Nuestra finalidad es divulgar las ideas filosóficas en el ámbito de la filosofía clínica, presentando diversos ensayos sobre los temas del dolor, la sexualidad, la cultura, la política, la estética, el arte y la ciencia, entre otros. Este blog se edita en Caracas, Venezuela (UCV) y en Guayaquil, Ecuador (Uartes).
viernes, 28 de febrero de 2025
miércoles, 26 de febrero de 2025
John Cage
y la estética del wabi-sabi
David De los Reyes
RSV/DDLR 2024
La
filosofía del wavi-sabi y la obra de John Cage comparten una profunda
conexión que va más allá del ámbito estético y se cohesiona en la experiencia
humana, la percepción del arte y la vida misma. Ambas corrientes, la filosofía
zen y la obra del compositor, desafían las nociones tradicionales de belleza,
perfección y orden, invitando a una apreciación más profunda sobre la
impermanencia y la autenticidad de todo lo que existe en el universo, en un
mundo saturado de expectativas.
El wavi-sabi,
es una concepción filosófica que se centra en la belleza de la imperfección y
la transitoriedad, la cual resuena con la concepción de Cage sobre la música y
el arte. Cage, un compositor y artista innovador y experimental, fue un avanzado
explorador en lo que se considera música y sonido, desafiando las convenciones
establecidas. Su obra, marcada por la experimentación y la aleatoriedad, busca en
detenerse sobre la esencia del momento presente, lo que se identifica
perfectamente con la filosofía wavi-sabi. Una postura oriental que
valora lo efímero y lo natural. En lugar de buscar la perfección técnica, Cage
abrazó la idea de que el sonido y el silencio son igualmente significativos, lo
que refleja la aceptación de la imperfección y la belleza en lo cotidiano.
Una de
las obras más emblemáticas de Cage, 4'33'', es un claro ejemplo de cómo su perspectiva
creadora se alinea con los principios del wavi-sabi. En esta pieza, el
intérprete debe sentarse en silencio durante cuatro minutos y treinta y tres
segundos, invitando al público prestar una escucha atenta a los sonidos del lugar.
Este acto de atención a lo que normalmente no le prestamos nuestros sentidos,
refleja la esencia del wavi-sabi: la belleza se halla en lo simple y lo
momentáneo de nuestra contingencia cotidiana. La obra nos conduce a lo que a
menudo consideramos ruido o perturbación, pudiendo ser una fuente de belleza y
significado si estamos dispuestos a escucharlo y vivirlo.
Además,
la aleatoriedad y el azar en la música de Cage puede verse como una
manifestación del principio wavi-sabe de lo impermanente de la realidad.
Al permitir que los elementos de su composición se desarrollen de manera
espontánea, Cage crea experiencias musicales que siempre serán originales, pues
su ejecución las hace únicas e irrepetibles. Esta idea de que cada
interpretación es diferente y que el proceso es tan importante como el
resultado final se suma a la apreciación
estética vital de la transitoriedad en el wavi-sabi. En este sentido,
tanto Cage como los principios del wavi-sabi nos invitan a abrazar lo
efímero, lo circunstancial, lo cotidiano y a encontrar belleza en la
singularidad de cada momento.
El uso
de materiales no convencionales en la obra de Cage también refleja una estética
wavi-sabi. Sin limitarse a los instrumentos tradicionales, Cage
incorporó objetos cotidianos y sonidos de la naturaleza en su música, diluyendo
las líneas entre el arte y la vida. Esta elección de materiales refleja la
rusticidad y la autenticidad que el wavi-sabi valora, concertado que la
belleza puede encontrarse en lo más insignificante, en aquello que se considera
banal. Al hacerlo, Cage trasciende las nociones tradicionales de lo que
constituye una obra de arte, invitando a una reevaluación de nuestras
percepciones y expectativas.
No puede
dejarse de lado uno de los aspectos que este explorador de sonidos incorpora en sus propuestas
estéticas. Me refiero que la conexión entre el wavi-sabe y la obra de
Cage también se hace presente su enfoque hacia la importancia del silencio como
elemento esencial para que se dé el sonido. Para Cage, el silencio no es
simplemente la ausencia de sonido, sino un espacio lleno de posibilidades. En
este contexto, el silencio se convierte en una especie de un lienzo sobre el
cual se proyectan las experiencias sensoriales, un concepto que hace eco con la
idea wavi-sabi de encontrar belleza en lo que no se muestra. Este
enfoque invita a los oyentes a reflexionar sobre su propia relación con el
sonido, el silencio y el entorno, promoviendo una experiencia más consciente y
apreciativa.
La
filosofía wavi-sabi también se manifiesta en la actitud de Cage hacia la
vida y el arte. Su enfoque zen y su interés por la meditación reflejan una
búsqueda de autenticidad y conexión con el momento presente. Al igual que el wavi-sabi,
Cage nos invita a dejar de lado nuestras expectativas y juicios, y a abrirnos a
la experiencia de lo que es. Este enfoque se traduce en una obra que no solo
busca desafiar las normas, sino también fomentar una mayor comprensión y
apreciación de la vida misma.
En el
ámbito de la música contemporánea, la influencia de Cage y el wavi-sabi
se pueden observar en la forma en que los artistas contemporáneos
experimentales abordan la creación y la interpretación. Frente a la perfección
el orden absoluto de la obra en la música formal y tradicional, la incorporación
de la imperfección y la transitoriedad en las obras musicales ha llevado a una
nueva generación de músicos a explorar nuevas formas de expresión que desafían
las convenciones tradicionales. Al asumir ciertos principios estéticos de Cage,
estos artistas están dispuestos a experimentar con el sonido, el silencio y el
entorno, creando obras que son reflejos de su tiempo y espacio.
