sábado, 1 de octubre de 2011




COSMOLOGÍA Y TEOLOGÍA (II)
Carlos Blank





 




La razón humana tiene, en una especie de sus conocimientos, el destino particular de verse acosada por cuestiones que no puede apartar, pues le son propuestas por la naturaleza de la razón misma, pero a las que tampoco puede contestar, porque superan las facultades de la razón.  
          Manuel Kant                                                                                                                                                             

Cosmología y teología en Kant
Si en el artículo anterior (septiembre 2011), vimos como Hume va desmontando uno a uno los argumentos a favor de  la existencia de Dios, en especial, el del “diseño inteligente”, y reduce la idea de Dios y de la religión a proporcionarnos los medios para apaciguar los temores que agitan nuestro pecho y consolarnos de las miserias a las que permanentemente estamos expuestos en la vida, ahora veremos cómo esta crítica se profundiza en Kant, aunque no siga, desde luego, la senda reduccionista y psicologísta de la interpretación humeana de la religión y de la idea de Dios.
Por otro lado, puede considerarse a toda la epistemología kantiana como si se basase en una diferenciación teológica fundamental, a saber, la que se establece entre el entendimiento divino o arquetípico y el humano o ectípico. Cansado de las elucubraciones fantasiosas de la metafísica tradicional, Kant plantea la necesidad de establecer una crítica de la razón pura, la cual nos remite a la necesaria mediación del aparato cognoscitivo humano y a la radical finitud de todo conocer humano. Podemos conocer el mundo porque existe previamente. En cambio el mundo existe porque Dios lo conoce. Nuestro conocimiento deriva, al menos en parte, del mundo, mientras que el mundo deriva todo él de ese entendimiento laplaciano capaz de predecir todos sus cambios infinitesimales.
Dicho así, pudiera parecernos que Kant favorecería una suerte de teodicea o teología racional en la cual el orden del mundo es una huella indiscutible de un principio ordenador racional que hubiese diseñado previamente ese orden. Sin embargo, como esperamos poder aclarar en lo que sigue, la posición kantiana se aparta radicalmente de esta tradición y produce una ruptura definitiva entre cosmología y teología. En efecto, Kant lleva hasta sus últimas consecuencias la revolución  científica iniciada por Copérnico, el último aristotélico, como la llama Koestler, y colocará al hombre en el centro del ordenamiento del mundo. El orden del mundo no nos dice nada acerca de la existencia de un Dios Creador, a lo sumo, algo parecido a un arquitecto o demiurgo, pues el orden que vemos en las cosa del universo es para Kant producto de la sensibilidad y la mente humanas. El “sensorio dei” newtoniano pasa a ser “sensorio hominis” en Kant. La idea de Dios se vuelve completamente superflua en la explicación del mundo, se vuelve una hipótesis innecesaria. Como lo señala Koestler: “La teoría Kant-Laplace del origen del sistema solar muestra que ese arreglo ordenado puede ser explicado sobre bases puramente físicas, sin recurrir a ninguna inteligencia divina”[i].  
Para Kant, todo conocimiento real debe estar basado en última instancia en una experiencia posible. Pero no sólo Dios escapa, por definición, a toda experiencia sensible, sino que el mundo como totalidad también, pues no puede ser objeto de nuestra experiencia inmediata. Se necesitaría para ello de una suerte de visión divina del mundo, la que precisamente ha sido excluida por no corresponder a esa radical finitud de la que partíamos al comienzo.
Al atribuir determinados pares de atributos al mundo: finito-infinito, simple-complejo, determinado-libre, causado o no-causado por un ente creador, la razón se enreda en una serie de antinomias en las que es imposible decidir cuál de las tesis opuestas es verdadera. Sin embargo, él le concede la mayor importancia a estas antinomias, particularmente a la última,  en la medida que son la expresión de una inclinación espontánea de la propia naturaleza de la razón.[ii]

Esa es la marcha natural de la razón humana. Primero se convence de la existencia de algún ente necesario. Reconoce en él una existencia incondicionada. Entonces busca el concepto de lo independiente de toda condición y lo encuentra en lo que es la condición suficiente para todo lo demás, o sea en aquello que contiene toda la realidad. Más el todo sin límites es unidad absoluta y entraña el concepto de un ente único, a saber: el supremo, y de esta suerte infiere que en el ente supremo, como causa originaria de todas las cosas, existe de modo absolutamente necesario. [iii]

