sábado, 1 de abril de 2017



Popper: pensador clave del siglo XXI

Carlos Blank

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Una de los rasgos más característicos del pensamiento de Karl Popper es la dificultad de encasillarlo en alguna de las posiciones o corrientes más conocidas. Eso que puede parecer una desventaja, constituye, en realidad, una gran ventaja y es una muestra de la gran riqueza de matices y contrastes que dicho pensamiento ofrece. Pero si tuviésemos que clasificarlo o ponerle una etiqueta, posiblemente una de las mejores caracterizaciones que se pueda hacer de  Karl Popper es de que se trata de un pensador adversativo. En distintos autores encontramos dicha clave hermenéutica del pensamiento popperiano. Así, por ejemplo, lo destaca José Antonio Marina, en la introducción a la versión castellana de Knowledge  and the Body-Mind Problem. In Defence of Interaction -de cuya versión en Word extraemos las citas.

Karl Popper es un pensador adversativo. Es racionalista, pero cree que sólo puede serlo por una decisión no racional. Es kantiano pero heterodoxo. Es ilustrado pero escéptico. Confía en la ciencia, pero afirma que sólo podemos estar seguros de las falsedades, no de las verdades. Es optimista pero cree que es más probable, para nosotros, la regresión que el progreso. Podemos decidir nuestro futuro, pero suceden cosas que nadie desea, como una guerra o una depresión económica. El lenguaje, la ciencia, las tradiciones son creaciones humanas pero disfrutan de autonomía. Buscó siempre la verdad pero pensaba que sólo puede alcanzarse lo verosímil. Defendía el conocimiento pero sin sujeto cognoscente. Creía que la inteligencia partía siempre de afirmaciones dogmáticas pero para someterlas a crítica.

Marina considera que en ese pensamiento adversativo podemos encontrar “una de las posibles salidas al debate entre modernidad y posmodernidad, que aún no está cerrado”. Al respecto señala:

Me interesa releer a Popper desde la superación del posmodernismo, que es la atalaya donde me gustaría estar. Después del diluvio hermenéutico, después de la sociología de la ciencia, después de la fragmentación de la realidad, después de tanto pensamiento débil, después de las deconstrucciones, después del fracaso marxista, después de las proclamas sobre el fin de la historia, cuando un suave relativismo, engañoso por su ausencia de dramatismo, nos engatusa a todos como un lecho bien mullido donde siempre encontramos una postura confortable, resulta útil volver al escepticismo apasionado de Popper, a su difícil pelea por una verdad siempre en la lejanía, a su optimismo cauteloso.
Esta energía para luchar con la complejidad, con la contradicción, con la inseguridad, con la divergencia, es lo que me parece esencial en el talante de Popper, lo que abre más sugerentes caminos al pensador pos-posmoderno, al que está más allá de la modernidad y de la posmodernidad. Al ultramoderno.
El posmodernismo ha creado un concepto monstruoso de la razón y después le ha sido fácil criticarlo, propugnando otros modos de pensar, otras figuras históricas de la inteligencia. Pero no es un etnocentrismo europeo proclamar la preeminencia de la razón. Creo que prolongo las ideas de Popper al afirmar que la elección de la racionalidad no se basa en su capacidad para fundar un conocimiento bien corroborado, sino en que es el uso de la inteligencia que mejor puede salvarnos del horror. La irracionalidad conduce antes o después a la violencia.
Cada época ha elegido un modelo de inteligencia a partir de lo que consideraba su creación más grandiosa. La modernidad escogió como ideal la razón y la ciencia. La posmodernidad ha acogido un paradigma estético. Ahora conocemos ya la fuerza y la debilidad del racionalismo, y la fuerza y debilidad de un pensamiento débil. ¿Cómo integrar la razón y el sentimiento, lo universal y lo concreto, las generalidades y las diferencias, la norma y el caso, las verdades y los valores? Quiero pensar que ha llegado la hora de un nuevo modelo, capaz de alcanzar todas esas metas integradoras, al que me gustaría llamar paradigma ético de la inteligencia. Pues bien, como hemos visto, la última valoración que hace Popper de la razón la hace desde la ética. Su meta no es el conocimiento, sino la felicidad. Por esto creo que merece una lectura ultramoderna.

