miércoles, 1 de enero de 2025



Mi encuentro con

Bernardo Mandeville


David Sparrow (*)

 



Era una tarde fresca en Londres, donde la bruma del río Támesis se entrelazaba con el bullicio de la ciudad. Yo, David Sparrow, un capitán de navío de aspecto robusto, me recliné en un banco del parque, mi tricornio descansando a mi lado. Como bien sabe quién me ha leído antes, había sido pirata en mi juventud, navegando los mares del Caribe, cosa de la que no me arrepiento en nada, pero pasados los años uno se cansa de aventuras riesgosas en alta mar. Ahora me dedico al comercio de rones, cacao, café y azúcar entre Venezuela y Francia. Cargaba la mayoría de las mercancías en el puerto de Cumana, pero en Carúpano compraba el mejor ron que se conseguía por esos lados de Dios y luego las llevaba al puerto de Le Havre o de Marcella en el país galo. Sin embargo, esa tarde me había dado cita con uno de mis amigos más entrañables, con quien siempre al encontrarnos, era un alegre placer mutuo. Así que, a mi lado y llegado a la hora puntual, me acompañaba mi querido Bernardo Mandeville, un influyente filósofo y escritor de origen holandés, pero que se había vuelto más inglés que mi persona, conocido por sus polémicas ideas sobre la moral, la sociedad y la importancia del vicio sobre la virtud para el desarrollo y la prosperidad de las naciones.

Luego de los inevitables saludos nos sentamos. En un breve silencio observábamos a la gente pasar. Mandeville, era famoso, conocido y maldecido a la vez, por su obra La fábula de las abejas, en la cual desafiaba las normas sociales de su tiempo y exploraba la naturaleza humana con un enfoque satírico y provocador. Al rato comenzamos la conversación y la inicié hablando en torno a la importancia, como era ahora para los dos, de recurrir a compartir una buena compañía siempre que se pueda, lo cual no es muy frecuente en estos tiempos.

—Siempre he pensado que soy un gran amante de la buena compañía. ¿Tú no? —le dije rápidamente, sonriendo con nostalgia.

Bernardo giró la cabeza, su mirada aguda e incisiva se posó sobre mí.

—¡Claro! Es lo que pide una inteligencia despierta. Pero antes de hablar de eso, permíteme describir el tipo de persona con quien yo elegiría conversar, espejo en el que te puedes reflejar tu imagen. Creo que son fundamentales estas palabras para iniciar. Es como podemos comenzar a hablar acerca de un tema. Definiendo sus aristas previas.

Me incliné hacia adelante, interesado en su opinión, pero siempre recordando las noches y sus días en mi nave, donde pocas conversaciones amenas se dan. A no ser por mis intercambios habituales  con mi tripulación o con algún oficial del quehacer marino en medio del océano, sobre alguna que otra conversación del día en torno a líquidos y materiales obstáculos que nos impone la navegación o de las faenas en sus pormenores de un bergantín, dado a la tarea de transportar mercancías entre los dos mundos, me quedaba  en mi camarote con mi querido instrumento y la música del laúd llenaba el aire y  el paso del tiempo mientras chocaban las olas contra el casco del barco.  

Queriendo oír las palabras de mi apreciado amigo, lo alenté.

—¡Adelante! Me gustaría escuchar tu opinión de ese buen conversador que piensas entre tus oscuras entrañas de buen conocedor de la especie humana.

—Este individuo ideal del que quiero hablar para tener una buena conversación debería tener ciertas cualidades. Sólo diré algunas entre muchas. En principio, haber sido educado con cuidado, completamente inmerso en nociones de integridad y respeto. Debe tener aversión a la vulgaridad y la deshonestidad. Además, debería dominar nuestro idioma y tener conocimientos de otros, como lo tenemos ambos. Frances y castellano son imprescindibles desde ahora en adelante, así como un entendimiento básico de lenguas clásicas como el latín y el griego, que ayudan a tener una mayor compresión de nuestro ser y nuestro mundo.

Asentí, imaginando a alguien así, un compañero ideal para mis largas travesías por los corredores acuáticos marinos, donde siempre asecha cierto grado de incertidumbre. Por ello he tenido que aprender otras lenguas, las de los nativos de los lugares del Caribe por los que paso en mis viajes. A veces unas palabras conocidas pueden salvarte la vida en esos confines. Y le dije:

—Eso suena coherente. ¿Y qué más?

—También debería conocer las costumbres y tradiciones de épocas pasadas, y estar informado sobre la historia de su país y la sociedad actual; no menos que la de los países que visita y comercia, como es tu caso. Además, debería haber explorado disciplinas científicas y viajado disfrutando de diferentes culturas. Cosas que posees.

Sonreí, recordando mis preocupaciones y andanzas en los lejanos territorios por los que he pasado.

—Suena como alguien muy completo. Pero ¿no crees que es difícil encontrar a alguien así?

—Quizás. Pero cuando un grupo de personas encuentran a uno como él, ya sea por casualidad o porque lo planean invitándolo a una reunión, yo digo que es una buena compañía. La conversación siempre gira entre una que otra referencia efímera, en hablar de nada que no sea interesante o divertido.

Miré alrededor, observando a un grupo de caballeros que discutían animadamente en un rincón de la plaza Garlick Hill, que quedaba cerca del Muelle Three Cranes, donde siempre arribaba a desembarcar mis mercancías.

