jueves, 1 de junio de 2017

Un mundo de tiranos

David De los Reyes


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Si hacemos un pequeño inventario de gobiernos  autoritarios a nivel mundial encontraremos una larga lista  de países que disfrutan de tan acomodado estado para el bien de la patria y de sus habitantes, como proclaman cada uno sus tiranos. La lista puede perfilarse así, en función de bienestar, calidad de vida ciudadana y de habitad,  estilo de gobierno, carencia del reconocimiento de los derechos humanos, de las condiciones inhumanas de trabajo, de la libertad de expresión, reunión, religión y estilos de vida autónomos, de presos políticos por objeción de conciencia,  eliminación física de adversarios,  maltrato a la mujer, entre otros.  
¿Quiénes son estos dioses mortales del oprobio gubernamental?  Unos son conocidos, como en América la dinastía de los hermanos Castro (+=1) en Cuba, de Chávez (+) y su heredero Maduro en Venezuela, Daiel Noriega y su familia en Nicaragua; Evo Morales. Otros producidos en la extinta y zarista Unión Soviética: Putin en Rusia, Alexandr Lukashenko en Bielorusia. También está el eterno cuestionado y presente en los medios de comunicación occidental  por su obsesión de misiles atómicos: la disnastia Sung en Corea del Norte. El recién llegado: Ergogán en Turquía.   Otros menos conocidos y carentes de interés para el negocio de los medios de comunicación a nivel global, pero tan tiránicos como el que más:  Emomali Rajmonov en Tayikistán, Heydar Aliyev.y su hijo  Ilham Aliyev en Azerbaiyán, Nursultán Nazarbayev en Kazakstán, Saparmurat Nizayov (presidente vitalicio) en Turkmenistán,  Islam Karimov en Uzbekistán, Yahya Jammeh en Gambia, Mohamed Uld Abdelaziz en Mauritania,  Idriss Déby en ChadOmar al-Bashir  en Sudán, Afewerki  en Eritrea,  Ismail Omar Guelleh en Yibuti, Siad Barré, y el poder fragmentado en distintos grupos radicales a su caída, en Somalia, Mulatu Teshone en Etiopia,  Salva Kir en Sudan del Sur, Michel Djotodi en República Centroafricana, Paul Biya en Camerún, Teodoro Obiang en Guinea Ecuatorial, Omar Bongo y su hijo Alí Bongo en Gabón, Omar Bongo en el Congo, Yoweri Museveni en Uganda, Paul Kagame  en Ruanda, Pierre Nkurunziza en Burundi, José Eduardo Dos Santos en Angola, Robert Mugabe en Zimbabwe, Mswati III en Swazilandia, Abdelaziz Buteflika en Argelia, Gaddafi (+) en Libia, Abdullah II en Jordania, Bachar Al Asad en Siria. Hasán Rouhaní en Iran, Salmán bin Abdulaziz en Arabia Saudita, Zayed Al Nahayan en los Emiratos Árabes,  Abd Rabbuh Mansur al-Hadi en Yemen, Hamad al Zani en Qatar, Salman Al Jalifa en Bahrein, Qabus al Said en  Omán,  Muda Hassanal Bolkiah en Brunei, Vajiralongkorn en TailandiaHtin Kyaw en Myanmar, Hun Sen en Camboya,  Trmb ĐĐm Quang en Vietman, Ashraf Ghani Ahmadzai en Afganistán,  Bounnhang Vorachith en Laos.  A esto debemos añadir dos grandes potencias mundiales: Xi Jinping en China y el nuevo presidente estadounidense Donald Trump por sus políticas migratorias, su racismo abierto, su política pulsional, su muro californiano para el turismo blanco y sus vetos a los medios.
Un mundo donde la democracia y el constitucionalismo están puestos en duda o negados; donde las leyes se  diseñan e interpretan, la mayor de las veces por no decir siempre, según los intereses del sátrapa de turno.
Todo este giro hacia gobiernos de carácter tiránico (bien se definan como  de derecha o de izquierda, términos obsoletos al día de hoy),  nos dan para indagar sobre ellos un abordaje en la filosofía clásica de la Grecia antigua para un acercamiento de su comprensión.  Escarbando en la arqueología de las  teorías y culturas políticas del pasado nos topamos  ya con una profunda preocupación ante tal fenómeno de injusticia social. Por tanto no es para nada una situación nueva. Lo cambiante de la antigüedad respecto a la actualidad es la capacidad extensiva e intensiva del control injusto, aberrante, excesivo del hombre y de la involución  de los derechos humanos; notando la presencia, en muchos países, una especie de neo-esclavismo colectivista.  Nos enfrentamos con gobiernos de fuerza en que hoy, como nunca, tienen un poder científico y tecnológico apto para la represión física y psicológica de sus habitantes que no tuvieron los mentados en la antigüedad. 
Uno de los primeros planteamientos   teóricos de tales estados autoritarios lo  encontramos en el prolífico y comentado filósofo Platón, quién sufrió en carne propia los tratos tiránicos por la dinastía de los dos Dionisos, tiranos de Siracusa (hoy Sicilia, Italia), a quienes pretendía asesorar y educar. Sus reflexiones en torno al modo y el carácter del tirano y de este tipo de gobierno están presentes en sus diálogos República  y Gorgias.  De ellos tomaremos algunas ideas que esperamos que sean de interés para la comprensión de nuestro extensivo fenómeno en un mundo global tiranizado.
El diálogo República  contiene una propuesta filosófica completa del hombre y de la vida humana  en sus múltiples aspectos, en  diversidad social y tipos humanos. El tema central que le da vida a este cuadro filosófico antiguo es el problema de la justicia. Para ello se plantea imaginar un  modelo de Estado perfecto. Del tipo de composición estatal para alcanzar el orden  requerido en función de una conducta humana implícita que, en la cotidianidad, lleve a cabo la realización del ser justo,  tanto en el ámbito personal particular como social general. Como la mayoría de los filósofos antiguos,  Platón también se agrega al coro de filósofos que  canta, en la tragedia filosófica de la política, una verdad indiscutible: la misión del Estado  es administrar la gestión del bien común, y distribuir la justicia por igual a todos los miembros partícipes de la sociedad política. El fin del estado es pensado como la organización necesaria para el establecimiento de un orden justo. Sin justicia no hay estado y menos democracia.
