jueves, 17 de enero de 2013


Rousseau y Suiza (2)*
A los 300 años de su natalicio
Stéphane Garcia







*Este artículo ha sido enviado por el Mg Pietro Lazzeri, Secretario adjunto de la Embajada de Suiza en Venezuela, para su publicación en este blog.


La Suiza rústica, democrática y confederada:
un ejemplo para Córcega y Polonia
“Corsos, he ahí el modelo a imitar para retornar a vuestro estado primitivo”: es así como, proponiendo a Suiza como ejemplo, Rousseau concluye su Proyecto de constitución de Córcega (alrededor de 1765)[37]. En el Contrato social (1762) el autor utiliza esencialmente los ejemplos de Esparta y de Roma y sólo se hace alusión al Cuerpo helvético, pero en el Proyecto - redactado por encargo - Suiza ocupa un lugar preponderante en sus recomendaciones a los corsos y polacos para organizar el Estado (Consideraciones sobre el gobierno de Polonia, 1770-71)[38].
Según Rousseau, la principal cualidad de los suizos es precisamente esta rusticidad de la que tan frecuentemente se burlan los intelectuales de la época. “Esta nación rústica”, como la llamaba ya en el Discurso sobre las ciencias y las artes (1750)[39], este “país libre y sencillo, donde en los tiempos modernos es posible encontrar hombres de la antigüedad, mencionado en La nueva Eloísa (1762)[40], alberga habitantes que poseen, según él, las características de los hombres de Esparta o de la Roma primitiva: equidad, humanidad, buena fe, coraje, sencillez de las costumbres…Exactamente como los corsos que describió el historiador griego Diodoro de Sicilia en el siglo I antes de nuestra era. Partiendo de esta premisa, los corsos deberían seguir el ejemplo de los suizos.
El dinero, causa de decadencia
Pero la Suiza “auténtica” que describe Rousseau es más la del pasado que del presente, confrontada desde hace tiempo al dinero corruptor. Como advierte a los corsos el autor del Proyecto de constitución: “La pobreza llegó a Suiza con la circulación del dinero, que introdujo la misma desigualdad en los recursos y las fortunas, y se transformó en el instrumento para adquirir, en desmedro de los que nada tenían.”[41].
Este dinero proviene del servicio mercenario que había nacido en el Renacimiento[42]: al importar el lujo a Suiza, estas tropas al servicio del extranjero pervirtieron las costumbres helvéticas y su “sencillez” ancestral. Rousseau hace suyas las advertencias ya formuladas por Béat de Muralt (Lettre sur les voyages, 1700) o de Albrecht de Haller (1731), quien fustiga el “torrente de costumbres extranjeras que inunda de vicios a toda Helvecia”[43].
El ejemplo que Rousseau propone a la Córcega libre es la Suiza anterior a la ‘decadencia': “Antaño, la Suiza pobre era la que mandaba a Francia, hoy, la Suiza rica tiembla ante el ceño fruncido de un ministro francés”[44].
El mercenariado acarrea el mismo peligro que señala Rousseau en La nueva Eloísa a propósito de los comerciantes ginebrinos, “dispersos en Europa para enriquecerse": “Después de haber adoptado los vicios de los países donde vivieron, [ils] los traen triunfalmente a casa junto con sus tesoros. Así, el lujo de otros pueblos les hace desdeñar su ancestral sencillez, la altiva libertad les parece despreciable; y se forjan cadenas de plata, que se ponen como si fueran ornamentos.”[45].
El apego a la tierra y al terruño
Si los corsos no se dejan corromper por el dinero, podrían perfectamente adoptar el “sistema rústico”[46] suizo.
La primera condición para que esto funcione es enraizar los corsos a la tierra mediante el fomento de la agricultura. Según Rousseau, un pueblo de campesinos no sólo produce buenos soldados, vigorosos, patriotas y prolíficos, sino que garantiza su auto subsistencia, sin dependencia del comercio con el exterior: dos condiciones esenciales para tener independencia política[47].