—Pero a veces, la mayoría de la gente parece disfrutar de la compañía ruidosa, incluso si no es de calidad. Eso es lo habitual. Los momentos de serena conversación no son muy buscados, más bien se tienen por molestos. Entrar en reflexiones algo pertinentes sobre la existencia y la condición humana se evade en la medida que se puede. Para nosotros, creo yo, preferimos la soledad que ese tipo de compañía.

—Exactamente. La mayoría de las personas con buen gusto, bien sabemos, disfrutarán de una conversación amena. Pero si pueden hacer algo más satisfactorio, seguramente dejarán de lado esa charla de bagatelas.

Con los brazos cruzados, me sumí en mis pensamientos, recordando las noches que me esperaban en mi barco, donde debía emprender la travesía atravesando el Canal de la Mancha, hacia las costas de Francia, quedando en compañía de mis libros y la solitaria música con mí laúd, como también a ratos en la escritura de mis historias en mi bitácora de vida, actividades todas ellas que eran mi verdadero refugio en esos tiempos de aislamiento marítimo. Así que le dije a Bernardo una inquietud que me perseguía.

—Entonces ¿Qué tu prefieres estar un poco solo, más que juntarte con tipos ruidosos que buscan permanente hablar sobre su situación de vida?

—Sin duda. Es mejor leer un libro o escribir que pasar la noche con hombres que solo critican, se burlan de sus compañeros y se quejan de los males del mundo, que muchas veces sólo están en su imaginación y no en la realidad cercana a ellos. A veces, prefiero la soledad a la compañía superficial.

Miré al horizonte, donde las nubes comenzaban a oscurecerse, presagiando la llegada de la noche.

—¿Y qué hay de esos que prefieren estar rodeados de gente, incluso si son aburridos?

—La mayoría de los hombres prefieren la compañía, pero no entiendo por qué este amor por estar con otros se considera algo positivo. Los más débiles son quienes más temen estar solos. Acuérdate de nuestro amigo Baruch Spinoza, a quién hace mucho tiempo no visito en Holanda. El cual, decía que un hombre es verdaderamente libre cuando vive por su propia voluntad, no según la de otro; es decir, aquel que sabe gobernarse a sí mismo, sin ser esclavo de sus pasiones. Este individuo puede estar en cualquier lugar, incluso en una habitación y, sin embargo, ser libre. Como nosotros, pues podemos permanecer, en mi caso en mi estudio y en tu caso en tu camarote, estando serenos, sin sentir la molestia de una angustiosa soledad. Todo lo contrario, sabemos bien que en la soledad disfrutamos con nuestra propia intimidad, de nuestros pensamientos y de lo que hacemos. Creo que a quien describimos antes como buena compañía bien puede parecerse esta descripción a la de nuestro tranquilo filósofo judío pulidor de lentes.

Me quedé en silencio, asimilando las palabras de mi amigo, mientras recordaba las veces que había preferido tocar mi laúd en la cubierta de mi barco al llegar a puerto en lugar de unirme a las ruidosas celebraciones en tierra que buscaban los marinos después de obtener su paga. Prefería experimentar el placer de sentir mis dedos recorrer sobre el diapasón y hacer sonar las cuerdas de mi viejo instrumento, interpretando las obras de compositores que he conocido a lo largo de mi vida. Son otros amigos en que las conversaciones solitarias con ellos me llevan a establecer una buena cercanía por la interpretación de sus dulces y melancólicas obras. Ellos son John Dowland, Robert Johnson y Johann Hieronymus Kapsberger, quienes me acompañan con su silencio físico, pero transportándome a un mundo sonoro de serenidad y belleza.

—Entonces, como lo aprecio yo, ¿crees que un hombre sensato puede estar solo sin problemas ante el círculo de su soledad cotidiana?

—Exactamente. Un hombre educado y reflexivo prefiere su soledad antes que lidiar con la tontería de la multitud. Un jardín o un desierto, como los libros o el laúd que encuentras en tu camarote de tu bergantín, pueden ser mejores compañeros que una conversación vacía.

Ambos nos quedamos en silencio, disfrutando de la paz del frío y húmedo atardecer en Londres, sintiendo que la verdadera compañía a veces reside en la creativa soledad reflexiva y en la búsqueda del conocimiento o en el gusto por el placer estético del practicar un arte.

Mientras el sol se ocultaba tras los edificios que se encuentran en torno al Támesis, comprendí que la verdadera riqueza de mi amistad con Bernardo radicaba en la profundidad de nuestras conversaciones. En ese momento, me di cuenta de que, al igual que las melodías que tocaba en mi laúd, la amistad y el conocimiento son las verdaderas notas que dan sentido a mi vida. En la soledad de mi camarote, rodeado de las obras de mis amigos compositores, sabía que siempre encontraría consuelo en los sonidos de la música y en la compañía de mi sereno amigo fabulador sobre la vida de las abejas, donde la belleza de las ideas florecía.

 

La carta enviada por Mandeville

Al llegar a Marsella, el 19 de diciembre de 1732, me dio el oficial encargado de la capitanía de puerto, la correspondencia enviada desde Londres de mi amigo Bernardo.  Él sabía, por lo que hablamos, que al llegar al puerto francés de Le Havre estaría unos días y luego partiría inmediatamente en dirección al Mediterráneo, para descargar la otra parte de mi mercancía en Marsella.

