal manera que llegue a ser algo sin sentido, aburrido, que idiotice y enerve al trabajador”. Este enfoque humanista resuena con la necesidad de crear entornos laborales que fomenten la creatividad y el bienestar, en lugar de simplemente maximizar la producción.

Además, la economía budista aboga por la simplicidad y la no violencia. La idea de que el bienestar humano puede lograrse con un consumo mínimo es un principio fundamental. Schumacher argumenta que un economista budista se centraría en maximizar las satisfacciones humanas a través de un consumo eficiente, en lugar de promover el consumo desenfrenado que caracteriza a la economía moderna. Este enfoque puede ser crucial en un mundo donde los recursos son limitados y la sostenibilidad es una preocupación creciente.

La sabiduría budista también se manifiesta en la relación con la naturaleza. Schumacher sostiene que el economista budista tiene una actitud reverente hacia el entorno natural, considerando que “una población que basa su vida económica en los combustibles no renovables está viviendo parasitariamente”. Este reconocimiento de la interdependencia entre los seres humanos y el medio ambiente es esencial para abordar los desafíos ecológicos actuales. La economía budista promueve la producción basada en fuentes locales y sostenibles, lo que no solo reduce la huella ecológica, sino que también fortalece las comunidades locales.

A medida que el mundo enfrenta crisis ambientales y sociales, las enseñanzas de la economía budista ofrecen un camino hacia un futuro más sostenible. La transición hacia un modelo económico que valore la simplicidad, la sostenibilidad y el bienestar humano es más urgente que nunca. La economía extractivista, que ha dominado el discurso económico durante décadas, debe ser reemplazada por enfoques que promuevan la equidad y el respeto por la naturaleza.

La economía budista también desafía la noción de que el crecimiento económico es el único indicador de progreso. En lugar de medir el avance a través del aumento del consumo, este enfoque sugiere que debemos evaluar nuestro bienestar a través de la salud de nuestros ecosistemas y la calidad de vida de nuestras comunidades. Este cambio de paradigma es esencial para construir un futuro en el que la economía y el medio ambiente coexistan en armonía.







La propuesta de Schumacher de un nuevo estilo de vida, con métodos de producción y pautas de consumo orientadas hacia la permanencia, se alinea con los principios de la economía budista. La idea de que “debemos entender el problema en su totalidad y comenzar por ver la forma en que se puede desarrollar un nuevo estilo de vida” es un llamado a la acción que resuena en el contexto actual. La búsqueda de un equilibrio entre nuestras necesidades humanas y la salud del planeta es un desafío monumental, pero también una oportunidad para redefinir nuestra relación con la naturaleza y con nosotros mismos.

En conclusión, las ideas de Schumacher sobre la economía budista son más relevantes que nunca en el contexto actual. Su llamado a construir un sistema económico que priorice a las personas y el planeta nos desafía a repensar nuestras prioridades y a buscar alternativas más sostenibles. La viabilidad de un pensamiento económico ambiental y sustentable no solo es una cuestión de necesidad, sino también de responsabilidad. ¿Estamos listos para aceptar este desafío y trabajar hacia un futuro donde la economía y el medio ambiente coexistan en armonía?

Bibliografía

Schumacher, E.F. Lo pequeño es hermoso. Traducción de José Luis López Muñoz. Madrid: Editorial Trotta, 2011.

 Schumacher, E.F. Esto es lo que creo y otros ensayos. Madrid: Editorial Traficantes de Sueños, 2013.


martes, 9 de diciembre de 2025

             Redes sociales vegetales: gramáticas sensibles del tiempo

David de los Reyes


Redes Sociales Vegetales/DDLR2024


Ponencia presentada para el XIII Simposio Internacional de Estética Gramáticas del Tiempo en la Universidad de los Andes. Venezuela, 9 de diciembre  2025

Resumen:

En este ensayo expongo una reflexión filosófica y estética sobre las diversas formas de temporalidad que configuran la experiencia contemporánea. A partir de una revisión crítica de las gramáticas del tiempo —desde la linealidad moderna hasta la fragmentación digital— se exploran alternativas sensibles para habitar el tiempo desde la lentitud, el pliegue, la carencia, la interrupción y la germinación. El texto recorre autores como Aristóteles, San Agustín, Kant, Heidegger, Deleuze, Žižek, Benjamin, Han y Pinardi, articulando una estética de la resistencia frente al régimen de la aceleración y la obsolescencia.

La propuesta se encarna en el proyecto artístico Redes Sociales Vegetales, donde la imagen intervenida se convierte en una forma de conjugar el tiempo desde una sensibilidad vegetal. Esta práctica estética especulativa plantea una fito-gramática: una sintaxis del tiempo basada en ciclos, brotes, resonancias y lentitud, que desafía la lógica digital y propone una subjetividad bio-vegetal como alternativa al Homo digitalis. El ensayo concluye con una invitación a reimaginar al tiempo como experiencia sensible, política y estética.

Palabras clave:
tiempo, estética, lentitud, pliegue, imagen, subjetividad, vegetal, resistencia, gramática, filosofía contemporánea.

Abstract:
This essay presents a philosophical and aesthetic reflection on the diverse forms of temporality that shape contemporary experience. 
Through a critical review of the grammars of time—from modern linearity to digital fragmentation—it explores sensitive alternatives for inhabiting time through slowness, folding, lack, interruption, and germination. The text engages with thinkers such as Aristotle, Saint Augustine, Kant, Heidegger, Deleuze, Žižek, Benjamin, Han, and Pinardi, articulating an aesthetics of resistance against the regime of acceleration and obsolescence.