Pero
quiero advertir que la relación entre el wavi-sabi y la obra de John
Cage no solo se limita a la estética, sino que también se extiende a una
profunda y permanente filosofía de vida que invita a la introspección y la
apreciación de lo cotidiano en todos sus posibles enfoques perceptuales. Ambas
actitudes, introspección y apreciación de la cotidianidad, nos enseñan a
valorar lo efímero, a encontrar belleza en la imperfección y a abrazar la
singularidad de cada momento. En un mundo que, como hemos advertido antes, a
menudo prioriza la perfección y la uniformidad, el wavi-sabi y Cage nos
recuerdan que la verdadera belleza reside en la autenticidad y en la capacidad
de estar presentes en nuestras experiencias.
Al
final, la obra de Cage y la filosofía del wavi-sabi nos ofrecen un marco
para entender y apreciar el arte y la vida de una manera más profunda, vital y
humana. Nos invitan a cuestionar nuestras percepciones, a abrirnos para crecer
con nuevas experiencias y a encontrar significado en lo que a menudo se pasa
por alto a nuestra consciencia. En este sentido, tanto la obra y vida de Cage
como los principios de la filosofía del wavi-sabi nos proporcionan
herramientas para navegar un mundo complejo y en constante cambio,
recordándonos que la belleza y la autenticidad pueden encontrarse en los
lugares más inesperados y cotidianos.
domingo, 2 de febrero de 2025
Theodor Adorno,
David De los Reyes
Adorno considera el ensayo como su forma predilecta para escribir y reflexionar en torno a los temas de su interés. Su pensamiento se centra en abordar la realidad desde el fragmento, es decir, en expresar la realidad fragmentada que lo habita. Su mirada, crítica hacia la razón universal, tal como lo expone en su obra Dialéctica de la Ilustración, se opone a cualquier intento de concebir al objeto de estudio bajo la pretensión epistemológica de alcanzar un conocimiento universal.
Esta perspectiva fragmentada se vuelve aún más evidente en su enfoque hacia el arte. Para Adorno, la única opción válida para comprender el significado e interpretar una obra es el ensayo. Sabemos que el ensayo siempre presenta una postura personal, donde el análisis y la libertad de pensamiento del autor se manifiestan de forma primordial. Adorno señala que el ensayo tiene la virtud de no someterse ni al rigor de la ciencia ni a las restricciones de la teoría. No es doctrinario; más bien, se asienta en lo efímero, lo cambiante, lo transitorio y lo voluble, lo que lo convierte en un intento de pensar que se opone a la gran filosofía sistemática. El ensayo se erige en lo perecedero, en oposición a la creencia en un concepto determinante y absoluto de una realidad cerrada. Como señala Adorno: "El ensayo no quiere ni puede encerrar su objeto en un sistema cerrado; más bien, se mueve en lo abierto, en lo problemático, en lo incompleto"1.
El ensayo se enfoca, en primer lugar, en un objeto particular, lo que lo hace especialmente adecuado para interpretar una obra de arte. Sin necesidad de contar palabras o páginas, el ensayo está limitado únicamente por la interrupción personal de quien lo escribe. No hay una medida establecida. La medida, si se puede hablar de ella, reside en la forma en que se interpreta y argumenta en torno al objeto artístico concreto y particular elegido. La medida también está en cómo nos lleva a comprender el significado y la existencia de lo tratado. La afinidad de Adorno por el ensayo nos muestra que esta es la forma más adecuada para interpretar y exponer tanto los alcances como las limitaciones de la obra en cuestión.
Respecto a la idea de una filosofía del arte en Adorno, es bien conocida su cercanía a la postura de Hegel, quien propone una estética centrada en la obra de arte, en contraste con Kant, que abarca tanto la estética de la naturaleza como la del arte sin distinción. Con Hegel nos adentramos en la incorporación de la historia en el arte, la cual, de alguna manera, impulsa al autor en su concepción, aunque sea de forma inconsciente. Para Adorno, al igual que para el idealista alemán, el arte es una forma de conocimiento que, de manera indirecta, permite acceder a una lectura de la realidad que funda la obra. Se advierte que, debido a esta influencia histórica, el autor no tiene un control completo sobre lo que produce. Una obra de arte lograda siempre presenta y conserva una autonomía propia en relación con su creador. Por esta razón, no debe intervenir en la interpretación de una obra de arte ni la biografía del autor ni un análisis histórico o cronológico de sus obras. Su análisis y comprensión están más allá de estos detalles externos. Como afirma Adorno: "El arte auténtico se emancipa de las intenciones de su creador y, en su autonomía, deviene en una crítica implícita a la sociedad que lo rodea"2.
