domingo, 1 de marzo de 2009


De la erótica platónica. 
Una interpretación.David De los Reyes.
“…sexo es la raíz, el erotismo es el tallo y el amor la flor.
¿Y el fruto? Los frutos del amor son intangibles. Este es uno de los enigmas”
Octavio Paz, La llama doble.
Me pregunto quien inventó el corazón humano.
Dímelo y muéstrame el lugar donde lo ahorcaron.
Lawrence Durrell. El Cuarteto de Alejandría: Justine.




IPareciera que el tema del amor no fuera importante para el desarrollo de la filosofía griega. Platón es el principal autor antiguo occidental que reflexiona desde la filosofía en torno al amor. Pensar que ha dejado de estar presente su filosofía en nuestras concepciones filosóficas y cotidianas respecto al sentimiento amoroso sería un exabrupto. Nada más la expresión amor platónico se ha vuelto de uso común para referirse al amor ideal, no consumado de forma carnal. Su influencia sobre la idea del alma incita aún a múltiples discusiones; sin ella la filosofía sobre Eros no tendría la importancia que ocupa en nuestra cotidianidad y quizás hubiera dado pie a otras formulaciones de las que no somos capaces de imaginar. Para Homero la idea del alma no es corpórea propiamente, las almas son sombras. La distinción entre alma y cuerpo no es platónica; aparece en ciertos filósofos anteriores, como Pitágoras y Empédocles. Pero con Platón se ancla en la mente de Occidente hasta nuestros días, es el fundador de nuestra filosofía del amor. El tema del amor es inseparable de su filosofía (Paz, 1993:37). Esta metáfora del alma y cuerpo se convirtió en uno de los ejes primordiales de su pensamiento que, para bien o para mal, nos lleva a retomarla en nuestro trabajo sobre la genealogía de la sexualidad. Como veremos, la concepción del alma regirá sus reflexiones en torno a eros, dando una perspectiva que hoy se encuentra alejada de nuestra conducta y del significado de la sexualidad. Podemos afirmar que su concepción está muy alejada de nuestra percepción de lo sexualidad y el amor pero, sin embargo, ella nos da para reflexionar sobre esa condición humana en nuestro presente. Para ciertas perspectivas, se pudiera decir que, más que hablar de una filosofía del amor platónico, pudiéramos hablar de una sublimación erótica de la sexualidad a través de la filosofía, según la propuesta de Platón.
El tema de Eros aparece en tres de sus diálogos: Lisis, El Banquete y el Fedro. Pero es en el Banquete donde se desarrolla todo un horizonte intelectual que abre una amplia perspectiva cultural del amor, tema que no pasa indiferente para la tradición socrática. Eros es presentado entremezclándolo con reflexiones sobre la belleza, el cuerpo y el alma, la salud, la educación, la procreación, el origen, junto con la teoría de las ideas, y la relación amorosa que debe presentar la filosofía con un conocimiento erotizado, en tanto búsqueda del saber. El diálogo tiene la intención de establecer una similitud entre Eros y Sócrates. El Banquete plasmará su concepción, altamente difundida, de amor platónico, que muchas veces es mal comprendido o, tomada en parte o, a medias. Eros es el centro de este diálogo donde participan siete comensales y celebran el triunfo de Agatón, al ser premiado por su primera tragedia. En este elogio al amor, se nos muestran las opiniones y puntos de vista comunes de la época, además de la perspectiva socrática que puede ser, en parte, la de Platón.
En esta nueva propuesta para filosofar y examinar la vida erótica ateniense, Platón nos coloca como expositores a Fedro, Pausanias, Erixímaco, Aristófanes, Sócrates (además de éste hacer una alusión a la sacerdotisa Diotima de Mantinea, quien aparentemente lo instruye sobre eros), y el homenajeado Agaton, terminando el diálogo con la llegada de Alcibíades, especie de personaje tragicómico, presente en completa ebriedad, que nos da un elogio y estampa amorosa de Sócrates, quien representa, ante los ojos de este político, los rasgos esenciales del propio Eros, presentándolo como un filósofo del eros, pero de un eros apolíneo.
La introducción al tema no se da de manera inmediata. Platón buscó un narrador externo al momento del Banquete, Apolodoro. El relato se inicia por la solicitud de un amigo, interesado en Eros y quiere saber sobre qué se dialogó ese día; para la fecha ya habían transcurrido unos diez años del afortunado y divertido encuentro filosófico. Apolodoro dirá que a él se lo relató Aristodemo, que estuvo presente y que si bien no estaba invitado directamente, gracias a un encuentro fortuito con Sócrates en el camino, solicitando que lo acompañe, asiste al histórico encuentro.
