Lo lúdico en la música en
Kant, Schiller y Hegel
David De los Reyes
Lo lúdico en la música
lo encontramos tanto en su aprendizaje como en su interpretación, pero no menos
en el escucha atento. La música se presta para realizar juegos físicos (danza,
p.ej), e intelectuales (composiciones e interpretación, p.ej), como también en
su interpretación abierta a la improvisación libre o controlada, y esto nos
lleva a adentrarnos en este arte bien como intérprete o como escucha
participante.
Para el crítico francés Roger
Caillois el juego es una conducta básica humana, ontológica pudiéramos afirmar.
Y la música nos lleva a un espectro metafísico de la existencia, superando la
realidad al agregar el sentido lúdico en nuestras grises vidas. “El juego es una
actividad libre, separada de la vida cotidiana, que permite la expresión de la
creatividad humana”[1]. Concibiendo
la música como un juego sonoro, su sentido lúdico nos lleva a explorar nuevas
ideas y formas de expresión, propiciando el riesgo de la aventura estética y
creativa, que se evidencia en la improvisación musical, en la interpretación
personal y en la simple escucha de una obra, donde navegamos por territorios
subjetivos alternativos, creados en un preciso momento irrepetible. Bajo este
señalamiento anterior podemos adentrarnos en un
abordaje dentro de la filosofía del idealismo alemán y reflexionar en la concepción
de lo lúdico en la música en el vasto campo de la estética moderna de Kant,
Schiller y Hegel.
Como bien se ha
repetido, la visión del arte kantiano se centra en los parámetros del idealismo
alemán donde la estética se estructura a partir del placer de lo bello,
entendiendo que tal agrado o contemplación no nace por la utilidad del objeto
sino de un estado mental/emocional específico, donde surge un libre juego
(Freies Spiel) entre la imaginación y el entendimiento. La experiencia estética
no se cierra en los conceptos o en los juicios universales. Aquí nos
desprendemos del concepto para dejar que la imaginación juegue con la
forma del dispositivo artístico, para que el entendimiento nos organice
internamente las percepciones en tanto sentimiento de placer desinteresado[2].
Esto nos permite
adentrarnos en la apreciación de la música para Kant al afirmar que ella es,
quizás, la expresión más pura de este libre juego del espectro sonoro que no
representa a un objeto fijo (como una pintura, por. ej.), sino que la música nos
permite volar sin límites en nuestra emoción. ¿Qué encontramos en la música
bajo este entorno de la modernidad ilustrada? Varias afirmaciones: la música
(la instrumental especialmente), no dice nada en concreto, la música se
vive en ausencia de conceptos. Nos lleva a buscar un orden lúdico en el caos de
los sonidos. Creando una tensión y una resolución que es cómo el compositor juega
con el oyente. Se conforma lo que Kant sugiere como un juego de emociones,
de una presencia vibrátil que no requiere palabras, es un libre juego de los
sonidos dentro de la forma temporal en que se integra su manifestación.
La música tiene como
condición que la escuchamos no precisamente para aprender algo, si no,
sobre todo, que nuestras facultades emocionales se adentren en una vibrátil danza
temporal sonora. Lo lúdico no es frivolidad, sino esencia misma de la libertad
humana: es la intrínseca búsqueda ontológica del ser humano de recrear y
construir orden y belleza en el sonido por el puro placer de sentirnos
reconciliados y unificados por la más metafísica de las artes, al decir de otro
filósofo alemán, Schopenhauer.
“El arte bello es el
arte de la génesis de lo bello, en cuanto que produce un libre juego de las
facultades del ánimo”[3],
nos afirma Kant. Ante tal proposición pudiéramos agregar otras
opciones posibles respecto a ese libre
juego. En nuestro presente esta
relación entre lo bello y el juego al que se refiere Kant estaría trasladada a
que la obra musical, sin dejar de poseer la cualidad de algo bello para el escucha (¡y para el intérprete o el compositor,
en tanto placer vivido!), encontramos que la génesis de la afectación estética
lúdica estaría en que aviva el juego de las facultades no sólo del ánimo, y la
tensión emocional que pueda provocar, sino también la incursión de la
imaginación en la construcción de la experiencia lúdica estética. Lo lúdico
despierta un simple juego de las emociones y de la imaginación, más allá de
presentarse como objeto bello. Lo bello, pareciera ser, como un estadio
contemplativo del espectador, de una representación que nos lleva a conservar
una univocidad de apreciación sin fin y más allá del placer. En la experiencia
lúdica nos enfrentamos que no sólo es contemplación sino participación, una
intensidad que escapa más allá de la representación usual de la visión
tradicional del arte. Como bien nos dice sus palabras respecto a su apreciación
del arte musical: “La música juega con las sensaciones del oído en el
tiempo, como la pintura con las del ojo en el espacio”.[4] Esto nos
muestra su carácter eminentemente lúdico: la música no transmite conceptos o
representaciones, sino que organiza el tiempo en vibraciones sonoras que
despiertan directamente el sentimiento. La música, bajo esta observación
kantiana, lleva a ser apreciada como una manifestación artística que no
trasmite conceptos, sino que su finalidad está dirigida a organizar el tiempo
en vibraciones sonoras que deslumbran a nuestros sentimientos. En el parágrafo §53
de su Crítica del Juicio añade: “La
música, aunque carece de concepto, despierta en el ánimo un libre juego de
sensaciones que, por sí mismas, producen placer”[5].