The proposal takes shape in the artistic project Vegetal Social Networks, where the intervened image becomes a way of conjugating time through vegetal sensitivity. This speculative aesthetic practice proposes a phytogrammar: a syntax of time based on cycles, sprouts, resonances, and slowness, which challenges digital logic and proposes a bio-vegetal subjectivity as an alternative to the Homo digitalisThe essay concludes with an invitation to reimagine time as a sensitive, political, and aesthetic experience.

Keywords:
time, aesthetics, slowness, fold, image, subjectivity, vegetal, resistance, grammar, contemporary philosophy



La idea de una gramática del tiempo nos alumbra un camino interesante para recorrer desde la reflexión filosófica en sus inicios hasta las alturas de los retos filosóficos y estéticos del alucinante y complejo presente. Estos dos conceptos: gramática y tiempo, nos permiten adentrarnos en una etimología que nos afirma varios problemas que quiero tratar.  Comenzamos con el concepto de gramática. Todos hemos pasado por el aprendizaje de la gramática de nuestro idioma, y de otros idiomas también. Nos es un terreno arduo, seco, demasiado firme y que nos promete confrontar nuestras ideas a través de estructurar el lenguaje de forma que nos permita no sólo la comunicación, sino el pensar bien.

Gramática procede del latín grammatica, evolucionando a una gramatiké tecné, arte (o habilidad) de las letras. Pues Gramma refiere al signo de las letras, de la letra escrita, vinculado con grapheingrabar o escribir letras. Esto lleva la posibilidad de leer y escribir de forma estructurada, correctamente, como bien dice todo manual de gramática. Nos permite tener el dominio e interpretación de textos, oficio importantísimo desde que apareció tal tecné. Y esto nos conduce a la necesidad de comprender la gramática como una normativa, de un orden estricto, que puede variar con los usos en la medida que las diferencias son aceptadas de forma sutil, inconsciente o consciente por un grupo humano que practica tales signos de forma oral y escrita.

Respecto al tiempo, acompañante de una norma y orden en su uso desde distintos ángulos, conocemos que deriva del término tempus, que su aserción más común es duración momento oportuno significativo. El primero aparece del concepto griego de Kronos, el segundo al de Kairós. Pero podemos añadir también otro concepto para el tiempo indefinido y especulativo, lo eterno que es Aión. Esto facilitó tanto a la edad antigua como hasta el medievo a tener una idea de la temporalidad como estructurante de la existencia del mundo y de los elementos que lo constituyen.

Aristóteles se contenta con saber qué es la medida del momento (o movimiento) según un antes y un después (Física, IV, 11). San Agustín, más misterioso, tiene aquella frase de si me lo preguntan no lo sé y lo sé si no me lo preguntan: ¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo, no lo sé. Más cercanos a nosotros Heidegger se enfrascó en la tarea de dar una relación ontológica entre ser y tiempo, advirtiendo que hay que reformular el tiempo en temporalidad: esta es la condición de posibilidad del ser-en-el-mundo, el cual viene a estructurar al ser-ahí: de donde sale una buena cantidad de especulaciones filosóficas al aceptar al pasado como haber sido, el presente en tanto actualidad y el futuro como posibilidad. Aristóteles lo cuantifica: es medida. San Agustín lo mistifica: no hay tiempo sin alma que lo perciba (Confesiones XI), lo sé, pero no lo sé y Heidegger nos lleva a que la temporalidad es lo que estructura nuestro ser ahí, que…al juntarlo con el lenguaje no sólo es un instrumento humano de comunicación, sino que revela (o devela) al ser.

Si introducimos la gramática, en función a cada época y lenguaje, culturalmente encontraremos distinciones de cómo se revela el ser a lo largo de la experiencia humana. De esto se colige que, si la gramática ordena nuestro lenguaje y lo aleja de un uso caótico y sin sentido, al lenguaje lo podemos tomar como un principio que nos lleva a estructurar el devenir de nuestra temporalidad. Como que sin cierta gramática no podríamos narrar o pensar ese venir siendo del ser. Con ello podemos concluir, por el momento, que la gramática pudiera ser tomada como la arquitectura simbólica que nos permite narrar el tiempo del ser de las cosas, siendo el tiempo la dimensión en que toma sentido la gramática como práctica humana.   

Podemos detenernos en que toda experiencia del tempo esta mediada por una forma de lenguaje. Con lo cual vendríamos a negar la posibilidad de un tiempo puro, inmediato, sino que siempre exige simbolizarlo, narrarlo, estructurarlo. Ello nos da la idea que la gramática del tiempo no es una categoría únicamente lingüística, sino un requerimiento para organizar nuestra percepción, la imaginación y la memoria. Al relacionarlo con la estética, en tanto experiencia sensible del mundo (interno y externo), estaría atravesado por esta gramática referida, por la manera en que se conjuga, se pliega, se interrumpe o se acelera el tiempo.

A partir de aquí, de esta hipótesis, no podemos dejar de entrelazarla con los condicionamientos de las transformaciones tecnológicas, de una ratio técnica, que fluye desde la imprenta a lo digital, de la imagen fija a la intervenida, como reflejos de las mutaciones que configuran la sensibilidad y la subjetividad, la realidad y la objetividad construida. En nuestro caso, a través del proyecto de Redes Sociales Vegetales nos propusimos pensar la emergencia de una gramática vegetal del tiempo, como condición de otra experiencia transhumana de la temporalidad.

