martes, 5 de mayo de 2009


De la transparencia al queer.

La sexualidad en Vicente Verdú.



David De los Reyes.




Max Sauco


Dentro de la transparencia
La condición del hombre y de la postmodernidad nos modela como un ser sin demasiados atributos fijos, disponible para desarmarnos nuestra personalidad y cambiarla, experimentando muchos avatares y situaciones, obteniendo una condición emocional que nos conduce a estar listos para la discontinua adhesión de todo tipo de ficciones mediáticas en torno a él. Es frágil ante las realidades únicas, pero óptimo para las alianzas pasajeras y un corazón adaptado a las circunstancias.
Verdú nos afirma que vivimos en un mundo obsesionado por la transparencia y la vigilancia. Pasamos de lo sólido al plasma, de lo pesado a lo liviano, de las relaciones para toda la vida a los contactos por unas horas. Del mundo opaco de entre guerra, al transparente globalizado. El siglo XX fue el último siglo sólido, tanto en las cosas como en las ideas, y ahora es el momento de la liviandad, (Verdú, 2003:160). En nuestra época traslucida lo que permanece como secreto huele mal; es dudoso y políticamente incorrecto. La palabra transparencia es el término más presente en los medios, en foros económicos, en parlamentos y en cualquier meeting público.
De vivir en lo todo es político de los ’60, traspasamos a lo todo es público, dentro del marco verduniano del capitalismo de ficción. Tenemos publicidad de las cosas más insospechadas y todo se convierte en espectáculo transparente: el sida, la homosexualidad, las violencias domésticas, la pedofilia del clero, los cambios de sexo, los implantes de todo tipo corporales. Es el caso de la obra de Tracey Emin, My Bed,




My Bed de Trace Emin


una instalación donde presenta la cama revuelta donde se aplicó un aborto. Las Confidencias por teléfono de Christian Marclay. Las Confidencias de mi alcoba de Dieter Roth. La obra Foreign Body de Mona Hatoum, que se autoexploraba el interior de su intestino gracias a una cámara endoscópica provista de micrófono.




Mona Hatoum



Lo privado se hace público y vivir en el reino de la trasparencia es una exigencia pública. La trasparencia es la nueva esfera de explotación del capitalismo ficcional. Mostrar la intimidad más que una moda es el espíritu de la época, un gusto por la evidencia. La trasparencia más que una condición moral es una cultura de tono protestante que enaltece el gusto anglosajón por el empirismo como condición de comprobación de vida, la realidad experimentada y en directo, la mirada trasparente se perfila sobre un mundo explícito e inteligible de principio a fin. La trasparencia es propia de un mundo intensamente vigilado.
Tal mundo surge a partir de la manía de las Webcams. Manía porque prácticamente la técnica impone los nuevos vicios y las nuevas obsesiones. Instaladas en los sitios más inverosímiles todo esta rastreado por el ojo de una cámara. Sonría, podríamos advertir, que siempre habrá una instantánea cerca de Uds. Y con ello, pasa nuestra imagen a formar parte de bancos de datos que podrán ser trasmitidas sin pagar derecho de autor ni permiso de distribución. De esta manera podemos ver, en nuestra cotidianidad, desde un ingenuo acto doméstico como el desayuno de una pareja a ver a la copulación en vivo y en directo de una pareja. En nuestro mundo bien sabemos que nada logra estatus ontológico de existencia si no ha pasado por ser imagen. Todo es espectáculo y lo privado tiene sabor de agua, es decir, es insípido.
La realidad virtual de los Webcams pasa a ser el golpe del momento, llevando todo a convertirse en espectáculo. Si hubo en siglos pasados una progresión de la intimidad, de los usos privados de nuestras libertades, en la era de la imagen la imagen íntima es la imagen anhelada y por ende pública. Desde los reality shows a programas como gran Hermano y en cualquier obra literaria descarnada y autobiográfica nos hallamos entre consumibles de la intimidad de los demás, una mercancía común que sale de los relatos únicos, en vivo y en directo, por decirlo así. La emoción de la intimidad se proyecta hacia la emoción que se ancla ante lo exterior. Los familiarizados en este negocio íntimo no dudan en vender, ceder su privacidad.
Verdú plantea que ello nos lleva a un estado de vigilancia perpetua desde nuestro nacimiento hasta el final de nuestros días. La tecnología permite introducirse hasta en nuestros archivos más guardados a través de los cookies, códigos o programas incrustados en el disco duro que identifican al usuario y esa es parte de su función.
Volver en la actualidad a la intimidad de, los años sesenta, por ejemplo, es prácticamente una quimera. Ahora estamos siendo investigados todos los días, sea por estar grabados por viodecámaras o por los dispositivos a que estamos conectados en Internet. Esto ha sido motivado e intensificado gracias a la escalada de terrorismo, lo cual ha permitido, en disposición de la seguridad pública, introducirse en cualquier comunicación electrónica que sea sospechosa. Es el proyecto del pentágono llamado Information Awareness (Total Conocimiento de la Información), que sirve para vigilar tanto a los estadounidenses sin necesidad de autorización judicial (en sus comunicaciones electrónicas, sus transacciones bancarias y datos personales, etc.). El terrorismo ha convertido la seguridad en un valor ciudadano en alza (idem:168), eso en las sociedades desarrolladas, en la nuestra es la simple seguridad ciudadana lo que ha convertido la exigencia de una garantía de la seguridad por lo precario de nuestras vidas ante el hampa.

