lunes, 1 de junio de 2009

Tensión entre Virtud y Felicidad a la luz de la Fidelidad
(Del planteamiento estoico a una visión contemporánea)

Diohayvi Paola Hernández

* Estudiante del Seminario Genealogía de la Sexualidad 2009-I
Facultad de Humanidades y Educación UCV

[1]“La fidelidad no es nunca inmovilismo, como el mar no es inmóvil, sino creativo, en su radical permanencia”

José Morales



Maggie Taylor. Serie: Alicia.


La felicidad, la virtud, la fidelidad, el amor; ¿Cómo se entienden estas palabras si no es en su práctica? ¿Cómo abordar estos temas, que se encuentran en el interior del pensamiento mismo, pero más que nada en el contexto de la propia vida y en cuyo estudio es necesario referirse a quienes desde el comienzo lo tomaron como su preocupación principal en el empeño por explicar y describir las conductas humanas?.Si bien estas nociones parecen inscribirse cada cual en el contexto de la época en la que se desarrolla, con el pasar de los años el objetivo de esta búsqueda sigue involucrando y homologando a la felicidad :(alegría y placer, o lo que es lo mismo, ausencia de tristeza y dolor). En este caso no se tratará de un análisis etimológico de términos, si no por el contrario, se pretende mostrar que no son simples conceptos, si no más bien que hacen referencia directa al campo de la acción. Se tomarán las posturas estoicas de un lado, para luego hondar en visiones más contemporáneas acerca de estas implicaciones, haciendo referencia a los autores André Comte y Gilles Lipovetsky.

En principio el objetivo principal es plantear la tensión existente entre la noción de Fidelidad en el marco de lo que significa la búsqueda de una vida virtuosa. Sin embargo, se percata fácilmente la necesidad de plantear los problemas referidos al alcance de la felicidad, que a fin de cuentas es la finalidad a la que tienden todos los seres racio-pasionales, para darle sentido a su vida. Reestablecer el problema que ha sido motivo de investigación desde los filósofos griegos hasta nuestros días, pues como ya decían los estoicos, “es necesario retroceder, para luego avanzar un poco”. Si bien la filosofía es una búsqueda de la verdad, de la sabiduría, no solo lo es en tanto una “ciencia”, sino mas bien como un “arte”, el arte de ser feliz y el arte de vivir, después de todo, [2]“si la filosofía no nos ayuda a ser felices, o a ser menos desgraciados ¿para qué la filosofía?”

El hombre, pasa su vida siendo un reactor de las actitudes de quienes le rodean. Pues un hombre aislado no es un ser completo y en este sentido esta expuesto a valoraciones, juicios, decisiones, que se enmarcan no solo en la conciencia de un Yo, si no un Yo en el mundo. Encontrando momentos de angustia y desesperación donde con solo la ayuda de su razón y su solipsismo, eventualmente se encontrará perdido en si mismo. Cuando los conflictos ya no dependen de él (o al menos eso cree) si no que involucran a otros agentes, es cuando el actuar se torna confuso.

Se pretende ser feliz, pero con alguien a su lado, no quiere retenerlo, pero exige de él cierto compromiso; idealistamente sueña que la unión durará para siempre, pero realistamente es conciente que esto es solo una mínima probabilidad de muchas otras; cree basar su relación en la confianza, pero a la vuelta de algún agente externo, la incertidumbre es el plato fuerte del día; se procura una vida virtuosa y se termina rodeando de vicios y placeres efímeros. Al estilo de una versión moderna de pantomima heracliteana (tomando como máxima de vida el cambio, en todo sentido), donde todo fluye y nada permanece, ni sus ideales, ni sus compromisos, ni su moral, y su razón arrastrada y girando junto a su pasión, solo navegando en el cosmos que le ha tocado vivir. Ante esta realidad, que deja de ser una comedia para ser una tragicomedia, la noción de pareja, que supone a su vez la de compromiso efectivo y afectivo comienza a resquebrajarse.

En este punto valientemente podría tomar una posición estoica, “ser invulnerable pero no porque no reciba golpes, si no mientras no recibe heridas”, sin embargo pronto se percata que esta postura engloba más de lo que solo nos intentan enseñar Séneca, Epícteto o Marco Eurelio. Nos encontramos ante conceptos como la fidelidad y parece un poco ambiguo intentar dar con discursos filosóficos últimos y todo se reduce a simplemente Ser. Ante la necesidad pues de encontrar la felicidad, de saber si se ama, de acariciar algún tipo de veracidad, los otros sujetos se encuentran de cara a otros tantos que les recuerdan en voz baja, que al parecer, una vez más, esto u aquello, no depende de nosotros.

En este punto cabe hacer la distinción entre lo que significa tener esperanza y lo que implica la voluntad. Es en el marco de esta discusión donde se intentan esbozar ciertas ideas, de lo que refiere al concepto de fidelidad y cómo se desarrolla en el contexto de la aprehensión del fin de nuestra existencia: lograr la felicidad; esta la línea de investigación que persigue el presente trabajo.


Intentando emplear un Manual Estoico

“Es menester compartir las pasiones, aun las moderadas”
Séneca



El estoicismo es una escuela de la antigüedad fundada por Zenón. Prolongada por los discípulos de Sócrates y de los Cínicos. Sus principales representantes fueron Epícteto, Séneca y Marco Eurelio. Ellos sostenían un materialismo voluntario o voluntarista, donde solo se conoce la existencia de los cuerpos y le daban un papel preponderante a la voluntad. Donde solo la voluntad vale absolutamente y es en ella y no en el placer (como sostenían los Epicúreos), donde realmente se alcanzaba la felicidad. Se trataba de pasar del pensamiento a la acción y de la contemplación a la actividad.

Rescatando un mensaje de Epícteto: [3]“cuando mas arrobados estamos mirando lo que nos rodea, el nombre de nuestro amo nos vuelve a la realidad y nos aterra ¿quién es este amo a quien tanto le tememos? No un hombre, ciertamente, porque un amo no puede ser amo de otro; es la muerte, la vida, el placer, el dolor, la miseria, la riqueza…Que venga Cesar contra mi solo, sin séquito, y le guardaré impávido, a pie firme, pero si viene con sus satélites, si llega imponente, deslumbrador, terrible y me sobrecoge el miedo ante su asombrosa presencia, entonces no queda de mi si no un esclavo fugitivo que se ha topado con su amo. En cambio, si no me inspira temor alguno, libre soy y sin mas dueño que mi mismo.”

A través del siguiente pasaje que nos muestra Epícteto en una de sus máximas, es posible extraer varias ideas. Cuanto más se encuentra el individuo en el mundo, como en una realidad de la cual se sabe y se siente que forma parte, más perdido, más solo, más propenso a actuar, no puede solo estarce a la espera de que alguien más le dicte el camino que ha de tomar; cuando su razón ya no es la guía que lo arroja de un camino a otro, necesita algo mas, que no viene dado por solo un agente igual a él, porque no es solo un hombre de carne y hueso al que le teme ni quien finalmente le obligará a dirigirse de tal o cual manera, este es solo un satélite más, sin embargo es consigo mismo con quien se encuentra, con sus pasiones, que son en definitiva quienes lo harán percatarse de que todo cuanto esta alrededor no parece tan de suyo. En el fondo lo que nos intenta mostrar el estoico es que precisamente está en cada uno de nosotros el temor, pero también la voluntad. Como bien nos dice: “no es quien te injuria, ni quien te pega, quienes te maltratan, si no la opinión que de ellos tienes, que te hace mirarlos como enemigos”. Estas opiniones no están en otro individuo, si no nuestro ser mismo, el que a través de su propia imaginación construye sus propios Cesar y sus propios monstruos, esos que en definitiva lo alejan de lo que depende de sí, y en esta medida de lo que puede soportar y de aquello que en última instancia le ocasiona el sufrimiento y lo aleja de su “apatía”, imposibilitando rozar la anhelada felicidad.

Son pues, las opiniones aprehendidas y la imaginación mal dirigidas quienes terminan siendo su amo, lo que le impulsará a ir de su pensamiento a la acción. Pero vale recordar que es la voluntad quien rescatará al sujeto de este esclavitud autárquica, en su voluntad es donde reside la capacidad para retomar el camino de vuelta a la verdad y a su ser. Dirigiéndose en la vida con precaución y confianza, y ambas unidas tomando la primera para aquellas cosas que dependen de nosotros y manteniendo la confianza para las que no.

De esta forma el estoico nos enseña a encausar los deseos, a colocar en un cuadro de vida por así decir, lo que depende y no depende de cada quien, a liberarnos de las opiniones y emprender mas bien el camino de la verdad. Entre las cosas que dependen de nosotros incluyen (opiniones, inclinaciones, deseos y aversiones), entre las que no dependen de la propia acción (cuerpo, bienes, reputación y honra). En un pensamiento contemporáneo se podría sostener que esto no es aplicable, ¿cómo se llega a ser un gran empresario si no es a través de su propia preparación?, y así con muchos otros ejemplos, parece contrario a todo aquello que se enseña desde etapas tempranas de la educación actual, “ser doctor depende de tu esfuerzo y dedicación”; y sí, es aceptable en un sentido, pero no es precisamente éste el propósito que persiguen las máximas estoicas. Pues no depende de nosotros en principio, nacer en la familia que nos toque, tener los bienes y las posibilidades en las cuales estamos, y cuando el deseo y la esperanza están mas allá de todo presente y realidad existente de la forma materialista estoica, el deseo se ve frustrado y la esperanza es causa y efecto de si misma, resultando solo en frustración e individuos insatisfechos. Si, por el contrario, se toma lo que se tiene y se alegra el alma, deseando las cosas como suceden, se prosperará siempre. Parece muy sencillo aunque un tanto ilusorio, pero hay que recordar que a este argumento subyace la noción de voluntad. Si bien este cuerpo y estos honores no dependen de ti, la voluntad de hacer, si. Es en esta medida como se es médico, general, filósofo, sabiendo desear y tomando las cosas como existentes y no como objetos de la imaginación.

