jueves, 17 de enero de 2013


Rousseau y Suiza (2)*
A los 300 años de su natalicio


Stéphane Garcia


Jean-Jacques Rousseau
*Este artículo ha sido enviado por el Mg Pietro Lazzeri, Secretario adjunto de la Embajada de Suiza en Venezuela, para su publicación en este blog.

La Suiza rústica, democrática y confederada:
un ejemplo para Córcega y Polonia

“Corsos, he ahí el modelo a imitar para retornar a vuestro estado primitivo”: es así como, proponiendo a Suiza como ejemplo, Rousseau concluye su Proyecto de constitución de Córcega (alrededor de 1765)[37]. En el Contrato social (1762) el autor utiliza esencialmente los ejemplos de Esparta y de Roma y sólo se hace alusión al Cuerpo helvético, pero en el Proyecto - redactado por encargo - Suiza ocupa un lugar preponderante en sus recomendaciones a los corsos y polacos para organizar el Estado (Consideraciones sobre el gobierno de Polonia, 1770-71)[38].

Según Rousseau, la principal cualidad de los suizos es precisamente esta rusticidad de la que tan frecuentemente se burlan los intelectuales de la época. “Esta nación rústica”, como la llamaba ya en el Discurso sobre las ciencias y las artes (1750)[39], este “país libre y sencillo, donde en los tiempos modernos es posible encontrar hombres de la antigüedad, mencionado en La nueva Eloísa (1762)[40], alberga habitantes que poseen, según él, las características de los hombres de Esparta o de la Roma primitiva: equidad, humanidad, buena fe, coraje, sencillez de las costumbres…Exactamente como los corsos que describió el historiador griego Diodoro de Sicilia en el siglo I antes de nuestra era. Partiendo de esta premisa, los corsos deberían seguir el ejemplo de los suizos.

El dinero, causa de decadencia

Pero la Suiza “auténtica” que describe Rousseau es más la del pasado que del presente, confrontada desde hace tiempo al dinero corruptor. Como advierte a los corsos el autor del Proyecto de constitución: “La pobreza llegó a Suiza con la circulación del dinero, que introdujo la misma desigualdad en los recursos y las fortunas, y se transformó en el instrumento para adquirir, en desmedro de los que nada tenían.”[41].

Este dinero proviene del servicio mercenario que había nacido en el Renacimiento[42]: al importar el lujo a Suiza, estas tropas al servicio del extranjero pervirtieron las costumbres helvéticas y su “sencillez” ancestral. Rousseau hace suyas las advertencias ya formuladas por Béat de Muralt (Lettre sur les voyages, 1700) o de Albrecht de Haller (1731), quien fustiga el “torrente de costumbres extranjeras que inunda de vicios a toda Helvecia”[43].

El ejemplo que Rousseau propone a la Córcega libre es la Suiza anterior a la ‘decadencia': “Antaño, la Suiza pobre era la que mandaba a Francia, hoy, la Suiza rica tiembla ante el ceño fruncido de un ministro francés”[44].
El mercenariado acarrea el mismo peligro que señala Rousseau en La nueva Eloísa a propósito de los comerciantes ginebrinos, “dispersos en Europa para enriquecerse": “Después de haber adoptado los vicios de los países donde vivieron, [ils] los traen triunfalmente a casa junto con sus tesoros. Así, el lujo de otros pueblos les hace desdeñar su ancestral sencillez, la altiva libertad les parece despreciable; y se forjan cadenas de plata, que se ponen como si fueran ornamentos.”[45].

El apego a la tierra y al terruño

Si los corsos no se dejan corromper por el dinero, podrían perfectamente adoptar el “sistema rústico”[46] suizo.

La primera condición para que esto funcione es enraizar los corsos a la tierra mediante el fomento de la agricultura. Según Rousseau, un pueblo de campesinos no sólo produce buenos soldados, vigorosos, patriotas y prolíficos, sino que garantiza su auto subsistencia, sin dependencia del comercio con el exterior: dos condiciones esenciales para tener independencia política[47].

Córcega, la isla de la belleza, podría muy bien adoptar el sistema democrático: “La democracia es la forma de administración más favorable para la agricultura: al no estar reunida la fuerza en un solo sitio, la distribución del pueblo no es desigual, sino que lo dispersa de manera igualitaria en todo el territorio. En Suiza se observa una aplicación notable de estos principios. En general, Suiza es un país pobre e improductivo. Su gobierno es Republicano. Pero en los cantones más fértiles como Berna, Soleure y Friburgo, el Gobierno es Aristocrático. Y en los más pobres, donde la agricultura es más ingrata y exige más trabajo, el Gobierno es Democrático”[48].

No obstante, Rousseau no promueve el sistema democrático de la Landsgemeinde de algunos cantones suizos[49]; porque este sistema de organización, como señala en el Contrato social, sólo conviene a un Estado muy pequeño, habitado por un pueblo virtuoso y donde reina “una gran igualdad de condiciones y fortunas”, y “poco o ningún lujo”[50].

Para Rousseau, por virtuosos que sean los corsos, el problema es que viven en un territorio demasiado grande como para adoptar este sistema. Les recomienda entonces un gobierno mixto, donde el pueblo se reúna por partes y los depositarios del poder se renueven periódicamente.

El arma del patriotismo

Rousseau exhorta a los polacos, amenazados por los rusos, a seguir el ejemplo de los suizos, que resistieron con éxito las presiones hegemónicas de los Hasburgo[51].

Por ello, según Rousseau, una de las claves de la resistencia polaca está en el sentimiento de pertenencia nacional del pueblo. El espíritu de cuerpo hará que la invasión rusa sea indigesta…para los rusos: “No podréis impedir que os devoren, pero al menos que no puedan digeriros.”[52].

Para avivar la llama del patriotismo polaco, Rousseau recomienda: valorizar las costumbres, conservar el traje tradicional, moderar el lujo y canalizarlo hacia el bien de la nación, educar a los niños en el amor a la patria. Y especialmente: seguir el ejemplo del sistema militar suizo, donde el ciudadano patriota es a la vez el más entusiasta de los soldados: “El Estado no debe quedar sin defensores, lo sé; pero sus verdaderos defensores son todos sus miembros. Todo ciudadano debe ser soldado por deber, ninguno por oficio. Ése fue el sistema militar de los romanos y es hoy el de los suizos.”[53].

Rousseau describe en los siguientes términos el modelo suizo de organización: “En Suiza todo individuo que se desposa debe tener un uniforme, que será su traje de fiesta, un fusil de calibre y todo el equipo de un soldado de infantería, y está inscrito en la compañía de su barrio. Durante el verano, los domingos y los días de fiesta, estas milicias se ejercitan según el siguiente orden: primero, por escuadras pequeñas, luego por compañías y finalmente por regimientos (…), y a nadie se le permite enviar a otro para reemplazarlo para que cada cual se ejercite y todos hagan el servicio.”[54].

El vigor de una confederación

La otra clave para el éxito de los polacos es reformar su estructura estatal. Según el filósofo ginebrino, la dimensión del país es un inconveniente y también una de las causas de la anarquía reinante. Rousseau propone entonces dividir el territorio en pequeñas repúblicas, que funcionen de manera confederativa, como en Suiza.

Volviendo a una idea que ya había enunciado en el Contrato social, Rousseau ve en este cambio de constitución, una doble ventaja: por una parte, estrecha los vínculos entre los ciudadanos y fomenta el patriotismo y, por otra, vela por las finanzas públicas.

“En Suiza los ciudadanos se encargan de todas las funciones que en otras partes de paga para que otros las realicen. Son soldados, oficiales, magistrados, obreros: todo está al servicio del Estado; y, como siempre están dispuestos a sacrificarse, no necesitan pagar además de su bolsillo. Cuando los polacos decidan hacer de esta suerte, no necesitarán tener más dinero que los suizos. Pero si un gran Estado se niega a adoptar las máximas de las pequeñas Repúblicas, que no busque los beneficios sin no se da los medios para obtenerlos. Si Polonia fuese, como yo quiero, una confederación de treinta y tres pequeños Estados, juntaría la fuerza de las grandes Monarquías y la libertad de las pequeñas Repúblicas.”[55].

Voluntad general y soberanía popular

¿Qué pensaría Rousseau del actual sistema político suizo?

¿Qué pensaría Rousseau del actual sistema político de la Confederación?