La necesidad de definir la justicia la encontramos en el polémico personaje sofista que conformará al gobierno surgido a la muerte del demócrata  Perícles, el llamado gobierno de los 30 Tiranos.  Nos referimos a  uno de sus tiranos, Trasímaco, quien aparece en el Libro I de  República.
Trasímaco, en esa obra,  sostiene con Sócrates  un extenso diálogo  que se inicia al preguntarle qué entiende por justicia. Y el sofista postulará con vehemencia su idea de justicia. Esta es una imposición de los gobernantes, y entre  otras particularidades dirá que lo justo se establece con el cumplimiento de las leyes. Leyes que no tienen otra intención que servir a la conveniencia de los gobernantes. La justicia es un instrumento humano de ejercer el poder y no tiene nada que ver con lo divino; para Trasímaco la ley no posee ningún sentido de trascendencia. Su visión  ofrece un sentido egoísta y un ansia de poder  presente  en todo hombre. Los hombres que aceptan  pasivamente los intereses ajenos son considerados como perdedores de la sociedad. Su concepto  de  justicia es el característico del Tirano, pues la justicia no es otra cosa sino la ventaja del más fuerte. Este “más fuerte” no está referido, en principio, a ningún individuo particular, sino es la fuerza que dispone, por definición, todo gobierno constituido, es decir, todo  aquel que por cualquier medio, de hecho, detenta el poder.
En su segunda definición la justicia  se presenta así: en todas las ciudades lo justo es siempre  lo mismo, o sea, el interés del gobierno constituido. El ejercicio del poder  en este  sofista termina siendo para provecho del grupo dominante que gobierna, que en alguna ocasión puede llegar a coincidir con los intereses del pueblo.
En  Trasímaco  la justicia, en caso de existir, se presenta en el cándido súbdito sumiso a la ley, pero nunca en el gobernante. La justicia, en definitiva, y si se tiene como un bien necesario, será a lo más  un bien ajeno de otro, es decir, no para quien la practica, sino para quien la usufructúa y, a su vez, será más feliz cuanto mayores injusticias cometa en nombre de la justicia.  Pareciera que la perfecta felicidad resulta surgir de la perfecta injusticia, de la injusticia integral. Afirmando que  cuanto más fuerte es la injusticia  más digna es para el hombre fuerte y más señorial que la justicia. Aquí la injusticia no trata de acciones pequeñas como hurtos, robos o fechorías que no rinden  sino por corto tiempo. La injusticia citada aquí es  la masiva y total –y por lo tanto completamente impune; es aquella que una vez reducidos a servidumbre  los ciudadanos de su  nación, sojuzga a otros Estados menos poderosos. La justicia es necedad a los ojos de este aprendiz de tirano; la  injusticia,  sabiduría y virtud. Con estas loas a la injusticia finaliza el discurso de Trasímaco.
El otro personaje platónico que traemos  a colación, y que refiere a la justicia como el derecho del más fuerte, está presente en el diálogo Gorgias y es el sofista Calicles, quien defiende al derecho natural. A la muerte de Pericles  se sumó al coro que polemizó sobre la relación entre ley y derecho, afirmando que la naturaleza  y la ley, son totalmente contrapuestas. La ley, en principio, ha sido forjada para proteger a los débiles; pero la naturaleza (tanto en los animales como en los humanos), hace que los fuertes dominen a los débiles, lo cual es lo justo. Su postura es el derecho del más fuerte. Lo justo es que el más fuerte mande al más débil y, por tanto, posea más. Hizo énfasis en los valores vitales (naturales) puros donde encontramos la exaltación por un tipo humano  que encarna el apogeo de la fuerza vital y el desbordamiento de todos los instintos. En sus palabras está la elección de la tiranía y el desprecio por la débil democracia y del humanismo. Para Calícles la democracia es el pacto de los débiles, reiterando Platón su comentario sobre la democracia en República. Los débiles constituyen un pacto  entre sí para impedir, al amparo de la idea de igualdad, el nacimiento del hombre superior. Esta concepción antigua del derecho natural lleva a colocar el derecho del más fuerte por encima de las artificiales convenciones de la ley.
Tanto en Trasímaco como en Calicles presentan un culto a la fuerza, donde todo gobierno constituido viene a ser un representante de la filosofía del poder. Para estos sofistas  el empleo de la fuerza no tiene su justificación por medio de la razón de Estado sino por el simple y puro provecho personal del que manda, en este caso, el Tirano. Ante sus gobernados debe comportarse como el pastor ante sus ovejas, las cuales son cuidadas para esquilarlas,  venderlas y comerlas según sea el interés apetitoso de su dueño.
Esta concepción del derecho del más fuertes la vemos presente como un hecho en la Atenas imperialista del período de Perícles. Es Tucídides  que presenta el ejercicio de esta ley del más fuerte entre naciones. El historiador griego  en su Historia de la Guerra de Peloponeso (libro IV, 105) nos presenta su célebre pasaje al respecto, cuando hace hablar  a los embajadores atenienses con los de la pequeña isla de Melos. Estos últimos apelan a la protección de los dioses, celadores en su mítica concepción de la justicia, como supremo recurso, a lo que contestan los atenienses esto: 