Córcega, la isla de la belleza, podría muy bien adoptar el sistema democrático: “La democracia es la forma de administración más favorable para la agricultura: al no estar reunida la fuerza en un solo sitio, la distribución del pueblo no es desigual, sino que lo dispersa de manera igualitaria en todo el territorio. En Suiza se observa una aplicación notable de estos principios. En general, Suiza es un país pobre e improductivo. Su gobierno es Republicano. Pero en los cantones más fértiles como Berna, Soleure y Friburgo, el Gobierno es Aristocrático. Y en los más pobres, donde la agricultura es más ingrata y exige más trabajo, el Gobierno es Democrático”[48].
No obstante, Rousseau no promueve el sistema democrático de la Landsgemeinde de algunos cantones suizos[49]; porque este sistema de organización, como señala en el Contrato social, sólo conviene a un Estado muy pequeño, habitado por un pueblo virtuoso y donde reina “una gran igualdad de condiciones y fortunas”, y “poco o ningún lujo”[50].
Para Rousseau, por virtuosos que sean los corsos, el problema es que viven en un territorio demasiado grande como para adoptar este sistema. Les recomienda entonces un gobierno mixto, donde el pueblo se reúna por partes y los depositarios del poder se renueven periódicamente.
El arma del patriotismo
Rousseau exhorta a los polacos, amenazados por los rusos, a seguir el ejemplo de los suizos, que resistieron con éxito las presiones hegemónicas de los Hasburgo[51].
Por ello, según Rousseau, una de las claves de la resistencia polaca está en el sentimiento de pertenencia nacional del pueblo. El espíritu de cuerpo hará que la invasión rusa sea indigesta…para los rusos: “No podréis impedir que os devoren, pero al menos que no puedan digeriros.”[52].
Para avivar la llama del patriotismo polaco, Rousseau recomienda: valorizar las costumbres, conservar el traje tradicional, moderar el lujo y canalizarlo hacia el bien de la nación, educar a los niños en el amor a la patria. Y especialmente: seguir el ejemplo del sistema militar suizo, donde el ciudadano patriota es a la vez el más entusiasta de los soldados: “El Estado no debe quedar sin defensores, lo sé; pero sus verdaderos defensores son todos sus miembros. Todo ciudadano debe ser soldado por deber, ninguno por oficio. Ése fue el sistema militar de los romanos y es hoy el de los suizos.”[53].
Rousseau describe en los siguientes términos el modelo suizo de organización: “En Suiza todo individuo que se desposa debe tener un uniforme, que será su traje de fiesta, un fusil de calibre y todo el equipo de un soldado de infantería, y está inscrito en la compañía de su barrio. Durante el verano, los domingos y los días de fiesta, estas milicias se ejercitan según el siguiente orden: primero, por escuadras pequeñas, luego por compañías y finalmente por regimientos (…), y a nadie se le permite enviar a otro para reemplazarlo para que cada cual se ejercite y todos hagan el servicio.”[54].
El vigor de una confederación
La otra clave para el éxito de los polacos es reformar su estructura estatal. Según el filósofo ginebrino, la dimensión del país es un inconveniente y también una de las causas de la anarquía reinante. Rousseau propone entonces dividir el territorio en pequeñas repúblicas, que funcionen de manera confederativa, como en Suiza.
Volviendo a una idea que ya había enunciado en el Contrato social, Rousseau ve en este cambio de constitución, una doble ventaja: por una parte, estrecha los vínculos entre los ciudadanos y fomenta el patriotismo y, por otra, vela por las finanzas públicas.
“En Suiza los ciudadanos se encargan de todas las funciones que en otras partes de paga para que otros las realicen. Son soldados, oficiales, magistrados, obreros: todo está al servicio del Estado; y, como siempre están dispuestos a sacrificarse, no necesitan pagar además de su bolsillo. Cuando los polacos decidan hacer de esta suerte, no necesitarán tener más dinero que los suizos. Pero si un gran Estado se niega a adoptar las máximas de las pequeñas Repúblicas, que no busque los beneficios sin no se da los medios para obtenerlos. Si Polonia fuese, como yo quiero, una confederación de treinta y tres pequeños Estados, juntaría la fuerza de las grandes Monarquías y la libertad de las pequeñas Repúblicas.”[55].