Para nuestro autor solo pueden existir tres pruebas posibles de la existencia de ese ente supremo, de las cuales nos ocuparemos a continuación.
La prueba ontológica
Para Kant la prueba ontológica es el único argumento posible de la existencia de Dios y al ella se reducen las otras dos pruebas: la cosmológica y la físico-teológica. Es importante, entonces,  despachar de una vez esta prueba, pues al ver su inconsistencia,  estamos estableciendo también la inconsistencia de las otras dos.  Según este argumento,  la existencia de Dios se deriva del propio concepto que  de Dios tiene alguien que niegue su existencia (“dice el necio en su corazón: no hay Dios”), pues la idea de Dios implica la idea de un Ser Superior del cual no cabe suponer o pensar uno mayor.[iv] En otras palabras es contradictorio hablar de Dios y negar al mismo tiempo su existencia, ergo Dios existe.  Ya Gaunilo destacaba lo desafortunado del argumento anselmiano con sus “Islas Afortunadas” y Hume señalaba que incluso las personas de talante religioso “perciben alguna falla en argumentos de esa especie, aún cuando, quizá, no puedan señalar con claridad en qué consiste”[v].  Para Hume hablar de existencia necesaria carece de sentido, pues:

Nada es demostrable, a no ser que lo contrario implique contradicción. Nada que sea concebible distintamente, implica contradicción. Todo lo que podemos concebir como existente, podemos también concebirlo como inexistente. No hay, por lo tanto, ningún ser cuya inexistencia implique contradicción. En consecuencia, no hay ningún ser cuya existencia sea demostrable.[vi]

Kant va a esclarecer mejor en qué consiste esa falla del argumento que puede resultar difícil de precisar. Para él, la falla o la trampa del argumento reside en que se utiliza el concepto de ser o existencia como un predicado real que pueda añadirse a alguna cosa,  cuando desde el punto de vista lógico se trata simplemente de una forma de relacionar el predicado con un sujeto o, para decirlo más modernamente, la existencia corresponde al cuantificador existencial, que se expresa mediante ese cuantificador ligado a una variable y un predicado o conjunción de predicados.  Decir de algo que existe no añade ninguna propiedad real, sino que es la suma o posición de las determinaciones de una cosa. Desde el punto de vista del pensamiento no hay ninguna diferencia entre cien dólares (táleros, decía Kant), posibles y cien dólares reales o efectivos, aunque desde el punto de vista patrimonial si hay una gran diferencia entre ambos. En definitiva, con este argumento avanzamos tanto como aquel que pretendiese aumentar su patrimonio mediante una artimaña contable y añadiese “algunos ceros a su existencia en caja”, nos recuerda Kant,  pues es imposible por el puro pensamiento establecer la existencia o no de algo, no se puede “querer comprender a priori la posibilidad de un ente ideal tan sublime”.[vii]




La prueba cosmológica   
Si la prueba anterior pretende establecer la existencia de un Ser Necesario de manera a priori, la prueba cosmológica pretende hacerlo de modo a posteriori, a partir de los hechos condicionados y contingentes que componen el mundo.  Para Kant esta “demostración parte propiamente de la experiencia y, por lo tanto, no se lleva del todo a priori u ontológicamente, y puesto que el objeto de toda la experiencia posible se llama mundo, esta demostración se llama también cosmológica”.[viii] De acuerdo a este argumento todos los entes contingentes del mundo suponen finalmente la existencia de un ser necesario, la existencia de un ente realísimo del cual derivan su ser contingente, “entre todo lo posible hay un ente que implica la necesidad absoluta, es decir, ese ente existe de modo absolutamente necesario”.[ix] Kant destaca que “es sumamente notable el hecho de que cuando se supone que algo existe, uno no puede sustraerse a la conclusión de que también debe haber algo que exista necesariamente”. [x] Lo cierto es que puede entenderse la idea de un ente supremo como un ideal regulativo de la razón, como si se tratase de la causa que unifica todos los fenómenos, pero no como un principio constitutivo o como “una afirmación de una existencia necesaria en sí”.  En el fondo, la prueba cosmológica es una forma disfrazada del argumento ontológico, pues se apoya en puros conceptos, y al identificar ese ente realísimo con un ente necesario cae en la falacia de ignoratio elenchi, “pues nos promete seguir una nueva senda, pero, tras un pequeño rodeo, vuelve a llevarnos a la antigua que habíamos abandonado a causa de sus promesas”.[xi]  Aunque pretende basarse en razones empíricas, hace un salto en el vacío y trasciende toda experiencia posible, ubicándose en el mismo plano a priori de la prueba ontológica. Lo cual nos lleva a la última prueba posible.