Esta pregunta puede parecer improcedente a la luz de la evolución de las sociedades y los cambios políticos operados en los dos siglos y medio transcurridos desde la publicación del Contrato social (1762), su obra política más importante. Más aún cuando en sus escritos, Rousseau se refirió mucho más a los modelos de la antigüedad que a los de su época.


No obstante, los Estados modernos son herederos de las teorías políticas del Siglo de las Luces y en la Suiza del siglo XXI las ideas de Rousseau siguen siendo objeto de debate público. Por lo demás, sus principales textos políticos - el Discurso sobre el origen de la desigualdad y el Contrato social - han de entenderse como pautas para el análisis y la evaluación de la legitimidad de los regímenes de su época: en este sentido, participar en este juego del cuestionario imaginario no significa  faltarle el respeto a su autor.”[56].


Sí a la “República”

Evidentemente, le agradaría a Rousseau constatar que en Suiza existe un sistema democrático, que él llamaría “republicano”. Desde las primeras líneas del Contrato social, se congratula por haber nacido bajo este régimen: “Ciudadano de un Estado libre y miembro del poder soberano, por débil que sea la influencia que mi voz ejerza en los asuntos públicos, el derecho que tengo de emitir mi voto impóneme el deber de ilustrarme acerca de ellos. ¡Feliz me consideraré todas las veces que, al meditar sobre las diferentes formas de gobierno, encuentre siempre en mis investigaciones nuevas razones para amar el de mi patria!”.
En esta obra fundamental, el “ciudadano de Ginebra” invoca en apoyo de su teoría el modo de funcionamiento de la república que, en 1754, le restituyó sus derechos cívicos. “He tomado pues vuestra Constitución, que encontraba bella, como modelo de las instituciones políticas”, afirma en las Cartas escritas desde la Montaña (1764). Las instituciones ginebrinas de mediados del siglo XVIII eran, en realidad, muy distintas de cómo Rousseau expone en esta obra, donde las describe no como son sino como desearía fuesen.”[57].

La noción de “República” debe ser entendida en el sentido de cuerpo político, tal como era en la antigua Cité, que es el verdadero modelo del Contrato social. En una república, escribe el autor, "cada uno pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general, y cada miembro es considerado como una parte indivisible del todo." Este acto de asociación - o pacto social - convierte al instante a la persona particular de cada contratante en un cuerpo moral y colectivo, compuesto de tantos miembros como votos tiene la asamblea, que recibe de este mismo acto su unidad, su yo común, su vida y su voluntad. Esta persona pública se constituye así, por la unión de todas las demás.”[58].
La teoría del “pacto social” o del “contrato social” es consecuencia de lo que constata Rousseau en el Discurso sobre el origen de la desigualdad: que el aumento de la desigualdad engendra la servidumbre. En el Contrato social, tras constatar que “El hombre ha nacido libre, y sin embargo, en todas partes vive encadenado”, Rousseau se pregunta: ¿cómo instituir una comunidad política que garantice la igualdad y a la vez la libertad de todos sus miembros?
Rousseau está convencido de que el ser humano es capaz de hacer prevalecer el interés general, el bien común, sin dejar de actuar libremente. Apuesta a que libertad individual y servicio del bien común son conciliables en una sociedad de ciudadanos iguales, siempre y cuando cada uno participe en las decisiones fundamentales y las aplique de manera voluntaria. El fundamento del Estado ha de ser pues un contrato social que comprometa a cada miembro de la sociedad con todos y a todos con cada uno. Este contrato se expresa en las leyes, que los ciudadanos son dueños de modificar libremente.”[59].
Es, pues, República “todo Estado regido por leyes, cualesquiera sea la forma de administración, por que sólo así el interés público gobierna y la cosa pública tiene alguna significación. Todo gobierno legítimo es republicano.”[60].
Sí a la Soberanía popular
Rousseau estaría muy orgulloso de ver que el lenguaje político suizo utiliza habitualmente las palabras y expresiones “pueblo”, “voluntad del pueblo” y “soberano” para designar al cuerpo de ciudadanos.[61].
Para Rousseau, la palabra “Soberano” designa al cuerpo político de ciudadanos que resulta del pacto que vincula a hombres que originalmente son independientes unos de otros. Y “Soberanía” es la posibilidad de que estos ciudadanos puedan actuar e influir políticamente.
La voluntad del pueblo soberano, que Rousseau llama “Voluntad general”, dirige al Estado según el interés común, “pues si la oposición de los intereses particulares ha hecho necesario el establecimiento de sociedades, la conformidad de esos mismos intereses es lo que ha hecho posible su existencia. Lo que hay de común en esos intereses es lo que constituye el vínculo social, porque si no hubiera un punto en el que todos concordasen, ninguna sociedad podría existir.”. Ahora bien, sólo en función de ese interés común debe ser gobernada la sociedad.”[62].
Este concepto de “Voluntad general” constituye una idea original respecto de los contratos concebidos por Hobbes, Locke o Montesquieu: para Rousseau es a los ciudadanos a quienes corresponde defender sus libertades privadas. Siempre es su interés privado el que busca el individuo que se somete a las leyes emanadas de la Voluntad general. Su seguridad personal y la protección de su libertad dependen de esta aceptación, aún si a veces la ley no considera sus preferencias particulares.
La “democracia de concordancia” instituida en Suiza, que permite a los partidos minoritarios hacer oír su voz en los gobiernos y administraciones, contaría ciertamente con su beneplácito, porque “lo que generaliza la voluntad no es tanto el número de votos cuanto el interés común que los une.”[63].El interés general implica por lo tanto velar por que nadie sea excluido. Una ley que se vota por una débil mayoría no puede reflejar la expresión de la Voluntad general. Para Rousseau, una república bien constituida ha de buscar la unanimidad. La cultura del consenso, tan valorada en la política Suiza, se orienta en ese sentido.

No al Parlamento, sí a la democracia semidirecta

“La soberanía no puede ser representada, por la misma razón que no puede ser alienada; consiste esencialmente en la voluntad general y la voluntad no se representa: es una o es otra.”[64].

Sobre la base de este principio de inalienabilidad de la soberanía, Rousseau condena evidentemente la monarquía absoluta, pero simultáneamente despoja de toda legitimidad a los sistemas representativos modernos tal como estos fueron concebidos en el siglo XVIII e implementados en el siglo XIX[65]. En efecto, el pueblo no puede desprenderse de la soberanía legislativa en favor de sus representantes, porque entonces renunciaría a la soberanía en favor del Parlamento, cuya voluntad se transformaría por lo tanto en la voluntad soberana en el Estado.”[66].

Sin embargo, Rousseau debió rendirse a dos evidencias: los modelos republicanos griego y romano, donde no existía sistema de representación alguno, descansaban en la esclavitud, la que hacía posible la participación activa de los ciudadanos en la vida política. Por añadidura, difícilmente se podrían comprar las condiciones políticas en los grandes Estados del siglo XVIII con las existentes en las repúblicas de la antigüedad.

Si bien teóricamente Rousseau rechaza la idea de representación, un principio de realidad lo obligó a matizar su planteamiento y a concebir, en sus Consideraciones sobre el gobierno de Polonia (1770-71), un sistema que podría adoptar un gran Estado moderno.

En Polonia, “el poder legislativo no puede actuar sino por diputación”[67]. Para evitar la corrupción del sistema, el autor plantea dos soluciones: una, renovar frecuentemente los representantes del pueblo, prohibiendo las reelecciones sucesivas. La otra, instituir un sistema de mandatos imperativos, que obligue a los representantes a actuar en la asamblea sólo como voceros del pueblo que los eligió. Ni una libertad en materia legislativa.[68].

El Soberano es dueño de modificar las leyes como quiera, y ésta es la vara con que se puede medir la legitimidad de una república. En este sentido, Rousseau aprobaría la institución suiza del referéndum obligatorio en materia constitucional. Pero quizás emitiría reservas respecto del derecho de iniciativa, que a veces lleva al pueblo a pronunciarse no sobre principios fundamentales sino sobre aspectos específicos cuyos trasfondos no siempre son totalmente claros para él. El único objetivo de la Voluntad general es el interés común y sólo puede decidir sobre medidas generales[69].