Con ciertas reservas en torno a  la mención que Marina hace de la felicidad al final, la cual, nos parece, habría de matizarse mejor, suscribimos plenamente el conjunto de sus reflexiones y la propuesta que nos hace de retomar el pensamiento popperiano para superar los dilemas del presente y formular un “paradigma ético de la inteligencia”, que, no cabe duda, resulta una propuesta atractiva para quienes de alguna manera están familiarizados con las propuestas popperianas. 
Un punto de vista bastante similar lo encontramos en Philip Parvin. Para él también es evidente el carácter adversativo del pensamiento popperiano y que  a pesar de tener  elementos comunes con el postmodernismo, el postestructuralismo y la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, difícilmente podemos encasillarlo dentro de cualquiera de dichas corrientes.  Estas corrientes exhiben un radicalismo que es opuesto al espíritu reformista popperiano.

Contra Popper, los postmodernos, los postestructuralistas y los teóricos críticos, argumentan, cada uno a su manera, que la ciencia social y política es necesariamente e inevitablemente radical: comprender la sociedad implica un radical compromiso con sus instituciones, su historia, y la gente que forma parte de ella, y resolver problemas requiere actuar sobre lo que encontramos. Y lo que encontramos no siempre responde bien a una reforma de naturaleza fragmentaria y tentativa, sino que debe ser resuelto mediante iniciativas de largo alcance que tienen implicaciones de largo alcance y posiblemente de carácter revolucionario. (Parvin, 2010, pp. 118s)

Muchas veces se ha destacado como una suerte de contradicción del pensamiento popperiano el carácter revolucionario de su enfoque metodológico de las ciencias naturales, donde con razón insiste en los peligros del adocenamiento y de la normalización del conocimiento científico,  mientras que por otro lado  formula un pensamiento de corte reformista, anti-revolucionario y anti-radical, en el plano social y político. Sin embargo, no hay tal contradicción. La razón de dicha aparente anomalía es simplemente el resultado de las consecuencias que se derivan  y de lo que  está en juego en cada caso. En el caso de las teorías científicas que se ocupan de la naturaleza podemos y debemos formular hipótesis audaces, que en caso de resultar falsas son simplemente descartadas o mueren en lugar de aquellos que las formulan, de allí su conocido enfrentamiento con Kuhn y su defensa de la ciencia normal. Por otro lado,  en el plano de la realidad social y política, los riesgos de aventurarnos a la realización de ensayos o experimentos de naturaleza radical, donde el conocimiento empírico acumulado suele ser bastante limitado, involucra riesgos para la propia sociedad, puede conducir, como de hecho ha ocurrido, al exterminio sistemático de los propios seres humanos. En otras palabras, sin renunciar al ideal ilustrado de la emancipación del hombre a través de la razón y el conocimiento, Popper siempre propone una defensa cautelosa y prudente de la razón y del conocimiento, alejado de la hubris y de la soberbia intelectual que suele acompañar a menudo dicha defensa. A pesar de que muchos autores pudiesen encontrar similitudes entre el pensamiento de Popper y las corrientes antes mencionadas, Parvin se apresura a decirnos:

Popper no era un postmoderno. Su insistencia en que es posible el uso de las herramientas de la razón y de la objetividad para revelar conocimiento acerca de todos los aspectos del mundo, desde la mecánica cuántica al diseño apropiado de las instituciones sociales y políticas, luce en franca contradicción con los reclamos hechos por los postmodernos de que dicha tarea está condenada al fracaso. A pesar de ir en contra de algunos pensadores de la Ilustración al cuestionar la capacidad de la razón de revelar determinadas verdades del mundo, no fue un postestructuralista en la vena de Foucault o Bourdieu, y a pesar de ser un apasionado crítico (o rival de la compresión de la ciencia, del autoritarismo, del totalitarismo, de buena parte de la filosofía), no fue ciertamente un 'teórico crítico' en la tradición de pensadores como Habermas, Adorno o Horkheimer. (Parvin, 2010, p. 138)

Por lo tanto, dicha cautela no debe ser confundida en ningún momento con una posición pesimista y, menos aún, derrotista, ante la posible solución de los problemas sociales y políticos. Todo lo contrario. Supone siempre una defensa inclaudicable del poder de la razón frente a las amenazas permanentes de la irracionalidad y de la violencia injusticada, sobre todo, de la crueldad que es capaz de desarrollar el ser humano contra sus semejantes. Hay quienes sostienen que el pensamiento de Popper tuvo vigencia durante la Guerra Fría y a pesar de que esa no fuese su intención inicial al escribir La sociedad abierta y sus enemigos -que él quería establecer como un puente de comunicación entre liberales y socialistas-, dicho libro terminó  convirtiéndose en el símbolo de la polarización durante dicho período gracias a su crítica al “totalitarismo”, que pasó a ser un término dominante de la Guerra Fría.  Por lo tanto, ya cumplido su cometido una vez que se produce el derrumbe del comunismo, el pensamiento político de Popper ha perdido su vigencia y su utilidad como herramienta en contra del comunismo, la era del post-comunismo ha devenido también  la era del post-popperianismo.  Quienes así piensan deberían de pensarlo mejor, pues en pleno siglo XXI hay amenazas que se ciernen contra la humanidad, contra la civilización tal y como la conocemos,  lo cual hace  que su pensamiento cobre todavía mayor vigencia si cabe  en este período de post-Guerra Fría, o de paz caliente, como decía Carlos Fuentes (2001), en que nos encontramos en pleno siglo XXI, cuando incluso se habla de una reedición de la Guerra Fría y de sus amenazas.