Adelantándose a mi llegada a esa ciudad envió su magnífica carta desde la oficina de correo que está al lado de la iglesia St. Martin-in-the-Field, que queda cerca de su casa y según consta en el formulario de recibido que he tenido que firmar. La misiva refería toda una disertación sobre el último tema que tocamos cuando nos vimos esa tarde cerca del puerto del Támesis. Aquí la transcribo por su valor filosófico para los tiempos por venir y que los amigos de la buena conversación no pierdan de conocer las opiniones de tan preclaro pensador y amigo en estos tiempos azas de oscuridad, demencia, maldad e injusticias a granel.

 

Querido amigo y capitán David Sparrow

Me alegra mucho saber que estás bien y que tu navío navega con éxito por los mares de Francia. Me gustará, la próxima vez que nos veamos, saber más sobre tus interesantes aventuras y reflexiones en el mar de estos días que tienes por delante, después de tu partida del húmedo Londres. ¡Que no pasen muchos meses para volvernos a ver en la isla!  Mientras, te mando estas páginas escritas con mis reflexiones acerca de la cuestión por el que discurrimos en nuestra grata conversación de hace varias semanas atrás, cerca del puerto de Three Crane. ¿Te acuerdas? Donde tratamos sobre un tema que, para ambos, tenía y tiene interés, el saber cómo deberían ser los amigos que nos proporcionan no sólo una buena conversación sino también de una buena compañía.  Aquí van mis escuetas palabras sobre ello.

Para empezar, como bien sabes, soy un gran amante de la buena compañía y deseo ofrecerte una descripción del hombre que yo escogería para conversar, con la promesa de que, antes de haberla terminado por completo, descubrirás que es útil, aunque puedas, al principio, tomar por una mera digresión ajena a mi propósito.  Voy a reiterar algunas ideas ya mencionadas en nuestra conversa pasada. Disculpa si te parece que repito mucho lo ya hablado en aquella ocasión.

Puedo continuar señalando que una persona de este tipo debe estar, desde una educación temprana y bien dirigida, completamente impregnada de los principios de honor y vergüenza, mostrando siempre una aversión natural hacia todo aquello que conduzca a la impudicia, la vulgaridad o la falta de humanidad. Debe poseer un buen dominio del latín y tener conocimientos básicos de griego, además de manejar uno o dos idiomas modernos, aparte de su lengua materna, como ya hemos mencionado. Ha de estar familiarizado con las costumbres y hábitos de los antiguos, pero profundamente instruido en la historia de su propia nación y en las prácticas de la época en la que vive, así como, si le es posible, en las de los países que haya visitado. Junto con su conocimiento de la literatura clásica y contemporánea, debería haber estudiado alguna ciencia útil, haber visitado cortes y universidades extranjeras, y haber sacado verdadero provecho de sus viajes. Ocasionalmente, debería disfrutar del baile, la esgrima y la equitación, conocer algo de caza y otros pasatiempos al aire libre, pero sin apegarse demasiado a ninguno de ellos, considerándolos como ejercicios beneficiosos para la salud o entretenimientos que no interfieran con sus ocupaciones ni le impidan adquirir cualidades más valiosas. Además, debería tener nociones de geometría, astronomía, anatomía y del funcionamiento y economía del cuerpo humano. Entender de música como para ejecutarla es un logro - ¡cosa que a ti se te da muy bien! -. Sin embargo, hay mucho que podría argumentarse en contra, aunque personalmente preferiría que mi interlocutor tuviera al menos un conocimiento básico de dibujo, lo suficiente como para disfrutar y valorar un paisaje o para describir con claridad cualquier forma o modelo que quisiera explicar, sin que por ello se viera obligado a tomar un lápiz para hacerlo. Además, debería haber estado habituado desde temprana edad a la compañía de mujeres honestas, inteligentes y de conducta intachable. No debería, en ninguna circunstancia, dejar pasar más de una quincena sin mantener una conversación con damas, pues este intercambio fomenta tanto la cortesía como la sensibilidad necesaria en una persona de buen juicio.

No mencionaré los vicios groseros, como ser hipócritamente religioso, putañear más de lo debido, jugar, beber hasta perder la conciencia o reñir en cada sobremesa, todos actos de los cuales nos guarda hasta la más modesta educación; siempre le recomendaría practicar una templada virtud, pero no soy partidario de que un caballero ignore voluntariamente nada de los deslices y desmanes que ocurren en la Corte o en la ciudad. Es imposible que un hombre sea perfecto y, por tanto, puedo admitir algunas faltas si no puedo impedirlas; como, por ejemplo, que entre los diecinueve y los veintitrés años los ardores juveniles puedan a veces vencer su castidad, si lo hace con discreción; o si en alguna ocasión extraordinaria, vencido por la insistente solicitación de alegres camaradas, bebe más de lo que una estricta sobriedad permitiría, siempre que lo haga con poca frecuencia y que no perjudique su salud o su temperamento; o si, ante una gran provocación y con justicia de causa, alguna vez se viera arrastrado a una pelea que la verdadera sensatez y una adhesión menos estricta a las reglas del honor podrían haber evitado, siempre que ello no le ocurra en más de una ocasión; si, como digo, hubiese sido culpable de tales cosas, y nunca hablara ni, mucho menos, se jactara de ellas, podría perdonársele, o por lo menos disculpársele, si más tarde las abandonara y, de allí en adelante, fuera discreto. En ocasiones, los tropiezos de la juventud han logrado infundir temor en los caballeros, llevándolos a desarrollar una prudencia mucho más sólida que la que probablemente habrían alcanzado si no hubieran atravesado tales experiencias. Para mantener a un joven apartado de la depravación y de los actos abiertamente escandalosos, pocas cosas resultan tan efectivas como brindarle acceso regular a una o dos familias nobles que asuman como responsabilidad recibirlo con frecuencia. De esta manera, mientras se alimenta su orgullo, también se le mantiene bajo un constante temor a la vergüenza, lo que contribuye a moldear y refinar su carácter.