El arte, según Adorno, es la libertad en medio de la "ilibertad". Por "ilibertad" se refiere a la condición social impuesta por el tardocapitalismo, mientras que la libertad alude al carácter autónomo y libre de la forma artística. La obra de arte se presenta como protesta, como escándalo, como reclamo, como crítica frente a la opresión social. Es un medio para develar la injusticia y el totalitarismo arraigados en la sociedad, en sus detalles y en las técnicas de dominio que esta impone. Como sabemos, el arte de vanguardia tuvo y sigue teniendo lineamientos basados en estos estandartes de crítica directa y denuncia, lo que históricamente lo llevó a ser reducido, acorralado o prohibido por regímenes dictatoriales. Sin embargo, la diferencia entre un estado totalitario y las democracias, según Adorno, radica en que estas últimas no prohíben las vanguardias. En cambio, las permiten subsistir y las incorporan a la Industria Cultural, apropiándose de ellas, absorbiéndolas y utilizándolas como parte del mecanismo mercantil del mercado de masas contemporáneo. Aunque en algunos países pueda existir censura, el objetivo no es tanto prohibir como neutralizar la crítica, convirtiéndola en un objeto masivo de distribución comercial.
Adorno también se opone al arte comprometido, pues este sigue una línea de pensamiento que predetermina al espectador, dividiendo el mundo entre buenos y malos. Es, en esencia, una crítica social publicitaria que apoya una política específica, terminando por atraer a un público predispuesto a aceptarla. La Industria Cultural, entonces, sabe cómo atemperar y explotar esta visión política para su beneficio. El público que se identifica con esta postura comprometida se convierte en un producto más de consumo. Esto genera una falsa concepción: se presenta una obra que supuestamente se opone a una sociedad opresiva, pero que en realidad se sumerge en la dinámica de producción del sistema que pretende denunciar.
Entre los autores que Adorno reconoce como verdaderamente autónomos en su arte y su posición como artistas se encuentran Samuel Beckett y Franz Kafka. Ambos exponen una realidad alienante y la ponen en evidencia con claridad. Sus obras no buscan parecerse a la sociedad que critican. La angustia y la opresión, la marginalidad y el absurdo, la desesperación y la apatía son las claves de una existencia humana que no pretende reconciliarse con la sociedad en la que transita. Desde esta perspectiva, el arte, en un entorno alienado y opresivo, encuentra en la libertad formal su única posibilidad de felicidad. Como señala Adorno: "La obra de arte, en su autonomía, es la promesa de una reconciliación que no se realiza en la realidad social"3. Si el arte entra en la telaraña de la opresión generalizada, debe también poseer el mecanismo para sustraerse a ella. No debe mirar hacia un pasado idealizado en busca de una edad de oro, sino asumir con seriedad el sufrimiento del presente y, si es posible, señalar una vía de escape al dolor que la sociedad inflige.
Finalizamos señalando que Adorno, con su propuesta de comprender la realidad fragmentada, termina proponiendo en practicar una filosofía paradójica. Paradójica porque por un lado advierte la imposibilidad de sustraerse al mundo en que se vive, y tampoco a su carácter opresivo, injusto, arbitrario. Pero por otro lado nos conmina a mantener la atención sobre la necesidad de resistir. La resistencia, ¿resiliencia? podríamos agregar hoy, a esa doble condición que nos exige el destino de nuestra historia individual y colectiva. En su mirada de comprender los fenómenos y la realidad nos inserta su dialéctica negativa, el pensamiento negativo, en quedarse en el momento de no reconciliación con el sistema y sus contornos factuales. La paradoja filosófica está en asumir la admisión del poder desmesurado que surge desde la misma capacidad producción y consumo, que se nos presenta como un seductor y sugestivo círculo mágico de toda existencia humana, al cual no podemos superar, pero no por ello dejar de oponerse a él para confrontarlo y enmendarlo en la medida que podamos. Sea la realidad opresiva que tengamos ante nuestra vida, nunca perder el hálito que nos lleva continuamente a la necesidad de respirar la resistencia, de resistir.
1. (1)Theodor W. Adorno, Teoría Estética, traducción de Jorge Navarro Pérez (Madrid: Akal, 2012), p. 21.
(2) Theodor W. Adorno, Teoría Estética, p. 131.
3. (3) Theodor W. Adorno, Teoría Estética, p. 199.
sábado, 1 de febrero de 2025
Pensamiento crítico,
una necesidad en tiempos de confusión e
incertidumbre
David
De los Reyes
Introducción
Vivimos
en una era marcada por la sobreabundancia de información, cambios tecnológicos
vertiginosos y una creciente complejidad en los problemas sociales, económicos
y culturales. En este contexto, el pensamiento crítico se presenta como una
herramienta indispensable para navegar en un mundo lleno de incertidumbre y
confusión. Este ensayo aborda la importancia del pensamiento crítico como una
habilidad esencial, no solo para la vida cotidiana, sino también para campos
específicos como la composición musical, donde la creatividad y el razonamiento
autónomo son fundamentales para enfrentar los desafíos del siglo XXI.
La
definición y propósito del pensamiento crítico
El
pensamiento crítico nos permite razonar de manera autónoma, tomar decisiones
informadas e interpretar y resolver problemas complejos en un mundo también
complejo. Según Peter A. Facione, el pensamiento crítico implica "un buen
juicio, casi lo opuesto al pensamiento ilógico, irracional [...] es un
pensamiento que tiene propósito, probar un punto, interpretar lo que algo
significa, resolver un problema [...] son habilidades y actitudes o hábitos que
se caracterizan por su interpretación, análisis, evaluación, inferencia,
explicación y autorregulación"[1]. Esto requiere contar con información
documentada y diversa, discriminar su calidad, trabajar desde la herramienta de
la pregunta y realizar juicios fundamentados desde el análisis y la evaluación
de argumentos y perspectivas.
