viernes, 1 de junio de 2012



Filosofía y Unidad [1]
Una reflexión sobre la Asesoría Filosófica como quehacer sistémico

Hernán Bueno Castañeda


Caricatura de Boligan 

Podría estar encerrado en una cáscara de nuez
                                                                                                y sentirme rey de un espacio infinito                                                                                                                                
                                                                                                                     Shakespeare, Hamlet, II          

Resumen
A través del siguiente artículo presento algunas ideas acerca de la forma en que pienso el ejercicio del terapeuta filosófico. En breves apartados planteo la necesidad de entender que la Asesoría Filosófica se debe acercar a los enfoques propuestos por la teoría general de los sistemas, por lo tanto, es preciso que se conciba su quehacer en términos de integridad y de unidad, tanto disciplinar, como en su práctica terapéutica. Para ello, abordaré aspectos generales que ayuden a comprender algunos problemas de la asesoría filosófica o filosofía clínica, y luego haré una reflexión que invita a pensar, que enfoques de la teoría general de los sistemas, pueden favorecer las prácticas terapéuticas dentro de este nuevo-viejo modo de hacer filosofía.
Palabras clave: Asesoría filosófica, terapia, consultoría, teoría general de los sistemas, sistémica, cambio.



Una lámpara encendida a plena luz del día

Aquel que sólo conoce su versión, conoce poco el                                                                tema.          John Stuart Mill

Es amplio ya el material de divulgación bibliográfico que se puede encontrar sobre filosofía como medicina, asesoría filosófica, consultoría filosófica, o, como otros prefieren llamarla: práctica filosófica. De allí que en esta primera parte no quise intentar un resumen que en lugar de ofrecer una orientación al lector, probablemente habría, como suele ocurrir con este tipo de ejercicios, descartado filósofos, movimientos o métodos que para cualquier lector pudieran haber resultado de absoluta relevancia, en contextos inimaginados. En estos asuntos, lo mismo que los que tocan a la crítica estética, resultan muy oportunas las palabras de Rilke (1875) cuando aconseja a su joven remitente: lea lo menos posible trabajos de carácter estético-crítico: o son dictámenes de bandería, que por su rigidez y su falta de vida han llegado a petrificarse y a perder todo sentido, o bien tan sólo hábiles juegos de palabras, en que prevalece hoy una opinión y mañana la contraria.[2] Así, en lugar de tales aventuras, lo que haré en este primer momento, será comentar algunas impresiones dejadas por las diferentes aproximaciones que he tenido, dentro de este reflexionar filosófico que se entiende también como filosofía clínica.

En Colombia desde hace pocos años se comenzó a hablar de asesoría filosófica, y hasta hoy lo que de ella se dice, no se enmarca en los criterios de lo que una academia que se autoproclama oficial, pueda llegar a considerar de “su altura”. Quizá esto obedece a una tradición esencialmente analítica que favorece las vanidades y egos de sus adeptos, y así excluye los intentos por pensar un modo de reflexión filosófica diferente. Lamentablemente el fenómeno así descrito no es ni exclusivo a este momento histórico, ni menos aun al contexto geográfico del cual he hecho referencia; ya Michel Onfray (1959) nos ha ofrecido un profuso análisis de estas manías en la historia de la filosofía, que se remontan a los momentos mismos de su génesis, y cuyo legado es absorbido por la tradición contemporánea, que parece ver sólo un modo posible de reflexión, reflexión que en palabras del propio Onfray, es el discurso de los vencedores. En cierto modo quienes nos ocupamos de pensar la filosofía desde su vertiente terapéutica, nos hemos inscrito, sin proponérnoslo y sin haber librado ninguna batalla, en el bando de los vencidos:

Estas dos nuevas maneras de estar en el mundo, de verlo y de pensarlo, son tan irreductibles que producen dos corrientes impermeables, la de los vencedores y la de los vencidos, los primeros de los cuales niegan a los otros incluso el derecho a invocar para sí el nombre y la calidad de filósofos. El enfrentamiento es antiguo, como soberbiamente lo resume una anécdota: se trata de una historia que cuenta Aristoxeno en sus Memorias históricas, según la cual Platón consideró la posibilidad de reunir las obras de Demócrito, ¡con el fin de prenderles fuego! Un filósofo autor de un auto de fe contra otro filósofo, algo que merece ser destacado[3]

Aunque el texto de Onfray hace referencia a la disputa entre el idealismo y el materialismo, la emulación respecto a lo que he venido planteando no resulta atrevida; recordemos que es justamente en el seno del materialismo (expresado en sus distintas formas: epicureísmo, hedonismo, estoicismo, cinismo, escepticismo, entre otros) donde nacen las primeras manifestaciones de querer pensar y hacer filosofía con un propósito no meramente especulativo, retórico, persuasivo o discursivo; sino con un prurito terapéutico (θεραπεíα), entendiendo éste como ese cuidado del otro; como esa promoción humana; como ese buscarse y encontrarse en lo dialógico; como ese ayudar a pensar el propio pensamiento y dejarse afectar por el pensamiento del otro; como ese juego de la reflexión filosófica, que me permite visitar los universos del otro y construir nuevos posibles a partir de lo dado, en ese doble vínculo entre filósofo y asesorado. Desde estos presupuestos no es difícil advertir nuevos argumentos de relación entre “la persecución” del idealismo al materialismo clásicos, y el fenómeno actual de invalidación que la mayoría de los discursos provenientes de la filosofía analítica, quiere hacer a la reflexión filosófica práctica, terapéutica, clínica o como prefiera llamársele. Citemos entonces nuevamente a Onfray, quien nos dice del sofista Antifón lo siguiente:

Tras recurrir a folletos de tipo publicitario, Antifón abre cerca del ágora de Corinto una suerte de gabinete en el que recibe pacientes a quienes somete a un tratamiento fundado en la palabra. Primero escucha en una entrevista a solas; luego viene una terapia verbal. El contenido de esta conversación tiene por finalidad la desaparición del sufrimiento que ha llevado al paciente al domicilio del filósofo. Los detalles de esta medicación del alma mediante el verbo figuraban sin duda en su libro El arte de combatir la tristeza, pero esta obra no ha sido encontrada[4]

Líneas más delante de esta cita, Michel Onfray califica a Antifón de inventor del psicoanálisis y advierte que lo es “de cuño Lacaniano o, mejor, digamos que el analista recurre al humor o a la ironía en caso de necesidad.” No en vano me he referido a Antifón como sofista, rótulo que la historia de los vencedores puso  sobre aquellos que no tenían La Academia o El Gimnasio como ideales de formación, y digo que no en vano, pues este episodio parece repetirse hoy con relación a los filósofos que desarrollan una práctica, que de alguna manera, retorna a esos modos no oficiales de pensar y hacer filosofía. Considero que el filósofo que dedique su quehacer a la asesoría filosófica no debe asumirse como sofista desde su connotación peyorativa, ni mucho menos vencido. Nuestro modo de pensar y hacer filosofía, puede que no resulte convencional para muchos contextos académicos de gran parte del mundo, de allí que tal situación sea justamente un reto, para proponernos desarrollar un corpus epistemológico, que ofrezca a las nuevas generaciones, alternativas de pensamiento, de discusión y de hacer filosóficos que respondan con las demandas de los contextos en donde vive, sueña y crea el hombre contemporáneo.

Así, he llegado entonces a concebir mi modo terapéutico de hacer filosofía, como una práctica de mutua afectación entre el consultante y el consultado; como una actividad que permite integrar diversas disciplinas; un ejercicio que privilegia el diálogo como medio de conocimiento de sí mismo, del otro, de los vínculos con su entorno y el modo como crea sus relaciones; procuro generar con mi terapia filosófica, un espacio vivo de conversación que favorezca dinámicas de observación interior, de observación exterior y observación de lo que se observa. La filosófica clínica, del modo como la desarrollo, permite la construcción de otras realidades y favorece la conformación de nuevas narrativas, que a su vez potencializan coreografías diferentes, nuevos universos desde la voz misma que trae el asesor.

De otro lado, quiero señalar que entiendo al asesor, como una especie de espejo que se erige frente a su consultante, por lo cual, creo necesario que quienes nos dedicamos a esta disciplina filosófica, debemos constituirnos de igual modo, en espejos los unos de los otros… aunque aquí me viene un sobresalto neurótico recordando el cuento de Monterroso (1921) “El espejo que no podía dormir”[5], pues aunque no hay mucha información respecto a las disputas que pudieran darse entre los materialistas de los tiempos primigenios de la filosofía, ajenas de por sí a los consabidos enfrentamientos con los seguidores de Platón; hoy en cambio podrían considerarse de relativo conocimiento público, las constantes discrepancias que se dan entre asesores filosóficos de diversas tendencias y latitudes, sin descontar por ello la deslegitimación que hacen ciertas corrientes analíticas a las que aludí en algún momento. Cuando hablo aquí de discrepancias, no me estoy refiriendo a confrontaciones irreconciliables o, a invalidaciones del tipo “el mundo es muy pequeño y aquí no cabemos los dos” estilo western, no, para nada; a lo que me refiero es a que dada la manera espontánea, especulativa y en apariencia novedosa en que se está retomando este antiguo quehacer filosófico, quienes nos dedicamos a ello (y en todas las veces con las mejores intenciones) adoptamos métodos, maneras, técnicas y prácticas que reconocemos como propias, y que en algunas oportunidades no parecen estar lejos de imitar ciertos discursos analíticos que se forman sobre la base del ego y el autorreconocimiento.