La aparición de la imprenta trastocó no sólo las formas tradicionales de la comunicación a través de la escritura, los manuscritos, y la pérdida de continuidad de la mentalidad medieval y su sentido transitorio de la temporalidad aquí hacia el reducto de la temporalidad infinita o de la eternidad. La imprenta, como sabemos, no sólo transformó la comunicación, sino que vino a conformar una nueva forma de ser del hombre, el Homo Typographicus. ¿Quién es este ser? ¿Cuál es el estadio por el que pasamos algún día hasta la mutación, el pliegue actual del tiempo? La relación con la página impresa vino a moldear también la mente. Hegel dijo que somos lo que hacemos, hay una relación dialéctica que imprimimos hacia al objeto exterior a nosotros, pero el objeto, a su vez, por nuestra fuerza de atracción que en él ponemos, también nos cambia en tanto ser. La página impresa tuvo una influencia fundamental para el cambio de percepción en los principios de la modernidad. Moldeó con su lógica a nuestra mente, logrando una sintaxis visual del tiempo lineal, secuencial y acumulativa. Por sólo decir unas cuantas afectaciones que se extendieron hasta hace pocas décadas.

La imprenta trajo la uniformidad, una homogeneidad ideativa aunada a esa secuencialidad de una palabra tras otra y de izquierda a derecha, de arriba abajo, constituyendo una linealidad constante de una lógica que descansa en la causa y el efecto.

El lenguaje fue transformado en archivo, inaugurando la cristalizada temporalidad histórica que estará medida, fechada, narrada. Introduciendo la idea de un tiempo homogéneo para todos (el reloj es un instrumento homogeneizador, de la mecanización del hombre y de sus acciones sobre esa temporalidad). Y además de un tiempo que hay que llenar, de una temporalidad vacía, que los acontecimientos deben colmar, ordenar, fechar, en otras palabras: archivar.

Con esta lógica se dará aparición de una sintaxis que aporta la necesidad de estructurar el tiempo en los distintos conocimientos y saberes, sean filosóficos o científicos, artísticos o políticos.  

Hemos pasado, sin darnos cuenta, del Homo Typographicus al Homo Digitalis, sufriendo una transformación de la apreciación del tiempo de manera radical. Aquí la gramática va ha sufrir una inmensa transformación y alteración. Es una figura emergente de nuestra contemporaneidad, la cual pasó de ser una temporalidad lineal, homogénea, progresiva, hacia una concepción fragmentada algorítmica.  Se habita en un presente expandido, simultaneo, quebrado. Una mutación indetenible y sin precedentes.  Un tiempo propio de la edad de la velocidad de la luz presente en todo lugar global. Un tiempo a 300 mil kilómetros por segundo. Que es el tiempo que recorre la luz (o la electricidad) con la que nos cubrimos en todo momento nuestra corporalidad digital, nuestros sentidos, y nuestro pensamiento. Es decir, vivimos la experiencia de una aceleración del tiempo y de los sucesos que contiene los intervalos por lo que pasa nuestra existencia, obteniendo un permanente cambio de acontecimientos, saberes, usos, lenguaje sin profundidad y sin permitir la contemplación y la lentitud de otros tiempos como experiencia de atender lo que marca nuestro estar sobre el mundo.

¿En qué hemos caído? Para hacerlo fácil al hablar de una gramática del tiempo se ha decantado en el impulsivo zapping, el scroll, y el algoritmo.

Ello nos lleva calificar esta desbordada experiencia del no tener tiempo para detener nuestra experiencia temporal, ya no en aceptar al tiempo como una sustancia que fluye, el río del tiempo, sino como una ordenación simbólica que estructura nuestras carencias, nuestra falta.  Ha dejado de ser un contenedor neutral, ha dejado de ser una sustancia que fluye, que pasa. Es un principio que viene a estructurar la experiencia del sujeto gracias a la gramática del símbolo que dirige a organizar nuestra relación con la falta de algo que en todo momento aparece como constitutivo de nuestro ser.

Este modo de pensar al tiempo nos lleva que tal tiempo no está fuera de nosotros, sino que, casi como la visión de la intuición a priori del kantismo, emerge de esta escisión interna. Pasado, presente y futuro siempre tratarán de lo que nos falta, de lo que carecemos. La plenitud sería la detención de nuestra acción. Lo que nos falta entendido como lo perdido, lo que aún no llega ni llegará, lo que se nos escapa como el agua entre las manos. Observando así que la gramática del tiempo se transforma en una gramática de la carencia, de la falta, de lo perdido, de nuestra permanente inconformidad con nuestro temporalidad.

Otra imagen de la gramática del tiempo es el pliegue, el cual viene a presentar una opción para nuestro presente. El tiempo es atendido como una multiplicidad de pliegues, fenómeno que no irrumpe en quebrar con la linealidad y hablar de una curvatura en el espacio, sino en cómo se despliega nuestro ser en habitar el tiempo. Esto nos da una perspectiva que nos coloca no en una organización del tiempo como sucesión sino un orden que surge por la variación, por la torsión, por la resonancia, del cuerpo y del pensamiento en su habitar que se pliega, se repliega y se despliega. De una lógica que nos lleva a reflexionar sobre una estética no lineal, no progresista, sino de retirada a experimentar una intensidad.

Con la imagen del pliegue podemos perfilar la construcción de una ontología del sentir, donde la temporalidad se asume como ritmo, como duración encarnado en el cuerpo, en el gesto. El tiempo aceptado como un ritmo de expresión que vendría a encarnarse en el gesto, nos dice Sandra Pinardi. Más que representar el gesto al tiempo, lo que se obtiene es convocarlo. Este marco se cierra en un intervalo, un pliegue, una sucesión interrumpida, una suspensión. Es una imagen intervenida como la que he propuesto en mi proyecto personal, que no aspira a ilustrar y esclarecer el tiempo, sino que esta imagen intervenida viene a aparecer la temporalidad como experiencia sensible, como acontecimiento que, en mi caso, llega a ser con un tiempo vegetal especulativo.