El tema erótico irá apareciendo como en una especie de cajas chinas: un tema remite al otro. Cada participante nos da una idea de cómo se pensaba, se opinaba, se practicaba, se sentía, se representaba y originaba lo erótico en la Grecia antigua.
En este homenaje a Agatón se hablará y elogiará extensamente del amor. Se mostrará como uno de los dioses más antiguos (Fedro) y conoceremos su esencia, su significado para los seres vivos, sus obras, la idea de que todo Eros es Eros de algo que se desea, lo que pensamos qué es amor; la emoción del Eros siempre arrastra una carencia y deseamos lo que no poseemos en el momento presente. Por otra parte se nos presentará que el amor es deseo de lo bello y no de lo feo. Y se refiere lo que es el amor en sí mismo, el Eros no es lo bello y bueno por sí, sino un aspirar a obtener esos valores humanos. Eros, también será cuestionado como Dios, pues estos son perfectos y no muestran carencias. Eros más que un dios es un daimon, un genio –en el sentido griego; un ser que participa de la inmortalidad y la mortalidad. Eros no será bello ni feo, es un intermediario (ti metaxy; 201e/ 202a-b), está entre ambas cualidades, como también entre lo humano y lo divino, lo inmortal y lo mortal, y entre el saber y la ignorancia. Es un daimon que sirve de enlace para el hombre griego del momento: establece la comunicación con lo celestial; llena el vacío de la vida contribuyendo a obtener la unidad del todo de la existencia (202e/ 203b).
El diálogo imaginario entre Sócrates y Diotima nos narra el tradicional origen de Eros. Se asienta en la interpretación obtenida de Hesíodo. El nacimiento de Eros es debido a Penia (la pobreza) y Poros (el poder de obtener lo que se quiere; la riqueza), quienes se encuentran en un festín olímpico que celebra el nacimiento de Afrodita (¡otra celebración!). Por ser hijo de Penia, Eros es carente e indigente, no es bello, es desaliñado, rudo y sin hogar. Por ser hijo de Poros, en cambio, es viril y acometedor, poseerá la capacidad de perseguir sin descanso, con astucia e inventiva lo que desea y, en su caso, lo bello y lo bueno. Por esta doble condición su aspecto y ánimo será cambiante, puede presentarse vivaz y acucioso como triste y muriéndose, para luego renacer otra vez. Eros se encuentra en un punto medio entre la sabiduría y la ignorancia. Sus incontables recursos son rápidamente adquiridos como vilipendiados.
El atributo de mediador caracterizará igualmente al filósofo, por ser un individuo que se encuentra en una situación intermedia entre el saber y la ignorancia. Platón advierte (204ª) que ningún dios se presta a la filosofía, pues no desea llegar a ser sabio, lo es. Y en esto también incurren los ignorantes, que tampoco la buscan, teniendo la presunción de que se sienten y son bellos, buenos y prudentes; he ahí la ignorancia presente en ellos.
Sólo seres intermedios entre los dioses (sumo saber) y los hombres comunes (ignorantes), son los que se prestan a filosofar y uno de ellos es Eros. Esta concepción parte del cuerpo físico para alcanzar las cimas del saber filosófico. El amor es tendencia, deseo, anhelo de la posesión perpetua de lo bueno, el objeto del amor es alcanzar lo bueno pero en la medida que nos apropiamos y lo poseemos en nosotros. No es posesión transitoria sino permanente. Esta condición la engendra el amor y aquel que ha sido tocado, herido, por él: ansia de lo bueno.
Otro de los aspectos del amor es el afán de engendrar, de crear belleza tanto por el cuerpo como por el alma. Toda creación debe contener y realizar lo bello pues en ello hay algo de divino; para esta perspectiva, entre lo divino y lo feo sólo puede haber discordia; entre lo bello y lo divino hay armonía. Y esto se prodiga al argumentar que gracias a la perpetua procreación y fecundidad nos encontramos con un principio de inmortalidad en los seres mortales, como es el caso del hombre.
