sábado, 1 de marzo de 2008

Una historia más: Sufrimiento y pensamiento, praxis de vida


Ayramí Quintero


Antes de comenzar a desarrollar el presente ensayo, intenté buscar en medio de mi angustia innumerables materiales, posturas, perspectivas filosóficas que me permitieran el desarrollo del mismo.

Mi experiencia en el estudio de la filosofía, aunque poca, para llegar a grandes alcances, es suficiente para luego de un arduo trabajo de revisión y reconceptualización de mis paradigmas, llegar a la siguiente conclusión: la información se encuentra dentro de mi y por mas que piense que es poca, siempre será lo suficiente para llevar las riendas desde mi vida.

La academia, sin que nos demos cuenta, tiende a hacernos pensar en la filosofía como tesis abstractas desarrolladas por ciertos pensadores que se atrevieron a hacerlo en ciertas épocas y con otras condiciones, lograron desarrollar grandes sistemas, estructurar y armar; definir su propio lenguaje y establecer sus propias leyes, conceptos y patrones a seguir, por lo cual el peso y la validez de las mismas no es algo que se pone en duda, pero es importante tomar en cuenta, que nadie mas que el autor vive, conoce, desde cierto punto de vista los verdaderos alcances, ya que, contrario a los otros, dichos alcances llegan a través de la revisión interna, el trabajo parte de la conjunción entre sus capacidades, y la información que ha llegado a sus vidas, además de la búsqueda exhaustiva e inalcanzable del establecimiento de ciertas preguntas que sí mismo ha formulado y a las cuales atiende, por tanto, se le otorga un peso respetuoso a la validez de las mismas, añadiendo a los alcances, las condiciones vividas por los autores, las dificultades, los otros tiempos, etc. Pero es importante y en esto intenso hacer énfasis que el autor nos regala sus alcances, sumamente productivos y beneficiosos para nuestras vidas, claro esta, pero, ha partido de un punto en el que pienso recae la mayor riqueza de los sistemas, es ese proceso de búsqueda por la que el filosofo, en su incansable búsqueda transita, y que única y exclusivamente él conoce. Partiendo de ello y como es natural, apreciamos con gran vehemencia los grandes sistemas, obviamente con muchísima razón, pero por otra parte obviando de alguna forma ciertos alcances propios, aquellos que acontecen de repente dentro de los individuos y que por mas sugestionado que se encuentre por las lecturas previas, resultan ser “propios” a los que cada individuo llega según su propio proceso evolutivo, lo que nos hace vivir en un mundo diverso, donde existe cierta disparidad en los procesos individuales, “pues cada quien según su necesidad, cada quien según su capacidad”.

Pues bien, mi búsqueda desesperada, aunque infructuosa, resulta otorgarme ciertas luces para el desarrollo de mi ensayo, ya que, luego de cierto tiempo he llegado a la conclusión de que la filosofía no es posible concebirla si parto solo de lo que adopto en mi exterior, como tesis alejadas de mi, que analizo y tengo en ocasiones para hacer señalamientos. Para hacer filosofía es absolutamente necesario, según mi tesis, vivir la filosofía, internalizar el conocimiento, hacerlo tuyo, volverlo sabiduría, sentirlo, sin abandonar el lado racional, equilibrando, montando y desmontando esquemas, en fin, trabajándose cada quien internamente, mucho de lo cual el gran maestro Sócrates nos señala y comprueba.

Es así como llego a la siguiente conclusión: voy a atreverme en el desarrollo de mi ensayo a extraer a través del análisis de mis acciones, pensamientos y emociones a lo largo de mis experiencias, que postura tengo hacia el dolor, o mejor dicho, que postura tengo hacia el sufrimiento, y trataré de desglosar a partir de allí de donde viene la información condensada en mis vivencias, intentando de esta manera, construirme y deconstruirme, sincerando si la información que ha llegado a mi, sobre esta y otras áreas verdaderamente ha llegado a ser conocimiento y por lo que en un principio decidí asumir el reto de estudiar filosofía.

¿Que mejor aspecto para analizar conceptos que la forma en la que llevas tu propia vida? Me lo planteo como pregunta generadora y al hacerlo me pongo a prueba sin saber, si en efecto seré capaz de contestar la pregunta, pero lo intentaré tomando insumos de mi trabajo anterior llamado “El deseo móvil al sufrimiento” , y de mis propias experiencias personales, estableciendo un marco teórico que no parta de la interpretación de otros filósofos, sino de la escritura de mi propia historia, escudriñando en ella, los conceptos que he internalizado y tratando de relacionarlos para descubrir su origen y de esta manera, seguir en ese proceso de auto reconocimiento.

Desde una perspectiva quizá un tanto sartreana he intentado evitar el sufrimiento, a pesar que las clases de este seminario me han hecho comprender que el dolor es necesario en nuestras vidas y por lo tanto siempre tendrá un lugar, por lo que, en ocasiones, al sentirme sufriendo, incluso he decidido que debo vivirlo y aunque suene un poco extraño, el sufrimiento como sentimiento en ocasiones muy extrañas también puede ser disfrutable o al menos vivible, es decir me refiero a que, el sufrimiento automáticamente nos lleva a ver caracteres de nosotros mismos que no funcionan; quizás preceda un salto evolutivo en nuestras vidas, o un retroceso, lo cierto es que el sufrimiento evidencia, cambios, crisis necesarias que internamente debemos vivir. En mi caso muy particularmente, llegue incluso a alegrarme al sentir sufrimiento pues, me encontraba en un estado tan tristemente estable que procedí a ser una autómata, y deje de sentir de forma interna ciertas cosas que la vida me estaba ofreciendo, pero mi incapacidad, a sentir, solo pude comprenderla una vez que tome decisiones que implicaron ruptura de viejas cadenas, esquemas, estilos y acciones de vida que estaba llevando y que en definitiva me dejaron sin ese aliento de vida necesario que te hace, valga la redundancia, sentirte vivo. Así que decidí, arrojarme al sufrimiento, porque necesitaba sentir, al menos, necesitaba sufrir por algo, sentirme viva y a través del sufrimiento detectar que era lo erróneo en mi funcionamiento…

Así que, entonces en mi caso, muy extrañamente, no sufrir era una mala señal, no sufrir me hacia pensar que estaba muerta en vida, y decidí actuar.

Comencé a desestabilizar lo mas estable de los aspectos de mi vida: me cuestioné el rumbo de mi futuro académico, me pregunte si verdaderamente era lo que quería desarrollar, y emprendí mi proceso de transformación académica, coloqué en orden y me arme un plan de avance en una de las carreras universitarias que estudio para culminar antes por no llenar mis expectativas y para entonces emprender mi proyecto en el área teatral verdaderamente por ser mi pasión. Comencé a revisar mis relaciones familiares, detecte un gran vacío a nivel de comunicación y mucho alejamiento con mis seres más cercanos, no solo debido a la vivienda, también al tiempo sin compartir entre otros factores, y comencé en este aspecto a armar mecanismos para suplantar mi necesidad.

El aspecto económico fue lo más simple, o trabajo y tengo dinero y paso a ser una frustrada con dinero o no trabajo y no lo tengo y soy una pobre feliz. Soy una pobre feliz. Entonces, lo mas difícil tuvo que quedar de ultimo, y me costo mucho abordarlo.

El plano sentimental.

Teniendo cuatro años de relación amorosa con un hombre que afortunadamente lleno siempre todas mis expectativas, llego la hora de preguntarme si efectivamente ésta vida compartida que llevaba desde hace algún tiempo con dicho personaje, estaba resultando, si me sentía a gusto, si en estos últimos dos años, de compartir un mismo proyecto de vida con el, efectivamente, todo iba tan bien como parecía.

Me di cuenta entonces de ciertos aspectos que me hicieron entrar en conciencia. Deje de sentir. Deje de percibir cosas, las mismas que antes me hacían feliz o que al menos me provocaban llanto. Era incapaz de llorar, me encontraba en un estado de sequía interna, verdaderamente insoportable, parecía ser, inmutable.

Una pregunta mas, para comenzar entonces mi suplicio: ¿Como es que estando al lado del hombre con quien decidí compartir mi vida, al menos muchos días de ella, no logro sentir su presencia, no me molesta, no me complace, no me perturba, nada??!! Dios me morí y no me di cuenta de ello!!!!

Comencé a intentar hablar, a intentar tomar decisiones, una mas difícil que la otra, algunas no resultaron. Tenía entonces que tomas medidas más drásticas. Decidí, (y ojo, siempre estuve muy clara que era abrir un portal al sufrimiento) irme por completo de su lado, separarme, alejarme, necesitaba, llorar, sentir, sufrirlo al menos!!!! Me estaba muriendo y lo grave del asunto es que mi alarma en esos casos cesó sus funciones, era un mutante, deje de sentir, incluso de sufrir.

Llegamos a acuerdos, después de mucho hablar, yo tenia las riendas de las decisiones, nuestra relación era verdaderamente muy sólida, construimos juntos por mucho tiempo factores difíciles de deslastrar, pero aun así, decidí irme, y lo logre! Cambie de casa, comencé a vivir sola en una habitación para estudiantes. Estuve entonces esperando el sufrimiento, cual enamorada que espera a su amante, con la extraña e incierta sensación de que pronto llegará. No llegó. Extrañamente viví un estadio de sobriedad, mi proceso de adaptación, contrario a como lo espere, no fue traumático ni difícil, fue rápido y sin mayores inconvenientes. Algo estaba gravemente mal. Las lagrimas no llegaron, hubo una leve sensación de extrañeza, pero tan efímera, que de nuevo comencé a retomar mi preocupación y a tratar de cargarme de ella, tomando en cuenta que al menos era un sentimiento.

Extrañamente comencé a ver, el sufrimiento de los demás a mi alrededor, al los mas cercanos sintieron lo que a mi me hacia falta sentir al saber la ruptura con mi compañero, por demás fiel, abnegado, amoroso y noble. Mi madre al saberlo rompió en llanto y sentí envidia, claro que ver a la madre llorar hace llorar hasta al mas insensible y llore, pero mi llanto era producido por otros factores y por lo tanto todavía no tenia ningún alcance personal.

Seguí viniendo mis días extrañando el sufrimiento, no terminaba de llegar, seguía como una autómata sin sentir mayor cosa.

Entonces, mi extraña robotización pasó a hacer un aval para ayudar a los otros a restituir sus estados, ellos comenzaron a sufrir por mí las consecuencias de los cambios hechos por mí a mi propia vida.

Luego de un tiempo llega alguien nuevo a mi vida. Llega de forma extraña y fugaz; su aparición me devolvió sentimientos que necesitaba vivir y comencé a vivirlos sin pensar, pero, no quería ensayar con el sufrimiento, quería simplemente volver a sentir. Lo logré, volví a sentir, pero aun estaba alerta porque el sufrimiento que esperaba estaba ahora a punto de llegar, llego a través de mi ex pareja porque seguía acompañando su proceso de cierre de la relación y era muy distinto, el si lo sufrió. Por otra parte, comenzó de nuevo un ensayo diferente con el nuevo personaje, algo distinto a mis practicas habituales, en realidad paso a ser algo completamente contrario, las dinámicas eran diversas y debía ahora cuidarme, porque, comencé de nuevo a sentir diversas emociones y era vulnerable a sufrir.