En
consecuencia, el desarrollo del pensamiento crítico en los individuos tiene que
ver con la capacidad de discernir entre la infinita información que nos llega a
través de los medios de comunicación. En un mundo donde las noticias falsas y
la posverdad se han convertido en fenómenos cotidianos, adquirir estas
habilidades es más urgente que nunca. Según la Real Academia Española, la
posverdad es "la distorsión deliberada de una realidad, que manipula
creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en
actitudes sociales"[2]. Frente a este escenario, el pensamiento crítico se
erige como una herramienta para resistir la manipulación y fomentar una
ciudadanía más informada y activa.
El
pensamiento crítico en la educación y las falacias del sistema actual
A
pesar de su importancia, el pensamiento crítico no siempre es fomentado en los
sistemas educativos tradicionales. Según Matthew Lipman, la educación actual
tiende a centrarse en la transmisión de conocimiento de los profesores hacia
los estudiantes, bajo un paradigma en el que "se considera que los
estudiantes piensan cuando aprenden lo que se les ha enseñado"[3]. Este
enfoque autoritario y memorístico limita el desarrollo de habilidades críticas
y creativas, dejando a los estudiantes incapaces de interpretar datos, realizar
análisis complejos o generar soluciones innovadoras.
Además,
los sistemas educativos no suelen preparar a los estudiantes para reconocer y
evitar falacias en su razonamiento. Como señala Irving Copi, las falacias son
formas de razonamiento que parecen correctas, pero no lo son cuando se analizan
detenidamente [4]. Ferrater Mora las describe como "argumentos falsos con
apariencia de verdad"[5]. Estas falacias, a menudo cometidas de manera
intencional o por ignorancia, dificultan la capacidad de los individuos para
evaluar críticamente la información y los argumentos que encuentran en su vida
diaria.
El
pensamiento crítico en el ámbito laboral y artístico
En
el contexto del siglo XXI, las habilidades de pensamiento crítico, creativo y
la capacidad para resolver problemas se han convertido en requisitos
indispensables en el mercado laboral. Según diversos informes, para el año 2025
estas habilidades serán esenciales para los profesionales y técnicos de
cualquier área. La tecnología está transformando rápidamente el mercado
laboral, y los empleadores buscan personas capaces de adaptarse a estos cambios
mediante el uso de un razonamiento autónomo y creativo.
En
el ámbito artístico, y particularmente en la composición musical, estas
habilidades cobran una relevancia especial. La creación y ejecución musical no
pueden desligarse de los cambios tecnológicos y culturales que afectan a los
mercados y campos artísticos. Los compositores y músicos deben desarrollar un
pensamiento crítico que les permita interpretar y responder a las demandas
estéticas, culturales y formativas de la sociedad. Esto incluye la capacidad de
construir proyectos artísticos que sean pertinentes y significativos en un
mundo globalizado.
El
impacto de la tecnología y la globalización
La
tecnología y la globalización han transformado profundamente la manera en que
interactuamos y comprendemos el mundo. En este contexto, no basta con
participar en el vínculo social inmediato; es necesario tener una comprensión
más amplia de cómo nuestras acciones afectan a nivel global. La interacción ya
no puede entenderse de manera ingenua, sino como una construcción compleja que
requiere habilidades de pensamiento crítico, creativo y autónomo.
La
creatividad, en particular, está estrechamente vinculada con el pensamiento
crítico. Según diversos estudios, la creatividad implica la capacidad de
imaginar y entender problemas desde nuevas perspectivas, aplicando soluciones
innovadoras y efectivas. Esto es especialmente relevante en el ámbito
artístico, donde la imaginación y el razonamiento autónomo son esenciales para
enfrentar los desafíos culturales y tecnológicos del presente.
Conclusión
El
pensamiento crítico no es solo una habilidad deseable, sino una necesidad en
tiempos de confusión e incertidumbre. Ya sea en la vida cotidiana, en el ámbito
laboral o en la creación artística, esta capacidad nos permite enfrentar los
desafíos de un mundo complejo y en constante cambio. Como compositores y
músicos, desarrollar un pensamiento crítico nos ayuda a interpretar y responder
a las demandas culturales y estéticas de nuestra sociedad, al tiempo que nos
prepara para construir proyectos artísticos significativos y trascendentes. En
un mundo donde la posverdad, las noticias falsas y las falacias son moneda
corriente, el pensamiento crítico se convierte en una herramienta indispensable
para navegar con éxito en la era de la información.
Referencias
[1]
Facione, Peter A. Pensamiento Crítico ¿Qué es y por qué es importante? Insight
Assessment, 2007, pp. 2-4.
[2]
Real Academia Española. Diccionario de la lengua española. 23ª ed., 2014.
[3] Lipman, Matthew. Thinking in Education. Cambridge
University Press, 2001, pp. 55-56.
[4]
Copi, Irving M. Introduction to Logic. Macmillan, 1969, pp. 59-91.
[5]
Ferrater Mora, José. Diccionario de Filosofía. Tomo P, Editorial Sudamericana,
1964, p. 369.
Bibliografía
Copi,
Irving M. Introduction to Logic. Nueva York: Macmillan, 1969.
Facione,
Peter A. Pensamiento Crítico: ¿Qué es y por qué es importante? Insight
Assessment, 2007.
Ferrater
Mora, José. Diccionario de Filosofía. Buenos Aires: Editorial
Sudamericana, 1964.
Lipman, Matthew. Thinking in Education. Cambridge:
Cambridge University Press, 2001.