Todo lo anterior me lleva a considerar relevante para el momento presente de la filosofía clínica: entrar en un auténtico diálogo de saberes que nos fortalezca como unidad disciplinar y que facilite a su vez la divulgación, la enseñanza y el aprendizaje de este antiguo-nuevo modo de quehacer filosófico; y creo que para encontrar una adecuada comprensión a dicha búsqueda de sentidos, la voz de los presocráticos vuelve a ser imprescindible.

Se cuenta que Diógenes el cínico (412 a.C.), andaba con una lámpara encendida a plena luz del día buscando un hombre… la versión más común de la anécdota sugiere que el hombre que buscaba el filósofo era un hombre honesto, como sugiriendo en ello la imposibilidad de encontrarlo, incluso al resplandor del sol y con una lámpara encendida que, la verdad, no tiene mucha funcionalidad a cielo abierto en un día normal de verano. Otras versiones apuntan hacia la ironía del cínico que buscaba el hombre ideal que Platón pregonaba en sus discursos. Voy atreverme a formular una interpretación más, quizá Diógenes el perro (como también se le apodaba) podría convertirse en una especie de emblema (santo patrono se diría en otros contextos) de los asesores filosóficos: estos como aquel, andamos buscando un hombre que se atreva a preguntar a un filósofo, pero sobre todo a preguntarse así mismo; buscamos un hombre que crea que el reflexionar filosófico le es dado en su cotidianidad, y que no se puede seguir creyendo que la aproximación a la filosofía está condicionada por la dicotomía: iniciados versus profanos; es más, podríamos cambiar la direccionalidad de la observación reflexionada y considerarnos buscadores de nosotros mismos en el otro: ¡El hombre-asesor-filosófico que queremos descubrir y pulir en nuestro propio interior desde una mirada relacional! O podríamos incluso imaginar un pequeño ejército de Diógenes buscándonos unos a otros y no encontrándonos… a veces, demasiada luz, no nos deja ver.

Así Diógenes parece sobrevenir como una venturosa metáfora que nos ayuda a comprender la tarea fundamental del proyecto de la filosofía como terapia, a saber: mirarnos, oírnos, encontrarnos, y un día poder decir: ¡He ahí el hombre… heme ahí en él!


Caricatura de Boligan


Tú le has quitado la vida a este palillo

"Él era parte de mi sueño, por supuesto.
Pero yo también era parte de su sueño."
Lewis Carroll

A veces pienso que nos reconocemos, nos definimos y nos aceptamos o rechazamos, con base en los presupuestos de distinción que hacemos. Esas categorizaciones pareciera que todo el tiempo nos estuvieran invitando a decir: este sí, aquel no; esto lo recibo, aquello lo desecho; y probablemente la situación que describo de este modo, sea un principio fundamental de sobrevivencia legada a través de nuestra memoria genética y por bondad de la evolución; o si no, recordemos simplemente aquellos parámetros de medición que le permitieron a los primeros humanos recolectores, desdeñar el veneno y quedarse con el alimento.

Siento que estos procedimientos nos siguen siendo útiles, a la hora de pensar en nuestra sobrevivencia dentro de un mundo dominado por los fantasmas del terrorismo, la violencia generalizada y la destrucción del ecosistema; sin embargo, también creo que un excesivo afán de clasificación, de selección y de discriminación, nos puede estar conduciendo a una mirada fragmentada, a una taxonomía de la realidad que rompe con unidades de pensamiento, dividiendo en términos de opuestos irreconciliables, y mutuamente anulatorios, lo que en verdad podrían llegar a ser procesos relacionales, que harían más comprensible, cuando no, soportable, nuestro cotidiano vivir. A veces encuentro, con cierta desilusión, que dentro de los contextos de la filosofía clínica, adolecemos de tales perjuicios.

Uno de mis primeros maestros de pregrado, solía decir en tono bastante irónico, que a los filósofos les resulta muy fácil suicidarse, que no es más que se suban a la cúspide de su propio ego, y se lancen desde allí al insondable abismo que los separa de la tierra, y que del resto… ya la fuerza de la gravedad se encargaría. Esta alegoría no es exclusiva a una manera particular de pensar la filosofía, es decir no es propia (aunque pareciera) de un modelo analítico, pues indudablemente dentro del contexto de la filosofía práctica, no es de extrañar el modo como se crean parcelas epistemológicas y verdades absolutas, que inflan el ego de quienes se han autoproclamado elegidos. Y aquí debo señalar que en ningún momento estoy deslegitimando, con esta reflexión, el trabajo de mis colegas, ni más faltaba; pero sí quisiera con ella, proponer un autoexamen que nos permita, como asesores filosóficos, pensarnos y mirarnos hacia dentro, luego mirar lo que miramos en nuestro propio ejercicio terapéutico y, en esta nueva línea de observación, mirar lo que miramos en el ejercicio terapéutico de otros filósofos asesores.

Sé que hay intentos por generar estos espacios de legitimación, pero un intento no es más que eso. Es preciso que nos adentremos en posturas concretas de aceptación de paradigmas diferentes a los de nuestra competencia individual, y compartir con asertividad nuestros propios modelos; sin ello, continuaremos buscando con escaso éxito el hombre de Diógenes, y seguiremos creyendo que cosechar aplausos o coleccionar pergaminos, es engrandecer la disciplina. Sugerir una epistemología que sólo su autor entiende, nunca podría entenderse como una democratización honesta del conocimiento. Curiosamente recuerdo aquí una anécdota ocurrida al hedonista Aristipo, quien siendo solicitado en un banquete para que hablara de filosofía, indicó a su anfitrión:

sería ridículo que siendo tú el que aprendes de mí, me digas cuando debo hablar, respuesta que provocó enojo en su interlocutor, quien de inmediato envió al filósofo al último extremo de la mesa. Ante la afrenta, Aristipo no tuvo más que decir: ¡Comprendo, has querido dar más realce al último puesto![6]

Sirva esta imagen para replantearnos que, o trascendemos barreras mentales y permitimos un diálogo honesto con otros saberes como la cibernética, la psicología sistémica, la física y la estética, o nos confinamos como anacoretas del siglo XXI, convencidos, de modo quizá un poco ingenuo y al ejemplo de Aristipo, de que la sociedad quiso al fin dar un adecuado realce al “último puesto de la mesa”. Aunque por otro lado, sirva también el referente del presocrático para pensar en este tipo de discursos que estabilizan, que permiten crear nuevos paradigmas de interpretación, que favorecen preguntarme qué me invento, cómo recreo la realidad que otro me está construyendo, cómo me quito obligaciones, cómo asumo otras nuevas y más propias, cómo “vestirse con la ropa que no se debe usar”, ¡cómo me veo en el espejo si soy un camaleón!

Por esta misma línea, en su más reciente publicación, Stephen Hawking (1942) parece quejarse de los filósofos, hasta el punto de aseverar que la filosofía ha muerto. – y continúa –  La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física.[7] Encuentro especialmente relevante la aseveración del físico inglés, para pensar en nuestro quehacer terapéutico como filósofos, pues la reflexión a la que remiten sus palabras, no deben pensarse como exclusivas hacia una filosofía de la ciencia, ya que el pensar de esta manera fraccionada, es lo que creo que ha venido fortaleciendo cierta invisibilidad del asesor filosófico, y en sí de los filósofos, en apremiantes espacios académicos.  

Considero fundamental para nuestro ejercicio profesional, el pensarnos y pensar nuestro quehacer, con unos baremos sistémicos que inviten desde nuestros más íntimos propósitos, a reformular nuestro ambiente de acción terapéutica en términos de unidad, de integración y de aceptación de todos los componentes que puedan dar cuenta de un proceso de pensamiento. Creo que no es bueno para la filosofía clínica, seguir referenciándose sólo desde su  discurso interno, sin permitirse la permeabilización de disciplinas que no creo que riñan con nuestro quehacer, del modo como algunos quieren verlo. El asumir las cosas así, está alejando un diálogo de mutuo enriquecimiento y está condenando no sólo la filosofía clínica, sino a la filosofía en sí, a la muerte que ya la física le está pregonando.

El desarrollo de esta propuesta de vinculación disciplinar, no atenta contra fueros internos como si de jerarquías políticas, religiosas o militares se tratara. Por el contrario, se plantea un enriquecimiento mutuo que dé buena cuenta de los procesos sistémicos que señalan las corrientes contemporáneas de reflexión humana, y que antes que deslegitimar saberes, propone una diversificación en la unidad, un encuentro de la propia identidad desde la diferencia, una aceptación de las limitaciones internas conceptuales desde el reconocimiento de la riqueza que se puede encontrar ahí, afuera, en otras ciencias.

Así, puede resultar que cuando la física me hable de incertidumbre, quizá yo, como asesor filosófico, decida reconocer y utilizar esta semántica, y la comprensión del fenómeno, para abrirme a representaciones mentales de un nivel distinto, y entonces quizá, donde en un principio comprendí un proceso o una formulación matemática entre partículas y ondas, trasvase esta coreografía a algún universo del drama humano. Allí, donde la biología se expresó en términos de sistemas abiertos que se autorregulan, de improntas de entrada y de salida y de procedimientos de mecánica física o virtual, pueda yo, como asesor filosófico, disponer de tales aportaciones para diferenciar procesos de regulación y de vinculación cibernética, que toda conducta humana encuentra representada en cualquier orden social, por mínimo o enorme que éste sea.

