lunes, 1 de diciembre de 2008


Cicerón: dolor y tristeza

David De los Reyes






"¿Es que las enfermedades del alma dañan menos que las del cuerpo, o es que los cuerpos se pueden curar, mientras que no hay medicina alguna para el alma? (III,4)." Cicerón


Cicerón, político y pensador, nace en villa de Arpino, allá por el 3 de enero del año 106 a.C. y muere el 7 de diciembre del 43 a.C. asesinado por los esbirros de Marco Antonio.
El tema del dolor se hace presente en su obra filosófica como veremos.
Su acercamiento al final de su vida con la filosofía estuvo dirigido por dos fines que se vislumbran más prácticos que teóricos: la búsqueda de la consolación y la huida del dolor a través de ella. Su mayor interés por la filosofía no fue hasta sus últimos años de vida, cuando ya anciano, como a Séneca, herido por el destino, buscó consolación en la filosofía. Durante ese tiempo se entregó a la redacción de numerosos tratados en forma dialogada, dialogando con otros y consigo mismo, alejándose de las juveniles ideas y de los prejuicios en torno a la filosofía.
Sus maestros fueron el epicúreo Fedro, el académico Filón de Larisa, el estoico Diodoto. Sin embargo siempre mostró un mayor interés por la Academia platónica, aunque había sido editor de Lucrecio, desechó las teorías de Epicuro por su materialismo y su postura de la moral utilitaria, sin embargo, en la libre elección de la amistad pasaba por encima de las barreras ideológicas, por lo cual lo encontramos prendado de amistad con Ático, epicúreo y coherentemente desinteresado por la política.
Cicerón criticó a las limitaciones de estoicismo, su intransigencia y el sentido cerrado de su filosofía, su apracticidad para lo cotidiano y su hipócrita desprecio del cuerpo y los bienes externos. Su eclecticismo, de todas maneras, lo lleva a aceptar principios tanto del estoicismo como del escepticismo de Carnéades (Cicerón 1998:l xi. ss).
Este pensador romano rebate las teorías epicúreas de la finitud del alma, postulando su inmortalidad y origen divino, dotada de memoria, razón y pensamiento; será la mejor consolación ante la muerte, por volar las almas humanas raudas al cielo; asume, por momentos, al epicureismo por referir que la muerte no es en sí un mal, pues no es un mal dejar de sentir, (Ver Tusculanas l. 1 y 5; De República; De la Amistad: 1998:25).
Un hecho determinante para este cambio de actitud hacia la filosofía de Cicerón fue la muerte de su hija Tulia en el 45 a.C., la cual muere, en pleno vigor de su juventud, por un mal parto. Este hecho le produjo un profundo hastío por la vida, haciéndole insoportable habitar su finca de Túsculo, donde la hija falleció. De ahí se muda a Astura, e intenta sobreponerse a este dolor paterno; allí termina su tratado filosófico De Consolación, como bálsamo para sus males. El pensamiento que lo habita para entonces fue entender la existencia como un mal. Considerando que era mejor no haber nacido nunca y si ello ocurría, la mejor fortuna que podía sucedernos era morir pronto, en pleno vigor de la juventud.
El amigo fiel y leal, al que le confiesa sus dolores desde el exilio es Atico, el alter ego de Cicerón. Su relación es dada bajo la forma epistolar: cartas breves, de urgencia, que buscan comunicar la carencia de consolación en su entorno próximo. Todas ellas trasmiten un intenso dolor, mostrando sus vivencias íntimas al final de su vida. En una carta del 8 de marzo del 45 a.C. le escribe:

En cuanto a tu deseo de verme restablecido de esta tristeza, te comportas como sueles; pero tú eres testigo de que no me he abandonado. En efecto, no hay ningún escrito de nadie sobre el alivio de la tristeza que yo no haya leído en tu casa; pero el dolor supera a todo consuelo. Más aún, he hecho lo que con seguridad nadie antes que yo: dedicarme yo mismo un escrito de consolación. Te mandaré el libro en cuanto los copistas lo hayan trascrito. Te aseguro que no existe consuelo parecido. Escribo diariamente sin parar, no porque haga algún progreso, sino porque durante ese rato me distraigo (no demasiado, desde luego, porque es fuerte mi tormento), me relajo, por lo menos, y pongo todos mis esfuerzos en componer, no el corazón, pero sí el rostro, si es que puedo. Unas veces me parece que estoy cometiendo una falta al hacerlo, otras que la cometería si no lo hicieran. Algo ayuda a la soledad, pero mucho más me ayudaría si, pese a todo, tú la compartieras; ése es mi único motivo para marcharme de este lugar, pues, dadas mis desgracias, resulta adecuado. Pero esto mismo me aflige, pues ya no podrás ser igual conmigo: ha muerto aquello que tú amabas. (XII, 14) (Cicerón, 1996:2t:187)
Esta carta es reveladora por tres cosas. La primera es la situación de tristeza y dolor que nos revela a través de la confesión que le hace al amigo. La segunda es que había leído todo lo escrito para el alivio de la tristeza en la casa de Ático. Y tercero, que acaba de redactar su tratado De Consolación, para aliviar sus propios males, lo cuales no son superados a partir de su ejercicio filosófico y en el que muestra su preocupación por comprender y enmendar dicha tristeza que le aflige y de la cual no ha podido escapar. No hay consuelo posible sino por la filosofía y la única actividad que lo ayuda realmente es escribir, cosa que a ratos lo distrae, relajándose, haciendo esfuerzos para componer no su corazón sino su rostro. Sólo son paliativos ante el aguijón de la soledad y la tristeza que le acompañan; sólo le ilusiona el que su amigo pueda leerlo, compartirlo. El dolor de la desaparición de su hija, del exilio, y de su soledad no es superado, se deposita en él motivándolo a componer tratados, a escribir filosofía, buscada como un fin en sí misma, y comprender que, en el fondo y como leit motiv, la mejor existencia es no haber nacido, no venir al mundo; una filosofía no como motivo de gozo sino como auxilio para sus desgracias, como actividad para superar el dolor causado por la contingencia de la existencia y como distracción personal y oficio práctico reflexivo y emotivo. Deseó que la filosofía pudiera llevar a cabo una transformación del hombre y que fuera un bálsamo para dominar el dolor, el miedo a la muerte o a la senectud.
El sentido de la felicidad es aspirar a vivir en la tranquilidad, una tranquilidad que el espíritu no puede disfrutar si uno tiene que parir por muchos (Cicerón: 1998: 53). La felicidad pareciera encontrarse en los caminos y sendas de una vida retirada (Horacio).
El soberano bien estriba para este romano en procurarse el hombre la plenitud de la felicidad (vita veata) solo al estar en relación con el ideal del sabio, que no es otra cosa que conducirse en la dirección de una vida autónoma ante el influjo de las cosas exteriores, actitud que, sin embargo, no tiene eco en el escepticismo de Pirrón al proponer el ideal de la indiferencia y de la apatía general. El sabio, en su acción, debe tomar en consideración la diferencia, el valor de las cosas sobre las cuales la moral solicita actuar.


Dolor y filosofía en las Disputaciones Tusculanas de Cicerón.