Sexualidad en el mundo de la transparencia

¿Cómo afecta esta tendencia de un mundo sostenido sobre la trasparencia en nuestros cuerpos, en nuestras vidas, en nuestras relaciones íntimas y en nuestra sexualidad? Por lo pronto en una demanda de la visión de la intimidad de otro. Tener sexo es compartir virtualmente con otro su sexo. Es lo que viene a perfilar al negocio de la pornografía como un lugar privilegiado por esta demanda de trasparencia política y económica. Sólo ver el número de películas porno realizadas en estos últimos años en relación con el pasado podemos notar lo que ha cambiado la cultura del Webcams y de la digitalización de las imágenes.




Joven oriental vigilada con una webcam.




Los datos de Verdú son estos: en 1995 en España se hicieron sólo 5 películas, en el 2001 se hicieron 50. Y junto a ello la reproducción de festivales de cine erótico. La publicación de libros sobre contenido sexual fue entre 1990 y 1996 de un 324%, mientras que los otros títulos sólo creció un 83%. La presencia de la pornografía en televisión, cine, revistas, videojuegos, en los motivos del arte actual, en anuncios por palabras, videos, en pasarelas, en publicidad de moda: el porno-chic de Dior, Ungaro, Yves Saint Laurente, Sisley, etc.).