Donde habla la voz del chamán, del maestro Zen o del físico relativista, puede el filósofo asesor encontrar, no sólo una herramienta de interpretación a los fenómenos del comportamiento humano, útiles para su consulta, sino además un mundo de relaciones posibles entre ciencia, misticismo y filosofía. En una capacidad de apertura y en una habilidad de establecer relaciones, puede concentrarse el quehacer de la filosofía clínica como lugar posible para la construcción de vínculos. Por tanto, debemos potencializar estos vínculos con dicha apertura y así establecer relaciones entre disciplinas, pensamientos, técnicas, métodos, y asimismo, encaminar los diálogos con los asesorados, asumiendo que al “tocar” el mundo que trae éste, es el propio mundo del filósofo terapeuta el que se afecta.

Allá donde Castaneda hizo hablar a Don Juan con las palabras que señalo en la primera de las dos siguientes citas, pareciera que también hablara la voz de la física, en el segundo texto tomado de El gran diseño:

El primer acto de un maestro consiste en inculcar a su alumno la idea de que el mundo tal como lo concebimos sólo es una visión, una descripción del mundo. Todos los empeños del maestro tienden a demostrar esto a su aprendiz. Pero aceptar este hecho parece ser una de las cosas más difíciles de lograr; nos gusta seguir atrapados en nuestra particular visión del mundo, que nos obliga a sentir y actuar como si lo supiéramos todo acerca de él. Un maestro desde el primerísimo acto que ejecuta, procura detener esa visión.[8]

El realismo dependiente del modelo, zanja todos esos debates y polémicas entre las escuelas realistas y antirrealistas. Según el realismo dependiente del modelo carece de sentido preguntar si un modelo es real o no; sólo tiene sentido preguntar si concuerda o no con las observaciones. Si hay dos modelos que concuerden con las observaciones, como la imagen del pececillo y la nuestra, no se puede decir que uno sea más real que el otro.[9]

Nos aferramos a patrones del mundo, a creencias inamovibles que no nos dejan ver. La física contemporánea ha advertido la presencia de once dimensiones y de una cantidad abrumadora de universos diferentes al universo que estudiamos. La cibernética, la biología y la psicología con enfoque sistémico han conjugado sus diálogos y han establecidos interrelaciones que ayudan a explicar y desarrollar mejor los vínculos y procesos entre individuos, sociedades, naturaleza, cosmos; pero en la filosofía clínica, pareciera que nuestro diálogo interdisciplinar y la revaloración del mundo que podemos hacer a partir de ese diálogo, se difumaran en una cacofonía de quién dice la verdad o quién traduce mejor la realidad, como si tales cosas existieran.

Es urgente en este momento preciso de nuestro quehacer disciplinar, preguntarnos por el modo en que estamos entramando nuestro tejido epistemológico; por el modo en que estamos permitiéndonos un escucha atento, un observarnos a nosotros mismos, un observar el proceder del otro como terapeuta, un observar de esa observación. Es el momento de analizar las relaciones que estamos estableciendo con otras disciplinas y la forma como interactuamos, regulamos, fortalecemos y construimos prácticas que pueden ser transmitidas desde una adecuada interpretación de la teoría general de los sistemas. Muy seguramente con esta mirada, se puedan proponer nuevos caminos para construir una práctica terapéutica más incluyente, más relacional, más comprometida con el sentido mismo de la filosofía clínica, que no ha de ser otro diferente a la búsqueda misma de la filosofía. 

Mi propuesta es ahondar en los procesos relacionales desde todos los niveles posibles, es decir, fortalecer una actitud de encuentro interdisciplinar antes que de invalidación de discursos. Por mucho tiempo se ha sostenido, por ejemplo,  una discusión (muy bizantina) valga decirlo, entre el modelo terapéutico psicológico y el filosófico, y en ese trance, probablemente hemos dejado de reconocer modelos experienciales que podrían enriquecer mutuamente las dos disciplinas. Ahora bien, cuando hablo de estos procesos relacionales, también estoy haciendo referencia a la necesidad de repensar el ejercicio terapéutico filosófico, como una actividad de mutua afectación, y no en la unidireccionalidad que en algunas oportunidades he visto en ejercicios de asesoría filosófica, donde pareciera que el asesor ostentara no sé qué poder ante su asesorado, limitando las posibilidades de autocrecimiento que ofrecería un proceder menos arrogante, más vinculante, más relacional.

Todos estamos conectados unos a otros, biológicamente a la tierra; químicamente al resto del universo, sentencia el físico Neil DeGrasse Tyson (1958) y tiempo atrás, ya Walt Whitman (1819) diría algo parecido en su canto a mí mismo:

Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.

Sin embargo seguimos levantando muros, seguimos abriendo abismos, seguimos pensando en términos de parcelas, seguimos riñendo con nuestro vecino disciplinar. Se hace urgente que comprendamos que el pensar sistémico se conecta con una soberanía ecológica, y que aunque ésta se relaciona con un proceder ambientalista, no es sólo ello, es más: es un modo de entender la vida, de entender sus relaciones, de entender el propio proceder y las conexiones entre éste y el universo que habitamos. Contemplemos el modo en que  lo ecológico se vincula con lo sistémico, lo sistémico se relaciona con lo cibernético, lo cibernético a su vez con el mundo de la física, la física con la filosofía, la filosofía con un pensamiento místico, y un proceder místico con un pensar ecológico, nace así el uróboro: la serpiente devorando su propia cola.

Pienso que para dar un adecuado corpus epistemológico al quehacer terapéutico de la filosofía, es necesario encaminarnos por estos presupuestos sistémicos, ecológicos, incluyentes y relacionales, pienso que es preciso reconocernos como parte de una totalidad y ser conscientes de que ese simple hecho de participación me afecta, y que a su vez mi sola presencia ya afecta dicho sistema; pienso en esencia que es, como lo explica Francis Cook, un monje budista, afirmarse como parte y totalidad a la vez:

Todos los días, después del servicio religioso matinal mi maestro acostumbraba visitar los santuarios de diversos protectores, situados en el terreno que rodeaba el templo. Una mañana mientras hacía su ronda, encontró uno de esos palillos que los chinos utilizan para comer (y que hacía unos días yo había arrojado). Lo recogió, me llamó a su cuarto y mostrándomelo me preguntó: ¿qué es esto? Repliqué; es un palillo para comer. Sí es un palillo. ¿Es inservible? Volvió a inquirir. No –contesté- Todavía puede ser utilizado. Y bastante, agregó él. Sin embargo, lo encontré en un basurero, junto con otros desperdicios: O sea, tú le has quitado la vida a este palillo. Tal vez conozcas el proverbio: El que mata a otro, cava dos tumbas. ¡Como tú has matado este palillo, serás matado por él! {…} y a partir de entonces puse mucho cuidado y meticulosidad en todo lo que hacía, (pues comprendí que) arrojar por inútil que parezca un mero palillo, es crear una jerarquía de valores que a la postre terminará matándonos ¡como ninguna bala puede hacerlo![10]

No existe una sola realidad, como no existe una verdad, una sola técnica, un único modelo de gestión o un solo modo posible de comprender nuestro accionar filosófico; lo que hay es un mundo de posibles y de historias que esperan ser contadas, hay un cosmos relacional, universos que se vinculan por estrechos laberintos; hay un compromiso con el otro y hay quien está tácitamente comprometido conmigo; hay un entramado, hay una red, hay un medio, hay unidad y hay diversidad; hay una propuesta, una sistémica, caminos, caminantes, poética, ciencia, ética y estética; hay metas, objetivos y encuentros; logros y aciertos; hay una puerta que se abre y un pensamiento que quiere transmitir la necesidad de esta reflexión; hay un yo, pero también hay un tú al que debo reconocer, que me reconoce y que a su vez se reconoce en mí; hay un otro, hay un ellos, un nosotros y múltiples modos de conjugar infinidad de acciones y de sentires; hay misterios, secretos, metáforas; hay narrativas, pero también hay silencios; hay lo que se oculta, lo que se revela, lo que se esconde, lo que se descubre, lo oculto y lo que se ve, sí, lo que se ve, como magistralmente lo narra el poeta-filósofo o filósofo-poeta:

En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo (…) vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años (…) vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.[11]






[1] El presente trabajo académico es un ejercicio de divulgación elaborado expresamente para la publicación Nº 39/2011 de Apuntes Filosóficos, cuyo tema: Filosofía Clínica, coincide con la propuesta investigativa que viene adelantando su autor desde hace más de 10 años.
[2] Rilke, Rainer María, Cartas a un joven poeta. Norma, Bogotá, 1996, p. 16
[3] Onfray, Michel, Las sabidurías de la antigüedad. Anagrama, Barcelona, 2007, p. 58
[4] Onfray, Michel, ob.cit., p. 94
[5] Había una vez un espejo de mano que cuando se quedaba solo y nadie se veía en él se sentía de lo peor, como que no existía, y quizá tenía razón; pero los otros espejos se burlaban de él, y cuando por las noches los guardaban en el mismo cajón del tocador dormían a pierna suelta satisfechos, ajenos a la preocupación del neurótico. Tomado de: http://members.tripod.com/roberto_fpmx/id9.html (11-1-11)
[6] Laercio, Diógenes, Vida de los más ilustres filósofos. Alianza, Madrid, 2007, Libro II, p. 73
[7] Hawking, Stephen y Mlodinow, Leonard, El gran diseño. Crítica, Barcelona, 2010, p. 11
[8] Castaneda, Carlos; Relatos de poder. Fondo de cultura económica de España, Madrid, 2001, p. 231
[9] Hawking, Stephen y, ob.cit., p. 54
[10] Citado por Keeney, Bradford, En: Estética del Cambio. Paidós, Barcelona, 1994, pp. 160 - 161
[11] Borges, Jorge Luís, El Aleph. Ancora-Delfin, Barcelona, 2004






martes, 1 de mayo de 2012



Del humor y la risa

en la filosofía griega

David  De los Reyes


Demócrito y Heráclito por Rubens.