Pues mientras el nazismo y el fascismo están ciertamente en retirada, la política global está todavía amenazada con varios de los peligros contra los cuales luchó Popper. El tribalismo característico de las sociedades cerradas es todavía demasiado evidente en los conflictos étnicos y nacionalistas que continuamente plagan gran parte del mundo y en la creciente politización y radicalización de la religión en muchos países, incluidos aquellos que son gobernados por instituciones liberales y democráticas. A pesar del creciente reclamo popular de muchos científicos sociales y políticos, practicantes y comentadores de la erosión de las identidades nacionales y étnicas en la era de la globalización, del incremento de la migración y de la expansión de mercados capitalistas y el declive de la significación de las naciones estado como consecuencia del surgimiento de instituciones supranacionales como el FMI, el Banco Mundial, la UE y la ONU, la predisposición de muchas personas a aferrarse a identidades culturales, religiosas o étnicas, a luchar por ellas y matar en nombre de ellas, parece tan fuerte como siempre. Igualmente, la predisposición de los líderes y regímenes no democráticos a usar las instituciones del estado para brutalizar a sus ciudadanos, para tiranizarlos y negarles sus libertades básicas, todo en el nombre de un bien mayor, representa una permanente fuente de miseria para cientos de miles de personas a lo largo y ancho del mundo. La sociedad abierta todavía tiene enemigos. Podrán ser diferentes de  aquellos sobre los que escribiera Popper, pero la crítica de Popper al fascismo y al totalitarismo aplica con la misma fuerza y coherencia  a los nuevos, más obvios males del fanatismo religioso, del autoritarismo y del nacionalismo que vemos hoy a nuestro alrededor. (Parvin, 2010, pp. 132s)