Un hombre de regular fortuna, convenientemente preparado como indico, que siga perfeccionándose a sí mismo y se dedique hasta los treinta o cuarenta años a conocer el mundo, no puede ser desagradable para conversar, por lo menos, mientras goce de buena salud y prosperidad y no le ocurra nada que le amargue el carácter. Cuando una persona de esta naturaleza se encuentra, ya sea por casualidad o por decisión, con tres o cuatro semejantes y acuerdan pasar unas horas juntos, a este grupo lo denomino buena compañía. En estas reuniones, nada se dirá que no resulte útil o entretenido para alguien sensato. Es posible que no siempre coincidan en sus opiniones durante la conversación, pero no habrá disputas, ya que cada uno estará dispuesto a ceder primero ante quien piense diferente. Hablarán de manera ordenada, uno a la vez, y con un tono moderado, suficiente para ser escuchados claramente por todos los presentes. El mayor placer de cada participante será el de procurar agradar a los demás, algo que saben que se consigue escuchando con atención y mostrando una actitud aprobatoria, como si cada palabra fuera especialmente valiosa. Las personas con cierto buen gusto sabrán apreciar este tipo de conversación y, con razón, la preferirán a la soledad cuando no tengan otra forma de ocupar su tiempo. Sin embargo, si pueden dedicarse a algo que les prometa una satisfacción más profunda o duradera, seguramente renunciarán a este placer para entregarse a aquello que consideren más significativo. Pero ¿no prefiere uno, aun no habiendo visto un alma en quince días, seguir solo mucho más tiempo, antes que juntarse con tipos ruidosos, que se deleitan en la contradicción y tienen a gala el buscar pelea? ¿Acaso no prefiere quien posee libros dedicarse a leerlos sin cesar o a escribir sobre diversos temas, antes que pasar las noches en tertulias con hombres partidistas que creen que la nación está perdida mientras se permita que sus adversarios políticos sigan existiendo en ella? ¿No es más deseable permanecer solo durante un mes y acostarse antes de las siete, que mezclarse con cazadores de zorros que, tras pasar el día entero intentando inútilmente romperse el cuello, se reúnen por la noche para seguir poniendo en peligro sus vidas bebiendo, y que, en su alegría, emiten dentro de la casa más ruidos que los ladridos de sus perros cuando están tras la presa? No tendría yo en alta estima a un hombre que no prefiriera agotarse caminando o, en caso de estar encerrado, entretenerse esparciendo alfileres por toda la habitación para luego recogerlos, antes que pasar seis horas en compañía de una docena de marineros comunes el día en que reciben su paga.

Reconozco, sin embargo, que la mayoría de las personas, antes que permanecer solas durante un tiempo prolongado, prefieren someterse a las situaciones que he mencionado; pero lo que no logro entender es por qué este amor por la compañía, este intenso deseo de sociabilidad, se interpreta de manera tan favorable hacia nosotros, como si fuera en el ser humano donde reside un valor intrínseco que no se encuentra en otros animales. Pues, si de esta inclinación hacia la compañía y de esta aversión a la soledad se quisiera deducir la bondad de nuestra naturaleza y el noble amor del hombre por su especie, sería razonable esperar que estas características fueran mucho más marcadas y vehementes en los mejores representantes de la humanidad: en los hombres de mayor talento, virtudes sobresalientes y hazañas destacadas, así como en aquellos menos inclinados al vicio. Sin embargo, la realidad demuestra todo lo contrario.

Los espíritus más débiles, los más incapaces de gobernar sus pasiones, las conciencias culpables que aborrecen la reflexión, los inútiles que no pueden producir por sí mismos nada de provecho, son los mayores enemigos de la soledad y los que pueden aceptar cualquier compañía antes que pasarse sin ella; al paso que el hombre educado y prudente, capaz de pensar y contemplar las cosas y al cual muy poco perturban sus pasiones, puede soportar la soledad mucho tiempo sin disgusto; y para evitar el ruido, la necedad y la impertinencia rehuirá veinte compañías; y, en lugar de toparse con algo que desagrade a su buen gusto preferirá su retiro o un jardín, y aun menos que esto, un terreno baldío o un desierto, antes que la vecindad de ciertos hombres.

Estas son mis reflexiones sobre el tema que deseaba hacerte llegar.

Como siempre, me alegra saber que estas bien, y te imagino sobre el timón de tu navío, navegando con éxito en dirección de la proa al puerto de Marsella. Así que te deseo un viaje seguro y próspero. Esperando verte pronto y volver a compartir contigo nuestras conversaciones y reflexiones.