En nosotros habita, según Platón, una búsqueda perpetua de belleza e inmortalidad que se da cita en nuestras creaciones y en nuestra procreación. Lo inmortal (principio universal) se nos presenta como lo bueno y lo bello que, debido al deseo erótico, se presenta en los seres mortales como el hombre. Gracias a este daimon de Eros es que podemos entrelazar nuestra finitud con un principio infinito de perpetuidad y armonía. Se nos da como un principio necesario a toda vida humana.
El principio de la experiencia erótica física y corporal se presenta sólo al inicio de la propuesta socrática, es solo un paso a instancias más elevadas del amor, como veremos posteriormente. Del deseo de procreación y del placer sexual pasaremos al deseo de gloria imperecedera, que para el griego viene a constituirse en una fecundidad del alma y que le proporciona la opción de una vida virtuosa. Esta creatividad del alma es superior al de los cuerpos. Está representada en las obras del pensamiento, en las acciones heroicas, en los poetas como Homero y Hesíodo, en inventores, en los legisladores (cuyas virtudes supremas son la prudencia y la justicia: sofrosyne kai dikaiosyne).
Las almas bellas atraen a otra de igual condición –más que los bellos cuerpos-, desarrollando el afecto erótico una paideia formativa. Estos hijos que han sido formados más por el alma que por la posesión del cuerpo son los hijos que contribuyen más a la inmortalidad que los que se conformaron con el apremio de la carne.
El amor tiene sus propias vías de acceso y grados en la filosofía platónica. Podemos notar que en una primera instancia no se niega el Eros guiado y focalizado hacia la obtención y admiración de la belleza corporal. Primeramente se nos da en el amor por admirar un cuerpo bello particular y luego en la búsqueda de la belleza corpórea en general. De aquí, por medio de la reflexión y el conocimiento de lo erótico, esta formación, -para la obtención permanente de lo erótico-, nos conducirá a la búsqueda de la belleza de las almas, es decir, una belleza de la virtud, de lo moral, de la acción heroica. Por penúltima estación Eros nos debe guiar hacia el amor por el conocimiento, con lo que alcanzamos al ideal del filósofo y el desapego y servidumbre de los seres humanos concretos. El último grado del conocimiento erótico lo constituye la obtención de lo bello en sí, que es lo que encuentra en tanto apariencia y experiencia de Eros superada, quien ha recorrido los grados anteriores de este saber en sí. Es la revelación de algo maravilloso (thaumastón), respecto al que se ordenan todos los grados anteriores. Esta es la Idea misma de lo bello (210a-e). Nos encontramos con la aptitud filosófica netamente platónica. La belleza está adscrita a la misma concepción de la inmortalidad del alma. Esta idea de la belleza en sí es eterna e inengendrada, ni disminuye ni aumenta. Es una belleza para siempre, no temporal o contingente. No puede representarse mediante una forma concreta, por ejemplo, por medio de un rostro o teniendo manos bellas, o con cualquier otro tipo de atributo corporal, tampoco por un logos o razón, ciencia o episteme, ni existiendo en algún ser existente, o en el cielo, o en cualquier otro lugar. Es la experiencia espiritual de experimentarla, vivirla en sí y por sí misma en uno mismo. Experimentar la belleza como esencia en sí misma (autú monoeides aei; 211a-b) y en sí mismo de la que parten, en esta concepción idealista esencialista, el resto de las cosas bellas.
Esta concepción de belleza la debe alcanzar en vida el filósofo, integrándola, en su propia experiencia de lo verdadero. Es lo que podemos interpretar del discurso erótico de Alcibíades al ofrecer la estampa de Sócrates al final del diálogo. El filósofo es, como Eros, un ser intermedio, un metaxy, entre lo físico y lo metafísico. Esta concepción del Eros retira el cuerpo como fin del amor y nos la muestra como un impulso ascensional que tiene a término la contemplación del mundo de las ideas. Eros, se prende del cuerpo en un primer momento, como experiencia iniciática en tanto necesidad vital de belleza y creación; luego, en el proseguir de nuestra experiencia erótica, la reflexión platónico-filosófíca nos lleva a darle una existencia superior a través de la belleza del alma. La fuerza de Eros reúne al filósofo con el Ser, el Bien y la Belleza. Los misterios de Eros parecieran que presentan todo un halo religioso al emparentarla con la metafísica de lo divino, lo cual será el punto de arranque de toda la deformación del cristianismo en su concepción del amor celeste dentro de su monoteísmo.