Imagen Porno-Chic


Si realmente tenemos que hablar del gran negocio de la red sería el de la pornografía pues en el 2000 buscando en http://www.alltheweb.com/ encontramos unas 1.5 millones de páginas web en contraposición a la palabra car que arroja 500mil. Las visitas a este tipo de páginas aumenta anualmente y de forma considerable desde el año 2000. El 68% de los negocios en la red es de contenido porno. Existen 300000 páginas en todo el mundo dedicadas a ello y sus ganancias supera a la de la industria cinematográfica de taquilla. El tipo de cliente son hombres de mediana edad y jóvenes con ingresos medios y altos. La industria del porno llega hasta las cadenas de hoteles de cinco estrellas, en los que hay pequeñas cámaras web ocultas que graban escenas íntimas que después se venden a voyeurs o a través de 150 mil páginas web (El País, 21 de mayo de 2000).
El marketing porno ha emergido gracias a la estrategia de las tres A: A-anonimity (anonimato), acces (acceso) y affordability (barato). Es lo que ha cambiado el tempo de la producción de productos pornográficos en la red. Hoy se habla de una 2da revolución sexual vía Internet, pues gracias a ello muchas personas han podido superar las viejas barreras del puritanismo victoriano y se ha convertido en un amplio consumidor de material psicalíptico.
Como sabemos la palabra pornografía surge del griego perné que significa esclavitud, y porné era usado para referirse a las prostitutas, eran esclavos de los que podían gozarse sexualmente. El cine porno sale de los burdeles para excitar a la clientela masculina, y se les llamó smokers o, en Francia, cinéma cochon. Ahora es un género más de la industria cinematográfica, y están al lado de los thrillers y de los westerns. Esto obedece en parte a la aceptación creciente de la mujer en su consumo quien por demás es hoy la guía de lo que se considera o no políticamente correcto. Igualmente ha aumentado la producción de porno por directoras femeninas (Virgine Despentes: Baise-moi: Cógeme; Catherine Breillart: Romance y Pornocratie; Jeanne Labrune: Prends gard a toi: Cuídate; Laetitia Masson: Á vendre; Brgitte Roüan: Post coitum). En literatura están los libros de Catherine Millet con su libro del 2001: Vida sexual de Catherine M.
Si bien las feministas han estado contra el porno a partir de los ’80 han surgido empresas porno dirigidas por mujeres (Femme Productions), que se destacan por tener más argumento y ser más psicológicas que las hechas por los machos directores.
La obsesión por la trasparencia ha desplazado la distinción entre lo que es cine porno del que no lo es. Lars Van Triers, fundador del grupo DOGMA, ha impulsado un cine que supera esta categorización. La pornografía (también política, cultural y económica) y el desnudo se ha banalizado y vuelto tan presente que hasta en las protestas civiles han dado pie para ello; políticamente los manifestantes quedan en cueros a la hora de una manifestación pública. Igual con programas domésticos de televisión referentes al reporte del tiempo, donde los locutores o empiezan desnudos y terminan vestidos acordes con el clima del día entrante o como en La verdad desnuda informativo de Rusia, en que la chica del tiempo hacía un striptease a tiempo real.
La pornografía acentúa las escenas donde las violaciones no son escenificadas y el masoquismo se revela mediante el bukkake(una mujer se ofrece o es forzada a ofrecerse a decenas de hombres que eyaculan sobre su cuerpo) o del fisting( se hunde el pie, la mano, alguna parte del brazo en el sexo de la mujer). Para ciertos autores algunos ex adictos se han incorporado al sadomasoquismo para llenarles el vacío dejado por el alcohol y las drogas. Una especie de pornotrip, un viaje hacia otra realidad que devora lo real y trasporta a un escenario de verdad constituyente (idem:175).
Para Verdú esta escalada del porno es un signo de la demanda de verdad-verdad, el grado extremo de la ansiedad por lo auténtico, puesto que en el porno ni la erección ni la eyaculación pueden fingirse (idem). El porno termina siendo disolución masturbatoria, tautología genital.
La pornografía se erige sobre una ficción total: nos hace creer que toda mujer es voraz, perversa, desea el cuerpo del hombre sin poder contener sus impulsos. Pero también tiene como fin la excitación de quien escucha o mira, pone su objetivo comercial en la autosatisfacción masturbatoria del personaje. Además de exhibir lubricados y abiertamente los órganos genitales, presentando minuciosamente y de cerca en zoom, los actos sexuales. Planos cortos, mínima fractalidad, exposición completa. Es la presentación de una intimidad ante la mirada absoluta que anula la intimidad. Pero esto nos lleva a un estado exhausto en que la pupila termina velándose. Al explorar estos mundos de cuerpos ludíbricos y lubricados la excitación se apaga.
La pornografía es la trampa donde la sexualidad termina por banalizarse totalmente. Es una metáfora vulgar del exceso, donde se redunda en un agotamiento del deseo y acaba con lo que en un principio era lo buscado: la estimulación erótica. La cita de Baudrillard es aclaratoria: En realidad ya no hay pornografía identificable en cuanto tal porque la pornografía, agotado el secreto político, económico, artístico, sexual, está virtualmente en todas partes…, y en ninguna, añade Verdú (idem:176). Aclara al decir que con la máxima luz no se llega a ver nada. Desdibuja la moralidad, la identidad, la sexualidad.


