Lo imprescriptible:
el perdón está muerto en los campos de la muerte
David De los Reyes
Dentro
del gran coro de los filósofos y pensadores del siglo XX que han contribuido y
reflexionado sobre el imponderable acontecimiento del Holocausto, hay algunos
que suenan más que otros. En la delirante música enarmónica del mundo de
las comunicaciones encontramos una serie de intelectuales que se hacen más
presentes y otros quedan ausentes. Entre los que no aparecen mucho entre el
coro de los pensadores de la Shoa (Catástrofe), uno que no es alemán ni
austriaco, menos inglés o polaco precisamente. Este pensador de marras, casi
olvidado, era, por parte de padres, de origen ruso, pero por nacimiento
francés. Su nombre: Vladimir Jankélévitch
(1903-1985), quien nunca pasó por ser un pensador complaciente con el estatus
imperante y menos con las posiciones ponderadas y reconciliatorias del suceso
más inhumano del pasado siglo y que, por otra parte, ha llevado a convertirlo
en un acontecimiento casi de culto religioso: la Shoa. Filósofo, músico,
docente universitario, partisano de la Resistencia Francesa, posee una de las
obras más relevantes en el desdeñado terreno actual de la filosofía moral que,
paradójicamente, pareciera ser silenciada y condenada al olvido.
Una de sus memorables
contribuciones filosóficas póstumas fue la titulada Lo imprescriptible.
¿Perdonar? En el honor y la dignidad, donde abordó directamente el tema
sobre la crueldad desplegada contra la humanidad o lo que se ha llamado de manera
certera, crímenes contra la humanidad. En ella se plantea que ante el
horror y la crueldad, el crimen cometido no puede prescribir. No puede
prescribir ni por el paso del tiempo, ni por retóricas intelectuales o por
intereses fortuitos políticos.
Este raro ensayo nos
muestra el andar de un filósofo citadino que no voltea su rostro ante la
injusticia de su tiempo, asumiendo la mayor seriedad como testigo de lo
ocurrido. Sus reflexiones son un honesto intento de argumentar una postura desde
la linterna de la moral, para develarnos los alcances del genocidio nazi, sus
consecuencias y la constelación de sus relaciones implícitas y explícitas.
Sus argumentos
irrebatibles van directo al nudo esencial de los hechos, no es una proclama en el
tono de la retórica diplomática de los Derechos Humanos del 48 o sobre los
criterios técnicos y los daños colaterales inherentes de las absurdas guerras
contemporáneas. Su punto de vista considera lo imprescriptible que condiciona
la posición humana y jurídica ante los crímenes genocidas contra la humanidad.
Plantea que lo ocurrido en el pasado no puede dejarse sin estar presente en la
memoria, asumiendo lo que Theodor Adorno demandó como el nuevo imperativo ético
que se abría ante este horizonte de destrucción, humo, cenizas y muerte: “que Auschwitz no se
repita”. Una prescripción moral que no salía de los bosquejos de una abstracta
razón pura kantiana, sino de la experiencia histórica y corporal vivida.
Un principio que, a pesar de la desgarradora experiencia, se ha dejado muchas
veces de lado, permitiendo ante la mirada de la actual globalización mediática,
seguir cometiendo hechos terroristas y genocidas de la misma abominación en las
dos décadas del siglo XXI.
La sola indignación sin acción es absolutamente insuficiente ante
el sentimiento del horror al que puede llegar acometer un gobierno de fuerza, con
una población narcotizada y sumida en una cultura del banal espectáculo
cotidiano del consumo. Por lo cual este autor no acepta asumir posturas de
tolerancia ante lo intolerable. Como bien afirmó: “El perdón está muerto en
los campos de concentración”, escribe este sobreviviente, convocándonos a
protestar sin descanso la indiferencia frente a la consternación y el espanto
del crimen masivo. Su llamado es mantener un luto desde ese pasado en adelante.