Voluntad general y soberanía popular
¿Qué pensaría Rousseau del actual sistema político suizo?

¿Qué pensaría Rousseau del actual sistema político de la Confederación?
Esta pregunta puede parecer improcedente a la luz de la evolución de las sociedades y los cambios políticos operados en los dos siglos y medio transcurridos desde la publicación del Contrato social (1762), su obra política más importante. Más aún cuando en sus escritos, Rousseau se refirió mucho más a los modelos de la antigüedad que a los de su época.
No obstante, los Estados modernos son herederos de las teorías políticas del Siglo de las Luces y en la Suiza del siglo XXI las ideas de Rousseau siguen siendo objeto de debate público. Por lo demás, sus principales textos políticos - el Discurso sobre el origen de la desigualdad y el Contrato social - han de entenderse como pautas para el análisis y la evaluación de la legitimidad de los regímenes de su época: en este sentido, participar en este juego del cuestionario imaginario no significa  faltarle el respeto a su autor.”[56].
Sí a la “República”
Evidentemente, le agradaría a Rousseau constatar que en Suiza existe un sistema democrático, que él llamaría “republicano”. Desde las primeras líneas del Contrato social, se congratula por haber nacido bajo este régimen: “Ciudadano de un Estado libre y miembro del poder soberano, por débil que sea la influencia que mi voz ejerza en los asuntos públicos, el derecho que tengo de emitir mi voto impóneme el deber de ilustrarme acerca de ellos. ¡Feliz me consideraré todas las veces que, al meditar sobre las diferentes formas de gobierno, encuentre siempre en mis investigaciones nuevas razones para amar el de mi patria!”.
En esta obra fundamental, el “ciudadano de Ginebra” invoca en apoyo de su teoría el modo de funcionamiento de la república que, en 1754, le restituyó sus derechos cívicos. “He tomado pues vuestra Constitución, que encontraba bella, como modelo de las instituciones políticas”, afirma en las Cartas escritas desde la Montaña (1764). Las instituciones ginebrinas de mediados del siglo XVIII eran, en realidad, muy distintas de cómo Rousseau expone en esta obra, donde las describe no como son sino como desearía fuesen.”[57].
La noción de “República” debe ser entendida en el sentido de cuerpo político, tal como era en la antigua Cité, que es el verdadero modelo del Contrato social. En una república, escribe el autor, "cada uno pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general, y cada miembro es considerado como una parte indivisible del todo." Este acto de asociación - o pacto social - convierte al instante a la persona particular de cada contratante en un cuerpo moral y colectivo, compuesto de tantos miembros como votos tiene la asamblea, que recibe de este mismo acto su unidad, su yo común, su vida y su voluntad. Esta persona pública se constituye así, por la unión de todas las demás.”[58].

La teoría del “pacto social” o del “contrato social” es consecuencia de lo que constata Rousseau en el Discurso sobre el origen de la desigualdad: que el aumento de la desigualdad engendra la servidumbre. En el Contrato social, tras constatar que “El hombre ha nacido libre, y sin embargo, en todas partes vive encadenado”, Rousseau se pregunta: ¿cómo instituir una comunidad política que garantice la igualdad y a la vez la libertad de todos sus miembros?
Rousseau está convencido de que el ser humano es capaz de hacer prevalecer el interés general, el bien común, sin dejar de actuar libremente. Apuesta a que libertad individual y servicio del bien común son conciliables en una sociedad de ciudadanos iguales, siempre y cuando cada uno participe en las decisiones fundamentales y las aplique de manera voluntaria. El fundamento del Estado ha de ser pues un contrato social que comprometa a cada miembro de la sociedad con todos y a todos con cada uno. Este contrato se expresa en las leyes, que los ciudadanos son dueños de modificar libremente.”[59].
Es, pues, República “todo Estado regido por leyes, cualesquiera sea la forma de administración, por que sólo así el interés público gobierna y la cosa pública tiene alguna significación. Todo gobierno legítimo es republicano.”[60].