Las concepciones sobre el humor y  la ironía en el mundo de la Grecia antigua pueden abordarse desde distintas perspectivas.   El humor lo podríamos relacionar con la aparición de la comedia ática y la ironía con la relación filosófica mundana que desplegará  Sócrates en su permanente  acción de la búsqueda de la verdad como condición de todo aquel que se adentre  en el recinto de la filosofía. Pero también por los que se inscribieron a la postura cínica en filosofía: en sus performances  filosóficos, además de mostrar ironía incluyeron el humor como un instrumento de remover las convenciones muertas junto a tradiciones religiosas, culturales y sociales que sólo vendrían a repetir la superchería de una mayoría ignorante. Sin embargo, encontramos en la misma etimología de las palabras como risa, y humor, significados que nos prometen una múltiple comprensión de ese fenómeno en la sociedad griega antigua.
Sabemos que humor e ironía son también consustanciales. Ambas  tienen un importante vínculo con la risa y la sonrisa. Todas serán manifestaciones humanas que  se encuentran bien reflejadas  en las obras literarias y filosóficas desde tiempos pasados, pero también en las situaciones cómicas de la vida cotidiana. Pensadores de importancia no han dejado de soslayo  este fenómeno que es consustancial a la  misma aparición del hombre y por ello  han intentado  comprenderlo y reflexionar acerca de su tan sugestiva y volátil  condición. El  humor está presente en toda sociedad, está presente a través de la oralidad o de la gestualidad, es un dar cuenta de los eventos  grotescos e incomprensibles (en principio), y que vienen a mostrarse como una manera de relacionarse y comunicarse.  La ironía tendría un papel más cercano a la introspección a través del diálogo filosófico o de la atención referida a la inconsciencia del sujeto en relación a sus propias convicciones erradas, petulantes o soberbias y que gracias al gesto de la ironía vendría a  comprenderse.


Heráclito y Demócrito por Johans Moreelse


Del Humor y de humores

I
El hombre tiene una predisposición para la comicidad  y quien la tenga desarrollada poseerá el arte de hacer reír. La comicidad puede advertirse de varias formas. Una es la farsa, que provoca la risa a costa de la estupidez (bien la de uno o la de los otros) o por medio de ella. Otro  modo es el juego de palabras cómicas, donde el humor se establece por medio de uso que le demos al lenguaje, sus términos y sus giros. Una más la encontramos en la comicidad del carácter, que nos lleva a reírnos de la humanidad. Está también la comicidad de la situación, que nos provoca la risa gracias a lo que no entendemos. Encontramos la comicidad de la repetición, que nos lleva  a reírnos de lo idéntico. La ironía, que se desprende del que se ríe de los demás y el humor, que nos lleva a reírnos de nosotros mismos  y de todo. El ridículo es una especia de comicidad involuntaria,  que desenmascara la condición oculta  de quien es expuesto en evidencia y, por tanto,  se vuelve divertido gracias al arte del observador.
También podemos advertir que la comedia vendría a ser un espectáculo de chanzas, burlas, ironías y situaciones ridículas, donde al  presenciarlas nos divertimos y nos lleva a la risa. La comedia nos expone y enseña a observar que la vida es una comedia, en la medida que no nos la tomemos totalmente en serio o en tono de trágico[1].
Por tanto, es el humor una de las formas de la comicidad, donde se nos hace reír de lo que no es divertido. El ejemplo clásico es tomado de Freud, el cual refiere  un condenado a muerte  al ser conducido  al cadalso el día lunes pronuncia ¡Qué bien comienza la semana!
Pero abordando la etimología del vocablo humor, nos encontramos con una serie de matices interesantes para nuestro propósito. La palabra humor en la antigüedad tuvo consecuencias no únicamente con la comedia y la risa, sino que fue usada para referirse a la apreciación médico-hipocrática del cuerpo humano. La escuela de medicina de Cos, dirigida por Hipócrates, hizo toda una propuesta para el análisis y diagnóstico de los pacientes basados en sus estados de humor. Se tenía la creencia que el cuerpo contenía cuatro líquidos básicos llamados humores, que a su vez estaban relacionados con cuatro elementos: aire, fuego, tierra y agua. Estos líquidos o humores eran: sangre (aire), bilis amarilla (fuego), bilis negra (tierra) y flema (agua); el equilibrio de estos eran esenciales para la buena salud. Cuando se tenía un balance óptimo se decía que la persona estaba de buen humor.
La palabra humor etimológicamente procede del latín humor, humoris, que  significa líquido, humedad, especialmente en relación al agua  y sobre todo aquella que brota de la tierra, en forma de manantial (tierra en latín es humus). Según parece fue el uso popular romano que  vinculó humor a humus, pues el vocablo antiguamente se escribía sin la “h”: umorumidusumidificare. Tales vocablos proceden del verbo umeo que tiene la significación de estar empapado.
En Grecia los galenos hipocráticos del  IV y III a.C. desarrollaron toda una propuesta terapéutica basada en comprender al cuerpo compuesto de  cuatro  líquidos en tanto reguladores básicos, de los cuales la hiel se llamaba  χολή (hole). Si bien se usó dicho concepto también vino a tomarse el vocablo χυμοί (humoi),  plural  de χυμοϛ (humos) que refiere a líquidos o vertidos. Los romanos, que tomaron múltiples concepciones griegas para su haber cultural, tomó dicha teoría  y la medicina romana tradujo el vocablo  griego por umores humores. Humores o líquidos eran: sangre (aire), bilis amarilla (fuego), bilis negra (tierra) y flema (agua). A estos cuatro el médico romano Galeno incorporaría un quinto humor que era  spiritus o soplo   y lo llamó pneuma.
Tal teoría médica se consideró posteriormente como meras especulaciones respecto al dominio de la salud; sin embargo ella refería a la presencia equilibrada o no de tales humores en el cuerpo. De la designación médica pasó al habla popular tomando significados y usos que aún hoy podemos encontrar en algunas expresiones de nuestro común hablar. Así que, por ejemplo, tener bilis negra significaba estar poseído por un estado anímico de tristeza y pesimismo; de esta designación se pasó a utilizarse humor negro para designar a la despiadada crueldad del que se ríe  de las desgracias de los otros. En griego negro  era μήλανως (mélanos)  y bilis κχωλή (kholé), de ahí que se le refiera a la bilis negra con la palabra melankholikós, de donde deriva a melancólico;  también  en latín con su equivalente de atrabilis, donde atra es negro, siendo usado por nosotros como atrabiliario.
A la bilis roja se le designaba para referirse a personas con carácter sanguinario e iracundo. Para ello se usa el adjetivo colérico  y el sustantivo colérico.  También seguimos usando humor flemático no sólo para referirse al  carácter común inglés de tranquilidad y de cierta indiferencia. Flemático viene de flema o phlegma que  eran los mocos. Se creía que al acumular una cantidad de ellos producía  inflamación; aún hoy se usa flemón para referirse a una inflamación en los huesos maxilares debido a una infección en las encías. También de ella procede la utilizada palabra coloquial de huevon, la cual tenía un sentido de persona floja o poca activa. A las personas que se alteran poco o tienden a mantener la calma en situaciones difíciles se dice que  son flemáticos.
De esta teoría de los humores surge la utilizada expresión de estar de buen humor. ¿Qué quería decir esto?  Estar de buen humor  refería a tener una mezcla equilibrada de los cuatro humores, lo cual era propio de vivir con agradable trato consigo mismo y con los demás. Pero el humor también vendrá a tener  otros significados y usos. Al ser variables  se podía decir  a ver con  qué humor  esta fulano de tal hoy. La hipertrofia del buen humor decanta en el concepto de humorismo y del humorista. Y como ha dicho  el conocido payaso Jake Edwards: Los payasos somos doctores espirituales. De algún modo utilizamos la risa para mejorar a la humanidad. Un humorista, ¡si Cervantes resucitara!, pudiera considerarse una especie de médico endocrinólogo[2]
El humor está relacionado con la capacidad que ciertas personas tienen de observar al mundo desde este espejo trocador de  los eventos en significados cómicos. La persona que posee la capacidad de vivir situaciones mediante el humor  nos lleva a captar  y enjuiciar la realidad desde un modo  cómico, risueño o ridículo de las cosas. Nuestra ampliación de enjuiciar la vida desde el humor se concatena con experimentar la  vida desde la risa para no llorar.  Como también Nietzsche ha dicho: el hombre sufre  tan terriblemente  en el mundo que se ha visto obligado  a inventar la risa. Para los filósofos de la escuela cínica el humor vendría a ser una especie de catarsis o contraveneno espiritual ante las adversidades y convenciones de la sociedad. Al constituirse como propuesta y estilo de vida filosófico en sus primeros intentos  fue crear un corpus filosófico escrito cuyas intenciones fueron serias, más Diógenes de Sínope, al darse cuenta que la mayoría sólo se interesa por las cosas importantes al ser tratadas  burlonamente, se dio  a   desarrollar un estilo semi-cómico. Se trataban serios temas morales pero  en su tratamiento se demolían las convenciones sociales mediante la parodia y la ironía, guiados por la idea de que las creencias humanas no se modifican sino mediante el escarnio y la brutalidad[3].
La comicidad y el humor ya de por sí tienen un fin loable, y es que permiten distanciar el lado desgraciado de nuestras vidas procurando un rato de risa y superación de las preocupaciones de nuestra contingente cotidianidad. El humor vendría a ser un excelente fármaco  espiritual, un acto de purificación que  permite desviar  la violencia interna que tenemos cada quien originada por las frustraciones y el sufrimiento en nuestras vidas. Tiene una función catártica al hacernos conscientes de la separación de nuestro destino y el del resto, y no de la identificación con el objeto o sujeto,  que es sobre lo que recae la situación humorística; más que compasión experimentamos un distanciamiento y rechazo del personaje o situación cómica. Es por ello que posee una condición educativa, al enseñar situaciones donde el ridículo es lo rechazable frente a los valores consensuados de una sociedad. La trama cómica tiene una condición sadomasoquista al presentarse quien la actúa como un ser resentido y humillado ante sus espectadores. Oscar Wilde se le adhiere la autoría  de la siguiente frase: El humor es la gentileza de la desesperación.  Gracias a nuestro sentido de humor las cosas graves se nos presentan de manera ligera. Hay una degradación de lo serio mostrando su lado ridículo a través de lo vulgar que implícitamente contiene. Igualmente el sentido pedagógico se concentra en observar al humor desde el adagio castigar riendo mores (corrige riendo de las costumbres), donde una serie de observaciones cotidianas aceptadas son puestas a distancia, cuestionadas, criticadas, transformadas, mostrando su lado  cómico al colocarlas separadamente de nuestras convenciones sociales. En el fondo es una terapéutica espiritual que pretende atenuar, evitar y superar las circunstancias traumatizantes de la vida mostrando su lado risible en todas.  Más drástico es  Humberto Eco al decir que la risa vendría a ser el modo que tenemos para exorcizar la muerte.

