lunes, 1 de octubre de 2012


Jean Jacques Rousseau
o la República va de  fiesta
David De los Reyes


En su obra Carta a D’Alembert  (Amsterdam 1758), encontramos las reflexiones de este filósofo respecto a  la condición del teatro y el espectáculo público en  el siglo XVIII.  Escrita para esclarecer lo relacionado al proyecto de un teatro de comedia  en su ciudad natal, Ginebra, es más que todo, una toma de conciencia y una recomendación   para que un Estado pobre, una pequeña ciudad y un pueblo libre asuma una elección frente a los espectáculos públicos. Advirtiendo que en toda ciudad pequeña cualquier innovación  es peligrosa,  el teatro no era, para nuestro moralista, una necesidad vital para la vida ciudadana de Ginebra.  Más que extraer los placeres y los deberes por lo aprendido en los espectáculos teatrales  recomienda  que tales placeres y deberes surjan  de la propia condición de ciudadanos.  Su propuesta  no es de dejar sin espectáculos a la república ¿Es que no hace falta ningún espectáculo en una República? Al contrario, hacen falta muchos.
            Todo espectáculo es visto como una diversión y ya que todo hombre requiere de ellas, serán lícitas por ser necesarias. Pero Rousseau (1712-1778), dicta  que no todo espectáculo puede considerarse necesario. La censura es en este texto, y en este argumento, un ingrediente  esencial  que alimentará a todo el planteamiento respecto a los tipos de espectáculos a dar ante un pequeño pueblo libre, pero establecido  en el marco de un estado pobre. Si hay espectáculos necesarios, también habrán inútiles e indignos para la moral pública.  Toda diversión inútil es un mal por ser la vida algo breve, por quitarnos  la atención y un tiempo  que hubieran podido ser utilizados  en forma más constructiva para nuestras individualidades y sociedad; vida  breve,  por ello insta a que el tiempo sea entendido como el recurso más escaso y precioso que poseemos -¿acaso no es lo único que poseemos?. El espectáculo impone la ilusión de la reunión pública y si ello es así será, paradójicamente,  el lugar donde cada quien se aísla de los otros. En toda diversión, que proporciona todo  espectáculo que depare interés al observador,  conlleva  el que nos olvidemos de nuestra cotidianidad, nuestra rutina, de los amigos, los vecinos, los allegados e interesarse por patrañas, a llorar desventuras de los muertos o a reír a expensas de los vivos.
            Rousseau propone que todo espectáculo debe estar hecho en función del pueblo y  por esa condición es que podemos  suponer sus bondades o su inutilidad para la moralidad pública. Los espectáculos varían de un pueblo a otro, por la diversidad de las costumbres, los temperamentos, los caracteres y valores. El hombre está sujeto a ser moldeado por las religiones, los gobiernos, las leyes, las usanzas, por los prejuicios, por los climas; de ahí que huelga a comprender el sentido moral de lo justo e injusto, correcto o incorrecto, bueno o malo  según  tal época o tal país.  La diversidad de los espectáculos nacerán de la diversidad de las naciones. Cada nación desarrollará un gusto respecto a este o aquel tipo de diversión pública y acorde a  la conformación, estadio de desarrollo y educación del grupo humano que lo conforma. La mentalidad, sensibilidad, actitudes de las personas, determinan la presentación y elección de los espectáculos. Rousseau nos señala que un pueblo intrépido, austero y cruel, quiere fiestas cruentas y peligrosas, en que brillen el valor y la sangre fría. Un pueblo feroz y ardoroso quiere sangre, combates, pasiones atroces.  Un pueblo  voluptuoso quiere música y danzas. Un pueblo galante quiere amor y cortesía. Un pueblo jocoso quiere  chanza y ridículo,  ¿en cuál se apunta Ud.? Si se quiere complacer al público habrá que darles espectáculos que satisfagan sus propias inclinaciones, si bien  serían  mejor aquellos espectáculos que las moderasen.
            El creador complaciente seguirá, intuirá y satisfará los sentimientos del público. La razón no se lleva bien  con lo que pasa en las tablas.  De ahí que sea también  los temperamentos pasionales los que se presenten en los espectáculos. Los hombres sin pasiones no interesarían a nadie. Un estoico en  una tragedia será un personaje insoportable, apático,  frívolo para los fines de toda obra teatral: despertar la identidad de las pasiones -de las emociones diríamos ahora-  entre espectáculo y público.