"Conviene dolerse de la fortuna adversa, pero no lamentarse.
Ese es el deber del hombre, el llanto se le ha otorgado a la naturaleza femenina".
Pacubio, Niptra, TRF 256-258

En sus Tusculanae Disputationes encontramos un atento acercamiento al tema del dolor y la tristeza. Sus partes así lo advierten: el sabio no teme a la muerte (libro 1); el sabio no teme al dolor (libro 2); el sabio resiste a la tristeza (libro 3); a las pasiones (libro 4); y termina con la búsqueda de la sabiduría para asegurar la felicidad (libro 5). De todos ellos nos interesan sobre todo lo desarrollado en los libros 2 y 3, sin que nuestro recorrido no aborde a los otros libros si es necesario para hacer alguna observación sobre ellos.
Esta obra tiene ecos del estoicismo; no presenta únicamente una confrontación entre esta escuela y las demás; aborda, sobre todo, la relación del estoicismo con él mismo. Por otra parte da un largo espacio al arte de la consolación, colocándolo dentro de la tradición estoica que sobrevivió a la antigüedad griega; la filosofía no tiene que reducirse a lógica y erudición, también evoca un estilo de vida, un arte de vivir, como lo han planteado ya antes los cínicos.
Este tratado ciceroniano nos presenta, como ya dijimos, entre otros temas, en lo hay qué hacer para ser feliz y su concepción del dolor y los sufrimientos del alma en la medida que puedan ser superados por el ejercicio de la filosofía, instrumento reflexivo para la comprensión de las perturbaciones de nuestra psique y el restablecimiento de la tranquilidad del individuo gracias a una aguda aplicación de la terapia del alma mediante la reflexión y meditación filosófica.
Antes de adentrarnos en esta postura helénica para ampliar nuestra reflexión sobre el dolor en la filosofía, es bueno apuntar aquí el último párrafo con que cierra la obra: Yo no sabría decir en qué medida esta labor mía será útil a los demás, pero yo no habría sabido hallar ningún otro consuelo para los acerbísimos dolores y para las variadas preocupaciones que me acosan por doquier (D.T. V, 121). ¿Cuáles serán esas perturbaciones de su alma que lo llevan a un ejercicio filosófico sobre el dolor? El texto nos dice que, más que creer en la importancia de la obra para la posteridad, ella le ha servido para expiar y distraer en parte sus intranquilidades y penas que le absorben, es decir, de los dolores del alma con los que convive.
A Cicerón , abogado, orador, político y filósofo, a partir del año 45 a.C, recordemos que sus aflicciones le vienen por un doble motivo: por su exilio y el retiro de toda participación política en el estado romano, y de una reclusión que se intensifica con la inesperada muerte de su hija Tulia, acaecida en ese mismo año, debido a un mal parto.
Antes de tratar el tema en cuestión debemos decir que su escritura es de una extrema claridad y elocuencia, siendo un modelo para el resto de la prosa latina, aunque su obra se centró, por sobretodo, en la oratoria política. El interés y dedicación a la filosofía ocupa tan sólo los tres últimos años de su vida, del 46 al 43 a.C. En su filosofía encontraremos una acentuada creencia en Dios, propia de la importante influencia estoica y una defensa del libre arbitrio. La particular importancia de sus escritos filosóficos está en que presentan una amplia referencia a las fuentes griegas que, de no ser así, se hubieran perdido para la posteridad; acudir a sus tratados es, más que centrarse en su valor intrínseco, -cosa que tienen-, está en presentarnos un interés divulgativo del autor, donde se cuida por preservar el buen legado la filosofía griega como un pensamiento determinante para la cultura romana, aunque esta sea juzgada por encima de aquella.
En sus Disputaciones Tusculanas encontramos un hilo que pone en relieve la función primordial de la filosofía en tanto terapia o medicina del alma; en el fondo ella tiene una finalidad terapéutica y consolatoria, de cura y alivio a las aflicciones del alma; la filosofía como guía para un recto vivir del hombre en tanto equipamiento mental ante los avatares de la fortuna. Esto lo lleva a afirmar que la causa de nuestras perturbaciones está en los juicios u opiniones que tenemos al interpretar nuestras acciones y nuestros actos voluntarios. Los ejes temáticos por los que vamos a lo largo de esta obra refieren a la erradicación del miedo a la muerte, la supresión del dolor, la aflicción y las perturbaciones del alma, con lo que se llega a la obtención de la felicidad.