El objetivo no se vislumbra fácilmente, “¿Se llega a las alturas por el llano?”, y pretender colocar todas las jugadas de la vida en este tablero se torna aparentemente imposible, sin embargo es una herramienta, cuando una vez colocados se observan los resultados y el manual estoico ya no se presenta como un tratado de metafísica o una libreta de autoayuda en términos de hoy. En todo caso no se pierde nada, si se busca en si mismo la manera de actuar, sin embargo cuando se intenta movilizar piezas externas es mucho lo que puede decepcionar.

Otros argumentos al respecto mencionan, “la posesión de todo lo que llega de afuera es inestable y escurridizo”, [4]“Los ricos perdieron su patrimonio; los libidinosos sus amores, los ambiciosos la curia, el foro y los lugares destinados al ejercicio público de sus vicios; los prestamistas, perdieron documentos con que la avaricia con falsa alegría, imaginaba riquezas, yo, en cambio, tengo todo incólume e intacto”. Si bien no parece agraviante rechazar un premio, o contentarse con la adquisición de un bien material, estos solo confieren alegrías momentáneas, se van de las manos como polvo y con su partida solo dejan desdicha, pues con la presencia se satisface el deseo momentáneamente en la medida que está dando paso a uno nuevo, creando el inconformismo del que tantos son presa, se va de la satisfacción de algo, al deseo de algo más y con este proceder nunca se estará completamente satisfecho, solo genera carencia en la medida que no puede obtener todo lo que su imaginación, opinión y finalmente esperanza le presentan como un objeto valioso. Lo que se muestra es que en definitiva lo que se posee es a si mismo, no en tanto egoísmo, si no en tanto que objeto de voluntad, por ello el materialismo voluntario, lo que se quiere y se tiene es lo real, pero a partir de la dirección de su voluntad, que es quien le acompaña por siempre y no se escurre en el tiempo ni en los cambios que no dependen de él. Puede obtener un auto nuevo y con un desastre natural por ejemplo, perderlo, y así con todo cuanto se piensa “esto es mío”, ¡claro!, un documento alegra el día cuando da poder , más poder, más honorable, más respetado, mayor capacidad de ostentación sobre otros, pero que tal si de un día para otro, como ocurre con tantas cosas en este mundo cambiante, le quitasen todo cuanto “cree tener” de esta manera, y queda solo con su vestimenta; se encontrará en un mundo que le es extraño vivir y su vida cambia de sentido, es posible que ante un individuo como éste, que no ha cultivado su virtud, no encuentre fácilmente el camino de vuelta a casa.

El único verdadero bien, dirán los estoicos, es la virtud[5]“Quien es prudente es también temperante, quien es temperante es asimismo constante; quien es constante es también imperturbable, quien es imperturbable esta exento de tristeza; quien esta exento de tristeza es feliz; y la prudencia basta para hacer la vida venturosa”. Colocando como principal virtud en este caso a la prudencia pero en muchos otros a la honestidad, ambas buscando la “apatía”, que conduce al sabio a la felicidad. En la medida que se es prudente, puede escoger bien sus deseos y tener las riendas de sus pasiones, igualmente será constante, pues mantendrá un estado sereno, no se disgustará ni alegrará en demasía. “Yo temo que las costumbre, que da estabilidad a las cosas, afiance en mi este defecto: el trato prolongado con el bien como con el mal, se convierte en apego”.

Pero la felicidad parece lo bastante pesada como para ser sostenida solo por la virtud, que también se perfila muy lejana, nos vemos tentados a una propuesta que se puede saborear mas de cerca, la de Epicuro: “Se es feliz con la virtud, mas que ella no basta para hacer la vida venturosa, porque lo que hace feliz es el placer del alma, que proviene, ciertamente de la virtud, pero que no es la virtud misma. La virtud no existe nunca sin el placer”. Parece más sencillo acogerse a esta tesis en los tiempos de hoy, pues la noción de virtud se aproxima, pero como algo en desuso, sin embargo el placer epicureo, penetra los sentidos rápidamente y convence que ciertamente el sujeto es un esclavo, sí, de sus pasiones, y de alguna forma esto no podría ser tan malo.

Pero retomando el argumento estoico, mientras las pasiones como bien dicen, dependen de nosotros y ellas también acercan al placer, sería un asunto de justamente revisar en ellas, pero intentando pasarlas a través del tamiz de la razón, para actuar de tal forma, que la virtud no se encuentre comprometida ante el placer. ¿Es posible sostener ambas nociones sin que una opaque a la otra?, así parece. Pues se hace evidente que no se pueden solo extirpar los placeres humanos, pues en la búsqueda de la felicidad es necesario, (y que alegría que así sea), atravesar muchos senderos placenteros, ¿acaso la tranquilidad, la “apatía”, no es también un placer?, sentirse sereno, libre de sufrimiento y al mismo tiempo virtuoso, pues quien alcanza tranquilidad, es precisamente el que ha sido y es honesto, constante, prudente, de otra manera sería imposible contagiar de paz el alma. Así pues, el estoico nos invita a ser virtuosos, escogiendo bien nuestros deseos y alejándonos de lo incierto, aceptar lo que proviene de lo real. Es una postura donde el papel del sujeto se presenta como individuo que tiene la realidad en sus manos, en su cuerpo todo, en su presente, en su Ser. Lo imaginario, lo opinado, los bienes externos, poco o nada importan cuando de alcanzar la felicidad y la virtud se trata. “No existe felicidad, sin verdad y juicio correcto”.


La felicidad y el amor, esperan desesperan
“Toda nuestra felicidad y toda nuestra miseria dependen de una sola cosa: del objeto al que amamos”
Spinoza



Comte Sponville, en “la felicidad desesperadamente” hace un recorrido desde la antigua filosofía griega, hasta su visión contemporánea, sobre el tema de la felicidad, mostrando como la idea platónica y socrática, hoy día enseñan otro rostro. Ellos sostenían que el amor es deseo, pero en esta medida también es carencia, pues se desea lo que no se tiene, y en tanto que no se obtiene solo trae consigo frustración.

Los griegos utilizaron tres palabras diferentes, para designar amores diferentes: eros, philia y ágapeEros, el amor según Platón: “lo que no tenemos, lo que no somos, lo que nos falta, he aquí los objetos del deseo y el amor”. Según Comte, es el más fácil, el más violento y es el secreto de la religión (Dios es lo que falta absolutamente). En cuanto a las parejas, se necesita amar lo que no se tiene, o tener lo que ya no se ama y aburrirse, lo que trae solo el aburrimiento y el sufrimiento de las parejas y en este sentido no habría amor (Eros) dichoso.

Philia, es el amor según Aristóteles (Amar es alegrarse y querer el bien de aquel que se ama), y el secreto de la felicidad. No es un amor necesariamente carente, si no por el contrario, se ama lo que se tiene y lo que se quiere y con ello hay gozo y alegría. Es un amor de la acción y que se comparte. Hay placer en el coito y finalmente, no hay amor, como (philia), que sea desdichado.

Ágape, neologismo formado a partir del griego (agapan: amar), traducido generalmente por caridad, se trata de amor al prójimo. Amor hacia aquel que no nos falta ni nos hace el bien, pero que esta ahí, un amor liberado de egoísmo y es la que mas se menciona con respecto al amor a Dios.

Comte menciona, que estos amores son todos momentos de un mismo proceso, de vivir, y que no debe excluirse uno de otro. Eros esta primero, siempre; Ágape es el fin y Philia es el camino o el gozo como camino. Pero, ¿y la felicidad, en que parte del camino se ha extraviado?, en todo caso, parece oportuno mantener el deseo como premisa, como menciona Kant “en cualquiera, ser feliz es tener lo que se desea, pero que la felicidad, es un ideal, no de la razón si no de la imaginación”. De esta forma se puede ser feliz obteniendo al menos una buena parte de aquello que se desea, pero no brinda optimismo veraz este argumento. Sigue quedando carencia. Pero de otro lado, si el deseo es satisfecho, ya no hay carencia ni sufrimiento, pero tampoco se obtiene la felicidad si ya cesó el deseo. Entonces, ¿qué queda en todo esto?, aburrimiento y la aparición de un nuevo deseo. Es el mundo actual y el mundo de la vanidad. Concatenando la idea con la tesis del momento presente y llevándola al ámbito de la acción, Sponville propone un nuevo camino y realiza una revisión del concepto de esperanza. Ante la interrogante: ¿Cómo evitar este ciclo de la frustración y el aburrimiento, de la esperanza y la decepción?, surgen varias posibles estrategias:

-Fingir: el olvido, la diversión. Fingir que se es feliz, que no esta aburrido y que no morirá jamás. Estrategia por demás no filosófica, en tanto que se basa en la mentira, y la filosofía se trata por el contrario de una búsqueda de la verdad.

-“la huida hacia adelante”: ir de esperanza en esperanza, como los apostadores, cuando se percatan de que han perdido, solo mantienen la esperanza de que en la próxima oportunidad, podrían ganar. Esta posición es antifilosófica, de igual forma, se basa en un futuro incierto y nada más lejos de la postura estoica, puesto que ven como existentes, procesos azarosos, que evidentemente contradicen la máxima del conocimiento de las cosas que dependen y no dependen del individuo.

