sábado, 1 de agosto de 2015


Juan David García Bacca:

las sombras de la libertad de expresión


David De los Reyes






I
Una vida

García Bacca, filósofo, traductor y pedagogo, como dijera de él Juan Nuño -su irreverente discípulo-, fue un eterno héroe shakesperiano: siempre fiel a sí mismo. En él, lo necesario y primordial era que todo hombre tuviera la fuerza y el valor de mantener sus convicciones, sus principios. Su obra está sembrada por una prosa que pretende reunir una suerte de poesía, ciencia y filosofía conjugadas al ritmo pausado y estricto pero matizado por su propia imaginación pensante original; siempre con el norte puesto en la precisión de los términos y definiciones. Filósofo de origen español, del quien se puede decir que fue el más discreto, formado, informado y sabio respecto a todo conocimiento científico, filosófico y literario de los filósofos hispanoamericanos de su generación.

Su extensa vida comienza en Pamplona (España), un 26 de mayo del primer año del siglo XX, 1901 y la terminará en tierra ecuatoriana, en Quito, el 6 de agosto de 1992, con redondos 92 años de fructífera existencia intelectual y humana.

Sus inicios en los estudios humanísticos y religiosos los efectuaría en el Seminario de los Padres Claretiano en Cervera, provincia de Cataluña (España) durante 1916-1917. Posteriormente estudia Filosofía y Teología (1917-1923). Tras dos años más de estudios de Moral y Derecho obtiene la orden sacerdotal en Solsona, allí termina su primera escala intelectual en el avance hacia sus propias convicciones como eclesiástico y donde por primera vez enfrenta la experiencia de la enseñanza. Posteriormente se trasladó a Lovaina, Munich, Zurich y París donde entrará esta vez en contacto con los últimos avances de la filosofía tomista y de la ciencia física y matemática del momento; campos del saber teórico científico por donde transitaron de manera permanentemente sus reflexiones filosóficas.

A su regreso a España, recibe en 1934 el título de Licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona y hace su doctorado; en 1935 presenta su tesis Ensayo sobre la estructura lógico-genética de las ciencias físicas obteniendo reconocimiento académico. En la Universidad Autónoma de Barcelona dará, desde 1933 a 1937, clases de lógica, matemática y filosofía de la ciencia.

Posteriormente gana un concurso de oposición en la Universidad de Santiago de Compostela en el año de 1936 que nunca llegó a disfrutar; se le imposibilita su estancia académica en ese campus universitario debido al estallido de la guerra civil española. Por tal motivo sale exilado a París para luego atravesar el Atlántico y llegar a Quito, ciudad en que residió entre 1939 a 1942; allí obtuvo un cargo de profesor en la universidad, el primero que le ofreció una tierra propicia de nuevas posibilidades, y de la que aún estaba él por descubrir. Allí pasa a ser un ex -cura y renegado: se casa con Fanny Palacios, con quien tendrá tres hijos.

Entre 1942 y 1946 se trasladó a México, y allí comienza su tarea docente en la Universidad Autónoma de México, compartiendo la escuela de filosofía con otros exilados españoles: Eduardo Nicol, José Gaos, Eugenio Imaz, Adolfo Sánchez Vásquez, entre otros.

Invitado a venir al país por el escritor venezolano Mariano Picón Salas, llega a Caracas en el año de 1946, donde iniciará su fructífera y larga carrera filosófica y pedagógica en la recién fundada Escuela de Filosofía de la no menos recién fundada Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela; se residencia y obtiene la nacionalidad en 1952. En ella permanecerá bajo el ritmo de una labor incansable en su área y de total entrega hasta su jubilación en el año de 1971. También impartió la docencia en el Instituto Pedagógico de Caracas (1946-62).

En verano de 1977 regresa a su país natal hasta la muerte del déspota dictador y de encontrar una España democrática.

Su personalidad siempre reflejó la de ser un maestro de trato sencillo y directo, con una rigurosidad para el trabajo que sería modelo para las generaciones que formó, además de poseer una honradez intelectual incuestionable. Por sus alumnos más allegados era llamado de forma cariñosa el viejo. Se sintió hispanoamericano más que español, y sus ideas políticas transitaron por la defensa de la libertad del individuo y de la socialdemocracia, tras un periodo de sarampión comunista.