La filosofía como terapia del alma

La filosofía, en este sentido, nos procura el camino recto del vivir para el saber y el estudio, la supresión de las aflicciones y la tranquilidad del alma. La opinión de Cicerón de ella, en lo observado en el mundo romano, no es nada laudatorio; hasta ese momento no había sido objeto de mayor atención por la cultura helénica y su intención estará en darla a conocer desde las distintas escuelas existentes y procurar una postura diferente y contrastante a la influencia del epicureismo dentro del contexto romano, como veremos más adelante.
Tiene la convicción, como buen orador y conocedor de la importancia del lenguaje en el ámbito de lo público, que la forma más perfecta de filosofar es presentar su argumentación por medio de un lenguaje copioso y elegante (I, 6) ; su concepción está centrada en el antiguo método socrático, el cual consiste en expresar las convicciones con claridad expositiva sobre un tema y rebatir la opinión del interlocutor al argumentar sobre lo expuesto; para Sócrates, nos dice el texto, era la forma más fácil de encontrar la verdad filosófica.
Cicerón buscó, como sabemos, consuelo en la filosofía y a ella se entregó. En su villa de Túsculo, acompañado de su amigo Bruto, cada día comienza con una disertación que manifiesta un elogio o una reflexión referida a ella. En el último libro, entre otras cosas, está la misma referencia, mostrando las bondades que ha aportado el pensamiento filosófico al hombre, de la cual han devenido ciudades, cohesionando a los hombres en comunidades, estipulando leyes y ordenando las relaciones humanas. Prefiere un día bien vivido y acorde con sus preceptos a una inmoralidad sumida en el error (V, 25), lo cual no es otra cosa que la ignorancia. La filosofía presta cónsonos servicios a la vida humana, aunque por muchos sea vituperada; el rechazarla es propio de aquellas almas en las que se ha derramado la neblina de la ignorancia, sin embargo los hombres de bien han comprendido que, gracias a ella, se obtiene la organización de la vida.
Tomando la tradición de Pitágoras se nos dice que los filósofos, son aquellos que en la antigüedad se dedicaron con pasión a la contemplación de la naturaleza, y son diferentes al resto de los hombres. Para Pitágoras, respondiendo a León, el príncipe de los fliacios, dijo que había un tipo de hombres que no buscan ni el aplauso ni el lucro, sino que llegan allí simplemente para ver y observar con atención qué es lo que sucede y cómo sucede, de la misma manera nosotros también, como si hubiéramos venido a esta vida desde una vida y una naturaleza diferentes, unos para ser esclavos de la gloria, otros del dinero, pero hay unos pocos que, sin tener en consideración todo lo demás, se dedican con pasión a examinar la naturaleza de la realidad, y ellos son los que se llaman a sí mismos amantes de la sabiduría, que es lo que significan filósofos…(para quines) el comportamiento más noble es limitarse a contemplar sin buscar nada para sí (…), la contemplación y el conocimiento de la realidad son actividades que superan mucho a todas las demás (V, 9). Vuelve a mostrar su afinidad con la tradición griega platónica y aristotélica, en la que la vida del filósofo está centrada en la contemplación de la naturaleza, la búsqueda de la verdad y de la realidad de los hombres en tanto reflexión racional que contenga los principios últimos que conceptualicen el sentido del que hacer humano y de su contexto. En la Magna Grecia la filosofía se ocupó de los números, del logos, del movimiento, de la materia y de las formas, preguntándose de dónde se originan y vuelven las cosas que existen, investigando con empeño las magnitudes, la clasificación de los espacios, los intervalos y el curso de los astros y el resto de los fenómenos celestes; con Sócrates se hizo descender la filosofía del cielo a las ciudades, llevándola a ocuparse de la vida y de las costumbres, del bien y del mal. Cicerón aceptará y aplicará su método que, según este filósofo griego, consistía en suspender nuestra opinión propia, en liberar a los demás del error (la ignorancia), y en buscar en toda discusión lo que es lo más verosímil (V, 11).
Ciceron se identifica con la nueva academia, la cual es una continuidad de la filosofía platónica y del desarrollo postrero del estoicismo y las distintas posturas aristotélicas existentes. La filosofía se contenta con pocos jueces y huye expresamente de la multitud, que la ve con desconfianza y desagrado (II,2), es un estudio por el que pocos se atreven a transitar y el pensamiento no se retiene en la inercia mental de las multitudes. La filosofía es propia de individuos que comprenden que la reflexión no procura interés a la mayoría y su estudio requiere del retiro y del ocio, y pocos son los jueces que pueden dictaminar sobre los argumentos que suscita. La polémica y la discrepancia, el debate y la controversia como actitud socrática deseada, se nos señala que han sido las fuentes de su desarrollo desde su aparición. Apertura, refutación, presentación de contradicciones, son situaciones que deberá aceptar el filósofo crítico: reconocer las refutaciones coherentes sin encolerizarse, condición necesaria al modelo ciceroniano de pensador imperturbable ante los avatares del destino; modelo y acto de fe de este autor que es tomada de la actitud peripatética y de la Academia que consideraban la necesidad de someter a discusión en todas las cuestiones el pro y el contra, no sólo porque de otra manera no es posible hallar qué hay de verosímil en cualquier cuestión, sino también porque éste es el mejor método de ejercitar la retórica (II,9).
El efecto de la filosofía en tanto terapia procura una cura; quien la practique y la estudie, cura su alma, hace desaparecer las preocupaciones, liberarse de los deseos y disipar los temores (II, 10). Ello debe estar presente no sólo en la declaración de sus convicciones sino en su mismo modo de vivir, en su conducta, en su proceder; la filosofía nos debería convertir en un experto en el arte vivir. La filosofía es el cultivo del alma, extirpa los vicios de raíz, prepara las almas para recibir las semillas (de la sabiduría) que procuraran frutos ubérrimos.
En el comienzo del Libro III se habla del dualismo cuerpo y alma, de si ha habido razones para procurar un cuidado, salud y mantenimiento del cuerpo, surgiendo así la invención del arte de la medicina, no habiendo ella reparado mucho en la necesidad de una medicina del alma, y su existencia no ha sido objeto de reconocimiento y aprobación sino más bien se la visto bajo la mirada de la sospecha y del odio (III,1). La respuesta a ello surge de una pregunta ¿Quizá la razón de ello es que el malestar y el dolor del cuerpo lo juzgamos con el alma, mientras la enfermedad del alma no la sentimos con el cuerpo? Pareciera que el dolor físico ha sido, por tradición, menos soportable que las afecciones del alma y he ahí la aparición de los tratamientos médicos y, al ser el alma, la facultad que juzga a esos malestares físicos y al no residir los dolores del alma en el cuerpo físico, no se le ha tenido una atención como a los otras aflicciones.
Pero es nuestra propia naturaleza la que nos ha da los destellos de luz ante nuestra propia corrupción surgida por nuestros comportamientos y malas opiniones; gracias a ello, nos propone que la mejora virtuosa surge de manera innata, por condición natural y, si se permite desarrollar, nos conducirá a una vida feliz.
Pero siempre estamos inmersos, con sólo salir a la luz y entrar como adultos en la actividad social, a topar con la depravación y la perversión extrema de las opiniones, tal que casi da la impresión de que hemos mamado el error junto con la leche de la nodriza (III, 2), es decir, estamos sometidos a esa degradación en el mismo acto de nacer.