La mujer: la medida de todas las cosas.


Época del declive del hombre como modelo cultural. La mujer toma el testigo y corre por delante de él. Al conseguir la igualdad legal la mujer ahora busca ser el arquetipo de mayor categoría. Del hombre como medida de todas las cosas, del sofista Protágoras, Verdú señala que en la postmodernidad es la mujer la medida de todas las cosas. Dentro de la nueva moral sexual los hombres aparecen catalogados como protagonistas de la violencia doméstica y el abuso sexual de niños, la violación y el fraude, el tráfico de drogas, las guerras y el terrorismo, siendo el 90% de presos por hecho de sangre hombres. Las mujeres también lo son pero menos. Se presente este mundo femenino como aquel que provee un futuro mejor, del desarrollo sostenible, del cuerpo ecológico, la encarnación de la afectividad y el fin de las guerras. Es propia de ellas, por historicidad, la sentimentalidad, la empatía, el gusto por los detalles, la sexualidad difusa, la mayor visión en un mundo confuso y oscuro. Es el personaje principal del siglo XXI.
Además de las reivindicaciones y de sus victorias económicas, legales y sociales, han sucedido hacia la apología de su sexo y ello ha reducido la imagen de la fortaleza masculina. Lo femenino es el futuro, es la promesa a cumplir; lo masculino lo obsoleto, en desuso y desgastado.
Verdú señala que ser hombre tiene una caída de popularidad, no sólo como sexo fuerte sino respecto al debilitamiento de la sexualidad. Y ello muestra que el movimiento de emancipación femenino ha sido exitoso. Pero sin embargo nos encontramos con un enérgico resentimiento de las mujeres contra el no poder masculino. La paradoja construida por su propia emancipación lleva a que al carecer del antiguo poder masculino y separarse de la alienación masculina producida en ella, queda sin disfrutar sus privilegios de mujer (el encantamiento romántico, el misterio, el galanteo, etc.). Según estos criterios expuestos en lugar del viejo odio contra la represión aparece un nuevo odio contra la normalización (idem:178).
La misma situación se encuentra respecto a la respuesta de los niños donde los padres no quieren asumir el rol de padres, aprovechándose de la emancipación de los niños para dejar de ser padres y despreocuparse de su papel. Nos presenta esta situación el odio de unos niños desposeídos de su estatuto y de su antigua ilusión de ser niños. El que se libera no es nunca el que uno cree.
Esta disminución de lo masculino ha llevado a un buen número de hombres al desequilibrio en el orden biológico: la tasa de espermatozoides en su flujo seminal ha disminuido y junto a ello una disminución de su voluntad de poder, pues ya el espermatozoide no rivaliza tan imperiosamente como antes en el objetivo de la fecundación (idem:179).


¿Sexualidad recreadora o sexualidad innecesaria?


Por lo dicho en antes, el sexo ha dejado de ser necesario y decisivo. No respecto a su práctica sino a su función reproductora; es más insegura que en sus momentos fundacionales. De la fecundación sexual pasamos a la recreación sexual, contribuyendo definitivamente la mujer con ello. Y esto gracias a las técnicas de la clonación. La reproducción sin sexo puede llegar a ser una norma. Esto facilitará la crianza en homosexuales y lesbianas, siempre que el código civil del país en cuestión así lo admita. Ello ha establecido la existencia de bancos de esperma para lesbianas, como el londinense Hombre no incluido. El resultado de todo ello nos lo dice Verdú: ni la mujer necesita hoy a un hombre para prosperar, defenderse o salir al cine, ni lo necesita para ser madre. (idem:180).
Las conclusiones surgen al comprender que si el siglo XX fue el tiempo de la igualdad biológica entre células sexuales, el siglo XXI será, según este autor, el de la supremacía del óvulo. Prescindir del hombre para la fecundación, ello traerá nuevos retos y nuevos roles tanto para la dama como para el varón.
Los ’60 se separó el sexo de la reproducción gracias a la píldora. Hoy, cincuenta años después, se ha separado la reproducción del sexo. El ideal anterior era un máximo de sexo con un mínimo de reproducción; ahora es un máximo de reproducción con un mínimo de sexo, o sexo igual a cero (Baudrillard). La sexualidad pasa a un segundo plano por los objetivos de la reproducción.




