domingo, 1 de mayo de 2011

Sobre la Moda


David De los Reyes


     Sarah Bernhardt  (1884-1923), representando Celeste  

I
La moda ha venido a ser un elemento  de cambio, tanto en lo personal como en lo grupal,   en los gustos y patrones  cotidianos  en las sociedades contemporáneas.  Sin este ingrediente, parte de la modernidad no se pudiera  pensar; dejaríamos  fuera la democratización de las apariencias, la constitución del cuerpo para el otro, la mirada al devenir de  los distintos mundos de lo cotidiano, a la entronización de lo nuevo como   conciencia de estar en el mundo; efecto que  se ha constituido  casi en el único imperativo de los tiempos.  
La moda no ha pasado nunca desapercibida  para el mundo intelectual. Ya a  comienzos del siglo pasado, en  1830, Balzac redactó  su Tratado de la vida elegante y a  finales  de ese mismo siglo,  intelectuales  como el dandy y poeta Baudelaire, ya se fijaban   con entusiasmo  en el femenino  y  erótico arte de pintarse los ojos, las mejillas y los labios, descrito  en su Elogio del maquillaje: pequeño tratado donde la moda  es  descrita como  un elemento  constitutivo de lo bello, un síntoma del gusto ideal.  Para el inglés Oscar Wilde el maquillaje  proporcionaba a la mujer lo mismo que su propósito personal  para con la naturaleza: no imitarla, sino embellecerla.  Mallarmé, a finales de siglo, redactaría  La última moda.   Pero  también la literatura influiría e inspiraría el  gusto en los vestidos,  sólo hablemos de uno: Sarah Bernhardt, leyendo  una página de  Salambó de Flaubert  quien  describió a su personaje  vestida de una  tela desconocida, quiso tenerla para su nívea piel y la tan afamada artista exigió una tela similar;  al cabo de una semana ésta existía.  Sarah  la creó  mutando un terciopelo  color  hortensia marchita  con reflejos azulados y haciendo macerar  a martillazos la pieza de terciopelo de Venecia color rosa auroral;  posteriormente  la  intervino con fumigaciones de azufre y azafrán, para   encontrar un  tinte  nunca  visto antes. Al final, un dibujante trazó arabescos y flores de fantasía,  animales emblemáticos y sombras sugestivas con un vaporizador especial;  el resultado  inesperado  cubrió a su grácil cuerpo  en  sus futuras  representaciones.  Este acto de Sarah bien afirma lo dicho por Barthes  sobre el vestido: “se sabe que la vestimenta no expresa   a la persona sino que la constituye; o más bien es sabido que la persona no es otra cosa que esa imagen deseada en la que el vestido nos permite creer”[1].  El gusto por lo nuevo y  lo exótico  en la moda  ha sido un rasgo constante  en nuestras sociedades modernas y sobre todo de manera creciente  desde el siglo XIX a nuestros días.
Pero todo ello ha  sufrido  cambios  al transcurrir  el siglo  XX. De esta manera encontramos que la demanda de modas en nuestras sociedades no obedece ya  sólo a una predisposición  de la distinción social –como lo fue hasta  la mitad de nuestro siglo-  sino de una actitud  de trastrocamiento, mutación, metamorfosis y novedad en la interioridad de la personalidad y vida, donde una rigidez de la indumentaria obstaculiza la libre expresión de la individualidad  y  ahora   toda una constelación democrática del individuo  lleva a afirmar su autonomía básica  personal.  Constitución de un espacio estético para  nuestro diario acontecimiento individual. Búsqueda de variación,  demudación, teatralización de nuestra personalidad imbricada  bajo la tormenta  del acontecer mediático  y a su aceleración  constitutiva  que le da cuerpo, la determina, la mima, la  define y la hace sobrevivir.
Las costumbres y usos que se ponen en boga durante cierto tiempo y que forman  parte de nuestro atuendo y conductas externas vienen a constituir un elemento clave  de una sociedad que arrastra como conflicto permanente el enfrentamiento de una producción inconsciente de sus  límites, -hasta ahora-,  añadiéndosele la necesidad imperiosa de dar salida a dichos objetos producidos.
Para nuestra participación en los cambios de la moda y nuestra continua disposición  en asumirla, no importa, en forma determinante,  tanto el  ascenso  o descenso de nuestra renta o salario sino las actitudes pesimistas u optimistas que despliega ante esa sociedad de cambio continuo.  Por todo ello la moda es un factor constitutivo de nuestra época y del mundo  occidental;  nos lleva  a comprender a la sociedad del presente  desde el mismo centro de lo presente, no por medio del sesgo de los mecanismos de producción; con ella nos asomamos a  sus límites y sus respiros que vienen a presentarse por los impulsos del marketing,  por los nuevos sistemas de distribución y venta o por  los marcapasos perceptuales colocados en el corazón del mercado, además de  los juicios prácticos  instalados en las técnicas de motivación  que  crean una sinergia  que se adhiere al avance y la presencia  persistente de los  canales de la comunicación  y sus vastas posibilidades de persuasión;   todo  dentro de un movimiento que  va a la par  de una intensa  capacidad acelerada  en la fabricación de los  más variados productos;  productos  proyectados, tocados, afinados, redefinidos y  refinados  con la pulsión de la obsolescencia  como  condición  interna para ser aceptada su existencia dinámica.
No podemos negar que la moda es un hecho de nuestra civilización occidental. En ella  se dan cita  desde efectos psicológicos y culturales hasta políticos y filosóficos. Involucra no  sólo a conjuntos sociales sino que despierta  el alma del individuo  y   se convierte en una opción de la libertad personal  y de nuestra  condición   externa de presentarnos ante el mundo y modificarlo.  La moda  ilustra el ethos del fasto y promedia una libertad minimalista que nos compromete  dentro de una estética de las apariencias, aunque  sabemos que a tanta fortuna no queda de lado el que tenga  sus desquites y sus  pesares. Al inyectarnos  el gusto por la novedad y el cambio   que respiramos  en toda  la atmósfera cultural  occidental, nos  dispone al consumo de productos  de utilidad dudosa, siendo el exotismo uno de los elementos de  su seducción;  en ese juego no entran  a participar  las relaciones de vecindad o tradición, es más, su condición es  ser la negación de  las costumbres tradicionales y de ahí su carácter  modernista implícito que  sobrepasa cualquier marco de nacionalidad para su justificación;  con la moda se yergue  todo un sistema social  teñido por el espíritu moderno  y  liberado,    -hasta cierto punto- de  la influencia del pasado,  se rodea de un orden de valores  que  se remarcan  sólo ante el presente y lo nuevo. En la modernidad  sólo el presente pareciera que puede inspirar al deseo.
La hibridez de la moda  estructura  el componente perfecto para  el pulso  económico de  las regiones periféricas y satélites, encogiendo  o ensanchando la piel del bienestar general al ritmo de una globalidad envolvente. Conforma un acopio y conglomerado de bienes cuyos ingredientes  varían  cada vez menos de un país a otro, globalizando los escenarios, los utensilios, los adornos  y los vestuarios dentro de una regionalización  imperante  de los mercados  presentes. Preponderancia y  hegemonía  cotidiana  del imperio de lo efímero.