Observando este recorrido de la gramática del tiempo no puedo dejar de lado la opción de una ontología existencial y la de una hermenéutica narrativa.   En ambas posturas podemos hacerlas coincidir en que el tiempo no es una entidad objetiva ni tampoco un flujo permanente, no es el tic-tac del tiempo medido y mecánico para ordenar vidas en torno a la sociedad en que concurrimos. Se trata de tejer más fino, de comprender que nuestro pliegue temporal viene a ser una estructura de sentido que organiza nuestra experiencia humana, en principio, de forma individual y luego en nuestra relación con los otros. Si estructura al sentido, no es una propiedad del mundo (que a la final es una idea en sí del pensamiento, nos lo dijo Kant), sino que el sentido nos proporciona la posibilidad de ser sobre y en el mundo. De construir un mundo a partir de la experiencia del ser. El tiempo es vivido como éxtasis. Las distintas temporalidades, el ayer, el hoy, el mañana, no son momentos sucesivos sino los modos del ser ahí. Temporalidad como el ingrediente imprescindible para desplegar el ser un sentido sobre el mundo. Pasamos de un tiempo sostenido por una sintaxis verbal en aceptarla como una gramática ontológica: como un ser que se ordena y se presenta bajo distintos modos temporales. Esto da como resultado de que no existimos en el tiempo, sino que nuestro ser es tiempo. Nos lleva a tratar la imagen estética como una apertura temporal, como un gesto, un pliegue en el ser en devenir.

De esta manera, nos encontramos con una hermenéutica del tiempo humano a través del relato, de la narración. Esta nos articula un tiempo vivido que se transforma en una experiencia temporal a través de la acción. Se articula el tiempo humano al transformarse en experiencia temporal lo cual exige una gramática (un sentido) de la acción. Esta narración construye una conjugación del tiempo en formas significativas: el antes y el después, la causalidad y su finalidad. Sin dejar de lado un tiempo para la interrupción, el desvió, la deriva, el acontecimiento, la contingencia. Esto me permite que mi proyecto sobre las redes sociales vegetales sea leído como una narración visual, donde se pliega un tiempo imaginario que se bifurca y se reinventa.

Sin quedarnos sólo entre la ontología y la narración como sentidos de la experiencia del tiempo podemos agregar una opción más a toda este relato sobre la gramática del tiempo desde la estética y de su implementación en el arte. Es el de una crítica radical al tiempo llamado histórico que decanta en la linealidad del historicismo. Esa idea en tener la permanente obsesión de considerar al pasado en tanto el despliegue de una cadena causal de acontecimientos cerrados y determinados por esa misma sucesión tomada como inalterable y fija. Ante ello está la idea de un tiempo tomado como un relámpago, como un destello en el horizonte de la vida en tanto imagen del tiempo que, ante la imagen de un pasado diluido y fugaz, de tener la opción de retener esa imagen como un relumbrar, un aclarar momentáneo de un instante de peligro.

El relámpago, el destello, el rayo no como una metáfora ornamental momentánea, sino como una categoría temporal donde el tiempo se interrumpe, se pliega, se convierte en un gesto extendido, que ilumina súbitamente cuando el presente pretende tener la capacidad de redimir al pasado. Pasando a observar la historia no como continuidad sino como una constelación en permanente movimiento y cambio, donde la interrupción otorga un nuevo sentido. Es lo que viví con la experiencia de la solitaria e impulsiva condición que se nos vino encima con la peste roja del 2019. Eso me dio la inspiración, el destello, de un mundo sin vida animal, donde la vegetación vendría a ser la que enarbolase ahora la dirección del planeta a través de las redes sociales vegetales.

Esta gramática del tiempo en tanto irrupción por un alumbramiento del ser en la historia se nos ofrece como ruptura, como discontinuidad, donde podemos entonces hablar de una gramática de la irrupción, que no se construye por la acumulación, la sucesión de hechos aparentemente causales, sino por la intensidad vivida en y por esa irrupción inesperada. En este marco nos encontramos que la imagen no ilustra un pasado, sino que lo hace estallar, convirtiendo todo hecho estético desde el arte en una forma de crítica histórica.

Con todo lo dicho anteriormente mi propuesta artística digital llamada Redes Sociales Vegetales, irrumpe en una constelación de gramáticas sensibles del tiempo. La intervención fotográfica de especies vegetales latinoamericanas, construyen una imagen desde otras coordenadas imaginarias sin querer documentar una realidad particular, sino mi búsqueda es que a partir de ellas recreo una sensibilidad vegetal lúdica y utópica, es decir, potencial gracias a la muy posible desaparición de la especie humana por su acción destructiva sobre el mundo.

Mis imágenes no buscan representar, sino variar. No quieren ilustrar al tiempo, sino conjugarlo desde otras coordenadas, otras perspectivas imaginarias, conformando otros pliegues de la vida, a través de la lentitud del crecimiento, la mutación de las formas, la espera que brota, la germinación implacable. Como he dicho en otras ocasiones: la imagen vegetal no es un reflejo de lo real, sino una forma de imaginar y pensar otras posibles realidades, otra metafísica, donde la vida permanece gracias a su potencia germinativa.  

Por supuesto que estoy consciente que estas RSV interrumpen la gramática del tiempo digital -vivida como aceleramiento, inmediatez, consumo y obsolescencia, entre otras experiencias de la ansiedad contemporánea- y proponen una temporalidad alternativa, en que la imagen se convierte en un acto de resistencia, de cuidado, de imaginación, de otros mundos posibles después de la desaparición del hombre.