-El Salto: estrategia que prolonga la anterior, pero ahora se trata ir tras una esperanza absoluta, esto es, asunto religioso, que no se considera susceptible de ser defraudada. Esperar la felicidad después de la muerte. Pero esta postura se sostiene en la fe, estar dispuesto a jugar la propia existencia bajo la gran esperanza, de esta forma se estaría alejando en demasía de lo mas verosímil, verdadero, lo mas existente, lo mas real.

Ante estas opciones que aun no presentan una salida, que sostenga de un lado los fines, por así decir, filosóficos, la búsqueda de la felicidad, pero acompañada de sabiduría y con ello, de veracidad; el autor se plantea un nuevo camino al que denomina la “felicidad desesperada”. Donde por un lado menciona que Platón se equivoca, al pretender que todos nuestros deseos se enmarcan en aquello que carecemos, pues en muchos casos deseamos lo que queremos y de hecho lo obtenemos, tal es el caso, de desear a la persona que se ama y de poseerla, “¡que bueno es hacer el amor cuando apetece, con la persona que apetece, y tanto mas cuanto que no falta, que esta aquí, al contrario, que se da, maravillosamente ofrecida, maravillosamente disponible”.

Sostiene que él y otros autores confunden el deseo con la esperanza. Y luego desear lo que se hace en el aquí y el ahora, hacer lo que se desea, esto es la voluntad. Es ella la que vale, una vez mas al estilo estoico, es la voluntad o el deseo voluntario y voluntarioso lo que nos debe impulsar y no las esperanzas imaginarias.

La esperanza se define como: “un deseo que ignora si es o si será satisfecho. Desear sin gozar. Desear sin saber”. Los estoicos nos dirán: “una esperanza es un deseo cuya satisfacción no depende de nosotros; a diferencia de la voluntad, la cual al contrario, es un deseo cuya satisfacción si depende de nosotros”. Y la lección que recoge ambas visiones es la siguiente: “queremos siempre lo que hacemos y hacemos siempre lo que queremos, no siempre lo que deseamos o lo que esperamos”.

Habiendo encontrado en este punto la confluencia de las nociones de voluntad, deseo, amor y felicidad en ambas visiones tanto estoicas, como la de Comte, nos permite avanzar un paso más para introducir la noción de fidelidad en el marco de esta discusión.


La fidelidad: ¿Un valor imposible?

“Como brilla el oro ante los ojos del cuerpo, así brilla la fidelidad ante los ojos del corazón”
San Agustín, Sermon 9, 16.


Se define como constancia, lealtad, gratitud, estando abocadas hacia el futuro como hacia el pasado. Comte menciona, que es una virtud de la memoria, pero también del compromiso, “es el recuerdo agradecido de lo que ha sucedido, acompañado por la voluntad de conservarlo, de protegerlo, de hacerlo durar, tanto como sea posible, en una palabra, de resistir al olvido, a la frivolidad e incluso al cansancio”. Este concepto se lleva a la práctica en materia amorosa cuando se trata de prometer exclusividad sexual, cuando ya forma parte de esto que subyace “amor”. Es un término que no debe confundirse ni con exclusividad ni con fe, la fe se funda en una ilusión o es una creencia, en tanto que la fidelidad ha de basarse en algo real, que viene dado por la propia relación que ha sido establecida por personas, existentes y enamoradas en acto.La fidelidad, menciona Comte, segun las palabras de Alain: “es la principal virtud del espíritu. Porque no hay espíritu sin memoria, y la memoria, sin embargo, no es suficiente: todavía es necesario proponerse no olvidar, no traicionar, no abandonar, no renunciar, y eso es la felicidad misma”.

Lipovetsky sostiene que la fidelidad se ha convertido en la virtud numero uno. Que hoy día hay lo que ha llamado, un elogio a la fidelidad, pero no por ella en sí, si no por el tiempo que dure, “la fidelidad posmoralista conjuga la vaga esperanza del siempre, con la conciencia lúcida de lo provisional”. El conflicto radica en el sentido que ha tomado hoy la fidelidad, no como una virtud sino como un correlato del amor, no se presenta como una exigencia virtuosa sino como una aspiración individualista de un amor sin mentiras.

Se intenta conjugar ambas visiones, pues esto plantea una paradoja en el interior del término y la actividad misma que supone ser fiel. De un lado se apuesta por el cambio, que nos viene además inyectado a través del consumo y la comunicación de masas, se crean nuevos términos y se vive en el mundo donde todo vale y se aparenta ser completamente libre, esta libertad intenta tomar el papel del “Eros”; por otro lado también se apuesta a la familia, a la vida en pareja y a crear una cierta intimidad al abrigo de esta misma contaminación. Cuando ya se ha estado, por así decir, de un lado de la isla; lo único que se quiere es cruzar al otro, el problema está, que cuando efectivamente lo hace y , aun vislumbra ruidos de lejos que podrían ser atractivos e impulsarlo a regresar.

Es en este punto de inflexión, donde la capacidad de ser feliz, el ansia de llevar una vida virtuosa y de otro lado mantener algún tipo de actitud estoica ante la vida, se vuelve la cara a esta aparente simple palabra, fidelidad. Que se presenta en las familias, el trabajo, los estudios, la religión y más que nada en la relación de parejas. La fidelidad supone ciertos valores, pero hoy día se ha vuelto tan subjetivo, que casi se puede hablar de un manual con diversos planes para ser fiel y cada cual tiene total libertad en escoger aquel que le parece más atractivo. En este sentido solo se observa como se aleja cada vez más de lo que es la sabiduría, la felicidad, en la medida que se desengancha de la noción de verdad, no es posible creer en varias verdades, el amor es esta verdad, aquí y ahora, es verdaderamente enamorarse.

El significado es aparentemente conocido y manejado por todos, en siglos pasados esta noción se mantenía en la medida que las normas jurídicas y las prácticas religiosas así lo imponían, pero en la actualidad el resultado es un tanto diferente. Ante la excesiva libertad para amar y ser amado, los nuevos caminos y la bandera activa del cambio; presentan ante los individuos una gama de opciones donde una vez visualizado el objetivo, la prima es “amarse libremente”, ya no con acuerdos solo de tipo jurídico, si no que la misma norma se establece al interior de la relación, donde la demanda de atención y cariños constantes la hacen un producto de la propia unión y no un compromiso adquirido desde fuera.

Desde el marco de la ley, como recuerda Cicerón: “el fundamento de la justicia es la fidelidad, es decir, la constancia y la verdad en lo dicho y en lo pactado”, también la religión hace sus pronunciaciones al respecto, por ejemplo, “Dad lo mismo que exigís”, predicaba San Agustín. [6]“Fidelidad al hombre. La fe nos enseña que el hombre es imagen y semejanza de Dios, lo cual significa que esta dotado de una inmensa dignidad. A este hombre, hijo de Dios, hemos de acogerlo, amarlo y ayudarlo”.

Así pues, se percata rápidamente, que entre las virtudes humanas, la fidelidad o lealtad, es entre todas la mas significativa, en tanto no solo involucra y crea un nexo entre nuestro verdadero ser y el de quienes nos rodean, pues establece un puente de honestidad y verdad entre el Yo y el mundo, además de constituir la realización del hombre en sí, es el propio camino, por así decir, que no admite titubeos, se es fiel o no se es.


Una mirada final

El objetivo es el mismo a través del recorrido que se ha realizado, alcanzar la felicidad, la “apatía”. Constituyéndose en una tarea en lo absoluto sencilla, aun más cuando no se cuenta con herramientas filosóficas, por así decir, en la medida de cultivar la razón, para en esta misma medida saber conducir las pasiones por el mejor rumbo y no dejar que ellas hagan de nuestro cuerpo su instrumento. Rescatar la visión estoica, en cuanto lo que depende y no depende de nosotros, se hace llamativo y hasta una posible solución ante muchas vicisitudes existenciales.

En este marco de la construcción de una vida virtuosa y feliz, nos encontramos pues con lo que puede significar la fidelidad. Pues se puede ser fiel a si mismo en la medida que empleamos el ya señalado manual estoico, prepara tu acción luego de haber razonado si eso depende de ti y luego actúa realmente. Pero cuando nos encontramos con el resto, se infringe un daño o simplemente, se piensa que se ha alcanzado alguna forma de felicidad, en tanto se siente alegre, rápidamente surge la necesidad y mágicamente la esperanza también se hace presente, ante la pretensión de que este amor y esta compañía duren para siempre. La vida se llena de alegría y placer, cuando al fin se tiene lo que se desea, es posible decirle al ser amado “me alegra que existas”, “te amo”, y de pronto nos sabemos enamorados en acto, nuestro Hegemonicon ha sido afectado y ha recibido el impacto de algo que le modifica, se esta enamorando, pero no ayer ni mañana, si no ahora: “Solo el presente existe”, decía Crisipo.

Comte brinda como solución y agregado al plan estoico, la estrategia de desesperar, dejar de esperar todo o lo que es lo mismo, no esperar nada, solo aceptar, esta tesis parece una rama más del plan. De esta forma se siente más cerca la posibilidad de atajar la felicidad. En la medida que no produzca angustia aquello que como no se ha esperado, no causará decepción. Así, es válido decirle al estoico, que podría incorporar el placer a la virtud, ellos lo tenían entre las pasiones, pues la consideraban como una debilidad y no como una fuerza. Pero a través de la visión contemporánea, es posible tomar el placer, como una pasión que es parte de nosotros también y que es precisamente la que impulsa a actuar, lo que enriquece y da valor a la voluntad. “El placer, el conocimiento y la acción, no necesitan para nada a la esperanza, y pueden, con su realidad, llegar a excluirla”.