A ello se le suman los errores que obtenemos de la convivencia con nuestros familiares y de la influencia de la enseñanza de nuestros maestros, en que la débil verdad cede a la vaciedad y la naturaleza misma de la opinión confirmada (idem). La corrupción surge por la gloria aparente, no sólida y de nítidos perfiles, basada en la popularidad sostenida en imitar a la verdad, siendo una actitud y estilo de vida irreflexiva, cercana a errores, vicios, corrupta en su forma y belleza, terminando sin estar rodeada de excelencia moral. Gloria efímera, que es ceguera humana, y aunque se tengan nobles ambiciones, nos lleva a ignorar actuar dónde se encontraban y cuáles eran en realidad; unas destruyen por completo ciudades y otras provocaron su propia muerte (III, 4) Es un errar por el camino tomado. Otro tipo de corrupciones está en aquellos que son arrastrados sólo por el deseo de dinero, el lucro y el afán de placeres, siendo su alma perturbada y cercana a la locura, poseída por el síntoma de quienes carecen de salud. Advertimos que para Cicerón la salud es producto del conocimiento y de la recta vida virtuosa; el mal o insania, surgía como producto de la ignorancia. Aquí, siguiendo el esquema socrático, el bien es propio del conocimiento, pero la salud del alma también disfruta de ello; el mal es propio de la ignorancia, lo cual arrastra al alma a su perturbación o insania (locura).
Esta existencia de un arte para la cura del cuerpo y otro, sospechoso y reprobable según ciertas opiniones respecto a la filosofía en tanto cura del alma, nos hace retenernos en la pregunta que pretenderá contestar el autor durante el resto de la disertación del tercer día en su villa de Túsculo junto a su amigo Brutus. ¿Es que las enfermedades del alma dañan menos que las del cuerpo, o que los cuerpo se pueden curar, mientras que no hay medicina alguna para las almas? (III, 4) Su observación inicia toda una reflexión en torno al caso.
Cicerón ha experimentado, como hemos advertido antes, las aflicciones del retiro público obligatorio y de la muerte de su hija Tulia, y es por lo que afirma que las enfermedades del alma son más perniciosas que las del cuerpo. Nos afectan y atormentan. Tomando las palabras de Ennio, advertimos que un alma enferma siempre se equivoca y no es capaz de soportar ni de resistir; nunca deja se sentir deseos (idem). No hay enfermedad corporal que sea peor que la aflicción y el deseo. Por ello no guarda dudas al aseverar que la misma alma pueda establecer su cura, pues precisamente es ella la que desarrolló toda una observación y terapéutica para los males del cuerpo, aunque a veces no sea del todo asertiva su aplicación.
Su propuesta esta en hacer a la filosofía una medicina del alma. No hay que buscar su cura, como al proceder con el cuerpo, a través de fármacos y procedimientos externos, fuera de ella o de nosotros; debemos esforzarnos con todos nuestros recursos y fuerzas para ser capaces de curarnos a nosotros mismos (III, 6). Tiene la convicción que a la filosofía se debe buscar y cultivar; el filósofo debe saber cómo mantenerse libre de aflicciones y perturbaciones, como son los miedos, los deseos desmedidos de placeres y los raptos de ira. A estos males afectivos los griegos los designan con el término páthe, que refiere a enfermedad y Cicerón encuentra que no es una buena elección para las afectaciones del alma. De hecho, los griegos asignan con enfermedad a todo tipo de afecciones, como lo son la compasión, la envidia, la exaltación y la alegría; movimientos del alma que no obedecen a la razón. A este movimiento del alma prefiere referirlo con el término perturbación más que con el de enfermedad.
Esta medicina del alma es una filosofía práctica que se ocupa, en su opinión, desde muchos siglos sobre el comportamiento y hábitos que deben tenerse en la vida. Esto procura el tratamiento de las indisposiciones y enfermedades de la mente, que refiere con el término de insania, locura: buscando establecer el estado saludable y diagnosticar el estado morboso del alma. Advierte que los filósofos designan a toda perturbación del alma como enfermedad, señalando que no hay ningún necio que esté libre de enfermedades y, por ende, no están sanos. De ello deduce que las almas de todos los ignorantes están dominadas por la enfermedad, de manera que todos los ignorantes padecen de locura (insania) (III, 9). Esta relación es una conclusión definitiva para el Arpinate, el cual contrapone a ello el estado saludable consistiendo en un estado filosófico espiritual de tranquilidad y equilibrio; llama insana a la mente en que faltan esas cualidades; estas son almas perturbadas, que al igual que el cuerpo, sufren perturbaciones y en las que no encontramos rasgos de salud mental debido a su perpetua alteración. Esta perturbación del alma las refirieron con los términos de amentia (ausencia de razón) y dementia (pérdida de razón). Son los individuos que se encuentran en una ausencia permanente de luz en la razón y en su saber.
La sabiduría filosófica procura la salud del alma, mientras que la ignorancia es, por decirlo, una falta de salud, es decir, una locura (insania) o una demencia (dementia). Los no-sanos, que sufren de este movimiento perturbador del alma, serán los que han perdido el dominio de sí mismos, debido a un desarrollo o falta del uso de la razón; estos perturbados son los que se dejan arrastrar por el deseo o por la cólera (cuya definición es deseo de venganza) (III, 11); perder el dominio de sí mismo se traduce en perder el dominio de la mente, la cual, según este pensador, es quien ejerce por naturaleza el poder sobre el alma entera.
Al tener el sabio dominio de sí es casi imposible tener aflicción. La aflicción nos sacude como si se tratara de una tempestad sobre nuestra alma. Por ello que la filosofía tiene como finalidad curar de perturbaciones a nuestra alma, de regresarla a la tranquilidad gracias al dominio de sí, al sometimiento del cuerpo y su deseo, al dictamen racional de nuestra mente.
El tratamiento a las perturbaciones está dirigido a establecer un cuido de sí que restablezca la confianza en sí mismo; quien posea este sentimiento es un individuo que ha llegado a ser fuerte en sí (no física sino espiritualmente). Tener confianza de sí significa no tener miedo y poseer fortaleza, pues la salud del alma es incompatible con el temor. Entrar en aflicción es tener temor acerca de algo; la fortaleza de ánimo es incompatible con el temor y, por ende, con el abatimiento y la depresión del alma; es sentir que se está derrotado y admitir la esclavitud de por el efecto de ese sentimiento; todas estas condiciones personales presentan un estado de debilidad física y mental. Ser fuerte tiene una relación no con la fortaleza física sino con la sabiduría; es fuerte realmente el hombre sabio, el cual no caerá en la aflicción. Las palabras del Arpinate siguen una sucesión bastante convencional para el espíritu románico: quien es fuerte es necesario que esté dotado de grandeza de ánimo, y quien está dotado de grandeza de ánimo es invencible; quien es invencible tiene que menospreciar las cosas humanas y considerarlas en nivel inferior a él (III, 15). La fortaleza lo convierte en un ser que sabe ubicar su situación respecto a lo qué debe afectar o no a su ánimo. Al final concluye que el hombre fuerte nunca debe sentir aflicción, por ende, un hombre sabio siempre debería estar exento de esta negación de ser. Su acción siempre estará encaminada a no tener perturbación mayor y así siempre podrá cumplir la actividad que se haya impuesto.
La función o fin del alma, para esta filosofía de la consolación de sí, está en hacer en todo momento un buen uso de la razón, en tanto dominio de la mente sobre el cuerpo, para evitar cualquier perturbación. El sabio estará libre de cualquier perturbación, la sabrá superar. El filósofo tiene una acción con él mismo y esta estriba en que debe convencer más con su vida y sus actos que con sus escritos al ir tras la senda más importante de todas las artes, la que enseña el bien vivir (IV, 6).
La medicina filosófica del alma se centra en una terapia personal que promueve concentrar nuestros esfuerzos en una búsqueda de tranquilidad activa y contemplativa que emane de nuestro aprendizaje en el arte del bien vivir, el cual no es otro que aquel que se acerca a la sabiduría, a la autonomía de ánimo y voluntad, al conocimiento en tanto que le procura una salud de su psique, es decir, aquella que lo aleja de la ignorancia, de la inestabilidad, de la aflicción y perturbación de la psique.