Entonces, comencé a desarrollar todos mis mecanismos, ya no necesitaba sufrir. Antes el sufrimiento era necesario porque necesitaba detectar a través de el lo que se encontraba disonante en mi, lo que verdaderamente me afectaba, esta vez, me resigne y comprendí que no necesitaba sufrir, las respuestas llegarían cada una a su momento.

En cambio y de forma completamente contraria, con la nueva experiencia, debía desarrollar todos los mecanismos posibles para evitar que mis deseos me llevaran expresamente al sufrimiento, pues seria en este caso distinto. Esta vez, comprendí que yo tenia las propias riendas de mi sufrimiento, podía, controlarlo, proveerlo y evadirlo si me lo proponía, el deseo (que volvió a aparecer y como recuerdo haberlo expuesto antes) siempre es un móvil al sufrimiento, desear te hace esperar algo, y al no tenerlo inevitablemente sientes que es quebrantado un algo en ti y por lo tanto, sufres. Decidí, no desear, negarme al deseo en unos casos y en los otros desear bajo mi responsabilidad, entendiendo que puedo encontrar placer solo deseando, sin esperar nada o esperando sin que se cumpla. En el primer caso, la premisa era la siguiente, voy a disfrutar cada una de las cosas que lleguen mi vida, intentado obtener goce en lo que considere beneficioso y desechar lo que considere inservible, era una postura un poco mas estoica, mas pasiva ante las circunstancias. En el segundo caso, mi postura era un tanto mas existencialista, indicando que llevo las riendas por completo, que soy capaz y responsable de mi misma y de mi vida.

Entonces debía aprender a jugar con las posturas antes señaladas. Debía saber cuando tomar alguna de ellas y contraponerla con lo que en mi vida estaba aconteciendo. Lo intente, lo probé y lo evite. Comprobé a través de mi tesis que es posible evitar el sufrimiento, pues, a pesar de ser una condición innata del ser humano, lo importante es poder mantener la lucidez y madurez necesaria para llevar el control de mis sensaciones. Ahora, el problema recaía en poder mantener la fortaleza todo el tiempo. En poder conservar ese estado mental y servirme de ello para mantener la estabilidad emocional que tanto intentaba mantener. Allí estuvo el inconveniente. En ocasiones, podía sin problemas conducir mi pensamiento y esto me permitía controlar de cierta forma mi emocionalidad, pero por otra parte, en los días de inestabilidad, ya no era tan fácil mantenerme, no tenia la fuerza suficiente para controlar mis sentimientos, y por mas que quería algunas condiciones externas a mi me producían incomodidad y en el peor de los casos, fui imposible evitar sufrir.

Pues bien, a través de mi propia vida he comprobado las siguientes tesis en relación al sufrimiento: desde una perspectiva socrática, la mayéutica me indica que las respuestas están dentro de mí, que debo escudriñar de forma minuciosa para encontrarlas. Desde otro punto de vista un tanto mas sartreano, se da la perspectiva de pensar lo siguiente, soy dueña y responsable hasta de mi propio sufrimiento, puedo controlarlo y si lo tengo gran parte de la responsabilidad es mía, por una que otras razones que me hacer tenerlo. Por otro lado y con cierto toque de estoicismo, en ocasiones mis perspectivas mentales no se encuentran tan fuertes como para llevar las riendas de mis sentimientos y por ende el sufrimiento tendrá siempre miles de formas de posarse en mi, seré indiscutiblemente su presa.

En una etapa de mi vida añoraba el sufrimiento, sentía era necesario para comprender ciertas cosas, sentía era necesario para inaugurar de nuevo mi intensidad mi emocionalidad, sentía era necesario para hallarme viva, porque es habitual en mi y al no tenerlo lo añore. Por otra parte y entrando a una nueva etapa de mi experiencia, ya con mi emocionalidad despierta, entre en un nuevo proceso de revisión. Esta vez, por mi experiencia previa, sentía era necesario evitar el sufrimiento o al menos probarme si podía llevarlo a su mínima expresión, intentando, controlarme, y racionalizar mis emociones, ser preventiva, dejarme llevar con mesura y a la vez llevar yo las riendas de los acontecimientos.

He aquí el gran problema. Una vez, dado este pequeño paseo por algunos aspectos de mi interioridad, habiendo recorrido mi experiencia personal, sobre todo en el plano sentimental, me doy cuenta de ciertos agentes que se encuentran en disparidad unos con otros.

El primero de ellos es el siguiente, he tratado de llevar mi emocionalidad de manos por la razón, obteniendo algunos alcances muy valiosos, pero comprobando a su vez que en ocasiones, mi emocionalidad no acata las leyes planteadas por la razón y entre otras cosas he llegado a pensar que es perfectamente natural que esto suceda y que siempre estaremos expuestos a que se de este fenómeno, por tanto, comprobando que al suceder esto, soy vulnerable a sufrir, llego a la conclusión de que somos esclavos, es decir, estamos completamente condenados a sufrir, quizás unos mas que otros, con mayor o menor intensidad, pero con la certeza de que el sufrimiento siempre nos acompañara en este transito por el mundo. Quizás, el secreto no esta en evitar el sufrimiento, sino en desarrollar los mecanismos necesarios para poder resistirlo, o aprender a vivir con el mientras exista… es difícil, pues aun no logro resolver si verdaderamente debemos siempre tratar de evitar el sufrimiento limitando nuestra emocionalidad a las reglas de la razón o si en ocasiones debemos liberar nuestro sentir, pues, son aspectos internos que tienen gran relevancia dentro de cada uno de nosotros. En este primer sentido sinceramente aun me encuentro trabajando para desarrollar mis propios mecanismos.

Una segunda problemática recae en el análisis del presente trabajo; si es visto desde una perspectiva academicista neta, seguramente estoy mas que reprobada, no solo por mi informalidad, los desvaríos en la redacción y el hecho de que haya decidido hablar de mi vida, pues ¿a quién puede importarle mi vida, no?. Desde un punto de vista un tanto mas frío, cualquier estudioso de la filosofía pensara que me encuentro en serios problemas, porque he adoptado en mi, dos teorías completamente opuestas una de la otra, al menos sustancialmente, como es pensar y además admitir que para llevar mi vida he tomado inconscientemente dos posturas que luego de una seria revisión resultan simplificarse en algunos aspectos del estoicismo y algunos aspectos del existencialismo, entre otras mescolanzas extrañas y difusas.

Pues bien, una vez entregada a través de estas líneas aspectos álgidos de mi intimidad, de haber evidenciado mi carácter volátil, haber confesado algunos vestigios de mi masoquismo y haber dejado de manifiesto las grandes contradicciones de mi interioridad, he llegado varias conclusiones que me hacen pensar que valió la pena adentrarme en el riesgo de escribir este trabajo y por lo cual me voy satisfecha de haber encontrado respuestas en un seminario, que mas allá de hablarle a otros sobre lo aprendido y escribir, contrastar o investigar sobre los sistemas y demás posturas, me otorga respuestas claves apara el desarrollo de mi personalidad, el establecimiento de mi estabilidad psíquica, el redescubrimiento de mi sexualidad, de forma sana y suprimiendo traumas generados por mi misma y relacionados con el rol de la mujer y lo que las condiciones sociales y culturales forman en ella, pero sobre todo para mi crecimiento espiritual.

Somos victimas de sufrimiento, es una verdad innegable, pero por otro lado nos debemos a él, pues, a través del sufrimiento logramos conocernos, tomar decisiones, redefinir el rumbo de nuestras vidas, depurarnos, librarnos de viejas estructuras mentales, hacernos fuertes, conocernos… en fin, el sufrimiento es inmanente al ser humano, no podemos evitarlo por mas esfuerzos que intentemos realizar, formas parte de nuestra naturaleza, uno de los secretos es descubrir desde las capacidades y condiciones de cada quien, los mecanismos para llevarlo, lidear con el, evadirlo cuando sea necesario y desprendernos de el una vez haya cumplido su función en nuestro haber…

En fin, para crecer, en cierta medida es necesario sufrir, igual que en el cuerpo para reparar un daño, es necesario conocerlo a través del dolor. Cada persona desde sus experiencias tiene la capacidad de desarrollar sus propios mecanismos, y en la medida en que tenga conciencia de este como uno de los aspectos importantes de si, lograra comprenderse y dar pasos para su proceso evolutivo.
He aquí un ejemplo de cómo he intentado hacer praxis de mis alcances, he intentado, hacer del estudio de la filosofía un aspecto interno inmanente a mi ser, tal como lo señale al comienzo, he decidido redimensionar mi transito por el estudio de la filosofía, y ¿Qué mejor manera que viviéndola y redescubriendo en mi misma los alcances de mi pensamiento?
Advertencia: Este artíiculo es de dominio público, agradecemos que sea citado con nuestra direccióon electrónica: www.filosofiaclinicaucv.blogspot.com

Sobre el dolor

  Chantal Maillard




Doctora en Filosofía. Profesora de Estética y Teoría de las Artes. Málaga (España). Se especializó en Filosofía india en la Universidad de Benarés (India). Ha sido profesora titular de Estética y Teoría de las Artes. Ha enseñado Filosofía oriental y Estética comparada. Es autora, entre otros ensayos, de El crimen perfecto (Tecnos), Rasa. El placer estético en India (Indica Books), La razón estética (Laertes),Filosofía en los días críticos (Pre-textos) y de varios libros de poemas




Resumen¿Por qué los filósofos no han hablado del dolor y sí del sufrimiento?, y ¿a qué se debe que los científicos se detengan tan poco a escuchar el relato de quienes padecen en su cuerpo? ¿Es el dolor físico algo irreductible a cualquier teoría o generalización? El dolor es inalienable; cierto es que nadie experimenta en carne ajena. ¿Es el padecimiento en soledad un sufrimiento añadido? Con el dolor, por lo general, el sujeto se identifica y, cuando la agudeza es extrema, desaloja cualquier otro contenido de la conciencia. Pero, ¿cuánto sufrimiento añadimos al dolor? ¿Es posible neutralizar (volver neutra) la sensación? ¿Hay alguna utilidad en el dolor? ¿Puede tener algún sentido para alguien en una época, como la nuestra, en la que ha perdido su función como rito de paso? ¿Puede uno distanciarse del dolor? ¿A qué precio? A éstas y a algunas otras preguntas a procurado la autora responder, a lo largo de este escrito, desde su experiencia a la vez como paciente y como observadora.
Palabras clave: Dolor. Filosofía. Subjetividad.

