jueves, 1 de octubre de 2015

Ramón Blanco o  la filosofía del ascenso 


David De los Reyes





Gedenke zu leben! (No olvides de vivir!)
Goethe

Esa dureza es necesaria en todo aquél que escala montañas,
Ir más allá, sosteniéndose por encima de la nada.
Frederich Nietzsche.

He aprendido a esperar para esperarme a mí.
He aprendido a escalar con ágiles piernas, con escalas de cuerda,
He escalado elevadas alturas y elevados conocimientos.
Rainer María Rilke

Alejandro, la vida hay que vivirla intensamente…
pero con el “mejor cerebro posible”.
Ramón Blanco

La mirada desde lo alto
En la diversidad del que-hacer humano encontramos que algunos tenemos, de una u otra manera, un germen  por aventurarnos en asumir riesgos y metas frente a la naturaleza y a la vida que, en un principio, parecen inalcanzables a la mirada  del común de los mortales y son vistos como sueños imposibles de realizar.  Dentro de ese tipo de actividades riesgosas nos encontramos  una de particular trascendencia: el alpinismo, (que se da desde la antigüedad pero ampliamente practicada por millares de personas sobre todo desde finales del siglo XIX, e intensificándose  aún más en el siglo que corre); actividad que se asume, con pasión y cierto desinterés, un estilo de vida, un modo de vivir que podríamos llamarlo como amor por las alturas, el cual es el riesgo de subir difíciles montañas junto a deportes relacionadas con ellas y encontrar en esa actividad una filosofía y estética de la existencia. Subir montañas, como bien sabemos, es una actividad que se puede rastrear a través de testimonios desde la antigüedad.
En la vida cotidiana de los pueblos, la búsqueda de lugares elevados y el ascenso a las cumbres de altas montañas era una cosa habitual, sobre todo al final del período helenístico y en la época romana. Encontramos relatos precisos como son los de Séneca, del poeta Marcial, del escritor Plinio El Joven, del poeta Estacio, Lucrecio, y Diodoro de Sicilia, Agustín, Dante, Petrarca  entre otros; y no como han dicho del hombre antiguo,  que no habría hecho ascensos a las montañas salvo, a lo más, para construir templos.   En el sentimiento intrínseco de trascender del hombre, hay una necesidad de probarse a sí mismo y de ver desde lo alto al mundo. Tal actitud  lo encontramos, por ejemplo, en el relato de Apolonio de Rodas (siglo -3), al describirnos el asenso de Jason sobre el monte Dindymon y el panorama que contempla desde lo alto de la cima: “Delante de ellos, las atalayas de los Macrianos, y todo el país situado ante Tracia aparecía como si ellas estuvieran a un palmo de la mano. Aparecían entre la bruma, la boca del Bósforo y las alturas de la Mysia, del otro lado del lecho del río Aispos, la ciudad y la llanura de Adrasteia”. Es una de las primeras descripciones occidentales que recibimos desde lo alto de una montaña, de una atalaya, viendo hacia los confines del horizonte del territorio de Tracia. O la descripción que encontramos en la ascensión del latino Petrarca (siglo 14), a la cima del Ventoux, para que los  hombres osen mirar la tierra y al cielo desde lo alto de una montaña. Pudiéramos añadir la conocida frase de Agustín en su texto Las Confesiones, donde refiere que ninguna montaña es tan grandiosa como el alma. En la soledad de las montañas se revela el alma con mayor presencia.  El ascenso y el estar en las montañas nos llevan a  enfrentar al mayor obstáculo que tenemos, a nosotros mismos y nuestra condición espiritual y mental,  junto al dominio de sí, gracias a ese esfuerzo y riesgo que nos regalan las dificultades que encontramos en esos templos terráqueos naturales, que nos muestran desde sus cimas,  la insólita maravilla del universo.  Se caminaban por terrenos difíciles para separarse del bullicio  social y adentrarse en la paz del espíritu individual, unido a la sensación de totalidad que emana al hollar la cumbre. El ascenso físico conlleva también un ascenso espiritual  y moral que decanta en un misticismo de la montaña que te atrapa y te envuelve, por decirlo así, al alma.
Estos son algunos ejemplos de  pensadores y poetas de la antigüedad donde encontramos una relación con las alturas, con una mirada desde lo alto, gestando una forma de vida y de imaginación inspirada por el deseo de hundirse en la totalidad del cosmos, y quizás con el  más allá de la totalidad del infinito, albergándose en la certeza ser gracias al proseguir ese difícil ritual de las alturas a pie.
En los filósofos antiguos, la mirada desde lo alto, fue un ejercicio de imaginación donde se representaba ver las cosas del mundo desde un punto de visto elevado, obtenido por la altura que se está respecto a la tierra; es  un vuelo  de espíritu sobre y en el cosmos. Es un ascenso que implica la emoción de intensificar la unidad entre el ser y la totalidad del universo.
En el presente encontramos que no ha cambiado mucho esa necesidad de emprender el vuelo del espíritu  por los montañistas. Tal actitud  es la que sigue inspirando a muchos alpinistas (o montañistas), y sin ser filósofos profesionales, reflexionar filosóficamente respecto a las dificultades y obsesiones, de sus éxtasis  junto a las difíciles satisfacciones,  las carencias físicas y las obstrucciones materiales, las inclemencias telúricas y los sorpresivos imprevistos,   que han encontrado a lo largo de esa forzada actividad de  subir montañas y acceder a parajes inhóspitos y recónditos, ¡elevados!, en distintas partes del planeta; han expuesto su mirada desde lo alto como una necesidad vital irreverente y de afirmación de lo más genuino del ser humano individual.




