jueves, 1 de diciembre de 2011


Felicidad y poder

en Thomas Hobbes

María Eugenia Cisneros Araujo




Introducción
En este ensayo se explorará el vínculo entre felicidad y poder en Hobbes, a partir de los rasgos significativos de su época y cómo estos se materializan en el pensamiento de Bacon, Descartes y Locke. Tal panorama servirá para analizar la concepción de la felicidad y el poder en Hobbes con el fin de mostrar que ambas categorías en el sistema filosófico-político propuesto por el mencionado filósofo significan lo mismo. La constitución del individuo y del individualismo se conforma a partir de la felicidad y el poder.

1.- Bacon, Descartes y Locke
            El siglo XVII es una época donde la imaginación científica del hombre fue conducida por el pensamiento matemático y el experimento. Surgió una nueva ciencia que se componía de la conciencia metódica, de la idea epistemológica sobre el carácter fenoménico de las propiedades sensibles de los objetos, de la fundamentación de la mecánica y de su aplicación a la astronomía y a la óptica. La tendencia general hacia la búsqueda del método único era expresión del afán de crear la soberanía del espíritu lógico sobre la imaginación y sobre el azar del hallazgo. La racionalidad del universo y el conocimiento de la naturaleza se convirtió en la formula metafísica de la época y también en el principio a través del cual se intentaba regular la vida económica, jurídica y política[1]. Estos rasgos indican que es una época que vuelve su mirada a este mundo y al dominio de las cosas en este mundo, y es en este contexto que se da cuenta de la felicidad. Bacon, por ejemplo, se ocupa de la felicidad con su planteamiento del dominio de la naturaleza a través de la ciencia y la técnica; Descartes, al igual que Bacon, también se centra en el dominio de la naturaleza y habla de la felicidad en este mundo; y Locke, aunque posterior a Hobbes, también nos muestra un elemento importante de la época, al considerar que la búsqueda de la felicidad lleva a los hombres a ser industriosos.
            En la Nueva Atlántida de Bacon se observa que la felicidad tiene que ver con el dominio de la naturaleza por parte del hombre mediante la ciencia y la técnica. Así se puede observar en la revelación de los secretos de la Casa de Salomón que hiciera el padre de esta Casa. Su discurso comienza con las siguientes palabras: “… El objeto de nuestra fundación es el conocimiento de las causas y secretas nociones de las cosas y el engrandecimiento de los límites de la mente humana para la realización de todas las cosas posibles”[2]. Es decir, el objeto es el conocimiento y el dominio de las cosas de este mundo para que el hombre sea feliz. Entiéndase entonces felicidad como la realización de todas las cosas posibles. Este conocimiento se produce a través de experimentos tomando como muestra lo que ofrece la naturaleza: el aire, el agua, los animales, las plantas, el fuego, la tierra, que pueden ser modificados a través de la técnica. El hombre conoce la naturaleza, la domina y con ello consigue ser feliz. Es de alguna manera un anticipo de lo que hoy en día se conoce como ingeniería genética. Véase las siguientes palabras del padre de la Casa de Salomón:
“… en estos mismos huertos y jardines hacemos, artificialmente, que árboles y flores maduren antes o después de su tiempo, y que broten y se reproduzcan con mayor rapidez que según su curso natural. Y también artificialmente los hacemos más grandes y a sus frutos más sabrosos, dulces y de diferente gusto, olor, color y forma. Y a muchos de ellos lo hacemos también adquirir virtudes medicinales… Y todo esto no lo hacemos por azar, sino que conocemos de antemano, según las sustancias y las combinaciones”[3].
            No cabe la menor duda, que para Bacon la felicidad del hombre estaba determinada por el conocimiento y dominio de la naturaleza, pues ello le permite realizar modificaciones para satisfacer sus necesidades.
