lunes, 1 de febrero de 2016

Algunas ideas para pensar a la Universidad
de nuestro tiempo
Miguel Ángel Latouche[i]






I
Vivir de manera más o menos civilizada durante la Época Medieval, era vivir dentro de los límites de la ciudad amurallada. Los muros de la ciudad representan una imagen poderosa: Estos se erigen para proteger a los hombres de los embates de un mundo incivilizado y salvaje en el cual las garantías para la supervivencia individual estaban referidas a la lógica de supra- subordinación que se produce entre los siervos y el Señor Feudal como resultado de la ‘imposturas de las manos’. Institución mediante la cual se ‘cierra’ un compromiso de servidumbre que contempla, en contraprestación, la protección militar y el establecimiento de ciertas garantías para la supervivencia individual y grupal. Se definía, de esa manera, un mecanismo de salvaguarda que permitía la reproducción de la vida pública, en el entendido de que la misma se estructuraba en los mercados y en las cortes, siendo aquellos los sitios en los cuales era natural que la población se encontrase para intercambiar productos, para enterarse de las noticias cotidianas o para escuchar el mandato que se establecía desde la estructura jerárquica del poder medieval.
         En general, el medioevo es considerado como una época signada por el oscurantismo. La ruptura de la organización romana producida por las invasiones bárbaras y la desconsolidación paulatina del imperio, dieron origen a instancias ordenadoras de carácter local, cuyo poder se encontraba limitado y necesitaba ser defendido de manera permanente en medio de una circunstancia en la cual la ausencia de caminos y las dificultades de interconexión hacía que la vida en sociedad, la vida civilizada sólo fuese posible dentro de la ciudad amurallada. Los muros, entonces, garantizaban algún nivel de seguridad para quienes se encontraban dentro de sus límites, al tiempo que establecían una clara diferenciación entre quienes pertenecían, y los que no, al ámbito del colectivo que se encontraban contenido dentro de ellos. Los muros permitían una clara diferenciación entre unos y otros, no sólo hacían posible que se mantuviesen fuera quienes no pertenecían a la comunidad política, sino que también definían a quienes pertenecían a aquella.
          A lo largo de la época Medieval se produce, sin embargo, un hecho crucial para la historia de la humanidad: El conocimiento es salvaguardado y trasmitido de generación en generación mediante la reproducción manual de los libros que contenían el pensamiento del mundo antiguo. Los oscuros monasterios medievales con sus lúgubres pasillos y sus amplias salas para la meditación silenciosa, no sólo se constituyeron en ejes centrales de la intriga política y del ejercicio del poder; sino que adicionalmente se constituyeron en el refugio del conocimiento que se había desarrollado durante la antigüedad para adormitarse en el sino lejano de los tiempos, durante casi diez siglos. Cuando observamos el arte de la época, particularmente la iconografía, nos encontramos con una representación permanente acerca de Dios y acerca de lo divino, los hombres se constituían, después de todo, en función a su relación con Dios.
De manera que los hombres, en genérico, existían y eran reconocidos como seres humanos en términos de sus potencialidades en tanto y en cuanto existiese una relación identificable con Dios. La individualidad de los sujetos se diluía en el término de su relación con la divinidad y en términos del cumplimiento de su mandato. Dios era el centro del Universo. El poder político se legitimaba mediante la ‘unción’ que provenía de Dios y de la iglesia y se realizaba por vía del mandato que era proporcionado por el reconocimiento que la Iglesia de Roma hacia del mismo. Por eso, perdón por la digresión, la imagen de Napoleón tomando la corona con sus propias manos y colocándosela a sí mismo, es tan poderosa: nos está diciendo, sin que venga al caso analizar al personaje, que la legitimidad de su poder no tiene un origen divino, sino terrenal, lo que implica una ruptura profunda con la pretensión eclesiástica de monopolizar el ejercicio de la legitimación política.
         Entonces, fue, precisamente, en aquel proceso de transcripción y resguardo del pensamiento antiguo en el que se jugó la posibilidad de redescubrir el espíritu de lo humano y la esencialidad del hombre como eje central de la convivencia pública. No en vano Popper señala que la labor de las bibliotecas como recolectoras y protectoras del conocimiento humano ha sido esencial para la evolución de nuestras formas modernas de organización colectiva. Si se produjese un Holocausto Nuclear – refiere Popper- en el cual pequeños grupos humanos lograran sobrevivir y, al mismo tiempo, algunas bibliotecas se salvaran de la destrucción, los sobrevivientes tendrían la posibilidad de utilizar el conocimiento albergado en los libros y desde allí reiniciar la aventura de establecer un mecanismo civilizado para la convivencia humana. En el caso de que las bibliotecas fuesen destruidas la civilización tendría que empezar desde cero. En la salvaguarda de los textos antiguos se establece la simiente que permitió el Renacimiento.