II
La vida y existencia de la moda siempre se deberá a un efecto de reacción.  Para afianzar su permanencia  necesita   enfrentarse y surgir  como oposición a otra anterior. Del pasado saca su  existencia  en el presente,  actividad paradójica por  su perenne variación  o de negar  la moda del verano anterior, por decirlo así, o bien por resucitar  cadáveres y ruinas  de los depósitos museísticos de las modas  pasadas y volverlas actuales mediante la intervención y la modificación de los materiales y cierto uso del  diseño actual.  La moda que  tiene una pequeña vida y permanencia,  sólo obtiene  su presencia constante por su  resucitar, como ave Fénix, de sus propias cenizas. Reacción contra lo anterior, oposición radical  a sí misma, con sólo negarse  surge su afirmación, proponiendo  modelos  de comportamiento colectivo de valor  universal, socialmente jerarquizados y que se separan  totalmente de  los gustos del pasado inmediato. Así,   cuando en 1963 Mary Quant crea  en Londres el Ginger Group,  lanza  la minifalda que fue, más que una liberación sexual femenina, una  reacción  al agotamiento de la era de las faldas largas victorianas, por ejemplo. La moda  se entroniza a partir de  oposiciones binarias: corto/largo, alcohol/droga, aceleración/lentitud, blando/duro, hot/cool, naturaleza/artificio, tropical/templado, jazz/rock, rock/salsa, salsa/joropo, pasaje/bolero, minifalda/maxifalda, etc., donde siempre uno de los pares  es el triunfador  absoluto para  el consumo social por un período  sometido a los vaivenes de la demanda del producto.  El desplazamiento acontece  por  un surgimiento impetuoso de un antagonismo radical, donde  no hay  términos medios  e híbridos que hayan  podido  gozar de mucha  fortuna.


i12bent:Sarah Bernhardt (Oct. 22 (or 23), 1844 – 1923) herself…

The New York Public Library for the Performing Arts / Billy Rose Theatre Division
Sarah Bernhardt en New York, (1884-1923) 


III
La moda pareciera  ser una cura real, una satisfacción permitida, un ensanche de nuestro narcisismo, cuando sabe darnos lo que deseamos  adquirir más que tratar de vender lo que se produce. La inducción y la seducción de sus montajes para la captación de nuestra atención y del  picor que despierta al deseo llevan a preguntarnos por la fragilidad y alteración de nuestra libertad de decisión particular  ante su imperativo. Orden oculto que bien puede trastocarse, a la vez,  en un recurso  de  expresión y transformación personal   ante las formas externas sin significación del mundo.   De ahí que ese espacio lúdico nos dé la  grata  y recreada ilusión  de   renovación de  la vida, de la sociedad, del tiempo y hasta de la historia,  combinando sus efectos  dentro  de la constante  repetición violenta  en que nos  introduce  nuestro entorno de la vida ¿postmoderna?. Con la moda bien puede pasarnos hoy  lo que  ya decía Epicuro  sobre  nuestra alimentación y de la duración de nuestras vidas:  “Y así como  de entre los alimentos no se escoge los más abundantes, sino los más agradables, del mismo modo disfruta no del tiempo más largo, sino del más intenso placer”




Photo — Sarah Bernhardt

Sarah Bernhardt   



IV
Al restringir  los límites de la participación  en el  campo de  la política el individuo ha optado por participar  en la elección de  los adornos y de la estetización de su cuerpo;  en organizar  su vida inmersa  en un sistema de frivolidades que permanece como una danza continua y constitutiva de lo cotidiano,  encontrando que  esta  pasión prescribe, quizá, uno de los elementos que más lo integran con  el devenir del mundo y yendo al encuentro de la mirada del otro. Muertas las ideologías, entrados los partidos en el  túnel  de lo anacrónico y en la practicidad estéril de  las propuestas de sus dirigentes  (aprendices de tiranos)  –que sólo terminan siendo y haciendo más de lo mismo: nada para el bien común-,  agregando a todo ello la aceleración y cambio de los valores y las costumbres, el individuo halla en  el carrusel de la moda una cierta estructura hedonista y  lúdica que intercambia por la política tradicional y  que lo incluye  en un determinado conjunto humano que lo guía  más a la experimentación narcisista que al  mandato colectivo. La moda, más que  un conjunto de  emblemas y símbolos de la diferenciación         –como lo fue  en otros tiempos-,  ha quedado como el  escenario  que cierra  y abre un  intersticio de exploración  para la convivencia  y el intercambio simbólico comunicacional; lo que importa es el encuentro, la convivencia. Elevando la constelación de lo efímero, como elemento ontológico  de los actores sociales, se retrae y casi  desecha de nuestras vidas la   búsqueda de cambios sociales, políticos o económicos. En la órbita de los gustos, de las frivolidades, de los atuendos,  está   toda una gramática  abierta a una  descripción  y lectura del conjunto de  nuestra  trama y red de conflictos individuales integrados  al concierto gris de la sociedad signada por la obsesión del presente,  del peso  de un pasado aparentemente glorioso, dador de una  brumosa nacionalidad hoy  bastante moribunda por  la globalización y que apesta a sangre  muerta derramada,  que no  interesa a  nadie recrear ni revivir y  de un  horizonte rasgado por un futuro incierto, propio del burro siguiendo la zanahoria hacia el prometido mundo feliz.
Todo este conjunto hace que lo cotidiano se torne  en terreno de  una sociabilidad difusa,  donde se vive al margen  de lo político institucional, lo histórico o lo religioso;  en este  espacio dilatado  entra  a confluir  tanto lo privado  como lo público,  lo familiar como lo vecinal, lo erótico y lo lúdico,      el   ocio    como   el quehacer asalariado. Concentrándonos  gracias a los nuevos hábitos adquiridos  dentro del arraigo cambiante de nuestra sociedad para el consumo, la cotidianidad se define desde  el hogar, la calle,  el centro comercial, el rutinario puesto de trabajo, el bar del encuentro, de la apuesta  o del juego y la virtualidad de la iconografía mediática regida vertical y burocráticamente por  una aspiración a un standing elevado,  junto a ritos y mitos  surgidos del seno de la ciudad.
Pero los tiempos pasados  tejieron  una cotidianidad  que presentaba un grado  de  imprevisibilidad, espontaneidad, de una vitalidad ruralizante, de  una incertidumbre y naturaleza que ahora  no se permitiría para nuestras cerradas, temerosas y democratizadas vidas citadinas; la lógica tramada es la  que se inscribe en  el efecto  ensordecedor e hipnótico de la  repetición asfáltica.  La repetición también  como conducta externa  que es, por su cuenta, eco  de una vibración más secreta, de una repetición interior  y  establecida  en la profundidad  del singular sujeto que la anima. Repetición  cotidiana de los gestos, las mismas jergas, los mismos sueños, los mismos deseos, similares comportamientos prescritos para las ciudades, grandes o pequeñas, cada vez más parecidas, con sus trabajos terriblemente idénticos y monótonos –cuando los hay; acordémonos de la sombra del paro que recorre al mundo: Vivian Forrester lo dijo hace tiempo[2].  La moda  se inscribe en uno de los pliegues de lo cotidiano  como dispensadora de  alivio  de la inercia  y rutina; cotidianidad  como densidad vital saturada con signos y ofertas     en cada esquina.
Si en el siglo XIX Ernst Engel  propuso  una  ley   para comprender  el sentido innovador de los comportamientos sociales  e individuales, la cual decía  que “a medida que aumenta el consumo total tiende a disminuir el porcentaje del gasto destinado a la alimentación”, hoy  pudiera traducirse que  entronizándose   el consumo como  algo cotidiano, pudiéramos decir que, a medida que aumenta  la presencia  de la moda en nuestras  vidas,   disminuye el porcentaje  de gasto destinado al desarrollo de nuestra espiritualidad y diferencia; nuestra espiritualidad  nace  sólo desde lo externo,  la democracia  de la moda pide, sobre todo,  únicamente la presencia del cuerpo junto a la lealtad de su espíritu cristalino de vitrina.