Louise Browm


Todas las opciones hoy son posibles desde que en 1978 Louise Browm vino al mundo por medio de la fertilización en un tubo de ensayo (en la actualidad son más de 300.000 personas que han surgido por ese proceso, y en aumento).
Es por lo que afirma nuestro autor que la sexualidad se encuentra en vilo. Con la escisión entre procreación y copulación, adheridos a otros cambios de orden relacional entre hombres y mujeres, surge otras prácticas, otros usos, otras satisfacciones –más trasparentes…- de nuestra sexualidad y de nuestro inconfundible sexo. Al abdicar la mujer a muchos de los roles tradicionales de su esteriotipo convencional ha hecho que el hombre se desplace a un nuevo personaje separado del esteriotipo desacreditado. Llegando a una situación donde ni la mujer ni el hombre quieren seguir desempeñando las atribuciones que tenían asignadas.
Es así como las feministas hablaron de género (cosa cultural) antes que de sexo (cosa biológica), pero en el tiempo de la multiplicación de los papeles, los roles, las mutaciones, los implantes y las transformaciones se diluyen la bisectriz hombre/mujer. Pero al rebajar el hombre su perfil, la mujer le ha pasado otro tanto: ha descaracterizado el suyo. Surge el apogeo del mix donde queda desplazado todos los roles hombre-hombre y mujer-mujer. Esto ha mitigado las diferencias y se ha multiplicado la confusión de la heterosexualidad. Nos encontramos en una segunda igualación pero no de los sexos sino del amor y la pasión. Si vivimos dentro del relativismo ético donde se difuminan los polos entre el bien y el mal, en política los linderos entre izquierda y derecha, en la sexualidad se amortigua la oposición. Al difuminarse los contornos y los horizontes, al vivir un mundo de colores suaves así como se ha perdido la idea de qué es el arte, con la sexualidad pasa otro tanto, no se tiene un criterio seguro de lo que es ahora masculino y femenino, pues cualquier cosa podría parecerlo y aceptarse.
Para las feministas el cuerpo es una suerte de excesiva dicotomía masculino/femenino, pues el género sería una cuestión histórica y no esencial ni ontológica. Aparentemente se ha construido el mundo humano en función de esa pequeña parte corporal que es el sexo. Siendo ella una de muchas que pudieran surgir. Las diferencias profesionales, de estatus o de edad se superponen pesadamente a las del sexo.
Al perderse la bipolaridad hombre/mujer su desmembramiento arroja una gama amplia de piezas móviles como formas construidas por Lego. Nos adentramos en tiempos que el sexo se ha des-acoplado. Para ciertas feministas (Beatriz Preciado) las particularidades genéticas no tienen consecuencias decisivas. Entramos en el período de la contrasexualización: es la propuesta de una sexualidad sin rostro genital, entregada a la caricia amplia de una topografía sin lugares eminentes. Verdú se pregunta si el hombre está incondiciones de entender esta explanación, esta devastadora castración.
La respuesta es no. Pues la copulación ha sido una empresa capital en la representación de la voluntad de poder masculina, mientras que en la mujer menos. Y llega a referir que las mujeres han sido más homosexuales y los hombres más homófonos. Y la tendencia de asumir a los cuerpos sin los caracteres primarios del sexo particular puede ser una tendencia (capricho…?) que dirijan las mujeres orientadas a sus peculiares deseos. En el pasado la relación sexual fue coitocéntrica del varón, en las tendencias actuales encontramos una postura coitoexcentrica, repartida en la paciente que solicitaban siempre las amantes.