            En esta misma corriente se encuentra a René Descartes, quien en el capítulo VI del Discurso del método, dice:
“… pueden lograrse conocimientos muy útiles para la vida y que en lugar de esta filosofía especulativa que enseñan en las escuelas, puede encontrarse una filosofía práctica en virtud de la cual, conociendo la fuerza y las acciones del fuego, del agua, del aire, de los astros, de los cielos y de todos los cuerpos que nos rodean con tanta precisión como conocemos los diversos oficios de nuestros artesanos, podamos emplearlos de igual forma para todos aquellos usos que sean propios, convirtiéndonos por este medio en dueños y señores de la naturaleza”[4].
Descartes se sitúa en este mundo y en la idea de que el hombre debe conocer la naturaleza como un medio para disfrutar de los elementos y comodidades que ofrece, pero también para conservar la salud. Es decir, en Descartes hay una consideración tanto del disfrute que se puede sentir espiritualmente como del cuerpo y del dominio de la naturaleza. Es en esta perspectiva que desarrolla su concepto de felicidad. Para este filósofo, hay un estado de beatitud que depende de nuestro libre albedrío. Todos los hombres pueden adquirirla con el uso de la razón sin ayuda externa[5]; se trata del predominio de esa razón para alcanzar la felicidad en este mundo y no en el que nos espera después de la muerte. En la carta que escribió en sus últimos años de vida en Holanda a la princesa Elizabeth de Bohëme, expresa que es más importante mantener el uso de la razón que perder la vida; y señala que a pesar de no tener las enseñanzas de la fe, hay una filosofía natural que nos da un estado de felicidad después de la muerte, a diferencia de la presente, que no le hace temer al hombre estar atado a un cuerpo que frena su libertad[6]. Descartes entiende la felicidad de dos maneras: como beatitud y la adquirida en este mundo mediante el dominio de la naturaleza a través de la razón, lo cual es un logro fundamental del hombre moderno.
            John Locke también se refiere al espíritu y al cuerpo. En ese contexto ubica la felicidad.
“… Placer y dolor quiero que se entienda que significan todo lo que nos deleita o nos molesta, ya sea que proceda de los pensamientos en la mente, ya de cualquier cosa que opera en nuestros cuerpos. Porque ya sea que, por una parte, hablemos de satisfacción, deleite, placer, felicidad, etc., y por otra parte, de inquietud, pena, dolor, tormento, angustia, miseria, etc, no son, sin embargo, sino diferentes grados de la misma cosa[7].
            El concepto fundamental para arribar a la felicidad, en el sentido de Locke, es la supresión del malestar. Pues, según este filósofo, mientras se esté bajo el dominio de algún malestar, no se puede ser feliz porque cada quien siente el malestar incompatible con la felicidad y ello le impide disfrutar de aquellas cosas agradables que posee. Por tanto, la supresión del malestar es el primer paso hacia la felicidad. Pero también es “… el principal, ya que no el único, acicate de la industria y actividad humanas”[8]. Es decir, la eliminación de la molestia es el comienzo hacia la felicidad y la industria. Sobre esta idea, Omar Astorga considera que la industria humana es la mejor realización del deseo y, de esta forma, la reflexión antropológica de Locke entra en sintonía con la elaboración de sus ideas económicas, tal como las desarrolló en el Segundo tratado. Por ello éste intérprete dice que Locke pensó el desarrollo de la industria y el incremento de la propiedad como actividades inherentes a su investigación filosófica sobre la felicidad. Las ideas económicas habrían así encontrado apoyo en la respectiva fundamentación antropológica[9]. Por consiguiente, en Locke, el concepto de felicidad se desarrolla en este mundo bajo la idea de supresión del malestar que vincula lo antropológico con lo económico, pues la eliminación del malestar lo impulsa a buscar el placer y alejarse del dolor, así como desarrollar su industria para incrementar su propiedad.