“En cuanto toca a los dioses creemos con probabilidad y por  lo que se refiere a los hombres con absoluta certeza, que la dominación es la necesidad de la naturaleza hasta donde alcanza la fuerza. Esta ley no la hicimos nosotros, ni fuimos los primeros que la usaron, sino que la encontramos como algo preexistente, y después de nosotros tendrá plena validez. Hacemos uso de ella en nuestro provecho, porque estamos convencidos de que si ustedes o cualquier otro estuviera en posesión de la misma fuerza que nosotros poseemos ahora, usarían aquella ley en beneficio propio. Por tanto no tememos  que los dioses nos causen  daño alguno o nos coloquen en desventaja”.

Es así como piensan todos los que ejercen el poder frente al conjunto humano y ante otras naciones débiles. No hay dioses a los que se pueda encomendarse, no hay justicia divina sino sólo negociación humana. El poder ejerce la fuerza, impone su exigencia y coloca la balanza a su favor, sin que por ello se sienta que está siendo injusto. Es la mirada desde la ley natural. Es la voz de la Atenas imperialista cargada de hybris   (desmesura) y de pleonexia (ambición permanente) que Platón criticará en su dialogo Gorgias, respecto al juicio que hará a Pericles, de quien reconoce mejoras para la ciudad de  Atenas pero no puede considerarse un modelo o un espejo para los gobernantes, pues incentivó el gusto por la conquista y el exceso imperialista a sus ciudadanos en relación a las otras ciudades-estados más pequeñas.
Sócrates  advierte que la justicia no puede ser este atropello del más fuerte en beneficio propio.  La justicia se vive y se adquiere; es la virtud en tanto excelencia o perfección específica del alma humana. Es la virtud que ordena nuestra conducta no en función y provecho de nosotros mismos sino para la convivencia armónica con los otros.  La podemos observar y vivirla al encontrarla tanto al interior del individuo como en la organización del Estado.
En Platón no existe para nada la razón de Estado (concepto renacentista por excelencia: Maquiavelo será uno de sus albaceas). Pero el maestro advertirá que  la justicia estriba en un permanente hacer en la medida que cada quien  haga lo que le corresponde en el teatro social existente: los gobernantes-guardianes gobernar, los soldados que combatan y mantengan la seguridad y el orden, y la clase económica productiva, producir. La justicia existirá en la medida en que cada uno de los ciudadanos se atengan a lo que deban hacer, sin entrometerse en ninguna actividad que habite en la ciudad y que no le competa. No entrometerse, hacer cada uno lo suyo y no lo del otro.
Al final del libro IV de República Platón termina afirmando la tesis  inicial: la justicia es incondicionalmente preferible a la injusticia. Del mismo modo que  la salud corporal  es el equilibrio entre los diversos humores. La salud del alma, a su vez, será la debida proporción o equilibrio entre la función gobernadora de la razón y la función  ancilar de los apetitos (como la concupiscencia o el coraje). Su idea de buen gobierno se centra, frente a la perenne injusticia de la tiranía, como  el que sabe repartir el poder entre las distintas instituciones del Estado, de forma tal que cada uno de los poderes  controle a los demás de acuerdo a un sistema de frenos y contrapesos. Tal división, antes de percibirla Montesquieu,  se encuentra en la antigua Grecia al practicar la repartición de las competencias entre la asamblea y los consejeros.
Este cuadro filosófico no deja de ser menos revelador para comprender el carácter y la continua resurrección de la personalidad tiránica en un mundo  de permanente conflicto y carencias, de ambiciones y soberbias personales. Platón da todavía una certera mirada  a tanto oprobio y aberración política global.
® David De los  Reyes

  











[1] Filósofo. Profesor de la Universidad de las Artes (Guayaquil), y Universidad Central de Venezuela (UCV)