Tu amigo,

Bernardo Mandeville

El 22 de noviembre de 1732, en St. Martin Lane, Londres

 

 

(*) Del libro: David Sparrow: Theatrum Caribeum, t.2. Londres. 1757, p.280s

Trad. David De los Reyes, Guayaquil, noviembre 2024


 

  

jueves, 5 de diciembre de 2024

 R O J O E N O J O

David De los Reyes

A propósito de su estreno el 5 de diciembre de 2024



La directora del grupo, Carolina Pepper


"Rojo Enojo" es una obra que resalta el papel fundamental de la mujer ecuatoriana en la lucha por el reconocimiento de sus derechos, reconstruyendo así la "otra" historia del Ecuador. Esta puesta en escena busca rescatar y visibilizar la memoria nacional mediante los eventos reivindicativos liderados por mujeres ecuatorianas a principios del siglo XX. Creada y presentada por el grupo de investigación transdisciplinar de danza-teatro de la Universidad de las Artes (UArtes), bajo la dirección de la profesora Carolina Pepper, "Rojo Enojo" se estrenó en la Casa Teatro Zona Escena de Guayaquil.
La obra cuenta con la colaboración de la historiadora Natalia Tamayo, quien aportó su valiosa investigación historiográfica; el maestro Rubén Rivera, responsable del sonido y la musicalización; y un destacado grupo de estudiantes de la escuela de danza de UArtes. "Rojo Enojo" ofrece una denuncia artística de un trágico hecho de género desde la perspectiva femenina, abordando temas sociales y políticos relevantes en el contexto de Guayaquil, como la desigualdad y la resistencia política de las mujeres obreras ecuatorianas en la década de 1920.

El grupo de bailarines actores de Rojo Enojo


La obra presenta una recreación crítica gestual, a través de la danza y el teatro, de las estructuras de poder y las situaciones de opresión en una sociedad profundamente patriarcal. Sus personajes recuperan los nombres y acciones de mujeres valientes y solidarias durante la huelga y el congreso obrero del 15 de noviembre de 1922: Virginia Rodríguez, Mariana Moncayo, Tamara Garcés, Ángela Mesa, Anastasia y Asunción Ramos, Ofelia González, Clara Potos, la Negra Julia, Rosa Orquídea de Heredia, Irídea Herrera, Lucelinda y Clara Rojas, y María Montaño, entre muchas otras. Estas mujeres formaron parte de las primeras asociaciones gremiales femeninas del país, como el Centro Feminista "La Aurora", la Asociación "Rosa de Luxemburgo" y el sindicato "La Bandera", que participaron activamente en esta gesta de reivindicación humana.
Los nombres de estas mujeres fueron ocultados por la historiografía tradicional. Esta obra busca enmendar esa omisión, devolviéndolas a la memoria colectiva que conforma la larga lucha de las mujeres ecuatorianas por sus derechos civiles, humanos y laborales. Las mujeres obreras, junto con otras que no lo eran, apoyaron las demandas de los trabajadores, pero también lucharon por sus propios derechos y mejoras en sus condiciones de trabajo. La Asociación "Rosa de Luxemburgo" y el centro "La Aurora" visibilizaron el papel de las mujeres en el movimiento obrero y subrayaron la importancia de la solidaridad entre trabajadores de diferentes géneros.
Con "Rojo Enojo", estamos ante la presencia e importancia de recuperar la "otra" historia, a menudo velada e ignorada dentro de la narrativa oficial, que es fundamental para el avance de los derechos humanos en Ecuador. Carolina Pepper, junto con los estudiantes de danza y los demás técnicos, investigadores y creadores de UArtes, han dado vida a este relato dancístico y teatral, rescatando un fragmento olvidado de la historia para la memoria de un país de corta memoria.


El grupo con la historiadora Natalia Tamayo y el maestro Rubén Riera


lunes, 2 de diciembre de 2024

       

Apuntes sobre Estética Ambiental

David de los Reyes

Serie Mixtura Rubra et Viridis Vegetalis. Redes Sociales Vegetales
DDLR/2024 diciembre, Guayaquil


 Introducción a la Estética Ambiental: Una Toma de Conciencia

La estética ambiental, aunque es una disciplina relativamente joven, ha cobrado gran relevancia en tiempos recientes. Esta área de estudio se sitúa en la intersección de la estética, la ecología y las obras artísticas, abordando temas relacionados con el medio ambiente. Desde la antigüedad, ha existido un interés por la relación entre los seres humanos y su entorno, pero fue a partir de la década de 1970 que se produjo un desarrollo significativo en este campo, impulsado por autores que comenzaron a explorar la conexión entre arte, naturaleza y conciencia ambiental. El término ecología proviene del griego oikos (οκος), que significa "hogar", "casa" o "familia", y logia, que se traduce como "estudio" o "ciencia". Este término evoca no solo el espacio físico donde viven los seres humanos y otros organismos, sino también la gestión de recursos y la interrelación dentro de un ecosistema, lo que se relaciona directamente con la economía familiar, o oikonomia. En el siglo XIX, fue Ernst Haeckel quien acuñó el término "ecología" en su obra Generelle Morphologie der Organismen (1866), donde definió la ecología como la rama de la biología que se ocupa de las relaciones de los seres vivos con su entorno. Haeckel sostenía que la comprensión de estas relaciones era fundamental para la conservación de la naturaleza y el equilibrio de los ecosistemas, enfatizando la interdependencia de todas las formas de vida.

Además, el término "oikos" ha sido explorado por filósofos de la Grecia clásica. Por ejemplo, Aristóteles menciona el concepto en su obra Política, donde discute la organización del hogar y la economía en relación con la vida comunitaria. La conexión entre la estética ambiental y la ecología, por lo tanto, se nutre de estos antecedentes históricos y filosóficos, resaltando la necesidad de una apreciación profunda y consciente de nuestro entorno natural.