Esto me lleva a pensar en la construcción de una Fito-gramática sensible, en tanto sintaxis vegetal del tiempo. Es la oportunidad de imaginar una práctica estética a partir de ese concepto Fito-gramática. Donde la sintaxis no se organiza por una causalidad cerrada, por una sucesión ni tampoco por una simultaneidad temporal. Se desprende así una praxis estética sentida en tanto ciclos, pliegues, brotes y resonancias. De una gramática que no tiene apuro, que se demora, toma su tiempo en un destiempo, donde silenciosamente se enraíza, afecta y se deja afectar por el entorno en su acción vital.

Esta concepción de una fitogramática constituye un conjunto posible de gramáticas del tiempo que hemos aludido en esta narración. Las gramáticas del pliegue, del sentir, del gesto, de la carencia (falta: manque), de la alteridad, de la lentitud, del tiempo cohabitando con lo no humano.

Para terminar, puedo decir que la intención de las Redes Sociales Vegetales no sólo reconfigura la imagen del tiempo, sino que aspira a reconfigurar también al sujeto. Podemos pensar un tiempo en que la especie humana puede llegar a ser desplazada o desaparecida, y entonces emergerán las formas bio-vegetales que habitan al planeta con otra sensibilidad de la que no queremos conocer ni prestarles atención. La propuesta no es distópica, sino especulativa: es una fito-utopia donde el lenguaje, el tiempo y la imagen se conjugan desde la vida vegetal.

En este horizonte no se da cabida a la estética como representación o mímesis, sino como germinación. La imagen no es espejo, sino semilla. La gramática del tiempo no es lineal, ni mecánica, ni digital, sino sensible, vegetal, utópica en tanto vida potencialmente posible para la continuidad del ser en el planeta. Y el ser que emerge desde esta opción artística especulativa no es la del Homo sapiens o del Homo digitalis, del cibernantropo o de lo posthumano gracias a la IA, sino un sujeto bio-vegetal poroso, rizomático, germinal, efectivo, enraizado.

Se ha hablado mucho del olvido del ser en la filosofía a lo largo de su distintas expresiones en el tiempo, pero creo que no menos importante es tomar en cuenta el olvido del ser de las otras especies que cohabitan en el planeta y que tienen la necesidad de manifestarse y vivir a pesar de la sed aniquiladora y crematística que posee buena parte de muchas de las mentes de nuestra atormentada y enferma especie.   

Esta ponencia ha sido un intento de trazar un mapa conceptual de estas transformaciones proponiendo una lectura filosófica y estética desde diversas aristas posibles de las gramáticas del tiempo. En principio como práctica de la temporalidad del ser, pero no menos de la política de la imagen y como forma de vida individual. En tiempos de vivir dentro de la guillotina de la aceleración sobre nosotros en todo momento, además del colapso, las catástrofes, de la hiperrealidad o del simulacro, las gramáticas sensibles del tiempo invitan a interrumpir la linealidad y a reimaginar el sentido del ser desde la lentitud, del pliegue, del gesto, de la carencia y del relámpago que ilumina nuevas sendas del hacer del arte.

 

 

Bibliografía

Agustín de Hipona. Confesiones. Trad. Luis Arias. Madrid: Alianza Editorial, 2003.

Aristóteles. Física. Trad. Valentín García Yebra. Madrid: Gredos, 1995.

Benjamin, Walter. Iluminaciones. Trad. Jesús Aguirre. Madrid: Taurus, 1971.

Deleuze, Gilles. El pliegue. Leibniz y el barroco. Trad. José Vázquez Pérez. Barcelona: Paidós, 1989.

Han, Byung-Chul. El aroma del tiempo: un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse. Barcelona: Herder, 2015.

Lacan, Jacques. Écrits. Paris: Seuil, 1966.

McLuhan, Marshall. La galaxia Gutenberg: génesis del Homo typographicus. Trad. Aurora Bernárdez. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 1998.

Pinardi, Sandra. “Visibilidad, invisibilidad y expresión: reflexiones en torno a la ontología del sentir propuesta por Merleau-Ponty”. Azafea: revista de filosofía, nº 14, 2012, pp. 49–65.

Žižek, Slavoj. Less Than Nothing: Hegel and the Shadow of Dialectical Materialism. London: Verso, 2012.

 


lunes, 1 de diciembre de 2025

  

Sobre Inteligencia humana 

e ¿inteligencia artificial? Diferencias

David De los Reyes




Redes Sociales Vegetales/DDLR2025, diciembre



En la categorización  de la llamada inteligencia artificial, es artificial, mas no inteligencia Al comprender al concepto de inteligencia, como condición original de todo ser vivo, y en especial en referencia a la especie humana, tiene otras condiciones, cualidades, y una correspondencia ontológica que no son las que propiamente vienen a caracterizar el accionar logarítmico de ese mecanismo digital que nos han mostrado como el gran solucionador de todos los problemas y creador de mundos imposibles que enfrenta la humanidad y, sobre todo, en su sistemática relación destructiva con el entorno terráqueo.