Abstract
ON PAIN
Why have not philosophers spoken of pain but of suffering? And, what does it owe to, that scientists are so little devoted to listening the narrations of those who suffer in their bodies? Is the physical pain something irreductible to any theory or generalization? The pain is inalienable; the truth is that nobody experiences in somebody else’s flesh. Is the lonely ailment an added suffering? In general, the subject identifies him/herself with the pain and, when it is extremely acute, keeps any other content out of the conscience. But, how much suffering do we add to pain? Is it possible to neutralize the sensation? Is pain someway useful? Can it make any sense to somebody in our times, when it has lost its function as a passing ritual? Can somebody keep away from pain? At what cost? Along this text, the author has tried to answer these questions and some other ones, from her experience both as a patient and an observer.
Key words: Pain. Philosophy. Subjectivity.

IntroducciónHace poco me pidieron que hablara, en un foro de Salud Pública, acerca del dolor. Debía dirigirme, pues, al sector sanitario en calidad de pensadora que ha tenido experiencia del dolor. Hay financiación para proyectos, me dijeron, pero faltan proyectos porque faltan ideas. Me extrañó, pues siempre he considerado que pensar no es función privativa de nadie y que quien se dedica a ello exclusivamente lo hace como una especie de perversión o extralimitación de una capacidad –la racional- que ha de servir ante todo para fines prácticos.
Me pregunté qué podría aportar desde aquella atalaya que se les atribuye a los pensadores y repasé la historia de la filosofía... ¡Nada! Los filósofos no se han ocupado, o muy escasamente y de soslayo, de este tema. En cuanto a hablar como paciente, es decir, como persona que ha estado directamente implicada no en la cuestión sino en el hecho del dolor, mi experiencia, al no ser más que un relato particular, no podía resultar -pensaba yo- de gran ayuda: un paciente es un caso y un caso nunca es una muestra significativa para experimento alguno ni, por tanto, para teorías, conclusiones o proyectos de investigación. No obstante, tenía ante mí dos preguntas a las que contestarme: ¿por qué los filósofos (en Occidente, al menos) no hablaron del dolor?, y ¿a qué se debe que los científicos se detengan tan poco a escuchar el relato privado de sus pacientes siendo así que la ciencia trabaja experimentalmente a partir de la observación de datos particulares? A lo segundo, la respuesta no es difícil: el experimento ha de realizarse en condiciones especiales aislando los factores que pueden generalizarse; los que no, caen fuera de los límites del marco experimental. Por muy experto que pudiese ser el paciente en convertir su dolencia en objeto de observación, la objetividad propiamente dicha le compete al experimentador. Pero ¿y la filosofía? Recordé entonces que el cometido de la filosofía ha sido el de hallar patrones válidos para responder universalmente a las incógnitas que se planteaban y que la ciencia, una filial tardía -y en cierto modo radicalizada- de la misma, sigue utilizando el método hipotético-deductivo que Aristóteles sistematizara allá por el siglo IV a.C. Y el problema reside precisamente ahí: la filosofía ha pretendido construir sistemas universalmente válidos, teorías aplicables a cada caso particular y, para ello, el objeto de sus investigaciones debía poderse sintetizar, trascender el orden de lo particular. Con el sufrimiento, esto puede hacerse; con el dolor, parece que no. Por ello, desde la antigüedad, se ha hablado del sufrimiento: la apatheia (no afectación) del estoicismo, la ataraxia (no perturbación) del epicureismo, la «indiferencia» del budismo y el acuerdo con el Curso del taoísmo, el justo medio de Confucio y el de Aristóteles, todas han sido fórmulas elaboradas para disponer el ánimo a soportar los desequilibrios a los que inevitablemente estamos expuestos. Pero, en todos los casos, se trató de un aprendizaje de las propias virtudes (de vis: fuerza), es decir, un control de la mente que procurara paliar el sufrimiento en general y más concretamente aquél que proviniese de la insatisfacción producida por las propias pasiones. Del dolor, en cambio, del dolor físico que es una de las formas del padecer, no se habló, y ello por dos razones, que en realidad son una y la misma: porque si bien del sufrimiento puede hablarse en términos generales, del dolor físico, en cambio, no. Y, siendo así, no puede hacerse cultura de lo que de ello se diga: el dolor no es político. Ninguna cultura puede fraguarse en el dolor. En el dolor sólo germina el grito, y el grito es estéril. El enfermo es un exiliado; no hay sociedad que pueda fraguarse en la enfermedad; la enfermedad no es política. La filosofía, en cambio, sí.
El dolor es, en efecto, inalienable. Pertenece a esa zona oscura, aún hoy en día difícilmente cuantificable y, por tanto, reacia a la experimentación, que denominamos «subjetividad», un término que, como el «azar», designa la magnitud de nuestra ignorancia, la medida de la irreductibilidad (provisional o absoluta) de ciertos fenómenos a ser controlados por no poderse extraer del contexto absolutamente individual al que pertenecen.
Nada más cierto que aquello de que nadie experimenta en carne ajena. Y «carne ajena» es igualmente la propia una vez que ha sanado; de ahí que quien escribe acerca del dolor cuando éste es extremo no suele ser quien padece, por la sencilla razón de que cuando uno es presa del dolor no puede establecer la necesaria distancia entre el yo que escribe y el yo que padece. Normalmente, cuando el dolor se apodera de uno, el yo todo entero se convierte en dolor. Cuando «me» duele yo soy mi dolor. Y si escribe con posterioridad, recurriendo a la memoria, falseará inevitablemente la vivencia pues curiosamente –y agraciadamente- el dolor, la sensación del dolor (no así sus circunstancias) es probablemente aquello que con más prontitud se olvida una vez que ha desaparecido. Si me apuran diré incluso que no puede en absoluto recordarse. Si no me creen, hagan la prueba: intenten acordarse de un dolor; no lo que supuso, no lo mal que lo pasaron, no; traten de obtener en su carne la memoria de la sensación dolorosa, traten de revivir la sensación... No podemos. No es posible. Sería preciso volver a lesionar las células. Lo único que podemos recuperar es la angustia que pudo acompañarlo o el temor de su reaparición.
¿Y los otros, los acompañantes? Si nuestra propia memoria borra las huellas de los dolores más terribles (¡bendito olvido!), ¿cómo podremos pretender que otro, a través de lo que llamamos «empatía», pueda hacer otra cosa que asistir «dolorosamente» a un espectáculo en el que se siente implicado? Su sufrimiento es de otro tipo: pena de ver sufrir a un ser amado, temor o angustia ante la idea de perderle, miedo, incluso, ese miedo soterrado pero no menos acuciante que resulta de reconocer, a través del otro, la propia fragilidad y la aplazada pero inevitable caducidad... Los otros, el otro, no pueden compartir la experiencia del dolor; de ahí la soledad de quien padece, incluso si está rodeado de personas que le aman, pues a nadie, aunque quisiera, puede dolerle el dolor de otro, ni siquiera en el caso de que haya pasado por experiencias similares.
Creo que lo dicho hasta aquí puede resumirse en los siguientes puntos:
a) Con el dolor, por lo general, el sujeto se identifica y, cuando la agudeza es extrema, desaloja cualquier otro contenido de la conciencia. La posibilidad (terapéutica) de la distracción metódica de la mente es, en este punto, una cuestión importante a tener en cuenta.
b) El dolor es inalienable: nadie puede dolerse por mí. El sujeto, consecuentemente, padece en soledad (un factor psicológico que, por supuesto, puede añadir sufrimiento al dolor).
Una de las controversias en las que nos hallamos involucrados actualmente es la que atañe a la utilidad/inutilidad del dolor. Es para mí un tanto comprometido introducirme en este terreno. En principio porque no me cabe duda de que los profesionales del dolor habrán considerado todo lo que yo pudiera decir sobre el tema, y más. No obstante, tal vez puedan ser útiles las siguientes consideraciones.
Desde un punto de vista filosófico, no hay razón suficiente para postular ni lo uno, ni lo otro. Ambas posturas (utilidad/inutilidad) tienen argumentos para poderse sostener. El problema no es tanto por qué postura decantarse (porque entiendo que no son incompatibles, y explicaré por qué y en qué términos), como cuándo y hasta qué punto podrá, a fines prácticos, el profesional (al que compete investigar y proporcionar, aunque nunca imponer, los medios para evitar el dolor) optar teóricamente por una u otra.
Voy a centrarme en dos cuestiones que son, a mí entender, dos de las claves que pueden ayudar a dilucidar el problema: a) el sentido del dolor; b) la capacidad para soportarlo. (Y tengo claro que ésta no es una cuestión metafísica, dadas sus importantes repercusiones prácticas como la de decidir en qué grado, cuándo y por qué es conveniente atenuar o eliminar el dolor, por qué medios, y a quién compete decidirlo).

