sábado, 1 de noviembre de 2014

Al maestro con cariño

Recordando a Ezra Heyman


Carlos Blank





Lo que define la importancia de una persona para nosotros no es la cantidad de veces que la hemos frecuentado  o el tiempo que nos hemos mantenido en contacto con ella, sino el impacto permanente que ellas han tenido en nuestro ánimo. Podemos decir que el impacto de Ezra Heymann fue de esta naturaleza. Y como algunas amistades,  ellas pueden perduran aun a pesar de que hayamos mantenido poca frecuencia en el trato o hayamos perdido incluso contacto en un determinado momento. Con las películas puede suceder lo mismo, su efecto es duradero independientemente de las veces que la hayamos visto.  Y ese fue precisamente nuestro caso.
 La primera vez que tenemos “recolección” o memoria de haberlo “conocido” fue en una conferencia de Julio Pagallo, entonces en la sede de San Bernardino,  acerca de la crítica que realiza Hegel en La Fenomenología del Espíritu a la concepción “vestibularia” del conocimiento en Kant. Después de escuchar la brillante exposición de Pagallo tomó la palabra Juan Nuño y con su acostumbrado estilo atrabiliario echó sapos y culebras, no en contra del orador obviamente, sino en contra de Hegel, de su supuesta omnisciencia y de su charlatanería y del carácter pseudocientífico de su “método” dialéctico. Obviamente la intervención de Nuño nos dejó también una huella permanente y con el tiempo nos recordará bastante la crítica de Popper y la propia alergia –justificada o no, ese es otro tema- a todo lo que huele o sabe  a Hegel. La otra intervención de la cual tenemos memoria –las demás las olvidamos con el tiempo- fue la de un enjuto profesor que hablaba con un acento bastante curioso o difícil de definir para nosotros en ese entonces, a diferencia del inequívoco acento castizo de Nuño. Ahora sabemos que esa persona era Heymann. Lo que más nos llamó la atención fue que comenzó su intervención felicitando al ponente y después valorando lo expuesto así como reconociendo la relevancia de lo tratado allí. Ya entonces nos percatamos, sin conocerlo aun, que esa era su sello característico: encontrar el lado más interesante o valioso de una conferencia o de un autor, sin dejar por ello de deslizar alguna crítica o comentario mordaz o irónico de tanto en tanto. Desde entonces nos dimos cuenta de que reunía dos cualidades muy importantes en el pensamiento filosófico, en términos de Merleau-Ponty, “el sentido de la ambigüedad y el gusto por la evidencia”.
Posteriormente, a comienzos de los 80,  pudimos constatar de manera más directa ese estilo tan peculiar de expresarse y de formular o desarrollar un determinado tema. Esa segunda oportunidad fue en el marco de la Maestría de Filosofía de la UCV, en un seminario sobre la epistemología de nuestro mutuamente admirado Jean Piaget. Allí pude presenciar su verdadera maestría. Pudimos constatar el profundo dominio que tenía de las ideas del autor, cuyas ideas iba desplegando como si asistiésemos a la génesis de las ideas del propio autor, es decir, seguía el mismo método genético de Piaget. No se trataba de hablar acerca de Piaget, sino de pensar como Piaget, al menos esa era la impresión que teníamos al escucharlo en su conocido estilo pausado, pausa dramática que a veces podía resultar algo exasperante para alguien con un biorritmo más acelerado.
Combinaba la capacidad de análisis, de amor al detalle y la búsqueda de la diferencia, con la capacidad de síntesis y de búsqueda de lo semejante. Siempre fue un interlocutor generoso y paciente, por no decir condescendiente, al punto de que siempre parecía encontrar algo interesante en los comentarios de los demás, posiblemente porque era capaz de ver más allá de las palabras, y se colaba en el hiato inevitable que hay entre lo que se quiere decir y lo que se dice efectivamente. Nunca pretendía lucirse y menos a costa de los demás. Tenía un profundo sentido de la justicia  y del “fair play”, tal vez porque en varias oportunidades tuvo que huir de la injusticia y del “juego sucio”. Como se sabe, Heymann tuvo que huir primero del nazismo en Europa y después de la dictadura en Uruguay. Fue uno de los primeros venidos de Uruguay –así como de otros países del Cono Sur- huyendo de la intolerancia y de la estrechez económica, y atraídos hacia un país en el cual había expectativas económicas para un profesor universitario y en general un clima de tolerancia y cordialidad –ahora la polaridad se ha invertido.   Seguramente esas experiencias lo marcaron en sus gustos filosóficos, Kant, Arendt, Popper o Rawls, para solo mencionar algunos de su amplio repertorio. Pues como si de un intérprete musical se tratase no solo tenía un amplio repertorio sino que sabía interpretar a cada autor, añadiéndole siempre un “plus” o “valor agregado” en su interpretación. Siempre era capaz de añadir algún matiz  o descubrir un ángulo nuevo para enriquecer la obra que estaba “ejecutando.” De allí su maestría.
Como decíamos al comienzo, el suyo fue un magisterio breve, si se quiere,  pero dejó una huella imborrable en nuestra memoria. Posteriormente nos encontramos en diferentes actividades llevadas a cabo por la UCAB, esta vez como “colegas” universitarios. En una primera oportunidad, en un Coloquio sobre Hermeneútica y posteriormente en un Coloquio Interuniversitario Iberoamericano: Racionalidad científica, racionalidad práctica y racionalidad teológica, donde expuso sendas ponencias que hemos transcrito para rendir este modesto homenaje al Maestro, con mayúscula. Más recientemente, en el 2002, nos encontramos en un homenaje a Karl Popper por el centenario de su nacimiento propiciado por CEDICE. En esa oportunidad el tema era una crítica a la visión antiexpresionista de Popper en el Arte, en especial, en la música. Lamentablemente no conservamos el texto expuesto en esa oportunidad.
En una ocasión le comentamos que estábamos elaborando un trabajo comparativo entre Popper y Wittgenstein. De más está señalar que el comentario que nos hizo acerca del contraste entre ambos temperamentos filosóficos hizo que tuviésemos que reformular nuestro trabajo y dar cuenta de aspectos que habíamos ignorado inicialmente. Ese era Heymann, alguien siempre generoso y que seguramente ha hecho revisar a más de uno sus opiniones. Sin duda él lo hizo también, pues, como Popper, entendía el oficio de filósofo como una búsqueda constante, como una reflexión permanente sobre “el universo abierto y la sociedad abierta”. Lejos de ser una enfermedad de la cual hay que curarse, la filosofía es una actividad que debe disfrutarse, debe degustarse o saborearse, y por eso hablaba lentamente, para disfrutar y regodearse del pensamiento, como el niño que saborea lentamente su postre favorito mientras otros ya lo han “apurado”.
Heymann brillaba con luz propia, por eso no le importaba que otros también lo hicieran o que también hubiese planetas que se beneficiasen con su luz. Afortunadamente vivió lo suficiente para que se le hiciesen justos reconocimientos en vida. Lamentablemente ya no está entre nosotros, aunque los que tuvimos el privilegio de conocerlo todavía sentimos vivo su daimon travieso e inquisitivo. Mantener vivo ese espíritu es posiblemente el mejor homenaje que podemos hacerle.