Su obra se ancla, en un primer periodo, en una crítica a la escolástica tomista centrada en la ontología y la teoría del conocimiento. Posteriormente, un segundo momento de su itinerario intelectual, transita por las ciencias formales, matemáticas y físicas que, a la par de sus trabajos como filósofo, lo irán nutriendo para presentar sus propias proyecciones como teórico de la ciencia y de la lógica moderna. En su tercer periodo vendrá a nutrirlo sus trabajos acerca de la directa confrontación con las ideas más recientes de la física cuántica y de la relatividad, el principio de indeterminación, ello junto a sus investigaciones sobre la historia y estructura de la ciencia. Un cuarto periodo, referido a la idea de la cibernética, la comunicación y la información, que estará centrado en la comprensión de la técnica en tanto acción práctica y antropológica de la aplicación de los resultados de la ciencia teórica; visión un tanto optimista en la medida que sugiere que ella coadyuve al hombre en su desarrollo, además de su comprensión, dominio y manejo de la naturaleza para sus propios fines. Los estudiosos de su obra también incluyen un quinto período que estaría centrado en su preocupación por abordar temas teóricos de la historia de la filosofía, presentando a los grandes temas de esta materia en relación a sus autores y su tipo de vida que les subyacen al estructurar y producir tales ideas. Pero tampoco habrá de descuidar o menospreciar su encomiable trabajo de traductor, pues nada más con nombrar que ha sido el único que en el siglo XX llevó a cabo la traducción, de manera solitaria a otro idioma, la obra completa en griego de Platón ya le daría un puesto relevante en la historia de la filosofía en lengua española.

Nuestro interés en la obra de GB es presentar una serie de temas relacionados con el tema de las comunicaciones y la información que, si bien en él no están abordadas de una manera directa y no fue un tema primordial en el entorno en que el se movió, sí se encuentran de forma indirecta junto a posiciones personales que asumió en el transcurso de su vida como intelectual, filósofo y hombre de la academia.

Si leemos sus trabajos que elogian a la técnica como condición propia del desenvolvimiento de la humanidad, encontramos también referencias directas a los inventos -aparatos- de la comunicación conocidos por él; en ellos nos da una concepción visionaria del presente y futuro de la técnica y su importancia creciente para la subsistencia del hombre cónsono a una idea particular, epocal, de la libertad. No menos será, sin embargo, su crítica a sus desmanes. Igualmente el problema y el tema del lenguaje es retomado en la medida que se presenta como instrumento del desarrollo del ser social. Y por último su declaración, no menos importante, del derecho a la libertad de opinión, palabra o expresión a partir de una reflexión desde la convicción y postura voltaireana del derecho de todo hombre a ella y su apreciación del mundo de sombras que instaura el arte cinematográfico; estos dos últimos temas que son los abordados aquí.

Sin más creo que podemos pasar al registro e interpretación que nos da su particular musicalidad filosófica que nos muestra su pensamiento.


II
García Bacca, voltaireano

En un artículo que apareció en la revista Crítica Contemporánea # 12, (marzo-abril, 1964), nuestro autor se da la tarea de reivindicar el derecho a la libertad como un fundamento anterior y superior a todo derecho concreto, histórico, institucional. Es un alegato de plena vigencia, el comentario a la defensa por Francois-Marie Arouet, mejor conocido como Voltaire, en relación al derecho de la libertad de expresión.

Para ello parte de la conocida frase de este ilustrado -que da título a su artículo-: No defiendo su opinión, porque no me parece verdadera; más defenderé a toda costa su derecho a decirla”. Que de por sí es, a su vez, una invitación y un elogio a la tolerancia y el reconocimiento mutuo a la diferencia respecto a las ideas. De la defensa a adscribirse a ciertas filosofías no por las verdades que acoja propiamente sino por libre elección de asumirlas.