Demócrito por  José de Ribera


II
A pesar que se ha desechado hace muchos siglos a la teoría hipocrática de los humores, nos encontramos que hoy hay estudios que han comprobado  que nuestros estados de ánimo vendrían a influir  de manera positiva o no sobre nuestra salud. Ya Juan Luis Vives (Del Alma y la Vida) y Descartes (Tratado de las pasiones), refirieron  a ello en sus escritos. El buen humor, por ejemplo, es necesario hasta para las personas que se encuentran en estado terminal, les da un sentido de vida más llevadera ante el evento inevitable a  vivir y afrontar en su futuro próximo. El humor nos proporciona un estado de gracia en uno mismo  y en los demás. Surge de situaciones que en apariencia carecen de sentido pero al trastocarlo bajo  la tonalidad del humor  nos lleva a un agudo sentido de comicidad, asociándolas a la inevitable risa graciosa.  Comparar un suceso bajo una nueva perspectiva  nos lleva a comparar nuestras vidas tanto con los otros congéneres como con animales (y lo contrario);  como comparar a personas de una posición social acomodada y poderosa con otras desgraciadas.
El humor nos permite dejar atrás, al menos por un rato, los problemas y preocupaciones que se nos muestras como insuperables. Tal efecto ha sido causa de estudios como el del profesor Mario Ferné de la escuela de psicología de la Universidad de Bologna, quien ha afirmado que la risa ayuda a un aumento del sistema de defensas inmunológico del organismo; una mayor producción de endorfinas y todo tipo de analgésicos naturales para nuestro cuerpo; la risa llega a regular el ritmo cardíaco y bajar la presión arterial. Despertar reacciones hilarantes en el organismo humano nos permite abrir una emoción de placentero beneficio a todos los niveles de nuestra corporalidad. A mejores y agradables pensamientos nos proporcionamos  un mejor estado anímico y mejora nuestras condiciones para enfrentar las situaciones difíciles. Tal felicidad nos hace más saludables. Este masaje humorístico nos proporciona  una felicidad que se convierte en una golosina para nuestro cerebro; nos lleva a sentir que consentimos a nuestra mente a través del evento humorístico.
En la historia de la filosofía  hemos encontrado  autores que le han dado cabida en sus concepciones éticas como lo son Demócrito, Platón, Aristóteles, San Agustín, Descartes, Spinoza, Schopenhauer, Freud,  Bergson, Berger entre otros. Nosotros nos detendremos en la antigüedad griega.
Pensadores de la Grecia antigua han dejado  algunas observaciones sobre la risa, el humor, lo ridículo. Podemos comenzar con el quejoso Heráclito, quien advirtió que no conviene  ser ridículo hasta el punto de parecerte ridículo a ti mismo; los límites de la ridiculez  están en mi conciencia afectada por  mi propia adherencia a la situación cómica dentro de mi vida. Pero no deja de tener cierto sentido de humor cuando nos dice que: por gusto preferirán los burros la paja al oro; o al enjuiciar a la enseñanza de la retórica así: educación retórica: principios de carnicería. Y no menos su juicio sobre la humanidad en conjunto: el más bello de los monos es feo comparado con la raza de los humanos: ¡qué optimista! Para ser palabras de un permanente pensador pesimista llorón.  
Pero nos encontramos que Solón, gran reconciliador y atento a todo lo que sucedía en la política de la Atenas antigua, vendría a exclamar  que huyamos de aquellos placeres que paren tristeza. Todo placer que no nos aumente nuestra alegría de vivir no es nada recomendable prácticarlo. Y, otro de los Siete Sabios griegos,  Quilón de Lacedonia  nos da ya un aspecto moral ante la burla injusta: no te burles del desgraciado.  En esta tónica moral sigue  Pitaco de Lesbos: no digas lo que vas a hacer, porque si fracasas se burlarán de ti;  antes de sentir el picor de la burla o la risa censora de los otros por nuestras impotencias cotidianas en el hacer, más vale hacerlas sin chistar, sin enorgullecerse de lo que se va a hacer, pues puede que no siempre se obtenga el resultado esperado. Y Periandro, el corintio observa que la burla puede ser motivo para afianzarse en nosotros el aguijón del eco hostil, y la alegría por ello mismo, de nuestros enemigos, por lo cual: oculta tus desventuras para que no se alegren tus enemigos. Un consejo para evitar el ridículo y la humillación ante nuestros oponentes natos.


Demócrito

III

Demócrito que combinó un intelecto penetrante con la curiosidad de un niño, filósofo tratado por la historia, (junto a Leucipo) como pensador materialista al referir que todo lo que existe en el universo  se compone de átomos y vacío, es considerado el filósofo del franco reír; su ética consideraba a la alegría como la meta de la vida, y advertía que la moderación y la cultura son los ingredientes necesarios para ello. Nos ofrece la risa filosófica como resistencia. El idealista y  aristócrata Platón  le tenía tanta aversión que deseaba  que todos sus libros fuesen quemados; es como nos lo refiere Diógenes de Laercio  ese intento de auto de fe platónico, venido de ese buen comisario filosófico:

           “…Platón quiso quemar los escritos de  Demócrito en bloque, todos cuantos lograra reunir, pero que Amiclas y Clinias los pitagóricos, le disuadieron, diciendo que no obtendría ningún provecho; pues sus libros ya estaban en manos de muchos. Y es inverosímil tal acción. Platón, que menciona casi a todos los filósofos antiguos, en ningún lugar cita a Demócrito, ni siquiera  donde debería contradecirle, evidentemente porque sabía que se enfrentaba al mejor de los filósofos.
            Incluso Tomón le elogia de la manera siguiente:
         El prudente Demócrito, pastor de palabras, muy agudo conversador, leí entre los primeros” (D.L. 2008:475).