El sentido del dolor. Sentido/sin sentido.
Degradación/heroísmo


«El hombre no se destruye por sufrir -escribió V. Frankl-; el hombre se destruye por sufrir sin ningún sentido». Todo constructo ideológico (mitologías, religiones, sistemas filosóficos) tiene como función primordial otorgarle sentido a la existencia; y con el sentido de la existencia viene dado, generalmente, el sentido del sufrimiento. No hay mito, no hay religión que no lleve integrada una explicación, cuando no unas pautas de utilización, del sufrimiento para los fines u objetivos del sistema en cuestión. Cuando el sujeto que padece es creyente de una determinada religión y practicante en el sentido más fuerte del término, eliminar su dolor equivale en algunos casos a negarle la posibilidad de lograr estos fines, que no son necesariamente fines egoístas (como pudiera ser la redención, por ejemplo). Hay conceptos de los que hoy hemos perdido en gran medida el significado, pero que, no obstante, siguen vigentes para ciertas personas. El concepto de «sacrificio», por ejemplo, que como «acto sagrado» supone la posibilidad de transmutar el dolor, de convertir la energía que su aceptación genera en una fuerza que puede utilizarse para otros fines. La entrega del dolor para este tipo de trasvase mediante la aceptación voluntaria de los males es algo que no se entiende bien hoy en día, pero no por ello ha de descartarse la posibilidad de que haya enfermos que por tal motivo consideren útil su dolor y así lo asuman. A finales del siglo XVIII, con el enaltecimiento de la racionalidad del individuo y su desvinculación de los poderes religiosos, fue necesario descubrir otro modo de encajar los golpes con valentía que no fuese el de lograr una recompensa fuera de este mundo (la vida eterna, el paraíso, la liberación, etc.). Se recuperó entonces, de alguna manera, el viejo estoicismo y se entendió que el sentido de la existencia no venía dado del exterior sino del uso que el individuo hacía de su libertad «moral».
Dicho de otro modo, no se trataba ni de aceptar el dolor para otros fines ni de escapar de él, sino de resistirlo heroicamente. La meta del ser humano, a finales de la Ilustración y durante el Romanticismo, consistía en esa capacidad de resistir, por medio de la razón, a aquello a lo cual era físicamente imposible resistir. Se trataba de autoafirmarse como individuo racional aun en las batallas perdidas de antemano. Así, durante el siglo XIX se diseñó el carácter de un héroe muy distinto del griego: ya no se trataba de un semi-dios sino de un hombre cuyo único poder era el de su fuerza moral, la capacidad de sobreponerse a sus propios miedos.
Reducido a conciencia, el yo esencial se desvinculaba de su carne, y convertía al propio cuerpo en objeto para sí. Jünger habló de este cuerpo-objeto como de un proyectil, algo que pudiese ser lanzado al combate.
Contraponía el mundo heroico, en el que, efectivamente, cabe una distancia (teórica, ideal) del sujeto para con el objeto, en este caso doliente, con el mundo de la sentimentalidad, aquel en el que el cuerpo no es ningún objeto sino el centro mismo de la vida. En tal caso, cuando el dolor golpea, no lo hace contra una avanzadilla, sino contra el núcleo esencial, contra el propio yo.
Este tipo de mundo me parece ser el nuestro, actual. Hoy, el dolor ha perdido su función de rito de paso, y la pregunta por el sentido no se solventa mediante la idea de dignidad o de resistencia moral.
Está claro que no puede creerse en lo que no se cree, y los consuelos ideológicos resultan disonantes ante la constatación del absurdo de una existencia que, además de incondicionalmente efímera, nos resulta, las más de las veces, traumática.
En la época de la «sentimentalidad», en la que sin duda estamos, al menos en Occidente, el distanciamiento se ha hecho difícil. No hay grandes ideas a las que consagrarse y el dolor se entiende como profanación del templo orgánico que somos (templo o plaza débil: ideología y poder siguen requiriendo metáforas bélicas). Así pues, el dolor irrumpe en un cuerpo, lo invade y lo ocupa como una tropa lo hiciera en un campo enemigo. Bajo su imperio, no hay tiempo ni lugar para filosofías, ni para sentimientos distintos de los que el invasor provoca: el miedo, la ira, la rebeldía.
La única razón que queda funcionando es aquella que diseña estrategias.
La capacidad de soportar
Una de esas estrategias es la que tiene que ver con el distanciamiento. La distancia necesaria la establece la mente cuando decide convertirse en observadora y convierte en objeto de observación al yo-cuerpo que padece. Ese fue el camino que Siddharta Gautama, el buddha, enseñó después de constatar que la existencia, toda ella, es dolor: ejercitarse en apartar la conciencia del lugar en que se sufre.
El control implica distancia. Pero en este momento de nuestra historia ya no puede tratarse de la distancia heroica, aquella que necesitaba de valores o principios, sino de la distancia estratégica, el aprendizaje de los puestos de situación, la sabiduría topológica: si yo no estoy ahí donde hay dolor, ¿acaso puede haber dolor?
He visto en India, concretamente en Benarés, cómo la gente puede soportar condiciones extremas sin alterarse (no le añaden «frío» al frío, por ejemplo) o heridas y enfermedades sin quejarse (no le añaden «me duele» al dolor). En aquellos días recordé a menudo que, de niña, soportaba el frío o el calor sin «soportarlo» y cómo aprendí, paulatinamente, que el frío era frío y el calor, calor, y que dolía aquello que dolía. En los internados, recuerdo que era natural, para mí, tener las manos anquilosadas por el frío hasta el punto de no poder sostener un bolígrafo; recuerdo que no me «dolían» los arañazos cuando atravesaba jugando los matorrales de espinos y que hasta me gustaba -y, créanme, no soy dada al masoquismo- ver cómo la sangre aparecía dibujando extrañas geometrías en mi piel. Nadie había allí que hiciese que se combinaran en mi mente el temor con el golpe cuando me caía. Darse un cabezazo puede ser, para el niño, un juego interesante en el que medir la resistencia del mundo y la del propio cuerpo ligeramente aturdido, y de saborear la sensación extraña de sentirse con más intensidad o, simplemente, de sentirse, pues, hasta que no hay choque, sólo existe para el niño el mundo exterior; él no es más que unos ojos que ven, un observador que no se sabe a sí mismo como alguien. La experiencia de lo que los adultos llamarían dolor (en su grado más leve, por supuesto) puede ser para el niño no condicionado una primera toma de conciencia, y grata, de su ser-cuerpo, del sitio que ocupa en el mundo.
Cuando no hay palabras, la sensación no interpretada puede incluso, en ciertos casos, fortalecer.
Cuando las hay, las sensaciones se lastran y puede ocurrir que las palabras que las nombran lleguen a cobrar más importancia que éstas. «Ponte el jersey, que te vas a enfriar»... «Pobrecito...¿te has hecho daño?»...
Y el niño, que no lloró al caerse, se pone entonces a llorar. Se aprende, a menudo, con palabras que desplazan sentimientos, por ejemplo, cuando el «¿te duele mucho?» significa en realidad «me he asustado mucho». El adulto asustado le añade miedo a la sensación, un miedo que al niño no le pertenecía.
Pienso en ello y recuerdo las enseñanzas del buddha o, mejor dicho, sus dos enseñanzas. La primera, su constatación de una evidencia: hay enfermedad, hay vejez, hay muerte; la existencia es dolor. La segunda, el que gran parte del sufrimiento es ilusorio. En realidad, el budismo entiende que todo sufrimiento es ilusorio porque la individualidad misma lo es. Al no haber ningún «yo», no hay tampoco sujeto del dolor. Pero lo que me interesa destacar aquí no es la cuestión de la insustancialidad del yo, sino aquello que puede ser de utilidad para todos.
La cuestión que intento plantear, a partir de estas consideraciones, es la siguiente: ¿cuánto de dolor añadido hay en el dolor? Y, luego, ¿cómo distinguir una cosa de otra, cómo enseñar a desaprender? ¿Puede hacerse?
Trataré de traducir, en la medida de lo posible, lo que acabo de decir, a un lenguaje más técnico. Una definición al uso en ciertos manuales es la siguiente1: «El dolor es el resultado final de la capacidad del individuo para percibir dolorosamente una alteración y de su capacidad para soportarla». En dicho resultado interviene, pues, un componente objetivo-cognitivo (propiamente sensitivo, por el que se detecta y se permite la localización de los estímulos lesivos), conocido por el nombre de algognosia (el nombre no añade nada, puesto que significa literalmente «conocimiento del dolor»2), y un componente afectivoemocional: algotimia (idem) que tiene también un sustrato morfofuncional específico en el sistema nervioso central y que conduce a una serie de modificaciones motoras orientadas a rechazar la sensación. En la denominada algotimia confluyen factores como deseos, temores y angustias.
Bien, pues, si quisiera explicar en estos términos lo que he expuesto antes, diría que con los componentes sensoriales (algognosia), esto es, una vez percibida y localizada la alteración, puede uno decidir desvincularla en mayor o menor medida de la carga afectivoemocional o, en todo caso, no añadir más lastre a la ya de por sí relativa neutralidad de la sensación. Es decir, que puede uno aprender a distanciarse. Todo pacto implica un distanciamiento y, con el dolor a veces puede pactarse; con la angustia, no. Dicho de otra manera, en la medida de lo posible, y según la intensidad de la misma, puede uno aprender a convivir con la sensación dolorosa o a combatirla siempre que sea posible distanciarse lo más mínimo de ella; de los factores afectivo-emocionales (algotimia), en cambio, es más difícil distanciarse porque, sencillamente, el «yo» es básicamente ese conjunto de factores y cuando decimos «me duele», el «me» es, digamos, algotímico, mientras que el «duele» sería algognósico. Y no podemos prescindir del «mí» si no es escindiéndolo, creando un observador psicológicamente neutro, un estratega capaz de jugar al ajedrez consigo mismo3.
Ahora bien, dicha escisión voluntaria, cuando puede producirse, y la observación que conlleva, tiene su contrapartida. Personalmente, he de decir que, cuando tuve que enfrentarme al brutal envite del dolor, comprendí que mis muchos años de yoga, en vez de capacitarme para aliviarme, habiendo fomentado la autoconciencia mediante la observación de los procesos mentales pero también corporales, es decir, habiendo aumentado lo que se denomina, en términos generales, mi «sensibilidad», me habían hecho más receptiva y también más vulnerable. Comprendí entonces que el llamado umbral del dolor es directamente proporcional al nivel de conciencia. Y es extraordinariamente duro, para quien entiende que su conciencia es lo único que tiene para seguir siendo un ser humano, verse obligado a renunciar a ella parcial o totalmente cuando el dolor se vuelve insoportable, pues perder la conciencia equivale a consentir a la desaparición. Y esto es lo que yo hacía cada vez que pedía a gritos una dosis de opiáceo4.
Porque -y también es éste el momento de admitirlo-, por muchos conocimientos, tanto teóricos como prácticos, de los métodos de observación que yo tuviese en mi haber, a la hora de enfrentarme a la traumática desintegración de mi propio organismo (debida primero a los resultados de una intervención quirúrgica importante y, después, a los efectos devastadores de las terapias (quimio y radio) a las cuales fui también, digamos, especialmente «sensible»), sólo pude gritar. El grito fue, durante más de dos años, sin interrupción, la única respuesta al dolor que fui capaz de dar. Y no lo digo con vergüenza, pues, más tarde, comprendí que el grito había sido la expresión de mi propia rebeldía y que esa rebeldía era mi fuerza, la única que me quedaba, la que no había sido anulada por los fármacos, y que esa fuerza era mi voluntad de vivir. Ahora sé que el grito era una afirmación, que ese «¡Nooo!» prolongado y terrible era un «sí» a la vida. Yo me estaba defendiendo en el grito. El grito era mi rebeldía. Paradójicamente, la rebeldía contra el sin sentido de aquel dolor era el único sentido que le quedaba a esa mi existencia menoscabada.
Así pues, cuando el dolor se vuelve insoportable, las estrategias resultan inútiles. No hay distancia posible entre el yo que padece y su padecer. Cuando vence el dolor, sólo hay grito, y si éste se prolonga, la conciencia, esa conciencia que yo hubiese querido salvaguardar a toda costa y en todo momento, también termina siendo vencida, anulada. Cualquier profesional sabe hasta qué punto el cansancio producido por un prolongado estado doloroso es contraproducente.
Aumenta progresivamente la debilidad y, con ella, disminuye la posibilidad de curación. Si bien el distanciamiento puede ser una estrategia eficaz, cuando la intensidad del dolor o la debilidad del paciente (¡qué terrible palabra la de «paciente» para quien, bajo el dolor, generalmente, tiene cualquier cosa menos paciencia!) no lo permite; la única manera de que éste conserve alguna fuerza para combatir su dolencia –y alguna dignidad- es la analgesia. Aquí, por supuesto, entra en juego la determinación del denominado «umbral del dolor»...
Nunca ha dejado de sorprenderme -y pido excusas a los profesionales si no estoy familiarizada con los últimos programas que sin duda se estarán desarrollando al respecto-, lo infantiles que resultan las escalas de medición de la intensidad del dolor, que en poco se diferencian del antiquísimo método que los oculistas utilizaban para medir el grado de miopía: ¿Ve usted las letras de la última línea? ¿Con qué cristal las ve más nítidas, con éste o con aquél?... Me refiero, concretamente, al cuestionario sobre el dolor de Mc Gill, que establece una escala del 1 al 10 con la que intenta establecer una correlación entre la representación gráfica o verbal de dicha intensidad por parte del paciente y la limitación que supone para el desarrollo de una actividad normal.
Entiendo que, en razón de la esencial subjetividad del dolor, la única medición posible es la afirmación del mismo por parte de quien lo siente. Es posible comprobar la exactitud de un juicio, pero no es posible comprobar la dimensión de un sentimiento. Es un hecho el que, si digo que me duele (a no ser que esté mintiendo), me duele, aun en el caso de que no existiese factor objetivo alguno para que me doliese. Y por ello, también entiendo que no es lícito, por parte de los profesionales, restringir o negarse a administrar la analgesia a quien padece, a no ser que éste se niegue expresamente a recibirla. Y ninguna ley gubernamental, llegado el caso, podría obligarnos a sufrir, pues la política debiera ser ante todo la expresión del respeto de todos por cada uno. Y el respeto se debe a cada cual por el simple hecho de existir, pues hay en ello ya, de por sí, suficiente dosis de sufrimiento como para permitir añadirle más cuando ello puede evitarse.
Notas
1. Esquemas y definiciones sacadas de: González
Barón M, Ordóñez Gallego A, Muñoz Sánchez JD. «Dolor oncológico. Sentido del sufrimiento». En: Sanz Ortiz J (ed.).
El control del sufrimiento evitable. Terapia analgésica. Madrid: Janssen-Cilag S.A., 2001.
2. Una de las críticas que sin duda pueden hacerse a los técnicos cuando tratan de expresarse es la redundancia del lenguaje que utilizan, lo cual muchas veces tiene como resultado que lo dicho no explique nada, aunque pueda parecer que lo hace, así también, en la definición a la que antes aludía: «El dolor es el resultado de la capacidad del individuo para percibir dolorosamente...» Vale, ¿pero qué significa «dolorosamente»?
3. Véase un ejemplo de ello en Argullol R. Davalu o el dolor. Barcelona: RBA, 2001.
4. Aquí es donde debe agradecerse y alentarse los esfuerzos que se están haciendo para introducir en la Sanidad pública técnicas, como la acupuntura, que pueden aliviar el dolor sin eliminar o aturdir la conciencia. Parte de la obra de Edvard Munch -y de ello es buen ejemplo el cuadro El Grito- está inspirada en la enfermedad y la trágica muerte de sus familiares y amigos.