¿Qué implica la inteligencia desde el cerco humano? En principio una gramática de lenguaje que desarrolla una comprensión profunda y consciente de conceptos, emociones y su trato con un contesto topográfico determinado. Esto le ha permitido desarrollar una creatividad capaz de expandir ideas originales y dar una solución de forma innovadora a problemas que se nos plantea desde nuestra más íntima condición hasta la dimensión social. Como señala Kahneman (2011), “la inteligencia humana no solo se basa en la capacidad de procesar información, sino también en la experiencia emocional y la intuición, aspectos que la IA no puede replicar” (pp. 20–21). Gracias a la memoria y a la comprensión que aporta el manejo de la razón en tanto logos todos podemos aprender y formarnos de experiencias pasadas, adaptándonos a nuevas situaciones sin la necesidad de datos estructurados, sino sólo por la experiencia de haberlo vivido antes. O como bien dijo Ortega y Gasset, somos en la medida de la circunstancia en que nos encontramos, comprendiendo por circunstancia una determinada temporalidad y espacialidad cultural e histórica. También, hasta ahora pudiéramos decir, pues puede que llegue el momento que así sea igual para eso que llaman IA, los humanos tenemos acceso a un banco de experiencias que están ampliadas por la emoción, por nuestra capacidad de sentir y empatizar para establecer la condición intrínseca del hombre en tanto ser social, es la capacidad de interactuar con lo otro y tomar decisiones pertinentes a través de lo sentido en tanto vinculante emocional con lo diferente o igual a nosotros en tanto especie. De esta forma, por agrado o desagrado, porque nos conviene o no, llegamos a poseer una consciencia que construye decisiones basadas en valores éticos y morales al considerar cómo pueden impactar nuestras acciones en los demás. Esto nos lleva a despertar una comprensión de las normas culturales y sociales que vienen a ser esenciales para una comunicación, en el amplio sentido de una acción común que nos unifica, para que la convivencia sea efectiva. Así, mediante el aprendizaje permanente por la interacción, la empatía, los valores éticos, el intercambio de información y la perpetua condición de sentir y de comprender mediante un logos común e individual, observamos que desarrollamos una condición holística que integra desde lo más primario que establecemos con el entorno, con esa capacidad de sentir subjetivamente, y de experimentar individualmente, arrojando la capacidad de establecer juicios cognitivos que lleva a ciertas verdades prácticas que proporcionan la opción de un desarrollo del pensamiento crítico en todo momento. Como afirma Chomsky (2006), “la capacidad de los humanos para crear y comprender el lenguaje es un rasgo distintivo de nuestra inteligencia, algo que la IA no puede igualar debido a su falta de experiencia vivencial” (pp. 5–6).

¿Qué es lo que puede hacer la IA? Sin menoscabar la potencialidad de esta tecnología, y su apropiación dentro del devenir económico y cultural del estadio de la sociedad tecnológica en que habitamos, podemos decir que, en principio este mecanismo opera por la inventiva humana de procesos algorítmicos y patrones sin tener consciencia ni comprensión real de los alcances de forma consciente. Como indica McCarthy (2007), “la inteligencia artificial es una forma de inteligencia que no tiene conciencia ni comprensión”. Esto quiere decir que no tiene una capacidad de absorber experiencias subjetivas ni comprender su significado detrás de los datos. Kurzweil (2005) lo resume claramente: “aunque la IA puede procesar y analizar datos a una velocidad impresionante, no posee la capacidad de entender el significado detrás de esos datos, algo esencial en la toma de decisiones humanas” (pp. 48–49). No podemos dejar de señalar que este mecanismo funciona exclusivamente con datos previamente instalados en bancos de memoria para su funcionar. Dando a entender que su actividad se basa en generar contenidos que parecen creativos, pero sólo lo hace a partir de patrones existentes, sin crear algo realmente nuevo sin tener datos previos. Así que esta tecnología se mueve por lo que pudiéramos llamar la sangre del sistema digital, es decir, sólo tiene actividad exclusivamente por los datos que puede manipular, por ello requiere un gran volumen de información para aprender, limitando su capacidad de poderse adaptar y generalizar su actividad situaciones desconocidas, o que no posea los datos requeridos para poder interactuar logarítmicamente. Otra de sus limitantes es que carece de emociones, al menos hasta el momento. Puede simular conversaciones, diálogos, tener cierta empatía artificial, pero no tiene límites emocionales con los que se pueda lograr una empatía y experimentar sentimientos con los que se construya un vínculo emergente de emociones humanas reales. Como advierte Turkle (2011), “la tecnología puede simular la conversación, pero no puede replicar la conexión emocional que los humanos experimentan en la comunicación” (pp. 12–14). Así, sin experimentar esa formación emocional que tenemos los humanos desde nuestro nacimiento con los que nos rodean, no tiene un conocimiento real sobre lo que puede ser bueno o malo, correcto o incorrecto, pues en sus instrucciones de uso no tiene programado un marco moral propio. Se adapta contextos culturales de forma superficial, sin llevar a presentar matices culturales dentro de su programación. Lo que puede demostrar es que puede utilizar técnicas de aprendizaje profundo, pero que son efectivas en tareas específicas, careciendo de la flexibilidad y adaptación del aprendizaje humano. Como señala Minsky (1986), “la inteligencia no es una cosa que se pueda definir fácilmente; es un conjunto de habilidades que los humanos han desarrollado a través de la experiencia, algo que la IA aún no puede igualar” (pp. 12–13). Simon (1996) complementa esta idea: “la inteligencia artificial se basa en la simulación de procesos humanos mediante algoritmos, pero carece de la comprensión consciente y del contexto emocional que caracteriza a la inteligencia humana” (pp. 1–2).

Así que nuestra gramática del tiempo habrá que ahora hacer un antes y después del despliegue de estos dispositivos donde vendrán a imponer límites y un orden insensible, inconsciente, y sólo propuestas de un pragmatismo algorítmico que aparentarán ser respuestas que tienen la apariencia de ser inteligentes, surgiendo la intervención de agentes artificiales que impondrán correctivos y controles que tiene un funcionamiento diferente a los que produce la inteligencia humana. Su falta de comprensión consciente junto a la ausencia de emociones son aspectos que resaltan los límites y la comparación directa con lo que llamamos por inteligencia humana.