Sobre el dolor

La preocupación por este tema que aparece en el libro II de Disputaciones Tusculanas y sigue en el siguiente libro. Se concentra en si está preparado para responder si es posible que pueda el ser humano soportar el dolor. Es indudablemente cosa triste, áspera, amarga y contraria a la naturaleza, difícil de soportar y tolerar (II, 19).
Lo mejor para ello está en iniciar los estudios de la filosofía pero, más que por curiosidad, por necesidad (II, 1). Tal dedicación no es para la mayoría y, como hemos apreciado antes, toda filosofía huye expresamente de ella. La filosofía, maestra de la vida, cura las almas, hace desaparecer las preocupaciones, libera los deseos, disipa los temores (II, 11); además, con el estudio filosófico del caso del desprecio de la muerte en el primer libro, que es un elemento no baladí para liberar al alma del miedo (II, 2) , se obtiene un ánimo tranquilo. La vida filosófica debe conducirse bajo un modo de pensar y vivir que mantenga lo que la razón postula; más que prodigar una ostentación de saber, se trata de convertirla en ley que rija la vida.
Considera que el dolor del alma es el más grande de los males. La supresión del sufrimiento vendrá a ser una de las condiciones que debe proveer esta filosofía. El dolor es comparado con la deshonra, la ignominia y la bajeza. Las perturbaciones del alma son erradicadas por el sabio en la medida que se esfuerza en asegurar su felicidad. La presencia del dolor nos aleja de tal bienestar.
Cicerón comienza analizando las distintas concepciones filosóficas del dolor. Aristipo de Cirene y Epicuro sostuvieron que era el mal mayor. Jerónimo de Rodas propuso que el bien consistía en la ausencia de dolor; Zenón, Aristón y Pirrón nos hablan que el dolor es un mal pero hay males aún mayores. Nuestro autor agregará que el dolor es una experiencia triste, áspera, amarga y contraria a la naturaleza, difícil de soportar y tolerar (II, 18).
Pero más que preguntarse si el dolor es un mal, la cuestión estriba con cuánto de firmeza podemos dotar al alma para soportar al dolor (II, 28). Es un movimiento áspero que se experimenta en el cuerpo ajeno a lo que normalmente obtenemos por medio de nuestros sentidos. Para mitigarlo los estoicos, recurriendo a la técnica del silogismo, pretendieron demostrar que el dolor no es un mal, como si la dificultad fuera de tipo verbal y demostrativo, más que de orden físico y sensitivo; sus retorcidas y sutiles deducciones nominalistas no dejan huella alguna en nuestra sensibilidad. Zenón, nos refiere, que no hay ningún mal excepto la vergüenza y el vicio, sin llegar a eliminar la causa de nuestras angustias. Como bien, advierte Cicerón, el dolor no es una maldad moral; darnos sólo una verborrea al decir que es áspero, contrario a la naturaleza o con una definición no se nos quita el dolor. Para llegar a una postura única el pensador romano afirma que todo lo que la naturaleza rechaza es un mal y lo que acepta es un bien .
Se nos aclara la diferencia entre sentir fatiga y dolor. Entre ambos no hay mucha diferencia, sin embargo la fatiga es la ejecución anímica o corporal de una actividad o un deber más gravoso de lo normal, mientras que el dolor es un movimiento áspero que se experimenta con el cuerpo ajeno a los sentidos (II, 35). Los griegos llaman a estos hombres activos amantes del dolor mientras que para los romanos se les considera como hombres dispuestos a la fatiga; una cosa es poder soportar fatiga y otra el dolor . Claro esta que habituarse a la fatiga hace más soportable llevar el dolor; la fuerza de la costumbre es grande; la fatiga origina una especie de callo para el dolor .
Ante esta postura propone que hay que recurrir a las cuatro virtudes cardinales, prudencia, templanza, justicia y fortaleza para hacer frente a este mal mayor. Grandeza de ánimo y capacidad de soportar el sufrimiento son las recetas inmediatas para vencer al dolor (II, 31-33). Nos presenta modelos de individuos que han aprendido a soportar el dolor físico; los jóvenes espartanos, los soldados romanos, los cazadores, los púgiles y los gladiadores son quienes han demostrado la diferencia que existe entre fatiga y dolor . La fatiga es la ejecución anímica o corporal de una actividad o un deber más gravoso de lo normal, mientras que el dolor es un movimiento áspero que se experimenta en el cuerpo ajeno a los sentidos (II, 35). Este tipo de hombres han llegado a ello gracias a la fuerza del entrenamiento, la preparación y la costumbre; la filosofía llega a la supresión del dolor por otros medios; y la razón, más no sólo el hábito y el ejercicio, refuerza la eficacia de la fortaleza.
Esta medicina del alma, gracias a la razón y la propia convicción, nos propone que el dolor es soportable (II, 42-65). La adquisición de la fortaleza, virtud cardinal para Cicerón, puede ayudar a lograrlo, pues los fines de esta virtud son dos: el desprecio a la muerte y el desprecio al dolor (II, 42-3) . Con la razón se podrá soportar al dolor, pues ella debe ser dueña y señora de nuestra alma; controla y domina la parte débil, servil, baja y carente de energía del alma, en el sentido que un amo manda al esclavo (II, 47-8). Para hacer frente al dolor el hombre, por esta vía, dispone de las armas del esfuerzo, la firmeza y el diálogo interior. La propuesta implica que siempre debemos tener un grado de tensión en nuestra alma para no dejarla arrastrar a lo abyecto, a nada cobarde, a nada que sea indolente, que son acciones propias de mentes débiles, como las del esclavo o la de las mujeres, según la opinión de Cicerón (II, 54).
Es interesante seguir su concepción del alma para comprender mejor este argumento ciceroniano. En ella está presente una doble condición, una que manda y otra que obedece; una parte, participa de la razón; la otra, está privada de ella, lo que hace que la razón refrene a la irreflexión. Se trata de refrenar la parte de nuestra naturaleza que nos hace ser débiles, bajos, serviles, mintiéndonos en una especie de enervamiento o irritabilidad y languidez. La razón, elemento determinante de nuestra conducta y ser, valiéndose de sus propias fuerzas y progresando siempre, se convierte en virtud perfecta (II, 47). El comportamiento más vergonzoso del alma es abandonarse a los lamentos y lágrimas como hacen las mujeres; tratarla como si fuera un esclavo, advierte el romano; habrá que encadenarla y encerrarla si es necesario, pues ningún razonamiento logra vencer el mal si se está bajo esa condición degradada del ser. Una razón perfecta debe mandar a la parte inferior como un padre justo a sus buenos hijos. Debe tratar al dolor como un enemigo mediante el esfuerzo, la firmeza y el diálogo interior en el que uno se dice a sí mismo: “guárdate de todo lo vergonzoso, débil, no viril” (II, 51). Se trata de rechazar un modo de pensar afeminado y ligero –que da lo mismo en el dolor que en placer- en virtud del cual, cuando nos resblandecemos y disolvemos en la molicie, no somos capaces de soportar ni la picadura de una abeja (II, 52). En el fondo lo que se nos pide es que mandemos sobre nosotros mismos y en que el mal puede desplegarse más por una creencia aceptada que por la misma condición de nuestra naturaleza. La tensión del alma debe aplicarse al cumplimiento de todos los deberes; es la única custodia del deber. Su concepción rechaza cualquier despliegue de llanto o grito femenino, morigerado ante el dolor; un hombre fuerte y sabio nunca debe dejar escapar ni un gemido (los gritos o aullidos sólo se aceptan para aumentar nuestra resistencia, como en el caso de los atletas y en los soldados antes de los combates). ¿Qué hay más vergonzoso para un hombre que llorar como una mujer? (II, 58). En el fondo hay un elogio del espíritu romano militar o combatiente en el hombre, que a su condición para poder superar los dolores por la gloria y el bien moral al que aspira con su acción y la hace soportable. Pareciera ser una voz que anuncia desde el principio de los tiempos occidentales ya al übermench (trans-hombre) nietzscheano.
Los filósofos, que casi nunca van a combate, tienen posturas distintas frente al dolor. Unos se esfuerzan en aprender a soportarlo: otros, en aceptarlo como condición humana a evitar o a aceptar. La capacidad de soportar dolores se obtiene manteniendo al alma en tensión, es decir, mantenerla igual en todas las situaciones. No por el deseo de victoria o fama es que se logra ello; estas actitudes se desmoronan ante una enfermedad común, al relajar tal tensión o actitud; esa tensión se obtiene por un cálculo racional y no por la ambición o deseos de gloria. La búsqueda de la grandeza y elevación del alma en grado sumo se obtiene si se pone todo el desprecio y desdén a los dolores, ello es, según esta concepción helénica de la filosofía, en sí mismo lo más bello del mundo y tanto más bello si renuncia a la aprobación de la gente y, sin buscar aplauso, halla no obstante en sí misma su deleite (II, 64); y es porque para la virtud no hay teatro (público) más importante que la conciencia.
Recurriendo a esta comparación entre que es peor si la vergüenza o el dolor, comprendiendo que lo primero es un mal moral mayor, el dolor se presenta, entonces, como nada. Entran a consideración la actitud moral como una forma de decoro ante el sufrimiento. Nos dice: De hecho, mientras tu consideres deshonroso e indigno de un hombre gemir, lamentarse, abatirse y debilitarse por el dolor, mientras te acompañen la moralidad, la dignidad y el decoro y tú seas capaz de dominarte con tu mirada puesta en ellos, el dolor cederá sin ninguna duda ante la virtud y languidecerá por determinación del alma (II, 31). Como ya se dijo antes, prudencia, templanza, justicia y fortaleza son las virtudes cardinales para mitigar al dolor por medio de la virtud ciceroniana. En el fondo es mantener siempre una tensión de coraje ante los embates de la vida.
Lo que más ayuda a soportar el dolor con tranquilidad y calma, junto a los peligros que haya que afrontar, es pensar con todo el corazón lo que constituye el bien moral (II, 58). Más que aspirar a la gloria debemos aspirar a la grandeza del alma que rechaza y desprecia al dolor y, más significativo es, si hemos renunciado para ello buscar la aprobación de la gente, el aplauso, los oropeles; se nos exige encontrar el deleite en sí mismo. El bien moral nos proporciona un estado emocional uniforme y estable, tranquilo y sereno (II, 65). Así volvemos a la persecución de la virtud en nuestra vida para erradicar todo mal personal y, por ende, al dolor como tal. Si el dolor se hace insoportable queda el recurso de quitarse la vida (II, 66). Y de eso los romanos sabían…