“… Aunque la tierra y todas las criaturas inferiores sirvan en común a todos los hombres, no es menos cierto que cada hombre tiene la propiedad de su persona… Podemos también afirmar que el esfuerzo de su cuerpo y la obra de sus manos son auténticamente suyos. Por eso, siempre que alguien saca alguna cosa del estado en que la naturaleza la produjo y la dejó, ha puesto en esa cosa algo de su esfuerzo, le ha agregado algo que es propio suyo; y por ello, la ha convertido en propiedad suya. Habiendo sido él quien la ha apartado de la condición común en que la Naturaleza colocó esa cosa, ha agregado a ésta, mediante su esfuerzo, algo que excluye de ella el derecho común de los demás. Siendo, pues, el trabajo o esfuerzo propiedad indiscutible del trabajador[10].
            Sin profundizar en la teoría política de Locke, pues no es el objeto de este ensayo, con la anterior cita se busca mostrar la presencia de las ideas económicas –como lo señala Omar Astorga- al sugerir Locke una relación de propiedad producto de la actividad humana concebida como desarrollo de su industria.
            Se tiene así que, Bacon y Descartes ponen el énfasis en el dominio de la naturaleza, mientras que Locke en la supresión del malestar y lo industrial. Estas ideas conforman el contexto intelectual en el cual aparecen las ideas de Hobbes en torno a la felicidad y el poder. Este filósofo se refiere a la felicidad en función del dominio científico y de la industria, pero lo hace fundamentalmente desde la perspectiva del dominio social, del dominio del hombre por el hombre, considerado en términos sociales y culturales y no sólo naturales.

2.- La felicidad y el poder para Hobbes
            En el capítulo VI del Leviatán Hobbes define a la felicidad como el continuo éxito tras éxito, es decir, como la continua prosperidad, afirmando que se refiere a la felicidad en esta vida. En el capítulo XI del mismo libro dice:
“… la felicidad en esta vida no consiste en el reposo de una mente completamente satisfecha. No existe tal cosa como ese finis ultimus, o ese súmmum bonum de que nos habla en los viejos libros de filosofía moral. Un hombre cuyos deseos han sido colmados y cuyos sentidos e imaginación han quedado estáticos, no puede vivir. La felicidad es un continuo progreso en el deseo; un continuo pasar de un objeto a otro. Conseguir una cosa es sólo un medio para lograr la siguiente. La razón de esto es que el objeto del deseo de un hombre no es gozar una vez solamente, y por un instante, sino asegurar para siempre el camino de sus deseos futuros. Por lo tanto, las acciones voluntarias y las inclinaciones de todos los hombres no sólo tienden a procurar una vida feliz, sino asegurarla”[11].
            M. M. Goldsmith explica que, presumiblemente, el único deseo que uno podría tener para con el otro mundo sería probarlo, pues de ese mundo no tenemos ninguna experiencia. La vida prometida en dicho mundo es diferente de la vida en éste, que no podemos concebirla. Este autor considera que para Hobbes la vida es movimiento de un punto a otro, de un deseo a otro, de una satisfacción a otra. Sostiene que la felicidad consiste en continuar ese movimiento exitosamente, sin ningún impedimento. Dado que la felicidad es un proceso –la sucesiva satisfacción de los deseos- siempre existe un elemento comparativo en ella. Un hombre es más feliz cuando triunfa que antes de hacerlo. Cuando un hombre compara sus propias actividades y satisfacciones con las de otros hombres, la estimación de su propia felicidad (y por tanto su felicidad misma) depende de la relación entre su triunfo y el de los otros. La vida, tal como dice Hobbes, puede compararse con una carrera[12]. Omar Astorga señala que Hobbes advierte que el tipo de felicidad que Dios ha dispuesto para quienes le honran será algo que se disfrutará sólo cuando se conozca. Por ahora, en la tierra, esa es una felicidad incomprensible, tal como la expresión “visión beatífica” que usan los escolásticos. Afirma que la felicidad que a Hobbes le interesaba hacer valer era la que resultaba de la experiencia imaginativa que se produce en el curso de la aparición de las pasiones. La felicidad aparece entonces como hilo conductor de su descripción de las pasiones pero, a su vez, las pasiones constituyen la condición de posibilidad para entender la búsqueda misma de la felicidad. Se trata de una relación inmanente, pues la felicidad no aparece como un telos trascendente a la experiencia de la voluntad, sino como el producto histórico-cultural de la imaginación, concebida privilegiadamente desde los intereses de la vida política[13].