II


El diálogo se inicia con la figura de Apolodoro, amante de la filosofía, y será el intermediario entre la realidad literaria y la ficción de la memoria, lo cual es, tanto en la literatura como la filosofía, una doble ficción. A Apolodoro un amigo le pregunta, al subir a la ciudad, sobre la reunión que hubo en casa de Agatón, donde asistieron un grupo de amigos –y entre ellos Sócrates-, al banquete en honor al premio obtenido como creador de tragedias. Evento donde se expresaron una serie de discursos en torno a Eros. El hecho se lo había relatado su amigo Aristodemo, quien asistió, y era el enamorado predilecto para el momento de Sócrates. La narración transcurre durante el camino que hace Apolodoro con su amigo a la ciudad.

1.- Apolodoro y la filosofía. Este personaje nos da la opinión que tiene de la filosofía (173c). Se regocija y saca provecho sólo con hablar o escuchar de ella. Y siente repulsión al escuchar otras conversaciones donde sólo se trata de los temas de los hombres ricos, es decir, de negocios. Esas conversaciones le producen hastío y nace en él un sentimiento de compasión hacia estos hombres pues creen hacer algo de provecho sin realmente hacer nada para su propio ser. Sabe que estos comerciantes opinan que él es un desdichado, pero él si está seguro que ellos sí lo son[1].
Apolodoro es un personaje que permanentemente se maldice y se niega a sí mismo. Por ello lo llaman maníaco. Habla mal de sí y de todo el mundo menos de Sócrates, su ídolo filosófico, que considera que es el único en haber encontrado la verdadera felicidad.
Su relato del Banquete lo remite al encuentro casual entre Sócrates y Aristodemo. Este descalzo y Sócrates, que siempre así estaba, se encontraba, para la ocasión, con sandalias puestas, recién lavado y acicalado para ir bello al encuentro de un hombre bello: Agatón. El maestro le invita a que lo acompañe. Al llegar al lugar, Aristodemo entra y es convidado por el dueño de la casa, mientras que Sócrates se queda afuera, cerca del portón vecino, en una actitud contemplativa y meditativa. Los otros invitados preguntan por qué no pasa. El joven amigo explica a los presentes que es una costumbre del filósofo entrar en esos estados meditativos, sin moverse del sitio y quedando como separado del mundo. Situación que hay que dejarlo en paz, hasta que él mismo salga cuando quiera de ello. Era una costumbre socrática meditar de esta manera. El trance ocurría al atravesar su pensamiento un problema que no lograba resolver inmediatamente[2].
Al salir del estado meditativo y entrar a la mitad del banquete, es invitado a sentarse al lado del agasajado, Agatón, quien dice que se aproxime para así disfrutar de ese sabio pensamiento que se le presentó en el portal. Y que salta a la vista que dio con él y lo tiene en sí. En caso contrario no se hubiera movido de allí (176a).

2.- Banquete griego; un ritual por la amistad. Todo banquete (symposia) ateniense, como el presentado en esta obra platónica, constaba de dos partes. Había un ritual establecido de antemano. Lo primero era el deipnon o syndeienon, la comida. Para ello los invitados se lavaban los pies y manos pues comían reclinados en lechos.






La escena de un festín representada por figuras masculinas semidesnudas, coronadas con hojas y semirrecostados en los klinai. Procedencia: Necrópolis sur de Posidonia. Datación: 480 a.C. Material: Piedra calcárea decorada con frescos.