Notas

I-Cicerón, como ya dijimos, nace en villa de Arpino, allá por el 3 de enero del año 106 a.C. y muere el 7 de diciembre del 43 a.C. asesinado por los esbirros de Marco Antonio aliado con Octavio. Aparte de las Disputaciones Tusculanas encontramos una serie de tratados de interés para el estudio de la obra ciceroniana. Ellos son: De Legibus (Sobre las leyes), De Officiis (Sobre el deber), y De Natura Deorum (Sobre la naturaleza de los dioses), De Oratore (Sobre la retórica), Catiliniarias (que son cuatro piezas oratorias dirigidas contra Catilia, un fuerte opositor político), Filípicas (catorce piezas oratorias contra Marco Antonio), De Senectute (Sobre la vejez) y De Amicitia (Sobre la amistad), además de una extensa colección de cartas que nos revelan las preocupaciones del autor y nos donan una excelente fuente de información de su época desde diversos ángulos temáticos que van de la política a antiguas costumbres romanas, de filosofía y literatura como de la cotidianidad vivida por el autor.

II- Nuestra lectura y referencias pertenecen a la traducción realizada por Alberto Medina Gonzalez, ed. Gredos, Madrid 1990.
III- Esta preocupación está dirigida contra el estilo descuidado y torpe de los epicúreos. Sus palabras: hay autores que escriben sin precisión, sin orden, sin elegancia y ornato, renuncio a una lectura que no proporciona ningún deleite (II, 6).
IV-El tema de la muerte es tratado ampliamente en el libro I donde se llega a la conclusión que la superación de miedo a la muerte, sabiendo que ello es algo inevitable y que no tiene nada de aterrador, procura una gran protección para la vida feliz. El tema de la muerte será tratado en un apartado más adelante.
V-Entre ambos filósofos hay diferencias respeto al sentido del dolor y del placer. Para Aristipo el sumo bien se encuentra en el placer momentáneo; para Epicuro busca alcanzar el placer en tanto buena condición permanente y duradera, lo que llamó placer catastemático del cuerpo y alma. Ver Diógenes Laercio II, 86.
VI-Que es lo propio de la doctrina de los antiguos, sean estos los platónicos, las distintas escuelas griegas como la de los cínicos, la de Epicuro junto con la de Aristóteles y de ciertos estoicos como Panecio.
VII-En el mundo antiguo hay un sentimiento de elogio para aquellos que poseyeran una capacidad de sufrimiento que los hace impermeables al dolor. Hombres con constancia, instruidos o no, y soportan con paciencia al dolor los convierte en hombres fuertes, magnánimos y resistentes, capaces de superar las vicisitudes humanas (II, 43).
VIII-Hace un elogio de los ejercicios de hombres y mujeres espartanos para soportar la fatiga. Y advierte que es de tales ejercicios que se origina la palabra ejército. Soportar fatiga, no preocuparse por las heridas, cargar con el equipo de combate y habituarse a él como si fueran sus propios miembros, son ejercicios a los que se somete todo individuo bajo entrenamiento militar.
IX-La educación de los jóvenes cretenses se basaba en el esfuerzo, ejercitándose en la caza y la carrera, habituándose a soportar el hambre y la sed, el frío y el calor. La más brutal era la de los espartanos que recibían a los muchachos ante el altar con tales vergajazos que de sus carnes sale mucha sangre; ante la muerte no dejaban escapar grito alguno y ni siquiera un gemido (II, 34).
X-Este sentido de la palabra virtud es muy cercana a la concepción romana al emparentarla con fortaleza. Virtud deriva de vir (viris: hombre), cuya característica es fortaleza, la cual tiene para ellos la condición de desprecio a la muerte y al dolor, actitudes que hay que poner en práctica si queremos ser un hombre virtuoso, el cual se caracteriza por ser dueño y señor de sí mismo. Ello forma parte de esta medicina del alma que prodiga este autor.


Bibliografía
AA/VV 1962: Les Stoïciens. Obras de Cicerón. Trad. Emile Bréhier. Gallimard. Paris.

Cicerón, M.T. 1990: Disputaciones Tusculanas. Ed. Gredos. Madrid.
1996: Cartas a Ático. 2t. Gredos. Madrid.
1998: De la amistad. Ed. Temas de Hoy. Madrid.
Plutarco: 1984: Vidas Paralelas. Ed. Orbis. Barcelona.


Advertencia: Este artículo es de dominio público. Agradecemos que sea citado con nuestra dirección electrónica: www.filosofiaclinicaucv.blogspot.com

sábado, 1 de noviembre de 2008


Sobre los Cínicos



 Aron Benaim, Alejandro Celli, León Winkler. (estudiantes del Dpto. de Humanidades de la Universidad Metropolitana).