Un alpinista llamado Ramón
Entre los alpinistas que podemos incorporar a esta pléyade de amantes de las alturas que narran su experiencia vital desde una postura reflexiva filosófica particular,  encontramos la  del alpinista gallego-venezolano Ramón Blanco. En su libro Diario de un Alpinista a los 70,  (Editorial Campo IV, la Coruña, 2012), escrito en colaboración con su amigo y primo Alejandro López Sánchez, Blanco describe y lega sus experiencias a su estimado  joven interlocutor,  quien se encuentra en  los comienzos de la actividad del montañismo, pero quien al pasar de los años, se convierte en un excelente cronista de sus propias experiencias de alturas y ascensos, como también lo va contando a lo largo del ágil texto. De esta manera,  encontramos que Blanco pertenece a ese grupo apasionados del piolet y de botas de siete leguas, que han hecho de las montañas su vida,   al presentar su relato de excursionista y escalador cuando contaba alrededor de los setenta años, adentrándose a sus recuerdos de más de cuarenta años de lucha y gozo con el ascenso y la piedra, el hielo y la altura, entre arneses y sogas, incomodidades y riesgos (hoy ya pasa los ochenta años y sigue con su mismo ímpetu por su pasión del andar el mundo desde lo alto), su Memento Vivere!  
El libro, texto que nace de una correspondencia personal entre estos dos amigos de montañas, fue  escrito  gracias a un intercambio epistolar vía electrónica. Son los correos electrónicos o emails que  intercambiaron Ramón y Alejandro entre el 13 de octubre de 1999 y el 21 de mayo del 2007. En ellos presentan sus sueños convertidos en realidad por la tenacidad y constancia de una voluntad inquebrantable y segura, testadura y libre en realizar los distintos proyectos  de subir los picos más absorbentes de preparación física y material y en cómo los ha llevado a cabo después de un estudio y preparación rayando a los extremos físicos y mentales.
En las propias palabras de Alejandro López:

“Hace más de siete años que recibí el primer email de Ramón, desde entonces, desde aquella vetusta impresión en papel reciclado, mis carpetas se han llenado de filosofía, de vida, de cientos de folios (a veces tiendo a exagerar, pero puedo asegurar que en esta ocasión no lo estoy haciendo) repleto de confesiones, de preguntas, de respuestas, que han  ido moldeando una forma de ver la vida para mi, de ver las montañas, de disfrutar del momento. No sé por qué demonios imprimí aquel email, quizá fue la impresión de Ramón, como montañero y alpinista dejó en mi cuando lo vi por primera vez, a lo mejor fue  por simple colección, no sé, pero desde entonces he alimentado mi proyecto a base de estas cartas”

Sus cartas despliegan, con un lenguaje a veces formal, irreverente  y otras veces muy coloquial,   toda una filosofía del alpinista que aspira a una práctica   que lleve a  un cambio radical del ser, del estar en la sociedad, al escoger el compromiso vital  de ascender a las alturas. Un modo de vivir que no escapa a una original orientación y un estilo de vida que porta un ascesis espiritual; es una reflexión continua y detallada sobre la tarea del hacerse montañista y emprender un ejercicio espiritual  que determinará la totalidad del devenir de su existencia. Tal ejercicio espiritual  de este montañista no tiene connotaciones religiosas; aquí queremos referir con tal ejercicio a ciertos actos intelectuales,  de  imaginación, de  voluntad caracterizados por su finalidad: gracias ellos, en este caso el montañista y su empeño,  el individuo se esfuerza en transformar su manera de ver al mundo, con el fin, a su vez, de transformarse a sí mismo. No se trata de informar sino de formarse para vivir la montaña y absorberla dentro de él, a tiempo presente, toda su belleza, superando lo trivial, lo común,  lo ordinario, lo banal, lo mecánico, lo vulgar, lo mediocre de la vida, elevándose de todo ello con el simple acto de búsqueda de las alturas. No se trata sólo de ver al mundo desde lo alto sino elevar la vida a lo más alto que le impone, cual obstáculo, la naturaleza geográfica y su ser.





