domingo, 1 de junio de 2014


Hegel y la Modernidad


David de los Reyes


 



I
De la modernidad

Deberíamos comenzar con ciertas preguntas que nos hemos hecho más de una vez, frente a este difícil autor alemán. ¿Es Hegel un filósofo de la modernidad?, ¿La filosofía hegeliana es el fin de la filosofía moderna?, ¿Es Hegel el primer autor que se plantea al pensamiento de la modernidad como problema?, ¿Qué diferencia encontramos entre la novísima filosofía alemana y la filosofía de la Edad Media?, ¿Terminó la modernidad con Hegel?, ¿Cuál es la solución que da Hegel ante esa modernidad filosófica?.

         Cabe decir que ser moderno es ante todo, un querer insistir que uno sabe que está viviendo en el presente y por otra parte es una expresión de una agudizada conciencia histórica. Aspira a una reconciliación de la conciencia filosófica con el presente y el mundo creado dentro de este tiempo nuevo. Bien ha dicho que en épocas como éstas, el Espíritu, que es la creación de la conciencia finita e infinita reconciliada dentro de la historia, parece avanzar velozmente con botas de siete leguas. Hegel comprende que la reconciliación con el presente es algo necesario, algo que urge al hombre para adquirir confianza en sí mismo, en su pensamiento y respeto a la naturaleza tanto dentro como fuera de él y en relación al mundo celestial de la teología medieval. ¿Pero, por qué esta necesidad de vivir en el presente? Vivir en el presente es entrar al mundo de lo general, de las leyes tanto científicas como políticas, apropiarse de ese mundo y hacerlo suyo. En la época moderna serán significativos los descubrimientos tanto en el campo de la naturaleza como en el de las artes, ya que en sus palabras, la inteligencia despierta a lo temporal. El hombre se hace infinitamente lleno de posibilidades: su conciencia deja de ser una conciencia desgarrada por problemas de una divinidad del más allá y de una vida del más acá. El hombre despierta  ante sí. Pareciera que otra vez nos encontrásemos bajo el lema del antiguo sofista de Abdera, Protágoras (485 a 411 a.n.e): El hombre es la medida de todas las cosas. El hombre cobra conciencia de su voluntad y de su capacidad: encuentra justo preocuparse de su economía doméstica, le parece normal e inteligente el ocuparse de su tierra, de su suelo, de sus oficios. El capitalismo vuelve laico lo que pareciera o tenía aún algún viso de salpullido divino. Centra al hombre en sus poderes productivos y dentro de sus ganancias obtenidas por sus productos. El globo terráqueo se vuelve cognoscible en su totalidad y se buscan nuevas rutas comerciales para alcanzar a las Indias Orientales. El Europeo encuentra a América y América encuentra Europa para bien y mal de ambas; descubre tesoros, pueblos, naturalezas exóticas y se descubre el europeo a sí mismo. El mundo –ha dicho Hegel- vuelve a ser digno de que el espíritu vuelva a tener interés por él. Y esto es importante. Es importante porque el hombre en vez de alejarse de sí,  regresa  su mirada tanto a lo externo como a su interioridad y ello lo lleva avanzar, no sólo filosóficamente; en la obra de Hegel encontramos uno de los esfuerzos mayores en su época para hacer real, no solo dicha evolución filosófica, sino también desde el punto de vista científico, religioso y estético, encontrando una fuerza humana arrolladora desde lo que va del siglo XV hasta el mismo XIX, sin contar realmente lo que ocurrirá dentro de nuestro siglo, pues ese está fuera de los límites del pensamiento hegeliano.

         Hegel va a ser el primer autor que entenderá que la filosofía sólo puede llevar su época a pensamientos, o mejor dicho, filosofía para él, es llevar a pensamientos su época, su momento histórico. La filosofía concibe su tiempo en pensamiento y cada uno es hijo de su tiempo (Hegel, 1976, Prefacio). Nos ha dicho que la prensa era la oración matinal del hombre moderno y él ha tratado de mostrárnoslo en su filosofía. El fin último y el interés supremo de la filosofía consistirá en conciliar el pensamiento, el concepto, con la realidad, con su momento histórico, construido bajo la acción del hombre. Hegel concibe sólo el pensamiento en tanto realidad; sólo existe el pensamiento que existe en la realidad. La acción del hombre será el medio con el cual se construya esa realidad. La acción hará que la realidad exterior del mundo se establezca de acuerdo y conforme al concepto. Y el movimiento del pensamiento en la realidad es lo que comprende él por su espíritu. El movimiento del pensamiento es el desarrollo de ese mismo pensamiento dentro de la realidad histórica. Así, su obra la Fenomenología del Espíritu (1806/7), será una visión total del desarrollo del pensamiento, de la conciencia por medio de la contradicción que se presenta dentro de ella; va desde el momento más indeterminado, la certeza sensible, hasta remontarse al momento más determinado, completo y desarrollado del pensamiento, del espíritu; es decir, el saber absoluto.