Así pues, saber desear, escoger bien nuestros deseos, tomando como premisa lo que depende o no de nosotros. Viendo al otro, como eso: otro, no como un objeto del cual podemos ser su dueño, pues terminamos siendo el esclavo. Mientras se desee y se ame, sin ansias de apoderarse de ello, en sentido utilitarista, se estará más cerca de la felicidad, pues como también nos enseñan estos filósofos, lo real, es lo que existe, lo que es, dejando de esperar lo que no es y amando lo que es, nos libraremos de temor y el alma se estará alegrando.

Cuando se ama realmente, no hay espacio para la costumbre y el aburrimiento. La beatitud, como dice Spinoza, “es ese amor inesperado y verdadero, por lo tanto eterno: la verdad siempre lo es de lo real que conozco. Es el amor verdadero de lo verdadero”. Retomando la postura de Comte, parece oportuno concluir con la formula que recoge todas las concepciones: “lo contrario de esperar es conocer, actuar, amar. Esta es la única felicidad no fallida”. Las tres palabras que constituirían la receta en este movimiento y equilibrio de la llamada felicidad, parecen radicar en: aceptar, actuar y amar. De esta manera, deseando solo lo real, despejando los fantasmas que nuestra imaginación construye, acercándonos a la verdad, lo real, por definición, no faltará nunca, nunca escasea, es una alegría, en la medida que no carece de nada, no inspira miedo, inseguridad, al contrario, proporciona tranquilidad, así se esta cerca de la verdadera felicidad o esto que llamamos amor.


Notas:

[1] José Morales, Fidelidad, Ediciones Rial, 2004.
[2] A.C. Sponville, La fidelidad desesperadamente, Paidos, Barcelona, 2001, pag 14.
[3] Epícteto, Máximas de Epícteto, Losada, Buenos Aires 2007.
[4] Séneca, la constancia del sabio, la tranquilidad del alma, el ocio, Editorial Norma, Colombia, 1996.
[5] Séneca, Cartas morales II, Orbis, Barcelona, 1984.
[6] Juan Pablo II, Homilía en Mérida (Venezuela), 28-1-1985. Documentos internos de Opus Dei.




Bibliografia:

- Séneca, Séneca y sus Cartas Morales II, Ediciones Orbis, España 1984.
-Cicerón, Marco Tulio, Lelio. Sobre la Amistad, Equinoccio, Editorial de la Universidad Simón Bolívar, Costa Rica, 1982.
-Comte-Sponville Andre, Invitación a la filosofía, Editorial Paidos, España 2002.
-Comte-Sponville Andre, La felicidad Desesperadamente, Editorial Paidos, España 2000.
-Documentos internos de Opus Dei.
-Epíteto, Máximas de Epíteto, Ediciones Losada, Buenos Aires, 2007.
-Lipovetsky, Gilles, El Crepúsculo del deber, Editorial Anagrama, Barcelona, 1994.
-Morales, José, Fidelidad, Ediciones Rialp, 2004.
-Séneca, De la Cólera, Editorial Alianza, Madrid, 2004.
-Séneca, Séneca y sus Cartas Morales I, Ediciones Orbis, España 1984.



Advertencia: Este artículo es de dominio público. Agradecemos que sea citado con nuestra dirección electrónica: http://www.filosofiaclinicaucv.blogspot.com/
Genealogía de las pulsiones

Jenniree Barbera


* Estudiante del seminario Genealogía de la Sexualidad 2009-I
Facultad de Humanidades y Educación UCV 




Maggie Taylor. Serie: Alicia.


El término genealogía fue acuñado por primera vez por Nietzsche, para criticar aquella forma de historia que acomoda el pasado según los prejuicios del presente. Genealógicamente toda institución tiene su historia y esta es cosecha de sus interpretaciones, es decir, surge para romper con ese determinismo empírico trayendo de la mano el estudio del hombre en sí mismo. Estudio en el que todo es válido, en el que todo es posible y en el que son valederos los instintos más ocultos de hombre.

La genealogía es contraria a la búsqueda del origen de los fenómenos. Su fin último es “ocuparse de las meticulosidades y de los azares de los comienzos; prestar una escrupulosa atención a su derrisoria malevolencia (…) quitar las mascaras, con el rostro del otro; no tener pudor para ir a buscarlas ahí donde están revolviendo los bajos fondos” (Foucault, 1999).

Entonces, la genealogía aspira contar los cambios ocultos de la humanidad, sus tormentos, sus curiosidades, ociosidades y sus secretos más íntimos, siempre desde un punto de vista deslastrado de cualquier juicio de valor. Observa al hombre en lo más profundo de su ser. En la transparencia de su instinto. El enfoque genealógico no es estático, es crítico, interesado y subversivo. Está en constante innovación como la necesidad innata de los seres humanos de aflorar sus pulsiones.

Los individuos nos encontramos en una quimera revuelta de sentimientos ocultos. Las sensaciones orgánicas indisolubles de las personas son una carga difícil de asimilar. La necesidad incansable de experimentación hacen que los individuos seamos esclavos de nuestras pulsiones que son la fuente, empuje, objeto y fin de nuestros secretos. Entendiéndose pulsión no como instinto humano sino como un sentimiento en constante efervescencia, con el fin último, de satisfacer los placeres ocultos del humano, esto según la teoría psicoanalítica de Sigmung Freud.

Dentro de esas pulsiones la curiosidad sexual ha sido un tema recurrente en el inconsciente humano. “Las pulsiones eróticas” del hombre se cuestionan como antinatura. Sin embrago, lo erótico es parte de nuestra corporalidad, la experiencia ancestral de nuestro cuerpo denota que siempre hemos tenido esa necesidad intrínseca de innovación. Según Michel Foucault, “la curiosidad es un vicio que ha sido estigmatizado una y otra vez” (1999, p.222).

La representación más evidente de la curiosidad humana se experimenta con sólo hacer click, en cualquier página pornográfica libre en Internet. La complacencia de las pulsiones sexuales del hombre por medio de la web, se manifiestan como una especie de “reality show” (Verdú, p.100) en el que todos somos participes de las curiosidades y necesidades de innovación humana.

La pasión de ver o saberlo todo ha hallado importante significación en la divulgación de las Webcams. Sus propietarios se instalan en sus salones, cocinas y cuartos de baño para trasmitir a los demás el aspecto de su intimidad. Unos muestran sus juegos con los nietos, otros sus copulaciones, otros simplemente los bostezos (Verdú).

Esta obsesión pulsante del individuo de aflorar todo lo que arremete en sus pulsiones hace que “nuestro mundo se ha desnudado, y de tantos modos en los años que la dificultad empieza a presentarse ya en la definición de lo que es porno y lo que no lo es (Verdú pp.173-174).

Las pulsiones están a flor de piel en los contenidos mostrados públicamente en páginas web y por la innovación pornográfica del hombre. Lo que demuestra que cada día vemos como estos impulsos incontrolables se muestran.

En la tradición más reciente, la pornografía se distinguía del erotismo no por el desnudo (el culo y el pecho, masculinos o femeninos, se ven mil veces al día), sino por tres elementos: la pornografía exhibe lubricados y abiertos los órganos genitales y presenta minuciosamente y de cerca los actos sexuales; la pornografía tiene por complemento la excitación de quien escucha o mira, atendiendo a la autosatisfacción masturbación del personaje; finalmente, el porno hace creer que toda mujer es voraz, perversa, desea el cuerpo del hombre sin poder contener sus impulsos. Es decir: ficción total (Verdú p.175).

Esto demuestra la necesidad de exteriorizar todas aquellas conductas que son imperadas por las pulsiones humanas, lo que significa que los seres humanos estamos en constante contacto con nuestra quimera interna sólo que algunos son capaces de hacer de ella un circo exhibiéndola en los mejores canales de difusión posible. La carnalidad humana está presente y nos define. Los seres humanos según el planteamiento de Freud somos sexuados por naturaleza. La sexualidad define nuestra conducta, actitudes, defectos, complejos y traumas que vamos asomando en nuestra manera de exteriorizar la sexualidad.

En la medida en que seamos más conscientes de nuestra naturaleza sexual y seamos capaces de aceptar la innata pulsión sexual. Tomaremos como propio todas las manifestaciones pornográficas que no son más que la aceptación de ese objeto sexual, necesario para que los individuos acepten como propio y natural las distintas formas de exteriorización de un acto íntimo.

Propia de la pornografía, en todo caso, en el máximo caso, es la iluminación de lo más recóndito, el plano corto de la mínima anfractuosidad. Propia de la pornografía es la exposición completa, sin frunces por indagar ni rendijas por reconocer. Con un efecto paradójico: la exposición de la intimidad a la mirada absoluta anula la intimidad y hace desaparecer el objeto de la pesquisa. Porque una vez que se ha explorado exhaustivamente todo el campo, una vez que la pupila se ha colmado de lo más explícito, la visión se vela. La total visión de lo visible anula la excitación y el resultado es una hartura donde agoniza el deseo (Verdú, p. 176).

Sin ánimos de hacer juicios de valor de Verdú, y contrastándolo con la posición de Freud, esta explotación de la sexualidad a las iris de los demás parece ser más un grito de auxilio a ese inconsciente que está en cada uno y necesita salir. Esta exhibición de actos sexuales por medio de la pornografía no es más que la subsanación de los placeres y satisfacción que necesitan los individuos. En cierta medida, banaliza el acto sexual romántico, desligado de delicadeza convirtiéndolo en un “grotesco” pero aceptable trance que responde a las pulsiones y no a las exigencias globalizadoras.