Diógenes en su tonel, rodeado de perros
        

Introducción
¿Es usted feliz? Si su respuesta es afirmativa, ¿Por qué se considera usted una persona feliz? ¿Tiene dinero? ¿Tiene amigos? ¿Goza usted de una alta posición dentro de la sociedad? ¿Se viste usted con la ropa más elegante del mercado? No cabe duda de que en el mundo en que vivimos la felicidad se basa en cuánto tenemos. No solo cuánto, sino de qué somos dueños. Poetas y bohemios dicen que el dinero no trae la felicidad, ¡Pero cómo nos hace ese objetivo más fácil! ¿O piensa usted lo contrario? Que el ser feliz lo encontramos dentro de nuestra alma, que las posesiones materiales son solo objetos que nos estorban y nos hacen cada vez más vacíos, que no se necesita estar rodeado de gente falsa para alcanzar la felicidad… si piensa así entonces usted podría considerarse un Cínico moderno: un Cínico del siglo XXI. Claro, decimos del siglo XXI porque los Cínicos de la edad antigua eran bastante más extremistas e irreverentes, aparte, que en nuestros días por Cínico entendemos a alguien insensible ante las cosas. Un poco nos hemos alejado del verdadero concepto. Como todos los filósofos de aquellos tiempos, los Cínicos buscaban el camino hacia la virtud; siendo la virtud la fuerza de vida que distingue a cada hombre, lo que guía a la felicidad. ¿Qué es la felicidad? ¿Cómo se llega a la felicidad? Ambas eran incógnitas que los pensadores de la Grecia Antigua trataron de responder.
La respuesta de los Cínicos en aquella época llamaba al hombre a liberarse de todas las posesiones materiales posibles y quedarse con sólo las necesarias para la vida. ¡Vaya ironía! Si hubieran sabido que en mas de dos mil años la gente iba a ser dependiente de los blackberrys, computadoras, automóviles y televisión, no se hubieran echado el carro de vivir como perros, en la basura y en la escoria de la ciudad si su mensaje nunca iba a ser recibido. Rechazaban las convenciones sociales y la moral de los pueblos, tanto así, que algunos llegaron hasta masturbarse o tener sexo en público. Nada les importaba, ni siquiera su propia higiene personal.
El siguiente trabajo tratará a fondo las anécdotas mas destacadas de este grupo de rebeldes que, al no dejar casi ningún material escrito, es mediante sus acciones que se ve reflejada su filosofía. Así como también, los pilares básicos de sus maneras de pensar, qué los hacía únicos, y la vida que llevó cada uno. ¿Qué significa ser Cínico? ¿Se considera usted una persona Cínica? Este trabajo le ayudará a encontrar esa respuesta.


Contexto Histórico

La escuela Cínica se fundó y desarrolló en Atenas. La vida de sus filósofos más importantes se va a desarrollar en épocas notables de la antigua Grecia, desde la época Clásica, hasta el período Heleno que comienza con la muerte de Alejandro Magno. Antístenes al ser contemporáneo con Sócrates, va a vivir en la brillante Atenas de Pericles, donde los fundamentos democráticos son introducidos en el gobierno, se reconstruye la ciudad y renace el pensamiento filosófico y la cultura. Luego, dentro de la administración de los Treinta Tiranos, se pasa de la democracia a la tiranía, donde el pensamiento autónomo, y la libertad de expresión fueron reprimidas y castigadas. Vivían en un mundo completamente distinto al nuestro; ir a la guerra era bastante común y la homosexualidad era aceptada dentro del campo militar. El mundo se desarrollaba en la Polis, ciudades cada una con su propia soberanía, y en el Ágora, el centro social y cultural de la comunidad. En Atenas, va a ser muy común la llegada de extranjeros a la ciudad. Arribaban de todas partes del mundo viajeros, que en las plazas, vendían, compraban e intercambiaban su cultura con los oriundos de la Polis.
En el mundo griego habían ciertos conceptos que se tomaban por sentado, que en nuestra época ya no se practican, se castigan o son mal vistas por la comunidad: la esclavitud y la condición de la mujer en la sociedad. La función única de la mujer era la de la crianza de los hijos, por lo cual era bastante extraño ver a Hiparquia, la esposa del Cínico Crates, caminar junto a su esposo por las plazas y callejones de la ciudad en busca de comida en los basureros. Las mujeres tampoco podían optar por cargos políticos ni participar dentro de las instituciones de la ciudad. Los esclavos eran generalmente vendidos o ganados como botín de guerra. En teoría, éstos no poseían de razón, eran como los animales, y por eso carecían de libertad.


Conceptos Básicos

A continuación damos una serie de conceptos relaciones con esta escuela filosófica:
Areté: Es una palabra griega, la cual al ser traducida al Latín perdió mucho de su significado y se llamó Virtud. Sin embargo el sentido de virtud es diferente en esta nueva palabra. Según fuentes electrónicas significa “Es el producto que designa la fuerza y la destreza de los luchadores, el valor heroico, pero no en sentido moral, sino de fuerza. Define al hombre de calidad, para el cuál, lo mismo en su vida privada que en la guerra, se rige por sus propias normas de conducta, ajenas al común de los hombres" (1)
Autarquía: Significa autosuficiencia en griego, y mas que todo propone la independencia del individuo frente a condicionamientos exteriores. Los Cínicos con esto proponían el areté; tener autonomía de pensamiento.
Ataraxia: Palabra griega que significa la imperturbabilidad ante las pasiones. Antístenes ve reflejada esta cualidad en la actitud de Sócrates cuando va a beber la cicuta.
Ascetismo: Conducta que va en contra de un sistema ya impuesto. En el caso de los Cínicos, ellos rechazaban la moral y las conductas de la sociedad en que vivían.
Sofistas: En la antigua Grecia los sofistas eran lo que son los abogados hoy en día. Ellos enseñaban a las personas retórica, a defenderse mediante las palabras. Sócrates los criticaba fuertemente ya que ellos cobraban dinero por sus enseñanzas, aparte no buscaban la verdad sino persuadir.
Tracios: Pueblo indoeuropeo que se diferencia de otros por su creencia en la inmortalidad. Se extendieron por la región europea más que todo en lo que hoy conocemos como Bulgaria, Rumania, Checoslovaquia y el noreste de Grecia. La madre de Antístenes era tracia.
1. http://www.cinicos.com/ci04.htm


Biografías
Algunos comentarios sobre la vida de los principales filósofos cínicos.

Antístenes (444?-365? a.C.): Considerado fundador y padre de la escuela Cínica por su discípulo Diógenes de Sínope, Antístenes fue un filósofo griego nacido en Atenas. Hijo de esclavos de ascendencia tracia, la primera educación de Antístenes fue de orden sofista, luego se convierte en discípulo de Sócrates quien fue el que le aconseja dedicarse a la filosofía por entero, a la búsqueda de la verdadera y no falsa virtud que enseñaban los sofistas. Platón, en su dialogo “Fedon” relata que Antístenes era una de las personas que se encontraba en la celda de Sócrates cuando éste toma el veneno. Desde ese momento Sócrates se convertiría en una de los modelos a seguir de Antístenes por su ataraxia o imperturbabilidad ante las pasiones, sobre todo, al momento de beber la cicuta. “Las pasiones tienen causas y no principios” solía decir siempre el cínico.
Antístenes funda la escuela Cínica en un gimnasio en Cinosargo; este nombre se dice que es uno de los orígenes de la palabra Cínico: kyon argos que significa “perro blanco” o “perro ágil”. Va a ser en ese lugar donde Antístenes comenzará a desarrollar su filosofía, la cual sostenía que para alcanzar la felicidad se debía dejar atrás todo lujo, placer y posesiones materiales. Alcanzar la virtud, les enseñaba Antístenes a sus discípulos, solo se conseguía mediante la autarquía o despego de los deseos superfluos e innecesarios. Debido a esta manera de pensar, Antístenes solo llevaba consigo un manto, un zurrón, un bastón y nada más; exagerando las costumbre socrática de vestir. Su lugar de enseñanza estaba dedicado a Hércules, debido a que Antístenes también llamaba a la conformación con la naturaleza y al trabajo duro. Los placeres, las artes, las comodidades y el refinamiento eran rechazados y considerados una distracción para el sabio, al igual que las convenciones sociales. Uno de los fundamentos de la escuela Cínica consistía en que el hombre debía dejar el dinero, la fama y la familia para ser feliz enteramente. Las costumbres de la sociedad era no más que ataduras para el ser humano, el cual era tomado como ser individual. Antístenes proponía la vuelta a la naturaleza. También hacía crítica a la organización social, las instituciones de la ciudad y a la alianza ateniense con la democracia.

