jueves, 13 de agosto de 2026

                                     Lo lúdico en la música en 

                        Kant, Schiller y Hegel


                          David De los Reyes


Redes Sociales Vegetales, Serie Fungus Truncus. DDLR/2026

 

Lo lúdico en la música lo encontramos tanto en su aprendizaje como en su interpretación, pero no menos en el escucha atento. La música se presta para realizar juegos físicos (danza, p.ej), e intelectuales (composiciones e interpretación, p.ej), como también en su interpretación abierta a la improvisación libre o controlada, y esto nos lleva a adentrarnos en este arte bien como intérprete o como escucha participante.

Para el crítico francés Roger Caillois el juego es una conducta básica humana, ontológica pudiéramos afirmar. Y la música nos lleva a un espectro metafísico de la existencia, superando la realidad al agregar el sentido lúdico en nuestras grises vidas. “El juego es una actividad libre, separada de la vida cotidiana, que permite la expresión de la creatividad humana”[1]. Concibiendo la música como un juego sonoro, su sentido lúdico nos lleva a explorar nuevas ideas y formas de expresión, propiciando el riesgo de la aventura estética y creativa, que se evidencia en la improvisación musical, en la interpretación personal y en la simple escucha de una obra, donde navegamos por territorios subjetivos alternativos, creados en un preciso momento irrepetible. Bajo este señalamiento anterior podemos adentrarnos en un abordaje dentro de la filosofía del idealismo alemán y reflexionar en la concepción de lo lúdico en la música en el vasto campo de la estética moderna de Kant, Schiller y Hegel.

Como bien se ha repetido, la visión del arte kantiano se centra en los parámetros del idealismo alemán donde la estética se estructura a partir del placer de lo bello, entendiendo que tal agrado o contemplación no nace por la utilidad del objeto sino de un estado mental/emocional específico, donde surge un libre juego (Freies Spiel) entre la imaginación y el entendimiento. La experiencia estética no se cierra en los conceptos o en los juicios universales. Aquí nos desprendemos del concepto para dejar que la imaginación juegue con la forma del dispositivo artístico, para que el entendimiento nos organice internamente las percepciones en tanto sentimiento de placer desinteresado[2].

Esto nos permite adentrarnos en la apreciación de la música para Kant al afirmar que ella es, quizás, la expresión más pura de este libre juego del espectro sonoro que no representa a un objeto fijo (como una pintura, por. ej.), sino que la música nos permite volar sin límites en nuestra emoción. ¿Qué encontramos en la música bajo este entorno de la modernidad ilustrada? Varias afirmaciones: la música (la instrumental especialmente), no dice nada en concreto, la música se vive en ausencia de conceptos. Nos lleva a buscar un orden lúdico en el caos de los sonidos. Creando una tensión y una resolución que es cómo el compositor juega con el oyente. Se conforma lo que Kant sugiere como un juego de emociones, de una presencia vibrátil que no requiere palabras, es un libre juego de los sonidos dentro de la forma temporal en que se integra su manifestación.

La música tiene como condición que la escuchamos no precisamente para aprender algo, si no, sobre todo, que nuestras facultades emocionales se adentren en una vibrátil danza temporal sonora. Lo lúdico no es frivolidad, sino esencia misma de la libertad humana: es la intrínseca búsqueda ontológica del ser humano de recrear y construir orden y belleza en el sonido por el puro placer de sentirnos reconciliados y unificados por la más metafísica de las artes, al decir de otro filósofo alemán, Schopenhauer.  

“El arte bello es el arte de la génesis de lo bello, en cuanto que produce un libre juego de las facultades del ánimo”[3], nos afirma Kant. Ante tal proposición pudiéramos agregar otras opciones posibles respecto a ese libre juego.  En nuestro presente esta relación entre lo bello y el juego al que se refiere Kant estaría trasladada a que la obra musical, sin dejar de poseer la cualidad de algo bello para el escucha (¡y para el intérprete o el compositor, en tanto placer vivido!), encontramos que la génesis de la afectación estética lúdica estaría en que aviva el juego de las facultades no sólo del ánimo, y la tensión emocional que pueda provocar, sino también la incursión de la imaginación en la construcción de la experiencia lúdica estética. Lo lúdico despierta un simple juego de las emociones y de la imaginación, más allá de presentarse como objeto bello. Lo bello, pareciera ser, como un estadio contemplativo del espectador, de una representación que nos lleva a conservar una univocidad de apreciación sin fin y más allá del placer. En la experiencia lúdica nos enfrentamos que no sólo es contemplación sino participación, una intensidad que escapa más allá de la representación usual de la visión tradicional del arte. Como bien nos dice sus palabras respecto a su apreciación del arte musical: “La música juega con las sensaciones del oído en el tiempo, como la pintura con las del ojo en el espacio”.[4]  Esto nos muestra su carácter eminentemente lúdico: la música no transmite conceptos o representaciones, sino que organiza el tiempo en vibraciones sonoras que despiertan directamente el sentimiento. La música, bajo esta observación kantiana, lleva a ser apreciada como una manifestación artística que no trasmite conceptos, sino que su finalidad está dirigida a organizar el tiempo en vibraciones sonoras que deslumbran a nuestros sentimientos. En el parágrafo §53 de su Crítica del Juicio añade: “La música, aunque carece de concepto, despierta en el ánimo un libre juego de sensaciones que, por sí mismas, producen placer”[5]. Entrando en una zona entre lo bello y lo agradable, actualizando su carácter lúdico en su condición ontológica. No buscamos significados, nos arrastra dentro de su cortina de vibraciones que se extienden en la temporalidad del sonido, cuyo movimiento sin finalidad es activar la imaginación y la sensación.