De tal manera que en lugar de haber perdido vigencia y actualidad a la luz de los nuevos acontecimientos sociales y políticos ocurridos después de la Guerra Fría, el pensamiento de Popper tiene hoy más vigencia que nunca para comprender los males que nos acechan y para poder formular los remedios apropiados a dichos males. Uno de los seguidores más fieles de Popper, responsable de algunas de sus publicaciones póstumas, se lamenta de que el resurgir del liberalismo se haya producido bajo la predominante influencia de Friedrich von Hayek y no de la mano de Popper. En el libro de Mark Notturno (2015) sobre Popper y Hayek se reconoce la influencia recíproca que han tenido ambos autores y como en función de dicha influencia mutua han ido modificando sus posiciones y acercándose el uno al otro. Este es el caso del concepto de planificación fragmentaria o ingeniería social fragmentaria, donde la sola mención de un enfoque ingenieril era repudiable para Hayek así como era repudiable cualquier forma de intervención estatal. También en el caso de la racionalidad han pasado de ocupar posiciones relativamente opuestas a converger hacia la defensa de un tipo de racionalidad que debe mucho a la tradición y a la evolución de instituciones de carácter liberal y democrático. Incluso se señala que Popper se fue aproximando con relación al capitalismo a una visión mucho más conservadora como la de Hayek, aunque -de nuevo ese carácter adversativo omnipresente de su pensamiento- siempre sospechó de cualquier fundamentalismo del mercado.
Pero si bien existen muchos puntos que los unen, las diferencias que los separan no son menos importantes y distan mucho de ser meramente de carácter semántico o terminológico, en campos tan sensibles como el tema del racionalismo, de la economía y de la democracia.  En el caso de las leyes y de la defensa del marco legal,  por ejemplo, hay una clara separación entre Popper y Hayek, al punto que podría considerarse la posición de Hayek como un caso de enemigo de la sociedad abierta dentro de la concepción popperiana. En efecto, según Notturno,  Hayek plantea una serie de reformas del sistema legal, particularmente del sistema electoral, que podrían entrar en clara contradicción con la postura popperiana y ser un síntoma del utopismo que él ha denunciado en diversas oportunidades, un caso típico de búsqueda de los mejores gobernantes y los más sabios, en lugar de un sistema que se protege frente a cualquier forma arbitraria o ilimitada de poder. Notturno la califica de “tiranía liberal”. Esto tiene que ver también con las diferencias que ambos tienen con relación al papel de las tradiciones y el marco legal y la posibilidad de reformas.  Por estas y otras muchas razones más -de las cuales nos ocuparemos en otra oportunidad-, Notturno considera que se ganaría mucho terreno si dentro de la discusión pública norteamericana se utilizasen las herramientas que nos proporciona el pensamiento popperiano y que el no haberlo hecho hasta ahora constituye la pérdida de una gran oportunidad, al ser una figura marginal dentro del debate académico y público en general.
Y,  sin duda, en un mundo que apunta hacia dominio de la “post-verdad”, de la “post-democracia” y del relativismo “post-moderno”, de eso que ya algunos llaman la “era Trump”- seguramente se hablará de la “era post-Trump” también-,  el pensamiento popperiano constituye posiblemente su mejor antídoto y su mayor bálsamo. Como ya esperamos haber destacado suficientemente, el pensamiento de Popper representa una alternativa a muchas de estas corrientes “post-algo” o “post-cualquier-cosa” que abundan en el panorama “post-histórico”, “post-humanista”, “post-industrial” y “post-capitalista” de la actualidad, o, para complicar aún más las cosas,  en nuestra era “post-Guerra Fría” que está a punto de convertirse en la era de la “post-post-Guerra Fría”, y así usted elija el “post-algo” que más le guste  o suene bien. En fin, cada quien puede elegir el “post”, “post-post”, y pare usted de contar, o poste al cual ahorcarse, pues en el mercado actual abundan y proliferan constantemente. El propio pensamiento de Popper no ha podido escapar de ello cuando se lo clasifica de “post-positivista”, “post-empiricista” o “post-fundamentalista”. Pero como diría Popper, lo de menos son las etiquetas o las discusiones sobre cuestiones meramente verbales o lingüísticas. Al final de nuestro trabajo veremos su pronunciamiento acerca del uso indiscriminado de algunos “post-x” o  “post-y”.   
En todo caso, en un mundo donde los fanatismos y los fundamentalismos de cualquier signo se suceden a una velocidad vertiginosa, donde el pensamiento dogmático y acrítico suele predominar, donde no se comprende la fragilidad de la condición humana así como la precariedad de todo progreso, el pensamiento de Popper nunca perderá su vigencia y actualidad. Si en gran parte nos ayudó a comprender y a transitar los conflictos del siglo XX, todo parece indicar que dicha ayuda será también  necesaria, o incluso más necesaria aun,  durante el desarrollo de este siglo XXI, plagado de amenazas y peligros. Podríamos señalar que si bien el pensamiento de Popper conserva muchas de las criticas que se han llevado a cabo sobre  una modernidad fallida, un proyecto ilustrado fracasado y superado, su irresoluble fe en la razón -a pesar de todas sus limitaciones- lo hace también uno de los defensores más consistentes y pertinaces de una modernidad que no está nunca satisfecha consigo misma y que encuentra en la crítica la punta de lanza de su progreso continuo, a pesar de las amenazas permanentes y constantes en contra de los avances de la civilización y de la sociedad abierta.  A continuación citaremos otro texto de la excelente obra de Parvin, donde  resume magistralmente el legado del pensamiento de Popper y explica también por qué se ha mantenido como una figura marginal en el marco del debate académico del pensamiento político. De paso, destaca claramente el carácter adversativo de su pensamiento.
Popper no puede ser fácilmente asociado a la Escuela de Cambridge, ni tampoco al postmodernismo, al postestructuralismo o a la teoría crítica. Nunca ocupó el mismo espacio teórico de Rawls o sus seguidores, a pesar de que sus conclusiones tienen una relevancia permanente en sus áreas de trabajo. No fue un utilitarista en el sentido en que la mayoría entiende el término, tampoco  un teleologista, a pesar de que estaba comprometido con la evaluación del éxito y del fracaso de las reformas sociales propuestas, al menos como parte de la respuesta a las consecuencias que generaban. No fue un relativista, un nacionalista, un comunitario, pero reconoció la importancia (a menudo perniciosa) que ser miembro particular de un grupo ha tenido para mucha gente a lo largo de la historia. Nunca fue estrictamente un conservador, un libertario ni un liberal clásico, pero rechazó la planificación social, económica y política de largo alcance e influyó en aquellos que se asociaban a sí mismos con estas tradiciones. No era socialista, pero creía que las instituciones del estado pueden y deben aliviar la paralizante pobreza que mucha gente sufría todavía. Fue brevemente marxista, y durante toda su vida mantuvo un respeto por la contribución de Marx al pensamiento económico y social, aunque al final del día lo veía como un peligro para los objetivos de una sociedad abierta. Sostuvo los ideales encarnados en la Ilustración mientras que criticaba con fiereza muchos pensadores ilustrados, defendió la política basada en la razón al mismo tiempo que afirmaba sus limitaciones, y defendió el crecimiento del conocimiento al mismo tiempo que afirmaba que el conocimiento certero era imposible. En La Sociedad Abierta presentó un importante pronunciamiento a favor de la socialdemocracia en la era de la post-guerra, basada en una epistemología que sería utilizada por muchos para destruirla. Tampoco fue un pensador del contrato social como Locke, Hobbes, Rousseau o Kant. No apoyó sus conclusiones en controversiales alegatos sobre la naturaleza humana o el contenido de las motivaciones humanas. No se preocupó explícitamente de muchas de las cuestiones que los teóricos de la política consideran medular dentro de su disciplina, como las obligaciones políticas, los derechos o el origen de la ley. Y no proporcionó una completa y total teoría normativa de la teoría política. (Parvin, 2010, pp. 148s)