Real
Academia Española. Diccionario de la lengua española. 23ª ed. Madrid:
Real Academia Española, 2014.
miércoles, 1 de enero de 2025
Mi encuentro con
Bernardo Mandeville
David Sparrow (*)
Era una tarde fresca en Londres, donde la bruma del río Támesis se entrelazaba con el bullicio de la ciudad. Yo, David Sparrow, un capitán de navío de aspecto robusto, me recliné en un banco del parque, mi tricornio descansando a mi lado. Como bien sabe quién me ha leído antes, había sido pirata en mi juventud, navegando los mares del Caribe, cosa de la que no me arrepiento en nada, pero pasados los años uno se cansa de aventuras riesgosas en alta mar. Ahora me dedico al comercio de rones, cacao, café y azúcar entre Venezuela y Francia. Cargaba la mayoría de las mercancías en el puerto de Cumana, pero en Carúpano compraba el mejor ron que se conseguía por esos lados de Dios y luego las llevaba al puerto de Le Havre o de Marcella en el país galo. Sin embargo, esa tarde me había dado cita con uno de mis amigos más entrañables, con quien siempre al encontrarnos, era un alegre placer mutuo. Así que, a mi lado y llegado a la hora puntual, me acompañaba mi querido Bernardo Mandeville, un influyente filósofo y escritor de origen holandés, pero que se había vuelto más inglés que mi persona, conocido por sus polémicas ideas sobre la moral, la sociedad y la importancia del vicio sobre la virtud para el desarrollo y la prosperidad de las naciones.
Luego de los inevitables saludos nos sentamos. En un breve silencio observábamos a la gente pasar. Mandeville, era famoso, conocido y maldecido a la vez, por su obra La fábula de las abejas, en la cual desafiaba las normas sociales de su tiempo y exploraba la naturaleza humana con un enfoque satírico y provocador. Al rato comenzamos la conversación y la inicié hablando en torno a la importancia, como era ahora para los dos, de recurrir a compartir una buena compañía siempre que se pueda, lo cual no es muy frecuente en estos tiempos.
—Siempre he pensado que soy un gran amante de la buena compañía. ¿Tú no? —le dije rápidamente, sonriendo con nostalgia.
Bernardo giró la cabeza, su mirada aguda e incisiva se posó sobre mí.
—¡Claro! Es lo que pide una inteligencia despierta. Pero antes de hablar de eso, permíteme describir el tipo de persona con quien yo elegiría conversar, espejo en el que te puedes reflejar tu imagen. Creo que son fundamentales estas palabras para iniciar. Es como podemos comenzar a hablar acerca de un tema. Definiendo sus aristas previas.
Me incliné hacia adelante, interesado en su opinión, pero siempre recordando las noches y sus días en mi nave, donde pocas conversaciones amenas se dan. A no ser por mis intercambios habituales con mi tripulación o con algún oficial del quehacer marino en medio del océano, sobre alguna que otra conversación del día en torno a líquidos y materiales obstáculos que nos impone la navegación o de las faenas en sus pormenores de un bergantín, dado a la tarea de transportar mercancías entre los dos mundos, me quedaba en mi camarote con mi querido instrumento y la música del laúd llenaba el aire y el paso del tiempo mientras chocaban las olas contra el casco del barco.
Queriendo oír las palabras de mi apreciado amigo, lo alenté.
—¡Adelante! Me gustaría escuchar tu opinión de ese buen conversador que piensas entre tus oscuras entrañas de buen conocedor de la especie humana.
—Este individuo ideal del que quiero hablar para tener una buena conversación debería tener ciertas cualidades. Sólo diré algunas entre muchas. En principio, haber sido educado con cuidado, completamente inmerso en nociones de integridad y respeto. Debe tener aversión a la vulgaridad y la deshonestidad. Además, debería dominar nuestro idioma y tener conocimientos de otros, como lo tenemos ambos. Frances y castellano son imprescindibles desde ahora en adelante, así como un entendimiento básico de lenguas clásicas como el latín y el griego, que ayudan a tener una mayor compresión de nuestro ser y nuestro mundo.
Asentí, imaginando a alguien así, un compañero ideal para mis largas travesías por los corredores acuáticos marinos, donde siempre asecha cierto grado de incertidumbre. Por ello he tenido que aprender otras lenguas, las de los nativos de los lugares del Caribe por los que paso en mis viajes. A veces unas palabras conocidas pueden salvarte la vida en esos confines. Y le dije:
—Eso suena coherente. ¿Y qué más?
—También debería conocer las costumbres y tradiciones de épocas pasadas, y estar informado sobre la historia de su país y la sociedad actual; no menos que la de los países que visita y comercia, como es tu caso. Además, debería haber explorado disciplinas científicas y viajado disfrutando de diferentes culturas. Cosas que posees.
Sonreí, recordando mis preocupaciones y andanzas en los lejanos territorios por los que he pasado.
—Suena como alguien muy completo. Pero ¿no crees que es difícil encontrar a alguien así?
—Quizás. Pero cuando un grupo de personas encuentran a uno como él, ya sea por casualidad o porque lo planean invitándolo a una reunión, yo digo que es una buena compañía. La conversación siempre gira entre una que otra referencia efímera, en hablar de nada que no sea interesante o divertido.
Miré alrededor, observando a un grupo de caballeros que discutían animadamente en un rincón de la plaza Garlick Hill, que quedaba cerca del Muelle Three Cranes, donde siempre arribaba a desembarcar mis mercancías.