            Como bien lo indican éstos intérpretes, Hobbes se refiere a la felicidad en este mundo y no al que no conocemos, al que nos espera después de la muerte. La felicidad de este mundo está determinada por la diferencia cómo cada individuo manifiesta sus facultades naturales y en la diferencia en que cada individuo hace uso de los medios necesarios para conseguir su propio bien. Por tanto, la felicidad que piensa Hobbes es la felicidad del individuo, entendida como la puesta en movimiento de los aspectos fundamentales que constituyen su mente a partir de la cual desarrolla sus relaciones sociales. Movimiento que se traduce en la determinación de los pensamientos por el deseo, al activar el mecanismo deliberativo a través del cual el individuo prevé los medios para obtener el fin que el deseo le ha señalado. En este caso, el fin, es el éxito, la prosperidad. Sólo que cada individuo decide su éxito. Pero además, no basta con obtener el éxito; hay que asegurarlo. Y en esta idea, podemos ver cómo se unen las opiniones de Goldsmith y Astorga, pues el concepto de felicidad propuesto por Hobbes no es estático sino dinámico; es un proceso histórico-cultural que surge del desarrollo de las relaciones sociales entre los individuos a partir de las diferencias que surgen en la manifestación de sus facultades naturales, en la elección del fin y en la escogencia de los medios para alcanzarlo y asegurarlo. Por ello la felicidad para Hobbes es la puesta en movimiento de la diferencia que ocurre en la manifestación de las facultades naturales y en el uso de los medios para obtener el fin que desarrollan los individuos en sus relaciones sociales.
            Algunos de los elementos que constituyen el éxito –según Hobbes- son el logro de riquezas, una buena reputación, tener nobleza, elocuencia, buena apariencia, entre otros, que no son más que formas o expresiones de poder. Y da “… como primera inclinación natural de toda la humanidad un perpetuo e incansable deseo de conseguir poder tras poder, que sólo cesa con la muerte”[14].
            El capítulo X del Leviatán está dedicado al poder. Allí podemos observar dos conceptos. Uno que se refiere al hombre considerado individualmente y otro “… compuesto de los poderes de la mayoría”. El poder de un hombre lo constituyen los medios que tiene a la mano para obtener un bien futuro que se le presenta como bueno. En otras palabras, el poder de un hombre lo constituye todo lo que está a su alcance al hacer posible la obtención de algo que para él representa un bien verosímil. Este poder puede ser original o instrumental.
“… El poder original es un grado eminente de facultades corporales o mentales, como la fuerza extraordinaria, la apariencia, la prudencia, la HABILIDAD, LA ELOCUENCIA, LA LIBERALIDAD, LA NOBLEZA. Instrumentales son aquellos poderes que, adquiridos mediante estos, o por fortuna, son medios e instrumentos para adquirir otros más: riquezas, reputación, amigos, y ese secreto designio de Dios que los hombres llaman buena suerte”[15].
            El concepto de poder en Hobbes hace referencia a las capacidades y atributos naturales del hombre y como estos atributos constituyen un poder en sí mismo y al mismo tiempo medios de los que se puede valer el hombre para adquirir otros poderes[16]. En otras palabras, el concepto de poder en Hobbes alude al individuo y a las posibilidades materiales que tiene a su alcance para ejecutar algún propósito. Esos medios están conformados, por un lado, por las facultades o poderes naturales corporales o mentales, pero no cualesquiera facultades, sino aquellas que presentan un grado eminente, es decir, aquellas que sobresalen o se distinguen, como sería, entre otras, la habilidad, la elocuencia, la prudencia, la nobleza, para adquirir otros poderes: riqueza, reputación, amigos.