La filosofía inconformista del montañista
Ramón Blanco nos recuerda a ciertos  filósofos antiguos que, en su caso, en tanto maestro montañista, busca con su discurso y con su vida incidir en el espíritu de sus escuchas o lectores –en este texto- o en sus seguidores, al producir un estado de ánimo  que intenta una mutación personal a partir de transmitir su arte de alpinista.  En la base de dicha acción pedagógica y trasmisora de saber se llega a una acción transformadora donde hay un ejercicio espiritual radical que busca, en su interlocutor Alejandro, formar a su discípulo más que informar sobre algo, (propio de la obsesión educativa general contemporánea y sus tentáculos on line). Como bien conocieron ciertos pensadores de la antigüedad,  su  qué-hacer filosófico no se reduce al espectro de la gramática y del discurso conceptual. Para un alpinista desplegar un discurso metafísico o de meras trascendencias idealistas sería estéril;  lo que se busca es forjar los instrumentos mentales y físicos: vitales,  para conducir la práctica de su pasión geográfica  en resultados certeros y personales. Su legado reflexivo no puede ser un momento  que se encuentre separado de ciertos ejercicios espirituales,  es un pensar que aspira a una práctica, una actividad, un trabajo sobre sí, una atención, una forma de desapego, una cultura de la exigencia, una libertad frente al mundo cotidiano, que convierte lo banal y corriente de las necesidades pueriles de la vida en un continuo  esfuerzo para alcanzar una certeza de voluntad alpinista.
Alejandro, y con él cada lector,  nos convertimos  en el centro de ese devenir espiritual transformador del propio Blanco, que se apropia del cuerpo y de la geografía, del espíritu y de la imaginación por y desde las alturas. Al igual que los filósofos en la antigüedad, Blanco no promete atajos en la preparación alpinista de sus seguidores-lectores, sino el compromiso individual de la experiencia que requiere  sufrir para obtener un cambio profundo, concertado y voluntario en su manera de entender e interactuar con el mundo. Hay una exigencia y ascesis de despojarse de lo ilusorio, lo banal, de lo inmediato, de las pasiones y de lo insensato  que arropa la vida cotidiana moderna, junto a sus aberraciones,  sus obstrucciones, sus injusticias y catástrofes ambientales  que encuentra Blanco a lo largo de su vida al realizar sus proyectos  alpinistas, arropado por una filosofía personal del esfuerzo, de un sentimiento de fortaleza, de energía, de ansia de seguir subiendo. Sus palabras nos llevan a una enseñanza centrada en la intimidad del sentido personal y en la rica simpleza de la vida, como nos lo dice el propio Alejandro: “lo importante de Ramón no son tanto sus records (como algunos los ha dado en llamar), sino su espíritu inconformista, su infinita naturalidad y su vitalidad sin fronteras”. Se nos reporta, a lo largo de  años y de  sucesión de  emails con Alejandro, el exponer una experiencia y acción concreta, en un hacerse preguntas y en ofrecer un modo y atención de vida alpinista centrado en una dimensión vital inconformista. En el fondo es lo que los antiguos practicaron como la exigencia filosófica de un conocimiento y cuido de sí mismo permanente. Su texto también puede verse como un pequeño Emilio de la educación para el principiante a alpinista, para quien su máxima debe ser querer es poder (Blanco). Para él la edad no ha sido un limitante para llevar sus sueños a convertirlos en realidad. No importan los años, no pensar en la edad para hacer cosas: vive como te guste y puedas. El espíritu es vital para todo. ¡No dudes!, son sus palabras. En su caso los años lo han vuelto aún más duro y preparado para el placer de hollar la cima.  Respecto a cómo se encontraba  cuarenta y treinta años antes de la década de sus setenta años dirá  que si me dejo llevar  con mi espíritu creo que estoy mucho mejor, no sé. Para  éste arcaico y primitivo montañista los obstáculos son lo que hace interesante a la vida.  Nunca he pensado en la edad, como ya sabes, para vivir como lo he hecho…y hago. Siempre ha sido como me ha gustado…y he podido. Cuando rarísima pienso en ello, me doy cuenta de que soy una “rara avis”.