Lo que sí es cierto es que la accesibilidad a los distintos medios de difusión de la pornografía en la actualidad es más fácil. Sin embargo, no se descarta la igual necesidad de los individuos de manifestar sus pulsiones sexuales en épocas pasadas. Los seres humanos siempre estaremos en contacto con nuestro inconsciente sólo que algunos tienen la capacidad de asumirlo como algo normal y otros simplemente utilizan mecanismo de abstracción.

Además, es acertada la posición de Verdú sobre los tiempos que vivimos en la actualidad. “Esta es la época del declive del hombre. Siguen naciendo varones, varones que obtienen Premios Nobel, golpean en los campeonatos de fútbol, cantan rock o clonan ovejas”, (Verdú, p.177).

Por otra parte, las pulsiones no sólo se encuentran en el plano inconsciente, sino que atacan las distintas inclinaciones sexuales. Los seres humanos vemos como sospechoso el hecho de que se establezcan vínculos afectivos con personas del mismo sexo. Sin caer en cuenta de que esta es una actitud ancestral de los seres humanos.

En mi caso particular, no tengo, ni he sufrido, ni probablemente sufriré inconvenientes con mi heterosexualidad. Sin embargo, entiendo estas innovaciones de género como aceptables. En sintonía con esto, retomo la posición Freudiana que establece que todos los seres humanos somos sexuados por naturaleza, es decir, en la medida en que estemos más conscientes de nuestros gustos e inclinaciones el panorama afectivo va cambiando. La identidad sexual es primordial para cualquier paso que se emprenda en la vida.

Por ello, que el liberalismo sexual “ha transformado de arriba abajo la moral sexual tradicional. A lo largo de medio siglo, el sexo ha dejado de ser asociado al mal y a la falta, la cultura represiva de los sentidos ha perdido su crédito, Eros se ha convertido en una de las expresiones más significativas del mundo del posdeber” (Lipovetsky, p.58).

En este sentido, las pulsiones sexuales surgidas en la actualidad han hecho que el “sexo-pecado” pase a “ser sexo-placer” (Lipovetsky, p.58), es decir, el sexo ha pasado a ser tema en las “agendas setting” individuales. “el sexo se ha liberado ampliamente de las normas puritanas e imperativas de otra época, la idea de deberse en materia de sexualidad ya sólo suscita la sonrisa y la vida virtuosa ya no se entiende como austera disciplina de los sentidos” (Lipovetsky, p.60).

Con esta afirmación de Lipovetsky se entiende que la sexualidad antes era desacralizada, pero con este paso al sexo-placer también se han banalizado algunos aspectos enriquecedores del erotismo, de la seducción. El acto sexual en cierta medida con los cambios del capitalismo se ha hecho más plástico, ósea que: “en la pasión multisexual, en la iconología del Kitch en los queers, en la boga de unir lo industrial con lo artesanal, la física con la biología, lo gótico con patchwork, se reproduce el mismo culto a la impureza” (Verdú, p.186).

En los tiempos globalizadores, la exaltación del placer “libidinal es una manifestación típica de la dinámica de los tiempos de igualdad democrática. Se sabe que desde la Ilustración los modernos han colocado loa felicidad terrenal al mismo nivel de dignidad que los diferentes placeres de la vida” (Lipovetsky, p.59). En tal sentido, se demuestra la actitud del hombre en la actualidad donde sus pulsiones no son escondidas, sino que se exteriorizan desde una perspectiva respetable.

En la medida en que los individuos reconozcan sus deseos inconscientes, sus más carnales aspiraciones sexuales, en ese misma, sintonía serán más aceptados y regocijados.

El sexo postmoralista tiene en primer lugar una definición funcional, erótica y psicológica, ya no se debe vigilar-reprimir-sublimar, debe expresarse sin limitaciones ni tabúes con la única condición de no perjudicar al otro. Con el proceso histórico de disociación del sexo de la moral, Eros ha cortado los lazos; que lo unían con el vicio, ha adquirido un valor intrínsecamente moral por el hecho mismo de su papel en el equilibrio y el pleno desarrollo (Lipovetsky, p.59).

Con las afirmaciones de estos autores que relatan aspectos importantes de la genealogía sexual humana. Se observa que las afirmaciones sobre la conducta sexual del hombre planteadas por Freud son ciertas. Las pulsiones son espinas que están en constante ahínco con en nuestra mente. Cabe destacar, que los distintos autores vistos en clase desde Verdú hasta los misterios del Tantra muestran esa necesidad intrínseca del hombre de aflorar su naturaleza, que se su inconsciente deje de ser secreto para pasar a ser objeto respetable de sus homólogos. Las pulsiones son una carga difícil de sobrellevar a cuestas cuando somos hipócritas con lo que se siente.

La realidad es que no podemos huir de nuestro propio Lobo, ese que está latente en cualquier actividad porque la sexualidad y la plenitud sexual son asuntos impostergables, con fecha de prescripción que se debe respectar. Es imposible luchar contra las pulsiones porque pasan a ser más que institutos actos voluntarios que terminan destruyendo a la humanidad.

Quizás en la medida en que aceptemos nuestras pulsiones sexuales y sepamos manejarlas, reconocerlas y controlarlas podremos ser inteligentes en nuestras respuestas con el entorno. Inclusive podría evitarse tantos crímenes que se entremezclan en un patrón de patología. En donde las pulsiones son incontrolables, donde la necesidad de sacarlas a flote retumba la mente. Por ello, que importante sincerarnos con las pulsiones para poder tener respuestas que no afecten la psique del otro. En fin, en la medida en que reconozcamos nuestra sexualidad como innata a la humanidad, reconoceremos nuestro entorno y estableceremos relaciones empáticas que ayudarán a conservar la salud mental.

Bibliografía:

Foucault, M. (1999). Arqueología del Saber. Mexico: Siglo XXI
Lipovetsky, G. El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos. Barcelona: Anagrama
Verdú, V. El Estilo del Mundo. La Vida en el capitalismo de ficción. Anagrama

Advertencia: Este artículo es de dominio público. Agradecemos que sea citado con nuestra dirección electrónica: http://www.filosofiaclinicaucv.blogspot.com/

Sexualidad y poder:

Un espacio para la dominación masculina


Claudia Salazar


* Estudiante del Seminario Genealogía de la Sexualidad 2009-I
Facultad de Humanidades y Educación UCV


Maggie Tailor. Serie: Alicia

Introducción


La división social del trabajo que se realizó en tiempos primitivos, aquellos en que los hombres salían de caza para proveer a la familia y las mujeres permanecían en las cuevas cuidando de los niños, resultó determinante para la adjudicación de los roles que hombre y mujer debían socialmente cumplir.

La maternidad es innegablemente un elemento natural constitutivo de la mujer, pero la forma en que socialmente se condujo el modo de asumir esa maternidad, y los roles que fueron asignados a las mujeres para ser cumplidos dentro de las comunidades, son en mucho la base de las dinámicas sociales que mantenemos hoy día y, sobre las cuales se anclan las relaciones de poder entre géneros.

Desde aquellas épocas primitivas se adjudica al hombre la responsabilidad de proveer alimento y seguridad. Responsabilidad que para ser cumplida merecía de su parte cierto comportamiento, determinada fuerza y hasta actitudes competitivas entre los mismos hombres, que se medían siempre en el ámbito de lo público.

Por su parte, la mujer, en su rol maternal y también intelectual de mantener el orden, la cordura, la mesura y la distribución justa de los bienes de la familia, se mantenía en un espacio privado, en lo oscuro, en la cueva. También junto a otras mujeres, en una relación y un contexto de socialización que indudablemente las hizo más sensibles, abiertas, comunicativas…


Somos socialmente el producto de lo que hemos sido antes, y muchas de las dinámicas entre géneros que se derivan de los comportamientos primitivos, se mantienen, con sus lógicas adaptaciones a la contemporaneidad, vigentes en su esencia.


En este sentido, la sexualidad aparece desde el principio de los tiempos como un elemento socializador. Como los seres sexuados que somos, construimos relaciones con el otro y, ha sido a través de esa realidad biológica, que se han construido instituciones sociales, como el matrimonio, que norman y regulan bajo determinados parámetros el campo de acción y la adjudicación de roles a cada uno de los géneros presentes en la unión.


En este sentido la reflexión a continuación surge bajo el interés de demostrar cómo la sexualidad, que anclada en la realidad biológica del individuo y que debe entenderse como un proceso personal que se nutre de un abanico ilimitado de posibilidades a experimentar, ha sido normada, regida y encajonada bajo un determinado comportamiento social que ha terminado por restringir culturalmente el campo las posibilidades.


Encontramos que la sexualidad ha servido no sólo como elemento socializador, sino también como elemento determinante y constitutivo de las relaciones de poder y dominación que han surgido a través del tiempo. Relaciones que, arraigadas en las dinámicas sociales que aparecen y parecen ser naturales, continúan generándose y afianzando la asimetría de los géneros que tanto han luchado las mujeres en la actualidad, y que paradójicamente se perfilan como las principales afianzadoras de estas relaciones de poder.


Los humanos, entendidos como seres bio, psico, sociales, cimentamos nuestra relación con el otro a través de la conjugación de estos tres factores. Desde siempre, e independientemente de la cultura y el país al que se haga referencia, las distintas formas en que se han construido las relaciones sociales, han normado y atribuido ciertos roles a hombres y mujeres, generándose una marcada diferencia entre las actividades, conductas y propósitos que socialmente fueron adjudicados a cada género.


José Antonio Marina define en su texto El Rompecabezas de la Sexualidad que esta “es un universo simbólico construido sobre una realidad biológica…una complicada mezcla de estructuras fisiológicas, conductas, experiencias, sentimentalizaciones, interpretaciones, formas sociales, juegos de poder” (p.31) aspectos que, además, están modulados sobre la estructura cultural de cada individuo en particular.