            La opinión de Rousseau  respecto a la función del teatro será más que cambiar sentimientos y costumbres, lo único que puede hacer es seguir y embellecer las que se han arraigado en el sentido común.  Lo contrario llevaría al rechazo. Cuando Molière reformó el teatro cómico, atacó modas y ridículos; pero no  ofendió con ello el gusto del público. De ahí que la clase de espectáculos está determinada por el placer que provocan, más que por su utilidad; su principal objeto es el de agradar, con tal de que el pueblo se divierta, este objeto queda cumplido.
            Su recomendación del por qué toda república adopte los espectáculos públicos al aire libre en vez de crear un teatro de comedia es determinante. A los pueblos no les basta que tengan pan y ciertas condiciones normales de vida. Requieren  que también se sienta que se vive  agradablemente,  ello con el fin de poder cumplir mejor  sus deberes propios y que se ame cierto orden público para el  bien de todos.  Las buenas costumbres dependen, más de lo que se piensa, de que cada cual se encuentre a gusto dentro de su Estado. Y todo irá mal cuando uno envidia y aspira  el empleo de otro. Por ello se debe amar nuestro propio oficio. El Estado es bueno cuando cada quien ocupa su lugar dentro de la sociedad a la que pertenece, advierte. Rousseau sigue siendo, hasta cierto punto,  un admirador de La República de Platón. El pueblo no sólo debe tener tiempo para ganarse el pan sino también ocio para comérselo con alegría; lo contrario  llevará a separarse de su oficio.  La aversión al trabajo abruma más a los desdichados que  el trabajo mismo.  Por ello al pueblo, para hacerlo activo y laborioso, hay  que darle fiestas, brindarle diversiones que le muevan a amar su condición y le impida envidiar otras menos gratas; fiestas solemnes y periódicas,   en las que se prevenga  cualquier perturbación al orden y buen gusto. Todo este proyecto, con semblante de galantería y recreo,  tendrán una utilidad pública en la medida que  se establezcan sobre una base de importante civismo y buenas costumbres. Para Rousseau las fiestas así dispuestas más que parecerse a un espectáculo público semejarán  a una reunión  de una vasta familia, sentirán que conforman  una fraternidad pública, así, del seno de la alegría y los placeres nacerían la conservación, la concordia y  la propiedad de la República.
            Si de la Carta a D’Alembert  comentamos los argumentos a favor y en contra de la fiesta pública y del teatro, ahora queremos hacerlo  respecto a las observaciones que suscribe Rousseau  sobre la profesión del actor, del comediante.
            Si este ginebrino no tenía  una  opinión  elogiosa del teatro y de la  constitución de una compañía  teatral dentro de los límites de una pequeña república, no es menos crítica la opinión que le merecen los comediantes en general.   La condición del comediante es calificada de  ser individuos licenciosos y de malas costumbres, y por ende, mal ejemplo para  el pueblo. Los comediantes eran partícipes de una profesión deshonrosa, siempre excomulgados, en cualquier lado despreciados; son deudores perpetuos, no saben  ser comedidos con el dinero y son  tan poco moderados  en sus disipaciones como poco escrupulosos en los medios de  proveer  a las mismas. Tales seres trastocarían la  pureza de almas de los ciudadanos pertenecientes a una comarca piadosa; su inocencia se perdería. Todas estas observaciones de moralista  dieciochesco se  le presentan como hechos incontestables. Si bien son asumidos como prejuicios,  surgen como si fueran un producto endógeno a la misma profesión.
            Hurga en la historia para defender este desprecio e intolerancia comedil.  Va a las páginas de Roma escritas por Tito Livio en la época antes  de aparecer los cristianos y ahí  nos constata que los actores, ya desde entonces, eran infames. Se les privó de títulos y derechos ciudadanos y a las actrices se las colocó en el rango natural  de las prostitutas.  Y sin embargo,  encontramos la ambigüedad del poder: eran gentes que se les protegía, pagaba y pensionaba. Lo cual no le parece para nada insólito  pues, a veces, es oportuno que el Estado  fomente y proteja profesiones deshonrosas pero útiles. No menos útiles fueron en el año 390 cuando en Roma  los juegos escénicos fueron introducidos con motivo de distraer a los ciudadanos de  una peste que de este modo, a través de la diversión, se quería conjurar, señala Rousseau al observar la condición política del espectáculo y de la diversión pública.
            También  hay sus excepciones junto a sus aclaraciones.  Estos baldones sólo  serán puestos a un determinado tipo de comediantes, a los histriones y farsantes  que mancillan sus juegos con obscenidades e indecencias. Si bien los llamados histriones  Esopo y Roscio  fueron  dos de los actores más grandes de ese período latino, al decir de Cicerón en su obra Del Orador, (libro II),  lamenta este autor que un hombre tan honesto  ejerza una profesión  tan poco decente.  Y  por el lado de la ley se encontraba el dictamen: Quisquis in scenam prodierit, ait proetor, infamis est, (Quien quiera  que suba a escena, dijo el pretor, es infame). Tal juicio no recaía tanto sobre la representación sino  sobre el estado en que se hacía oficio la misma.  La condición de esclavos también acompañó a los comediantes y como tales  se los trataba cuando el público no estaba contento con ellos.
