Estética del recalentamiento en las Redes
Sociales Vegetales, exceso y colapso en el Antropoceno
David De los Reyes
Nuestra imagen de la colección de mis Redes Sociales Vegetales
(@ddlr2025) nos lleva a relacionarla con diversas ideas por las que estamos
sobrellevando nuestro día a día que, muchas de las veces, no tenemos
consciencia de ello, o no queremos tenerla, y preferimos borrarlas o
invisibilizarlas de nuestro mundo. Esta imagen para mí presenta, en su
estructura más inmediata, una constelación de intensidades más que un intento
de representar un objeto con identidad fija reconocida. No hay aquí una oscilación
que se estabilice, sino una multitud de líneas, manchas y flujos prolongadas
que pretenden oscilar, como foto intervenida, entre lo orgánico y lo digital,
entre la vibración vital y la saturación técnica. La oscuridad presente del
fondo no se anuncia como vacío, sino como una manta densa de la que parten fragmentos
rosados, blancos y verdes que estallan, se expanden, se destilan a un supuesto
vacío que no lo es. La experiencia visual no exige contemplación pasiva, sino
casi una mirada térmica: uno no “ve” la imagen, la mirada es travesada por un
halo de calor y ruido espacial.
Nuestra intensión, de este gesto visual formal, me permite referir la
obra sobre el horizonte del Antropoceno, no como una
consideración que se apoya en un argumento científico, sino como un volumen que
contiene una transformación estética radical. Lo que se deshace en la imagen no
es solo un cuerpo imaginario, sino la posibilidad misma de una naturaleza
estable. Ya no hay “paisaje”; solo procesos. Ya no hay figura; solo
modulaciones intensivas.
Por tanto, la imagen puede leerse como una narrativa que se relaciona
como una inscripción visual del
recalentamiento global. Pero no en el nivel de una imagen del atiborrado
y asfixiante realismo fotográfico denunciante (no hay fábricas, ni humo, ni
ríos contaminados, islas de plástico en medio del océano, ni glaciares
derritiéndose), sino persigo un nivel más matizado: como desorganización de la constitución atómica
bajo un régimen energético excesivo. El rosa saturado —que podríamos
relacionar con carne, coral o flor— aparece aquí excedido, redimensionado, casi
en estado de combustión. No es vida imaginaria representada, sino vida trasladada
al límite de su propia estabilidad en perpetuo cambio. Aquí resulta pertinente
evocar a Bruno Latour cuando afirma: “Ya no vivimos en la naturaleza, sino en
una zona crítica donde la acción humana interfiere con todos los procesos de la
Tierra¹”.
La imagen nos proyecta, precisamente, a una “zona crítica”: un espacio
donde ya no es posible separar lo natural de lo artificial. Las líneas parecen
a la vez arterias, cauces de corrientes marinas, mapas isotérmicos y errores
digitales (glitch). Una totalidad que se nutre de la ambivalencia que no es un
efecto estético superficial, sino el sello de una mutación ontológica: la
Tierra ya no es sustrato basal, sino un cuerpo inestable, radicalmente mutado por
la técnica en expansión y dominio de todo espacio posible.
Desde otra perspectiva, podría alegarse que la imagen hace visible lo
que el filósofo Timothy Morton denomina hiperobjeto. El cambio climático,
según Morton, no es fantasía y afirmación de un cuento de ciencia ficción
futurista, es más real que el aire que respiramos, pero no nos percatamos
directamente de su existencia en su totalidad; se distribuye en múltiples manifestaciones
fragmentarias: “El cambio climático es un hiperobjeto:
algo tan vasto en escala temporal y espacial que trasciende la localización²”.
Lo que vemos en la esta imagen no es una representación del cambio
climático en sí —lo cual, de por sí, sería imposible—, sino algo más simple y
complejo a la vez, es una traducción
sensible de su excedencia. La distensión, la saturación cromática, la
pérdida de centralidad compositiva: todo ello son matices perceptivos de una situación
que excede nuestra escala. La imagen no intenta mostrar el fenómeno; pretende intensificar su percepción.