En este sentido, vale la pena evaluar el modo en que los géneros, y los roles atribuidos a cada uno de ellos (femenino- masculino), convergen con la sexualidad para establecer marcadas relaciones de dominación y poder.


La asimetría existente entre los géneros es un aspecto evidente y de conocimiento social. Las que quizás no resultan tan públicamente obvias son las dinámicas que, practicadas por repetición y a través de innumerables generaciones, ratifican esta asimetría de un modo aparentemente natural.


Pierre Bourdieu lo explica en su texto La Dominación Masculina: “cuando los dominados aplican a los que les domina unos esquemas que son el producto de la dominación, o, en otras palabras, cuando sus pensamientos y percepciones están estructurados de acuerdo a las propias estructuras de la relación de dominación que se les ha impuesto, sus actos de conocimiento son, inevitablemente actos de reconocimiento de sumisión” (p.26)


Si bien es cierto que en su condición biológica la maternidad es un rol intrínseco a la mujer, la forma en que se ha dispuesto la canalización de esta actividad ha determinado en mucho el papel de la mujer en la sociedad.


Aunque estamos claros que la maternidad y la crianza son de las actividades más complejas que puedan desempeñarse como persona, la valoración social que se le otorga no adquiere mayor preponderancia, no tanto por lo que involucra la actividad en sí misma, como por el ámbito en el que ésta siempre ha sido desarrollada: el privado.


El hombre como ser social, y en su búsqueda “inconsciente” de la aprobación y el reconocimiento, tiende a valorar positivamente las actividades que se generan en el ámbito de lo público. Así, el hombre siempre ha sido quien sale del ámbito privado (el hogar, donde está la mujer) y trabaja para proveer estabilidad tanto económica como sentimental (protección) a la familia, en una relación que lo ratifica en su fuerza y poder.


En este sentido, la crianza, la sentimentalización, el apego, el cuidado, son características que se asocian directamente a lo femenino, por su estrecha relación con el rol maternal. Mientras que la fuerza, la capacidad de respuesta y de resolver, en una búsqueda de probar y probarse a si mismo su tenacidad y eficacia, ha regido la actividad masculina en gran cantidad de culturas. Vislumbrando así al hombre como proveedor y sustento, como un elemento necesario sin el cual la familia simplemente no podría mantenerse funcional.


En la sociedad contemporánea este planteamiento puede parecer absurdo; se evidencian una gran cantidad de madres solteras que han levantado hogares completos en ausencia de una figura masculina. Sin embargo, en los hogares en los que aún existen ambas figuras, y muy a pesar de que hoy día la mujer también se desempeña al igual que el hombre en el ámbito público, a la hora de “elegir” a alguien para cumplir las tareas domésticas, esas propias de lo privado, sin discusión alguna la mujer será quien cumpla este rol.


Encontramos entonces al matrimonio como una institución que afianza socialmente la dominación masculina, puesto que en él se inscriben gran cantidad de dinámicas que posicionan al rol femenino en un ámbito privado, y como sujeto pasivo.


El asunto de la dominación masculina ha llevado a evaluar a la mujer, como objeto de intercambio a lo largo de la historia. Gayle Rubin, apunta en su ensayo Tráfico de Mujeres: notas sobre la economía política del sexo:



…no es difícil hallar ejemplos etnográficos e históricos del tráfico de mujeres. Las mujeres son entregadas en matrimonio, tomadas en batalla, cambiadas por favores, enviadas como tributo, intercambiadas, compradas y vendidas…. Desde luego también hay tráfico de hombres, pero como esclavos, campeones de atletismo, siervos, o alguna otra categoría social catastrófica, no como hombres. Las mujeres son objeto de transacción como esclavas, siervas y prostitutas, pero también simplemente como mujeres… los hombres han sido sujetos sexuales –intercambiadores- y las mujeres semiobjetos sexuales -regalos- durante la mayor parte de la historia humana… (p.111)
El autor, considera curioso como inclusive se mantiene dentro de la dinámica contemporánea el hecho de que durante la unión matrimonial la novia sea “entregada” por el padre, al novio. Y observa el intercambio de mujeres como una evidencia profunda “de un sistema en el que las mujeres no tienen derecho sobre sí mismas” (p.113)


Un dominio semántico

Semánticamente hablando, la dominación masculina también ha jugado un importante papel que vale la pena considerar. La palabra, como elemento categorizador, representa en una cultura determinada la existencia, en la construcción mental de ese colectivo, de un significado en particular –que está siendo condensado en dicha palabra- Así, encontramos desde el punto de vista semántico que la palabra “hombre” no sólo es utilizada socialmente para referirse al género masculino, sino que es esta misma la que utilizamos para catalogar al individuo representativo de la especie.

En su texto, Bourdieu señala que “el hombre y la mujer son vistos como dos variantes, superior e inferior, de la misma fisiología, se entiende que hasta el Renacimiento no se disponga de un término anatómico para describir detalladamente el sexo de la mujer, que se representa como compuesto por los mismos órganos que el hombre, pero organizados de otra manera” (p.28). Es así como entendemos que semántica y fisiológicamente encontramos al hombre –masculino- como la medida de todo.



Sexualidad, dominio y poder

Ahora bien, articulando la sexualidad como elemento socializador y generador de innegables relaciones de poder, debe considerarse también al sexo- desde su aspecto práctico- como una dinámica afianzadora de la dominación masculina. Bourdieu explica como la relación de dominación se construye en este ámbito
“se constituye a través del principio de división fundamental entre lo masculino, activo, y lo femenino, pasivo, y ese principio crea, organiza, expresa y dirige el deseo, el deseo masculino como deseo de posesión, como dominación erótica, y el deseo femenino como deseo de la dominación masculina, como subordinación erotizada o incluso en su límite, reconocimiento erotizado de la dominación” (p.35)

En este sentido, las concepciones que tienen hombre y mujer sobre el sexo, la relación sexual y la relación amorosa, hablan por sí mismas de la dominación intrínseca evidente en la dinámica. En la sociedad occidental la aproximación del hombre a la mujer se articula sobre una lógica de la conquista. Para los hombres es necesario jactarse de sus logros con respecto al tema; para ellos “el mismo acto sexual es concebido como una forma de dominación, de apropiación, de posesión” (p.34)

Mientras tanto las mujeres están socialmente dispuestas a vivir la sexualidad de un modo no tan literal, mucho más sentimental y afectivo. “Los chicos son propensos a compartimentar la sexualidad, concebida como un acto agresivo, y sobre todo físico, de conquista, orientado hacia la penetración y el orgasmo…El placer masculino es, por una parte, disfrute del placer femenino, del poder de hacer disfrutar” (p.34). La mujer atribuye a la experiencia sexual un conjunto más amplio de experiencias y aproximaciones con el otro, no necesariamente físicas, ni directamente asociadas al acto sexual en sí mismo.

José Antonio Marina apunta en su texto que “la poligamia es más una cuestión de estatus, que una cuestión de cama” asunto que ratifica la necesidad masculina de mostrar y demostrar en el ámbito público, el dominio que tiene en el ámbito privado. Y que pone de manifiesto como socialmente la “posesión” de varias mujeres confiere poder y afianza la virilidad masculina.


Ahora bien, volviendo sobre el punto del orgasmo masculino, encontramos que en la sociedad occidental, cuando el hombre acaba, literalmente acaba también el acto sexual. Si bien es cierto que biológicamente son los hombres quienes por fines reproductivos fueron hechos para acabar, también es cierto que el acto sexual ya no se circunscribe únicamente dentro de la voluntad reproductiva.


Entendiendo así al acto sexual, como una búsqueda de placer mutuo, resulta inconcebible que en la evolucionada sociedad de hoy día, el hombre actúe bajo parámetros de comportamientos tan egoístas y primitivos. Y que, frente a tal situación, la mujer haya permanecido inmutable, a través de tantas generaciones, ante el obligado fin; haciéndose así sumisa, partícipe y afianzadora de la dominación que desde siempre el hombre ha protagonizado.


En este sentido se pone en entredicho tal evolución social. Ha de reconocerse que en la actualidad la mujer ha ganado terreno en muchísimos ámbitos en los que anteriormente su participación era quizás impensable, pero debe evaluarse también la existencia de dinámicas puntuales y cotidianas que estando fuertemente arraigadas a la cultura, parecen y aparecen como naturales, pero que en definitiva consolidan al género masculino como dominante.


Más allá de la relación de poder asumida por el hombre que puede vislumbrarse al examinar las conductas sociales asociadas a la sexualidad, se puede hablar del amor y de las relaciones de pareja en general, como dinámicas que también se articulan dentro de una situación de dominio y poder –independientemente de la evaluación que se haga sobre cuál es el género dominante-.


Marina, parafrasea en su texto las apreciaciones que sobre el tema hicieron alguna vez Castilla del Pino y Satre. El primero, estableciendo la comparación “el amor es deseo, desear un objeto es tratar de adueñarse del mismo, (poseerlo)” mientras que Satre, en lo que el autor cataloga una descripción pesimista del amor, dice que quien ama “quiere cautivar la libertar del amado, sin que deje de ser libertad”.


“Los seres humanos, en la vida social están movidos por tres grandes motivaciones: el poder, el deseo de ser aceptados y el sentimiento de la propia eficacia” (Marina, p.38) estos tres aspectos se evidencian, además de en otros ámbitos, en la sexualidad del individuo como elemento socializador. Y aunque independientemente del género en la vida social de todo individuo, hay una búsqueda de reconocimiento, poder y sentimiento de eficacia, en la dinámica sexual-social se observa un ahínco del hombre por verse ratificado en estos tres aspectos:


La lógica del cortejo y el galanteo genera satisfacción cuando la mujer, finalmente, acepta al hombre. Una vez aceptado la relación de poder se construye asimétricamente, en tanto que el hombre se maneja como sujeto activo y la mujer como sujeto pasivo de la relación.