GB confiesa que envidia a Voltaire. Lo envidia por la difícil simpleza de haber creado y dicho tal sentencia; corolario que habrá que nombrarla cuantas veces sea necesario hacerlo. Nuestro filósofo observa que diversos pueden ser los espacios públicos que se presta a suscribirla y mantenerla. Para empezar, en una publicación impresa que aspire ser democrática y albergar en ella el principio de la libre expresión de sus colaboradores. Permitiendo en sus espacios el que se nos muestre la opción de decir a cada quien lo que crea ser su verdad personal y no la opinión del comité de redacción. De lo contrario sólo será una revista que tendría una opción unilateral del mundo, por tanto, un determinado, parcial y único modo de presentar las cosas; y ello se agrava en una publicación que tenga la tarea de comunicar ideas, información, y conocimiento.

Otro de los espacios públicos que señala GB, y seguramente al que más le compete comprender y llevar a cabo este principio voltaireano, son las universidades, sea la que sea, pública o privada. Decir, contra viento y marea, con sustantivos impersonales lo que se pueda decir con nombres propios de personas y partidos. Y se refería en especial a una universidad tomada políticamente por varias facciones, desde lo que se llamó la izquierda o la derecha, y en plena ebullición política por la que venía experimentando los pasillos de la Universidad Central de Venezuela desde los años de 1958 hasta 1963, que es cuando escribe ese artículo. Lo cuál nos viene a mostrar ya cuál es su postura y preocupación fundamental como académico y hombre de ideas. No se puede cerrar el paso a la libre elección individual, grupal respecto a las ideas, ideologías y filosofías. El derecho a decirlas, apoyarlas es más inexorable que el contenido de verdad que alberguen. Lo importante no está tanto en ello como en la polémica y en la actividad intelectual que van engendrando con el fin de construir un mundo plural y en confrontación para criticar errores inherentes al saber. Es así como nos lanza la frase de defender el derecho a decir toda opinión -católica o no, marxista o no, fenomenológíca o existencialista...(como todas las corrientes intelectuales, científicas o ideológicas que vinieron o vendrían después), dentro del recinto universitario. Lo que es defendible para la vida de uno también es plataforma intelectual y moral para la existencia del otro.

Comprende que para la mitad de la década de los sesenta, con un conflicto político arraigado en toda la sociedad venezolana a partir de un ambiente donde hay una lucha abierta por el poder entre guerrillas de corte marxista, por un lado, y de política institucional democrática, por otro, nos alerta de mantener las puertas abiertas de la tolerancia y de la convivencia ideológica, de mantener el derecho a decir toda opinión, que es el leitmotiv de ese artículo en defensa de la libre expresión responsable, el de la libertad de hablar, de pensar en voz alta ante la sociedad. Magno riesgo, en un mundo de intolerancias e intereses grupales que definen de antemano los límites de lo conveniente o inconveniente dado, prescribiendo hasta el tipo de saber a desarrollar.

Pero contra viento y marea, GB se mantiene en su postura toda su vida. ¿Cuál? Aquella que si bien no compartimos la opinión de los demás al menos tenemos todos que compartir el principio o derecho de que todos, cada uno sin excepción, diga lo que cada uno piensa o crea que es su verdad. En eso se instala el principio de tolerancia ante lo propio y ajeno que tenemos a toda costa. Y ello porque nos conviene a todos por igual.

Esto nos define el campo de las ideas de una manera diversa y con-vivible, creando un espacio de coexistencia. Ser o no ser escolástico, tomista, filósofo católico, por una parte, o ser o no, filósofo marxista, existencial, positivista o nihilista, etc. no debería ser un problema el serlo. La cuestión que nos propone GB estriba en la necesidad de defender a toda costa el derecho a ser escolástico, filósofo católico, marxista, nietzscheano, hegeliano, positivista, etc., si se cree en la obligación de serlo. Es una postura, si se quiere, un tanto idealista pues las filosofías vienen acompañadas, por lo general, no solo por una obligación de serlo sino también por convicciones e intereses que se dan en la base de toda sociedad científica y que dan apoyo para sostenerlas como tales. Si bien acompañamos a GB en el deber de preservar el derecho a mantener nuestra opinión en cualquier espacio público, sea universidad, nación, continente o mundo; y sintamos que por obligación no debemos dejar pasar la instancia de la convicción personal que prestamos a ciertas ideas y no a otras; no por ello debemos aplastar y desterrar como sustraer a los otros de sus diferentes convicciones, su derecho a expresarlos y confrontar sus ideas.