Inicios y pasiones
Los inicios como montañista de Ramón Blanco fueron a la tardía edad de  32 años, cuando la mayoría de los alpinistas ya  tienen una larga preparación a cuestas. Sus idas y venidas lo han llevado a  montañas situadas en el Asia/Tibet:  Everest (8.848 mts); Europa/Caucaso-Rusia: Elbrus (5.642 mts), EE.UU/Alaska: McKinley (6.194); Antártida: Vison (4.897 mts); África/Tanzania: Kilimanjaro (5.895 mts);  Suramérica/Patagonia: Aconcagua (6.959); Oceanía-Australasia: Kasrstenz Pyramid (4.884 mts). Son las conocidas en argot alpinista por “Las Siete Cumbres”.  Ramón, en su  ascenso al Everest, lo hará a la edad de sesenta años, obteniendo un record guinness como la persona de mayor edad en subirlo hasta ese entonces (luego ha sido superado gracias al ejemplo que él ha dado a otros alpinistas de cuarta edad…), además de hacer, también, el más viejo en “Las Siete Cumbres” más altas de cada continente. 
Su primer encuentro con esa realidad sorprendente y única del mirar desde lo alto  fue en su ascenso al Popocatepetl, (México), un día especial que vivió al borde del cráter: ¡Sorpresa, estremecimiento y lágrimas de emoción! Nunca había visto nada semejante; ni subido a tan alta montaña. ¡Inolvidable recuerdo! Ese sería el empujón que signo su vida de alpinista. Esa misma sensación la declara en otras ocasiones, como cuando asciende en su rutina de montañista caraqueño, a su amado e inseparable Pico Oriental (2.600 mts.) de  Caracas, su ciudad de residencia, al decirnos: “Desde la cumbre  veo a Caracas como si fuera desde un avión”. Debemos decir que el  Pico Oriental es la montaña más nombrada y pateada  a lo largo de su texto; siempre hace referencia a su obsesión de subir y bajar en un tiempo inusual, alrededor de dos horas.
La lectura es otra de sus grandes pasiones. Es un lector empedernido. Su biblioteca sobre alpinismo es inmensa.   Blanco, definitivamente,  es un enamorado de la lectura; montañas y libros ocupan sus tiempos más placenteros. Su apetito voraz por las páginas impresas no  ceja para nada: leo un montón todos los díasNo sé para que me meto  tantas cosas en el cerebro, pero es muy agradable.  Es una necesidad  de su cultura vital. De forma desordenada lee de todo, pero las biografías llaman su atención: cuando leo la biografía de algún “carajo”, analizo su filosofía, a ver si concuerdo con algo. El género de las biografías  lo atrapan  para ver cómo es o era la gente. Lee, lee y no bajes la guardia. Esta actitud ilustrada  de homo typographicus es un requerimiento para su estar en los “techos” del mundo. Su condición de autodidacta está concentrada en la letra impresa que le proporciona una amplia cultura para estar enterado de los pormenores de ciertos temas afines a su personalidad, como serán el alpinismo, el arte, la filosofía. la literatura, la naturaleza, la ecología, como de la específica lectura del diccionario enciclopédico en ciertas letras en busca de palabras ignoradas. En el fondo está picado por el gusanillo del conocimiento continuo, para seguir sorprendiéndose y disfrutar del momento del presente al máximo. Para él, la lectura, el  estudio y la política deben separarse. Es así que aconseja a su primo Alejandro diciendo: Los políticos TODOS son unos “mierdosos”.  Estudia duro para ser muy bueno. Leer es  importante y ya sabes  los estudios no pueden estar nunca por debajo de la escalada.
Respecto a los “mierdosos” refiere una situación que viven estos  especímenes en México:
“En México  (…),  cuando dos políticos se encuentran y están a cierta distancia, se saludan con la mano  y una amplia sonrisa; uno de ellos, entre dientes, pero sin que el otro se de cuenta, le dice “chinga a tu madre, pinche cabrón”; y el otro  como es de la misma clase, entre dientes también contesta, ”la tuya pinche, güey”.  Se siguen sonriendo, pero …ya sabes: político es… político”.





Llenar los huecos de nuestra existencia social
Su visión de la vida  contemporánea es una auténtica postura crítica muy personal.  Nunca ha encajado en la sociedad, aunque a veces lo pareciera. Ante la inercia  que impone toda cohesión social exige soñar, lo cual es gratis y vendrá a rellenar los huecos de nuestra existencia, aportando idealismo romántico y una dosis de locura a la rutina diaria. Para ello se ha tenido que despojar  de un montón de prejuicios enormes, y reconoce que algunos aún persisten. Observa con recelo al hombre común.  Salir del corazón de lo banal de las cosas es lo que puede volvernos maestros de nosotros mismos; sabemos que cierto estado psicológico y moral provocado por la costumbre, la rutina, las convenciones sociales es lo que nos impide, mayormente, alcanzar aquel ideal. Blanco dice:

“Mira un bosque desde lejos. Ves una masa oscura de vegetación, que parece impenetrable: es la sociedad y sus “complicaciones”. Pero ve acercándote… y verás que la puedes penetrar y pasar, sorteando, con mayor o menor dificultad las dichas complicaciones. Dependemos mucho de ella, que te controle o no, la susodicha sociedad” depende de ti.