En Schiller y en Hegel nos encontramos con una ampliación de esta visión kantiana de lo lúdico. Entramos en el terreno de la libertad estética y en la expresión de la interioridad del alma. Para el primero, como buen representante de la filosofía del idealismo alemán, en sus Cartas sobre la educación del hombre, radicaliza la propuesta kantiana al presentar al impulso del juego (Spiltrieb) en el arte en tanto impulso sensible e impulso formal. Esto es lo requerido para este autor para que aparezca el juego en tanto condición de la posibilidad de la libertad estética, al conducir la obra, gracias a la obra música –en este caso particular- a experimentarse como un ser que se posee como una totalidad reconciliada, al no orientarse lo lúdico musical sino hacia una manifestación pura que encontramos en el impulso del juego, lejos de buscar o llegar a una utilidad o a un conocimiento. Sino una emocionalidad libre que reconcilia el ser con su presente temporal dentro de sí.

Hegel, en sus Lecciones de Estética, nos aparta hacia un campo más sombreado, pues la dinámica de la música nos vincula con nuestra interioridad más subjetiva que, en lenguaje hegeliano, está referido el movimiento del alma o espíritu subjetivo. Advierte, equívocamente, que la música no posee una objetividad conceptual, no llega a comprender que su objetividad conceptual está en la partitura, en la existencia de la obra escrita. Sin embargo, señala que la música tendrá la finalidad de expresar nuestra vida interior a través de su forma sonora, convirtiéndolo en un arte de transición entre lo sensible y lo espiritual.

En estos tres pensadores alemanes podemos comprender que, en Kant, la música no representa conceptos y por ello tiene un espacio privilegiado en el libre juego de la libertad estética subjetiva, individual. Aparece lo lúdico en la música al no obligar a la mente en fijarse en un objeto material determinado, sino permitir que oscile nuestra sensibilidad en el puro movimiento de su sonido, lo cual vendría a ser, desde este intervalo del clasicismo moderno filosófico, la esencia del juicio del gusto. Luego en Schiller esto se eleva a un principio antropológico: lo lúdico estético como la opción de experimentar la libertad de la reconciliación del ser con el mundo. Y Hegel termina refiriendo que el arte musical encarna la idea de una belleza que pregona y nos muestra una libertad subjetiva del alma, en tanto experiencia como juego. Con ello hemos intentado acercarnos al terreno estético de tres pensadores que, entre el bosque filosófico de sus obras, podemos tallar un puente que vincula al arte musical con el sentido lúdico que la constituye tanto en sus elementos ontológicos como en su experiencia estética.


Notas: 

[1] Caillois, Roger. Los juegos y los hombres. Ediciones Siglo XXI, 1979.

[2] Es lo afirmado en el parágrafo §9 del capítulo Del juicio de gusto “El placer que proporciona lo bello surge del libre juego de la imaginación y el entendimiento.”.  Kant, Crítica del Juicio p115.

[3] Ídem 163

[4] Ídem p. 285.

[5] Ídem p.293

 

Bibliografía

Cassirer, Ernst. Kant, vida y doctrina. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 1993.

Caillois, Roger. Los juegos del hombre.  Ediciones Siglo XXI, 1979.

Fubini, Enrico. La estética musical desde la Antigüedad hasta el siglo XX. Madrid: Alianza Editorial, 2001.

Hegel, G. W. F. Lecciones sobre la estética. Madrid: Akal, 2007.

Kant, Immanuel. Crítica del Juicio. Trad. Manuel García Morente. Buenos Aires: Losada, 2003.

Schiller, Friedrich. Cartas sobre la educación estética del hombre. Madrid: Alianza Editorial, 1990.

Schiller, Friedrich. Kallias: Cartas sobre la educación estética del hombre. Barcelona: Anthropos, 1990.




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