            La única excepción, dentro de la historia, a esta condición negativa del comediante la encuentra en la civilización griega.  En ella hubo actores que no sólo ejercieron esa profesión sino que ocuparon  ciertas funciones públicas, bien  en el Estado o en embajadas. Los actores, rodeados de tanto fausto impresionante,  compartieron  los honores tributados a los vencedores de los Juegos Olímpicos antiguos; éstos  eran tenidos como  los hombres más ilustres de la nación. Ello se pudo dar debido a que, como opina él mismo,  Grecia  nunca fue ejemplo de buenas costumbres a excepción de Esparta, y los espartanos, que no toleraban el teatro, se cuidaban muy bien  de honrar  a los histriones.
            Critica  fuertemente al talento de los comediantes, que consiste en desfigurarse, asumir otro carácter en lugar del propio, desdoblarse en el personaje representado, vivirlo apasionadamente con sangre fría.  Exhibirse en función del dinero, poniendo su persona en venta; ello representaba en sí mismo lo bajo y servil. El espíritu que el comediante recibe por su condición es  una mezcolanza de bajeza, de falsedad, de orgullo ridículo, de indigno envilecimiento, que le hace apto para toda suerte de personajes, excepto para el más noble de todos, el del hombre que abandona. Los actores no se salvan en nada dentro de toda esta puritana distorsión  moral rousseauniana.  Y sus observaciones nos muestran el temor  prejuicioso del autor: ¿no abusarán  jamás de ese arte para seducir a los jóvenes? Ante tal perversión, sólo les da una  posibilidad: el de ser más virtuosos que los demás hombres, seguro.
            Pero si estos son los planteamientos de Rousseau respecto al teatro no por ello deja de ser revelador una nota al margen  de su  Carta a D’Alembert, donde  encontramos que su gusto personal será totalmente distinto a lo dicho ahí. Sus propias palabras: A veces me resulta divertido  imaginar los juicios que algunos formarán sobre mis gustos a la vista de mis escritos. Fundándose en éste, no dejarán de decir: este hombre está loco por el baile, cuando  me aburre ver bailar; no puede soportar la comedia,  cuando me gusta la comedia con pasión; tiene aversión a las mujeres, cuando estaré más que sobradamente absuelto de semejante cargo; está descontento de los comediantes, cuando tengo infinitos  motivos para estar plenamente satisfecho de ellos y la amistad del único a quien he conocido particularmente  no puede menos que honrar  a un hombre de bien. Y respecto a los autores de  obras teatrales que  ha censurado en su escrito opina para sí todo lo contrario: Racine le encanta, nunca se perdería por nada  una representación de cualquier obra de Molière. De Corneille, que es el menos leído y visto por él, no lo tiene  en la memoria para poderlo citar  profusamente. Sus escritos dirigidos al  gran público no coinciden  respecto a lo que él piensa en  su vida privada.  Rousseau, ser bifronte, se sentía orgulloso  de sus obras por la pureza  de intención que las dictaba, por el desinterés que había en ellos y que siempre escribo contra mi propio interés, opinión a tener muy en cuenta al leerlo. Su máxima: Vitam impendere vero: ¡Consagrar la vida a la verdad!, cita de Juvenal, fue el lema elegido para la justificación del propósito de sus escritos. Yo bien puedo engañarme, lector, mas no engañarte a ti deliberadamente; teme mis errores y no mi mala fe, nos dice. Su amor por el bien público es lo que  lo induce a dirigirse de esa forma a ese mismo público. Republicano comunitarista de palabra pero individualista liberal de corazón.
            Y su juicio aprobatorio,  en torno a las fiestas públicas, también nos es  revelado. En un recuerdo de su infancia nos manifiesta  que de niño lo conmovió el haber asistido a un espectáculo bastante simple: un día de fiesta de baile público en Saint-Gervais. Su padre, a quien acompañaba, le dijo: Juan Jacobo, ama a tu país. Mira a estos buenos ciudadanos; todos  son amigos, todos son hermanos; la alegría y la concordia reinan entre ellos. Rousseau rememoraba ese día como uno de los más felices de su infancia, un momento sin igual en su vida. Las fiestas públicas son el espectáculo para una ciudad que aspira albergar a gentes sencillas, ciudadanos honestos, hombres de trabajo y un orden público justo para todos.  Lugar a donde la república va vestida de fiesta.