         El mundo no se comprende bajo una serie de conceptos y leyes propios de la conciencia dentro de sí, separados de los demás, de la sociedad, de los otros, de la comunidad, de las instituciones políticas del estado; sino la comprensión estriba en que encuentre la conciencia finita una reconciliación con lo infinito, con lo universal, con la sociedad, con su comunidad, con su estado, etc., y ello es posible cuando es llevado a cabo por la mediación de la acción del hombre. El hombre no es pura contemplación, no es separación entre pensamiento y ser, el hombre reconciliado con su época encuentra que lo propio de su interioridad se halla realizado en el mundo exterior, en el espíritu histórico y absoluto. Avanzar sin cesar, pues sólo el espíritu es progreso. Filosofía que imprime un optimismo al curso de la historia, filosofía que bien encontramos que se mantiene dentro de una concepción feliz de la historia desde el punto de vista de las ideologías; su filosofía era también el fin de todas las filosofías por llegar a conciliar lo finito y lo infinito, gracias al saber de lo absoluto en tanto haberse desarrollado la libertad del suelo del presente histórico, representada dentro de la sociedad, el estado, etc.. La libertad interior, como lo concebía Kant, no es verdadera ni tampoco plena libertad,  es un momento del desarrollo de la libertad pero que no puede darse en la conciencia separada del hombre. Para Hegel, la libertad es una situación ética que se vive en conjunto, la libertad será la libertad de prensa, de asociación, política o comercial, la existente dentro del Estado (Vasquéz, 1988, p. 174). La libertad que se busca dentro de la interioridad del individuo aislado, será una concepción más moral que ética, por tanto no identificada con la realidad dada dentro del universo social, de la libertad construida por la acción del hombre, a partir del concepto plasmado en las instituciones y leyes dadas  por la acción del mismo hombre y no por otro ser; como por ejemplo, las leyes dadas en forma divina. En estas épocas en que la corteza terrestre se desmorona como un edificio podrido y sin alma y el Espíritu se revela revestido de una nueva juventud calza las botas de siete leguas. Surgen los tiempos modernos con un concepto de la realidad del espíritu del mundo, donde Hegel cree poder conocer definitivamente la víspera de los nuevos tiempos; la actividad social y universal es la vida del espíritu mismo; al final sólo encontramos su concepto que se aprehende a sí mismo. La filosofía no puede ir ni remontarse más allá de su propio tiempo, que es igual a su concepto, el espíritu humano, el pensamiento, la acción guiada por el pensamiento discurre paralelamente junto a todas las fases de la realidad. Hegel continuamente está reafirmando su ser moderno, su insistir en querer mostrarnos que sabe que está viviendo junto al presente y que es el filósofo de su tiempo.



         Ahora bien el concepto es un  elemento determinante dentro de su filosofía. Eduardo Vásquez (1988), continuamente nos lo ha estado presentando así y creemos  que este intérprete de Hegel no se equivoca en ello. El concepto es el instrumento intelectual por el cual se nos puede revelar y hacer comprensible el Espíritu del mundo; es decir, lo que llamaríamos el presente concreto de la historia, a su totalidad. Para Hegel, sólo la totalidad es lo verdadero; el espíritu es lo verdadero porque en él está representada la realidad concreta y ello es posible al concepto, que será la forma universal que adquiere el pensamiento para poder realizar la totalidad real. Pero ello sólo es pie para poder comprender al pasado como un momento superado y presente dentro de la realidad actual. Hegel nos ha dicho que lo más alto, lo más importante de todo es el presente (H., 1955, p.514). Si su filosofía se apoya en el saber en tanto Absoluto, esto no quiere decir que encuentra a éste como algo unilateral, abstracto, celeste, como esencia eterna, separada del mundo; ello sería creer en lo que él llama como mal infinito, que es querer una realidad, una verdad sólo desde el punto de vista del pensamiento sin llegar a plasmarse dentro de la realidad infinita de la naturaleza y del hombre por medio de su acción en el mundo. El saber absoluto es conocer en la unidad la oposición de sus términos y en la oposición la unidad de esos opuestos; lo finito se torna infinito y lo infinito se convierte en finito, por medio de su acción. Hegel así lo comprendió y para él no era más que el movimiento propio de la realidad del espíritu humano.