            El segundo concepto de poder es el compuesto por los poderes de la mayoría, unidos, por consentimiento, en una sola persona natural o civil que puede usarlos todos según su propia voluntad, como el poder de una república, o dependiendo de las voluntades de cada individuo en particular como el poder de una facción o de varias facciones aliadas[17].
            Ahora bien, relacionando los conceptos de felicidad y poder se puede decir que coinciden en su contenido, puesto que la felicidad es un continuo éxito tras éxito como el que se produce con el logro de riquezas, reputación, nobleza, que son formas o expresiones de poder; y la acumulación de poder tras poder es la felicidad. Por consiguiente, en Hobbes la felicidad es un perpetuo deseo de conseguir poder tras poder.
            Entendiendo que la felicidad es poder y el poder es la felicidad, es claro que estos conceptos son determinantes en la formación de las relaciones sociales que entablan los hombres y, a su vez, los constituyen como individuos acentuando así las tendencias individualistas, pues cada individuo busca su propia felicidad con la idea de disfrutarla individualmente.
            Se destaca también que la felicidad como poder, no solo consiste en alcanzar el éxito sino en conseguirlo y asegurarlo. Así, cada individuo permanecerá en constante movimiento tras la búsqueda del éxito en este mundo, e inevitablemente estará en la búsqueda de su particular aseguramiento, desarrollándose entre los individuos una interacción social competitiva o una carrera con la idea de conseguir y asegurar la felicidad de cada quien. La dinámica de esas relaciones trae aparejado el hecho cierto de que el individuo sabe que el otro está al igual que él tras la búsqueda y aseguramiento del poder o la felicidad; esta situación se estructura bajo unas condiciones de competencia, desconfianza y de búsqueda de gloria que constituyen el egoísmo, pues cada quien apuesta por lo mismo.
            Concluyo este ensayo con las siguiente palabras de Alfredo Cruz Prados, en lo atinente a la constitución del individuo y del individualismo a partir de la felicidad y el poder:
“… Si el valor de bien deriva únicamente del deseo individual, y todo deseo es deseo de conservación, todo bien será bien para la conservación. Ésta sólo admite una consideración individual, no es una realidad participable, no hay más conservación que la mía; y solo ella determina el bien y el modo de perseguirlo: mi actuar. Para el hombre hobbesiano el bien se constituye como tal fundamentalmente por ser propio: el hecho de beneficiarme a mi es inseparable de la razón del bien. Al ser la voluntad, en su doctrina, apetito sensible, el bien que desea solo puede ser particular, y exige, por tanto, un disfrute individual: todo compartir significa un perder. Y no solo eso; en el estado de naturaleza, todo bien ajeno significa un mal, pues todo bien supone una contribución a la propia seguridad, es decir, un aumento de poder, y todo poder ajeno es un peligro para la seguridad propia… La vida humana reducida a existencia fáctica encierra al hombre en una radical individualidad. No hay ningún principio de comunicabilidad en aquello que agota su realidad en la pura felicidad[18].

Bibliografía
Astorga, Omar. (1999). El pensamiento político moderno: Hobbes, Locke y Kant. Caracas, Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela.
Astorga, Omar. (2000). La institución imaginaria del Leviathan. Hobbes como intérprete de la política moderna. Caracas, UCV-Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico.
Bacon, Francis. (1999). Nueva Atlántida. México, Fondo de Cultura Económica, Decimotercera Reimpresión.
Cruz Prados, Alfredo. (1992). La sociedad como artificio. El pensamiento político de Hobbes. España, Ediciones Universidad de Navarra, S. A., Segunda Edición Revisada.
Descartes, René. (1966). Oeuvres et lettres. Introductgion, chronologie, bibliogrephie, notes par André Bridoux, Biblioteque de la Pléiade.
Descartes, René. (1981). Discurso del método. España, Ediciones Alfaguara S.A.
Dilthey, W. (1978). Hombre y mundo en los siglos XVI y XVII. México, Fondo de Cultura Económica, Segunda Reimpresión.