Tiene un pánico a verse envuelto en ese cerrado círculo vicioso que conforma la sociedad. Metido en el laberinto de la hedonista y materialista sociedad,  del aburrimiento de la comodidad, siente que es casi imposible salir de ese cerco. Su propuesta es el montañismo y todo lo que lo rodea: tirarse en el sofá a ver televisión, salir por la noche día tras día hasta que el “cuerpo aguante” y volver apestado a humo, a alcohol, a conformismo, pasar el rato mirando para el techo como casi nada, paseando, quemando nuestro precioso tiempo porque sí, pues eso, por quemarlo, porque estamos por estar. Blanco se niega aceptar esa realidad. Las normas sociales son una especie de chantaje a sus ojos:  si esto tal; si te portas así, cual…!Coño! ¿No es eso chantaje?  Pide reiteradamente  soñar, mantenerse activo cerebralmente, aportando la gota de lucha para seguir sobreviviendo (y más en su país  de residencia, como es el caso venezolano).  Si tienes sueños alguno se cumplirá, y escaparás del laberinto de las convenciones sociales. El laberinto conlleva  caer en una especie de esclavitud conformista al aceptar de forma acrítica  lo que “debemos” seguir  por los rumbos estatuidos por la sociedad. Es un  defensor del eclecticismo: asumir lo que más nos guste o nos parezca mejor individualmente.  Concluimos que para él la sociedad es un mal inevitable.

“Indudablemente que formamos parte de la sociedad; pero las sociedades, su funcionamiento, evolucionan, y las evoluciones (cambios por muy tenues que sean),  son iniciados  por,  aunque sea “atómico”, el comportamiento de algo…Cuando algún individuo empieza algo…(moda, deporte, invento, estilo de vida, etc.) va a tener seguidores, y a la larga eso va a influir en la sociedad y la cambiará.  Sino, compara ciertos actos: comportamientos, manera de pensar, de opinar, de vivir,  adelantos tecnológicos, etc.  Con lo ocurrido hace…diez años, por ejemplo,  y podrás ver el cambio; aunque siempre hay cosas que podrían  haber evolucionado hace mucho tiempo”.





Una ética verde y formación personal para la vida  en el planeta
Su visión es que pareciera que la mayoría de la humanidad  ha nacido para ser manejada, manipulada, dirigida, que alguien le haga las cosas o diga qué tiene que hacer. Es el germen del cual se alimenta la fauna picaresca de los vivos, los caudillos, los aprovechados, los sinvergüenzas, etc…. los seres humanos son…como borregos: van por donde los llevan.
No perder el norte en la formación personal. En afirmar un estilo de vida  donde se tiene la tarea de aprender en todo momento,  sin dejar de practicar lo aprendido. La formación no es para posarla en un escaparate mental, tiene que  mostrar una necesidad intrínseca en la labor y ética del alpinista. Sentir satisfacción por lo que se hace. Pienso que las cosas “hay que hacerlas”. Blanco, como los antiguos, parafraseando a Goethe,  representa y vive la existencia, los herederos de la modernidad, sólo  interesa el efecto.
Esa misma ética lo lleva a mantener una defensa intensa por el cuido del ambiente  por el que transitan  sus pasos. Detesta el  llamado ecoturismo, menos aún al turismo de aventura, y con ello a todos los programas mediáticos que vienen a publicitar ciertas bondades e intereses por determinada zona virgen. Lo siente como una permanente inconsciencia y  atentado contra la naturaleza: la mayoría de los turistas no le importa si destruyen…deberían  respetar por donde van, pero eso no ocurreLa gran mayoría no tiene  mucha cultura. Lo que le interesa es el dinero que dejan…  Sus posturas pueden  encontrar un eco en los planteamientos de la ecosofía  o ecología profunda, creada por el filósofo y montañista noruego Arne Naess en el siglo pasado. Este nórdico pensador, defensor de la acción directa, postula una ética que plantea que el hombre no tiene un derecho superior a otras especies del planeta, todas son necesarias para su conservación y evolución. El bien del planeta  no se convierte en el interés único de la sobrevivencia del ser humano, sino por la continuidad y evolución del planeta mismo. Las páginas de Blanco no dejan de mostrar esa misma actitud y acción directa  contra los desmanes ambientales y ecológicos por la inconsciencia  del hombre masa. La masa es masa, no razona. Su postura es radical: Mientras, me seguiré peleando  con los “huevones” que persiguen el turismo de aventura en Venezuela, he visto destruir lugares maravillosos. Esta es una condición de algunos humanos,  tienen la sensibilidad más abajo que sus pies. También  va contra aquellos que quieren modificar las cumbres colocando imágenes  religiosas, y sobre todo en el caso de su inseparable Pico Oriental de Caracas, al cual querían poner  una Virgen  en su cumbre espeta: ¡Coño eso no!  Me opongo a  cualquier tipo de construcción en las cumbres de las montañas. Me voy a mover para que eso no ocurra. La acción directa es uno de sus instrumentos para actuar y tener resultados palpables frente a los desmanes contra el ambiente. Sólo el hombre capaz de centrar sus pensamientos y esperanzas en algo que le trascienda puede encontrar cierta paz  a los problemas normales y excepcionales de la vida, algo que resulta imposible al reducido egoísta puro.
Finalmente en una descripción autobiográfica se describe él de la siguiente forma,  reafirmando aún más su postura  ética ante la naturaleza, junto a su filosofía de montañista:

“Soy montañero, escalador (aunque algo retirado), pero estoy muy consciente que me considero muy protector de la naturaleza. Soy opuesto a todos los desarrollos turísticos (sobre todo construcciones), en la naturaleza (playas, montañas, valles), todo lo hacen por dinero y eso no está bien. Tampoco me gustan los cazadores. Aprende una cosa: los escaladores, montañeros, senderistas, deben ser conscientes  de que  al ir a esos lugares van a causar algún daño, lo grave del daño depende de lo cuidadoso que seamos”

Para un montañista una condición indispensable es saber ser independiente en la medida de lo posible; la autonomía es algo de vital importancia dentro de esta actividad. Sabe que si se depende de otros para lograr determinada actividad puede que no funcione. La mayoría de los montañistas “renombrados” son personas que  asumen la mayoría de sus proyectos de forma solitaria, hasta cierto punto son unos “solitarios”, bohemios de las montañas.  Independiente no quiere decir vivir aisladamente. Tener independencia, pero sin dejar de estar consciente de  la necesidad de colaboración en sus empresas hacia las cimas. Independencia aquí quiere decir  mantener una discreta distancia ante los demás sin aislarse de forma absoluta. Ser social pero admitiendo cierta libertad respecto a nuestro movimiento y vida personal. Somos animales sociales que requieren cierto aislamiento y asocialidad de tanto en tanto. En el fondo la conducta y  pasión del montañista es un adentrarse en la personal aventura y esencia de sí mismo, haciéndose  un sujeto activo de  extraordinarias superaciones del cansancio, del miedo y del imprescindible equilibrio psicofísico. En palabras del filósofo francés Henry Bergson: La vida puede ser entendida como un esfuerzo para subir la pendiente por donde desciende la materia.