Quedamos entonces no con el derecho a la opinión en sí sino el derecho a opinar en público como obligación concreta de una ciudadanía democrática y auténtica. De ahí que este principio, el de la libertad de expresión, deberá esgrimirse y defenderse antes de decir cualquier opinión pues sin él se hace imposible la confluencia y expresión de nuestras convicciones. La convicción primaria sería no tanto nuestras ideas filosóficas sino el derecho a opinar-las, la obligación más básica y profunda de sostener lo que uno cree ser su verdad o razón de ser vital mediante la crítica argumentación.

Más que una verdad este derecho hace posible la coexistencia de diferentes verdades sustanciales a determinados individuos o grupos humanos. Es lo propio del sentido de saberse hombre libre. Sin ello es imposible sostener la filosofía católica, musulmana, judaica, marxista, hegeliana y cualquier otra con la que nos entendamos. No se trata de verdades sino de principios, valores que les son implícitos a toda sociedad donde la expresión y el hablar de cada quien pueda ser escuchado, atendido, aprobado o desaprobado por justa argumentación expresada. Lo profundo, lo radical y urgente, como lo era para la Venezuela de ese año de 1963 en que escribió esto GB, como ahora al ser rememorado aquí, en los conflictivos comienzos del siglo XXI, es de seguir manteniendo, en conocimiento de todos y en alto, el derecho a decir cada uno su opinión, el derecho a la libertad de ser católico, ateo, liberal, musulmán, judío, anarquista, nihilista, bolivariano o lo que más se quiera ser; pero no a ser una de estas posturas obligante para todos por igual: propio de los autoritarismos intolerantes de las diferencias y ciego a los matices propios de toda democracia pluralista.

Ello, por lo que vemos ahora más que nunca, se nos muestra como todo un plan de reforma social y educativa. Aún más cuando se tiene la verdad única esgrimiéndose desde los centros de poder nacionales e internacionales y que proponen, ante la posibilidad de un pensamiento único global o un pensamiento único nacional. En nuestras épocas de arraigados y fanáticos fundamentalismos viscerales y ancestrales, lo dicho por el viejo Bacca viene a ser una propuesta llena de vida y necesidad. Ante la intolerancia que esgrimen las impunes armas asesinas que hoy nos apuntan por doquier, esa convicción primaria de la libertad de hablar pareciera seguir siendo un canto de cisnes ante los ruidos infernales de la muerte a todo lo que no sea igual a mí o no se someta.

De esta forma nos obliga a defender el derecho a expresarse distinto a mí en ideas. Si se le prohíbe a un filósofo ateo ese derecho, por ejemplo, siendo nosotros convencidos católicos, nuestro deber insoslayable y primario sería defender urgentemente a que dicho pensador libremente exponga sus ideas y sus argumentos; y no por el hecho que con ello nos va, automáticamente, a convertir o convertirnos en ateos o marxistas, o católicos o tomistas sino por el derecho a decirlas, que es algo más profundo para todo aquel que se sienta identificado con algunas de las ideas que nutren al pensamiento humano democrático. No por humano es que debo permitir que todo se convierta en ajeno.

Queda claro que el primer principio proficuo de todo intelectual, de todo hombre libre, de toda postura superior intelectual estriba en ese derecho implícito de libertad humana que es anterior a todo otro derecho concreto. En él se deberá reconocer todo universitario libre como todo ciudadano libre. GB, con el sentido de una escritura lúdica pero certera de lo que dice, nos conmina a comprender que antes de preferir ser marxista, católico o lo que sea, tendremos, ¡he ahí algo difícil!, que estar claros que nos comprendamos como seres libres que necesitan tener y dar libertad.