Un luto permanente en acto hasta el fin de los tiempos por los asesinatos
realizados emanados por una inteligencia del mal a partir de los esquemas y
planes de una razón instrumental aniquiladora del otro. En otras
palabra, anular al que esgrime su diferencia particular frente a la
homogeneidad del colectivo nacionalista de la masa, que no quiere reconocer que
ese pájaro pintado no es más que otro ser humano. El recuerdo del
horror, tanto por los hechos imprescriptibles de ayer como los que se siguen
cometiendo por los distintos regímenes de hoy, es de una obligación moral
actuante insoslayable. No es la postura de la recordada Hannah Arent al afirmar
que el perdón es la clave para la acción y la libertad. Jankélévitch escribirá otro texto imprescindible para responder esa
frase, El perdón.
La pregunta de este pensador es: ¿qué
hacer ante los casos de violencia extrema? Del mal por el mal mismo donde
se comenten los actos más atroces e inimaginables, de quienes no sienten ni
culpa ni arrepentimiento de lo cometido, de aquellos que no tienen médula
espinal y desfilan como soldados de plomo ante el tirano. Jankélévitch no es
cercano a la mirada de Derrida sobre el perdón como una condición esencial ante
lo imperdonable. Ante el abusus crimen conmunis no puede aceptarse el
acto de perdonar, bien sea por el paso del tiempo o por discursos
reconciliatorios de comodidad e intereses políticos. Ante ello sólo podemos
sostener una postura irrevocable, la de la resistencia. Resistencia de no ser
indiferentes ante el crimen y su ejecutor. Para este moralista de la
resistencia francesa sólo queda tomar esta posición ética y política en
cualquier tiempo que se quiere reconocer y enaltecer a las víctimas de las
minorías, desarmadas del holocausto por los verdugos de los uniformes y sus
símbolos de asesinas calaveras.
Ante lo acontecido y vivido, se preguntó,
¿qué debemos hacer ante ese horror? Y nos responde que, en un sentido
estricto y para el presente en que escribe su texto, aparentemente no se puede
hacer más que gestos impotentes, simbólicos y poco razonables, como el de no
pisar jamás el suelo alemán o el sumiso espacio de la anexión austriaca, como
tampoco aceptar las indemnizaciones o clamores públicos oficiales y sus sutiles
reparaciones, o dejar de enaltecer a los filósofos alemanes que se
asentaron o acogieron alrededor del pardo coro ejecutor del crimen
imprescriptible. Todos serán actos simbólicos de una resistencia ética
enraizados no por una razón práctica, sino por un sentimiento moral,
cónsona con una sensibilidad y una indignación que se inscribe más allá de
cualquier indiferencia o postura amoral ante lo acontecido. Los verdugos de
ayer y de hoy en la acción plena contra el otro debilitado y desarmado, dejan
en éste una huella irreparable ante la ipseidad de cada vida, al experimentar
el crimen, el trauma, la tortura y el miedo aniquilador; al desamparo de la
fuerza el hombre que no puede hacer nada. El daño está hecho para siempre y es
irreversible. Y al asumirlo de forma trágica y realista, nadie podrá resarcir
esa pérdida de vida. Toda violencia extrema o dosificada pero persistente,
genera, por el perjuicio causado, la pérdida del proyecto personal de
vida. El sujeto ha dejado el impulso y
los hábitos por los que conducía su existencia, para llegar alcanzar el destino
que una vez quiso realizar, de una vida como expresión y garantía de una
libertad reconocida por derecho y hecho como condición universal vital para
todos los conciudadanos. Difícilmente se
podría decir que una persona es verdaderamente libre si carece de opciones para
encaminar su existencia y llevarla a su natural culminación. Esas opciones
poseen, en sí mismas, un alto valor existencial¸ son sus palabras.
En su declaración
sobre el perdón no apuesta al que todo pueda ser absuelto por parte del
ofendido ante el ofensor. Ante la fría crueldad ejecutada no puede haber
reconciliación; no puede existir consentimiento y complacencia ante ese tipo de
violencia expuesta y ejecutada desde la inhumanidad y el mal banal (Arent). Se
trata de un rechazo que surge desde las entrañas y fibras del hombre, no de una
normativa jurídica, de un principio abstracto legal; es el sentimiento humano
del derecho de defender la vida ante el mal y la infamia. Es la indignación
contra el atentado forjado por una fría consciencia común pero asesina, que
trunca la cotidianidad y la posibilidad del ser y del hacer. Es una
intolerancia moral ante lo inaceptable.