Sí a la separación de los poderes legislativo y ejecutivo

Aún cuando la soberanía debe pertenecer necesariamente al pueblo, la potencia ejecutiva, a la que Rousseau llama “administración” o “gobierno”, debe estar idealmente separada de ésta. No por principio, como en Montesquieu, sino porque al transformarse  el legislador en el agente ejecutor de sus propias leyes, tendrá “que desviar su atención de los objetivos generales a los particulares.”[70]. Entonces, casi inevitablemente las pasiones se impondrían por sobre el interés general y, por lo tanto, por sobre el bien público. En consecuencia, debe existir una separación de poderes. En este sistema, el ejecutivo tendrá que estar necesariamente subordinado al legislativo. Según Rousseau, cualesquiera sea la forma que adopte el gobierno, sólo puede ordenar al pueblo las órdenes que recibe del pueblo.

El gobierno puede adoptar diversas formas: monárquica (cuando el pueblo confía su administración a un “magistrado” único), aristocrático (cuando el gobierno recae sobre un reducido número) o democrático (cuando está en manos de todo el pueblo o de la mayoría del pueblo). Pero ¿cuál es la mejor forma de gobierno?

“Si hubiera un pueblo de dioses, se gobernaría democráticamente. Un gobierno tan perfecto no conviene a los hombres.”[71]. Aún si nadie puede interpretar mejor las leyes que quienes las concibieron, el realismo de Rousseau lo descarta. ¿Cómo imaginar un pueblo que se reúna cotidianamente en la plaza pública para ordenar la aplicación de las leyes? Sólo los Estados muy pequeños, habitados por hombres virtuosos, pueden adoptar un sistema como el de la Landsgemeinde[72].

En efecto, Rousseau pone en relación la realidad física, económica y demográfica de un país con el tipo de gobierno que le conviene adoptar. Mientras más grande, rico y poblado es el país, más fuerte ha de ser el gobierno y, por ende, más concentrado debe ser éste. Por ejemplo, la monarquía, el gobierno de uno solo, es el más conveniente para un Estado como Francia, En este caso, Rousseau plantearía la institución de una república monárquica[73]. Según los criterios rousseaunianos, la Suiza actual, un Estado de derecho gobernado por un reducido número de personas (los “siete sabios”), sería entonces una “república aristocrática”.

Un derecho y un deber de control ciudadano

Si bien el Soberano puede y tiene que delegar frecuentemente el poder ejecutivo, es importante que conserve un control riguroso sobre este poder. Y recuperarlo, si es necesario: “Desde el instante en que se reúne el pueblo legítimamente en cuerpo soberano, cesa toda jurisdicción del gobierno; el poder ejecutivo queda en suspenso y la persona del último ciudadano es tan sagrada e inviolable como la del primer magistrado, porque ante el representado desaparece el representante.”

En todo caso, el pueblo debe ejercer un control real sobre la acción del gobierno. Rousseau no sólo otorga este control sobre el ejecutivo al “pueblo reunido”, sino también a cualquier ciudadano, dueño de una fracción de la Soberanía. Los ciudadanos “siempre pueden velar por la administración de las leyes: no sólo es un derecho sino, incluso, un deber”, como afirma en las Cartas escritas desde la montaña.”[74].

Esta exigencia de control que plantea Rousseau es de candente actualidad para las democracias modernas. En primer lugar, porque de la articulación inteligente del Legislativo con el Ejecutivo depende la buena salud del Estado. El abstencionismo de los ciudadanos en las consultas populares es una señal alarmante: “En una ciudad bien gobernada, todos vuelan a las asambleas; bajo un mal gobierno nadie da un paso para concurrir a ellas, ni se interesa por lo que allí se hace, puesto que se prevé que la voluntad general no dominará y que al fin los cuidados domésticos lo absorberán todo. Las buenas leyes traen otras mejores; las malas acarrean peores. Desde que al tratarse de los negocios del Estado, hay quien diga: ¿qué me importa? El Estado está perdido.”[75]

Pero también porque, como observa justamente G. Chenevière, “la ausencia de este control es la que desarrolla a través del mundo el sentimiento de que el sistema político abandona a los ciudadanos, de que el vínculo social se rompe, y de que la democracia representativa no refleja el interés general.”[76].

Referencias biográficas
1712 | 28 de junio: Nace en Ginebra Jean-Jacques Rousseau - Grand-Rue nº 40. Su madre, Suzanne Bernard, fallece a consecuencias del parto. Hijo, nieto y bisnieto de relojeros por línea paterna. Isaac, su padre, había vivido en Constantinopla entre 1705 y 1711 como relojero del serrallo. Tiene un hermano, François, siete años mayor, con quien perderá todo   contacto.
1717 | Isaac Rousseau se instala con sus dos hijos en el barrio popular de Saint-Gervais, Ginebra.
1722 | Su padre, por una riña, se radica en Nyon. Jean-Jacques queda internado en Bossey, en casa del pastor Lambercier.
1724 | Jean-Jacques retorna a Ginebra y vive con su tío materno. Aprendiz de notario.
1725 | Aprendiz de grabador hasta 1728.
1728 | Huye de Ginebra y viaja a Annecy, donde vive en casa de la señora de Warens. Viaja a Turín y abjura del protestantismo.
1729 | Regresa Annecy. Ingresa al seminario de la catedral.        
1730-31 | Viaja a pie en la Suiza romanda. Da clases de música.
1735-42 | Estancia en las Charmettes (Chambéry); inicio de su relación con la señora de Warens.
1737 | Al alcanzar la mayoría de edad según la ley ginebrina, viaja de incógnito a Ginebra para reclamar la herencia de su madre.
1740 | Preceptor en casa de la familia de Mably, en Lyon.
1742 | Expone en la Academia de ciencias de París su Proyecto de nueva anotación para la música.
1743 | Secretario del embajador de Francia en Venecia.
1744 | Regresa a París.
1745 | Comienza su relación con Thérèse Levasseur, su futura esposa.
1746 | Frecuenta a Condillac y Diderot.
1749 | Colabora con la Enciclopedia.
1750 | La Academia de ciencias de Dijon premia el Discurso sobre las ciencias y las artes.
1752 | Representación ante Luis XV de la pastoral El Adivino de la aldea
1754 | Viaja a Ginebra, se reincorpora a la iglesia protestante y recobra sus derechos ciudadanos.
1755 | Publica el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. Redacta para la Enciclopedia el artículo “Economía política”.
1756 | Se instala en el Ermitage de Montmorency, en casa de la señora d’Epinay.
1757 | Rompe con Diderot y con la señora d'Epinay. Responde al artículo “Ginebra” de la Enciclopedia, firmado por d'Alembert.
1758 | Carta a d'Alembert sobre los espectáculos. Termina Julia o La nueva Eloísa.
1759 | Entabla amistad con el mariscal de Luxemburgo, se radica en Montmorency.
1761 | Publicación de Julia o La nueva Eloísa.
1762 | Publicación del Contrato social y del Emilio o de la Educación, que son quemados en París y en Ginebra. Se dicta orden de arresto contra Rousseau. Huye a Suiza. Se instala con Thérèse en Môtiers.
1763 | Naturalizado neufchatelés, renuncia a su ciudadanía ginebrina.
1764 | Publicación de las Cartas escritas desde la montaña. Voltaire escribe un panfleto contra Rousseau. Nace su pasión por la botánica. Comienza a redactar las Confesiones.
1765 | Condena en París de las Cartas escritas desde la montaña. Los habitantes de Môtiers lo expulsan. Huye a la isla de Saint Pierre, en el lago de Biel, de donde lo expulsan las autoridades bernesas.
1766 | Viaja a Inglaterra con Thérèse, invitado por Hume. Ruptura con Hume.
1767 | Retorna a Francia bajo un seudónimo, vive en el norte de París en casa del príncipe de Conti.
1768 | Estancia en Lyon, Grenoble y Bourgoin. Se casa con Thérèse.
1769 | Redacta la segunda parte de las Confesiones.
1770 | Regresa a París; trabaja nuevamente como copista de música; lecturas públicas de las Confesiones.
1770-71 | Escribe Consideraciones sobre el Gobierno de Polonia.
1774-76 | Compone Dafnis y Cloé, pastoral inconclusa.
1776-78 | Escribe las Ensoñaciones del paseante solitario.
1778 | 2 de julio: Muere en Ermenonville y es sepultado en la isla des Peupliers.
1782 | Publicación póstuma de las Ensoñaciones del paseante solitario y de las Confesiones.
1794 | Traslado de sus restos al Panteón, París.
1801 | Muerte de su esposa Thérèse sin descendencia (entre 1746 y 1752, entregaron cinco hijos a la Inclusa de París).