Sus palabras: El cristianismo fue posible, y de posible llegó a ser real, porque los cristianos primitivos reivindicaron el derecho a ser libres -y se lo ganaron. En los tiempos en que aún se lo estaban ganando, contra viento y marea, decía San Agustín:
 “Nemo invitus bene facit, etiamsi bonum sit quod facit”: nadie, forzado, hace bien, aunque sea bueno lo que le fuerzan a hacer. Y sin embargo, como advierte GB., luego de haberse ganado el derecho de ser libres, estos mismos cristianos se lo negaron por siglos a los demás en nombre de un pensamiento único sostenido en una supuesta idea del Bien y de la Verdad; olvidaron a San Agustín. Trucando la frase, el viejo de la Escuela de Filosofía nos dice: nadie, forzado, es buen cristiano, aunque eso de ser cristiano sea bueno; nadie, forzado, es buen filósofo católico, aunque eso de ser filósofo católico sea bueno. Nosotros pudiéramos añadir que nadie, forzado, es buen bolivariano, revolucionario, musulmán, o pro-yanqui, aunque eso de ser bolivariano, revolucionario, musulmán o pro-yanqui sea bueno.

Es por ello que GB se suscribe a la postura de los herejes que vendrán a ser, ante el dogma del cristianismo institucional, aquellos paladines que se levantaron contra el dogma; paladines de la libertad de decir y de creer. Eran agustinianos. E igualmente pasó con Marx y sus seguidores, ganaron el derecho a decir su opinión pero ello no debe ser campo abonado para quitársela a los otros. De ahí la defensa al derecho de ser libre, principio incorporado a toda democracia y cultura superior; lo otro es volver a las hordas y sus provectos nudos mentales, volver a la muerte de la creatividad humana conjugada ahora con la libre y necesaria circulación de ideas y mundos inventados.

Ahora creo que podemos decir que nuestro deber es seguir reivindicando ese derecho, el derecho a no ser bolivarianos, revolucionarios, liberales o conservadores o lo que sea en la medida que nos veamos forzados a serlo por el capricho y la fuerza, y no por la convicción personal que es tan válida como cualquier otra, en un mundo que quiere que las voces individuales, por sus convicciones, puedan cantar de tanto en tanto junto a otras y acallar su originalidad.

Terminamos con las palabras de GB respecto a la sentencia de Voltaire:

“...dicha aquí -o donde haga falta, que es ya en todo el mundo-, vamos a ver quienes la suscriben, que suscribir esta sentencia, y lo que exige pagar a toda costa, es mucho más importante, urgente, vital, que firmar manifiestos y manifiestillos sobre cualquier asunto o asuntillo”.



III
Entre sombras y realidad

Ante la cantidad de temas que abarcó GB en su larga vida nos encontramos con otro pequeño ensayo que refleja su visión de las cosas respecto a los usos y posibles efectos de los medios técnicos como lo es la televisión y el cine; nos referimos al que tiene el sugerente título De la caverna platónica al cine moderno. Dos metáforas y una sola verdad, (1983: 443s).

En él nos topamos, una vez más, con el uso del Mito de la Caverna de La República de Platón respecto a las sugerencias que ofrece para efectuar una comparación con los efectos posibles que vienen a posarse sobre las conciencias modernas; no es una exclusividad de GB. También el mismo Pasquali, discípulo de aquél, lo utilizará como lema para introducirnos en su análisis sobre los medios de comunicación en su obra Comunicación y cultura de masas (1972).

Y comencemos preguntándonos ¿qué tiene de interés para el público de nuestra época evocar a un mito que quería establecer la diferencia entre lo real y lo falso, la verdad y la mera opinión o error, lo cierto y lo imaginado? Platón puede que sea una referencia importante e inevitable para cualquier reflexión que toque los valores y los temas intrínsecos del ser humano. Y sus planteamientos, aunque a unos 2600 años de distancia, siguen inspirando a no pocos para hallar motivación en plantearse los problemas y temas que en el desenvolvimiento de la humanidad siguen siendo comunes, válidos y persistentes aunque con las variaciones debido a sus niveles de desarrollo técnico y científico.

La imagen de la oscuridad que ronda en esos seres apresados dentro de la caverna que nunca llegan a ver la luz del sol, que vendría a significar platónicamente el conocimiento del mundo verdadero de las ideas, de la realidad de las cosas, es retomada por GB para hacernos una comparación con las formas -sombras­- de las imágenes del cine y de los cines en tanto cavernas contemporáneas por las que el hombre pasa y vive casi como verdad las tramas fílmicas elaboradas por el arte cinematográfico.

El argumento de nuestro filósofo estriba en qué es lo que comprende el hombre de a pie, el hombre común, por Verdad y Realidad si su vida está rodea por la vista permanente dirigidas por las sombras, las siluetas, la apariencia inconsistente y enigmática que le son presentadas por los medios audiovisuales del presente.