Hay, además, un elemento interesante a reseñar: el desvanecimiento del
horizonte en mi intervención fotográfica. Tradicionalmente, una fotografía (o
pintura paisajista o realista), organiza la experiencia mediante una línea de
separación entre cielo y tierra, entre distancia y proximidad. Aquí esa
estructura está ausente. Todo está lo he puesto como si estuviera al frente
nuestro, todo choca contra la superficie. Este enquistamiento espacial lo puede
interpretar como una metáfora del presente ecológico: ya no hay distancia desde donde observar la catástrofe; estamos inmerso
en ella. En este contexto, mi obra también pudiera dialogar con la visión de
Donna Haraway sobre el fin de la nostalgia natural: “No hay retorno posible a
la naturaleza; solo podemos aprender a vivir con el problema³”.
Lo que muestra esta obra no es la ausencia y disolución de la naturaleza
como lamento, sino la aparición de otra condición ineludible: un mundo en el
que lo vivo continúa sin nosotros, pero transformándose, mutándose, irrigándose
por flujos que ya no le pertenecen exclusivamente. Las formas teñidas de rosado
podrían evocar un coral o un tejido biológico aparecen contaminadas y tocadas
por líneas que recuerdan a circuitos, a interferencias técnicas en vibraciones entrecruzadas.
No hay pureza posible, solo hibridación.
Bajo esta afectación visual estética, esto implica un ciclo fundamental:
el calentamiento global no solo afecta al mundo de nuestro entorno inmediato,
sino también a como percibimos y representamos. Como hemos podido notar, las
convenciones de la belleza clásica, ligada a la armonía y al equilibrio, son insuficientes.
Aparece, en cambio, una estética del exceso, de la saturación, de la vibración
sin reposo. Podríamos hablar —siguiendo una intuición deleuziana— de una imagen intensiva, donde lo que importa
no es la forma sino la fuerza.
Gilles Deleuze, en su reflexión en torno a la pintura de del artista
inglés Francis Bacon, señalaba que el arte no representa nada, sino que su
mejor opción es hacer visibles fuerzas
invisibles⁴. Esta afirmación resulta determinante aquí: la imagen no
tiene ninguna intención de describir un paisaje ecológico, sino en hace
perceptible la fuerza abstracta del recalentamiento —su presencia, su
inestabilidad, su carácter invasivo, en apariencia invisible, pero total.
En tal sentido, la obra no es tanto una denuncia, no pretende mostrar
una realidad afectada de nuestro entorno inmediato sino es, más bien, presentada
como una experiencia. Nos coloca ante un foco perceptivo donde la
estabilidad ha desaparecido. La vibración permanente, la fragmentación de las
líneas, la saturación cromática, todo el conjunto producen una sensación de
exceso que no permite serenidad. Es como si el propio plano fotográfico
estuviera afectado por un aumento de temperatura invisible.
Para finalizar, creo que es importante señalar un rasgo integrado: la dialéctica
entre creación y destrucción. Las formas parecen estallar, pero también
generarse, una suma de contrarios que se complementan y se dinamizan en su
absorción mutua. Hay algo floral en la expansión rosada, pero también algo
violento, casi explosivo. Esta ambivalencia es esencial para pensar la crisis
ecológica contemporánea: no se trata simplemente de un fin, sino de una transformación irreversible de los regímenes
de existencia a los que hemos estado habituados como especie.
Mi intención con esta intervención fotográfica, en este sentido, no es
mostrar un apocalipsis, sino algo más turbador: un mundo que sigue su devenir,
pero en condiciones radicalmente transformadas, donde lo vivo, si persiste, se
encuentra en un estado de tensión dinámica permanente. No hay quietud, ni
estabilidad, no hay equilibrio, no hay retorno. Solo intensidades vibrátiles en
transformación continua.
Notas:
- Latour,
Bruno. ¿Dónde aterrizar? Cómo orientarse en política. Madrid:
Taurus, 2018, p. 35.
- Morton,
Timothy. Hiperobjetos: filosofía y ecología después del fin del mundo.
Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2018, p. 27.
- Haraway,
Donna. Seguir con el problema: generar parentesco en el Chthuluceno.
Bilbao: consonni, 2019, p. 12.
- Deleuze,
Gilles. Francis Bacon: lógica de la sensación. Madrid: Arena
Libros, 2002, pp. 48–50.
Referencias
bibliográficas:
Deleuze, Gilles. Francis
Bacon: lógica de la sensación. Madrid: Arena Libros, 2002.
Haraway, Donna. Seguir
con el problema. Bilbao: consonni, 2019.
Latour, Bruno. ¿Dónde
aterrizar?. Madrid: Taurus, 2018.
Morton, Timothy. Hiperobjetos.
Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2018.
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