Sí a la Soberanía popular
Rousseau estaría muy orgulloso de ver que el lenguaje político suizo utiliza habitualmente las palabras y expresiones “pueblo”, “voluntad del pueblo” y “soberano” para designar al cuerpo de ciudadanos.[61].
Para Rousseau, la palabra “Soberano” designa al cuerpo político de ciudadanos que resulta del pacto que vincula a hombres que originalmente son independientes unos de otros. Y “Soberanía” es la posibilidad de que estos ciudadanos puedan actuar e influir políticamente.
La voluntad del pueblo soberano, que Rousseau llama “Voluntad general”, dirige al Estado según el interés común, “pues si la oposición de los intereses particulares ha hecho necesario el establecimiento de sociedades, la conformidad de esos mismos intereses es lo que ha hecho posible su existencia. Lo que hay de común en esos intereses es lo que constituye el vínculo social, porque si no hubiera un punto en el que todos concordasen, ninguna sociedad podría existir.”. Ahora bien, sólo en función de ese interés común debe ser gobernada la sociedad.[62].
Este concepto de “Voluntad general” constituye una idea original respecto de los contratos concebidos por Hobbes, Locke o Montesquieu: para Rousseau es a los ciudadanos a quienes corresponde defender sus libertades privadas. Siempre es su interés privado el que busca el individuo que se somete a las leyes emanadas de la Voluntad general. Su seguridad personal y la protección de su libertad dependen de esta aceptación, aún si a veces la ley no considera sus preferencias particulares.
La “democracia de concordancia” instituida en Suiza, que permite a los partidos minoritarios hacer oír su voz en los gobiernos y administraciones, contaría ciertamente con su beneplácito, porque “lo que generaliza la voluntad no es tanto el número de votos cuanto el interés común que los une.”[63].El interés general implica por lo tanto velar por que nadie sea excluido. Una ley que se vota por una débil mayoría no puede reflejar la expresión de la Voluntad general. Para Rousseau, una república bien constituida ha de buscar la unanimidad. La cultura del consenso, tan valorada en la política Suiza, se orienta en ese sentido.
No al Parlamento, sí a la democracia semidirecta
“La soberanía no puede ser representada, por la misma razón que no puede ser alienada; consiste esencialmente en la voluntad general y la voluntad no se representa: es una o es otra.”[64].
Sobre la base de este principio de inalienabilidad de la soberanía, Rousseau condena evidentemente la monarquía absoluta, pero simultáneamente despoja de toda legitimidad a los sistemas representativos modernos tal como estos fueron concebidos en el siglo XVIII e implementados en el siglo XIX[65]. En efecto, el pueblo no puede desprenderse de la soberanía legislativa en favor de sus representantes, porque entonces renunciaría a la soberanía en favor del Parlamento, cuya voluntad se transformaría por lo tanto en la voluntad soberana en el Estado.”[66].
Sin embargo, Rousseau debió rendirse a dos evidencias: los modelos republicanos griego y romano, donde no existía sistema de representación alguno, descansaban en la esclavitud, la que hacía posible la participación activa de los ciudadanos en la vida política. Por añadidura, difícilmente se podrían comprar las condiciones políticas en los grandes Estados del siglo XVIII con las existentes en las repúblicas de la antigüedad.
Si bien teóricamente Rousseau rechaza la idea de representación, un principio de realidad lo obligó a matizar su planteamiento y a concebir, en sus Consideraciones sobre el gobierno de Polonia (1770-71), un sistema que podría adoptar un gran Estado moderno.
En Polonia, “el poder legislativo no puede actuar sino por diputación”[67]. Para evitar la corrupción del sistema, el autor plantea dos soluciones: una, renovar frecuentemente los representantes del pueblo, prohibiendo las reelecciones sucesivas. La otra, instituir un sistema de mandatos imperativos, que obligue a los representantes a actuar en la asamblea sólo como voceros del pueblo que los eligió. Ni una libertad en materia legislativa.[68].