Una interesante opinión sobre este atomista antiguo nos la da Onfray[4],  quien  se expresa de Demócrito como un filósofo de la risa de la resistencia, en oposición a todos los filósofos de ayer y de hoy que colaboran con el poder, sea este el que sea, y hacen una filosofía de funcionarios o de burócratas: de comisarios. Nos señala este francés la antigua tradición pictórica donde aparece Heráclito llorando y Demócrito riendo ante la absurdidad del mundo y más de la condición del hombre. Dos maneras de abordar el mundo. La primera, a través de la desesperación, del pesimismo heracliteano. La segunda trágica, la que acepta que el mundo es como es  y nos advierte que lo real es así y que no se puede cambiar y, por ello, la mejor medicina para calmar al alma es reír. Frente a la postura colaboracionista de los filósofos ante el poder (Platón a la cabeza con su obsesión  de la educación del filósofo rey en la cima del poder, hasta la del disciplinado funcionario Kant), nos encontraríamos aquellos pocos que han defendido el saber  y su autonomía en la medida que han resistido al poder, los cuales serían los grandes reidores, y Demócrito se nos presenta como el filósofo emblemático de la risa; la mayoría de sus observaciones son consideradas de materialistas, al observar que el mundo es como es (átomos y vacío), y a partir de ello aceptar la felicidad que se nos da o alcancemos vivir. Su obra sólo podemos retomarla por fragmentos  y los pocos que tenemos, paradójicamente,  son suficientes para reconstruir su percepción de la filosofía  y del mundo, además de darnos una perspicaz observación sobre la condición humana.  Si bien comprender inmediatamente que observa el curso de las cosas a través de una jocosa reflexión,  no es menos cuando nos dice que para los faltos de inteligencia es mejor ser gobernados que gobernar, con lo cual refiere que aquellos que no pueden comprender el curso del mundo y no tener la capacidad de aspirar desarrollar una inteligencia digna para conocerse como ser autónomo, antes de cometer imprudencias mayores, es mejor someterse al orden que impere y que se le imponga. La inteligencia, y no sólo el conocimiento (como es para Sócrates), es indispensable para aspirar a convertirse en un ser que pueda examinarse en función de la vida que quiere vivir, de forma autónoma, es decir, el de ser capaz de darse su propia norma: ser autónomo. Igual comprende que no la razón, sino la desgracia, es el maestro de los locos,  y por tanto aquellos que obran por ímpetu y por pasiones y deseos dominantes, el camino para enmendar su vida es, por lo visto, toparse con las desgracias u obstáculos que el curso mismo de sus acciones les impone y les causa. Su ética  alegre, anticipándose a Spinoza, advierte de los males que puede arrojar una risa injusta y es por ello que  un hombre digno  no debe burlarse de las desgracias de los otros hombres, sino compadecerlos. Las palabras para él son sombra de toda obra y es por ello que  nuestra palabra (o logos: razón, pensamiento, concepto, etc.) interior es la que nos lleva a  sacar de sí mismos  nuestras alegrías; es de nuestra propia reflexión inteligente que podemos ir habituándonos a observar las cosas de tal forma que sepamos reírnos y, hasta cierta forma, aceptarlas, porque no podrán ser cambiadas por más que queramos.  No menos consejo nos da cuando dice que  el hombre animado a realizar obras justas y conforme a la ley, estará alegre de día y de noche, obteniendo por ello la serenidad, fortaleza y cierta despreocupación; pero aquel que descuida  la justicia y no obra en función de lo mejor  todo se le trueca en tristeza, al recordárselo la memoria, experimentando temor  y maltrato a sí mismo. 
La vida requiere del divertirse  y para ello propone que  si llevamos una vida sin fiestas es lo mismo que andar un largo camino sin posada.  La alegría de la vida es comprende ese reposo  al hombre para disipar las penas o la rigidez que nos impone las relaciones sociales  comprometedoras. Para facilitar el proseguir se requiere del reposo y de la posada, de la fiesta y su alegría. ¡Claro está! ¡Tampoco se trata de permanecer todo el tiempo reclinado en la posada! Y la sensatez, a diferencia para el presente de muchos de nuestros congéneres, no es el permanente lamentarse por lo que no se tiene sino saberse alegrar por lo que se posee, así sea poco. De ese punto mental se debe partir para ampliar nuestro estar sobre el mundo. Y la alegría impregna el curso de la vida al saberse  contento con lo obtenido, y no en permanecer en la desmesura de la ambición y la envidia ante lo que puedan poseer  otros. 
Demócrito, el filósofo que ríe, que comprendió que el universo es infinito y es una danza entre átomos y vacío y que lo demás es pura convención humana. El fin de la filosofía debe ser la serenidad de ánimo, que no es idéntica al placer físico, a lo cual refirieron muchos su postura malentendiéndolo a la vez. El placer del vivir está en la serenidad, la tranquilidad,  en mantener el alma en la calma y en el equilibrio, sin sufrir ninguna perturbación por temores infundados, pasiones descontroladas, deseos insatisfechos o por sentimientos no correspondidos. A esto llama bienestar y, junto al saber reírse del entorno  sumido en convenciones y acciones absurdas del hombre, mantenerse en el estamento de la alegría.



Escena de la comedia

IV

En el caso de Platón y Aristóteles encontramos que tenían una opinión  oscura y distante acerca de la risa, sin embargo apoyaban las ejecuciones públicas, algo que vendría a estar mal visto hoy en día (cosa que los medios de comunicación no dejan escapar cada vez que pueden usarlas para su audiencia, como fueron los casos de Hussein y Kadafi, ¡así estos personajes sean para nosotros lo peor de la condición humana!). Encontraban que la risa podía cambiar las buenas costumbres y el orden social establecido, pues puede ser usado como un instrumento que cambia el comportamiento social.  Sin embargo el carácter desordenado de la risa  puede ser el fermento  y agente liberador de emociones represivas como el temor y la rigidez corporal y psíquica. Es por lo que en  República (libro III) condena a la alegría al considerarla como un sentimiento portador de una expresión violenta  y, por  ende, peligrosa para el orden  de su estado comunista militar. La  gran risa, si es colectiva, lleva a una explosión  violenta frente a la rigidez de las normas, y afecta  físicamente al individuo en su comportarse políticamente correcto al perder su tono cívico formal aceptado. Para el bello Platón la risa es signo de fealdad, por descomponer  nuestro rostro en expresiones que saltan  toda nuestra musculatura facial y por ello, deformarlo, y romper el buen gusto de las personas del estatus, es decir, de importancia y prestigio; la buena educación debe comedir su manifestación. Aquellos que no tienen tal reconocimiento y gusto social estarán más próximos a acometerla de forma permanente, es decir, serán los  que están al margen de la buena sociedad, los locos, los comediantes, los sirvientes, los esclavos (para su época). Para los guardianes, como para ciertos políticos de hoy, no deben permitirse reír de forma violenta sino mesurada, ji-ji, ello basta, pues de lo contrario quebrarían su autoridad, la cual viene dada gracias a saber mantener y representar su seriedad, su majestad: condición necesaria para imponer y mantener el orden del reino. En el diálogo Filebo Platón nos la muestra más cercana a la postura  de  Demócrito, pues si bien puede ser emparentada con el placer muchas veces tal satisfacción viene producida por la burla infringida injustamente  a los de menor jerarquía social y, por ello, puede ser (dependiendo con el cristal por donde se vea) proveedora de dolor, al referirse a algo ridículo que recae a un aludido.
Pero por otra parte encontramos en Platón una excelente referencia en su Teetetos donde este autor atribuye a Sócrates la anécdota sobre Tales de Mileto en la que nos narra que el filósofo milesino, que ocupado  en observaciones astronómicas, y sin dejar de mirar a lo alto del cielo, cayó al fondo de un pozo. Siendo observado por  una sirvienta suya de Tracia, de espíritu vivo y abierto, pero también burlón e irónico, se rió del hecho, agregando que si  su amo parecía solo saber lo que acontecía en el cielo se olvidaba de lo que tenía frente a sí. Con lo que podemos  notar que  se nos da una recomendación y un consejo platónica respecto a todos aquellos que  nos dedicamos al tan noble y serio quehacer humano de la filosofía, que está bien mirar a las abstracciones metafísicas (¡sobre todo las ontológicas y al problema sublime del ser!) pero hay que saber colocar primero el pie sobre el suelo, es decir, no dejar de tocar tierra, a pesar de lo interesantes que puedan tener  nuestras especulaciones filosóficas[5].
De Aristóteles podemos decir que no se aleja mucho de su primer maestro, Platón. Su filosofía aristocrática y de la distinción contemplativa mantiene la misma idea de la seriedad para observar la armonía, la decencia y el autodominio, excluyendo la risa  de su mundo intelectual al presentarla como ingrediente que inspira el desorden, la indecencia, la hybris (el exceso),  constituyendo una ruptura frente  al orden social. Lo cómico, ante este platónico a medio camino, no es sino también  proveedor de fealdad, de vergüenza, de lo bajo y lo despreciable: la risa es sólo una mueca de fealdad que lleva a desarticular al rostro y a la voz.  Pero no deja de afirmar que es  una emoción única del hombre. En su Poética  encontramos una referencia al origen del vocablo comedia, el cual procede de komodia, que refiere al canto del komos, que no era sino la multitud enardecida que participaba de los ritos dionisiacos. Tales ritos contravenían todas las convenciones griegas del decoro,  tanto de palabra como de comportamiento, lo cual lo hace altamente peligroso para las buenas costumbres (acordémonos que el dios Dionisos era por excelencia un transgresor de todos los límites habituales, y sus devotos lo siguen en eso).  
La risa se resume para estos dos filósofos institucionales y colaboracionistas perpetuos del poder, en síntoma y expresión de fealdad y bajeza. No la asocian con equilibrio, salud, reconciliación con nosotros y con los otros, o como motivo y emoción de un sano y confiado regocijo social.  De ellos debe ser la influencia en buena parte de la filosofía que  debe mantener a toda costa el rictus de gravedad, circunspección y reserva ante todo lo que se vea barnizado por la alegría, el humor y la risa.
Pero lo cómico también podemos encontrarlo en la cultura helénica en  los personajes no heroicos de las obras de Eurípides, en principio, y no menos, como veremos en un próximo ensayo sobre la comedia antigua, en Aristófanes. Ellos traspasan involuntariamente, para nosotros, los límites de lo  cómico y son, para los cómicos de su tiempo,  una fuente inagotable de risa. Separándolos de las relaciones míticas que pueden tener sus obras, tales personajes comunes, con su inteligencia vulgar, calculadora y disputadora, su afán pragmático de explicar, dudar y moralizar y su sentimiento desenfrenado aparece como algo para sorprendernos[6].


