domingo, 1 de octubre de 2017

Música y silencio

David De los Reyes
Universidad de las Artes,  Ecuador - UCV


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Música y silencio  son dos eventos  que, según C. S. Lewis, no pueden ser encontradas en el infierno, o lo que es lo mismo decir, dentro de nuestras vidas urbanas actuales. Nos sorprendemos cuando leemos  la  reunión de esas dos palabras: música y silencio. ¿Qué relación pueden tener? ¿Acaso la música no es lo contrario del silencio? ¿La música no vendría a ocultar el inaguantable silencio que para algunos individuos representa un estado de total desesperación? ¿El silencio, no es angustia muda para muchos  escuchas? El silencio se convierte, pareciera, en suplicio para el hombre  de sonoridad electrónica y mecánica del mundo actual.  La soledad se oculta tras una ráfaga de sonidos rítmicos repetitivos para vidas repetitivas sin sonido originales.
Sin embargo, bien es sabido por la humanidad pasada, música y silencio eran dos fenómenos que se complementaban, se emparejaban. Una sin la otra es imposible su existir. Todo silencio está ocupado por sonidos y todo sonido tiene que tener de base ese territorio aéreo que, como espuma callada, casi un espacio inmóvil, es  la dimensión del silencio.  Pensándolo así se nos hace más perceptible el corazón de esta  materia frágil; sus vibraciones se hacen de este modo cada vez más presentes.  Obviamente, Lo que aquí se entiende por silencio es  quietud. El  silencio es algo muy diferente a comprenderlo como una ausencia maligna, palabras que ya en nuestra actual existencia  pareciera conformar un paquete de condenación. Y al referir al silencio con la música, no es difícil imaginar que en el imaginado Infierno estaría tomado por el Ruido, "ruido infernal", pandemonium. Bajo esta apreciación, casi imperceptible, nos encontramos con otro aspecto de la cuestión, de donde emerge, a saber, que la música y el silencio están, de hecho, ordenados uno junto a otro, de una manera única.

Tanto el ruido como el silencio total destruyen toda posibilidad de entendimiento mutuo, porque destruyen tanto el hablar como el oír. Y es precisamente en medio de una era de insaciable y de permanente sonoridad, que el mutismo ilimitado de las personas pueda reinar. De la misma manera, en la medida en que tales vibraciones sonoras, en un constante tejido vivencial dentro de cualquier espacio privado o público, sea  aceptado como un  entretenimiento de la modernidad y sus tecnologías del sonido, la cual termina siendo  intoxicante  como un ruido rítmico cacofónico. La música, en su estado original, es  casi el único fenómeno que puede  crear una especie de silencio, ¡aunque de ninguna manera sin tener la capacidad de emitir sonido! Haciendo posible, por la atención y concentración prestada, que un silencio   se escuche; de un silencio que se siente y oye más que  presente, independiente del  sonido y  la melodía. (Como condición básica, cualquier persona debe estar quieto si quiere percibir el sonido del latido del corazón de otra persona o las palabras en un diálogo).  Más allá de esto, la música, como arte y fenómeno acústico,  abre una gran dimensión espacial de silencio, que, cuando las cosas suceden aparece felizmente esta realidad casi inefable, que nos absorber en un punto más alto que la excelsa música.

Para finalizar esta reflexión tomemos las palabras que nos dice Kafka al respecto:

“Todo lo que vive fluye. Todo lo que vive emite sonido. Pero sólo percibimos una parte de ella. No escuchamos la circulación de la sangre, el crecimiento y la descomposición de nuestro tejido corporal, el sonido de nuestros procesos químicos. Pero nuestras delicadas células orgánicas, las fibras del cerebro, los nervios y la piel están impregnadas de estos sonidos inaudibles. Ellos vibran en respuesta a su entorno. Este es el fundamento del poder de la música. Podemos liberar estas profundas vibraciones emocionales. Para ello, empleamos instrumentos musicales, en los que el factor decisivo es su propio potencial sonoro interior. Es decir: lo decisivo no es la fuerza del sonido, ni su color tonal, sino su carácter oculto, la intensidad con que su potencia musical afecta a los nervios. La Música debe ... elevar a la conciencia humana las vibraciones que de otra manera son inaudibles y no percibidas ... llevar el silencio a la vida ... descubrir el sonido oculto del silencio. (Gustav Janouch, "Conversations with Kafka")