—Pero a veces, la mayoría de la gente parece disfrutar de la compañía ruidosa, incluso si no es de calidad. Eso es lo habitual. Los momentos de serena conversación no son muy buscados, más bien se tienen por molestos. Entrar en reflexiones algo pertinentes sobre la existencia y la condición humana se evade en la medida que se puede. Para nosotros, creo yo, preferimos la soledad que ese tipo de compañía.
—Exactamente. La mayoría de las personas con buen gusto, bien sabemos, disfrutarán de una conversación amena. Pero si pueden hacer algo más satisfactorio, seguramente dejarán de lado esa charla de bagatelas.
Con los brazos cruzados, me sumí en mis pensamientos, recordando las noches que me esperaban en mi barco, donde debía emprender la travesía atravesando el Canal de la Mancha, hacia las costas de Francia, quedando en compañía de mis libros y la solitaria música con mí laúd, como también a ratos en la escritura de mis historias en mi bitácora de vida, actividades todas ellas que eran mi verdadero refugio en esos tiempos de aislamiento marítimo. Así que le dije a Bernardo una inquietud que me perseguía.
—Entonces ¿Qué tu prefieres estar un poco solo, más que juntarte con tipos ruidosos que buscan permanente hablar sobre su situación de vida?
—Sin duda. Es mejor leer un libro o escribir que pasar la noche con hombres que solo critican, se burlan de sus compañeros y se quejan de los males del mundo, que muchas veces sólo están en su imaginación y no en la realidad cercana a ellos. A veces, prefiero la soledad a la compañía superficial.
Miré al horizonte, donde las nubes comenzaban a oscurecerse, presagiando la llegada de la noche.
—¿Y qué hay de esos que prefieren estar rodeados de gente, incluso si son aburridos?
—La mayoría de los hombres prefieren la compañía, pero no entiendo por qué este amor por estar con otros se considera algo positivo. Los más débiles son quienes más temen estar solos. Acuérdate de nuestro amigo Baruch Spinoza, a quién hace mucho tiempo no visito en Holanda. El cual, decía que un hombre es verdaderamente libre cuando vive por su propia voluntad, no según la de otro; es decir, aquel que sabe gobernarse a sí mismo, sin ser esclavo de sus pasiones. Este individuo puede estar en cualquier lugar, incluso en una habitación y, sin embargo, ser libre. Como nosotros, pues podemos permanecer, en mi caso en mi estudio y en tu caso en tu camarote, estando serenos, sin sentir la molestia de una angustiosa soledad. Todo lo contrario, sabemos bien que en la soledad disfrutamos con nuestra propia intimidad, de nuestros pensamientos y de lo que hacemos. Creo que a quien describimos antes como buena compañía bien puede parecerse esta descripción a la de nuestro tranquilo filósofo judío pulidor de lentes.
Me quedé en silencio, asimilando las palabras de mi amigo, mientras recordaba las veces que había preferido tocar mi laúd en la cubierta de mi barco al llegar a puerto en lugar de unirme a las ruidosas celebraciones en tierra que buscaban los marinos después de obtener su paga. Prefería experimentar el placer de sentir mis dedos recorrer sobre el diapasón y hacer sonar las cuerdas de mi viejo instrumento, interpretando las obras de compositores que he conocido a lo largo de mi vida. Son otros amigos en que las conversaciones solitarias con ellos me llevan a establecer una buena cercanía por la interpretación de sus dulces y melancólicas obras. Ellos son John Dowland, Robert Johnson y Johann Hieronymus Kapsberger, quienes me acompañan con su silencio físico, pero transportándome a un mundo sonoro de serenidad y belleza.
—Entonces, como lo aprecio yo, ¿crees que un hombre sensato puede estar solo sin problemas ante el círculo de su soledad cotidiana?
—Exactamente. Un hombre educado y reflexivo prefiere su soledad antes que lidiar con la tontería de la multitud. Un jardín o un desierto, como los libros o el laúd que encuentras en tu camarote de tu bergantín, pueden ser mejores compañeros que una conversación vacía.
Ambos nos quedamos en silencio, disfrutando de la paz del frío y húmedo atardecer en Londres, sintiendo que la verdadera compañía a veces reside en la creativa soledad reflexiva y en la búsqueda del conocimiento o en el gusto por el placer estético del practicar un arte.
Mientras el sol se ocultaba tras los edificios que se encuentran en torno al Támesis, comprendí que la verdadera riqueza de mi amistad con Bernardo radicaba en la profundidad de nuestras conversaciones. En ese momento, me di cuenta de que, al igual que las melodías que tocaba en mi laúd, la amistad y el conocimiento son las verdaderas notas que dan sentido a mi vida. En la soledad de mi camarote, rodeado de las obras de mis amigos compositores, sabía que siempre encontraría consuelo en los sonidos de la música y en la compañía de mi sereno amigo fabulador sobre la vida de las abejas, donde la belleza de las ideas florecía.
La carta enviada por Mandeville
Al llegar a Marsella, el 19 de diciembre de 1732, me dio el oficial encargado de la capitanía de puerto, la correspondencia enviada desde Londres de mi amigo Bernardo. Él sabía, por lo que hablamos, que al llegar al puerto francés de Le Havre estaría unos días y luego partiría inmediatamente en dirección al Mediterráneo, para descargar la otra parte de mi mercancía en Marsella.