Principales amigos y relaciones epistolares suizos de Jean-Jacques Rousseau:

·         Boy de la Tour, Julie-Anne-Marie (1715-1780): de la familia Roguin, de Yverdon, con quien Rousseau mantiene estrecha amistad y que pone a su disposición la casa familiar de Môtiers.
·         Bondeli, Julie von (1731-1778): hija de un notable de Berna, admiradora incondicional de Rousseau, y quien tiene un salón literario en Berna.
·         Delessert, Madeleine-Catherine (Boy de la Tour de soltera) (1747-1816): en 1762, Rousseau se encariña con la hija de Julie Boy de la Tour, en Yverdon: una joven de 15 años cuya inteligencia lo seduce y a quien llamará "prima".
·         Deluc, Jacques-François (1698-1780): relojero ginebrino, amigo y admirador de Rousseau. Su más ardientes defensor desde 1762.

·         Du Peyrou, Pierre-Alexandre (1729-1794): rico heredero de protestantes franceses, radicado en Neuchâtel, amigo y albacea de Rousseau. Es uno de los editores de sus obras completas (Ginebra, 1780-1789).
·         Gingins, Victor de, señor de Moiry (1708-1776): miembro del senado de Berna, bailío de Yverdon, autor de la novela Le Bacha de Bude, acoge amablemente a Rousseau en Yverdon, en 1762. Sin embargo, las presiones de las autoridades bernesas obligan a Rousseau a refugiarse en Neuchâtel.
·         Graffenried, Karl Emmanuel von (1732-1780): bailío de Nidau, de la que dependía la isla de Saint-Pierre. Expulsa a Rousseau, pero contra su voluntad, pues lo aprecia.
·         Jallabert, Jean (1712-1768): teólogo, sabio y consejero ginebrino. En 1762 asume la defensa de Rousseau ante el Pequeño Consejo, y le será siempre fiel.
·         Kirchberger, Niklaus Anton (1739-1799): notable bernés, interesado en temas religiosos, visita a Rousseau en Môtiers y luego en la isla de Saint-Pierre.
·         Roguin, Daniel (1691-1771): ex oficial al servicio de Holanda, luego banquero en París donde entabla amistad con Rousseau. Se retira a Yverdon en 1761, y allí acoge a su amigo exiliado. Rousseau lo cita en la Nueva Eloísa.
·         Tissot, Samuel-Auguste-André (1728-1797): conocido médico de Lausana, gran admirador de Rousseau. Después de su condena en 1762, lo defiende contra Haller y lo visita en Yverdon.
·         Usteri, Leonhard (1741-1789): pastor zuriqués, lector entusiasta de La nueva Eloísa, visita a Rousseau en Montmorency, en 1761, luego en Môtiers, en 1764. Muy interesado entre otros por los principios pedagógicos del Emilio. Intermediario entre Rousseau y Salomon Gessner (1730-1788), pintor, poeta y editor zuriqués.
·         Wegelin, Jakob (1721-1791): pastor de Saint-Gall, y en 1765, profesor de historia en Berlín, admirador de Rousseau, a quien visita en Môtiers. Tradujo al alemán la Carta a d'Alembert, publicada en Zurich en 1761.


Notas


[1] OC III, pág. 914-915.
[2] Sobre el contexto en que se redactaron estos dos manuscritos, consultar: Introducción de T. L'Aminot a Textes politiques de Jean-Jacques Rousseau [Textos políticos de Jean-Jacques Rousseau], Lausana, L'Âge de l'Homme, 2007.
[3] OC III, pág. 11.
[4] OC II, pág. 60
[5] OC III, pág. 916.
[6] A mediados del siglo XVIII hay 77.000 mercenarios en el extranjero, 23.000 de ellos en Francia, para una población total de 1,5 millones de habitantes. Nouvelle histoire de la Suisse et des Suisses, [Nueva historia de Suiza y de los suizos] 1985, pág. 423.
[7] Jean-Jacques Rousseau, De la Suisse, [Acerca de Suiza], edición crítica, por F. S. Eigeldinger, París, H. Champion, 2002, pág.76-77.
[8] OC III, pág. 916-917
[9] OC II, pág. 658.
[10] OC III, pág. 903.
[11] Tras un alzamiento popular contra la dominación genovesa, Córcega conoció un período de independencia, entre 1729 y 1769.
[12] OC III, pág. 906. Rousseau funda la distinción de los gobiernos según el número de sus miembros. Considera que, en general, a los grandes Estados conviene un gobierno monárquico, a los medianos, la aristocracia (idealmente electiva), y a los pequeños, la democracia. En consecuencia, una república puede ser monárquica en su modo de administración.
[13] Los cantones suizos de Landsgemeinde son: Uri, Schwytz, Glaris, Nidwald, Obwald y los dos Appenzell.
[14] OC III, pág. 405. Del Contrato social es esta famosa frase: “Cuando se ve cómo en los pueblos más dichosos del mundo un montón de campesinos arreglaba bajo una encina los negocios del Estado conduciéndose siempre sabiamente ¿puede uno dejar de despreciar los refinamientos de otras naciones que se vuelven ilustres y miserables con tanto arte y tanto misterio?” (Libro 4, cap. 1).

[15] F. Ramel y J.-P. Joubert, Rousseau et les relations internacionales [Rousseau y las relaciones internacionales], París, L'Harmattan, 2000, pág. 139-149.
[16] OC III, pág. 959-960.
[17] OC III, pág. 1014.
[18] OC III, pág. 1015.
[19] OC III, pág. 1010.
[20] Así lo demuestran los artículos publicados en el diario Le Temps: Guillaume Chenevière, Que penserait Jean-Jacques Rousseau de l'initiative anti-minarets? [¿Qué pensaría Jean-Jacques Rousseau del proyecto anti-minaretes?] (14 de enero de 2010) y Rousseau, écrivain politique pour le XXIe siècle [Rousseau, escritor político para siglo XXI] (22 de junio de 2011), en respuesta al artículo de Beat Kappeler, Relire Rousseau…avec l'oeil critique [Releer a Rousseau... con ojo crítico], 11 de junio de 2011. Asimismo, Philippe Roch consagra algunas de las páginas de su obra Dialogue avec Jean-Jacques Rousseau sur la nature [Diálogo con Jean-Jacques Rousseau sobre la naturaleza], Ginebra, Labor et Fides, 2012, a comparar el enfoque rousseauniano de la naturaleza con la ecología política de las últimas décadas.
[21] F. Jost, Jean-Jacques Rousseau suisse, [Jean-Jacques Rousseau suizo]Friburgo, Ed. Universitaires, 1961, tomo I, pág. 287.
[22] OC III, pág. 361.
[23] Sobre la teoría política de Rousseau, ver la obra clásica de R. Derathé, Jean-Jacques Rousseau et la science politique de son temps [Jean-Jacques Rousseau y la ciencia política de su tiempo], París, 1950 (reedición en 1995). Rousseau hace un resumen de su Contrato social en el libro V del Emilio.
[24] OC III, pág. 379-380.
[25] Estos términos o expresiones ya no se utilizan prácticamente en Franciay han sido reemplazados por opinión pública y cuerpo electoral. Todavía se utiliza en Suiza el término magistrado para nombrar a los miembros de los estamentos del poder ejecutivo, como en Rousseau, mientras que en Francia ya no se aplica más que a los jueces.
[26] 62 OC III, pág. 368
[27] OC III, pág. 374.
[28] OC III, pág. 429.
[29] R. Édrate (op. cit. pág. 273) recuerda que en esta época la concepción de representación no era en absoluto democrática. El pueblo se limitaba a elegir a sus representantes, no un programa político.
[30] C Rousseau condenó inequívocamente el sistema inglés de la época: “El pueblo inglés piensa que es libre y se engaña: lo es solamente durante la elección de los miembros del parlamento; tan pronto como estos son elegidos, vuelve a ser esclavo, no es nada.” (OC III, pág. 430).
[31] Consideraciones sobre el gobierno  de Polonia, cap. VII (OC III, pág. 972 y siguientes).
[32] Retoma una idea del Contrato social (OC III, pág. 429-430): “Los diputados del pueblo pues no son ni pueden ser sus representantes, son únicamente sus comisarios y no pueden resolver nada definitivamente. Toda Ley que el Pueblo en persona no ratifica es nula. No es una ley”.
[33] Ver G. Chenevière, Que penserait Jean-Jacques Rousseau de l'initiative anti-minarets? [¿Que pensaría Jean-Jacques Rousseau de la iniciativa anti-minaretes?] (Le Temps, 14 de enero de 2010).
[34] OC III, pág. 404.
[35] OC III, pág. 406.
[36] Ver más arriba: La Suisse rustique, démocratique et confédérale: un exemple pour la Corse et la Pologne [La Suiza rústica, democrática y confederal: un ejemplo para Córcega y Polonia].OC III, pág. 380.
[37]OC III, pág. 380.
[38] OC III, pág. 845.
[39]. OC III, pág. 429.
[40]. Rousseau, une histoire genevoise, Ginebra, Labor et Fides, 2012, pág. 18.