Alejandro López Sanchez



Alejandro y Ramón: una amistad de vida
Alejandro, coautor del libro,  es el primo de Ramón. Entre ellos  encontramos una relación de camaradería y profunda amistad que va más allá de lo familiar. Tienen una complicidad radical, de visión de vida por la que transitan ambos y los une; una relación afianzada en raíces personales, además de compartir el montanismo y todo lo relacionado a ello.  Por lo anterior, Alejandro López no puede dejarse  de lado en este relato epistolar electrónico. Toda nueva empresa de Ramón relatada en esos años mencionados antes,  viene antecedida   por una reflexión  oportuna de este  joven abogado montañista. La postura del viejo alpinista toma tonos cuasi-paternalistas, de compartir sabios consejos y profundas experiencias conjuntas. Bebe de su filosofía adaptándola pasa sí.  Absorbe de él su amor por lo salvaje, por la naturaleza, la pasión por la cultura y las grandes montañas. Sus conversaciones electrónicas, a lo largo de los años,  se vuelven cada vez  más trascendentales y técnicas en lo tocante al montañismo y de la vida en general, a través de consejos, noticias, aventuras y variadas enseñanzas que el  versado montañista  lo hará de manera persistente.
Describe a Ramón como un hombre imprevisible.  Dice que no se despide nunca, pues confía que puede ver a sus amigos pronto. Que es detallista hasta la locura, pero extremadamente desordenado.
Alejandro se identifica con los bohemios de las cordilleras. ¿Quiénes son tales bohemios  de montaña? Aquellos que abogan por un espíritu romántico de la práctica de las alturas; de estos bohemios surge el estilo alpino como modalidad, de efectuar las ascensiones solitarias, de aperturas libres, de transitar vías sin cima. Son los  seguidores de vivir la sensación del montañismo puro, que expiden humildad, pasan de incognito, no se jactan publicando. Son lo que prefieren no trasmitir sus logros sino por el modo de lograrlos. Escalan por el puro y simple placer de escalar, por entrar en contacto con la roca, con el viento,  con las tormentas, la nieve y el profuso paisaje. Son, para Alejandro, aquellos especímenes  que puede considerar como verdaderos alpinistas auténticos. Ramón es uno de esos especímenes románticos.
Advierte que la condición física es imprescindible para todo escalador, pero no menos importante es la preparación mental para el logro de la cima. El poder del alpinismo no radica sólo en una poderosa estructura corporal y capacidad técnica,  sino, y sobre todo, acompañado de una mente fuerte. El poder psicológico de la escalada y en el montañismo es quizás la parte más importante de la ascensión. No se puede lograr objetivos sin una fuerte motivación asentada en una mente, que es a la vez,  alerta y tranquila. Una mente que sepa valorar el riesgo apropiado en cada escalada, el saber abandonar a tiempo la escalada   cuando las condiciones no son apropiadas, acentuar el paso,  la confianza en el compañero. Y refiere, con énfasis,  tener la intuición y el saber para que en ningún momento…traspasar el punto de no retorno, la locura transitoria. La mente sana demuestra equilibrio entre lo físico y lo espiritual.
Alejandro está consciente de la importancia del miedo como un componente importante en la actividad del montañista. El miedo sirve de barrera para controlar nuestras emociones y nos señala el momento en el que la prudencia debe guiar nuestra mente. Es la brújula interna corporal para saber cómo accionar en determinada situación de riesgo.  No debe apoderarse del control psicológico; su presencia sirve para  ver y conocer el límite de nuestras posibilidades. Este abogado español de morral a cuestas, sabe de qué habla,  es un  experimentado en dicha emoción y con conocimiento de causa afirma que llegar a dejarse dominar por el miedo es un síntoma de nuestra propia debilidad, demuestra nuestro fracaso ante la montaña y puede ser el primer síntoma de la histeria. Se trata de saber contenerla pero utilizándola para nuestra acción; no se trata de ser temerarios ni cobardes, el justo medio de la proporción: estar en el punto de cierta valentía que sabe colocar sobre la balanza (o el pie…) los pro y contras de   lo que tengo frente al riesgo de mis pasos. Los grandes alpinistas se destacan por saber poner bajo control esta necesaria pero amarga emoción, sabiendo que la prudencia debe acompañar a toda escalada. Tajantemente advierte que los montañistas que no tienen miedo mueren en la escalada. Puntualiza que la condición física sin control no aporta nada, conduce a la mediocridad.
Una de las partes más interesantes y emotivas escritas por Alejandro es la de su experiencia al viajar a Venezuela a encontrarse con Ramón y tener las vivencias  que hasta el momento sólo conocía por los correos y palabras; esperaba, en algún momento, sentirlas bajo su propia piel a tiempo real. Es el relato fechado el 14 de diciembre del 2006, donde recopila personales y detalladas impresiones sobre su experiencia  al arribo a ese país, así como sobre las distintas travesías de montaña, únicas a su parecer. un rito de paso que debía vivenciar en compañía de su viejo primo cómplice de filosofías e inspiración montañera.  Subir al Pico Oriental de Caracas, y todo el trayecto de ida hacia el Salto Ángel, son  de los mejores relatos que podemos leer  respecto a esas montañas.  Toda una descripción detallada e impresionista  del paisaje, de lo inhóspito de la selva, de los momentos del vuelo y travesía en las embarcaciones en piragua, a través de los distintos ríos (Carrao, Canaima, Churum Muru, Orinoco), hasta llegar a los distintos campamentos de tránsito y final antes del ascenso al venerado salto más alto del mundo y su poderosa e imponente húmeda pared, que para él es un transitar entre el Edén y entrar al Paraíso. Llegando al punto de dar una afirmación particular de una experiencia sin igual: dormir en la selva es único.  Tal experiencia de subir el Kerepacupay Vená (Salto Ángel), fue para él la sorpresa más grande su vida. Sus palabras finales de esa narración nos dicen:

Toqué la pared empapada, su diedro. Mi mano se fundió  con el Auyan Tepuy en una simbiosis pura, cristalina, creo que en ese momento me sentí feliz, lleno de vigor y de paz, y sentí lo grande de la vida, de los momentos y de todo lo bueno que se puede retener en un solo minuto.
Ramón se giró hacia mi, me miró fijamente, mientras el agua corría por toda su cara, por su barba, empapados los dos, allí arriba, solos en mitad de la nada, en cremitad del todo, y con sus ojos brillantes, con ternura, dijo: Indudablemente  que viene del cielo. Kerepakupay Vená.
Bajamos Felices.