Extraído de HUMANITAS, HUMANIDADES MÉDICAS - Volumen 1 - Número 4 - Octubre-Diciembre 2003, en: http://www.fundacionmhm.org/pdf/Numero4/Articulos/articulo9.pdf


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viernes, 1 de febrero de 2008

Filosofía y dolor


Disertación de cierre del Congreso Internacional de Medicina Interna para el Litoral

Tomás Abraham


Antigüedad

Para el pensamiento de los antiguos, y cuando en filosofía se menciona a los antiguos nos referimos a los filósofos griegos, el dolor es parte de una reflexión sobre el uso de los placeres.
Este uso depende de valores de verdad. Hay un buen uso como hay un mal uso del placer. El conocimiento del funcionamiento de nuestro cuerpo es lo único que puede determinar nuestra conducta en el buen sentido, en el sentido del Bien.
Michel Foucault en su última obra, El uso de los placeres, afirma que la reflexión ética de los griegos en tiempos de Platón y Aristóteles, gira alrededor de tres instancias de problematización: la dietética, la erótica, y la economía. Por lo tanto, la preocupación moral concierne a nuestra relación con las personas (erótica), al modo en que administramos las cosas (economía), y al cuidado de nosotros mismos (dietética).
Lo físico pasa a través de lo moral, es decir por el modo en que ejercemos el conocimiento. La moral socrática se basa en el conocimiento. Un cierto optimismo de la razón impone la creencia de que una vez que se sabe qué es lo que debemos hacer, lo hacemos. El conocimiento no es una operación desligada de la voluntad, implica una conversión del sujeto. Llegar al conocimiento es aprender a leer el alma, entender los condicionamientos a los que nos somete el cuerpo, poder separar las tinieblas de las apariencias, salir del mundo de las sombras. Es una tarea integral, sin restos.
Los griegos de acuerdo a las enseñanzas de Platón, Aristóteles e Hipócrates, pensaron que la más importante de las virtudes es la que reúne a todas: la prudencia. Supone un sentido de la medida, de los límites, del justo medio, de las proporciones y de la armonía.
Un lenguaje geométrico y musical sirve de metáfora a la excelencia moral. Moral y medicina se articulan en una concepción del cosmos, es decir del orden universal, en el que los lugares y las cosas se ajustan naturalmente. Este mundo no tiene fisuras, justicia y justeza reenvían la una a la otra, medida y moderación, belleza, bien y conocimiento están ensamblados en una misma concepción del mundo.
Lo que importa es el alma. Esta noción proviene de prácticas religiosas que se denominaron “misterios”, que sostenían que algo se “desprendía” del cuerpo, un hálito, un pneuma, la psiqué. Nuestro cuerpo está habitado por algo que lo trasciende, un ser transhumante, cuya migración la hace recorrer mundos distintos.
Hay un mundo de las almas que se incorporan a este mundo cada vez que un nuevo cuerpo nace. El cuerpo es la prisión del alma. Está conformado de tal modo que el estuche que cobija el pneuma, así como está cerrado hacia adentro –en el sentido que no tiene conocimiento de aquello que alberga–, está orientado hacia el afuera por medio de los sentidos.
Nuestro cuerpo está envuelto por una epidermis tamizada. Una caparazón porosa nos comunica con el exterior. Somos un plasma dinámico que se infla y se desinfla rítmicamente en contacto con lo que nos rodea. Los sentidos son vasos comunicantes que vehiculizan un tránsito permanente de materia entre cuerpos.
Nada en la naturaleza está quieto. Los griegos le dan a la naturaleza el nombre de physis. Su traducción implica una concepción de las cosas diferente de la nuestra. Lo que nosotros llamamos naturaleza designa aquello que no es obra de la mano del hombre. Es lo que nos ha sido dado “naturalmente”, sin trabajo humano, sin la artificialidad que impone la fabricación de cualquier artefacto.
Para los griegos no hay tal separación, la physis engloba todo lo que hay, obra del hombre incluida, y designa un proceso global, holístico, cuya característica principal es el hecho de que emerge. Brota, nace, crece. El mero suceder de las cosas implica un proceso de despertar, de apertura o de aurora, que expone el nacimiento diario del mundo.
Este ser que florece permanentemente puede pensarse como devenir, eternidad cíclica, metamorfosis y transmutación de elementos, identidad esencial, son varias las caracterizaciones que los primeros filósofos han dado de lo que llamaban cosmos. Por eso se llamaban fisiólogos, porque pensaban que en la physis había un orden –taxis es orden y cosmos, orden bello– y que la tarea del pensar es encontrar el elemento común que permita la derivación de las formas y su extensión a todo lo que es.
Los cuerpos humanos son parte de este orden. Por la estructura de enlace de la physis, por ser una red orgánica que vive como un gran animal astral, el hombre está determinado por su lugar en el cosmos. Encontrar la forma de este lugar, el modo en que funciona, sus determinaciones, la jerarquía a la que está destinado, también es la labor de aquellos primeros filósofos. Pero hay algo que aparece casi de inmediato, y es que el ser humano es dependiente. Necesita de un afuera para sobrevivir. El alimento está afuera, sus posibilidades de abrigo, la protección que necesita para superar los primeros años de indefensión, la necesidad que tiene la especie de reproducirse exige el ir hacia afuera, todo en el ser humano le habla de su incompletud.
Somos seres carentes, necesitamos del otro, y sabemos que no nos bastamos a nosotros mismos. Todo esto no introduciría dificultad alguna, si no se produjeran algunos desarreglos. Desórdenes. El hecho de que haya interdependencia muestra que hay una sólida cohesión que me permite pensar que hay un Todo, que hay un Uno, un principio que articula el cosmos. Pero este proceso no está terminado de una vez por todas. Continuamente existen desajustes debido a que hay elementos que no respetan el orden establecido, salen del lugar asignado y perturban la totalidad.
El mundo griego es agónico, la palabra “agón” quiere decir lucha, confrontación. La misma mitología olímpica habla de enfrentamientos entre dioses, de raptos, incestos y traiciones. La literatura homérica habla de batallas en las que los héroes son asesinados y los usurpadores sufren su merecido castigo en manos de justos vengadores.
Los griegos no conocen el pecado original. La primera falta de la humanidad nada tiene que ver con la sexualidad ni con el orgullo de querer saber lo que está prohibido develar. No tienen un dios que muere en la cruz por amor a los hombres. Su primer pecador es Prometeo, castigado por robo, es un ladrón, se apropió del fuego que arrebató de la casa de Zeus. Con el fuego dio origen a la humanidad, la separó de la animalidad gracias a que con el fuego cuece el barro y la carne, puede ser cocinero y constructor, proveedor de casa y comida. La falta se debe a un acto de osadía con el que se hace fabricante y le permite autoabastecerse.
El castigo del dios Zeus es cruento, cada día un águila le comerá el hígado que se regenera para aportar el tejido de una próxima devoración. El hombre no debió arrogarse el poder de ser auto-nomos (darse a sí mismo su propia ley).
El cosmos está en peligro por efecto de elementos desencadenantes de anarquía. Los griegos lo llaman “hybris”, hybris es desmesura, fuera de medida. Exceso. Los hombres están sujetos a caer en estos desarreglos. Su misma conformación corporal los hace proclives a estos desbalances por la doble razón enunciada: por estar cerrados hacia adentro y abiertos hacia afuera.
Si el hombre tuviera conocimiento del orden universal del que forma parte, también se conocería a sí mismo. Conocerse es tener conciencia de los propios límites, de aquello que produce el mal. Hacer mal es lo mismo que equivocarse. Sólo la ignorancia es la responsable de la desdicha, y también sólo con el conocimiento se restablece el orden y la armonía.
La medicina hipocrática es una manifestación más de esta cultura. El dios Asclepio –Esculapio– es el dios de la medicina, divinidad fulminada por un rayo de Zeus cuando supo que había cobrado dinero por su servicio.
La medicina es parte de un arte de vivir y de una preceptiva que nos enseña el modo en que debemos relacionarnos con el cosmos, mejor dicho, “en” el cosmos, para que el equilibrio del todo se traslade a nuestro propio equilibrio. De ser así, nuestro cuerpo será un microcosmos reflejo de la armonía universal. Para que esto sea posible la medicina suministra el conocimiento y los ingredientes que permiten, conservan y restablecen el equilibrio del organismo. La medicina piensa en el cuerpo como la filosofía pensará en el alma. De modo análogo a la medicina, la filosofía tiene la misión de aportar el conocimiento necesario para que el hombre no se deje llevar por la hybris, la desmesura, por la ignorancia que le hace confundirse y tomar lo aparente por lo real y ser esclavo de las pasiones: causantes de los dolores del alma.
De las dos disciplinas, la filosofía es la principal por el hecho de que el alma es inmortal y el cuerpo no lo es. Esto permite definir a la filosofía como una medicina del alma, por llevar a cabo la misma operatoria.
¿Qué es lo que nos conduce a los excesos? ¿Cuál es el factor que nos aleja del orden y la mesura? Dijimos que nuestra misma constitución corporal, abierta al mundo y por ello frágil, nos hace vulnerables por las mismas necesidades que tenemos para poder sobrevivir. Sin embargo, esta razón no es suficiente. Las urgencias de nuestro cuerpo pueden ser satisfechas sin que se desencadene un mecanismo de sobreabundancia y de pérdida de control sobre sí mismo. Es aquí que se presenta el problema de los placeres. Antes que Freud, y sin los recursos de la ciencia psicoanalítica, Platón se vio confrontado con la relación entre la satisfacción de las necesidades y ese plus indomable que emerge del cuerpo y se apodera de nuestra mente.
Hedoné es hija de Eros y Psyché, en latín se lo ha traducido por Voluptas, hija de Cupido y Psyché. Eros a su vez es hijo de Poros y Penia, la pobreza y la riqueza. Eros deambula eternamente entre el exceso y la falta. El drama de Eros es la repetición. La acción de este dios es la que mayor peligro ocasiona a los hombres. En la relación sexual, en la necesidad que tenemos de alimentarnos, en la búsqueda de los bienes para proveernos de lo que la supervivencia nos exige, se infiltra este “demonio”, daimón, y esclaviza nuestra mente, nos vuelve locos. Somos presos de la manía.
La satisfacción de una necesidad vital no sólo neutraliza un estado de malestar sino que nos proporciona la “alegría” de la satisfacción, un resto psíquico que nos seduce y que no queremos perder. Por eso somos seres que buscamos alegría sin necesidad. Es el comienzo de un camino peligroso.
La medicina griega, lo mismo que la filosofía elabora la preceptiva, los consejos prácticos, que debemos aplicar para que la doble trampa del exceso y la falta no se apodere de nosotros y que intentemos repetir la alegría.
Del dolor por no tener al placer de al fin poseer, la rueda de la fortuna nos ata a su eje y nos enloquece. Dolor y placer son las dos caras de una misma moneda, y sólo la episteme, el conocimiento, nos permite la liberación de sus cadenas.
Podemos seleccionar cuatro respuestas a la relación de la ignorancia con el dolor que dieron los filósofos griegos y que conformaron el núcleo de la reflexión moral de la antigüedad hasta el advenimiento del cristianismo.
Platón elabora y propone una disciplina conducida por un maestro que nos enseña el camino de la verdad. Combina las artes corporales, la composición musical, el aprendizaje de las matemáticas, la ciencia del lenguaje para depurarlo de las trampas retóricas y de la sofística, y así llegar a una conversión espiritual –metanoia– semejante a un estado místico. Esto nos permite parir el alma enlatada y sellada por nuestro cuerpo, y reconocer nuestro origen y verdadera identidad. Gracias al mismo Eros, el amor, él, esta vez conducido por la Episteme, nos conducirá por el verdadero camino de la sabiduría.
Aristóteles, mentalidad más práctica y no tan exigente, elabora el concepto de “prudencia”, phronesis, una virtud que no deriva de una teoría específica, sino de la conducta general de un hombre sabio, que tiene conciencia de cuál es su lugar en la colectividad, de sus deberes de ciudadano, que tiene curiosidad por develar el orden cósmico al que pertenece, y que con el conocimiento llega a tener una especie de sentido común, una intuición, que le permite actuar y decidir sus actos con sentido de oportunidad.
Los estoicos son los filósofos que han pensado el dolor. Sus representantes más notorios son los que reflexionaron sobre la conducta de los hombres. Epicteto, Séneca y Marco Aurelio. Son ellos los que hicieron del dolor una cuestión moral. No quiere decir esto que no exista el dolor físico, sino que todo dolor corporal debe pasar por una napa de representaciones que nos hace sufrir. No hay dolor directo sin que pase simultáneamente por una coloración psíquica. A cada pinchazo de dolor hay una imagen que se le adosa, una palabra que lo acompaña, una reacción mental que lo reviste.