Decálogo del Populismo Iberoamericano

Enrique Krauze
(Tomado del El País, 13 de octubre de 2012)

Caricatura de Weill

El populismo en Iberoamérica ha adoptado una desconcertante amalgama de posturas ideológicas. Izquierdas y derechas podrían reivindicar para sí la paternidad del populismo, todas al conjuro de la palabra mágica: "pueblo". Populista quintaesencial fue el general Juan Domingo Perón, quien había atestiguado directamente el ascenso del fascismo italiano y admiraba a Mussolini al grado de querer "erigirle un monumento en cada esquina". Populista posmoderno es el comandante Hugo Chávez, quien venera a Castro hasta buscar convertir a Venezuela en una colonia experimental del "nuevo socialismo". Los extremos se tocan, son cara y cruz de un mismo fenómeno político cuya caracterización, por tanto, no debe intentarse por la vía de su contenido ideológico, sino de su funcionamiento. Propongo 10 rasgos específicos.

1) El populismo exalta al líder carismático. No hay populismo sin la figura del hombre providencial que resolverá, de una buena vez y para siempre, los problemas del pueblo. "La entrega al carisma del profeta, del caudillo en la guerra o del gran demagogo", recuerda Max Weber, "no ocurre porque lo mande la costumbre o la norma legal, sino porque los hombres creen en él. Y él mismo, si no es un mezquino advenedizo efímero y presuntuoso, 'vive para su obra'. Pero es a su persona y a sus cualidades a las que se entrega el discipulado, el séquito, el partido".

2) El populista no sólo usa y abusa de la palabra: se apodera de ella. La palabra es el vehículo específico de su carisma. El populista se siente el intérprete supremo de la verdad general y también la agencia de noticias del pueblo. Habla con el público de manera constante, atiza sus pasiones, "alumbra el camino", y hace todo ello sin limitaciones ni intermediarios. Weber apunta que el caudillaje político surge primero en los Estado-ciudad del Mediterráneo en la figura del "demagogo". Aristóteles (Política, V) sostiene que la demagogia es la causa principal de "las revoluciones en las democracias" y advierte una convergencia entre el poder militar y el poder de la retórica que parece una prefiguración de Perón y Chávez: "En los tiempos antiguos, cuando el demagogo era también general, la democracia se transformaba en tiranía; la mayoría de los antiguos tiranos fueron demagogos". Más tarde se desarrolló la habilidad retórica y llegó la hora de los demagogos puros: "Ahora quienes dirigen al pueblo son los que saben hablar". Hace veinticinco siglos esa distorsión de la verdad pública (tan lejana a la democracia como la sofística de la filosofía) se desplegaba en el Ágora real; en el siglo XX lo hace en el Ágora virtual de las ondas sonoras y visuales: de Mussolini (y de Goebbels) Perón aprendió la importancia política de la radio, que Evita y él utilizarían para hipnotizar a las masas. Chávez, por su parte, ha superado a su mentor Castro en utilizar hasta el paroxismo la oratoria televisiva.

3) El populismo fabrica la verdad. Los populistas llevan hasta sus últimas consecuencias el proverbio latino "Vox populi, Vox dei". Pero como Dios no se manifiesta todos los días y el pueblo no tiene una sola voz, el gobierno "popular" interpreta la voz del pueblo, eleva esa versión al rango de verdad oficial, y sueña con decretar la verdad única. Como es natural, los populistas abominan de la libertad de expresión. Confunden la crítica con la enemistad militante, por eso buscan desprestigiarla, controlarla, acallarla. En la Argentina peronista, los diarios oficiales y nacionalistas -incluido un órgano nazi- contaban con generosas franquicias, pero la prensa libre estuvo a un paso de desaparecer. La situación venezolana, con la "ley mordaza" pendiendo como una espada sobre la libertad de expresión, apunta en el mismo sentido: terminará aplastándola.

4) El populista utiliza de modo discrecional los fondos públicos. No tiene paciencia con las sutilezas de la economía y las finanzas. El erario es su patrimonio privado que puede utilizar para enriquecerse y/o para embarcarse en proyectos que considere importantes o gloriosos, sin tomar en cuenta los costos. El populista tiene un concepto mágico de la economía: para él, todo gasto es inversión. La ignorancia o incomprensión de los gobiernos populistas en materia económica se ha traducido en desastres descomunales de los que los países tardan decenios en recobrarse.

5) El populista reparte directamente la riqueza. Lo cual no es criticable en sí mismo (sobre todo en países pobres hay argumentos sumamente serios para repartir en efectivo una parte del ingreso, al margen de las costosas burocracias estatales y previniendo efectos inflacionarios), pero el populista no reparte gratis: focaliza su ayuda, la cobra en obediencia.

"¡Ustedes tienen el deber de pedir!", exclamaba Evita a sus beneficiarios.

Se creó así una idea ficticia de la realidad económica y se entronizó una mentalidad becaria. Y al final, ¿quién pagaba la cuenta? No la propia Evita (que cobró sus servicios con creces y resguardó en Suiza sus cuentas multimillonarias), sino las reservas acumuladas en décadas, los propios obreros con sus donaciones "voluntarias" y, sobre todo, la posteridad endeudada, devorada por la inflación. En cuanto a Venezuela (cuyo caudillo parte y reparte los beneficios del petróleo), hasta las estadísticas oficiales admiten que la pobreza se ha incrementado, pero la improductividad del asistencialismo (tal como Chávez lo practica) sólo se sentirá en el futuro, cuando los precios se desplomen o el régimen lleve hasta sus últimas consecuencias su designio dictatorial.






6) El populista alienta el odio de clases. "Las revoluciones en las democracias", explica Aristóteles, citando "multitud de casos", "son causadas sobre todo por la intemperancia de los demagogos". El contenido de esa "intemperancia" fue el odio contra los ricos: "Unas veces por su política de delaciones... y otras atacándolos como clase (los demagogos) concitan contra ellos al pueblo". Los populistas latinoamericanos corresponden a la definición clásica, con un matiz: hostigan a "los ricos" (a quienes acusan a menudo de ser "antinacionales"), pero atraen a los "empresarios patrióticos" que apoyan al régimen. El populista no busca por fuerza abolir el mercado: supedita a sus agentes y los manipula a su favor.

7) El populista moviliza permanentemente a los grupos sociales. El populismo apela, organiza, enardece a las masas. La plaza pública es un teatro donde aparece "Su Majestad El Pueblo" para demostrar su fuerza y escuchar las invectivas contra "los malos" de dentro y fuera. "El pueblo", claro, no es la suma de voluntades individuales expresadas en un voto y representadas por un Parlamento; ni siquiera la encarnación de la "voluntad general" de Rousseau, sino una masa selectiva y vociferante que caracterizó otro clásico (Marx, no Carlos, sino Groucho): "El poder para los que gritan el poder para el pueblo".

8) El populismo fustiga por sistema al "enemigo exterior". Inmune a la crítica y alérgico a la autocrítica, necesitado de señalar chivos expiatorios para los fracasos, el régimen populista (más nacionalista que patriota) requiere desviar la atención interna hacia el adversario de fuera. La Argentina peronista reavivó las viejas (y explicables) pasiones antiestadounidenses que hervían en Iberoamérica desde la guerra del 98, pero Castro convirtió esa pasión en la esencia de su régimen, un triste régimen definido por lo que odia, no por lo que ama, aspira o logra. Por su parte, Chávez ha llevado la retórica antiestadounidense a expresiones de bajeza que aun Castro consideraría (tal vez) de mal gusto. Al mismo tiempo hace representar en las calles de Caracas simulacros de defensa contra una invasión que sólo existe en su imaginación, pero que un sector importante de la población venezolana (adversa, en general, al modelo cubano) termina por creer.