Y es ahí donde nos afirma que la caverna actual es el cine, ni más ni menos: la caverna baccaiana. Con la diferencia que aquellos cavernícolas platónicos estaban amarrados y fijados a un lugar sin posibilidad de movimiento ni cambio de lugar. Los cavernícolas del presente fílmico estarían aparentemente más libres respecto a ello. Pueden entrar y salir de una sala de cine de manera libre y hasta disfrutar, se nos dice, del aire acondicionado, además de todos los últimos equipos técnicos de audición y proyección que nos ha provisto el nuevo universo de la imagen y el sonido digital.

A pesar de todos los avances que supone este arte para GB, mente ganada por las comunicaciones escritas del hommo typographicus, de la imprenta y del libro, es decir, la de un pensador proclive al ser de la tradición ilustrada dieciochesca, no deja, por ello, de ser caverna al fin. Sombras nos dan, bien por imagen, bien sea por sonido, al ser mera reproducción artificial que puede llegar a ser tomado por la realidad, la única. Ir al cine es inundarse y masajearse en una sesión de sombras y de conflictos y asuntos que se nos dan por las sombras proyectadas. Y sin embargo GB no deja de reconocer el gusto y el placer que nos proporciona tal espectáculo que surge de la oscuridad lumínica: Por el espectáculo visto, por el tipo de realidad con el que vivimos largas horas -y lo que es peor, porque lo vivimos libremente, y con tanto gusto, que encima pagamos-, nuestros cines no distan mucho de las trogloditas cavernas, mitológicamente recordadas por Platón. Mito ¿de qué y para qué? (idem).

GB se hace eco en su reflexión del sentido que le dio el hombre griego al concepto de razón la cual no era sino la posibilidad de conocer y discutir qué es la verdad de la realidad misma. Es por ello que le es irremisible el aceptar a las sombras que nos proveen los medios actuales como datos que nos llevan a un mundo de verdades de razón para el hombre común. Es la invasión que hasta en el terreno del conocimiento va a imponer la invasión de las masas (Ortega y Gasset) en el mundo de la especialización y de las cantidades. Es la situación en que se ha apartado de nuestro horizonte el amor a la Verdad, a la Realidad, a la Luz, que son los fines por los que el cavernícola platónico al desprenderse de sus cadenas debería llegar a alcanzar luego de dificultoso ascenso hasta la boca de la caverna. Hoy no se quiere esfuerzos para obtener la verdad del día, las masas la tienen en las puntas de los dedos y en la constelación de botones que nos acercan las informaciones que digerimos (infoesfera), mas difícilmente comprendemos la producción de dichos enunciados. Nos delatamos por nuestra preferencia por las sombras dinámicas del cine, a las que hoy le deberíamos añadir toda la constelación de lo virtual. Amamos los fantasmas, la pura apariencia y la memoria de los muertos: de eso se nutre el hombre-masa que ha optado por no tener proyecto personal y en acomodarse al que se les da desde el exterior y les llega en formas de sombras, espectros lumínicos-electrónicos. Hombres proclives a pertenecer a una sociedad de información más que a una pública, centrada en la gestación de opinión personal y colectiva.

El diagnóstico de GB no es otro que el ya muchas veces escuchados desde las filas de la filosofía y de los pensadores contemporáneos (Popper, Coundry, Sartori, Derridá, Eco, etc), es la tan nombrada huida de la realidad, donde se vive más en la ficción que en el mundo que olemos, respiramos, tocamos en la inmediatez de nuestra existencia. Tal huida se le hará cara a la civilización porque desemboca en lo que para hoy llamaríamos lo propio de una mentalidad postmoderna: la de un cerco cultural que sólo se presenta en tanto potpourrí o mescolanza, confusión y collage de todo lo humano y hasta de lo divino.