         Si nos fijamos a los juicios de Hegel sobre la sociedad de su tiempo, veremos que ellos encajan perfectamente con su concepción dialéctica de la realidad. Pero Hegel tiene la particularidad de que, si bien estaba completamente familiarizado con toda filosofía tanto del pasado como del presente, de igual forma le presta atención a una disciplina que va desarrollándose con botas de siete leguas para ese momento, todo gracias a la evolución de las naciones y del capitalismo mercantil. Dicha ciencia es la economía política. De ella saca conclusiones y advierte que el tráfico económico capitalista había producido una sociedad moderna, que, si bien seguía adjudicándole el rótulo de sociedad civil, representaba una realidad completamente nueva que no podía compararse con las formas clásicas de la societas civilis o de polis; pese a que aún se tenía ciertas relaciones con el derecho romano. El concepto que desarrolla de sociedad civil, ilustra realmente al movimiento dialéctico de la realidad llevado a cabo gracias a lo que el llama como astucia de la razón, donde el individuo será lo que invierte y lo invertido al mismo tiempo; cree permanecer aislado de la comunidad pero su acción lleva a cohesionarse con esa realidad que rechaza desde su pensamiento; la acción del individuo pasa a ser en tanto realidad universal y viceversa, en lo infinito, en lo universal siempre se hallará presente, en tanto realidad, su unión con lo particular. Hegel se plantea la relación que se da entre el individuo singular y su comunidad. Si bien el individuo tiende a aislarse y a únicamente velar por sus intereses, a ser sólo para sí, convertirse en un absoluto, en querer convertirse en un ser que no necesita de los demás, siempre terminará uniéndose a los otros. En eso está lo que este alemán llama movimiento dialéctico. Vásquez lo ha expresado reiteradamente, él nos dice

"(...) el singular se aísla de lo universal (el individuo se aísla de la comunidad), se opone a él, como dos seres separados, pero la acción de ese mismo individuo lo lleva a unirse a la comunidad. En lenguaje lógico A (el singular), pasa a No-A (la comunidad). Pero, a su vez la comunidad (la sociedad civil, sus relaciones, sus instituciones), no existen aisladamente de la actividad de los singulares. Es la acción de éstos la que crea las instituciones, la moralidad objetiva (o eticidad) y todo tipo de relaciones universales...De modo, pues, que la comunidad (lo universal) no existe sin la acción de los individuos singulares. Es de nuevo A (la comunidad) que pasa o transita a No-A, pues no podemos encontrar lo que es A repitiendo que A es A, sino que ella se disuelve en No-A, donde encuentra su verdad y realidad. En esto consiste la crítica de H. a la identidad abstracta (Vásquez, 1988., p. 173). 

Este movimiento dialéctico reseñado por Vásquez lo encontraremos constantemente dentro del opus hegeliano y en especial en la Fenomenología del Espíritu. Pero veamos como define a la sociedad civil del presente de entonces: en la sociedad cada uno es fin para sí mismo, todo lo demás no significa nada para él. Pero sin  la relación con los otros no puede alcanzar sus fines. Estos otros se convierten, por tanto, en medio para el fin del individuo particular. Pero el fin particular se da a sí mismo, mediante su relación con los otros, la forma de la universalidad y se satisface satisfaciendo simultáneamente el bienestar de los otrosLa sociedad civil es el lugar de encuentro de lo finito, del interés particular, y de lo universal o infinito, del conjunto del resto de los individuos que forman a dicha sociedad y ninguno se da por separado; ambos se necesitan para satisfacer sus necesidades e intereses y ello es lo que da pie para que surja el movimiento dialéctico de la realidad. Mejor dicho, la dialéctica es el mismo movimiento de lo particular y de lo universal propio de la edad moderna, propio del capitalismo moderno. Por otra parte, se nos describe el desarrollo mercantil como un ámbito éticamente neutral, en oposición a lo moral; un estado social en el que todos los miembros le son reconocidos sus derechos y todos satisfacen sus necesidades sin necesidad de violar el interés del otro. Este terreno neutralizado da campo para fundar y desarrollar los intereses privados, egoístas, particulares, presentes dentro de un sistema de dependencia multilateral. La sociedad civil será la creación del mundo moderno, cuadro donde encuentra la emancipación; para Hegel, el individuo al estar cohesionando sus intereses con los intereses del conjunto social, ésta cohesionada su libertad individual dentro de la libertad realizada en conjunto y establecida dentro de las leyes e instituciones de la sociedad burguesa. La emancipación del individuo viene dada por una libertad legal a la cual todos se adjuntan. Lo arbitrario y caprichoso de las necesidades y del trabajo individual, es un momento necesario en el camino por el que la subjetividad se educa y se forma su particularidad. Sale del reino de la naturaleza y entra en el de la cultura social; el trabajo y las necesidades del individuo lo llevan a desarrollar sus dones, capacidades y fuerzas para poder adentrarse dentro del curso del mundo, dentro del presente moderno de la sociedad civil. Si bien la eticidad del mundo antiguo estaba centrada en sus costumbres y en la ley de la ciudad libre, dentro del mundo moderno, la eticidad se conformará dentro de la sociedad civil. La sociedad civil moderna, el lugar del intercambio, de la propiedad y del derecho, será no la esfera de la destrucción de la eticidad sustancial sino un momento necesario de la eticidad, entendiendo en Hegel por ésta, lo que ya dijimos anteriormente. El estado social en el que todos sus miembros les son reconocidos sus derechos y todos satisfacen sus necesidades sin tener necesidad de violar los intereses de otro. El estado de la antigüedad (polis), queda lejos de poder restablecerse dentro de la sociedad moderna, de una sociedad mercantil y casi completamente despolitizada. La sociedad antigua es entendida por Hegel bajo la idea de una totalidad ética casi tocante a una religión popular, es casi una fe inmediata, un comportarse inconsciente. Este filósofo tratará de establecer una mediación entre el ideal ético de los antiguos, bajo el concepto de que éste es superior al individualismo de la Edad Moderna y las realidades de la modernidad social.