9) El populismo desprecia el orden legal. Hay en la cultura política iberoamericana un apego atávico a la "ley natural" y una desconfianza a las leyes hechas por el hombre. Por eso, una vez en el poder (como Chávez) el caudillo tiende a apoderarse del Congreso e inducir la "justicia directa" ("popular, bolivariana"), remedo de Fuenteovejuna que, para los efectos prácticos, es la justicia que el propio líder decreta. Hoy por hoy, el Congreso y la Judicatura son un apéndice de Chávez, igual que en Argentina lo eran de Perón y Evita, quienes suprimieron la inmunidad parlamentaria y depuraron, a su conveniencia, al Poder Judicial.

10) El populismo mina, domina y, en último término, domestica o cancela las instituciones de la democracia liberal. El populismo abomina de los límites a su poder, los considera aristocráticos, oligárquicos, contrarios a la "voluntad popular". En el límite de su carrera, Evita buscó la candidatura a la vicepresidencia de la República. Perón se negó a apoyarla. De haber sobrevivido, ¿es impensable imaginarla tramando el derrocamiento de su marido? No por casualidad, en sus aciagos tiempos de actriz radiofónica, había representado a Catalina la Grande. En cuanto a Chávez, ha declarado que su horizonte mínimo es el año 2020. 

¿Por qué renace una y otra vez en Iberoamérica la mala yerba del populismo? Las razones son diversas y complejas, pero apunto dos. En primer lugar, porque sus raíces se hunden en una noción muy antigua de "soberanía popular" que los neoescolásticos del siglo XVI y XVII propagaron en los dominios españoles y que tuvo una influencia decisiva en las guerras de Independencia desde Buenos Aires hasta México. El populismo tiene, por añadidura, una naturaleza perversamente "moderada" o "provisional": no termina por ser plenamente dictatorial ni totalitario; por eso alimenta sin cesar la engañosa ilusión de un futuro mejor, enmascara los desastres que provoca, posterga el examen objetivo de sus actos, doblega la crítica, adultera la verdad, adormece, corrompe y degrada el espíritu público.

Para calibrar los peligros que se ciernen sobre la región, los líderes iberoamericanos y sus contrapartes españolas, reunidos todos en Salamanca, harían muy bien en releer a Aristóteles, nuestro contemporáneo. Desde los griegos hasta el siglo XXI, pasando por el aterrador siglo XX, la lección es clara: el inevitable efecto de la demagogia es "subvertir a la democracia".

Nota: Enrique  Krauze es escritor mexicano, director de la revista Letras Libres y autor, entre otros libros, de Travesía liberal.

martes, 1 de enero de 2013



Popper o el oficio de la crítica


Carlos Blank




“Habría amado la libertad, creo yo,
en cualquier época, pero en los tiempos
en que vivimos me siento
inclinado a adorarla”.
Alexis de Tocqueville


Breve reseña biográfica

Este año se cumplieron 110 del nacimiento de Karl Raimund Popper, ocurrido en Viena el 28 de julio de 1902. Él perteneció, sin ningún género de dudas, a esa admirable élite de creadores que floreció en la capital del imperio austro-húngaro entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Sin embargo, su importancia no reside tanto en la originalidad de sus ideas como en la fuerza y claridad con las cuales las defendió.

Al finalizar la Primera Guerra Mundial, contando apenas 17 años, se decepciona del partido comunista, en el cual militó durante unos pocos meses. Desde entonces se convirtió en uno de los más fervientes críticos del método violento que promovía el marxismo, el cual le parecía poco racional y científico. Hasta el final se mantuvo fiel a la creencia de que el socialismo supone la pérdida de la libertad a expensas de la igualdad y, por tanto, del sacrificio de la propia igualdad y dignidad humanas. Esto lo llevó a reflexionar sobre la verdadera actitud racional que debe comportar la empresa científica, reflexión que nunca abandonaría. Mantuvo una posición crítica hacia el positivismo lógico del Círculo de Viena, llegando a ser considerado como la "oposición oficial" de ese grupo.


En 1937, un año antes de la anexión de Austria por parte de Alemania, llegó a Nueva Zelanda, donde se mantuvo hasta la finalización de la guerra. Allí escribió La sociedad abierta y sus enemigos, libro que lo dará a conocer internacionalmente y en el cual realiza una interpretación, por demás interesante, acerca de los orígenes del totalitarismo. Gracias a la mediación de sus amigos vieneses, Ernst Gombrich y Friedrich Hayek, llega a Londres en 1946. Ocupó la cátedra de Metodología de la Ciencia en la London School of Economics, jubilándose en 1969. Hasta su fallecimiento, ocurrido en Londres el 17 de septiembre de 1994, se mantuvo activo y pudo disfrutar de múltiples honores y reconocimientos. Su influencia se extendió a latitudes bastante alejadas de su Viena natal, como China y Japón. Todo parece indicar que esta influencia sea cada vez mayor y que pase a ser reconocido como uno de los grandes pensadores de la cultura occidental. 



Todo conocimiento es conjetural

No es exagerado considerar esta afirmación como el núcleo a partir del cual se articula todo su pensamiento. Esta simple idea constituye un punto de ruptura con la corriente dominante de la tradición occidental, según la cual el conocimiento entraña necesidad y certeza, autoridad y seguridad, a diferencia del carácter contingente o probable de las opiniones humanas. Esta idea choca contra la creencia de que existen fundamentos firmes y definitivos del conocimiento, e introduce la necesidad de revisar constantemente los conocimientos mejor establecidos. Para Popper esta disposición a la revisión crítica del conocimiento humano tiene su origen en la tradición de los primeros pensadores presocráticos y encuentra en la figura de Sócrates su expresión más pura. El maestro de Platón encarna el espíritu de búsqueda permanente que implica todo saber y el reconocimiento permanente de nuestra falibilidad e ignorancia, representa el auténtico racionalismo, del cual se apartara su más aventajado discípulo. Alrededor de la esencial falibilidad humana se desarrolla la tradición de tolerancia que llega hasta nuestros días. 

Fue esa doctrina de la esencial falibilidad humana la que revivieron Nicolás de Cusa y Erasmo de Rotterdam (quien alude a Sócrates); y fue sobre la base de esa doctrina 'humanista' (en contraposición a la doctrina optimista a la que adhería Milton, la de que la verdad siempre prevalece) sobre la cual Nicolás, Erasmo, Montaigne, Locke y Voltaire, seguidos por John Stuart Mill y Bertrand Russell, fundaron la doctrina de la tolerancia" (El desarrollo del conocimiento científico: conjeturas y refutaciones, Barcelona, Paidós, 1979, p. 25).


Esta disposición a conceder el beneficio de la duda al momento de defender nuestras opiniones, a reconocer que podemos estar equivocados y, sobre todo, a reconocer que el otro puede tener razón, aunque al comienzo pensemos lo contrario, es una disposición o una actitud de consecuencias invalorables en los asuntos humanos. Ella supone que hagamos una diferenciación importantísima entre los argumentos que sostiene una persona y la persona que los sostiene. Esto implica que podemos atacar los argumentos de una persona, sin dejar por ello de respetar la dignidad de la persona que los profiere, que podemos criticar sus argumentos sin atacar directamente a la persona. Este cambio de espadas (swords) por palabras (words), constituye un paso decisivo en la evolución humana y supone que nuestros argumentos pueden morir en lugar de nosotros. En efecto, "no se mata a un hombre cuando se adopta primero la actitud de escuchar sus argumentos" (Ibid, p. 404). En cambio, "es imposible tener una discusión racional con un hombre que prefiere dispararme un balazo antes que ser convencido por mí" (Ibid, p. 411).