A continuación de los manjares se pasaba al segundo momento, el pótos o sympotos, el de la bebida en común. En esta parte del evento los amigos comparten las livaciones de vino y al ser animados por éste, pronuncian discursos, se cantaba o se hacía una divertida sobremesa en función del programa prefijado por el presidente del banquete (symposiarchos). Este tenía también la potestad de la medida de vino a mezclar con agua en la cratera. Antes del sympotos se limpia y ordena el cuarto, se retiran las mesas y se hace una primera toma de vino puro, para cambiar los ánimos en honor a Dionisos, además de entonar un pean (himno) a Apolo.






En esta escena nos encontramos representados a cinco hombres recostados en klinai, delante de ellos hay unas mesas bajas, tocan instrumentos, otros charlan o cantan amigablemente compartiendo el vino. El joven del arpa gira para contemplar a la pareja central que portan sendos kylikes (copas de vino), manteniendo el plecto en la mano. Procedencia: Necrópolis sur de Posidonia. Datación: 480 a.C. Material: Piedra calcárea decorada con frescos. 



Estas reuniones terminaban, por lo general, en una orgía, aunque el banquete platónico se desviará a unos fines filosóficos por la ocasión, al tratar el tema del amor de forma elevada.
Este modelo de encuentro filosófico fue usado en la literatura por distintos autores además de Platón. Entre ellos están Jenofonte y Plutarco (Charlas de mesa - Simposíaca), Ateneo (Banquete de los eruditos - Deipnosofistas) se prolongó hasta el siglo VI C. por el obispo Metodio de Olimpo, que toma este modelo literario para escribir un Symposium o Tratado de las diez vírgenes o de la castidad, muy próximo al sentido e interpretación cristiana del concepto del amor platónico (cit. en: Platón 1972: 566s: ver nota 16).



3.- El Banquete platónico. El banquete platónico, como señalamos, es una excepción a la regla. Debido a la celebración del premio recibido por Agatón el día anterior y por la condición en que se encuentran todos los invitados, deciden no beber, limitándose a tomar cada quien el vino que considere oportuno, sin imposición ni medidas preestablecidas por el simposiarchos, que aparentemente es Erixímaco. E igualmente se pide que no se toque música (flauta), lo cual era lo acostumbrado. Y finalmente se exige a los invitados toda la atención a los discursos sobre el amor.
Se comienza sobre el tema reclamando el abandono de los poetas hacia Eros; no le componen, como a los otros dioses, himnos y peanes en su honor. Nadie lo ha alabado de una manera digna. Son observaciones de Fedro. Por ello se exigió que la reunión fuera un tributo en alabanza al dios del amor y expuesta su concepción por cada uno de los presentes.

Los discursos en torno a Eros se acometen en una cerrada sucesión, de izquierda a derecha, en el orden que están los invitados sentados. El turno de cada uno queda así: Fedro, Pausanías, Erixínaco, Aristófanes, Agatón, Sócrates (Diotima de Mantinea) y Alcibíades, que llegará al final de los discursos escuchados[3].