Sarah Bernhardt como Cleopatra, 1891 retrato de Napoleón Sarony (1821-1896)




V
La moda nos muestra la faz de lo nuevo  -pero bajo el signo de la reiteración-  para  entender y vivir cotidianamente nuestras pulsiones subjetivas  al tempo del imaginario social. Su presencia  tiene una influencia mayor  que la educación primaria y secundaria  o  universitaria, que  los sindicatos, la empresa, los oficios, los partidos y hasta  de los gobiernos; ella se eleva por encima del aburrimiento generalizado presentándose como  la Diana cazadora de la intimidad inconsciente y de los sueños  en   nuestra individualidad permeable. La prenda del momento cautiva más que las leyes permanentes o ¿cambiantes? de  nuestros estados. Al despertar el  confundido ciudadano por  los espejismos del porvenir de  la oficialidad institucional ofrecidos como meta  que nunca  se llegará realmente a alcanzar,  al ciudadano,  inscrito  dentro de una máscara  social, le queda  la posibilidad de aferrarse,  en tanto respuesta y rechazo  a la condición infernal de nuestras ciudades, al basurero vivencial en que ha convertido el hábitat de su barrio o urbanización, o la inocografía itinerante e infernal de las  tragedias mundiales, en el reducto subjetivo y volátil, cambiante e hipnótico, integrador y dador de cierto sentido de ¿belleza? o percepción estética instantánea que nos presenta el balcón de la moda, convidándonos  a una conciencia amarga de la resignación e identidad de lo incierto  y arraigo pasajero en el  tobogán   del segmento cultural  de  lo breve, en lo fugaz de las formas  estéticas  de la individualidad. Los objetos y  matices que nos ofrecen las modas gustan  por  permitir situarnos socialmente, desenmascararnos, sacando un provecho y placer distintos. Ante  el cerco del ruido  político que pareciera no ir a ningún  estadio  feliz,  -o al menos a algún lugar al que uno realmente quiera ir o sentirse  invitado-,  y  al dejar  de tener  la vida un valor y una dignidad, el individuo  y su casi perenne fragilidad se escuda  en  la extensión plástica y  finita de su propia piel,  en la fantasía y decoración de su consciencia;  encuentra que la  primera ley de la naturaleza  personal  para  la defensa  e identidad de su precaria humanidad  en las  sociedades actuales, está, por el hecho del constante sentido del accidente en  nuestro marco vital,   en el inmediato halo cambiante  de los artilugios (del celular al infaltable BlackBerry), en el adorno o el collar en el desnudo cuello, en un lóbulo de la oreja o en las aletas de la nariz, en la intervención  o decoración y tatuaje  corporal,  en el oropel de las livianas fantasías, en los barroquismos de los contrastes, en los colores sin vida y en los gustos chocantes ante  el buen gusto único que  sólo se manifiesta en la medida que solapa y oculta  -¡y ya no puede!-  la injusticia, la corrupción, el crimen, la inseguridad ciudadana, la pobreza, la muerte, las lacras, las desigualdades como una condición casi natural y eterna de nuestro estadio mediocrático cultural.
El individuo casi sintiéndose escoria de una sociedad que ya no ofrece salidas y a falta de elecciones y  de deberes y derechos  que cristalicen y reformen, o que aspiren  a una cruel   sinceridad   de  los límites de su  suerte y condición política,  asume la moda, como complemento de la sucesión de la vida,  esa condición  faltante  para ejercer   la elección     y desplazar y empuñar  la cercanía de la muerte por  indiferencia a la política virtualizada y chata: abstracción  que no se mezcla –y siempre  es vista desde lejos: su efecto es aéreo: ondea por los aires…- ya para sus vidas,  ante la trampa mortal del ser estático de la nada política, asume la avalancha de naderías externas y de las pequeñas diferencias que  forman  a la moda. Ante  la fatua gloria del mundo abstracto  institucional y  financiero su negación  se  cruza con otra abstracción pero de corte sensitivo y estético, la de la moda;  todo ello nos da una  emoción de la presencia  y significación simbólica  social en  la capa del placer individual; rechazo a lo obsoleto y  conjuro  ante  nuestras sociedades del gas mediático y de la ¿trasparencia?.   En  un tiempo en que las estructuras jurídicas y  de legitimidad  están a la deriva y  no funcionan, las  casi inertes democracias  encuentran el respaldo del cauce mediático,  proponiendo   como   condición existencial al continuo cambio  girando en un círculo cerrado. Al encontrar  que   la representación del teatro  de los políticos no  devuelve la esperanza y tampoco se establece un piso firme dinámico, menos brutal  y más acogedor,   borrando los pocos  gestos humanos,  esos electores  nos muestran que  su acción votante  está,  (gracias a la continua  medida  bien administrada de frustración constante producida por la desconfianza de lo  público), más cercanos a la seducción  de  las pasarelas mercantiles, de los oropeles y telas, a los gustos alimenticios y looks  que  en mirarse y reflejarse en la cara seria –y verázmente cínica del como sí- torpe y gris  de la constante política militaresca o gerontocrática de nuestros mundos latinoamericanos.  Se busca  refugio  en la individualidad  y en la ética  hedonista de la estetización de nuestra corporeidad.