La prueba físico-teológica
Una vez que ha sido negada la vía a priori de la primera prueba y la vía a posteriori de la segunda, que es una forma disfrazada de la primera, Kant se pregunta si es posible establecer la existencia de un ente supremo a partir de una “experiencia determinada”, a partir del orden, finalidad y belleza que revelan las cosas del mundo natural.  Esta prueba, que se conoce también como prueba del “diseño inteligente”,  merece para Kant el mayor respeto, pues “es la más antigua, la más clara y la que más se adapta a la razón común”. Ella ha estimulado la investigación de la naturaleza y ha hecho que descubramos un orden allí donde la mera observación hubiese sido incapaz por sí sola, ha ocasionado ese “asombro inefable” que está en la raíz de todos nuestros descubrimientos e invenciones.  Por medio de ella pasamos de las maravillas del mundo, del orden y perfección de las cosas, a la existencia de un “creador supremo e incondicionado”. Como dice Koestler:

Los pioneros de la nueva cosmología, desde Kepler hasta Newton y más allá, basaban su investigación de la naturaleza en la convicción mística de que deben existir leyes detrás de los confusos fenómenos; que el mundo era una creación completamente racional, ordenada y armónica. [xii]

Pero a pesar de su indudable valor heurístico y regulativo, de su innegable valor como incentivo para la noble búsqueda del conocimiento de ese  majestuoso edificio que es el mundo, Kant le niega todo carácter apodíctico como prueba de la existencia de un ente supremo.

Por lo tanto, yo sostengo que la demostración físico-teológica no puede probar nunca por sí sola la existencia de un ente supremo, sino que debe dejar siempre que la ontología (a la cual sirve de introducción) supla esta deficiencia; por consiguiente, ésta  sigue conteniendo la única argumentación posible (si es que existe una demostración especulativa) de la cual no pueda prescindir ninguna razón humana.[xiii]

Los principales elementos de esta prueba, según Kant, son:
1)      En el mundo se encuentran por todas partes indicios claros de un orden según una intención determinada.
2)      Esta ordenación finalista es totalmente ajena a las cosas del mundo, o sea, que la naturaleza de las distintas cosas no habría podido confluir por sí misma en determinados designios finales, si no hubiese intervenido para ello un principio racional ordenador.
3)      Existe, por lo tanto, una causa sublime y sabia (o varias) que debe ser la causa del mundo.
4)      Finalmente, mediante analogía, la unidad de esta causa puede inferirse con certidumbre de la unidad de las relaciones mutuas de las partes del mundo como miembros de una edificación artificial.

Como ya lo había advertido Hume anteriormente, esta analogía entre los productos de la naturaleza y el arte humano está teñida de antropomorfismo, incluso de presunción, y pone en riesgo la propia naturaleza infinita y omnipotente de Dios, al establecer una semejanza o proporción entre la causa (Dios) y el efecto (mundo). Como dice Kant,  esta analogía a lo sumo puede llevarnos a la afirmación de un arquitecto del mundo, una suerte de geómetra o demiurgo platónico, que da forma al mundo a partir  una materia prima preexistente, pero nunca podríamos inferir la existencia de un creador del mundo o de un “ente originario omnisuficiente”. Esta prueba, entonces,  “no puede dar un concepto determinado de la causa suprema del mundo, y por tanto no puede ser suficiente para un principio de la teología que a su vez sea la base de la religión”.[xiv]
Como antes ocurriese con la prueba cosmológica, la razón trasciende los límites de toda experiencia posible al pretender conocer la causa del mundo como totalidad. Y al igual que en ésta nos vemos ahora desplazándonos del plano empírico o material al plano puramente ideal o a priori. Es decir, la prueba físico-teológica reproduce los mismos errores de la prueba cosmológica y desemboca en el callejón sin salida de la prueba ontológica.

Por consiguiente, la demostración físico-teológica se quedó detenida en su empresa, en esa perplejidad saltó de repente a la demostración cosmológica y, como esta es solamente una demostración ontológica solapada, en realidad se limitó a realizar su propósito valiéndose de la razón pura, a pesar de que al principio había negado todo parentesco con ella y lo expuso todo fundándose en pruebas evidentes tomadas de la experiencia. [xv]