         ¿Cómo se hace comprensible el estado moderno para Hegel? El estado moderno sólo se torna comprensible bajo el principio de la sociedad civil, como asociación operada por el mercado; es decir, por un principio de asociación no estatal. El estado moderno deja desarrollar la plenitud el principio de subjetividad, llevando a cabo el establecimiento de la autonomía de la particularidad personal, la cual es a la vez reducida a la unidad sustancial del conjunto social, gracias a sus necesidades y trabajo reguladas por el principio de esa unidad estatal y civil.

         Hegel comprende que si el orden social se estableciera únicamente a través de la sociedad civil, ésta la llevaría, por los intereses individuales, a su destrucción y sólo encuentra salida a esta situación canibalesca por medio de la intervención reguladora del estado. En esto pareciera Hegel es más liberal que un conservador. El Estado, vendría a ser la esfera de la eticidad, de la eticidad del mundo moderno distinta a la del Estado  de la antigüedad, en donde lo ético surgiría de la sociedad y de las creencias populares halladas entre su misma religión.

         El estado moderno será el lugar en donde resida la eticidad perdida de la sociedad civil. Lo interesante de ésta última, es que gracias a ella llega a conformarse una eticidad individual, pero desde el punto que su universalidad surgirá por el estado y residiría dentro del estado; la acción de los hombres crearán en conjunto, a medida que con su acción la interiorizan, a las leyes en tanto existencia real y a las que apega el individuo en relación con los demás; el movimiento dialéctico tiende a reconciliar el individuo con la sociedad y esta situación se da gracias a las leyes que el hombre se ha dado a sí mismo; las leyes, las instituciones, la sociedad no son otra cosa que el resultado de su propia acción. Ésta conformará  a la eticidad: la familia, la sociedad, la formación de voluntad política y de la figuración del conjunto estatal. Habermas igualmente a podido entrever esto y acota una declaración que da Hegel en su curso de Filosofía del Derecho pronunciadas en el semestre de 1819-1820; en esta declaración Hegel ya anunciaba la crisis que la sociedad civil tiene estructuralmente inscrita en su seno: La caída de una gran masa de población por debajo del nivel de un cierto modo de subsistencia... lo que a la vez trae consigo una gran facilidad para que se concentren desproporcionadas riquezas en manos de unos pocos (Habermas, 1989, p. 55). Hay que incluir la sociedad antagónica dentro de la eticidad moderna, hay un predominio de orden superior que es el Estado sobre la libertad subjetiva de los individuos. La mano visible del estado estará apretando a la mano invisible del mercado y de la sociedad civil. El estado, bajo la figura del príncipe, de perpetuidad ética por un lado como la reconciliación de los antagonismos conformados dentro del seno de la sociedad civil. La subjetividad del individuo estará completa y necesariamente vinculada al orden de las instituciones; subjetividad en que se haya toda una lógica del sujeto que conforma su esencia, su para sí, y su existencia, bajo el dominio de un fuerte institucionalismo de estado. El estado es para Hegel, la realidad de la voluntad sustancial y racional en y para sí. En ello se reafirma su conservadurismo: cualquier movimiento reformista, como una reforma electoral, al estilo inglés o una autodeterminación del pueblo, al estilo del jacobinismo francés dados en su época están fuera del modelo monárquico constitucional. Hegel es el filósofo del Estado burgués moderno.