La terapéutica estoica consiste en el aprendizaje de un control mental por medio del cual podemos manipular muestras emociones, las causantes del dolor del que nos quejamos. El ideal de “ataraxia”, de indiferencia, estoico, pretende que tomemos conciencia de que nuestro dolor no proviene de alguna lesión de un agente exterior, sino del modo en que procesamos los efectos de la acción agresora.
Por un camino equivocado que nos hace comparar lo que sucede con lo que debería suceder, el lamento porque las cosas ocurren de otro modo del que deseamos, que no se cumplen nuestras expectativas, por lo que nos ocasiona ver frustradas nuestras ilusiones, y ver perdidas nuestras posesiones, es por esta actitud frente a la vida que nos ocasionamos a nosotros mismos dolor.
Aceptar lo que nos toca no es sólo resignarse, sino liberarse de las cadenas del lamento y recuperar la energía para iniciar vías alternativas.
La preceptiva estoica, sus manuales de consejos, pretenden crear un sistema inmunológico, un sistema de seguridad, que nos tenga a resguardo de los vaivenes de la fortuna, de la imprevisibilidad del azar de la vida. La vida de los hombres está sujeta a enfermedades, pérdidas de bienes, muerte de seres queridos, angustias de soledad, frente a todas estas y otras contingencias debemos armarnos con la filosofía, un saber protector que nos permita crear una distancia entre lo que nos pasa y lo que somos. Esa brecha espiritual es la que nos despega de las emociones y de la esclavitud que padecemos por adherirnos a nuestras propias secreciones anímicas.
Los epicúreos elaboraron un camino inverso, pensaron una filosofía cuya materia prima son los placeres, idearon el modo de seleccionarlos, disfrutarlos en libertad, con pleno dominio de sí mismos. Su propedéutica se basa en el aprendizaje de la simplicidad, de la ampliación de la esfera de nuestro deleite, de no depender de una supuesta excelencia de los objetos, ya que ésta por lo general no deriva de las cualidades inherentes al objeto, sino de los prestigios de la opinión pública y de presiones exógenas. El placer depende de nuestra capacidad de encontrar matices en lo más simple, en el agua que bebemos y en el pan que comemos, en nuestra independencia respecto de los deseos de tener más y mejores cosas.
Las filosofías grecorromanas, las de una civilización que fue hegemónica desde España hasta la India durante mil años, y que luego no dejó de tener efectos por un período de otros mil años, hasta la naciente modernidad de la revolución galileana, y que para otros especialistas, tiene peso hasta la revolución médico-biológica de Pasteur en el siglo XIX, es un pensamiento moral, ya que concibe la conducta del hombre en términos de autonomía y sabiduría. La libertad para los filósofos antiguos tiene que ver con el poder, resulta del dominio sobre nosotros mismos, de no dejarnos esclavizar por el deseo ni por las representaciones. Lo inmoral es dejarse someter por debilidad y cobardía personal de un ser pasivo al dominio de otro o de un objeto. Debemos dominar el dolor, rasgo funcional a una sociedad de valores viriles y guerreros, con una jerarquía estamental cuya base se sostiene sobre un sistema de cautiverio esclavista.
Actualidad
Foucault en sus estudios sobre las instituciones sanitarias en el siglo XVIII, se interesó por lo que llamó la medicalización de la sociedad, sustitutivo del asistencialismo del antiguo régimen. La explosión demográfica, la acumulación de las poblaciones, la urbanización salvaje y la concentración obrera en los recintos fabriles, exigieron, de parte de los aparatos de Estado luego de la caída de la monarquía absoluta, la elaboración y la puesta en funcionamiento de nuevas estrategias respecto de una política de la salubridad. Debió orientar nuevas formas de higienismo, hacerse cargo de la atención médica de las familias, así como darle una especial atención a la niñez y a la escolaridad. Se centró la atención en el estudio de los modos de vigorizar el cuerpo del obrero, organizar el control de las conductas luego de las jornadas fabriles, calcular los costos económicos –y no limitarse a la condena moral– del alcoholismo, medir las consecuencias de la miseria obrera y de las enfermedades deparadas por el hacinamiento, el trabajo infantil y la prostitución.
La medicina como tecnología de la salud participa de la preocupación de los aparatos de poder por la condición de los cuerpos, por su rendimiento, vitalidad, productividad. Ya no son las almas, motivo del desvelo pastoral, sino el estado general de los cuerpos lo que preocupa a una sociedad industrial capitalista que necesita fuerza de trabajo en forma intensa para crecer y expandirse. Nuevas formas de saber son necesarias.
Se trata de la incursión del saber y del poder médico en zonas antes ocupadas por la tutela religiosa o por los dispositivos jurídicos. El reemplazo del asistencialismo monárquico-eclesiástico por hospitales dedicados a la cura de enfermedades trajo como consecuencia el fin del Hospital General, funcional al sistema de segregación de la edad clásica, depósito de diversas y heterogéneas formas de marginalidad, y lo sustituyó por espacios sanitarios específicos y diferenciados. Otra novedad de la modernidad médica en el siglo XIX fue la incursión de la psiquiatría naciente en la justicia mediante la acción de los peritos forenses que elaboran cuadros clínicos de un sujeto delictivo cuyas circunstancias atenuantes y grados de responsabilidad dependen de un adecuado diagnóstico sobre su personalidad. De un modo o de otro, la medicina incursiona en la administración de la cosa pública y en el control de la conducta de la población desde hace doscientos años.
Los sistemas “nosopolíticos”, como los llama Foucault, son parte de la constitución de los dispositivos de poder y saber de la modernidad. Les sucede lo mismo que a otras instancias de los procesos históricos, están sujetos a mutaciones y destinados a nuevas funciones.
En lo que respecta a nuestros días creo que podemos hablar de una nueva sociedad terapéutica en la que la medicalización ha agregado ciertos conceptos y prácticas a su consolidada esfera de influencia. Para comprender esto me ha llamado la atención el fenómeno diverso y multiforme que congrega la figura de “calidad de vida”.
Es una noción holística que se abrocha a un sinnúmero de actividades que la tienen como un recurso promocional, un indicador estético y moral, un legitimador existencial.
Es increíble el sinnúmero de tareas que debemos realizar para mejorar nuestra calidad de vida. Siempre estamos en deuda. Cada vez aparecen productos inesperados, que desplazan a otros ya amortizados, sin los cuales nuestra calidad de vida empeora.
La calidad de vida es más que la salud, estar sano, en realidad, ya no quiere decir nada. En realidad nadie está sano, la salud es una conquista inestable, siempre en peligro y en situación de riesgo inminente. Uno puede estar mejor o peor, pero estar bien ya es un estado absurdo. Jamás tenemos los índices de los chequeos médicos en estado de optimización máxima. Si no estamos por debajo de la normal nos excedemos en algo. Y si el examen nos da un cuadro clínico excelente, de ninguna manera es una garantía para que no nos agarre un infartito por una plaqueta desprendida que nos hace un pequeño lío.
Todo es cuestión de estadísticas, y se sabe que los números ofrecen tendencias, probabilidades, y dentro de la gama de lo posible lo seguro no existe.
La calidad de vida dispone de los aportes especiales de dos disciplinas: la dietética y la psicología. No me refiero a dos saberes específicos sino a campos de saber de límites sumamente flexibles. La dietética ha recuperado su antiguo sentido hipocrático, y se inspira en una concepción del régimen que incluye casi todos los aspectos de la vida. Diagrama un arte de vivir, una sabiduría que debe componer no sólo las comidas y bebidas, sino las relaciones con nuestros semejantes, nuestras actividades laborales, las formas que tenemos de aprovechar el ocio, sin dejar de lado la importancia de nuestro hábitat y la distribución de los espacios, y menos aún olvidando la particular vivencia que tenemos del tiempo, en fin, ayudados por palabras elásticas como stress o fengshui, la calidad de vida desencadena un proceso infinito manifestado en una sintomatología curiosa. Me refiero al estado de hipocondría generalizada en la que vive la población. Cada uno de nuestros órganos puede ser un agente infiltrado por bacterias asesinas, cada ruidito es un anunciador de una desgracia, un dolorcito en el estómago es una úlcera, una peca es un cáncer de piel, y una morcilla salada o vasca es un despegue letal de ácido úrico.
Vivimos un estado de alerta generalizada, rodeados por un ejército de farmacólogos.
De ahí también la necesidad de la intervención de la otra disciplina, complementaria de la dietética, me refiero a la psicología. Los grupos de ayuda mutua, desde Alcohólicos Anónimos a Mujeres que Aman Demasiado, son ejemplos de un nuevo modo de terapia cuyo objeto clínico no es necesariamente una enfermedad. La palabra “disfunción” tampoco aporta más información para un tipo de dolencias de etiología difusa.
La alta cultura psicológica, los institutos de psicoanálisis refinado, además de los intelectuales con o sin cartera, han despreciado a estos grupos. Los consideran parte de una sociedad de masas que consume todo tipo de placebos a merced de una amplia gama de falsificadores.
No toman en cuenta que los padeceres de la vida actual no son una baratija mercantil o una vulgaridad vergonzosa. La obesidad, el tabaquismo, la drogadicción, hasta la soledad entre otros tipos de angustia, son tratados por este nuevo modelo cooperativo de ayuda mutua que atraviesa niveles de menor o mayor calidad en los servicios ofrecidos. Es tan difícil encontrar un buen terapeuta para grupos de autoayuda como en cualquier otra especialidad médica.
Además, es posible, se da con cierta frecuencia, que los pacientes provengan de los sectores de menores recursos. El hospital Pirovano en Buenos Aires, hace años que programa cientos de los mismos.
Entre estos grupos hay uno singular. Se llama grupo de Ayuda Mutua Renacer, fundado hace un par de décadas por el doctor Gustavo Berti. Es un grupo de padres que perdieron a sus hijos en circunstancias variadas: enfermedades, accidentes, crímenes.
La peculiaridad reside en que no se coordinan por un especialista en ninguna disciplina. No funcionan con un terapeuta ni con una autoridad religiosa. Lo que interesa aquí, además de la forma en que se organizan, es la concepción que tienen del dolor. No se basan en una teoría ni en una concepción filosófica determinada. Su búsqueda está abierta al diálogo y a la investigación. El intercambio y la contención de las emociones, el peso de la experiencia de cada uno se integra al grupo, pero más allá de la operatividad de ayuda mutua que ponen en funcionamiento, de lo que se trata es de un problema de sentido. El sentido del dolor en situaciones límite.
No pueden suprimirlo porque el olvido puede llevar tanto a la locura como también puede hacerlo la insistente y obsesiva presencia del recuerdo. Es un sufrimiento que no tiene cura porque ha herido algo de una profundidad tal que no tiene comparación con experiencias esclarecedoras o técnicas específicas para situaciones semejantes. No hay dolor semejante para lo que ni siquiera tiene un nombre. No hay designación ni identidad lingüística para un padre o madre que ha perdido a su hijo.
No buscan un paliativo en la religión ya que no invocan una fuerza superior salvífica que pueda ofrecer una interpretación y una justificación del dolor.
Buscan al sentido al mismo nivel del dolor, no lo subliman, ni lo curan ni lo suprimen. Las preguntas quedan abiertas y la reflexión puede inspirarse en filósofos o pensadores de variada orientación. Amplían el canal oprimente de la angustia y la desdicha hacia una interrogación existencial y una acción de conversión subjetiva. Por eso le interesa a Berti el desarrollo incipiente de Foucault acerca del tema de la espiritualidad, más complejo y menos meditado que el de moralidad y el de religiosidad.
Tiene que ver con el sentido de la vida y de la meditación que hay que intentar hacer para no dejarse vencer por el sufrimiento o el rencor, por la victimización o la anestesia. Intenta el difícil camino de aceptación y crecimiento interior, de expansión del horizonte existencial.
El doctor Berti, médico cirujano, neurólogo, trabaja sobre textos de Victor Frankl, Martín Heidegger, Michel Foucault.
Hay dolores que no se curan, hay dolores para los que no hay medicina. Hay dolores activos, con su herida abierta, sobre los cuales hay quienes nos quieren decir algo a los hombres.