Máscara de comedia griega


De la risa y la sociedad

Otro tema de nuestro interés en este periplo del mundo antiguo,  es el fenómeno de la risa, consustancial al buen humor,  que es, además de ser una condición que desarrollamos desde nuestra infancia y que está presente en nuestras primeras semanas de vida (comenzamos a mover las comisuras de risa a la 6ta semana, a los cuatro meses nos reímos plenamente, antes de ¡poder hablar!; ¡es el primer vínculo de comunicación social!), tendrá no sólo una connotación fisiológica o psicológica,  sino también un elemento importantísimo al  vincularse con la moral  en tanto acción que pretende  mostrar una crítica no sólo desde el ámbito del sujeto sino también en lo social.
En el mundo griego encontramos dos vocablos  para referirse a dicho fenómeno.  En principio está la palabra γελάω (gelao), para designar a la risa como tal. Entre las aserciones referidas a dicho vocablo encontramos: el brillarresplandeciente de alegría, regocijarse, reír. Y  la palabra καταγελάω (katagelao), que también tiene el componente de reír, pero sería en un sentido burlesco,  y refiere a la acción que conduce a un desenlace risible; es la acción de mofarse del otro, lo cual convierte a la risa en una degradación sobre quien recae dicha risa; el prefijo griego  κατα (kata), refiere a la acción en que las cosas dejan una posición elevada y comienzan a caer, a declinar, a perder la compostura y firmeza natural; nos indica cuando quedan las cosas patas arriba, es decir, invertidas o cabeza abajo;  por tanto, con él se designa el declive  de algo, es lo que va de arriba abajotodo queda girado al revés .  La palabra γελοϊος (geloios), designa a lo risible, lo chistoso, lo ridículo pero también a la persona que se burla y hace una broma o chanza a otro. Por otra parte γελως (gelos), refiere a una cosa risible, lo que es objeto de risa, la irrisión (γελων  o γελωτα ποιεϊν: sería causar risa). Y el  γελωτα ποιός (gelota poios), sería el bufón, el gracioso, el chistoso, la persona que hacer reír y usa la risa como condición de su relación social con los otros[7].  Con ello queremos mostrar que para en el mundo griego antiguo la risa tenía varias  significaciones, como lo hemos visto antes en el caso de la risa en Demócrito; en que los individuos  ríen en tanto despierta un brillo del ser,  como experimentar el resplandor de alegría, de regocijo, es decir, como un indicio de  felicidad compartida o vivida individualmente. Podríamos decir que aquí hay una doble situación emocional con la risa: una, que hay un vínculo afectivo y moral de aceptación, interconexión y reciprocidad entre personas. La otra, vendría a implicar relación pero desde un punto de vista negativo: tendría una implicación peyorativa, hiriente, burlesca, mordaz, crítica, sadomasoquista, cuestionadora al menos dentro de una relación humana mínima  o entre muchos.
Como notamos, la risa  puede ser un regocijo pero también una censura,  en la medida que  es usada contra la seriedad impuesta, la intolerancia estricta,  las conductas mecánicas e inconscientes de muchos, los dogmas absurdos y dominantes, las posturas rígidas y autoritarias, las convenciones y tradiciones sin significado real y sólo como mecanismos de control y poder; la risa se transforma en una emoción rodeada de un humor sulfuroso,   que puede degradar socialmente  al individuo contra quien iría dirigida, para que de esta forma  revise su conducta en torno a sí y con el conjunto social al que pertenece. La risa puede ser vista como afecto, con una vertiente feliz,  pero también como correctivo, humillación.  Como refiere Javier Martin[8]; pareciera ser que  la verdadera naturaleza de la risa para los griegos era de matiz positiva, asociada a la alegría y sólo si ese orden era subvertido es que la risa cobraba el sesgo negativo
Pero la risa será un instrumento que va mucho más allá de concebirla desde un  simple aspecto positivo o negativo. La antigüedad nos presentará distintas maneras de perfilar el uso de la risa en relación al ambiente social vivido, al orden político existente, a la coyuntura interpersonal  constituida, mostrando otras facetas que la filosofía retomará para presentar el error, la ignorancia, la soberbia y, sobre todo, el carácter autoritario y absurdo de las convenciones sociales aceptadas. La risa es una emoción que en tanto humor compartido vendrá a ser un potente revulsivo de situaciones grotescas, incongruentes, incoherentes, ciegas y dogmáticas que los individuos de la ciudad antigua experimentaron en su cotidianidad; el humor y la fantasía cómica poseen un componente educativo. La risa pretende restaurar la tranquilidad mediante esta acción dispensadora de relajación  de tensiones en que, no por vía de la agresión física, sino de la inteligencia y del lenguaje (oral y gestual),  se opondrá ante la injusticia y el desbordamiento de los poderes  autoritarios. La conducta cómica será todo un ethos presente dentro de la cultura  griega en general
En la antigüedad nos encontramos con un impulso creativo  por medio de la risa, una fuerza que no se aplaca fácilmente y siempre arroja  efectos cuestionadores y novedosos dentro de un ambiente democrático.  Dentro de una sociedad en que reina  la isonomía (la igualdad ante la ley), se caracteriza a la risa por ser una fuerza crítica que expresó también razones igualitarias;  en donde se manifiesta su inclinación a extender más  su tono  sobre la opinión pública en general que a la jerarquía política  de las autoridades y el ejercicio tenso, mecánico del gobierno de turno.
Esta especie de katagelao la encontraremos no en la concepción del hombre común sino en individualidades en que han llegado a desarrollar una postura individual ante la vida o de una filosofía personal, donde  se ha desarrollado cierta espiritualidad filosófica, donde  su alma se nos  presentará como un haberse reconocido a sí mismo en tanto  visión de mundo subjetivo frente a lo aceptado  como inmovible y convención social. El filósofo de la resistencia, bajo esta impronta, es un ser que ríe y sonríe ante el mundo y sus manifestaciones; la vida, al comprenderla desde la distancia de su logos y su visión, podrá presentársele como una incongruencia y una absurda situación vivida en una vigilia perpetrada por un sueño colectivo. 




II

No toda filosofía absorberá esta emoción como  un elemento de  práctica filosófica ante la vida.  Podemos distinguir que la risa, como ya hemos referido, no estará bien vista por los filósofos canónicos del mundo antiguo griego. Como ya dijimos, un Platón o un Aristóteles la tomarán como una debilidad, frivolidad, falta de desarrollado de la seriedad del saber y del logos. En cambio Demócrito,  será descrito por Juvenal  como un gran reidor, el cual habría escrito un tratado sobre la risa; no menos los outsiders de la filosofía antigua: Diógenes de Sínope, Menipo, Luciano de Samosata.
Los sofistas recomendaban la risa como relajante  natural para prepararse para otras actividades más rigurosas. Otros la asumirán bien como placer mixto o siendo un ingrediente que se mostrará por medio de sutiles acciones, como era el método mayéutico de la ironía socrática; o  el performance irónico-filosófico pedagógico de la gestualidad ante lo cotidiano de los cínicos, o la crítica social a ciertos individuos o situaciones presentada a través de la comedia ática como nos la presenta un Aristófanes      (445 – 386 a.C.) , o las sátiras y diatribas de crítica social y moral, aliñadas de situaciones serias y cómicas de Menipo de Gadara (s. IV al  III a.C.) y por último al sirio Luciano de Samosata (125 – 181 de n.e), escritor de ciencia ficción avangarde, quien presentó el dialogo  satírico en tanto invención  literaria  que mezcló los pormenores de la vida cotidiana con la mordacidad política y filosófica, llegando a establecer una particular diferencia con Platón, del cual opinaba que sus diálogos parecían esqueletos aunque se les prestase respeto pero  él, Luciano se valió del humor para llevar la enseñanza  filosófica al gran público por medio de sus obras satíricas y fantásticas (¡un continuador de la  tradición  de Diógenes!).
La antigüedad del mundo helénico nos muestra que posee un alto sentido del humor, lo cual lo podemos comprender en tanto la capacidad que tenemos para poder percibir que algo es gracioso.   El fenómeno del humor decanta en comicidad, lo cual será la capacidad de  tener sutileza para experimentar lo incongruente de la vida[9].  Los filósofos que asuman como instrumento de lucha al humor  compondrán un mundo paralelo, separado y diferente al de la realidad cotidiana u ordinaria. Lo cual para Peter Berger vendrá a presentar una promesa de redención.  Ciertos filósofos  absorberán lo cómico, la risa, el humor como un campo de experimentación pedagógica en tanto mundo alterno a la insoportable levedad y angustiante inercia mecánico/digital de nuestra cotidianidad actual.  Y consideramos que respecto a esa situación los filósofos cínicos a la antigua vendrían a colocar una carpa aparte en relación al resto de las escuelas y tendencias filosóficas  al tomar la condición hilarante humana como un factor determinante para el ascenso del saber, al conocimiento  y al cuido de  sí, además de implicar un peligroso ejercicio de parresía, es decir, del hablar franco a través de la metáfora, la ironía, el humor y el performance cómico; aquellos duros filósofos del desapego comprendieron que el humor bien podía estar por encima del bien y del mal, y también contenía un ingrediente de peligro por sus giros contra las personas e instituciones públicas.
Notamos que en la antigüedad la carcajada fue parte de los eventos sonoros entre las calles, las paredes y el ágora de las ciudades. Desde el Olimpo a la tierra ateniense, la risa no era una simple bagatela.  Rieron con Sócrates, con Diógenes, con Menipo, con Aristófanes  y ello perduró este humor helénico hasta el s. II de n.e., con la obra de Luciano de Samosata. Los cultores del humor literario y filosófico  observaron que el mundo del poder, del palacio, de lo religioso, estaba centrado en una actitud casi  de permanente seriedad ante lo público. Sus acciones políticas, como por ejemplo, la guerra (y su consustancial destrozo y saqueo), tenían que  atenderse con la mayor seriedad posible. De esta manera la posición política también ejercerá un dispositivo técnico de  micropoderes dentro de los diferentes estamentos  sociales. No se ve bien que la mujer se ría de su esposo pero menos aún los esclavos reírse de sus amos. La risa exigía un reconocimiento entre iguales para aceptarla. La risa hubiera sido incongruente  manifestarse por el inferior ante el superior, del  esclavo ante el amo, del devoto ante el sacerdote, pues su efecto hubiera sido disgregador y disolvente  de la jerarquía social; si se rieran los sirvientes de sus superiores caerían todos los miramientos de escala social.