II
         Desde el punto de vista estatutario nuestra universidad tiene un carácter Republicano. De sus orígenes medievales hemos heredado la estructura del Claustro universitario y una ordenación jerárquica que se define a partir de los sistemas de ascenso dentro del escalafón universitario. Pero de igual manera, hemos heredado un imaginario que nos ha llevado a mirarnos hacia dentro y a mantenernos distantes del mundo que nos circunda. Ciertamente, la universidad tiene la responsabilidad de resguardar el conocimiento, pero también tiene la responsabilidad de producirlo y de reproducirlo en términos de que pueda ser trasmitirlo a los estudiantes. Ese conocimiento tiene que ser relevante para el desarrollo del país, para ello debe estar actualizado, debe incorporar categorías teórico- conceptuales consistentes y tener un alto grado de pertinencia, pero adicionalmente debe proporcionarle al egresado un conjunto de herramientas que le permita insertarse de manera exitosa y competitiva en el ámbito laboral y contribuir con el mantenimiento del espacio público dentro del cual se produce nuestra convivencia como colectivo.
Ya lo decía Ortega y Gasset, la Universidad no tiene la responsabilidad de producir eruditos y/ o genios, esa es una actividad individual que asumirán quienes decidan adelantar sus vidas a lo largo de lo que Weber ha llamado ‘la ruta de los sabios’. La Universidad, sin embargo, tiene la responsabilidad de contribuir a que sus egresados adquieran una serie de condiciones que les permitan que sus vidas sean vidas relevantes en el sentido de lo que implica, como diría Sen, vivir una vida que valga la pena vivir.
         La misión de la Universidad no se circunscribe a la formación profesional que adquieren sus estudiantes, por el contrario esa función esencial debe estar complementada por las actividades de investigación y de extensión universitaria. El trabajo de la Universidad debe ‘jugarse’  en dos niveles: Hacia adentro en  lo que respecta con la consolidación de su estructura funcional y hacia afuera en lo que tiene que ver con su propio posicionamiento de cara al país. En cuanto al primer aspecto es necesario fortalecer y mejorar el funcionamiento docente, a través de la actualización permanente, del incremento de los sueldos, del establecimiento de estímulos y reivindicaciones laborales. Pero también mediante la reposición de cargos, la apertura de concursos de oposición, el redimensionamiento de las Cátedras y los Departamentos.
         Hacia afuera es necesario hacer más permeables los muros que de manera simbólica separan a la Universidad del país, esto a los fines de que la institución pueda impactar de manera más directa sobre el proceso de desarrollo del mismo. La Universidad necesita desbordarse sobre el país, impregnarlo con su ejemplo, con su capacidad de construir desde la reflexión profunda y desde la tolerancia.  La universidad es por definición un ámbito para la discusión desde el respeto, un sitio en el cual cabemos todos con las diferencias que pudieran existir, un lugar donde el diálogo debe tener un carácter permanente. Para ello, creo, es necesario establecer un mayor número de redes e interconexiones en las cuales insertarnos. La contribución sustantiva de la Universidad de nuestro tiempo tiene que ver con su propia constitución en un ámbito para la construcción de lo público, para la confluencia desde la diferencia, para la agregación cooperativa. Al igual que las bibliotecas medievales la Universidad tiene la misión de salvaguardar el conocimiento, de protegerlo y de producirlo, al mismo tiempo que se constituye en un ámbito para la construcción del espacio público y para la protección de los valores que guían nuestra convivencia colectiva.



[i] El autor es Doctor en egresado del Doctorado de Cs. Políticas de la UCV y Director de la Escuela de Comunicación Social.