El Soberano es dueño de modificar las leyes como quiera, y ésta es la vara con que se puede medir la legitimidad de una república. En este sentido, Rousseau aprobaría la institución suiza del referéndum obligatorio en materia constitucional. Pero quizás emitiría reservas respecto del derecho de iniciativa, que a veces lleva al pueblo a pronunciarse no sobre principios fundamentales sino sobre aspectos específicos cuyos trasfondos no siempre son totalmente claros para él. El único objetivo de la Voluntad general es el interés común y sólo puede decidir sobre medidas generales[69].
Sí a la separación de los poderes legislativo y ejecutivo
Aún cuando la soberanía debe pertenecer necesariamente al pueblo, la potencia ejecutiva, a la que Rousseau llama “administración” o “gobierno”, debe estar idealmente separada de ésta. No por principio, como en Montesquieu, sino porque al transformarse  el legislador en el agente ejecutor de sus propias leyes, tendrá “que desviar su atención de los objetivos generales a los particulares.”[70]. Entonces, casi inevitablemente las pasiones se impondrían por sobre el interés general y, por lo tanto, por sobre el bien público. En consecuencia, debe existir una separación de poderes. En este sistema, el ejecutivo tendrá que estar necesariamente subordinado al legislativo. Según Rousseau, cualesquiera sea la forma que adopte el gobierno, sólo puede ordenar al pueblo las órdenes que recibe del pueblo.
El gobierno puede adoptar diversas formas: monárquica (cuando el pueblo confía su administración a un “magistrado” único), aristocrático (cuando el gobierno recae sobre un reducido número) o democrático (cuando está en manos de todo el pueblo o de la mayoría del pueblo). Pero ¿cuál es la mejor forma de gobierno?
“Si hubiera un pueblo de dioses, se gobernaría democráticamente. Un gobierno tan perfecto no conviene a los hombres.”[71]. Aún si nadie puede interpretar mejor las leyes que quienes las concibieron, el realismo de Rousseau lo descarta. ¿Cómo imaginar un pueblo que se reúna cotidianamente en la plaza pública para ordenar la aplicación de las leyes? Sólo los Estados muy pequeños, habitados por hombres virtuosos, pueden adoptar un sistema como el de la Landsgemeinde[72].
En efecto, Rousseau pone en relación la realidad física, económica y demográfica de un país con el tipo de gobierno que le conviene adoptar. Mientras más grande, rico y poblado es el país, más fuerte ha de ser el gobierno y, por ende, más concentrado debe ser éste. Por ejemplo, la monarquía, el gobierno de uno solo, es el más conveniente para un Estado como Francia, En este caso, Rousseau plantearía la institución de una república monárquica[73]. Según los criterios rousseaunianos, la Suiza actual, un Estado de derecho gobernado por un reducido número de personas (los “siete sabios”), sería entonces una “república aristocrática”.
Un derecho y un deber de control ciudadano
Si bien el Soberano puede y tiene que delegar frecuentemente el poder ejecutivo, es importante que conserve un control riguroso sobre este poder. Y recuperarlo, si es necesario: “Desde el instante en que se reúne el pueblo legítimamente en cuerpo soberano, cesa toda jurisdicción del gobierno; el poder ejecutivo queda en suspenso y la persona del último ciudadano es tan sagrada e inviolable como la del primer magistrado, porque ante el representado desaparece el representante.”
En todo caso, el pueblo debe ejercer un control real sobre la acción del gobierno. Rousseau no sólo otorga este control sobre el ejecutivo al “pueblo reunido”, sino también a cualquier ciudadano, dueño de una fracción de la Soberanía. Los ciudadanos “siempre pueden velar por la administración de las leyes: no sólo es un derecho sino, incluso, un deber”, como afirma en las Cartas escritas desde la montaña.”[74].