Sarah Bernhardt  retrato de Napoleón Sarony (1821-1896)


VI
La publicidad y la presencia de la moda no sólo domina nuestra visión  de mundo, sino que hace de lo efímero nuestra certeza sensible, llena nuestros oídos,  determina, en forma  urgente, nuestra  estética moral, nuestras  miméticas conductas y hasta preconiza un sentido de la idea del bien individual y social. La paleolítica corteza política  aún cree que estamos esperando su última palabra  para saber de  cómo va la política.  Ciegos, nos hablan de los colores del mundo cuando nosotros  hemos integrado, inventado y despertado nuestras vidas a los colores que  nos significan y emocionan  sin tener que pedir permiso de la ¿gran?  política. Los intersticios  de la micro política tienen sus matices y sus refugios  donde constituimos  y construimos  la vida.
Si bien la lógica de las sociedades modernas  han hecho posible  en reducidos grupos humanos saltar la cerca de las necesidades vitales primarias,  ellas han visto llenar  su pecho con  otras necesidades nuevas y llenas de artificio. Una espuma simbólica  e icónica que  constituye toda una constelación coreográfica  de  las necesidades, que van desde el estatus, prestigio, ocio, cultura hasta la información, imágenes, confort, mitos, ritos y sueños:  tornándose toda esa colección   en un marco mínimo  vital antropológico, independientes de toda  necesidad primaria o con la subsistencia biológica;  ellas más bien dejan de ser secundarias y  obtienen la primera fila  en la serie de las necesidades humanas.  Topándonos  frente a una sociedad que  registra sólo un mínimo de preocupación  por construir un bien social y que garantice un  respiro a la dignidad para sus integrantes, los recursos de lo efímero, de  los medios, de los simulacros,  de los cambios de escenarios electrónicos que  nos inundan como  virus inmortal de lo instantáneo  y vital  a la vez, presentando su subsistencia y  la garantía de una cohesión social  aferrada a lo virtual.  Desde hace siglos está presente en Occidente  el olvido de la polis: lugar donde alguna vez los ciudadanos se reconocieron como agentes  de la existencia y dirección del conjunto social.   La polis  se ha trasladado a una sociedad del escaparate electrónico, de la vitrina  virtual y del precio.  Las  leyes  subterráneas  imperantes no son dictadas  por las relaciones ciudadanas sino por los artífices –a veces geniales, hay que reconocerlo- de  la moda y toda su  corte de los milagros  que  proporcionan  de estación a estación  lo emblemático para respirar  y permear entre los aires de las épocas estacionales.



Sarah Bernhardt  retrato de Napoleón Sarony (1821-1896)


