martes, 1 de marzo de 2011

MALDITO SEAS


Mauricio Ortín

(Escuela  de Filosofía. Universidad de Salta, Argentina)
oscarin@arnet.com.ar 






El odio fanático que despierta Israel en los pueblos de religión musulmana y la solidaridad con ese sentimiento de parte de no pocos occidentales (especialmente de izquierda) es algo difícil de entender y de explicar. El genocidio llevado adelante por el gobierno nazi de Alemania parece no haber sido suficiente como para despertar una corriente de simpatía mínima para con el pueblo judío. En realidad, aunque disimulado, mucho no ha cambiado en relación al sentimiento en contra de los judíos. El hecho de que alguien repudie a Hitler, no implica necesariamente de que reniegue del antisemitismo. Algunos incluso, por ignorancia, perversión o porque simplemente tienen la cabeza sólo para que les haga juego con el cuerpo, se atreven a afirmar, desvergonzadamente, que el gobierno israelí es igual o peor al régimen nazi. Este es el caso del presidente Chávez y de Fidel Castro; quienes salieron pronto a condenar al estado de Israel. “La paja en el ojo ajeno”, porque los más parecido al nazismo en la actualidad son los gobiernos de Cuba, Corea del Norte, Irán y cada vez más, Venezuela. Es en estos países en los que no existe, de hecho, la división de poderes, la libertad de prensa, la libertad de culto y, en general, el respeto a los derechos humanos. En Irán, por ejemplo, la homosexualidad está penada con la muerte. A las mujeres adúlteras se las lapida públicamente y, a los ladrones, se les corta la mano. En Marruecos, a las mujeres que quedan embarazadas, sin estar casadas, se las condena a un año de prisión. En Egipto, el individuo que se casa con una judía pierde, automáticamente, la nacionalidad.
En Cuba no existe la libertad de prensa ni la de manifestación desde hace cincuenta años; como se dice aquí: “se criminaliza la protesta social”. Sin embargo, es curioso, en nuestro país nadie eleva la voz, ni se moviliza a la embajada de Irán cuando ese Estado viola sistemáticamente los derechos humanos de millones de mujeres iraníes e, incluso, si nos pone un coche bomba en pleno centro de Buenos Aires y asesina ochenta y cinco argentinos. Israel, en cambio es la contracara. Un milagro de sociedad que se ha sobrepuesto a todas las adversidades y ha creado un estado modelo. Una democracia en la que están representadas, políticamente, también las minorías árabes. Con un sistema educativo que, en lugar de entrenar a terroristas suicidas y homicidas, se dedica a producir científicos y premios Nobel. Un país que no tiene petróleo, ni “pampa húmeda” y que, sin embargo, exporta alimentos a Europa. Cierto es que defiende  ese pequeño territorio con uñas y dientes. Sabe que, no importa lo que haga, no recluta amigos en el mundo y sí muchos enemigos.



Otra manera, repugnante, con la que se ataca a Israel es con la acusación de genocidio. Palabra, ésta última, que ha perdido su fuerza significativa como consecuencia de su mal uso ( Según el Estatuto de la Corte Internacional Penal de 1998: Se entiende por genocidio cualquiera de los actos perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal con algún propósito particular) En efecto, acusar de genocida a cualquiera (siempre que no sea de izquierda) es casi un deporte nacional. Sin embargo, la mayoría de los genocidios recientes, los del siglo XX, por ejemplo,  fueron perpetrados por el partido Comunista de camboyanos (casi la mitad de la población); Mao Tsé Tung, a sesenta millones de chinos; Milosevic, a cientos de miles de bosnios y kosovares. También, hay que recordar el genocidio del pueblo armenio llevado a cabo por el gobierno turco; el de los kurdos, por Sadam Hussein; y el de los tutsis por los hutus, en Ruanda.
Tanto el grupo terrorista Hamás, que gobierna la Franja de Gaza, y el gobierno iraní, que lo apoya y financia, han proclamado, públicamente, que persiguen la destrucción de Israel. Es decir, son genocidas confesos (por motivos religiosos) que no pueden solucionar sus diferencias con Israel en una mesa de negociación política; ya que, el fundamentalismo niega esa posibilidad (“no se puede pactar con Satán, lo único que cabe es destruirlo”)
El antisemitismo es una tara que arrastra la humanidad; mas, no es la única. Existen otras, también. Como aquella que propone el genocidio de la burguesía en nombre de la justicia obrera. Por suerte para la humanidad,  también está, generosamente difundida, la enseñanza de ese judío de Nazareth, que solía decir: “ama a tu prójimo como a ti mismo”.



 11/06/2010