Definición de Estética Ambiental

La estética ambiental puede definirse como la apreciación y valoración de los entornos naturales y construidos. Para ello, es fundamental desarrollar una Inteligencia Naturalista, como propone Howard Gardner en su obra Estructuras de la mente: La teoría de las inteligencias múltiples[1] que nos permite reconocer y clasificar los elementos de la naturaleza. Esta capacidad no solo enriquece nuestra experiencia estética, sino que también nos conecta profundamente con el mundo que nos rodea. La ecología, por su parte, se define como la ciencia que estudia las interacciones entre los organismos y su entorno, así como las relaciones dentro de los ecosistemas. Esta disciplina se centra en cómo los seres vivos se adaptan a su ambiente y cómo influyen y son influenciados por él, lo que es esencial para comprender la importancia de conservar nuestros entornos naturales. La conexión entre la estética ambiental y la ecología resalta la necesidad de desarrollar una conciencia crítica sobre nuestro impacto en el medio ambiente, fomentando una relación más armónica y sostenible con el mundo natural.


Historia y Desarrollo de la Estética Ambiental

Desde sus inicios, la estética ambiental ha evolucionado, reflejando la creciente preocupación por la conservación de la naturaleza. Este campo ha sido influenciado por pensadores como Allen Carlson y Rachel Carson, quienes han enfatizado la necesidad de proteger y preservar el entorno natural.

Allen Carlson es conocido por su enfoque en la estética ambiental como una forma de entender y apreciar la naturaleza. En su obra La estética del ambiente (Aesthetics and the Environment), Carlson argumenta que la experiencia estética no solo se deriva de la belleza visual de un paisaje, sino también de la comprensión de sus procesos ecológicos y su contexto. Propone que para valorar verdaderamente el medio ambiente, es fundamental reconocer las interacciones complejas que ocurren dentro de los ecosistemas. Su perspectiva invita a una apreciación más profunda que va más allá de lo meramente visual, integrando aspectos científicos y filosóficos en la experiencia estética.

Por otro lado, Rachel Carson, en su obra Primavera silenciosa (Silent Spring, 1962), se convierte en un hito en la literatura ambiental al advertir sobre los efectos nocivos de los pesticidas en el medio ambiente. Carson no solo documenta los daños causados por el uso indiscriminado de químicos, sino que también promueve una ética que valore todas las formas de vida. Su enfoque poético y científico resalta la interconexión entre los seres humanos y la naturaleza, instando a una reflexión sobre nuestras responsabilidades hacia el entorno. La obra de Carson ha sido fundamental para el movimiento ambientalista, inspirando a generaciones a considerar la importancia de la conservación y el respeto por la biodiversidad.

Ambos pensadores, a través de sus obras, han contribuido significativamente a la evolución de la estética ambiental, promoviendo una visión que integra la apreciación estética con la conciencia ecológica y la ética de conservación. Esta interrelación se ha vuelto crucial en un momento en que la crisis ambiental exige una reevaluación de nuestras relaciones con el mundo natural.


Importancia de la Estética Ambiental para la Conservación y la Sostenibilidad

La estética ambiental no solo se ocupa de la belleza de la naturaleza, sino que también juega un papel crucial en la conservación y sostenibilidad. La apreciación estética de los paisajes naturales puede inspirar a las personas a adoptar actitudes responsables hacia el medio ambiente. Cuando las personas experimentan una conexión emocional y estética con su entorno, es más probable que desarrollen un sentido de responsabilidad y compromiso con su preservación.

Al integrar la estética en la conservación, se fomenta un sentido de pertenencia y cuidado hacia nuestro entorno. Por ejemplo, la belleza de un bosque, una montaña o un río puede motivar a las comunidades a proteger estos espacios, no solo por su valor ecológico, sino también por su significado cultural y emocional. Esta relación simbiótica entre la estética y la conservación subraya la idea de que la naturaleza no es solo un recurso, sino un patrimonio que merece ser valorado y protegido.

Además, la estética ambiental puede influir en políticas de conservación, promoviendo iniciativas que busquen no solo preservar la biodiversidad, sino también mantener y restaurar la belleza de los paisajes. Al reconocer que la experiencia estética puede ser un motor para la acción ambiental, se abre un camino hacia una mayor conciencia y acción colectiva en favor de la sostenibilidad.


Percepción y Belleza en la Naturaleza

La relación entre los seres humanos y la naturaleza ha sido objeto de estudio durante mucho tiempo, revelando su profunda influencia en nuestra vida cotidiana. La investigación ha demostrado que nuestra conexión con el entorno natural impacta significativamente nuestra percepción del mundo y nuestro bienestar emocional. La exposición a la naturaleza no solo mejora nuestro estado de ánimo, sino que también reduce el estrés y aumenta la función cognitiva. Estudios han indicado que pasar tiempo en entornos naturales puede fomentar la creatividad, mejorar la concentración y facilitar la recuperación de la fatiga mental.

En contraste, la desconexión con la naturaleza puede generar sentimientos de desorientación y disminuir el bienestar. Las áreas urbanas, a menudo carentes de espacios verdes, pueden contribuir a un sentido de aislamiento y ansiedad. La falta de contacto con la naturaleza se ha asociado con una variedad de problemas de salud mental, incluyendo depresión y ansiedad. Esta desconexión también puede llevar a una menor conciencia sobre los problemas ambientales, lo que perpetúa un ciclo de indiferencia hacia la conservación y el cuidado del medio ambiente.

Por lo tanto, fomentar una relación positiva con la naturaleza es esencial no solo para nuestra salud individual, sino también para el bienestar colectivo y la sostenibilidad del planeta. Crear espacios accesibles y promover actividades al aire libre son pasos importantes para reestablecer esta conexión vital entre los seres humanos y su entorno natural.


Analizar cómo la cultura y la sociedad influyen en nuestra percepción estética del medio ambiente.