Extrído de: http://lalectoraprovisoria.wordpress.com/2007/06/17/filosofia-y-dolor/

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Heráclito y el logos physis


Theowald D’Arago Fiol




“Los griegos tienen un sentido innato de lo que significa “naturaleza”. El concepto de naturaleza que elaboraron por primera vez, tiene indudablemente su origen en su constitución espiritual. Mucho antes de que su espíritu perfilara esta idea, consideraron ya las cosas del mundo desde una perspectiva tal, que ninguna de ellas les pareció como una parte separada y aislada del resto, sino siempre como un todo ordenado en una conexión viva, en la cual y por la cual cada cosa alcanzaba su posición y su sentido. Denominamos a esta concepción orgánica, porque en ella las partes son consideradas como miembros de un todo. La tendencia del espíritu griego hacia la clara aprehensión de las leyes de la realidad, que se manifiesta en todas las esferas de la vida - en el pensamiento, en el lenguaje, en la acción y en todas las formas de arte (hacer) tiene su fundamento en esta concepción del ser, como una estructura natural, madura, original y orgánica... Esto se aplica también a la creación más maravillosa del espíritu griego, el más elocuente testimonio de su estructura única: LA FILOSOFÍA.”[1]

La concepción de la dignidad e individualidad humana, del hombre, en los griegos, está intrínsecamente unida a su concepción orgánica del todo, donde ésta individualidad es una parte de éste, y más aún la parte que sobre la base de la admiración y la observación buscará el argé, la génesis, o la genealogía, en los cuales se da la copertenencia del hombre con, y en el “COSMOS”.
El origen, el principio generador de las cosa, para los primeros filósofos presocráticos, como bien sabemos, está en la PHYSIS, pero, ¿qué es, lo que éste término realmente significa?.
“En realidad, el hecho de que se llame a estos nuevos hombres filósofos naturales o phisikoi (el término es relativamente tardío) pudiera parecer la expresión de un deslinde de intereses practicados por la idea misma de physis y que eliminaría automáticamente toda preocupación por lo Theoí... pero los testimonios conservados muestran aún claramente, con ser tan escasos, que esta manera de interpretar la actitud de los primeros filósofos, al parecer tan obvia, es una falsa modernización. Aun prescindiendo de todo testimonio, esta falsedad no puede menos de ser evidente para el filólogo, pues a este le basta reflexionar que traducir la palabra physis por nuestra palabra “naturaleza” o physikós por “filósofo natural”, no hace en absoluto justicia a la significación griega y es resueltamente erróneo. Physis es una de esas palabras abstractas formadas con el sufijo - sis que se hicieron sumamente frecuentes después del período de la última épica. Designa con toda claridad el acto de - phinai - el proceso de surgir y desarrollarse; esta es la razón de que los griegos la usaran a menudo con un genitivo, como en physis ta onta, el origen y desarrollo de las cosas que encontramos en torno nuestro. Pero la palabra abarca también la fuente originaria de las cosas, aquello a partir de lo cual se desarrollan y merced a lo cual se renuevan constantemente su desarrollo; en otras palabras, la realidad subyacente a las cosa de nuestra experiencia.”[2]
“La noción de” physis” (naturaleza) constituye el punto de partida de toda filosofía y la ciencia presocrática... La palabra” physis” viene del verbo ”phyo” que quiere decir “engendrar”. Es pues lo que engendra y, por lo tanto lo que existe primero, lo originario.”
“ Aristóteles reprocha injustamente, nos dice Cappelletti, a los primeros filósofos de Jonia a partir de Tales, su interpretación de la physis, al entender por naturaleza una mera causa material “YLE”. “El problema central de la filosofía presocrática consiste en la búsqueda de un substratum eterno de los fenómenos, o en otras palabras de una sustancia universal... una causa total, ya que en su concepto de physis se hallan indistintamente representadas, no solo la noción de aquello “de lo cual” se hace el todo (materia) sino también de aquello “por lo cual” se hace (causa eficiente interna), la de aquello “gracias a lo cual es lo que es” (causa formal) y la de aquello “ para lo cual” es hecho y existe. (Causa final).” El vocablo physis lleva dentro de su complejo significado no sólo la idea “de lo que es originaria y fundamentalmente” sino también la noción de “el proceso por el cual lo originario se despliega en lo múltiple”, noción que se opone a la primera como la causa material a la formal, dentro de la metafísica aristotélica”. [3]
Para Cappelletti [4] hay que tener en cuenta, por otra parte, que: “Ni los primeros filósofos de Jonia ni el propio Aristóteles pensaron nunca en una causa eficiente externa del Universo, menos todavía en un creador “ex-nihilo”, y agrega, que hasta podríamos decir que physis representa también en los albores del pensar filosóficos de los griegos la idea de un creador inmanente del Todo”. (p. 62). Con lo cual podemos apreciar que physis no era para los griegos presocráticos ni materialismo, ni naturalismo y mucho menos metafísica, sino aquello desconocido, enigmático, que Anaximandro llamará apeiron, Parménides Ser y Heráclito Logos.
“Toda ontología es fenomenología”, nos acota Heidegger[5], porque según él no hay nada tras el fenómeno (la cosa), pero ¿no lo hay?. He ahí, la pregunta de la filosofía y que para nosotros nos retrotrae al mundo presocrático: Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Parménides y particularmente a Heráclito, y al Logos Cosmológico no sólo como razón platónico - aristotélicamente, sino como enigma, en su
sentido ontológico, que es como lo presenta nuestro Filósofo de Efeso. Y es a partir de ahí, de esa physis, que queremos “rever” o ver ontológicamente la Filosofía, desde la mirada del ser no substantivado como así lo ha hecho la Filosofía clásica a partir de Platón y Aristóteles; nuestros filósofos presocráticos lo hacen desde la physis como la hemos revelado en sus simientes, y en particular Heráclito desde la physis-logos, que es como nace ciertamente la Filosofía.
Para poder desarrollar nuestra investigación, la tensión de los contrarios la real armonía, “la tensión no dual”, (que es de donde parte todo, el hombre y su hacer, su Arte) nos es indispensable comenzar dejando sentado, el principio que rige todo para Heráclito, el logos del acontecer de tá pánta. Aunque filósofos, historiógrafos y legos han querido (pos-aristotélicamente) ver que en Heráclito hay una esencia humana, fuera del Logos; el fluir heracliteano, el devenir, lo que nosotros llamamos el tiempo, no da para esencias, sustancias, episteme alguna que no sea el Logos (physis) mismo en su llegar a ser, y el reconocernos en ese Logos, es lo que nos constituye ontológicamente.