Esta exigencia de control que plantea Rousseau es de candente actualidad para las democracias modernas. En primer lugar, porque de la articulación inteligente del Legislativo con el Ejecutivo depende la buena salud del Estado. El abstencionismo de los ciudadanos en las consultas populares es una señal alarmante: “En una ciudad bien gobernada, todos vuelan a las asambleas; bajo un mal gobierno nadie da un paso para concurrir a ellas, ni se interesa por lo que allí se hace, puesto que se prevé que la voluntad general no dominará y que al fin los cuidados domésticos lo absorberán todo. Las buenas leyes traen otras mejores; las malas acarrean peores. Desde que al tratarse de los negocios del Estado, hay quien diga: ¿qué me importa? El Estado está perdido.”[75]
Pero también porque, como observa justamente G. Chenevière, “la ausencia de este control es la que desarrolla a través del mundo el sentimiento de que el sistema político abandona a los ciudadanos, de que el vínculo social se rompe, y de que la democracia representativa no refleja el interés general.”[76].


Referencias biográficas
1712
28 de junio: Nace en Ginebra Jean-Jacques Rousseau - Grand-Rue nº 40. Su madre, Suzanne Bernard, fallece a consecuencias del parto. Hijo, nieto y bisnieto de relojeros por línea paterna. Isaac, su padre, había vivido en Constantinopla entre 1705 y 1711 como relojero del serrallo. Tiene un hermano, François, siete años mayor, con quien perderá todo   contacto.
1717
Isaac Rousseau se instala con sus dos hijos en el barrio popular de Saint-Gervais, Ginebra.
1722
Su padre, por una riña, se radica en Nyon. Jean-Jacques queda internado en Bossey, en casa del pastor Lambercier.
1724
Jean-Jacques retorna a Ginebra y vive con su tío materno. Aprendiz de notario.
1725
Aprendiz de grabador hasta 1728.
1728
Huye de Ginebra y viaja a Annecy, donde vive en casa de la señora de Warens. Viaja a Turín y abjura del protestantismo.
1729
Regresa Annecy. Ingresa al seminario de la catedral.
1730-31
Viaja a pie en la Suiza romanda. Da clases de música.
1735-42
Estancia en las Charmettes (Chambéry); inicio de su relación con la señora de Warens.
1737
Al alcanzar la mayoría de edad según la ley ginebrina, viaja de incógnito a Ginebra para reclamar la herencia de su madre.
1740
Preceptor en casa de la familia de Mably, en Lyon.
1742
Expone en la Academia de ciencias de París su Proyecto de nueva anotación para la música.
1743
Secretario del embajador de Francia en Venecia.
1744
Regresa a París.
1745
Comienza su relación con Thérèse Levasseur, su futura esposa.
1746
Frecuenta a Condillac y Diderot.
1749
Colabora con la Enciclopedia.
1750
La Academia de ciencias de Dijon premia el Discurso sobre las ciencias y las artes.
1752
Representación ante Luis XV de la pastoral El Adivino de la aldea
1754
Viaja a Ginebra, se reincorpora a la iglesia protestante y recobra sus derechos ciudadanos.
1755
Publica el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. Redacta para la Enciclopedia el artículo “Economía política”.
1756
Se instala en el Ermitage de Montmorency, en casa de la señora d’Epinay.
1757
Rompe con Diderot y con la señora d'Epinay. Responde al artículo “Ginebra” de la Enciclopedia, firmado por d'Alembert.
1758
Carta a d'Alembert sobre los espectáculos. Termina Julia o La nueva Eloísa.
1759
Entabla amistad con el mariscal de Luxemburgo, se radica en Montmorency.
1761
Publicación de Julia o La nueva Eloísa.
1762
Publicación del Contrato social y del Emilio o de la Educación, que son quemados en París y en Ginebra. Se dicta orden de arresto contra Rousseau. Huye a Suiza. Se instala con Thérèse en Môtiers.
1763
Naturalizado neufchatelés, renuncia a su ciudadanía ginebrina.
1764
Publicación de las Cartas escritas desde la montaña. Voltaire escribe un panfleto contra Rousseau. Nace su pasión por la botánica. Comienza a redactar las Confesiones.



1765
Condena en París de las Cartas escritas desde la montaña. Los habitantes de Môtiers lo expulsan. Huye a la isla de Saint Pierre, en el lago de Biel, de donde lo expulsan las autoridades bernesas.
1766
Viaja a Inglaterra con Thérèse, invitado por Hume. Ruptura con Hume.