Tensión de la civilización: conflicto entre sociedad cerrada y sociedad abierta

En su intento por comprender las raíces culturales del totalitarismo, Popper establece la célebre distinción entre la sociedad cerrada y la sociedad abierta. Para él, toda forma de totalitarismo, todo sistema dictatorial, representa la rebelión contra la sociedad abierta o el anhelo de volver a la supuesta seguridad y tranquilidad de la sociedad cerrada, de las pequeñas comunidades, en las cuales se satisfacen las necesidades sociales emocionales y se establecen vínculos personales concretos entre las personas. De allí que "la transición de la sociedad cerrada a la abierta podría definirse como una de las más profundas revoluciones experimentadas por la humanidad" (La sociedad abierta y sus enemigos, Barcelona, Paidós, 1981, p. 173).

Aunque el inicio de esta revolución tuvo su origen en la Grecia de Pericles, puede decirse que apenas está en sus comienzos. De hecho, señala él, nunca podrá darse el paso a una sociedad completamente abierta o abstracta, incluso si la tecnología moderna así lo permitiese, pues siempre hay necesidades emocionales que sólo pueden satisfacerse en pequeños grupos o comunidades. Así pues, "si bien la sociedad se ha tornado abstracta, la configuración biológica del hombre no ha cambiado considerablemente: los hombres tienen necesidades sociales que no pueden satisfacer en una sociedad abierta" (Ibid, p. 172).

Este espíritu de grupo o de cuerpo, propio de la sociedad cerrada, constituye "quizás la más universal de todas las experiencias emocionales y estéticas"(Ibid, p. 566). Esta experiencia se encuentra en los más hermosos gestos de generosidad y desprendimiento humanos, pero también en los más terribles actos de brutalidad y crueldad humanas. De allí su permanente peligrosidad.

Para aquellos que se han nutrido del árbol de la sabiduría, se ha perdido el paraíso. Cuanto más tratemos de regresar a la heroica edad del tribalismo, tanto mayor será la seguridad de arribar a la Inquisición, a la Policía Secreta, y al gangsterismo idealizado. Si comenzamos por la supresión de la razón y de la verdad, debemos concluir con la más brutal y violenta destrucción de lo que es humano. No existe el retorno a un estado armonioso de la naturaleza. Si damos vuelta, tendremos que recorrer todo el camino de nuevo y retornar a las bestias. (Ibid, p. 194).


En resumen, esta tensión es el precio que debemos pagar por vivir en una sociedad cada vez mayor y más compleja, es, en cierto sentido, "el precio que debemos pagar por ser humanos" (Ibid, p. 173).

 


La teoría conspirativa de la sociedad

Así desembocamos en el que posiblemente sea el más conocido, y sobre todo actual, de los planteamientos popperianos: la teoría de la conspiración, que nuestro autor considera como "el mito del siglo XX". De acuerdo con esta teoría "los fenómenos sociales se explican cuando se descubren a los hombres o entidades colectivas que se hallan interesados en el acaecimiento de dichos fenómenos (a veces se trata de un interés oculto que primero debe ser revelado), y que han trabajado y conspirado para producirlos" (Ibid, p. 280). Así, todos los males que aquejan a la sociedad, como las guerras, la pobreza o el desempleo, son producto deliberado de individuos o grupos poderosos interesados en que ellos se produzcan.

Esta teoría es completamente insatisfactoria desde el punto de vista metodológico, aunque satisface nuestra necesidad de encontrar culpables y, sobre todo, nos libera a nosotros de toda culpa. Lo que esta teoría pasa por alto es que "la vida social no es sólo una prueba de resistencia entre grupos opuestos, sino también acción dentro de un marco más o menos flexible o frágil de instituciones y tradiciones y determina -aparte de toda acción opuesta consciente- una cantidad de reacciones imprevistas dentro de este marco, algunas de las cuales son, incluso, imprevisibles" (Ibid, p. 281). La teoría conspirativa resulta ser manifiestamente falsa, pues "equivale a sostener que todos los resultados, aun aquellos que a primera vista no parecen obedecer a la intención de nadie, son el resultado voluntario de los actos de gente interesada en producirlos" (Ibid, p. 281).

Para Popper, en cambio, es la "mezcla de bondad y estupidez la que se encuentra en la raíz de nuestros inconvenientes" (El desarrollo del conocimiento científico, p. 422). Contrariamente a lo que supone la teoría conspirativa, la gran mayoría de los males sociales no tienen su origen en las perversas intenciones de ciertos individuos o grupos que quieren crear deliberadamente estos males, sino más bien son consecuencias imprevistas de acciones inspiradas por las mejores de las intenciones, por los más nobles sentimientos, como el amor a la humanidad. Estos males no surgen de la incredulidad o de la falta de celo moral, sino de la excesiva credulidad humana y del entusiasmo moral mal dirigido, del deseo de hacernos felices o de salvar nuestras almas, en fin, de "la ansiedad por mejorar el mundo en que vivimos" (Ibid, p. 422).  En suma, Popper nos recuerda permanentemente como en nombre de Dios, de la libertad o de la razón, o por amor a los más nobles ideales,  se han cometido a menudo los más atroces crímenes de la humanidad. Tener presente su lección de auténtica tolerancia es quizás el mejor recordatorio para este año que comienza preñado de incertidumbres.


De la verdad y lo real en Heidegger


Theowald  D'Aragó Fiol




“La verdad es un ejército de metáforas en movimiento”
F. Nietzsche, Verdad y Mentira en sentido extra moral

“Del ente es ser del ente no es no-ser”
Parménides

Hablar de lo real es tan vasto como la filosofía misma, Heidegger lo aborda desde diferentes latitudes, como concepto corriente de la verdad, como eterna posibilidad de la coincidencia, la adecuación del enunciado con la cosa y su esencia, como el fundamento que hace posible la conformidad que tiene su fundamento en la libertad. Precisamente como la esencia de la libertad, que a su vez es la esencia de la verdad. La no-verdad como encubrimiento o la no-verdad como errar.Hemos trazado una diagonal para abordar brevemente el problema.

Cuando abordamos lo real debemos saber que esta intrínsecamente ligado a la verdad y su esencia, esta en todo caso no trata ni se ocupa de la verdad en cada caso, de la experiencia practica de la vida…

La pregunta por la esencia trata de encontrar qué es lo que caracteriza a toda “verdad”.

Y nos preguntamos con Heidegger ¿acaso con la pregunta por la esencia no nos perdemos en el vacío de una generalidad que deja sin aire a cualquier pensar? ¿Acaso lo extremo de esta pregunta no evidencia la ausencia de suelo firme que caracteriza a la filosofía?

“(… )Lo primero que debería intentar un pensar bien fundamentado, según nos señala el mismo Heidegger, ocupado con lo REAL, ES ESTABLECER LA VERDAD EFECTIVAMENTE REAL, que nos proporcione hoy día normas y estabilidad, contra la confusión de la opinión y el cálculo. A la vista de este estado real de necesidad, ¿qué significado tiene la pregunta (“Abstracta”) por LA  ESENCIA DE LA VERDAD que pasa por alto todo lo efectivamente REAL? ¿La pregunta por la esencia no es la más inesencial y más irrelevante que se pueda preguntar en general?”[1]

 “No podemos despreciar ligeramente lo grave que significa en nuestra contemporaneidad negar la esclarecedora obviedad de estas dudas y reflexiones, ¿pero quién debe hacer la reflexión? Heidegger nos dice que, quien lo hace es el sentido común del hombre, quien necesita una utilidad al alcance de la mano, y pugna celosamente contra el saber de la esencia de lo ente, un saber que desde hace largo tiempo se llama filosofía”[2].

La invocación de lo obvio de sus aspiraciones y reflexiones, afirma el sentido común del hombre y su legitimidad. “La filosofía no puede rebatir nunca al sentido común porque éste es sordo a su lenguaje. Ni siquiera debe albergar semejante deseo, porque el sentido común es ciego a lo que ella propone como asunto esencial”.

Y nos preguntamos con Heidegger ¿nosotros mismos no nos quedamos detenido en lo obvio del sentido común cuando nos creemos seguros en esas múltiples “verdades” de la experiencia de la vida, del actuar, investigar, crear y creer? pues si, nosotros mismos defendemos lo obvio contra cualquier pretensión de ponerlo en tela de juicio y cuestionarlo.

Pero ya que queremos la “verdad” real y efectiva, la verdad al fin y al cabo, debemos exigirnos en donde estamos nosotros en nuestra contemporaneidad, la que queremos saber que sucede actualmente ya que el hombre, su historia, debe plantearse “metas”.