III

La risa posee ese elemento igualador que se esgrime como recurso  ante un mundo complejo y de injusticias con la redención de poder pensar uno mejor. Crea una realidad imaginaria nueva que vendrá a desplazar cuestionando a otra que ha perdido su razón de ser, su sentido y capacidad de dar una solución sensata a las necesidades del conjunto social. La evolución de las sociedades se pudiera  medir, entonces, en  función de las tonalidades de la risa y de su presencia  en los actos de habla cotidiano familiares y en la opinión pública en general. La risa, como vemos desde la filosofía práctica, es un acto de liberación ante la insoportable e incongruente realidad esgrimida, sostenida, aceptada tanto en el conjunto  y en la idiosincrasia de los miembros de la sociedad que viven como sonámbulos ante un mundo del cual no llegan a distanciarse y diferenciar,  percibir y aceptar  su superación (comenzando por nuestra persona).  La risa se esparce ante la rigidez de las intolerancias sociales  y políticas que pueden sostener instituciones ya no cónsonas con la dirección de las necesidades  cotidianas. La risa, la ironía, el humor, la comicidad se colocará  en franca oposición a la cultura oficial caduca, donde la seriedad, lo religioso, los dogmas y el autoritarismo pretenden pasar como las formas verdaderas, últimas y únicas de la convivencia social. Con el humor se crearía una especie de dualidad del mundo. La que  se toma como verdad oficial y la vivencia cotidiana del que participa de lejos, pero la sufre, de los avatares del poder  ridículo y ante lo cual no le queda al ciudadano de a pie sino reírse, ¡y si es estruendosamente, mejor! El humor y la comicidad como aspecto de la vida social en la antigüedad no vendrían a ser vividas sólo desde la subjetividad, de la individualidad compartida o como emoción biológica que da paso a la reconciliación con la vida, sino como una concepción  social y universal que aportaría y daría una interpretación moral de los hechos incongruentes e inauditos, injustos y unilaterales, absurdos y grotescos  de la oficialidad, la tradición  y de las formas  sociales superadas. La comedia  les mostraba la imperfección del mundo mediante la burla de ciertos aspectos repetitivos de las personalidades públicas, con lo cual se buscaba transformar y renovar un carácter inoportuno para la concordia social. Nos encontramos ante un fenómeno que la filosofía ha soslayado en su estudio de la antigüedad al no percatarse de la profunda originalidad de la comicidad como una revelación propia de la inconformidad y de libertad de expresión individual y colectiva ante el mundo y ante los cánones oficiales incongruentes para el bien colectivo. La comicidad como una válvula de escape emocional donde el individuo que ríe  obtiene una especie de catarsis y de conciencia más sutil ante las rigideces culturales, políticas, sociales de la conformación del orden colectivo.
Las tiranías  que se sostienen mediante el ejercicio de la coacción y el miedo, en donde  el tirano ejerce su mandato a capricho por encima de las leyes, tendrán todas ellas un gran temor a la risa crítica, al experimentar el ejercicio de comicidad social contra ellas, en tanto censura de su injusto ejercicio.  Un régimen que  expande el miedo  junto a la crueldad reduce las posibilidades públicas de la risa pero, sin embargo, la risa vendría a ser un instrumento de lucha, de resistencia, para esclarecer conciencias temerosas. Hay periodos en que podemos observar  un miedo al mecanismo deshilvanador de la risa. Quienes la cultivan encontrarán, no sin peligro,  una expresión de una nueva conciencia libre, crítica e histórica ante su época. De ser una conducta espontánea a ser una conducta crítica y consciente que busca horadar un objetivo preciso, la absurdidad presente en la racionalidad instrumental del poder político injusto en curso. El poder siempre querrá mantener un tono gris, opaco, serio como forma única de expresar la verdad oficial y total, el bien, y en general, todo lo que  se puede considerar como importante y estimable; la divergencia de opinión es un punto de quiebre a esa monolítica tirantes. Por ello el culto, la religión, las instituciones políticas no verán nunca con buenos ojos  la comicidad y el humor ante sus narices. Lo que se querrá  será docilidad, veneración, sumisión, miedo, servilismo, con lo cual la jerarquía se restablece en cada momento y no se cuestionará para nunca  a aquel funcionario cuestionable que ocupa un lugar de prominencia pública. Sin embargo a mayor seriedad oficial, mayor necesidad de risa y comicidad colectiva encontraremos a expresar y manifestar. La seriedad   enfática expandirá el miedo y la intimidad, la humillación. La seriedad, en el mundo griego, estará asociada a lo oficial, a la tiranía y a lo autoritario, acompañadas de violencia, prohibiciones y restricciones.  La risa, por medio de la diatriba, de la comedia, de la sátira, del diálogo irónico y cómico,  mostrará agudeza e inteligencia para superar  y obtener una victoria mínima subjetiva humana; transitoria, pero será victoria liberadora al fin, sobre el miedo gracias a la risa universal. La risa, por ende, implica la superación del miedo y alejada de ella está imponer alguna prohibición. El lenguaje de la risa no es cercano ni a la violencia ni a la autoridad, a no ser que se quiera denigrar de alguien que vendrá a ser un posible rival político. Los tiranos temen más la risa que a una guerra; la risa lleva a presentarlos como personajes cómicos, desencajados, enfermos de presunción y vanidad. La risa es una pequeña batalla librada contra  el temor cotidiano  infundido por el poder, las fuerzas opresoras y limitantes del individuo y de los pueblos; es un instrumento para desenmascarar la adulación y la hipocresía  que se quiere imponer por medio de lo serio y lo ritual. Lo serio es un miedo moral   a su favor porque encadena, agobia y oscurece la conciencia del individual; lo ritual se yergue en lo social para dar ese tono de autoridad y de tradición que impone una identidad al colectivo sin comprender por qué lo hace. La risa hace brillar la conciencia restaurando su resplandor gracias a la alegría. Se supera la imagen de lo grotesco gracias a la conciencia  de importancia ante el temor vencido y trascendido gracias a la risa. La risa lleva a establecer un lazo lúdico con lo que se teme,  presentándolo como posibilidad a descifrar y contraponer; es una creación que surge de circunstancias precisas y asfixiantes; presenta un punto de vista nuevo, una interpretación moral de la realidad por medio de un lenguaje trastocado gracias a la hilaridad y al simulacro liberador. La risa, lejos de ser un elemento embrutecedor y de opresión, se yergue como un recurso de liberación, de restauración con la creación que posee y pertenece a todo individuo. La risa no es una forma defensiva exterior sino  interior, que  puede ser sustituida por la emoción castrante del temor. La risa y el humor es una fiesta del alma que se permite el individuo como expresión  de creación, fuerza, renovación, amor, resurrección, fecundidad genuina y humana para una vida más auténtica, placentera y llevadera. En fin, la risa  es una exaltación de alegría vital; la risa lleva a que las personas sean más vitales que las que no se atreven a reír. Recordemos las palabras de Goethe: en nada se manifiesta más claramente una personalidad que en aquello de lo que se ríe. O podríamos decir, entonces que por tu risa  reconocerás quién eres…


Notas:


[1] Comte-Sponville A, Diccionario de Filosofía. Ed. Paidos.. Entrada Humor.
[2] Estas notas sobre la etimología del vocablo humor han sido inspiradas en la información obtenida del Diccionario de etimologías en: http://etimologias.dechile.net/?humor. Visto el 16 de marzo de 2012.
[3] Pérez, S., 2004: Palabras de Filósofos: oralidad, escritura y memoria en la Filosofía Antigua. Ed. Siglo XXI, México, p.215/224.
[4]; Ver la excelente charla grabada de Michel Onfray sobre Demócrito en: http://www.youtube.com/watch?v=xsQrOrV2zr8; visitado el 30 de abril de 2012.
[5] Peter Berger en su Risa Redentora (Ed. Kairos, Barcelona, 1997, p.44s),  nos  informa de este interesante pasaje platónico en que pareciera asociarse el nacimiento de la filosofía con la risa y el humor, gracias a la mirada y juicio atento de esta sierva de Tracia jocosa y  despierta a los sucesos de su señor. La  actividad filosófica puede convertirse en un  blanco perfecto para la burla.
[6]; Jaeger, W. 1974: Paideia. F.C.E: Mexico, p.315.
[7] Estas definiciones de la palabra risa es tomado del Diccionario Griego-Español Vox, 2005, España.
[8] Martín, Javier (2008): La risa y el humor e la antigüedad, en: http://www.fundacionforo.com/pdfs/archivo14.pdf. Visitado 20 de marzo de 2012.
[9] Berger, P. 2008.  La risa redentora. Kairos. Barcelona, p. 11.