Adelantándose a mi llegada a esa ciudad envió su magnífica carta desde la oficina de correo que está al lado de la iglesia St. Martin-in-the-Field, que queda cerca de su casa y según consta en el formulario de recibido que he tenido que firmar. La misiva refería toda una disertación sobre el último tema que tocamos cuando nos vimos esa tarde cerca del puerto del Támesis. Aquí la transcribo por su valor filosófico para los tiempos por venir y que los amigos de la buena conversación no pierdan de conocer las opiniones de tan preclaro pensador y amigo en estos tiempos azas de oscuridad, demencia, maldad e injusticias a granel.
Querido amigo y capitán David Sparrow
Me alegra mucho saber que estás bien y que tu navío navega con éxito por los mares de Francia. Me gustará, la próxima vez que nos veamos, saber más sobre tus interesantes aventuras y reflexiones en el mar de estos días que tienes por delante, después de tu partida del húmedo Londres. ¡Que no pasen muchos meses para volvernos a ver en la isla! Mientras, te mando estas páginas escritas con mis reflexiones acerca de la cuestión por el que discurrimos en nuestra grata conversación de hace varias semanas atrás, cerca del puerto de Three Crane. ¿Te acuerdas? Donde tratamos sobre un tema que, para ambos, tenía y tiene interés, el saber cómo deberían ser los amigos que nos proporcionan no sólo una buena conversación sino también de una buena compañía. Aquí van mis escuetas palabras sobre ello.
Para empezar, como bien sabes, soy un gran amante de la buena compañía y deseo ofrecerte una descripción del hombre que yo escogería para conversar, con la promesa de que, antes de haberla terminado por completo, descubrirás que es útil, aunque puedas, al principio, tomar por una mera digresión ajena a mi propósito. Voy a reiterar algunas ideas ya mencionadas en nuestra conversa pasada. Disculpa si te parece que repito mucho lo ya hablado en aquella ocasión.
Puedo continuar señalando que una persona de este tipo debe estar, desde una educación temprana y bien dirigida, completamente impregnada de los principios de honor y vergüenza, mostrando siempre una aversión natural hacia todo aquello que conduzca a la impudicia, la vulgaridad o la falta de humanidad. Debe poseer un buen dominio del latín y tener conocimientos básicos de griego, además de manejar uno o dos idiomas modernos, aparte de su lengua materna, como ya hemos mencionado. Ha de estar familiarizado con las costumbres y hábitos de los antiguos, pero profundamente instruido en la historia de su propia nación y en las prácticas de la época en la que vive, así como, si le es posible, en las de los países que haya visitado. Junto con su conocimiento de la literatura clásica y contemporánea, debería haber estudiado alguna ciencia útil, haber visitado cortes y universidades extranjeras, y haber sacado verdadero provecho de sus viajes. Ocasionalmente, debería disfrutar del baile, la esgrima y la equitación, conocer algo de caza y otros pasatiempos al aire libre, pero sin apegarse demasiado a ninguno de ellos, considerándolos como ejercicios beneficiosos para la salud o entretenimientos que no interfieran con sus ocupaciones ni le impidan adquirir cualidades más valiosas. Además, debería tener nociones de geometría, astronomía, anatomía y del funcionamiento y economía del cuerpo humano. Entender de música como para ejecutarla es un logro - ¡cosa que a ti se te da muy bien! -. Sin embargo, hay mucho que podría argumentarse en contra, aunque personalmente preferiría que mi interlocutor tuviera al menos un conocimiento básico de dibujo, lo suficiente como para disfrutar y valorar un paisaje o para describir con claridad cualquier forma o modelo que quisiera explicar, sin que por ello se viera obligado a tomar un lápiz para hacerlo. Además, debería haber estado habituado desde temprana edad a la compañía de mujeres honestas, inteligentes y de conducta intachable. No debería, en ninguna circunstancia, dejar pasar más de una quincena sin mantener una conversación con damas, pues este intercambio fomenta tanto la cortesía como la sensibilidad necesaria en una persona de buen juicio.
No mencionaré los vicios groseros, como ser hipócritamente religioso, putañear más de lo debido, jugar, beber hasta perder la conciencia o reñir en cada sobremesa, todos actos de los cuales nos guarda hasta la más modesta educación; siempre le recomendaría practicar una templada virtud, pero no soy partidario de que un caballero ignore voluntariamente nada de los deslices y desmanes que ocurren en la Corte o en la ciudad. Es imposible que un hombre sea perfecto y, por tanto, puedo admitir algunas faltas si no puedo impedirlas; como, por ejemplo, que entre los diecinueve y los veintitrés años los ardores juveniles puedan a veces vencer su castidad, si lo hace con discreción; o si en alguna ocasión extraordinaria, vencido por la insistente solicitación de alegres camaradas, bebe más de lo que una estricta sobriedad permitiría, siempre que lo haga con poca frecuencia y que no perjudique su salud o su temperamento; o si, ante una gran provocación y con justicia de causa, alguna vez se viera arrastrado a una pelea que la verdadera sensatez y una adhesión menos estricta a las reglas del honor podrían haber evitado, siempre que ello no le ocurra en más de una ocasión; si, como digo, hubiese sido culpable de tales cosas, y nunca hablara ni, mucho menos, se jactara de ellas, podría perdonársele, o por lo menos disculpársele, si más tarde las abandonara y, de allí en adelante, fuera discreto. En ocasiones, los tropiezos de la juventud han logrado infundir temor en los caballeros, llevándolos a desarrollar una prudencia mucho más sólida que la que probablemente habrían alcanzado si no hubieran atravesado tales experiencias. Para mantener a un joven apartado de la depravación y de los actos abiertamente escandalosos, pocas cosas resultan tan efectivas como brindarle acceso regular a una o dos familias nobles que asuman como responsabilidad recibirlo con frecuencia. De esta manera, mientras se alimenta su orgullo, también se le mantiene bajo un constante temor a la vergüenza, lo que contribuye a moldear y refinar su carácter.