Para nosotros este Logos es la physis, para Heidegger[6] : “el erguirse que brota, aquello que al desplegarse “permanece” en sí mismo. En esta fuerza imperante a partir de una unidad originaria (no dualidad), están contenidos y se manifiestan el reposo y el movimiento. En el pensamiento, esta fuerza imperante, es la presencia sometedora, y aún no sometida en lo que lo presente es, en tanto ser. Más esta fuerza imperante solo comienza a surgir, es decir, a descubrirse (aletheia) ocurre cuando la fuerza imperante lucha por apoderarse de sí misma en tanto está en el mundo. Solo por medio del mundo el ente se convierte en algo que es”.

Del develamiento del término physis depende nuestra proposición, y para ello debemos volver a Heidegger, como hemos acotado, por el hecho de que éste en su visión acertadamente no dual, da con el meollo del problema, pues cuando el hombre griego pensante está elaborando estos criterios, no lo hace separando materia, forma, causa eficiente y causa final, como posteriormente Aristóteles, ni mucho menos separando materia y espíritu. Para este hombre griego pre-socrático, por mucho que sea poeta, teólogo, antropólogo, etc. hay una integralidad, una no dualidad, (una no separación, aunque lo percibamos como separado, es decir como dual) entre lo que pueda no ser propio del erguirse, de lo que se manifiesta, de lo que permanece en el emerger de la tensión de los contrarios, de lo que mas tarde Aristóteles llamará materia, y la posteridad, naturaleza, como algo separado de lo que supuestamente no lo es; decimos supuestamente porque todo aquello que queda erguido, que permanece, como bien nos señala Heidegger, es lo que es la physis, para los pre-socráticos, y en particular para Heráclito y no así la materia o la naturaleza como especificidad separada del hombre, como nosotros consciente e inconscientemente la percibimos por obvias razones de aprendizaje metafísico posterior.
Para poder explicarnos la manifestación de la physis, en su plenitud y en medio de la forma de pensar de estos hombres filosóficos y su época, vamos a hablar de Tales, Anaximandro y Anaxímenes, paradójicamente desde la interpretación que de estos hace W. Jaeger; lo hacemos desde este autor y desde esta obra apoyados en su Paideia, como nos dice Mondolfo[7], calificando a Heráclito, distinguiéndolo de los pensadores anteriores, “como el primer antropólogo filósofo, definiendo su filosofía del hombre como el anillo interior de tres anillos concéntricos con los cuales se puede representar su filosofía, nos dice que el anillo antropológico está envuelto por el cosmológico, y este por el teológico; y que los tres anillos no pueden separarse uno de otro; no puede, sobre todo pensarse en el anillo antropológico independiente del cosmológico y del teológico. Heráclito al unificar el alma humana con el cósmico ” fuego eternamente viviente”, unifica también la ley cósmica con la ley humana; y con la religión cósmica del “gnomos divino” y viene a fundar en la norma del mundo, la norma de vida del hombre filosófico.
Como podemos observar en esta interpretación de Heráclito se capta la unidad de acción y pensamiento de nuestro filósofo, lo cual nos da fuerza para insistir en la no dualidad de aquellos primeros filósofos physicos pre-socráticos, y de su acepción de la physis como la hemos señalado; aunque también tendríamos que vernos con la apreciación de algunos intérpretes que no consideran a Heráclito como uno de los Physicos, por la misma razón, es decir por nuestras pre-concepciones ya aludidas.
Queremos acentuar que es a partir de este esclarecimiento que podremos abordar el problema que nos atañe en nuestra proposición, la tensión de los contrarios, como creadora y mantenedora de tá pánta, de la plenitud no dual.

W. Jaeger[8] señala: ”El hecho de que se llame a estos nuevos hombres, filósofos naturales o phisicoi (físicos) (el término es relativamente tardío) pudiera parecer la expresión de un deslinde de intereses practicados por la idea misma de physis y que eliminaría automáticamente toda preocupación por lo teoí. Al confinarse en los hechos comprobables por los sentidos, los jonios parecerían pues, haber tomado una posición ontológica que sería francamente, no teológica”
Jaeger cree (y con razón) que los testimonios de los primeros filósofos, por su misma escasez han sido interpretados falsamente modernos, y hace su juicio sobre la base de lo que hemos acotado desde el principio en relación a la palabra physis, filosóficamente hablando; pues a este respecto nos dice: “basta reflexionar que traducir la palabra physis por nuestra palabra naturaleza o físicos por filósofo natural, no hace en absoluto justicia a la significación griega y es resueltamente erróneo”[9]; y subraya al igual que Heidegger que physis es una de esas palabras abstractas formadas con el sufijo “sis” que significa surgir, emerger y desarrollarse, junto con el verbo “phyo” que quiere decir engendrar. Es pues lo que engendra y, por tanto lo que existe primero, lo originario. A este respecto nos señala Cappelletti[10] : “de este significado se pasa enseguida al de “lo permanente” o ”lo que no cambia”, por oposición a las cosas que cambian y varían de continuo”. Y nos dice que podemos inferir con Burnett, que para los primeros filósofos physis equivalía al sustratum eterno. Debemos tener presente para poder diferenciar lo que es estrictamente filosofía de lo que no es, como nos dice Burnett[11] : ‘el problema fundamental del filosofar pre socrático consiste en la búsqueda de un sustratum eterno de los fenómenos, en otras palabras, de una sustancia universal’. Y continúa Cappelletti[12] : “Resulta así que la physis no es sólo la sustancia universal (es decir causa material de las cosas, según terminología aristotélica) sino también, al mismo tiempo principio de movimiento, (o sea, causa eficiente del universo según la misma terminología)”.
Nos es necesario recalcar, que para poder entender la distinción que de la filosofía se ha tenido, a partir de las interpretaciones de los doxógrafos e historiógrafos aristotélicos, lo que nos dice George Gadamer[13] cuando asevera que: ”El que cita interpreta, ya por la forma en que presenta el texto. Pues bien, todos los fragmentos recogidos en las colecciones de los presocráticos son citas aisladas que no han llegado a nosotros en un texto definido y completo, sino a través de Platón y Aristóteles, los peripatéticos, los estoicos, los escépticos, los padres de la iglesia - una gran riqueza de autores que citan y describen doctrinas con fines completamente diversos -”. Y es aquí donde insertamos nuestra interpretación, la filosofía nace como una plenitud, sin divisiones físicas ni metafísicas, sino en la armonía entre “contrarios”, engendrar emerger (physis), y lo que se oculta o queda oculto después de lo que se manifiesta, y que tanto Heráclito, como Parménides llaman; logos, uno, ser, el otro, y queda sujeto a lo que Heráclito hace dos mil quinientos años, y en la contemporaneidad Heidegger denominaron Enigma, en lugar de acceder a lo que posteriormente los interpretes de Aristóteles y el cristianismo llamarán metafísica.
Al respecto, Cappelletti[14] sin contradecir la real concepción de physis mencionada nos recalca: “Toda idea de una causa eficiente exterior a la materia, o trascendente al mundo (toda idea de creación en especial) era enteramente ajena al pensamiento de los primeros filósofos.

Cual es el interés nuestro, tratar de ver desde los pre-socráticos mismos y en particular desde Heráclito lo que nosotros ya no vemos, lo previo y lo posterior a los conceptos, a la construcción “lógica”, lo que en los pre-socráticos estaba latente, la existencia transpersonal de la no dualidad originaria. Llámese caos, lenguaje poético, agua, ilimitado, aire, ser, logos, comprensión pre-ontológica; esa experiencia generada por la toma de conciencia de la individuación (ser - ente), y que la escisión producida entre physis y logos, en y con el intelecto (pensamiento), rompiendo lo que en los inicios, era una no dualidad, una “alianza”, y que el logos en el sentido discursivo va a simbolizar más que a literalizar, como posteriormente hemos interpretado.
Según nos dice Narcís Aragay Tusell[15], G. Colli entiende el término physis no como naturaleza material (él traduce el término physis como nacimiento), sino como designación de una realidad “nouménica”. La physis es, pues, el origen oculto de toda apariencia fenoménica y el punto en donde se detiene el conocimiento discursivo, que puede ser aplicado a la representación: “physis krypthesthai phileie” (La Sapiencia Griega 1 de Colli)... Colli ve uno de los principales aspectos de la especulación pre-socrática: el carácter puramente alusivo, metafórico del lenguaje.
Como podemos apreciar, nuestra interpretación sobre la physis, entendida en su etimología, nos lleva a tratar de pensar el pensamiento presocrático, no desde Platón y Aristóteles como lo hemos venido decantando, sino intelectivamente, filosóficamente desde ellos mismos. (los presocráticos).



[1] Jaeger, W. (1.995) PAIDEIA. F.C.E. p. 9 y 10
[2] Jaeger, W. (1.992) LA TEOLOGÍA DE LOS PRIMEROS FILÓSOFOS, p. 26
[3] Cappelletti, A. (1.974) ESTUDIOS FILOSÓFICOS. S.V.F. Caracas, p. 63
[4] Cappelletti, A. Op.cit.
[5] Heidegger, M. (1978) ARTE Y POESÍA .F.C.E. .México ,p.10

[6] Heidegger, M. (1993) INTRODUCCIÓN A LA METAFÍSICA. Gedisa, Barcelona España , p. 63

[7] Mondolfo, R. (1.966). HERÁCLITO TEXTOS Y PROBLEMAS DE SU INTERPRETACIÓN. siglo XXl, México, p.355

[8] Jaeger, W. op. Cit. P. 26.
[9] Jaeger, W. op. Cit. 26
[10] Cappelletti, A. op.cit. p. 9
[11] Burnett, J. (1.958) LA AURORA DE LA FILOSOFÍA GRIEGA, London, p.10-11
[12] Cappelletti, A. op. Cit. P.9
[13] Gadamer, G.(1995) EL INICIO DE LA FILOSOFÍA OCCIDENTAL. Paidós Estudio. Barcelona. España, p. 37
[14] Cappelletti, A. op. Cit. P.9-10
[15] Aragay Tusell, N. (1.993) ORIGEN Y DECADENCIA DEL LOGOS. Anthropos. Barcelona, p.153


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