Como refiere el mismo Jankélévitch: “Los hombres tolerantes se
toleran, se soportan como se miran los perros de porcelana, es decir, viven
codo a codo sin conocerse, cohabitan sin dirigirse la palabra, se abstienen
simplemente de toda violencia”. Se separa de los llamados hombre puros
pues prefiere la impureza del coraje y de la buena voluntad apasionada, para terminar,
afirmando que en toda acción desde la resistencia se requiere aceptar
mediaciones impuras. En ello está asumir nuestra situación de mundo ante la
irrupción de toda voluntad de perversión criminal. Exige un re-sentimiento
perfilando su energía contra aquellos que callan y olvidan, negocian y se
lucran con la violencia que está detrás del rostro de apariencia humano pero
ejecutor del mal. Así, cuando no se puede hacer nada lo que sí podemos
hacer es sentir y re-sentir ante lo inaceptable del pasado contra la humanidad,
contra el hombre común. Un sentimiento que no es rencor sino el que expresa el
más intenso horror ante lo vivido, lo sucedido, el horror ante el
fundamentalismo, el fanatismo, o los amorales que se quieren limpiar las manos
y seguir pensando que aquí no ha pasado nada. Re-sentir es renovar el
sentimiento que intensifica lo vivido de lo inexplicable. Para Jankélévitch re-sentir
desde la resistencia ética es protesta contra una amnistía moral que no es
sino vergonzosa amnesia; nutre la llama sagrada de la inquietud y de la
fidelidad a lo invisible. El olvido sería aquí una grave afrenta a quienes
murieron.
Lo sustancial de la
enseñanza ética de este pensador de la resistencia moral radica en que los
crímenes contra la humanidad son imprescriptibles, es decir, no prescriben, el
tiempo no los puede borrar y perdonar.
Se está ante un crimen metafísico de una maldad ontológica,
que viene a justificar la eliminación de la existencia del otro,
no por tal o cual caso, sino a partir del hombre visto desde la degradación
biológica a simple bacteria a destruir. Los crímenes contra la humanidad son
crímenes contra la esencia del hombre, es decir, contra la humanidad del hombre
general. Una forma de calificar este tipo de crimen es la de aquellos que son
vistos como una existencia que no debe por qué existir, constituyéndose
un atentado del hombre en tanto hombre, pues niega a una parte del género
humano el derecho de formar parte de ella. Advierte que olvidar el
gigantesco crimen de todos los campos de la muerte sería un nuevo crimen contra
el género humano. A tono con la cita anterior de Adorno, declararía que Auschwitz
no es una opinión. Nos queda luchar apasionadamente contra el olvido
pues los muertos dependen enteramente de nuestra fidelidad. El pasado no
se defiende completamente solo como se defiende el presente o el porvenir. El
pasado, como los muertos, tienen la necesidad de nosotros; no existe sino en la
medida en que nosotros los conmemoramos. Y de tal forma que no mueran dos
veces y sean hundidos en las tinieblas.
El deber de la
memoria se hace presente ante lo imprescriptible. No hay posible perdón para
aquellos que han privado para siempre a otros de toda palabra. Por ello el perdón
está muerto en los campos de la muerte.
No queremos terminar
estas palabras sin las de otro de la resistencia ética ante el horror de los
holocaustos. El premio nobel húngaro Imre Kertéz, en su inquietante obra Un
instante de silencio en el paredón nos dice:
«Auschwitz no fue un accesorio del poder nazi, no fue, para emplear
una palabra de Jean Améry, su mero ‘accidente’, sino su ‘esencia’, su sustancia
y hasta su meta. (...) Auschwitz ya acechaba en los inicios en absoluto
inofensivos y se convirtió luego en el gran secreto, en la inmensa sombra
proyectada por las luces de Nuremberg, en el Gehena que humeaba bajo los pies
de todo el mundo y al que al final se precipitaron pueblos y naciones enteras y
hasta toda una época».
Bibliografía
Jankélévitch, V. (1967). Le pardon. París: París:
Aubier-Montaigne.
Jankélévitch, V. (1971). L’imprescriptible, Pardonner?
Dans l`honneur et la
dignité. París: Seuil.
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