En defensa de la claridad y la comprensión GB recurre a Cervantes para recordarnos lo que ya el manco de Lepanto hablaba sobre ciertas mescolanzas, que generan mundo y sustancialidad difusa y hasta a veces ridícula: Guardando en esto un decoro tan ingenioso que en un renglón han pintado un enamorado distraído y en otro hacen un sermoncito cristiano que es un contento y regalo oírle o leerle. ¿Qué podemos especular de lo que hubiera dicho Cervantes de nuestro mundo de mezclas tan abigarradas y profusas -la tan llamada hibridez cultural-, que nos presenta cualquier acto de pantalla fílmica y, a pesar de ello, nos dice GB, sin muchos escrúpulos, y según normas de ingeniosísimo decoro.

Ante las materias simples y puras que provee una racionalidad y una cultura forjada sobre la alfombra -no mágica- de la búsqueda de la verdad y de realidad, se nos viene a anclar en nuestra cotidianidad una heterodoxia contra el buen beber y saber con las que nos provee nuestra vida cotidiana de coktails mediáticos, que hace gala de sustraerse a toda cultura del buen catador. Un mundo erigido en el nihilismo de los gustos y la imposición de opiniones y no de razones o comprensibles y confrontados conocimientos públicos y democráticos.

El sentido del buen catador de las ideas nos trae, después de todo, otro sentido de esa heterodoxia en las ideas. Pareciera anunciar ya la confusión postmodernista del anything go, del todo vale. GB nos habla de un mundo donde todo esta revuelto con todo y reducido y macerado a sombras en el que se da cita, en el caso del buen catador de ideas, todo lo mejor en tanto humano y divino que proveen las culturas. Y ve con un espíritu de ambigüedad la lección que surge del mundo de sombras que va, poco a poco pero de manera persistente e impositiva, como ha llegado a ser la pesada gravedad de ellas hoy, el establecimiento del orden real.

De una realidad artificial, de sombras que nos conmina a escapar de la realidad; es la huida de lo real, que proporciona tanta incomodidad a las muelles y dóciles almas medíáticas del hombre digital de hoy. Huida de realidad significa para GB revoltijo de los tipos de realidad. Ante ello, en tono de reclamo nos dice el viejo GB: ¡Oh caverna platónica troglodita, simplista e inofensiva, inocentada frente a la sutil perversa, ofensiva pedagogía de nuestras comodísimas cavernas. Mal negocio para las grandes realidades -como religión, arte, filosofía, política...pues cuando nos tropecemos con ellas, como a la salida de los cinemas, no podremos ni verlas ni reconocerlas, y andaremos a trastazos y golpes de ellas! Es lo que debemos pagar por nuestro cerco impuesto del tecnocosmos y su infoesfera actual. Un estadio quizás de enajenación nunca antes conocido, según él.

Todo muta en apariencia y semejanza, dando palos de ciego ante tanto mundo construido dentro de una modernidad que nos lleva a apartar de la una comprensión de la política real, del arte verdadero, de las personas para sólo terminar ser navegantes solitarios dentro de la red. Como refiere el maestro, son palos de ciego, encegados por sesiones de sombras, educados por sombras. De las sombras venimos, entre sombras vivimos y en las sombras nos hundiremos. Todo un mundo. La realidad no será más que sombras chinescas surgidas de las nuevas cavernas contemporáneas de los medios de comunicación. Sombras chinescas: un espectáculo donde sólo las figurillas que se mueven detrás de la cortina de papel o del lienzo blanco e iluminadas por la parte opuesta de los espectadores vendrán a ser la sutil, débil, insoportable y pasajera realidad y verdad de nuestros días para la ¿buena? mayoría. Verdad encubierta, realidad oculta.

Es también una realidad política, económica y social, que nos ofrece un trato enguantado, es decir, no directo, sincero, dándonos la oportunidad de ser de manera en vivo y en directo. Es por lo que GB deberíamos asumir el desacato, cierta descortesía, herejía, insubordinación y descomedimiento. La filosofía moderna nos ha propuesto ser insubordinados ante los intermediarios y mediadores, que son una especie de guantes que nos llevan a retirarnos de la realidad: ellos son los dogmas, las teorías absurdas, las hipótesis, los programas y convenciones en que nos hemos cercado nuestro aliento: todas ellas descritas y propuestas por las posturas fenomenológicas. Y sin embargo GB viene a proponer el grito heideggeriano de ¡a las cosas, a las cosas!