         Creo que en todo esto podemos sacar una concepción del estado moderno dado dentro de Hegel. Al igual podemos encontrar toda una crítica a la subjetividad dentro de su filosofía, donde todos los desgarramientos, toda individualidad, toda crisis particular de conciencia queda apaciguada por el concepto de lo Absoluto. Lo Absoluto como poder unificante y garante de la paz social, gracias a interponer entre el individuo y la sociedad un fuerte institucionalismo interventor, justificado por las ecuaciones de que sólo lo racional es real y lo real es racional; lo que surja fuera de este esquema queda fuera del concepto del saber absoluto, de la relación dialéctica entre lo finito e infinito. Y esto por entender que para Hegel, la libertad forma parte de la realidad racional, de la realidad construida bajo el concepto del hombre gracias a su acción

         Hemos constituido todo un discurso en donde mostramos, refiriéndose a ciertas parcelas, a la comprensión de Hegel de la modernidad, como un problema filosófico pertinente dentro de sus trabajos, y a la vez tendríamos que entender a la modernidad como el momento que se ha desprendido de todo modelo –la sociedad moderna se ha desprendido del pasado gracias al desarrollo del capitalismo. La modernidad es un abanico abierto al futuro, llena de espíritu de innovación; sus criterios surgen únicamente de sí misma; como única fuente de lo formativo se ofrece el principio de la subjetividad, de la cual brota la propia conciencia histórica de la modernidad. Hegel le ha puesto freno a toda crítica, al establecer a la razón únicamente como existencia realizada por la acción del individuo en tanto fin dentro de la realidad; es decir, sólo lo racional es real y lo real es racional, con ello su filosofía privada de toda crítica a una posible evolución del pensamiento filosófico por otros causes; Marx pudo ser uno de ellos, como también lo fue Kierkegaard o Max Stirner. De todas formas Habermas lo ha dicho: “Hegel no es el primer filósofo que pertenece a la época moderna, pero es el primero para el que la modernidad se torna problema” (Ibíd., p. 60). Será quien toque primeramente a la constelación de la modernidad, la conciencia del tiempo y la racionalidad. Su problema está en querer llevar a la razón a espíritu absoluto, con lo cual Habermas ha dicho que neutraliza las condiciones bajo la que la modernidad tomó conciencia de sí misma. Para Hegel la modernidad, bajo su concepción, es un problema cerrado, resuelto. No establece una razón bajo términos más relativos a la época sino que quiere comprender dentro de su sistema, la culminación de la razón bajo la rúbrica de espíritu absoluto, reconciliación de lo interno y lo externo desde la conciencia en y para sí; la evolución de la sociedad no puede darse mediante proyectos alternos a la misma sociedad fundada dentro de un presente; la evolución social vendrá dada mediante el desarrollo de nuevas leyes, mediante reformas, si acaso; por reconciliaciones entre la acción individual y el movimiento del espíritu histórico social plasmado tanto en la sociedad como en el Estado. Para Hegel, no se admiten cambios revolucionarios, los procesos de cambios tienen que ser fundados por medio del desarrollo del concepto de la realidad que se conforma con la acción cohesionada al conjunto. Las Revoluciones, para Hegel, sólo instauran el reino del Terror, la guillotina y la muerte en nombre de la autodeterminación de la soberanía popular. Hegel huye de la oclocracia, del gobierno de la plebe, de la democracia jacobina y admite el gobierno constitucional pero representado bajo la figura de un Príncipe que da continuidad a la configuración del estado.




II
Entre monjes y filósofos

         Otras preguntas: ¿Cuál será el viraje que dará la Edad Moderna respecto a la Edad Media?, ¿Cómo se desprende la ilustración moderna del oscurantismo medieval? Hegel sabe que dentro la Edad Media, la religión cristiana ha dado un cambio sustancial respecto a lo Absoluto, divino. ¿Cuál?, y es que el contenido absoluto lo coloca dentro del espíritu del hombre; siendo lo Absoluto un contenido supra-sensible lo coloca en el centro del individuo. Pero frente a la vida religiosa aparece un mundo exterior: un mundo natural y otro espiritual, que ocupan las inclinaciones, necesidades y libertades del hombre y sólo admiten un valor al ser superadas sus unilateralidades como mundo espiritual. La Edad Media estuvo constantemente elaborando diferencias entre esos dos mundos, el natural y el espiritual, manteniendo las diferencias; hasta que supera tal separación y con el cual se adentra a un tiempo nuevo.