Quizás por la etimología del concepto de inteligencia es que los tecnólogos han querido asimilar el término a este recurso artificial de manejar datos y dar respuestas a una velocidad acelerada en comparación con el tiempo que lo hace una mente humana. Inteligencia, que viene del vocablo latín intelligentia, tiene en su origen el prefijo inter, que significa entre, y una segunda parte, legere, que está relacionado con la acción de leer o de escoger. Combinando ambas puede sugerir la posibilidad de leer entre líneas, es decir, la potencialidad de interpretar, de comprender lo que está entre cosas, con lo que conlleva la capacidad de poder realizar una criba, es decir, de discernir, escoger, más allá de lo que torna aparentemente como evidente. Entender, habilidad de razonar, pero tener la creatividad de resolver problemas, adaptándose a nuevas situaciones. La IA puede, en principio, resolver problemas, pero sin entender ni tener una habilidad creativa personal de razonar, sólo en la combinatoria de patrones y datos preestablecidos llegar a ciertas conclusiones reductoras respecto al prompt o la pregunta que se le formula. La inteligencia humana es un portento de creatividad gracias a su formación cultural, desarrollando la capacidad de comprender, razonar y adaptarse tanto en situaciones sencillas, cotidianas, contingentes o hasta alcanzar procesos profundos y desarrollados que no significan una simple acumulación de datos o conocimientos inconscientes y artificiales.


Referencias

Chomsky, N. (2006). Language and mind (3rd ed., pp. 5–6). Cambridge University Press.

Kahneman, D. (2011). Thinking, fast and slow (pp. 20–21). Farrar, Straus and Giroux.

Kurzweil, R. (2005). The singularity is near: When humans transcend biology (pp. 48–49). Viking Press.

McCarthy, J. (2007). What is artificial intelligence? Stanford University. Stanford Encyclopedia of Philosophy.

Minsky, M. (1986). The society of mind (pp. 12–13). Simon & Schuster.

Simon, H. A. (1996). The sciences of the artificial (3rd ed., pp. 1–2). MIT Press.

Turkle, S. (2011). Alone together: Why we expect more from technology and less from each other (pp. 12–14). Basic Books.

sábado, 1 de noviembre de 2025

 La estética del vacío y del silencio 

en el arte contemporáneo

David De los Reyes


Adrian Balseca: Plantasia Oil Co. Vista de la instalación en N"$ Galeria de Arte, Quito, 2021.
 Foto Martina Álvarez Orska



Es una idea que me apareció estos días al releer no sé ya cuántas veces al misterioso e inmortal libro clásico del Tao Te King.

En el arte contemporáneo encontramos posturas relevantes donde vacío y silencio se hacen presentes y forman la propuesta principal de la obra. Explorar el silencio o el vacío viene a manifestarse en obras visuales y sonoras, además de las artes performativas. Martín Heidegger, el recurrente invitado para explorar los espacios de la expresión del arte contemporáneo, nos ofrece una noción del ser como apertura y desocultamiento que entra dentro de este patrón del minimalismo estético que estamos tratando de atender. Tanto en Ser y Tiempo como en El origen de la obra de arte, nos plantea cómo el arte revela o devela al ser al abrir el espacio para su desocultamiento. Así podemos comprender que el vacío no es ausencia, sino apertura al lugar en donde se puede manifestar la obra de arte. El vacío es un invitado principal para dar soporte y veracidad artística a la obra. Es el ingrediente donde el espacio plásticamente amolda y se amolda recíprocamente para juntar al ser de la obra que se presenta, se revela. Pero no menos podemos decir con relación al silencio, donde es el intervalo de apertura a una escucha profunda y una disposición ontológica. Es la propuesta inicial del compositor estadounidense John Cage y su conocida obra 4’33”. También podemos referir en esta dirección el trabajo de Adrián Balseca titulado Medio Camino en el que se encarna al vacío y el silencio como una opción ecológica y política. Las pinturas de Agnes Martin o las instalaciones de Tatsuo Miyajima, por decir algunas, también se inscriben en esta estética.

El pensador francés Maurice Blanchot advirtió que el silencio es lo que queda cuando el lenguaje se retira. El vacío y el silencio son condiciones para que lo inefable tome cuerpo, se haga existencia, se constituya en su condición ontológica intrínseca. El vacío y el silencio nos proporcionan un encadenamiento con una experiencia límite al confrontar al sujeto con lo informe, lo sagrado y lo imposible de representar y semantizar. Se nos da la oportunidad de colocarnos en el borde de lo racional, un intersticio donde el exceso y la pérdida nos muestran una verdad no atendida hasta ese momento. El vacío como una forma de transgresión que da la ilusión vivida de tocar —¿rozar?— lo absoluto, lo que está más allá de la forma y de la lógica del lenguaje. Este pensador francés, al hablar de lo inefable como condición del arte, no se contradice al decir que el arte siempre debe situarse entre lo decible y lo indecible. En la sugerencia, lo más importante es que no todo esté dicho, sino que nos incite a develar su ser, su condición ontológica a través de la percepción, la imaginación y la pulsión creativa que podemos encontrar rodeando al cuerpo de la obra.