El acto sexual en sí mismo, que en occidente cierra con el orgasmo masculino, se representa incluso simbólicamente otorgando poder al hombre “el hombre toma la iniciativa, está arriba… la posición amorosa en la que la mujer se coloca encima del hombre está explícitamente condenada en muchas civilizaciones” (Bourdieu, pp.31, 32).


Por último, y aunque parezca paradójico –por aquello de que todo acaba, cuando el hombre acaba- el sentimiento de la propia eficacia sexual es hallado por los hombres durante el acto, al medir su capacidad de complacer a la mujer; se regocijan en una especie de poder hacer sentir.


Vale la pena cuestionarse entonces la importancia que los mismos hombres le dan al tamaño de su miembro, en una preocupación por su capacidad de hacer sentir, que es afianzada por las mujeres en una exigencia continua de un hombre “bien dotado”, posicionándolo así como protagonista y responsable activo de generar el placer durante el acto.


Aparece también como elemento a considerar durante el coito, el fingido orgasmo femenino; que lejos de equiparar la relación sexual-entendiéndose que ambos han llegado al clímax- surge para afianzar en la mente masculina su poder y eficacia; consolidación que se genera desde el rol sumiso y pasivo femenino durante el acto, apareciendo así la mujer como elemento afianzador de las asimétricas relaciones de poder entre los géneros.


Frente a esta ratificación de la relación de dominación masculina realizada por el propio género femenino, Bourdieu (p.49) apunta

“…las mujeres aplican a cualquier realidad y, en especial a las relaciones de poder en las que están atrapadas, unos esquenas mentales que son el producto de la asimilación de estas relaciones de poder y que se explican en las oposiciones fundadoras del orden simbólico. Se deduce que sus actos de conocimiento son, por la misma razón, unos actos de reconocimiento práctico, de adhesión dóxica, creencia que no tiene que pensarse ni afirmarse como tal y que crea de algún modo la violencia simbólica que ella misma sufre.”


Conclusión


Nos encontramos entonces frente a una realidad social sexual dentro de la que se han desarrollado relaciones de poder y dominación que parten del género masculino como dominante y posicionan al femenino como dominado.

Si bien es cierto que la sociedad actual se encuentra en un rápido movimiento, caracterizada por un “open mind” a las nuevas dinámicas, oportunidades y posibilidades, que los esfuerzos de los movimientos feministas han reivindicado en mucho el rol de la mujer dentro de la sociedad, y que las mismas condiciones sociales actuales han llevado a la mujer a demostrar sus capacidades en los más diversos ámbitos; también es cierto que anclados en lo que culturalmente somos, las más cotidianas dinámicas que afianzan las relaciones de poder y dominación entre los géneros, permanecen intocables dentro de nuestra relación social.


Así pues, instituciones como el matrimonio, -por ejemplo- y las tareas y actividades que se circunscriben en él, permanecen firmemente arraigadas en quienes somos, para recordarnos que somos un producto de nuestra cultura, y que la cultura, por ser lo que es, no se piensa, se vive, y se vive sin estarla analizando en nuestra acción diaria.


La concepción del orden masculino, su fuerza, reside en el hecho de no hacer necesaria ningún tipo de justificación para consolidarla “se impone como neutra y no siente necesidad de enunciarse en unos discursos capaces de legitimarla” (Bourdieu, pp.22).


En tanto la sociedad no logre desarticular los elementos culturales que posicionan al género masculino como la medida de todas las cosas, como el término de referencia universal para la raza, como el punto medio y como el espacio neutro, no será posible entonces, ni siquiera, comenzar a pensar en la posibilidad de producirse una construcción mental que apunte hacia la verdadera simetría de los géneros.


Advertencia: Este artículo es de dominio público. Agradecemos que sea citado con nuestra dirección electrónica: http://www.filosofiaclinicaucv.blogspot.com/


Nuestra crisis de identidad
 sensorial y sexual

Pedro Cordido

* Estudiante del seminario de Genealogía de la Sexualidad 2009-I
Facultad de Humaninades y Educación UCV




Maggie Taylor. Serie: Alicia

Introducción


La construcción del imaginario colectivo sobre el conocimiento del cuerpo, sus sensaciones, formas de expresión y evolución, han estado marcadas por creencias y limitaciones racionales erradas, que denominaron a lo físico del ser “tabú”.


Los antiguos griegos, la iglesia católica y sus diferentes variantes a lo largo de su historia, el modelo de sociedad basada en el mercado y en la productividad, han edificado a seres desarraigados de sí mismos, enlazados con el consumo de diversión y placeres efímeros y ficticios.

En la actualidad, el hombre y la mujer modernos experimentan una crisis de identidad más allá del conocimiento básico sobre la historia social de quiénes somos y de dónde venimos; éste conflicto transita por elementos más profundos, que vinculan la relación de nuestro ser racional y pensante con el cuerpo, el cual ha estado atado por las condiciones socio-culturales que circunscriben el conocimiento a las llamadas ciencias duras o exactas; sin embargo, en ellas no ha sustentado el discernimiento sobre los saberes tradicionales, ni corporales cuando trata de elementos intangibles e incalculables.

El desarraigo, según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) en su tercera acepción, es “Separar a alguien del lugar o medio donde se ha criado, o cortar los vínculos afectivos que tiene con ellos”. Esta definición es sólo para denotar lo externo a la corporalidad, lo que está afuera del hombre y la mujer, la relación que se construye entre el individuo y su realidad. Esta acepción es la más cercana a describir la desconexión que posee el ser humano, visto desde occidente, consigo mismo y su realidad intuitiva y sensorial. Sería necesario agregar que no solo se separa a alguien de donde se ha criado, también se separa del conocimiento sobre sí mismo, implicando todos los contextos involucrados, especialmente, el que involucra lo sensible.


De tal suerte, se pudiera afirmar que el cuerpo en occidente es un elemento estudiado de modos científicos bajo las medidas de acción y reacción clínica, en las cuales las drogas y medicinas pretenden ser las soluciones universales. A pesar de esto, los seres sociales han dejado algunas puertas abiertas, algunos escondrijos por los que escapa la imaginación y la comprensión científica que no puede aprehender las sensaciones de lo corporal.


Así, iniciaremos un despertar de nuestra crisis de identidad sensorial y sexual, la cual ha atado la vida de occidente y que ahora pareciera germinar la semilla de la desconfianza, que produce seres ávidos por aprender a sentir.

Lo salvaje


La obra narrativa de Jack London, La llamada de la selva, es una invitación clara a doblegar el raciocinio de su personaje principal: Buck, un perro que realizó un viaje hacia lo desconocido, hacia la conexión con su propia naturaleza animal.

En esta pieza literaria, el norte es una llamada inexorable para contactar nuestro lado salvaje. Sobresalta la búsqueda por reconciliarnos con la naturaleza, con lo instintivo, la comunión del ser que motoriza al cuerpo desde adentro, que obliga a sobrevivir, a preservarnos, a reproducirnos. Jack London vuelca su escritura incisiva para describir un viaje que aflora el lado más oculto de Buck, donde las palabras no existen y se desata la furia de la naturaleza, todo se reduce en atacar o ser atacado, cazar o ser cazado, ser predador o presa. London lo narra así: “ansias inmemoriales de nomadismo brotan debilitando la cadena de la costumbre; otra vez, de su sueño milenario, se despierta feroz”, (London, 2001, p.25).

Buck es sólo el puente para violentar la quietud de la cultura occidental que fomenta frustraciones, miedos, culpas y desarraigo con nuestro propio ser. Georg Feuerstein, en su libro Sagrada Sexualidad, menciona que “seguimos insatisfechos porque carecemos de toda intuición para la felicidad. La confundimos con esporádicos borbotones de placer o, más exactamente, con la diversión mecánica, trátese de fricción genital, ingestión de alcohol o pasatiempos televisivos”, (Feuerstein, 1995, p. 39).

Lo salvaje ha quedado atrás, sepultado bajo años de cultivo racional que limita los sentidos del cuerpo con substitutos que disimulan por instantes el pálpito irracional y natural.

En este sentido, las crisis son aprovechables cuando se aprende a identificar el elemento que la genera. El caso de Buck fue inevitable, lo trasladaron a la barbarie sin confesarse ante el sacerdote civilizado que permite la seudo catarsis occidental; de ese modo, la llamada de la selva se convirtió en una llamada instintiva, cazadora, presa, asesina, sedienta de sangre, animal... En la narración, Buck nunca pudo evitar el viaje intrínseco hacia su interior. Contrariamente, los seres humanos, en la mayoría de las oportunidades, tenemos posibilidades de decisión. Es así como se podría asimilar que el autoconocimiento es un arbitraje propio, que puede generar salidas sustentables para la corporalidad cuando cada individuo se analice y estudie su propio cuerpo y sus sensaciones.

Si Buck descubrió el norte, el centro y lo salvaje, los seres humanos son capaces de explorar esos destinos en lo subterráneo del raciocinio, donde la exploración corporal pasa por superar los tabúes y paradigmas que desarraigan la identidad sensorial y sexual.