VII
Más que hablar de un ethos social, de un ser social,  podemos  arriesgarnos a hablar de un  hedoné  social o de un  no-ser  social  y de un ser  asocial políticamente presente  desde hace un tiempo. ¿Marginal  político? Un elector que ya no le importa  su voto, un apartidista nato,  un individualista consciente  de sus gustos, de sus gastos  imprescindibles, reunido  con  lo externo por  el imperio de lo cambiante modal en tanto recurso que atrapa una vida –su vida-  y le da cierta “distancia y categoría” sin otro brillo y aptitud de movilidad e integración comunitaria, que  concibe  su integración a partir del círculo de la exhibición simbólica que le presta –periódicamente o generacionalmente-  los signos de la moda.
Inexistente  para ocupar  un lugar en el ser de una comunidad se llena por  el soplo  de  lo simbólico presente en un ser  integrado a la vivencia diaria de la imaginación y del mundo onírico que  procura   como alimento en sustitución   al  sentido del arraigo; su ser en el mundo  es una   exhibición y muestreo  en y para todo el mundo. Donde el sentido del arraigo  en el  individuo, posiblemente hoy día,  hasta puede  conducir a la muerte espiritual de ese individuo. El imperativo categórico, el deber-ser, está absorbido por el cambio y el grado de intensidad hedonista como condición de nuestra definición y voluntad de lo bueno individual y social.
Ello  parte desde la nueva idea de progreso  adoptada por la sociedad inscrita en la globalidad.   Con ella se cambió la lógica de la producción industrial por  una lógica del consumo, de un conjunto de necesidades y de subsistencias  locales por la platina del confort y de la moda agarrados a los múltiples  canales coaxiales  de la aldea  ciberespacial,  desarrollando, además y hasta el máximo,  el principio  de diferencia marginal en todos los productos,  toda una constelación de objetos  configurados  bajo el orden de las microdiferencias.
De  igual forma se puede ver que  después de un siglo la industria del lujo no será  representativa de una élite.  Ha cambiado mucho desde la aparición de las tiendas especializadas de  la  Alta Costura francesa, como aquella creada por Charles-Fréderiik Worth  en 1857, que convierte  una empresa  de creación de confecciones selectivas, de sedería  original y de artilugios lujosos  de  inusitada novedad en un espectáculo publicitario dado en determinados escenarios. Lipovetsky[3]  ha dicho que con él se inicia lo que  será la moda  en el sentido actual del término, poniendo en práctica el doble carácter que la constituye: autonomización del  hecho y del derecho  del modisto-diseñador, expropiación correlativa  del usuario por lo que respecta a la iniciativa de la indumentaria. Hasta ese momento el sastre, el diseñador o el modisto nunca dejaron de trabajar en relación directa con el cliente, de tomar sus sugerencias, de  aceptar sus dictámenes: en  mutuo acuerdo elaboraban  el atuendo. Con Worth  se  adquirirá  el derecho soberano de la libertad creadora y de la autoridad artística;  la moda y sus creadores,  de ser  subordinados,  pasan a esgrimir  su propia voluntad creadora.
Pero también ocurre que la Alta Costura subsiste sólo si transita hacia   la  Costura industrial; ya no  se define y  se diseña para satisfacer  sólo a un reducido   espacio  geográfico clientelar y a una presencia mínima del gran porcentaje   que  le abre los mercados. Su  mira está en los amplios pastos   donde se citan los  potenciales consumidores de nuestro siglo de masas. No es la búsqueda de la exquisitez,  sino su democratización es lo que persigue. Si bien no abandona del todo   a  las peticiones de la clase ociosa y de  consumo conspicuo  de la que nos habló el economista norteamericano Veblen, donde las conductas del derroche   terminaban convirtiéndose  en algo necesario para la vida;  ahora busca internarse en las posibilidades de las elecciones  y las libertades de las mayorías, separadas del  registro  estatal y  afianzadas  en los hábitos de  lo efímero.  Para los  creadores de la moda  no sólo cuenta la materia prima y sus aledaños,  las telas y los diseños, el gusto y  cierto sentido de perfección o imperfección consciente,  de las asimetrías   y  las combinaciones  de  texturas, de talles y de  formas;  al fin y al cabo,  sabemos que  toda ella va a estar constituida de variaciones   en el seno de una serie conocida;  su mirada está colocada en esas mayorías  y sus posibles demandas, sus porcentajes de compras, en  la inoculación de  nuevos hábitos y deseos que cautiva y monopoliza toda esta industria pareciendo sostener el rumbo ciego  del loco barco sin timón  de nuestras sociedades  industriales  emplazada  dentro de una muy sui generis  democracia.  Las casas de modas  tienen su  vida  limitada  por el dictado del termómetro  de la aceptación de las mayorías que son quienes, como  ya diría Ortega y Gasset en 1929,   permiten el acceso a “los lugares preferentes  de lo social”.
Pero es alrededor de los años cincuenta cuando todo cambia.  Lo que constituyó un gran  giro en  el comportamiento del negocio de la moda y de la Alta costura  fue  el coqueteo y matrimonio que se llevó a cabo con   la búsqueda y entrada   del gusto y  de la exquisitez de   esa moda centenaria dentro de  las bielas y engranajes mecánicos de la industria textil.  Ese momento, según los entendidos,  fue  la irrupción, desarrollo y permanencia de lo que llamaron el prêt-à-porter.  El término aparece a fines de los años  cincuenta cuando J.C. Weil lanza  el término para significar lo mismo que la fórmula americana ready to wear, con el objeto de desvincular la confección de su mala imagen de marca.  El prêt-à-porter  pretendía  confeccionar y fabricar  vestidos de calidad con las  últimas tendencias de la moda pero para un público  de mayorías;  con este salto se  mira unificar moda  e industria, llevando a la calle la novedad del momento, el buen gusto del modista de  firma;  la industria textil  comprende la necesidad de contratar a diseñadores para  ofrecer ropa con el valor añadido de la  moda y la estética. De ahora en adelante  lo que se tratará  de producir son géneros y vestidos que   involucren  novedad, fantasía, creación estética en sus productos, tomando como referencia determinante  los principios  presentes  en  las colecciones de temporada de la moda.  Se pasa del vestido burdo industrial de masa  a  llevar el producto de moda.  Las masas  acogen este cambio con entusiasmo y lo defienden en las calles con  su  búsqueda, uso  y consumo.[4]
De ahí que  digan que  la industria de los estilos, de las formas, de los lujos desvalorizados puede entenderse  como un lenguaje cercano a lo político y al lúdico  reinado del simulacro  social.  La moda  como aquella cartera que retenía  únicamente  la  condición  y símbolo de un estatus, se nos presenta ahora como toda una industria ¿liviana? de  la imaginería  que proporciona  una mitología  social itinerante, introduciéndose en la historia de la evolución de todos  los estamentos sociales
Nuevos modelos  de sociabilidad, de diferenciación, de comunicabilidad y de conflictividad; es pauta de comportamiento, instaura  toda una gramática de la comunicación citadina; acobija  aspiraciones psíquicas estéticas y morales para el individuo integrado  en una mayoría reglamentada y que  ha sufrido  una serialización de los deseos. Bien  se ha hablado que en nuestras sociedades, y   en el nuevo  nivel de la civilización  mediática que se nos impone,  las diferencias que en el siglo XIX  estaban representadas únicamente por los niveles económicos no son ya las determinantes  para el gusto, como sí lo son las distinciones  que proveen las constelaciones simbólicas e icónicas. Dime que símbolos consumes y te diré qué gustos tienes. Hace tiempo que Baudrillard  señaló  que “los criterios de valor y de diferenciación se han trasladado a lugares distintos  a los de la renta o la riqueza. Los signos internos de los nuevos privilegios vienen  inscritos  en la ocupación de los espacios de decisión de poder, manipulación cultural, control y estructura de responsabilidades, monopolio de cierto estilo consumista: son los signos del privilegio actual, ocupando  el lugar que tuvo  antaño  el dinero en tanto signo externo”. No se aspira a  mostrar tanto las diferenciaciones económicas  como sí  la aspiración al prestigio;  hoy lo determinante, aparte del juego de los estilos para  el libre desenvolvimiento del individuo, está  en las distinciones culturales  que conforman cierto mapa  de nuestra existencia individual.
Viendo que la moda  ha unido  al homo frivolus  y al homo religiosus  podríamos afirmar, como se ha dicho  de la religión en estos tiempos de crisis,  que la mejor moda es aquella que uno mismo se da;  naturalidad, humor, libertad, placer,  vitalidad, multicromatismo,  presencia de la propia individualidad, sensualidad, prioridad de lo práctico, juego del  disfraz  y, quizás,  sobriedad y comodidad  respecto a la moda, pues  como refieren los versos del poeta y amigo Reynaldo Bello: “Clavan  veracidades/  en el concreto,/ en los pechos,/ y en un leve viento,/ apenas con rozarlas/ las extrae...



Sarah Bernhardt,   fotografía de Nadar (Gaspard Félix Tournachon, 1810-1910)


Notas:

[1] Barthes, R.: El grado cero de la escritura. Ensayos críticos. Siglo XXI,  México 1978, pág.236.
[2]  Forrester, Vivian: El horror  económico, F.C.E. México, 1997.
[3] Lipovetsky, Gilles: El imperio de lo efímero, Anagrama,  Barcelona 1993, pág.103.
[4]  Lipovestsky, op.cit. pág.122 y ss.

De Globalismos Reflexiones en torno a los planteamientos del texto de Rüdiger Safranski: “¿Cuánta Globalización podemos soportar?”