1767
Retorna a Francia bajo un seudónimo, vive en el norte de París en casa del príncipe de Conti.
1768
Estancia en Lyon, Grenoble y Bourgoin. Se casa con Thérèse.
1769
Redacta la segunda parte de las Confesiones.
1770
Regresa a París; trabaja nuevamente como copista de música; lecturas públicas de las Confesiones.
1770-71
Escribe Consideraciones sobre el Gobierno de Polonia.
1774-76
Compone Dafnis y Cloé, pastoral inconclusa.
1776-78
Escribe las Ensoñaciones del paseante solitario.
1778
2 de julio: Muere en Ermenonville y es sepultado en la isla des Peupliers.
1782
Publicación póstuma de las Ensoñaciones del paseante solitario y de las Confesiones.
1794
Traslado de sus restos al Panteón, París.
1801
Muerte de su esposa Thérèse sin descendencia (entre 1746 y 1752, entregaron cinco hijos a la Inclusa de París).



Principales amigos y relaciones epistolares suizos de Jean-Jacques Rousseau
Boy de la Tour, Julie-Anne-Marie (1715-1780): de la familia Roguin, de Yverdon, con quien Rousseau mantiene estrecha amistad y que pone a su disposición la casa familiar de Môtiers.
Bondeli, Julie von (1731-1778): hija de un notable de Berna, admiradora incondicional de Rousseau, y quien tiene un salón literario en Berna.
Delessert, Madeleine-Catherine (Boy de la Tour de soltera) (1747-1816): en 1762, Rousseau se encariña con la hija de Julie Boy de la Tour, en Yverdon: una joven de 15 años cuya inteligencia lo seduce y a quien llamará "prima".
Deluc, Jacques-François (1698-1780): relojero ginebrino, amigo y admirador de Rousseau. Su más ardientes defensor desde 1762.
Du Peyrou, Pierre-Alexandre (1729-1794): rico heredero de protestantes franceses, radicado en Neuchâtel, amigo y albacea de Rousseau. Es uno de los editores de sus obras completas (Ginebra, 1780-1789).
Gingins, Victor de, señor de Moiry (1708-1776): miembro del senado de Berna, bailío de Yverdon, autor de la novela Le Bacha de Bude, acoge amablemente a Rousseau en Yverdon, en 1762. Sin embargo, las presiones de las autoridades bernesas obligan a Rousseau a refugiarse en Neuchâtel.
Graffenried, Karl Emmanuel von (1732-1780): bailío de Nidau, de la que dependía la isla de Saint-Pierre. Expulsa a Rousseau, pero contra su voluntad, pues lo aprecia.
Jallabert, Jean (1712-1768): teólogo, sabio y consejero ginebrino. En 1762 asume la defensa de Rousseau ante el Pequeño Consejo, y le será siempre fiel.
Kirchberger, Niklaus Anton (1739-1799): notable bernés, interesado en temas religiosos, visita a Rousseau en Môtiers y luego en la isla de Saint-Pierre.
Roguin, Daniel (1691-1771): ex oficial al servicio de Holanda, luego banquero en París donde entabla amistad con Rousseau. Se retira a Yverdon en 1761, y allí acoge a su amigo exiliado. Rousseau lo cita en la Nueva Eloísa.
Tissot, Samuel-Auguste-André (1728-1797): conocido médico de Lausana, gran admirador de Rousseau. Después de su condena en 1762, lo defiende contra Haller y lo visita en Yverdon.
Usteri, Leonhard (1741-1789): pastor zuriqués, lector entusiasta de La nueva Eloísa, visita a Rousseau en Montmorency, en 1761, luego en Môtiers, en 1764. Muy interesado entre otros por los principios pedagógicos del Emilio. Intermediario entre Rousseau y Salomon Gessner (1730-1788), pintor, poeta y editor zuriqués.
Wegelin, Jakob (1721-1791): pastor de Saint-Gall, y en 1765, profesor de historia en Berlín, admirador de Rousseau, a quien visita en Môtiers. Tradujo al alemán la Carta a d'Alembert, publicada en Zurich en 1761.