La cultura y la sociedad juegan un papel fundamental en la configuración de nuestra percepción estética del medio ambiente, ya que nuestras experiencias, creencias y valores culturales influyen en cómo interpretamos y valoramos la naturaleza que nos rodea. Este fenómeno se manifiesta de diversas maneras, desde la representación artística de la naturaleza hasta las prácticas cotidianas que determinan nuestra relación con el entorno. Autores como John Dewey, Gaston Bachelard y Arne Naess han explorado cómo la estética, la experiencia y la ecología se entrelazan, ofreciendo perspectivas valiosas sobre cómo la cultura y la sociedad modelan nuestra percepción del medio ambiente.

John Dewey, en su obra Arte como experiencia, argumenta que la experiencia estética es un proceso dinámico que involucra tanto al individuo como al contexto social en el que se encuentra. Dewey sostiene que "la experiencia estética no es solo un asunto de la percepción individual, sino que está profundamente enraizada en la interacción social y cultural". Esta afirmación destaca que la forma en que percibimos el medio ambiente no es simplemente una cuestión de sensibilidad personal, sino que está influenciada por las normas, valores y tradiciones de la sociedad en la que vivimos. Dewey enfatiza que la estética no debe ser vista como un campo aislado, sino como un aspecto integral de la experiencia humana, donde la interacción con el entorno y la comunidad contribuyen a la formación de significados.

Dewey también introduce el concepto de "experiencia estética" como una forma de interacción activa con el mundo, en contraposición a una experiencia pasiva. Para él, la experiencia estética ocurre cuando los individuos se involucran plenamente con su entorno, generando una conexión emocional que va más allá de lo visual. Esta perspectiva sugiere que la apreciación del medio ambiente está íntimamente ligada a nuestra capacidad de participar en él de manera activa y consciente. Por ejemplo, una caminata por un bosque no solo se trata de observar la belleza de los árboles y el paisaje, sino de interactuar con el espacio, sentir el aire fresco y escuchar los sonidos de la naturaleza. Esta experiencia holística permite que el individuo desarrolle una relación más profunda y significativa con el medio ambiente.

Además, Dewey argumenta que la cultura desempeña un papel crucial en la formación de esta experiencia estética. Las tradiciones culturales, las prácticas artísticas y las narrativas colectivas influyen en cómo interpretamos y valoramos la naturaleza. En sociedades donde la naturaleza es vista como un recurso a ser explotado, la percepción estética puede estar dominada por una visión utilitaria. En contraste, en culturas que celebran la naturaleza como un espacio sagrado, la apreciación estética puede ser más profunda y espiritual. Dewey destaca que "la cultura proporciona el contexto a través del cual se perciben y valoran las experiencias estéticas", sugiriendo que nuestras percepciones están moldeadas por el legado cultural que heredamos.

El impacto de la cultura en la percepción estética también se puede observar en la forma en que el arte y la literatura representan la naturaleza. Artistas y escritores han utilizado su trabajo para reflejar y criticar la relación entre los seres humanos y el medio ambiente. Por ejemplo, en su poema La tierra baldía, T.S. Eliot explora la desolación y la alienación en el mundo moderno, sugiriendo que la pérdida de conexión con la naturaleza puede llevar a una crisis estética y espiritual. La representación de la naturaleza en el arte, ya sea como un refugio o como un espacio de conflicto, nos invita a reflexionar sobre nuestras propias percepciones y actitudes hacia el medio ambiente.

Arne Naess, un filósofo noruego conocido por su trabajo en ecosofía, también contribuye a esta discusión al proponer que la conexión emocional con la naturaleza es esencial para desarrollar una ética ambiental. En su libro Ecosofía: un enfoque filosófico de la ecología, Naess sostiene que "la experiencia estética de la naturaleza puede llevar a una mayor conciencia de nuestra interconexión con el medio ambiente". Esta afirmación implica que la apreciación estética de la naturaleza no solo se trata de disfrutar de su belleza, sino que también puede ser un catalizador para la acción ambiental. Cuando las personas se sienten emocionalmente conectadas con el entorno, es más probable que adopten comportamientos que protejan y preserven la naturaleza.

En conclusión, la cultura y la sociedad influyen profundamente en nuestra percepción estética del medio ambiente, moldeando nuestras experiencias y valores en relación con la naturaleza. A través de las obras de autores como John Dewey, Gaston Bachelard y Arne Naess, podemos entender cómo la estética no es solo una cuestión de belleza, sino un reflejo de nuestras creencias culturales y sociales. Esta comprensión nos invita a considerar cómo nuestras percepciones del medio ambiente pueden cambiar y evolucionar a medida que nuestras culturas y sociedades también lo hacen, abriendo la puerta a una mayor apreciación y cuidado del mundo natural.


Decálogo Ecológico

Armonía con la NaturalezaIntegrar el arte con el entorno natural, respetando y realzando la belleza de la naturaleza. Esta conexión fomenta una apreciación más profunda de los ecosistemas y su diversidad.

Sostenibilidad: Promover el uso de materiales y recursos sostenibles en las obras de arte para minimizar el impacto ambiental. Esto incluye la elección de productos que sean renovables y de bajo impacto.

Conciencia Ecológica: Inspirar reflexión sobre la relación entre el ser humano y su entorno, fomentando una actitud responsable hacia el medio ambiente. La educación y la sensibilización son clave para cultivar una ética ambiental.

Integración Paisajística: Fusionar el arte con el paisaje, creando obras que se integren de manera armoniosa en su entorno. Esto no solo embellece el espacio, sino que también respeta la identidad del lugar.