¿Es el hombre competitivo por naturaleza o por globalización?
Nathacha U. Bonilla

            ¿Es el hombre competitivo por naturaleza?, ¿qué es lo que lo diferencia del resto de los animales?, ¿podría vivir aislado del resto de su especie?
Todas esas interrogantes se pueden responder con una serie de afirmaciones: el hombre es un animal social, que convive con los demás por voluntad propia, se adapta y acostumbra a casi cualquier ambiente y uno de sus mayores deseos es el de trascender en el tiempo, por lo tanto es competidor hasta la médula.
El hombre está diseñado en cuerpo y mente para no conformarse con lo que tiene, para acostumbrarse a los acontecimientos que ocurre a su alrededor -sean buenos o malos-, y para rivalizar con los otros humanos que buscan exactamente lo mismo: el éxito y reconocimiento de los demás.
No obstante, ese mismo comportamiento fue el causante del surgimiento de la globalización, cuya principal característica es la competencia y control de los Estados. Las personas ahora pasan a ser dominadas por sus mismos vicios, en plural, porque como bien dice Rüdiger Safranski: no existe una sola globalización sino muchas, cada una de las cuales tienen sus propias ventajas y desventajas para la población mundial.
            La globalización ha convertido al mundo en un gran tablero de ajedrez, donde los países son piezas que tratan de emplear la mejor estrategia para estar en el lado de los ganadores y exitosos y no de los perdedores y fracasados. En un planeta donde reina la rivalidad, siempre habrá países muy ricos y otros muy pobres, porque la globalización no busca la justicia social, sino llevar a la práctica la selección natural de Charles Darwin: la sobrevivencia del más fuerte.
            Desde luego, aunque el hombre es un animal de costumbres, también es un ser viviente y vulnerable y cómo tal tiene un límite de aguante.  Puede que se acostumbre a vivir en un mundo colectivo y competitivo, pero cuando esto le traiga más desventajas que ventajas, buscará la forma de buscar lo que le beneficia y si eso lo logra a través del aislamiento (vuelta al bosque) y la disminución del deseo de transcender, puede que haga ese sacrificio (si bien éste es temporal en la mayoría de los casos).
            Después de todo, por muy poderosa que sea la globalización en sí, fue creada por los hombres y como tal, es dominada por ellos y diseñada a su vez para controlar a otros hombres. Es un círculo vicioso que no tiene fin y que se apodera de la tierra; donde los que pierden la partida  son los que tienen que sufrir los excesos de este fenómeno, los que tienen que pagar por los vicios propios y ajenos.
            Llegará el momento, en que el aguante humano se quebrará, en que los jugadores quedarán  en tabla: nadie ganará y solo la globalización triunfará, después de todo ¿cuánta globalización en realidad podemos soportar?

Globalización: monstruo de 2 cabezas
Daniela Damiano

La globalización es un monstruo de 2 cabezas. Una de ellas es perfecta y completamente validada por las necesidades inmediatas de la sociedad actual, mientras que la otra es la cara oculta que nadie ve a primera vista, pero que al adentrársele enferma, contamina y liquida todo cuanto ve a su paso.

            Para Safranski no existe una globalización única, para él el mundo está inmerso en varios tipos de globalización que entre todos construyen una gran red que atrapa al mundo contemporáneo. Comparto esta visión, pues a lo largo del tiempo han nacido una serie de elementos que le han dado fuerza al fenómeno de la globalización. Es decir, muchos son los factores que contribuyen y le dan vida a esta nueva forma de mundo. El autor menciona 3 variantes del globalismo: el neoliberalismo, el antinacionalismo y la destrucción que hemos provocado en la tierra sin tomar verdadera responsabilidad en el asunto. Yo agregaría un cuarto elemento que considero vital para el desarrollo y perdurabilidad de la globalización: el desarrollo tecnológico.
            Opino que este último elemento es el que ha repotenciado los 3 anteriores nombrados por Safranski. Para el neoliberalismo es impresionable que se creen objetos innovadores para servir como mercancía y así asegurar la rentabilidad y su permanencia como sistema de mercado en el mundo; para que haya un verdadero antinacionalismo es vital contar con los adelantos en los sistemas de traslado como el avión, tren, barco y automóvil que le permitan a la persona recorrer el mundo; y para destruir la tierra el hombre se ha valido de su ingenio para desarrollar cuanta tecnología se imagine, siempre  pensando en el bienestar a corto plazo, sin ver más allá las consecuencias que puede desencadenar en el futuro.
            Si bien la globalización es un monstro de 2 cabezas camuflado, depende de nosotros el no permitir que este se coma nuestro mundo. Depende de nosotros cambiar esa forma de vida, que cómodamente hemos adoptado y que describe muy bien un conocido refrán: “Pan para hoy, hambre para mañana”. 








Globalización y comunicación
Anna Sofía Esqueda


Rudiger Safranski en su obra ¿Cuánta Globalización podemos soportar? Nos hace diversos planteamientos que reflejan como ha sido la evolución del hombre en materia de conocimiento y como esto ha creado la sociedad que tenemos actualmente, marcada principalmente por la globalización.  
Inicialmente plantea la distinción entre razón e inteligencia, explicando que la razón tiene la capacidad de disponer de lo que concierne los fines y actúa cuando el saber no solo acompaña a la voluntad sino que la produce. Es decir, el hombre se diferencia de los animales por ser racionales y esta razón es la que produce voluntades.
Explica que desde su punto de vista el hombre no está totalmente formado, es un ser a medias y por ello tiene la capacidad de compensar los defectos naturales con habilidad e inteligencia. Señala además que el ser humano configura la naturaleza en base a la cultura.
Seguidamente entramos en el fenómeno de la globalización, donde señala que la vida en el globo está en manos del hombre. Las enfermedades, la economía, la superpoblación, la angustia, el pánico todos son producto de la globalización. En la economía se da un proceso donde los mercados y la producción de los países entra en dependencia reciproca a causa de un comercialización  trasnacional de bienes, servicios y fuerzas.
A nivel mundial desde hace 50 años estamos inmersos en un proceso de globalización cada vez más intenso e indetenible a raíz de la aparición de los medios de comunicación, si bien es cierto que se han logrado beneficios para la conservación y mejora de la vida a través de la difusión de las modernas ciencias naturales, la medicina y la técnica, también se impacto y transformo las culturas, formas de vida, regiones, etc; haciéndonos dependientes y hasta víctimas de este proceso global sin darnos cuenta.     
       