Nos señala Heidegger “Pero para reclamar una verdad real se tiene que saber ya previamente qué significa verdad en general. ¿O sólo se sabe esto porque es algo que se siente y sólo de un modo general? Pero ¿acaso este saber aproximado y la indiferencia que suscita no es más miserable que el simple y puro desconocimiento de la esencia de la verdad?”[3]

“La palabra wirklichkeit y wirklich son más exactas y mejores en la filosofía que sus sinónimos o equivalentes Realitat y Real. Wirklichkeit ha sido traducida del latín actualitas como muchas otras del lenguaje filosófico alemán por el maestro Eckhart. Sin embargo, esta traducción no decide de manera alguna si la palabra “realidad” alcanza la cosa que menciona, ¿será que debemos dejar que cada cual decida en la vida diaria por cual significado de la palabra realidad se inclina?, pues esta se nos presenta como una actividad ágil, o como una eficacia, o como algunos otros insiste en que “Realidad” no indica ni una repercusión, ni una obtención, ni una operación, ni una ejecución de algo, sino una determinación de la cosa (Sachbestimmung), es decir, la manera en que se pide algo real y en realidad… Lo que es “realmente verdadero” debe ser rastreado en un tanto originario omnipresente, realidad verdadera”[4].



Y nos preguntamos ¿“Realidad” es únicamente el mundo perceptible sensiblemente? ¿Que hacemos cuando nos enfrentamos a la realidad Divina, a la realidad Humana, o a la realidad Natural? ¿O cuándo para otros la primacía es la realidad social frente a la realidad de la conciencia? ahí es cuando cabe la pregunta, entonces, ¿De cuál es propiamente el ser real? ¿Es la conciencia a partir del ser o es el ser a partir de la conciencia?

En el momento en el cual emerge la palabra realidad entra la filosofía con su preguntar la realidad de lo real, en el sentido de permitir que lo problemático del tema se distinga, preguntándonos por cuál determinación debe uno decidirse.

Si la palabra alemana wirklichkeit con la que el maestro Eckhart tradujo la palabra latina actualitas indica lo mismo, es decir, si realmente traduce la misma cosa, y si lo que los latinos llamaron a su vez causa eficiente corresponde a su vez a lo que por ejemplo Aristóteles llama entelequia o lo que Richard Wisser prefiere llamar capacidad de acción, ¿no hacemos todos un diálogo de sordos cuando cada cual dice realidad, pero con ello entiende algo distinto?...¿y si cuando decimos “realidad” a fin de evitar este diálogo de sordos recurrimos a Aristóteles cuya etimología indica “lo que realmente hace acto de presencia y perdura en la obra”, no debemos pensar la realidad en griego?

Ya lo real no es como lo era en loa antigüedad, ya no lo reconocemos como lo que emerge en la naturaleza (Physis), tampoco es lo presente de lo que se auto-produce, ni lo que se des-oculta (Aletheia). Tampoco vemos la realidad como lo producido por Dios, como la causa primera de todo, medievalmente hablando. Actualmente, lo real es lo que se asienta bien en sus características de rendimiento, lo efectivo, lo factico y lo productivo. “Después de este cambio de la realidad de lo real puede decirse que lo real es lo representativo, lo puesto a la disposición por la obra de la representación humana, lo acaparado, en fin el mundo técnicamente perfecto”[5].

Y nos reiteramos con Martin Heidegger, “¿dónde están las experiencias liberadoras que sirven para examinar las realidades supuestas en relación con la realidad?…¿Se agota el ser-ahí humano en semejante inmanencia y necesidad o bien, para ir tras las huellas de la “esencia del fundamento” debe verse la empresa decisiva en la búsqueda de la “trascendencia” del ser-ahí” [6]. Del Dasein…

“En el ser-aquí se le devuelve al hombre el fundamento esencial y durante mucho tiempo infundamentado gracias al cual el hombre puede ex-sistir. Aquí, «existencia» no significa existentia en el sentido del aparecer y del «Dasein» (vorhancheit estar ahí delante) de un ente. Pero «existencia» tampoco significa aquí, al modo «existencial», el esfuerzo moral del hombre por su sí-mismo edificado sobre una constitución corporal y anímica. La ex-sistencia que tiene sus raíces en la verdad como LIBERTAD es la ex-posición en el des-ocultamiento de lo ente como tal. Todavía incomprendida, ni siquiera necesitada de una fundamentación esencial, la ex-sistencia del hombre histórico comienza en ese instante en el que el primer pensador se pone al servicio del des-ocultamiento de lo ente, preguntando qué sea lo ente. En esta pregunta es en donde por vez primera se experimenta el des-ocultamiento. Lo ente en su totalidad se desvela como faesiw, la «naturaleza», que aquí todavía no alude a un ámbito especial de lo ente, sino a lo ente como tal en su totalidad, concretamente con el significado de un venir surgiendo y brotando a la presencia. La historia sólo comienza cuando lo ente es elevado y preservado expresamente en su des-ocultamiento y cuando esa preservación es concebida desde la perspectiva de la pregunta por lo ente como tal. El inicial des-encubrimiento de lo ente en su totalidad, la pregunta por lo ente como tal y el inicio de la historia occidental son lo mismo y son simultáneos en un «tiempo» que, siendo él mismo inconmensurable, abre por vez primera lo abierto, es decir, la apertura, a cualquier medida”[7].

Para hablar desde la existencia-la libertad, desde el des-ocultamiento. “El ser-aquí ex-sistente libera al hombre para su «libertad», en cuanto que ésta le ofrece la posibilidad de elección. Pero como bien sabemos coloquialmente la libertad es poder optar. Pero de este modo el hombre no dispone de la libertad a su antojo, ni mucho menos dispone sobre ella. Ésta (la libertad) no la posee el hombre como una propiedad, sino que por el contrario, y a lo sumo, es esta (la libertad) quien posee al hombre. Heidegerianamente, la libertad, el ser-aquí ex-sistente y des-encubridor, es la única que le concede a una humanidad esa relación con lo ente en su totalidad que fundamenta y caracteriza por vez primera toda historia”[8].

La libertad, en cuanto dejar ser a lo ente, lleva a cabo la esencia de la verdad en su des-ocultar a lo ente –“LO REAL”–.

“La pregunta por la esencia de la verdad surge de la pregunta por la verdad de la esencia. La pregunta por la esencia de la verdad entiende ante todo la esencia en el sentido de la pregunta por el qué-es (quidditas) o la coseidad (realitas), pero entiende la verdad como un carácter del conocimiento. La pregunta por la verdad de la esencia entiende la esencia verbalmente y, quedándose todavía dentro del Representar Metafísico, piensa con esta palabra el ser en cuanto esa diferencia que reina entre Ser y Ente. Verdad significa un cubrir que aclara y que es el rasgo fundamental del ser. La pregunta por la Esencia de la Verdad encuentra su respuesta en la frase que dice: la esencia de la verdad es la verdad de la esencia”[9].

La Verdad de la Esencia es la EXISTENCIA, vivir fuera de solo lo biológico, esa particularidad propia y única del HOMBRE, de lo HUMANO. Existir, crear-hacer espíritu.

Vivir y existir se copertenecen, aunque como nos dice Heidegger en Uber der Humanisms pag. 17; PARECE COMO SI LA ESENCIA DE LO DIVINO FUESE MAS CERCANO A NOSOTROS QUE LO CHOCANTE EXTRAÑO DEL SER VIVIENTE”.Y agregamos nosotros, por lo menos, eso debería ser.

De la verdad y lo real, hoy agregamos y de la libertad, ya que en nuestra proposición de la Filosofía como poyesis (arte)  producción creativa, la filosofía es  no sólo teoría del conocimiento, sino  SOFIA-SABIDURIA, o como EXISTIR…La filosofía como lo fue en sus inicios, pre-socráticamente.

[1]Martin Heidegger,De la esencia de la verdad, Madrid, Ed. Alianza, p. 2.
[2]Ibídem.
[3] Ibídem.
[4] Cfr. Richard Wisser, Martin Heidegger y el cambio de la realidad de lo real, p. 4
[5]Ibíd., p. 6.
[6] Martin Heidegger, Ser y Tiempo, Madrid, Ed. Trotta, p. 38
[7] Martin Heidegger, De la esencia de la verdad, p. 10
[8] Cfr. Martin Heidegger, De la esencia de la verdad, p. 11.
[9] Martin Heidegger, De la esencia de la verdad, p. 18.