 A semejanza del personaje que Nietzsche nos habla en su Así habló Zaratustra,  estos dos montañistas lo que desean, por siempre, es ver nuevos horizontes y mirar más allá de la belleza. Necesitan de las alturas. Y por eso es preciso que regresen a su conocida soledad de caminos y ascensos. De esa forma, recorren su propio sendero de grandeza. Confundiendo la cumbre con el abismo, en sus recorridos. Sea cual sean sus destinos, en las situaciones que hayan experimentado siempre  habrá en su horizonte  un caminar y escalar montañas, de las que,  en última instancia, sólo se termina teniendo vivencias de sí mismo. Como nos dice el filósofo alemán citado: Esa dureza es necesaria en todo aquél que escala montañas. Ir más allá sosteniéndose por encima de la nada. 


 
David De los Reyes con una guitarra Ramón Blanco de 8 Cuerdas



Un final abierto

Queda decir  cómo llegué a conocer a Ramón Blanco. Corría  la década de los ’70. Mi encuentro fue porque era, para entonces, estudiante de música y aspirante a graduarme como guitarrista clásico. Por ello quería obtener un mejor instrumento y para ello pedí que me construyera una guitarra ese lutier algo ermitaño, y  del que muchos compañeros hablaban de sus magníficas guitarras. Ramón es, además de un excelente deportista de las alturas, un gran constructor de instrumentos de cuerdas y sobretodo de guitarras y cuatros (instrumento típico venezolano). Su aprendizaje lo hizo en Cuba, cuando emigró a ese país en 1951, aprendiendo el oficio  trabajando en el taller de su tío Ángel. Fue así como me acerqué a su pequeño taller vivienda que tenía en la zona de la Florida de Caracas,  y conocer a quien después  me haría, a lo largo de nuestros años,  varias guitarras, unas de seis cuerdas y otras de ocho cuerdas, que son con las que he dado mis recitales y que toco hasta este momento. Mi  vínculo, como se puede ver,  fue perfilándose no por el montañismo, sino por el  lado de la construcción de  guitarras. De hablar sobre las maderas, las formas, los detalles y de los distintos lutieres de guitarras y las calidades de construcción del los mismos. De Ramón me agrada que siempre ha sabido asimilar y tener en cuenta alguna de las  opiniones de los ejecutantes.  Así fue que para mí, ese viejo gallego, sería el amigo constructor de instrumentos más que el gran montañista que es hoy día. De esta actividad suya tan querida supe más tarde, pues muchas  veces que lo visité, siempre venían amigos montañistas a su taller y él hablaba entusiasmadamente de sus subidas, entrenamientos constantes, sus idas al Pico Oriental y otros cerros del país, proyectos  y en mis últimas visitas  (ahora en la urbanización Miranda) tiene la constante de hablar de las carreras de montañas, los maratones, y ultratrailes que ha hecho o está por hacer.  Pero Ramón sigue siendo Ramón. Este viejo crío de correrías no se desalienta para seguir  en lo que le gusta hacer con su vida. La montaña  es su norte  y por los momentos no ceja en vivenciar, promover y compartir su razón de vida a través de salidas, conferencias y videos. Su libro  escrito en conjunto con su primo Alejandro, Diario de un Alpinista a los 70, ha sido –al menos para mí- motivo de gozo y de aprendizaje, de conocer, un poco más, su gran pasión por  el oficio de alpinista y explorador de latitudes a pie. Texto que es  un verdadero vademécum de ejercicios espirituales para aquellos que quieren iniciarse y entrenarse en la aventura y  la ética de la vida en presente y a cielo abierto sobre y frente a las montañas.  Confieso que  me siento algo molesto con él. Se debe a que Ramón no anunciara  escribir otro libro  sobre su itinerario de aventuras como luthier, pues  su oficio de guitarrero se perderá para generaciones futuras que transiten por esa otra cuesta del laborioso oficio de hacer sonidos  con nobles maderas, perfectos cálculos, precisos cortes y cuidados acabados. Si lo llegase a escribir creo que el título de ese libro pudiera ser Diario de un luthier a los 80... ¡A ver si te animas, viejo amigo y escribes ese  vademécum para los constructores y músicos de las próximas generaciones en un mundo en el que todo termina siendo  frías pantallas y botones!     Y sigamos, Ramón, con el consejo compartido  del viejo Goethe: ¡Gedenke zu leven!,  ¡no te olvides de vivir!