La vigencia del pensamiento de Popper, en particular, su pensamiento político, adquiere todo su valor en un mundo en que las modas intelectuales se suceden con mayor frecuencia que las modas de los diseños de ropa, donde predomina el  prêt-à-penser, como diría Morin; donde el carisma y la propaganda suelen ser más importantes que el mensaje y el contenido, donde el medio es el mensaje y el mensaje es el masaje, decía McLuhan; donde, por cierto,  la razón  ha pasado de moda y se ha puesto de moda, en cambio, un pensar débil y relativista, una suerte de pensamiento a la carta y, sobre todo, donde los dogmatismos y los fanatismos, así como los actos violentos que a menudo acarrean, están a la orden del día. En un mundo así, si se me permite un estilo más personal, no diría simplemente que el pensamiento de Popper luce necesario, sino que  me atrevería a afirmar que resulta indispensable, si no fuese porque la propia cautela que nos recomienda su pensamiento hace que nuestras adhesiones siempre sean tentativas y dispuestas a revisarse permanentemente. Por eso tampoco me atrevería a afirmar con total certeza que será un pensador clave de este siglo que está comenzando, aunque sospecho que así pueda ser. Siguiendo el talante del autor que ha motivado este breve ensayo, diría que se trata de una propuesta que someto a la consideración de los amables lectores y del tiempo, claro está, que implacablemente se encarga de poner todas las cosas y las personas en su lugar correspondiente. Probablemente ahora se comprenderá mejor el carácter tentativo y propositivo que hay en el título del presente ensayo, completamente alejado de cualquier pretensión de realizar una afirmación categórica o, peor aún, dogmática. Pero dejemos entonces que sea finalmente el propio autor quien pudiese convencernos de dicha solicitud o propuesta, a través de las palabras finales del prefacio de la edición inglesa de La lógica de la investigación científica escrito en 1958 y que conserva una sorprendente actualidad.
Defender un dogma más es, sin embargo, lo último que quisiera hacer: incluso el análisis de la ciencia -la 'filosofía de la ciencia'- amenaza con convertirse en una moda, en una especialidad; mas los filósofos no deben ser especialistas. Por mi parte, me interesan la ciencia y la filosofía exclusivamente porque quisiera saber algo del enigma del mundo en que vivimos y del otro enigma del conocimiento humano de este mundo. Y creo que sólo un renacer del interés por estos secretos puede salvar las ciencias y la filosofía de una especialización estrecha y de una fe obscurantista en la destreza singular del especialista y en su conocimiento y su autoridad personales; fe que se amolda tan perfectamente a nuestra época “postrracionalista” y “postcrítica”, orgullosamente dedicada a destruir la tradición de una filosofía racional, y el pensamiento racional mismo. (Popper, 1980, p. 23)


Referencias
Fuentes, C. (2001). La paz caliente. Nexos. (http://www.nexos.com.mx/?p=10150)
Notturno, M.A. (2015). Hayek and Popper. On rationality, economicism, and democracy. London/New York: Routledge/Taylor & Francis Group.
Parvin, P. (2010). Karl Popper. New York/London: Continuum
Popper, K.R. (1980). La lógica de la investigación científica. Madrid: Editorial Tecnos.