De la crisis de la heterosexualidad al queer

Entramos, pues, en la crisis de la heterosexualidad (Guasch), donde este mundo ha sido desplazado por la aceptación de la emergencia gay y por la ligera con que se toma el hecho antes siendo un tabú. La heterosexualidad está en crisis por encontrarse debilitados sus dogmas, pero también la subcultura gay, al perder significación: es una más, no hay ya novedad, es una corriente del mar de la sexualidad en que habita el mundo actual. La institucionalización de lo gay conlleva su absorción y su institucionalización, por ende, su carácter de contracultura o subcultura para ser asumir la cultura los rasgos que ellos presentan.
Cómo se manifiesta lo gay en nuestra cultura? Verdú señala que: De los gay son las modas de las prendas ceñidas o semitransparentes, pelo azul y fucsia, los piercings, los tatuajes, los pantalones de cuero, los peinados extravagantes. De los gay es la cultura que impera en las revistas de moda, en el estilo, en el estilo de las películas, en la publicidad de Calvin Klein, Armani, Versace o Gaultier, en la figura de ídolos deportivos como David Beckam, en las voces celebradas de la radio o en los presentadores de la televisión. De nuevo, pues, como sucede con el feminismo, la paradoja del movimiento gay es que ha tenido demasiado éxito. Ha logrado tanto éxito como para haber permeado en la cultura general y como consecuencia haber dispersado su identidad en el arco iris de los sexos múltiples (idem:184).


Movimiento Queer


Ya no hay dos sexos ni tres, es una cantidad muy pequeña para la amplia gama de las últimas tendencias. Hoy es ser queer (rarito), término que emerge de una alternativa contracultural, cuando lo contracultural pareciera estar sepultado. Verdú nos explica que la palabra queer se aplicaba a la acepción de marica, pero hoy son otra cosa y mucho más. Los queer califican a los gay de aburguesados, encajonados en la normalidad social y clasificados para el sistema como las trasvestis, los transexuales, las drag-queens y los drag-kings, los bisexuales o las lesbianas que conforman ya un catálogo fijo. Lo queer será lo incatalogable, tanto para el sexo como en la cultura: en la epistemología, la lingüística, la política, la representación, lugares donde se da la posibilidad de emerger condiciones antisistemas en los campos del saber. Los queer no tienen una identidad sexual determinada. En un mundo cambiante el sexo también debe cambiar, al igual que las identidades, el trabajo, las profesiones, las parejas. Las identidades se degradan, se usan, se canjean, se disipan. Propio de una sociedad multicultural, mestiza y con múltiples globalizaciones y culturas presentes por todas partes. Es como las investigaciones interdisciplinarias, las comidas fusión, los equipos deportivos multirracionales, etc.
El mundo de los queer propaga un sentido hacia los hombres feministas, las lesbianas que se acuestan con hombres, las personas que simpatizan con ellos y los antisistemas. Propio de un mundo en que ¿se ha agotado la ideología, se ha envejecido la izquierda? Contra toda decadencia nace el queer, una identidad proteica, es mestizaje y homogeneización junto, sexo múltiple o monosexo imaginario, que instiga mil variantes del sexualidad interminable. Ampliación del sexo en tanto realidad e imaginación de la sexualidad global pero adjunto al movimiento de la antiglobalización.
Es un culto a la impureza. La globalización es una mezcolanza, pero el movimiento antiglobalización también: antimarxistas, ex marxistas, católicos, anarquistas, ecologistas, gays, Médicos sin Fronteras, etc.
Es este el mundo en que habitamos, donde las posibilidades están abiertas a la subjetividad sexual individual y en colectivo. Escoja Ud.


Bibliografía:
Verdú, V. 2004. El Estilo del Mundo. Anagrama Ed. Barcelona.



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