Mitos y quimeras de occidente

Feuerstein plantea la vergüenza y la culpa como elementos esenciales que evitan el ascenso del ser hacia el contacto con su parte más íntima y rica en experiencias. Si definimos la palabra “experiencia” según el DRAE hallaremos que es “hecho de haber sentido, conocido o presenciado alguien algo”. Esto es algo que se ha limitado desde tiempo ancestrales; han sido sesgos de géneros, de sexualidad y por tanto de corporalidad. Se trata de un modelo de sociedad que cierra las puertas al contacto con el ser interior, con lo que algunas religiones no occidentales denominan lo “sagrado”, que no es más que un vínculo estrecho consigo mismo y el cuerpo.

En este sentido, la iglesia católica ha sido un eje central en ese modelo que permitió un control social poderoso para moldear a los occidentales a imagen y semejanza de un “Dios” rencoroso, castigador y omnipotente. En este mito nació la culpa que muchas veces recordamos, por algo que ha trascendido los límites del tiempo: “por mi culpa, por mi culpa, por gran culpa”, uno de los credos católicos; como este hay otros rezos que se titulan “Yo Pecador” y “Acto Penitencial”. Así, la construcción ideológica otorga la culpabilidad sin haber siquiera nacido.

Feuerstein define la culpa como “la sensación penosa resultante de la conciencia de haber hecho algo malo o indigno”, (Feuerstein, 1995, p. 29). Si mezclamos la concepción católica con esta definición, el ser humano en occidente tiene esa sensación de culpabilidad arraigada en su identidad. El autor comenta que los occidentales continuamos sufriendo de la resaca de represión eclesiástica que se vivió durante siglos, “el mayor logro negativo de la cristiandad es haber hecho del sexo un problema”, (Feuerstein, 1995, p. 31). El catolicismo ha insistido durante años en lo prohibido de la corporalidad, del sexo y las acciones que no se asemejen a esa de un ser omnipotente y divino, subyugando a las imperfecciones humanas y ocultando la diversidad de pensamiento.

Este autor divide la culpa en dos vertientes: la culpa situacional y la modal. “La primera proviene de haber cometido realmente una falta; la segunda es la sensación terca pero nebulosa de haber violado una ley, o haber pecado, que se adhiere a la persona como un olor desagradable”, (Feuerstein, 1995, p. 28). En occidente, particularmente en Venezuela, los hombres y mujeres pagan la culpa con restricciones limitan el verbo, los pensamientos y los actos, haciendo de lo corporal un acto “malo e indigno”, reprimiendo y atacando la integridad sexual y emotiva del ser.

Asimismo, podríamos incluir que el modelo de sociedad occidental, según lo observa Enrique González en su libro Biografía del Miedo, construye un imaginario colectivo sobre el mercado, donde el hombre y la mujer deben estar disponibles para incluirse en el sistema económico capitalista:

“El modelo de la posmodernidad presupone una sociedad sin familia ni matrimonio. Cada uno debería ser independiente, libre para las exigencias del mercado y para asegurarse su existencia económica. El sujeto del mercado es el individuo soltero y no entorpecido por las relaciones matrimoniales y familiares. Esta contradicción entre las exigencias de la relación de pareja y las exigencias del mercado laboral ha podido quedar oculta mientras el matrimonio significaba para la mujer no trabajar fuera de casa, sino cuidar de la familia. Pero sale a la luz cuando ambos cónyuges deben y quieren ser libres trabajando por un sueldo. Las parejas han de buscar ‘soluciones privadas’ que suelen acabar con un reparto interno de los riesgos”, (González, 2007, p. 239)

Con esta aclaratoria sobre el modelo económico occidental, se pudiese probar que la sociedad actual no permite el desarrollo del ser, obligando a las personas a dedicarse casi exclusivamente a la sobrevivencia monetaria, lo cual genera una consecuencia directa: no hay tiempo para el desarrollo integral del ser interior. En nuestro país, las relaciones laborales “exitosas” implican dedicación exclusiva, donde se entregue la mayor cantidad de tiempo a la productividad. La norma dicta que son ocho horas diarias, pero el término exitoso se produce cuando la productividad se ve reflejada en mayor entrega de tiempo y dedicación. Las relaciones laborales se han convertido en una especie de ofrenda al mercantilismo, pero ¿dónde queda el cuerpo y el desarrollo humano?


El cuerpo


La concepción sobre el cuerpo debería ser la imagen de un templo que tiene necesidades, formas de expresión y libertades que le permitan desencadenar acciones en el ámbito racional, es decir, que el cuerpo hable en sus propios términos y con base en esta información decidir. Se trata de escuchar y fomentar una relación estrecha con los indicadores del cuerpo, experimentar sus sensaciones quebrando los paradigmas de la psique para descubrir la esencia de la felicidad, el éxtasis y lo verdaderamente sagrado.

“En occidente hemos perdido el cuerpo, el contacto con la auténtica realidad somática… Y puesto que estamos ‘fuera del cuerpo’ buscamos sucedáneos como el éxito, la reputación, la carrera, la imagen y el dinero, o bien los deportes, nacionalismo y la guerra”. (Feuerstein, 1995, p. 33)

Podríamos aseverar con este sustento, que si el ser humano de occidente tuviese una relación más estrecha con su cuerpo liberaría amplias tensiones, que generan ociosos vicios y pensamientos. Comúnmente, las personas (y las naciones) se nutren de qué dirán lo otros, es por estas razones se eligen decisiones erradas con base a este mito, que redunda en conflictividad. Así, los países juegan con la imagen, produciendo valoraciones a favor o en contra y en consecuencia pueden crear situaciones benéficas para el desarrollo o conflictos programados; esto es sólo para observar la magnitud de las limitaciones que versan sobre el cuerpo, que desvían la atención hacia realidades externas, rodeado de un mundo donde la transparencia y la vigilancia son temas esenciales, menospreciando lo que puede brindar el conocimiento integral del ser.

En la Sagrada Sexualidad se menciona, que el placer integral ejercitado por medio de las sensaciones del cuerpo coincide con la disipación del estrés emocional: “Un buen masaje devuelve flexibilidad a las emociones. ‘Sobre todo, he descubierto que cuando mi cuerpo está afinado, destrabado, la sensibilidad se amplifica y la experiencia emotiva es más intensa’”, (Feuerstein, 1995, p. 38). El desarrollo del ser integral pasa por el enriquecimiento de la interacción y el descubrimiento de las sensaciones, por medio de técnicas como el Yoga y el Tantra que valoran la respiración como mecanismo que hila y condiciona al hombre; es decir, mientras más conciente sea la conexión entre cuerpo y mente.

En palabras de Feuerstein, la sociedad actual forma al ser humano para negar y desvincular al cuerpo del desarrollo humano, lo cual se puede denotar con lo que el describe como armaduras corporales: hombros encorvados, ceños fruncidos o abdómenes tensos. “Somos muy poco capaces de sentir placer, y en todo caso sentimos áreas localizadas, especialmente las genitales. Pero se sabe perfectamente que basta abrir el cuerpo para que todo él se beneficie de las sensaciones”, (Feuerstein, 1995, p. 38)

Para este ensayista, el individuo lo aqueja la culpabilidad como un “agujero negro” andante, que, al no permitir el desarrollo interno de su propia sexualidad y corporalidad, se alimenta de la energía ajena, comprendida como cualquier elemento que le produzca sensaciones, al ser incapaz de producir las propias. La dualidad ante la pulsión de la corporalidad y las represiones de la cultura occidental “nos lleva a transformar el impulso innato a la felicidad en algo que podríamos llamar principio de diversión. Sin duda la diversión está tan lejos de la felicidad como el voyeurismo de la intimidad sexual”, (Feuerstein, 1995, p. 36)

En un sentido amplio, como lo ven algunas religiones orientales, el desarrollo de la conexión cuerpo-mente son el enlace con la verdadera felicidad, que surca los mares del crecimiento personal, promoviendo la voluntad de poder, la valía, el coraje, la confianza en sí mismo, pero ante todo, la disposición al cambio permanente, a violentar los paradigmas de la conciencia occidental. El cuerpo requiere de un reconocimiento, de un saber ancestral que está inserto en cada hombre y mujer; se trata de desnudar la verdad del cuerpo, descubriéndolo como un elemento esencial en la búsqueda de la felicidad humana.


Colofón

¿Está realmente la cultura contra el desarrollo integral del ser humano? En esta sociedad matriarcal, capitalista, explotadora, clasista y dominada por parámetros del imaginario católicos, los individuos somos víctimas de una realidad creada para estructurar y controlarlos. Es de este modo, como se refuerza la culpa y el miedo al cuerpo y a lo sexual, insistiendo en la maldad y lo prohibido de sentir y experimentar una sexualidad plena; la cultura de la culpa se ha propagado para edificar condicionamientos, que racionalicen al ser y lo ubiquen en un contexto en el que se requiere su dedicación exclusiva a lo externo, jamás a sí mismo.

El escondrijo por donde miran las miradas de lo diferente está abriendo su rango de acción, para alcanzar mentes jóvenes y ávidas de experimentar y buscar realidades conectadas con el desarrollo de un ser integral. En este siglo XXI se vislumbra un desdoblamiento de los arquetipos occidentales, a causa de un despertar masivo de ese avasallador ataque cultural, que ha controlado las mentes de ciudadanos desprovistos de herramientas para decodificar una realidad virtual transmitida durante siglos para atar los impulsos de lo corporal y la felicidad.


La esencia y la motivación de estos tiempos de cambio, diríamos con humildad, son los instrumentos para recobrar las riendas del cuerpo, de lo humano y despertar de ese sueño inducido.





Bibliografía:

Feuerstein, G. (1995). Sagrada Sexualidad. España: Editorial Kairós.
London, J. (2001). Obras Selectas: La llamada de la selva. España: Edimat Libros.
González, E. (2007). Biografía del miedo. España: Random House Mondadori.






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