Un hombre de regular fortuna, convenientemente preparado como indico, que siga perfeccionándose a sí mismo y se dedique hasta los treinta o cuarenta años a conocer el mundo, no puede ser desagradable para conversar, por lo menos, mientras goce de buena salud y prosperidad y no le ocurra nada que le amargue el carácter. Cuando una persona de esta naturaleza se encuentra, ya sea por casualidad o por decisión, con tres o cuatro semejantes y acuerdan pasar unas horas juntos, a este grupo lo denomino buena compañía. En estas reuniones, nada se dirá que no resulte útil o entretenido para alguien sensato. Es posible que no siempre coincidan en sus opiniones durante la conversación, pero no habrá disputas, ya que cada uno estará dispuesto a ceder primero ante quien piense diferente. Hablarán de manera ordenada, uno a la vez, y con un tono moderado, suficiente para ser escuchados claramente por todos los presentes. El mayor placer de cada participante será el de procurar agradar a los demás, algo que saben que se consigue escuchando con atención y mostrando una actitud aprobatoria, como si cada palabra fuera especialmente valiosa. Las personas con cierto buen gusto sabrán apreciar este tipo de conversación y, con razón, la preferirán a la soledad cuando no tengan otra forma de ocupar su tiempo. Sin embargo, si pueden dedicarse a algo que les prometa una satisfacción más profunda o duradera, seguramente renunciarán a este placer para entregarse a aquello que consideren más significativo. Pero ¿no prefiere uno, aun no habiendo visto un alma en quince días, seguir solo mucho más tiempo, antes que juntarse con tipos ruidosos, que se deleitan en la contradicción y tienen a gala el buscar pelea? ¿Acaso no prefiere quien posee libros dedicarse a leerlos sin cesar o a escribir sobre diversos temas, antes que pasar las noches en tertulias con hombres partidistas que creen que la nación está perdida mientras se permita que sus adversarios políticos sigan existiendo en ella? ¿No es más deseable permanecer solo durante un mes y acostarse antes de las siete, que mezclarse con cazadores de zorros que, tras pasar el día entero intentando inútilmente romperse el cuello, se reúnen por la noche para seguir poniendo en peligro sus vidas bebiendo, y que, en su alegría, emiten dentro de la casa más ruidos que los ladridos de sus perros cuando están tras la presa? No tendría yo en alta estima a un hombre que no prefiriera agotarse caminando o, en caso de estar encerrado, entretenerse esparciendo alfileres por toda la habitación para luego recogerlos, antes que pasar seis horas en compañía de una docena de marineros comunes el día en que reciben su paga.
Reconozco, sin embargo, que la mayoría de las personas, antes que permanecer solas durante un tiempo prolongado, prefieren someterse a las situaciones que he mencionado; pero lo que no logro entender es por qué este amor por la compañía, este intenso deseo de sociabilidad, se interpreta de manera tan favorable hacia nosotros, como si fuera en el ser humano donde reside un valor intrínseco que no se encuentra en otros animales. Pues, si de esta inclinación hacia la compañía y de esta aversión a la soledad se quisiera deducir la bondad de nuestra naturaleza y el noble amor del hombre por su especie, sería razonable esperar que estas características fueran mucho más marcadas y vehementes en los mejores representantes de la humanidad: en los hombres de mayor talento, virtudes sobresalientes y hazañas destacadas, así como en aquellos menos inclinados al vicio. Sin embargo, la realidad demuestra todo lo contrario.
Los espíritus más débiles, los más incapaces de gobernar sus pasiones, las conciencias culpables que aborrecen la reflexión, los inútiles que no pueden producir por sí mismos nada de provecho, son los mayores enemigos de la soledad y los que pueden aceptar cualquier compañía antes que pasarse sin ella; al paso que el hombre educado y prudente, capaz de pensar y contemplar las cosas y al cual muy poco perturban sus pasiones, puede soportar la soledad mucho tiempo sin disgusto; y para evitar el ruido, la necedad y la impertinencia rehuirá veinte compañías; y, en lugar de toparse con algo que desagrade a su buen gusto preferirá su retiro o un jardín, y aun menos que esto, un terreno baldío o un desierto, antes que la vecindad de ciertos hombres.
Estas son mis reflexiones sobre el tema que deseaba hacerte llegar.
Como siempre, me alegra saber que estas bien, y te imagino sobre el timón de tu navío, navegando con éxito en dirección de la proa al puerto de Marsella. Así que te deseo un viaje seguro y próspero. Esperando verte pronto y volver a compartir contigo nuestras conversaciones y reflexiones.
Tu amigo,
Bernardo Mandeville
El 22 de noviembre de 1732, en St. Martin Lane, Londres
(*) Del libro: David Sparrow: Theatrum Caribeum, t.2. Londres. 1757, p.280s
Trad. David De los Reyes, Guayaquil, noviembre 2024