En definitiva, Kant establece, siguiendo una línea iniciada por Hume,  la imposibilidad de demostrar la existencia de Dios por medios puramente racionales o especulativos y más si se pretende realizar a partir de la suposición de determinadas cualidades o propiedades del mundo físico. La prueba físico-teológica o del “diseño inteligente” que parecía la última puerta de acceso para establecer esa demostración, ha sido para Kant cerrada de manera definitiva.[xvi]  Lo que veremos más adelante, al desarrollar y analizar el concepto de “principio antrópico”, es si este cierre es tan definitivo o puede haber todavía un resquicio por el cual podamos colarnos o, incluso, reabrir la puerta de par en par. ¿Son los juicios de Hume y de Kant tan definitivos, tomando ahora en cuenta los datos que nos suministra la cosmología actual,[xvii] o podemos encontrar nueva evidencia que nos permita reabrir el caso? Como veremos, la comunidad científica está bastante dividida al respecto, lo que hace el replanteamiento de este tema algo  más interesante e ineludible todavía. Cabe preguntarse, como decía Kant, si estaremos siguiendo de nuevo la inclinación natural de la razón de plantearse problemas que exceden con creces sus fuerzas y limitaciones, aunque no por ello sean menos apremiantes y no podamos evitar su formulación. También cabe preguntarse, si esta nueva evidencia empírica es realmente tal o es solamente una  nueva expresión de ese juego sucio de la razón que hace pasar por evidencia empírica lo que no es más que el simple juego de la razón pura.

Notas:


[i] Arthur Koestler: The Sleepwalkers. (A History of Man’s Changing Vision of the Universe), Penguin Books, Inglaterra, 1982 (1959), p. 537
[ii] Como se sabe, Hegel hará de estas antinomias o contradicciones el eje de su propia visión dialéctica del mundo, considerando la visión finitista del conocimiento humano de Kant como el producto de una visión de la infinitud puramente abstracta o falsa, como producto de una separación artificial entre lo absoluto y el saber, entre la realidad y el pensamiento, siendo la cosa en sí kantiana el caput mortuum que debe ser superado. Lo que para Kant eran ilusiones trascendentales de la razón, en Hegel se transforman en el devenir concreto de la razón.
[iii] Manuel Kant: Crítica de la Razón Pura, Editorial Losada, Buenos Aires, 1965, T. II, p. 247. Para Kant esta tendencia de la razón es la que se expresa sociológicamente en el paso del politeísmo hacia el monoteísmo.
[iv] Descartes tenía una prueba similar al señalar que la idea de Dios o de un Ser Infinito, innata en el hombre, no puede ser causada por un ser finito como el hombre y debía entonces haber sido sembrada por Dios mismo. La existencia de Dios era para él tan apodíctica como las verdades de la geometría. Bertrand Russell lo resumía así: “Sin Dios no hay geometría; pero la  geometría es deliciosa, por lo tanto Dios debe existir”.    Leibniz plateaba una prueba aun más sencilla: Dios no implica contradicción alguna, ergo existe. O si Dios es posible entonces es real. Q.E.D. Woody Allen pedía una señal más pragmática de la existencia de Dios: que le colocase un millón de dólares en un banco en Suiza.
[v] David Hume: Diálogos sobre religión natural, FCE; México, 1979, p. 107s
[vi] Ibid. p. 103
[vii]  Critica de la Razón Pura, p. 256
[viii] Ibid. p. 258
[ix] Ibid. p. 259
[x] Ibid. p. 264
[xi] Ibid. p. 260
[xii] The Sleepwalkers, p. 534
[xiii] Crítica de la razón Pura, p. 271
[xiv] Ibid. p. 272
[xv] Ibid. p. 272
[xvi] Obviamente, Kant cierra una puerta, la puerta cosmológica y la de la pura razón teórica o especulativa, pero abre una nueva ventana de par en par,  que será la necesaria postulación de un Ser y Juez Supremo en el ámbito de la moralidad y de la razón práctica. No es en la naturaleza sino en el terreno moral que se requiere, de modo imprescindible, un legislador que ponga orden en los asuntos en los que están involucrados la libertad humana y el deber moral.
[xvii]  Hay que tomar en cuenta que no ha sido sino a mediados del siglo XX que el hombre ha sido capaz de comprender mucho más la  escala de nuestro universo y ha descubierto que la Vía Láctea no es sino una entre cientos de miles de millones de galaxias (en las que hay, a su vez, cientos de miles de millones de estrellas) que se alejan entre sí a una velocidad que duplica su distancia. Ha sido la ley de Hubble la que ha permitido entender la vastedad de este universo que se expande a partir de su originario big-bang, sin mencionar  las distintas constantes cosmológicas que han hecho posible la emergencia de la vida humana en este insignificante planeta. Que todo ello pueda ofrecernos una razón suficiente de la existencia de un Dios Creador u Ordenador es algo de lo que nos ocuparemos, con nuestras limitaciones, en una próxima “entrega”. Por ahora, baste decir que la imposibilidad de demostrar que Dios existe, no es prueba de que no exista. Así como la imposibilidad de demostrar que Dios no existe, tampoco es prueba de que exista.