III


Discursos sobre Eros

1.- Fedro o el eros en la literatura. Inicia el discurso sobre el amor. Comienza afirmando que Eros es un dios grande y admirable entre los hombres gracias a su origen y lo considera uno de los más antiguos. Es un dios, aparentemente, sin padres y ningún poeta lo menciona. Retoma las palabras de
Eros
Hesíodo (Teogonía, v, 116ss)[4] donde afirma que en primer lugar existió Caos y luego la Tierra, de amplio seno, sede siempre firme de todas las cosas y el amor.
Este discurso presenta una aproximación literaria a Eros. Fedro, amante de los oradores y del arte de escribir, presenta varias ideas sobre el tema. Afirma que Eros es un dios antiguo y causa de bienes mayores en los individuos. Esta versión se ajusta a Hesíodo y Acusilao, para ellos es hijo de Caos y Gea. Los bienes que prodiga es otorgar al amante merecedor un joven amado. Eros guía nuestras vidas en la medida que queramos vivir de manera bella. Este inspirador de lo bello está por encima de nuestros parientes, de los honores, de las riquezas o cualquier otra cosa que le antepongan (178c). La motivación infundida en nosotros debemos buscarla en sus resultados, no en la causa, sino en el efecto. Lo deshonroso puede hacer gala al ser infiel al amado, causando dolor y sufrimiento. La finalidad de este dios, según Fedro, es inspirar a los hombres querer vivir bellamente.
Según sus palabras, no hay mayor bien para un joven adolescente que tener un amante virtuoso, o para un amante tener un amado[5]. El amor es norma de vida presente en todos los hombres que intenten vivir honestamente. Tiene un componente moral, lo bello también debe procurar lo bueno. El amor está por encima de cualquier valor mundano: dinero, fama, honores, filiación familiar; ninguna de ellas inculca en el ánimo lo que hace este sentimiento amoroso. Esto lo refiere al hablar de la ciudad ideal.
La propuesta de la significación de los efectos de Eros en lo social es expresada al poner la idea de la excelencia para una ciudad que estuviese compuesta de amantes y amados. Su gobierno sería perfecto, alejando a los ciudadanos de lo deshonroso, emulan vivir en la práctica del honor y la virtud.
Otro de sus ejemplos de la virtud que despierta en los hombres Eros está en la propuesta, muy griega, de pensar un ejército compuesto por soldados amantes y amados: la razón es que al combatir juntos tendrían mayor valor para vencer al enemigo. En esto prodiga la pena de amor que causaría en el soldado al ser visto como cobarde, abandonando su puesto o arrojando sus armas y ser rechazado por su amado. Una milicia homosexual no es dañina para la guerra sino todo lo contrario, según las palabras de Fedro (179a). Tampoco los amantes se separarían o abandonaría el uno al otro, gracias a que Eros les inspira valor.
Eros, en los amantes, además del afecto y la dependencia pasional y sexual, infunde un instinto vital que lleva a irrumpir como defensa de la vida. Este planteamiento surge por las emociones que se originan de los efectos de esta sensibilidad erótica. Pareciera cierta la afirmación de este personaje que proclama el siguiente corolario: sólo los que aman están dispuestos a morir por el otro, y eso indistintamente del género masculino o femenino (179b). El amor infundado por Eros es tan fuerte y da tanta osadía y valentía que arrojarse para salvar al amado estaría en el alma de quienes aman de manera total. Si hubiera algún medio de que llegara a existir una ciudad o un ejército compuesto de amantes y de amados, de ningún modo podrían administrar mejor su patria que absteniéndose, como harían, de toda acción deshonrosa y emulándose mutuamente en el honor (178c). El amor inspira honor, valentía, ímpetu, coraje, sacrificio en el campo de batalla al amante para no defraudar a su amado; valentía que pareciera brotar por el carácter de sí mismo, pero es lo amoroso lo que guía ese impulso osado.
Nos ofrece varios ejemplos mitológicos. Primero la leyenda de Alcestis, hija de Pelias, que estuvo dispuesta a morir, por el amor a su marido Admetus. Esta acción maravilla a los dioses y la premian haciendo regresar del Hades a su alma, algo poco común concedido a los hombres. La concepción de los dioses para los griegos muestra estima, por encima de todo, a la abnegación y la virtud en el amor.


Alcestes y Admetus.
Imagen del Museum Fine Arts, Boston: http://www.mfa.org/



Otro caso es el de Aquiles (hijo de Tetis), y Patroclo, donde el primero prefirió morir, por el amor a su amante Patroclo, al vengar su muerte con la de Héctor. Sabía, por los presagios de su madre, que este enfrentamiento causaría su muerte; haciendo lo contrario, podría regresar a su casa, terminando sus días en la vejez. Ante el augurio prefiere seguir al amado en la muerte. Aquiles quería morir valientemente por -y para seguir a- Patroclo. Por ello, los dioses lo premian enviándolo a la Isla de los Bienanventurados, pues aunque admiran por sí esta acción, la admiran aún más cuando es el amado y no el amante, el que sacrifica y da su vida para resarcir y vengar la muerte del amante: recompensan más cuando es el amado quien demuestra su afecto por el amante que cuando lo hace el amante por el amado, ya que el amante es algo más divino que el amado, puesto está poseído por la divinidad (de eros) (179c).






Aquiles cura las heridas de Patroclo.