Y esta caverna moderna que experimentamos en los cines (o en la tv y hoy sumadas las infinitas pantallas digitales –como esta misma que ve ahora- infectando toda visión),  no ha dejado de expandirse y aposentarse alrededor y sobre, en y al lado de todas las cosas. No miramos en directo sino ensombreciendo al mundo. Y es la respuesta que se nos da ante el porque vivimos ante un mundo tan brutal y desconsiderado y al que nos hemos plegado de hecho. No tratamos con realidad sino con sombras, normas de sombras, buenos y malos ejemplos de sombras. La acción del hombre debería reducir el sesgo de brutalidad de dicha realidad, sin llegar a proclamar el falso optimismo hegeliano de que todo lo real es racional y todo lo racional es real. La brutalidad de lo real es la medida de nuestra pertinaz y organizada huida de ella. A mayor brutalidad mayor huida y menos confrontación de reconciliación con ella. Y ocurre lo que no se quiere, cuando intentamos huir de la realidad esta se nos vuelve a golpes, convirtiéndose en una realidad de los golpes, volvernos a golpes a las cosas, por el hecho de insistir en estar cómodamente instalados sobre una religión, política, economía, verdad, moral, relaciones estilo cine, es decir, sostenida sobre, por y entre la ilusión de sombras.

GB nos afirma que la realidad no es brutal. Los brutos somos nosotros y mejor, y mejor, para no pluralizar, el bruto soy yo, arguye. La realidad, como afirmó Parménides desde las sombras pasadas de la caverna filosófica, simplemente es.

Este pensador, como vemos, no deja de ser sugerente en la inmersión de la comprensión del mundo de sombras vividas. Del mundo en que pensamos que vivimos más siempre, y a cada momento, de él huimos gracias a las sombras, gracias a la realidad cinematográfica e iconográfica que se nos impone.

GB nos muestra, con estas dos mínimas referencias a la comunicación, uno: sobre la libertad de expresión; el otro: sobre las sombras, el sentido de la búsqueda del hombre que se construye a partir de su propia razón y esfuerzo. Su credo lo encontramos en su obra Sobre virtudes y vicios (1992) de la que nos permitiremos transcribir sus palabras:

“1.- No delegar en nada -religioso o profano, filosófico, económico, político-, ni en Nadie: sea Papa, Patriarca, Ayatollah, Premier de un Presidium...el pensar por cuenta propia. Que nadie se arrogue el derecho de pensar por él. Cada uno debe pensar por si mismo, para sí mismo en todo. Y tomar sobre sí la obligación de dar a los demás tal ejemplo. Recordando que el miedo a pensar sobre todo es más potente y frecuente que el miedo a morir. Para la mayoría, “morir antes que pensar”. E impedir que los demás piensen; más aún que hagan patente tal decisión de palabra impresa. Censura y censores. Inquisidores.

2.- No delegar en nada -religioso...- ni en Nadie -Papa..- el decidir por cuenta y responsabilidad privada, o sea: renunciar a la libertad. Cargar valientemente, con el don de la libertad de conciencia, sin descargarla en otro: No descargar el pensamiento aceptando dogmas. Credos, consignas; ni descargar la voluntad obedeciendo a mandamientos, preceptos, ritos. Dogmas...alivian el peso de pensar; obediencia alivia el peso de decidir. Comodonería mental y primitiva. Sobran Concilios y Constituciones que determinen y tiendan a imponer por fuerza física o psicológica qué es lo que hay que pensar y qué es lo que se debe obedecer o querer (...)

3.- No poner límites a la imaginación, entendiendo por esta palabra “inventiva”. La originalidad, la inventiva, es uno de los recursos humanos inagotables...No aceptar nada que se lo dé por perfecto, definitivo, tradicional, sagrado o venerable. Venga de la autoridad que sea: religiosa, político, económica...Sea libro sagrado, rito, práctica, de Antiguo, Nuevo Testamento, Islam, Vedas, Confucionismo, Shintoismo...Chamanismo”.

GB siempre será recordado y leído como un pensador fiel a su propio pensamiento. Un pensador para el que pensar desde y por sí mismo era el deber de todo trabajador intelectual. Esta aproximación que hoy damos es apenas un intento de acercarnos a algunas riveras del profundo mar en que habita toda su obra.