Goldsmith, M. M. (1988). Thomas Hobbes o la política como ciencia. México, Fondo de Cultura Económica.
Hobbes, Thomas. (1996). Leviatán. Madrid, Alianza Editorial, S.A.
Hyndess, Barry. (1997). Disertaciones sobre el poder. De Hobbes a Foucault. España, Talasa Ediciones S.L.
Locke, John (1994). Ensayo sobre el entendimiento humano. Colombia, Fondo de Cultura Económica, Primera Reimpresión.
Locke, John. (1969). Ensayo sobre el gobierno civil. España, Aguilar Ediciones.




[1] Dilthey, W. (1978). Hombre y mundo en los siglos XVI y XVII. México, Fondo de Cultura Económica, Segunda Reimpresión, pp. 362, 363 y 364.
[2] Bacon, Francis. (1999). Nueva Atlántida. México, Fondo de Cultura Económica, Decimotercera Reimpresión, p. 263.
[3] Ibid, pp. 265 y 266.
[4] Descartes, René. (1981). Discurso del método. España, Ediciones Alfaguara S.A., pp. 44 y 45.
[5] “… Hablé de una beatitud que depende enteramente de nuestro libre arbitrio y que todos los hombres lo pueden adquirir sin ninguna ayuda externa, se puede dar cuenta que hay enfermedades que impiden el poder de la razón y que imposibilitan la alegría de un espíritu razonable, y esto me enseña que lo dicho, de manera general, a todos los hombres, sólo debe ser comprendido para los que hacen el uso libre de su razón y, con esto, conocen el camino que hay que mantener para arribar a esa beatitud” (Egmond, 1 de septiembre de 1645). Descartes, René. (1966). Oeuvres et lettres. Introductgion, chronologie, bibliogrephie, notes par André Bridoux, Biblioteque de la Pléiade, p. 1201.
[6] “… No podemos responder absolutamente de nosotros mismos sólo cuando somos nosotros y no es tan terrible perder la vida que la pérdida del uso de la razón, sin la necesidad de las enseñanzas de la fe, la sola filosofía natural muestra a nuestra alma un estado más feliz, después de la muerte, que la que está presente, y no le hace temer a lo peor, estar atado a un cuerpo que anula enteramente su libertad”. Idem.
[7] Locke, John (1994). Ensayo sobre el entendimiento humano. Colombia, Fondo de Cultura Económica, Primera Reimpresión, p. 107.
[8] Ibid, p. 211.
[9] Astorga, Omar. (1999). El pensamiento político moderno: Hobbes, Locke y Kant. Caracas, Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, p. 286.
[10] Locke, John. (1969). Ensayo sobre el gobierno civil. España, Aguilar Ediciones, p. 23.
[11] Hobbes, Thomas. (1996). Leviatán. Madrid, Alianza Editorial, S.A., p. 86.
[12] Goldsmith, M. M. (1988). Thomas Hobbes o la política como ciencia. México, Fondo de Cultura Económica, pp. 65 y 66.
[13] Astorga, Omar. (2000). La institución imaginaria del Leviathan. Hobbes como intérprete de la política moderna. Caracas, UCV-Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico, p. 136.
[14] Hobbes, Thomas. (1996). Leviatán, ob.cit., p. 87.
[15] Ibid, p. 78.
[16] “… El poder… es una condición de la acción humana… El poder supone una colección heterogénea de atributos y posesiones que no tiene por que tener mucho en común, excepto el hecho de que pueden ser útiles para perseguir diversos propósitos humanos”. Hyndess, Barry. (1997). Disertaciones sobre el poder. De Hobbes a Foucault. España, Talasa ediciones S.L., p. 32.
[17] Hobbes, Thomas. (1985). Leviatan. Ob. Cit., p. 78.
[18] Cruz Prados, Alfredo. (1992). La sociedad como artificio. El pensamiento político de Hobbes. España, Ediciones Universidad de Navarra, S. A., Segunda Edición Revisada, pp. 223 y 224.