         La superación de la separación de la relación entre el hombre y la vida divina, se manifestó para los ojos de las autoridades eclesiásticas, como corrupción de la iglesia. Esta corrupción de la iglesia significaba la temporalización, historificación de lo eterno bajo los impulsos sensoriales del hombre. La verdad eterna se traslada al campo del entendimiento, seco, escueto y formal por medio del cual el hombre hace desaparecer la separación de lo eterno y lo temporal, lo divino y lo humano, lo finito y lo infinito dentro de la conciencia de sí.

Esta unión del más allá y del más acá dentro de la conciencia del hombre, hace que surja tal distinción en forma consciente dentro de la cabeza de Lutero junto a su Reforma, que era un movimiento de separación de la Iglesia Católica.

El principio de reconciliación interior del espíritu, de lo suprasensible con lo sensible, socaba la interioridad que hasta entonces se hallaba dividida, además de tumbar las fachadas exteriores del mundo corrupto de la iglesia. De ahí brotará, de esa cáscara vacía, la nueva forma de los nuevos tiempos

"En épocas como estas, el Espíritu – que anteriormente progresaba a paso de caracol, incluso con caídas y retrocesos y alejándose de sí mismo- parece avanzar velozmente, con botas de siete leguas (Hegel, 1955, t.III, p. 204).

El desarrollo del movimiento del pensamiento por la acción y  la reconciliación de la conciencia de sí con el presente, sin estar desgarrada por una eternidad, hace que el hombre adquiera confianza en él mismo y en su propio pensamiento junto a la naturaleza sensible tanto fuera como dentro de él.

La Reforma de Lutero apela al “sensus comummnis” (sentido común) para que no se reconozca ni a las autoridades corruptas de la iglesia papal ni tampoco a los Padres de la Iglesia, ni al Antiguo Testamento ni la autoridad de Aristóteles. Sólo deberá atenerse a reconocer al espíritu interior, individual.

Se le da puesto a lo finito, a lo presente; a esto se da reconocimiento y ello llega hasta llenar las aspiraciones de la ciencia moderna. Lo finito, el presente interior y exterior, es captado por la experiencia y elevado por el entendimiento al plano de lo general; se aspira ahora a reconocer leyes y fuerzas; es decir, a convertir lo particular de las observaciones en forma general, de lo universal, de leyes universales. El mundo quiere ser juzgado mundanamente, y su juez es la razón pensante (Ibíd., p. 204).

El punto de vista de la filosofía de la Edad Media, es la de mantener la diversidad de lo pensado y el universo existente.

El interés pertinente de la Edad Moderna está en no pensar los objetos en su verdad sino en pensar el pensamiento y la comprensión de los objetos, en una sola unidad, lo cual significa cobrar conciencia de un objeto que se presupone. Gracias a esta unidad de ser y pensamiento, de objeto y pensamiento, es que la filosofía puede separarse de la Teología, de la misma forma que los griegos se separaron de su mitología, o sea, de su religión popular. Los griegos querían entender el universo por medio del pensamiento, sin ninguna otra mediación; el mundo medieval interponía entre el pensamiento y el universo la traba de la palabra de Dios, no dejando con ello, desarrollar un pensamiento más terrenal y, por tanto, más real.

Será en los siglos XVI y XVII cuando aparecerá la verdadera filosofía. La verdad en cuanto verdad humana, construida por un hombre que se sabe infinitamente libre en el pensamiento y que se esfuerza por comprenderse a sí mismo comprendiendo a la naturaleza, comprendiendo con ello el presente de la razón, la esencia, la ley general misma. Lo propio de la filosofía de la modernidad será la reflexión centrada alrededor de la subjetividad. La subjetividad como problema será algo pertinente para Hegel.

El pensamiento de la modernidad no está exento de trabas y tampoco es espontáneo. Frente a él tiene la oposición, la contradicción entre pensamiento y naturaleza. Espíritu <-> naturaleza, pensamiento < -- > ser, son los dos lados infinitos de la idea. Sólo superar por el pensamiento esa antítesis –dirá Hegel-, es que puede decirse que se ha comprendido esa unidad. La filosofía tomará dos vertientes para superar esa contradicción.

-La Filosofía Realista - - > La objetividad y el contenido del pensamiento nacen de la percepción.

-La Filosofía Idealista - - > La verdad tiene como punto de partida la independencia del pensamiento.

Filosofía Realista: su dirección nace de la experiencia. Filosofar es pensar por cuenta propia, para asimilarse lo presente, lo que está aquí y ahora: fuente de la cual reside toda verdad y en donde puede llegar a se reconocida. El principio de causalidad rige a los fenómenos del mundo y a los juicios de verdad acerca de aquel. Lo especulativo, lo suprasensible, se achata para ser reducido a la experiencia. Este algo presente que sirve de pauta es la naturaleza existente, externa y la actividad espiritual en cuanto mundo político y actividad subjetiva. Sin permanecer en la inmediatez de la realidad externa, el pensamiento debe sacar las leyes generales de esa realidad tanto natural como política.