               La razón de la globalización
Andrea Hernández

La razón es lo que nos diferencia del resto del reino animal. El ser humano ha explotado este don para trascender, para interpretar el mundo de distintas maneras y así crear distintas teorías e ideas que lo atan a las experiencias y al universo incierto al que pertenece. Más allá de todo lo que hace para trascender, siempre forma parte de un todo que nos une y nos conecta con el resto de la existencia; lo que Schopenhauer llama capa de moho.
A través de la razón, el hombre ha expandido sus capacidades de percibir y procesar lo que lo rodea, cuestionando constantemente su existencia en un intento de descifrar el universo. Las distintas perspectivas, teorías e ideologías que estudiamos, son consecuencia directa del uso de la razón, que constantemente activa en nuestra mente la búsqueda de respuestas. La expansión de esa razón es lo que ha originado que el hombre se acerque a una conciencia absoluta del mundo que habita. Esta conciencia nos ha llevado a crear medios que nos conecten y relacionen.
Rudigüer Safranski plantea que el hombre por naturaleza esta abocado a lo artificial, y es la cultura lo que podría quitarle su condición de “animal no fijado” o inacabado.
La cultura, el conocimiento y la razón han provocado el nacimiento de una conciencia global llevada a cabo a través de una interdependencia económica donde la competencia y el control del mercado son metas indispensables. Dicha interdependencia incluye todos los estratos que conforman la cultura,  fragmentando este proceso en varios, por lo que existen varias globalizaciones.
La globalización se nos presenta como un proceso complejo y múltiple, no es una sola, son varias. El globalismo es lo que nos hace pensar que la globalización es una, pero esta ideología no es más que producto de una razón cuadrada que se limita dentro de un universo infinito de posibilidades.




No es una sino varias
Víctor Petit.

Poco a poco la globalización se ha hecho parte de nuestras vidas. Algunos se percatan de su presencia y tratan de sobrellevarla; pero otros, ni siquiera conocen de su existencia y viven sumergidos en ella sin saberlo.
La globalización no puede ser vista como un proceso singular y unitario. Ella conglomera todos aquellos sistemas de integración mundial que van desde el intercambio económico hasta el simple pasatiempo poblacional. El autor Rudiger Safranski asegura que no deberíamos hablar de globalización sino de globalizaciones.
El concepto de globalización se ha ideologizado adquiriendo el nombre de “globalismo”. Dicho concepto, dice Safranski, “engendra la imagen de una sociedad mundial que se presenta más unitaria de lo que en realidad es”. La idea de globalismo ha transitado por el neoliberalismo económico que se preocupa por la producción activa del mercado. Asimismo ha conducido a la renuncia del nacionalismo con miras a adoptar culturas mundiales. Y actualmente, aupó una sociedad preocupada por el mejoramiento y conservación natural. Esta situación ha interesado a gran parte de las naciones del mundo, sin embargo, no existe ningún ente establecido que represente a la humanidad.
La interdependencia a la que se ha llegado en los últimos años, produce una bifurcación de consecuencias. No se puede afirmar que la globalización ha conllevado a una total desgracia mundial, pero tampoco ha propiciado los mejores efectos. Es cierto que ha facilitado la cooperación comunicacional del globo, así como las conversaciones y los avances médicos, técnicos y científicos. No obstante, el mismo fenómeno ha relegado a muchas regiones y comunidades del mundo, creando las llamadas brechas informáticas y el auspicio de las discordancias.
El asunto de la globalización visto desde una óptica omnisciente, radica en el hecho de que es indetenible y que todo lo que era estable en el pasado queda diluido ante la fuerza del proceso.



  La globalización indetenible

Gabriella de Santolo

  La globalización constituye un proceso creciente de complejas interconexiones entre sociedades, culturas, instituciones e individuos a escala mundial.
 Las culturas que antes se diferenciaban por tener sus propias tradiciones y ritos, ahora forman parte de una sociedad mundial producto de ese gran fenómeno que se ha producido por la preponderancia de intereses económicos.
Sin darnos cuenta, estamos siendo parte de este proceso que muchos catalogan de indetenible aunque cada día surjan más organizaciones que quieran evitarlo.
Marx definía este cambio como un fenómeno que producía una evolución en la sociedad. Todo lo que se suponía que iba a quedarse estable y detenido en el tiempo cambia en algún momento como producto de esta globalización.
Esto lo vemos todos los días, tanto en nuestro entorno como en otros países. La globalización en Venezuela la podemos ver desde que los colonizadores europeos llegaron a nuestro territorio y comenzaron a mezclarse con nuestros antepasados indígenas y así comenzaron a crearse nuevas razas y nuevas culturas producto de la combinación de tradiciones y maneras de vivir.
Actualmente en cada país hay un inmenso número de Mcdonalds, por ejemplo. En cada ciudad hay un barrio Chino y miles de restaurantes italianos y españoles. Todo esto forma parte de la globalización que Marx categorizó como indetenible por el simple hecho de que la información y el alcance de los intereses económicos de las empresas y de los países siempre alcanza inclusive los rincones más pequeños.






Los olvidados por la globalización
Franz von Bergen Granell

El proceso de globalización iniciado por el hombre en el siglo XV tras el descubrimiento de América, se ha caracterizado por la continua competencia entre los habitantes de los distintos territorios del mundo para lograr expansión y una diferenciación que, como dice Rüdiger Safranski, permita hacer sentir a los ganadores mejores que los vencidos. Es por esto que los imperios europeos llegaron a América con el deseo de explotar los recursos del continente para fortalecer sus dominios y enriquecer las arcas de sus naciones, misma situación que se vivió en el continente africano años más tarde cuando éste fue repartido entre los europeos.
En el último libro del escritor peruano Mario Vargas Llosa, El Sueño del Celta, queda muy bien retratado el proceso de explotación de territorios invadidos para lograr el beneficio de las metrópolis. En la novela, se cuentan con detalles los regímenes de explotación a los que eran sometidos los nativos del Congo para que extrajeran caucho que sería enviado a Bélgica para fortalecer ese reinado. Posteriormente, se habla del drama vivido por los indígenas del Putumayo cuando compañías apoyadas por los ingleses los explotaban para conseguir materias primas que luego eran vendidas al imperio. Estos dos territorios son ejemplos de las regiones convertidas en “manchas blancas” y detenidas en el tiempo de las que Safranski habla en su estudio de la globalización, las cuales, lamentablemente, parecen ser imprescindibles para que se pueda dar el progreso en las regiones más avanzadas del orbe.
Todo lo expuesto lleva a Safranski a sentenciar que no existe una humanidad sino grupos de hombres, los cuales tienen intereses y velan por su crecimiento en una sociedad competitiva en la que “el capitalismo se ha globalizado”. Este pensamiento guarda gran similitud con la definición que los expertos dan en la actualidad de las relaciones internacionales, que son señaladas como unas “relaciones de intereses”. Ya no ocurren ocupaciones barbáricas, como las vistas durante la colonización. Sin embargo, los países siguen velando por sus intereses a través de relaciones comerciales en ocasiones injustas con los débiles e interviniendo, incluso bélicamente, en conflictos internos de países cuando el equilibrio económico mundial se ve comprometido. Asimismo, muchos grupos humanos de distintos países se ven marginados del progreso mientras élites controlan la mayoría de los recursos.