Entrando en una zona entre lo bello y lo agradable, actualizando su carácter
lúdico en su condición ontológica. No buscamos significados, nos arrastra
dentro de su cortina de vibraciones que se extienden en la temporalidad del
sonido, cuyo movimiento sin finalidad es activar la imaginación y la sensación.
En Schiller y en Hegel nos encontramos con una
ampliación de esta visión kantiana de lo lúdico. Entramos en el terreno de la
libertad estética y en la expresión de la interioridad del alma. Para el
primero, como buen representante de la filosofía del idealismo alemán, en sus Cartas sobre la educación del hombre,
radicaliza la propuesta kantiana al presentar al impulso del juego (Spiltrieb) en el arte en tanto impulso sensible
e impulso formal. Esto es lo requerido para este autor para que aparezca el
juego en tanto condición de la posibilidad de la libertad estética, al conducir
la obra, gracias a la obra música –en este caso particular- a experimentarse
como un ser que se posee como una totalidad reconciliada, al no orientarse lo
lúdico musical sino hacia una manifestación pura que encontramos en el impulso
del juego, lejos de buscar o llegar a una utilidad o a un conocimiento. Sino
una emocionalidad libre que reconcilia el ser con su presente temporal dentro
de sí.
Hegel, en sus Lecciones
de Estética, nos aparta hacia un campo más sombreado, pues la dinámica de la
música nos vincula con nuestra interioridad más subjetiva que, en lenguaje
hegeliano, está referido el movimiento del alma o espíritu subjetivo. Advierte,
equívocamente, que la música no posee una objetividad conceptual, no llega a
comprender que su objetividad conceptual está en la partitura, en la existencia
de la obra escrita. Sin embargo, señala que la música tendrá la finalidad de
expresar nuestra vida interior a través de su forma sonora, convirtiéndolo en
un arte de transición entre lo sensible y lo espiritual.
En estos tres pensadores alemanes podemos
comprender que, en Kant, la música no representa conceptos y por ello tiene un
espacio privilegiado en el libre juego de
la libertad estética subjetiva, individual. Aparece lo lúdico en la música al
no obligar a la mente en fijarse en un objeto material determinado, sino
permitir que oscile nuestra sensibilidad en el puro movimiento de su sonido, lo
cual vendría a ser, desde este intervalo del clasicismo moderno filosófico, la
esencia del juicio del gusto. Luego en Schiller esto se eleva a un principio
antropológico: lo lúdico estético como la opción de experimentar la libertad de
la reconciliación del ser con el mundo. Y Hegel termina refiriendo que el arte
musical encarna la idea de una belleza que pregona y nos muestra una libertad
subjetiva del alma, en tanto experiencia como juego. Con ello hemos intentado
acercarnos al terreno estético de tres pensadores que, entre el bosque
filosófico de sus obras, podemos tallar un puente que vincula al arte musical
con el sentido lúdico que la constituye tanto en sus elementos ontológicos como
en su experiencia estética.
Notas:
[1] Caillois, Roger. Los juegos y los hombres. Ediciones Siglo
XXI, 1979.
[2] Es lo afirmado en el parágrafo §9 del capítulo Del juicio de gusto “El placer que proporciona lo bello surge del libre juego de la imaginación y el entendimiento.”. Kant, Crítica del Juicio p. 115.
[3] Ídem 163
[4] Ídem p. 285.
[5] Ídem p.293
Bibliografía
Cassirer, Ernst. Kant, vida y doctrina. Ciudad de
México: Fondo de Cultura Económica, 1993.
Caillois, Roger. Los
juegos del hombre. Ediciones Siglo
XXI, 1979.
Fubini, Enrico. La estética musical desde la Antigüedad
hasta el siglo XX. Madrid: Alianza Editorial, 2001.
Hegel, G. W. F. Lecciones sobre la
estética. Madrid: Akal, 2007.
Kant, Immanuel. Crítica del Juicio.
Trad. Manuel García Morente. Buenos Aires: Losada, 2003.
Schiller, Friedrich. Cartas sobre la
educación estética del hombre. Madrid: Alianza Editorial, 1990.
Schiller, Friedrich. Kallias: Cartas sobre la educación estética
del hombre. Barcelona: Anthropos, 1990.
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