Desde el punto de vista político, esta filosofía observa lo espiritual tal y como, en su realización, se formaba el mundo espiritual de los Estados, con el fin de obtener mediante la experiencia cuáles eran los derechos de unos individuos frente a otros y respecto al Príncipe. Se soslaya al Antiguo Testamento como dador de todos los principios del derecho público. Frente a la concepción papal, divina y cristiana del derecho se le opone ahora a las realizaciones del hombre mismo y su historia, poniendo de relieve lo que habrá regido como derecho en tiempos de paz y guerra.

Filosofía Idealista: partirá siempre de lo interior, de lo suprasensible (aquello que no se da en los sentidos pero que sin embargo existe: el yo, la libertad, etc.). Para ella todo reside dentro del pensamiento y el espíritu mismo, es todo su contenido. Se toma por objeto la Idea misma; con ella se piensa llegar a lo determinado. Lo que en la Filosofía Realista se extraía de la experiencia aquí se extrae del pensamiento a priori: se capta a lo determinado no para reducirlo a lo general sino a la Idea.

La Filosofía Realista y la Filosofía Idealista tienen un punto en común. La Filosofía Realista se esfuerza en sacar de la experiencia sus observaciones, principios y leyes generales; la Filosofía Idealista, a su vez, partiendo el pensamiento de lo general abstracto, necesita darse un contenido determinado, donde no están deslindados lo dado a priori y a posteriori. Ambas necesitarán un contenido para lograr sus determinaciones. Como había dicho Lucrecia: de la nada, nada.

Hegel nos da un croquis de cómo estaba conformada la filosofía europea para entonces:

Francia - - > Prevaleció el criterio de lo general abstracto.

Inglaterra - - > El criterio de la experiencia.

Alemania - - > Tomó como punto de partida la idea concreta, el interior del hombre.

Otro de los temas que encontramos en Hegel, es sus observaciones sobre las circunstancias de la vida de los filósofos modernos en relación a los filósofos de la antigüedad y de la Edad Media.

Los pensadores de la filosofía moderna viven en condiciones completamente distintas a las que vivieron sus anteriores colegas.

Los antiguos practicaron la costumbre de vivir tal y como enseñaron, despreciando al mundo y manteniéndose al margen de él. Su objeto de conocimiento, como ya dijimos antes, no fue otro que el de llegar a comprender el universo por la vía del pensamiento. Se mantendrán al margen de los sucesos del mundo, repudiando muchas cosas de éste y si no viéndolas transcurrir con el arreglo a las leyes propias de su pensamiento. Vivían exclusivamente para su concepción filosófica, para su idea, sin dejarse arrastrar a otras cosas que no fuesen del interés de su pensamiento. Se rodearán de un ambiente como de condiciones de vida que cuadren con su ciencia. Procurarán mantenerse como particulares, independientes, al margen de las relaciones de la vida social; en este sentido se le puede comparar con los monjes, que renuncian a los bienes temporales, al menos en teoría.

Para Hegel, la filosofía de la Edad Media corre a cargo, en su mayor parte, de clérigos y doctores en filosofía. Es un momento de transición.

Dentro del mundo moderno no nos encontramos con individuos filósofos que forman una clase aparte como lo fue en épocas anteriores. No hay separación entre ellos y la sociedad. No son monjes; viven dentro del mundo, asociados a él y tomando parte, de un modo u otro, en las actividades humanas. Viven sujetos a las condiciones de la vida civil, ocupando opuestos y desempañando cargos públicos; y cuando no es así, que son simples particulares, su posición no los aísla y separa del resto del mundo. Viven entregados al presente, al mundo, entrelazados con la marcha y el desarrollo de éste y se dedican a la filosofía por añadidura, como un lujo y una superabundancia.

En la modernidad encontramos que el reconciliarse al individuo con el principio mundanal dentro de él, se aquieta y se adentra en el orden del mundo exterior; las relaciones mundanales, las clases y los estamentos, las maneras de vivir, se organizan de un modo natural y racional. Se forma una cohesión general e inteligible, con lo cual la individualidad adquiere una posición distinta dentro de la sociedad.