NotaEstos ejercicios reflexivos surgen de los estudiantes de la cátedra de Filosofía de la Comunicación del prof. David De los Reyes, Escuela de Comunicación Social, Universidad Central de Venezuela, abril 2011.

¿Quo Vadis, Universidad?

Pilar Rahola





¿Qué le ocurre a nuestras Universidades? ¿Aún son el templo de la inteligencia, o se han convertido en un conspicuo reducto de la imbecilidad ilustrada? Y perdonen el supuesto oxímoron de estos dos substantivos, pero sabemos desde que el mundo es mundo que tener un título universitario y haber leído cuatro libros, no significa tener una cabeza bien amueblada. Muy al contrario, la historia está llena de grandes letrados que han construido edificios intelectuales que se caían con el movimiento de un simple naipe.
Este no es un artículo de historia, pero si hacemos un breve repaso de algunos grandes nombres, cuya categoría intelectual no les impidió tener una baja categoría ideológica (e incluso moral), la lista da miedo. Premios Nobel que han defendido a brutales dictadores de izquierdas, líderes de opinión que hace dos días daban la mano a Gadaffi, líderes sociales que se paseaban por Irán como si fuera el paraíso de la libertad, y por el camino de la confusión de conceptos, intelectuales, periodistas, escritores, políticos y el tutti quantti de la izquierda más ruidosa aplaudiendo las locuras de Chávez. Muchos de ellos, gentes de universidad, cuyas lecturas no han sido aprovechadas para la claridad del pensamiento.
¿Qué le ocurre a la izquierda? Y, por ende, ¿qué le ocurre a esa izquierda enquistada en los púlpitos universitarios, convertida en gurú de ideas caducas, cuyo romanticismo revolucionario es tan kitsch comoirresponsable?
Profesores, catedráticos, líderes estudiantiles contaminan cerebros juveniles ávidos de ideas románticas. Por supuesto que la Universidad debe ser el territorio natural del pensamiento crítico. Y por supuesto que debe caminar vis a vis con las ideas de progreso. Pero no hablo de pensamiento crítico, ni de progreso. Muy al contrario, hablo de lobos dogmáticos que venden ideas reaccionarias, disfrazados de corderos progresistas. Hablo del pensamiento inverso, de la izquierda lunática, de esa izquierda que algún día tendrá que dar explicaciones a la historia por haber traicionado los valores de la libertad.
El artículo parte, por supuesto, del último ejemplo de esta inversión de valores: el premio que la Universidad de la Plata ha otorgado recientemente a Hugo Chávez. Según el veredicto, premian a Chávez por su defensa a favor de la libertad de expresión, y ante la noticia, una no sabe si se trata de una broma al estilo de las que gastaba Hitchcock con la invasión de los marcianos, si se tomaron unas copas y el veredicto fue al final de la fiesta o si les gusta tomar el pelo al personal porque se aburren en las aulas. ¡Premio libertad de expresión a este autarca que ha cerrado medios de comunicación, persigue a disidentes, a opositores y a periodistas, que ha pervertido las reglas de juego democráticas y que aspira a ser el pequeño Napoleón de Latinoamérica! ¿Cómo se puede traicionar tan alegremente la definición básica de la palabra "libertad"?
Se puede, y ahí está la Universidad de la Plata para demostrarlo. Sugiero, para continuar la broma, que el año próximo le den el mismo premio a Mahmoud Ahmadinejad. Es un buen amigo de Chávez.
La cuestión, sin embargo, deja de ser una broma cuando la alucinante anécdota de este premio se convierte en la categoría de una forma de hacer y pensar que, en nombre de las libertades, el progresismo y la revolución, esconde un gran edificio de pensamiento totalitario. Seamos claros. La extrema izquierda es a la libertad lo mismo que la extrema derecha: su enemigo. Y la diferencia entre militar en un grupo de skin heads con el cerebro lleno de vacuidad intolerante, y hacerlo en un grupo de extrema izquierda lleno de dogmas de fe que justifican atrocidades, abusos y dictaduras, es la misma diferencia que hay entre una manzana y una poma, que en mi lengua, el catalán, significa una manzana: es decir, ninguna.
Quizás hay que empezar a hablar claro. Ni todos los que hablan de libertad, aman la libertad, ni todos los que se erigen en líderes sociales presentan valores éticos, ni todos los políticos que aseguran defender al pueblo, son de fiar.
A diferencia de la derecha, que es estigmatizada cuando pisa los territorios perversos del extremismo y se convierte en un monstruo, la izquierda goza de mucha más impunidad y atraviesa y pisotea esa delicada frontera de valores sin que nadie la envíe al infierno. Aún hoy los grandes dictadores de izquierdas son venerados en los pósters de nuestros jóvenes gracias al buen hacer de los caducos revolucionarios de antaño. Cuyas barbaridades, por cierto, sembraron de cadáveres las tierras del mundo. ¿O solo mataron los Pinochet y los Videla? ¿O no mataron los Castro y los Stalin? ¿O eran héroes los tipos que tomaban una pistola, se paseaban por una calle de Buenos Aires y disparaban al primer pobre policía que encontraban, quizás un joven emigrante de tierras pobres, con un sueldo de nada y un miedo de todo, y lo mataban en nombre de su causa impuesta a fuego?
Perdonen la insolencia pero entre un dictador y un terrorista no encuentro otra diferencia que la que propia de las dos caras de la moneda. Eso lo aprendimos hace tiempo en España, con ETA. Pero decirlo en Argentina es extraño, porque ustedes aún no han hecho los deberes con la memoria trágica del terrorismo. Solo lloran a un lado de las víctimas. Las otras, desgraciadamente, son ninguneadas, despreciadas y olvidadas. Como si aquellos que tomaron pistolas, mataron personas y querían imponer una dictadura comunista, fueran libertadores. Como si las víctimas fueran culpables de su asesinato. ¡¡Qué inversión de valores, asesinar impunemente en nombre de la libertad de los pueblos!
De eso hablamos, de eso, de una civilización basada en la Carta de Derechos Humanos y que si ha sido violentada y pisoteada en nombre del fascismo, tambien lo ha sido en nombre de la izquierda reaccionaria. De ahí que el premio de la Universidad de la Plata sea más trágico que cómico. Y no porque no provoque una hilaridad cósmica, sino porque es la punta del iceberg del pensamiento inverso. Ese que dice defender el progreso, y avala a los peores reaccionarios de izquierdas. Ese que dice defender la opinión libre, y premia a los que imponen dogmas, consignas y pensamiento único. Ese que dice amar la libertad, y la traiciona con diurnidad y alevosía.¿Quo vadis, Universidad? Hacia dónde va no lo sé, pero desde luego a menudo no circula ni por los caminos del compromiso moral, ni por los senderos de la inteligencia.