Otra de las voces que encontramos en torno a este planteamiento estético es la de la pensadora estadounidense Susan Sontag, quien percibe al silencio como una crítica cultural en su texto La estética del silencio. El silencio se acepta como una estrategia estética y de resistencia ante la avalancha y saturación de significados que nos arroja constantemente la cultura moderna. Igual que los otros autores que hemos invitado a relacionar en este breve ensayo, para Sontag el silencio que podemos encontrar en el arte no es una carencia de expresión, sino un estilo, una forma que aspira a salvaguardar la pureza de la experiencia estética. Buscar el silencio como un apoyo personal nos convoca a una mejor integración a la experiencia estética. Ante la necesidad de que todo tiene que ser explicado, el silencio es un intervalo de acción radical que crea una membrana física desde la que emerge el misterio y la ambigüedad de la obra. En otras palabras, al escoger el silencio (o el vacío) como lenguaje, el artista ha escogido su campo de batalla artístico, afirmando que no todo debe ser dicho, y abriendo la posibilidad de vivir lo no dicho, sin temor a que sea interpretado por un lenguaje ajeno al de la misma obra.

Desde otra perspectiva, Gilles Deleuze, en su lectura de Leibniz y en su obra El pliegue, concibe el espacio no como extensión vacía, sino como una serie de pliegues que contienen intensidades invisibles. En este marco, el vacío no es una carencia, sino una potencia: un lugar donde lo virtual se vuelve actual. El silencio, por su parte, es una forma de intensidad que no se manifiesta en el ruido, sino en la vibración interna del sentido. El arte que trabaja con el vacío y el silencio, desde esta perspectiva, no busca representar, sino crear espacios de afecto y devenir, donde lo invisible se vuelve perceptible a través de la contemplación.

En el arte oriental, el vacío, como podemos apreciar, es un principio activo, formante, dinamizador, no estático, sino, sobre todo, contemplativo. El vacío no se toma como carencia. Esta condición del espacio desde una supuesta negatividad, el vacío, es esencial para que llegue a desplegarse la armonía de los elementos a contemplar. Así como notar que el silencio es una de las formas más particulares y profundas para establecer una comunicación, el silencio se adhiere, una vez más, a la disposición estética por excelencia, que es la contemplación.

En el libro clásico al que hago referencia, el Tao Te Ching, se nos advierte que el vacío es lo útil. En una vasija observamos que su vacío es el espacio útil que contiene. Aquí el vacío no es ausencia, como muchas veces lo podemos observar en el hombre occidental, la vida de vacío de la sociedad de consumo. Hay que volvernos a llenar cada día con el consumo de datos o de cualquier mercancía que esté a la mano. Y entonces decimos que hemos llenado nuestro vacío, pero con más vacío. En la lejana tradición taoísta, el vacío es esplendor para un potencial donde todo puede surgir, donde muchas oportunidades se pueden dar. Solo hay que saber develar su calidad de vacío dentro de los entornos y dentro de nuestra existencia. Vacío no es ausencia, es potencialidad. Y junto a ello volvemos al compañero sonoro del vacío en tanto espacialidad: nos referimos a la importancia del silencio. Esta atención nos lleva a un posible clímax de conocimiento. Bien sabidas y repetidas son las palabras del mismo Tao Te King: el sabio no habla mucho, el que habla no sabe, el que no habla es el que sabe. Esto permite un vínculo más profundo con el flujo natural del mundo, de adentrarse en la no acción, para que todo surja sin esfuerzo. El silencio, también podemos agregar al vacío, se conjuga en ciertas obras de arte no para imponer un significado, sino como una puerta que nos lleva a entrar en la contemplación. Estas dos condiciones orientales en el arte se le juntan al principio del wu wei, la no acción, que implica un fluir sin esfuerzo, sin forzar las cosas, sino dejar que se manifiesten por sí mismas. Lo encontramos en las obras que tienen una apariencia de simples y espontáneas, pero que al contemplarlas de cerca y en conexión con el ser de la obra nos muestran todo un despliegue de opciones ontológicas en su prístina intención. Eso no deja de lado la captación de los espacios que surgen —y los limitan— entre las cosas, o el espacio no sonoro que permite la aparición del ritmo y las intensidades de la música, por ejemplo. En esta mirada a la estética oriental, estos intersticios entre las cosas tienen una razón de ser que es tomada en cuenta de forma totalmente consciente. Los japoneses llaman ma a este vacío o silencio entre las cosas o la emisión de los sonidos. Son elementos que se conjugan y se tienen en cuenta para la expresión artística o del hacer humano.

Dicho esto, vacío y silencio no son factores de ausencia y negación, sino una invitación abierta de participación para que surja en nosotros la experiencia estética. Tanto el vacío como el silencio los podemos abordar como una forma de resistencia frente a la ceguera y sordera a que nos someten los hábitos vacíos y plenos de nuestro estadio social contemporáneo. Es una invitación que nos adentra a nuestro acercamiento ontológico al ser de la cotidianidad y del arte.

 

 

Bibliografía

BATAILLE, Georges. La experiencia interior. Madrid: Taurus, 2000.

BLANCHOT, Maurice. El espacio literario. Madrid: Trotta, 2001.

CAGE, John. Silencio: conferencias y escritos. Barcelona: Ardora Ediciones, 2007.

DELEUZE, Gilles. El pliegue: Leibniz y el barroco. Barcelona: Paidós, 2005.

HEIDEGGER, Martin. El origen de la obra de arte. Barcelona: Ediciones del Serbal, 2003.

HEIDEGGER, Martin. Ser y tiempo. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 2003.

LAO-TSE. Tao Te Ching. Madrid: Siruela, 2006.

SONTAG, Susan. Estilos radicales. Barcelona: Ediciones Alfaguara, 2007.