Dicha cohesión es tan fuerte que el individuo forma parte de ella, quiéralo o no, pero ello no es obstáculo para que no se forme dentro de él todo un mundo interior. Hegel nos dice que lo exterior se ha reconciliado de tal modo, que lo interior y lo exterior pueden convivir, manteniéndose al mismo tiempo independientes entre sí. El individuo puede confiar el lado exterior de su vida al orden exterior de la sociedad, a diferencia de las plásticas personalidades de los filósofos antiguos, en los que el exterior dependía únicamente y exclusivamente de lo interior y era determinado por ello.

Hegel aclara que el filósofo moderno no debe empeñarse en aparecer como un carácter independiente y en lograr una posición en el mundo. Un filósofo –dice-, debe vivir como un filósofo; es decir, debe ser independiente de las circunstancias y abandonar las tareas y empeños del mundo. Pero el marco de todas las necesidades, principalmente la de formación, nadie puede obtener por sí mismo los medios, sino que debe buscarlos en conexión con los otros. El los buscará en conexión con sus amigos: Schelling y Holderlin.

El mundo moderno es este poder esencial de la cohesión dentro de él, es sencillamente necesario para el individuo formar parte de la cohesión general social respecto a lo que se refiere a vida exterior; los hombres modernos sólo pueden vivir en común dentro de su sociedad y dentro de su clase; la única excepción a la regla se tendrá con Espinoza.

La valentía antigua era individual, se asumía el riesgo sólo. La valentía moderna consiste en que el individuo no obra según su capricho, sino que su acción sea con arreglo y en confianza en su cohesión junto a los demás, junto a la sociedad civil y el estado.

Esa realidad es la que le asigna el puesto que debe ocupar y la que le reconocerá sus méritos.

Unas palabras del propio Hegel para terminar esta relación de la vida de los filósofos modernos: la clase de los filósofos aún no se halla organizada como la de los monjes. Los dedicados a la enseñanza y a la vida universitaria lo están ya un poco; pero incluso esta clase se ve obligada a hundirse en las formas cotidianas de las relaciones sociales, ya que la entrada en ellas es algo regulado exteriormente (Hegel, 1955, T. III, p. 213). Ello, en gran parte, aún sigue siendo así. Aunque existan constituidas sociedades de filósofos y otras formas parecidas. Hegel con su siglo de diferencia tiene muchas cosas que son de interés para nosotros, filósofos de una modernidad junto a su negación, su post-modernidad.
 


 


III
Conclusiones:

Nuestro trabajo se centró en Hegel y la modernidad. Este filósofo sería el primero que asume a esta época como un problema que no había podido reconciliar al pensamiento con el ser, la naturaleza con el espíritu, lo finito con lo infinito, lo particular con lo universal, lo sensible con lo suprasensible. El dará una solución por medio del saber absoluto. El concepto debe realizarse dentro del cerco del mundo pero debe partir del pensamiento racional del hombre; obrar es realizar y determinar la acción de un fin determinado. La modernidad es conciencia del presente y Hegel es el filósofo de su época, no se extravía el regreso al pasado sin volver a sopesarlos con la evolución y movimiento del pensamiento de su época. Sabe bien que uno sólo es hijo de su tiempo y que no se puede salir de él como el pez no puede salirse de su medio. Si no se tiene conciencia del presente, se está dentro de los confines del extrañamiento de la conciencia a su propio porvenir. Los filósofos de la modernidad no se asemejarán para nada a los antiguos; saben que están cohesionados a su familia, a su sociedad, a su estado y de ahí deben partir sus propios pensamientos. Lo contrario es que debe mantenerse en la arcadia del pasado y fijarse a un tiempo que no es su tiempo. El filósofo se vuelve más mundano, más histórico y más social. Su función, para Hegel, está en comprender el desarrollo del concepto dentro de la realidad; de una realidad compuesta por la acción individual y en conjunto de los hombres. El tiempo del filósofo, no es otro que el concepto mismo en tanto que es ahí; no se capta al concepto, al tiempo como algo puro, como concepto puro; el tiempo se manifiesta como destino y necesidad del espíritu de la historia; el espíritu es devenir que llega a desarrollar su propia verdad. Luego de esto sólo podemos decir, como Fichte, que hemos querido, en tanto filósofos, no pensar por los demás, sino pensar delante de los demás para someter a sus críticas nuestras reflexiones sobre Hegel y la modernidad.

        

        
Bibliografía

Hegel: 1976: Fenomenología del Espíritu. F.C.E. México.
          1955: Historia de la Filosofía, t.3. F.C.E. México
          1991 : Filosofía del Derecho. Ed. FHE-UCV, Caracas. 

Hábermas, J. 1989: Sobre la Modernidad. Ed. Taurus.  Barcelona.


Vásquez, E. 1988: Ensayos sobre la dialéctica. Ed. UCV. Caracas.