Reciclaje y Reutilización: Utilizar materiales reciclados o reutilizados en las obras de arte, promoviendo la economía circular. Esta práctica reduce residuos y fomenta la creatividad en el uso de recursos.

Diversidad Biológica: Fomentar la biodiversidad en el arte, inspirándose en la variedad de formas de vida. Siguiendo la idea de Naess de que todas las formas de vida tienen un valor intrínseco, el arte puede reflejar y celebrar esta diversidad.

Conexión Comunitaria: Involucrar a las comunidades locales en proyectos artísticos que aborden temas ambientales. La colaboración fortalece el sentido de pertenencia y responsabilidad hacia el entorno.

Educación Ambiental: Utilizar el arte como herramienta educativa para sensibilizar sobre problemas ecológicos. Las obras pueden ser un medio poderoso para comunicar mensajes sobre la conservación y el respeto por la naturaleza.

Minimalismo: Adoptar un enfoque minimalista en la creación artística, reduciendo el uso de materiales y energía. Este precepto se alinea con la filosofía de Deleuze y Guattari, que aboga por la simplicidad y la eficiencia en el uso de recursos.

Respeto por los Ciclos Naturales: Reconocer y trabajar en consonancia con los ciclos naturales, como las estaciones y los procesos ecológicos. Esto implica adaptar las prácticas artísticas a las realidades del entorno, promoviendo una relación más equilibrada con la naturaleza.

 

Conclusión

La estética ambiental nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con la naturaleza y a cultivar una apreciación profunda por el entorno que habitamos. Al reconocer la belleza de los paisajes naturales y la biodiversidad, podemos desarrollar una ética que valore no solo el bienestar humano, sino también el de todas las formas de vida. Como dijo Rachel Carson, "Aquellos que contemplan la belleza de la tierra encuentran reservas de fuerzas que durarán hasta que la vida termine". Esta conexión emocional con la naturaleza no solo enriquece nuestras vidas, sino que también se ha demostrado que tiene un impacto positivo en nuestra salud física y mental.

La integración de la estética en la conservación ambiental es fundamental para fomentar un sentido de pertenencia y responsabilidad hacia nuestro planeta. Estudios han mostrado que la exposición a entornos naturales puede reducir el estrés, mejorar el estado de ánimo y aumentar la sensación de bienestar general. Según el autor Richard Louv, en su libro Last Child in the Woods, "la naturaleza es una potente fuente de sanación" que puede ayudar a las personas a superar problemas como la ansiedad y la depresión. Este vínculo entre la naturaleza y la salud mental subraya la importancia de promover espacios naturales y artísticos como parte de la terapia física y psíquica.

Al adoptar prácticas sostenibles y promover el uso de materiales reciclados y reutilizados, como se propone en nuestro decálogo ecológico, podemos contribuir a un futuro más equilibrado y respetuoso con el medio ambiente. La obra de artistas y pensadores que han abordado la relación entre el arte y la naturaleza, como Arne Naess y Deleuze/Guattari, nos ofrece un marco valioso para repensar nuestras interacciones con el mundo natural.

Además, al involucrar a las comunidades locales en iniciativas artísticas que celebren la diversidad biológica y promuevan la educación ambiental, podemos empoderar a las personas para que se conviertan en agentes de cambio. La creación de espacios que integren el arte y la naturaleza no solo embellece nuestro entorno, sino que también fortalece la conexión emocional que tenemos con él, inspirándonos a protegerlo.

En última instancia, la estética ambiental nos recuerda que somos parte de un todo interconectado. Al valorar la belleza de la naturaleza y reconocer su importancia en nuestras vidas, podemos cultivar una cultura de respeto y cuidado que trascienda generaciones. Solo a través de esta transformación de la percepción podremos enfrentar los desafíos ambientales actuales y construir un futuro sostenible para todos los seres que comparten este planeta, mientras promovemos la salud y el bienestar de las personas.


Bibliografía

               Bachelard, Gaston. La poética del espacio. México: Ediciones Fondo de Cultura Económica, 1986.

Carson, Rachel. Primavera Silenciosa. Nueva York: Houghton Mifflin, 1962.

Deleuze, Gilles, y Félix Guattari. Mil mesetas: capitalismo y esquizofrenia. Traducción de José Luis Pardo. Madrid: Ediciones Siglo XXI, 1986.

Dewey, John. Arte como experiencia. Barcelona: Ed. Paidós, 2008.

Gardner, Howard. Estructuras de la mente: La teoría de las inteligencias múltiples. Barcelona: Ediciones Paidos, 1994, p.113.

Gardner, Howard. Frames of Mind: The Theory of Multiple IntelligencesNueva York: Basic Books, 1983.

Guattari, Félix. Las tres ecologías. Traducción de José Luis Pardo. Madrid: Ediciones Siglo XXI, 1989.

Louv, Richard. El último niño en el bosque: salvar a nuestros hijos de la naturaleza ausente. Traducción de José Miguel Pallarés. Barcelona: Ediciones Deusto, 2006

Naess, Arne. Ecosofía: un enfoque filosófico de la ecología. Traducción de José Luis García. Barcelona: Ediciones Anagrama, 2005.

Naess, Arne. Ecosofía: un enfoque filosófico de la ecología. Traducción de José Luis García. Barcelona: Ediciones Anagrama, 2005.


 

 

 

 


 



[1] Gardner, Howard. Estructuras de la mente: La teoría de las inteligencias múltiples. Barcelona: Ediciones Paidos, 1994, 113.