Diógenes de Sínope (404-412?-323 a.C.): Es el filósofo más conocido de la escuela de los Cínicos. Nació en Sínope, actual Turquía donde vivía con su padre quien era el dueño de la casa de la moneda. Por haber ayudado a su padre a destruir la moneda de su ciudad natal, Diógenes es exiliado de Sínope y huye a Atenas.
Se puede decir que Diógenes era un Cínico nato, ya que antes de que éste se hiciese discípulo de Antístenes, su actitud frente a las convenciones y las normas era soez e irreverente; cuando Diógenes es expulsado de Sínope responde con cierta ironía: “Ellos me condenan a irme y yo los condeno a quedarse”.
Ya estando en Atenas conoce a Antístenes y adopta el estilo de vida de los Cínicos. Vestía con un manto, dormía en las calles o plazas de la ciudad, comía comida sencilla a veces hasta carne cruda, hacía sus necesidades fisiológicas y mantenía relaciones sexuales en público. Vivía como los perros, de allí, también se dice que surge la palabra Cínico, de Kynicos que es la forma adjetiva de Kyon que significa perro. En más de una ocasión los jóvenes de la polis se le acercaban para molestarlo y Diógenes los espantaba tratándolos de morder como si fuera un animal.
La mayor parte de su filosofía se va a parecer mucho a la de su maestro Antístenes. Sostenía que la felicidad es posible de hallar de una manera económica y sencilla, mediante lo natural. Obviaba las convenciones sociales, de hecho practicaba el ascetismo oponiendose a las instituciones sociales y al sistema político. Él mismo se consideraba ciudadano del mundo, sin pertenecer a ninguna ciudad ignorando las leyes y la justicia. En muchos momentos difirió de su maestro Antístenes acerca del concepto de propiedad. Para el docente ésta era un estorbo para el hombre, para el pupilo ésta simplemente no era considerada, de hecho proponía el robo y destrucción de la misma. Para Diógenes la virtud se hallaba en la supresión de las necesidades, teniendo una vida austera y rechazando los placeres, dado a que para el filósofo el hombre obedece a sus deseos como un esclavo que obedece a su amo. Tampoco creía en el amor catalogándolo como un “negocio de ociosos” mas consideraba que el coito era una necesidad vital.
Se conoce más a Diógenes por sus anécdotas que por sus obras. Entre ellas se habla la de la vez cuando Alejandro Magno se le acercó a Diógenes estando en Corinto y le pregunto “¿Hay algo que pueda hacer por ti?”, a lo cual Diógenes le respondió: “Sí, correrte. Me estás tapando el sol.” En otra ocasión Diógenes es invitado a una lujosa mansión y se le prohíbe escupir en el suelo, en ese instante Diógenes escupe en la cara del dueño alegando que no encontró otro lugar mas sucio para hacerlo. Sus obras fueron pocas, sin embargo son sus acciones las testigos de su legado. De masturbarse en una plaza pública, hasta morir por comer carne de pulpo crudo, Diógenes de Sínope vivió la vida de un perro en busca de la felicidad y la autosuficiencia.

Crates (368-288 a.C.): Es un filósofo griego nacido en Tebas y discípulo de Diógenes de Sínope. Al nacer, se convierte en heredero de una gran fortuna a la cual renuncia cuando forma parte de la escuela Cínica. Se dice que al ver una tragedia de Eurípides se conmovió al ver al rey haciendo de mendigo, tanto así, que anunció que repartiría su fortuna a todos los habitantes de Tebas. Muchas personas se rieron de él, mas se acercaron a su casa donde vieron a un Crates eufórico lanzando las monedas por la ventana. También se comenta que dejó su herencia en manos de un banquero al cual hizo prometer le daría el dinero a los hijos de Crates cuando el muriese si es que ellos tampoco se habían dedicado a la filosofía.
Crates asumió el estilo de vida de los Cínicos mas no adopto la misma actitud de Diógenes frente a la sociedad. Crates era respetuoso y dulce. La gente de la ciudad lo llamaba “El Filántropo” ya que era menos agresivo que su maestro. Como todo Cínico, predicaba que la autarquía y sobretodo la sencillez eran los caminos para encontrar la felicidad. En cuanto a sencillez se trataba, Crates hablaba de desprenderse de la propiedad, familia, costumbres sociales e incluso de las opiniones propias. A éste filósofo nada le preocupaba, vivía desconectado de la sociedad; no se metía en los asuntos públicos ni se burlaba de los reyes.
Su apariencia exterior era deplorable; su cuerpo se lleno de llagas las cuales se rascaba con sus uñas que nunca se cortó, le salieron legañas en los ojos y su cabello parecía fieltro tupido. De lo único que se quejaba era de no tener la flexibilidad suficiente para poder lamerse sus heridas tal como lo hacen los perros. A pesar de todo esto Hiparquia de Maronea, la hermana de su discípulo Metrocles, se enamoró perdidamente de él. Crates le advirtió acerca de las condiciones en las que él vivía, sobre la pobreza, su suciedad y la vida pública, recalcándole que la poseería frente a todo el mundo cuando el quisiese. También ella renunció a la fortuna de sus padres, y se fue a vivir junto a la basura y junto a Crates. Fue muy cálida con los pobres al igual que su esposo. Se dice que tuvieron dos hijos y que juntos paseaban por las plazas de la polis. Se comenta que para introducir a su hijo al sexo, Crates lo llevó a burdel, y que a su hija le permitía contraer matrimonios de prueba que duraban un mes para ver si la unión funcionaba.
Crates murió de viejo y de hambre, ya que afirmaba que el hombre debía subsistir sin la ayuda de ningún agente exterior. Con su dulzura y su excéntrica sencillez abandona el mundo acostado en un mismo lugar; ganándose el respeto de los perros y de todos los Cínicos.

Metrocles e Hiparquía de Maronea: Metrocles y Hiparquía son dos hermanos que provenían de una familia muy rica de Maronea. Metrocles desde muy temprana edad le interesaba la filosofía, gracias a su fortuna pudo hacer lo que le gustaba que era la filosofía. El también fue discípulo de teofrasto y también de Jenócrates. Metrocles no se sintió complacido hasta que llego a ser discípulo de Crates y abandono sus pertenencias. Este fue conocido como con animo de memorizar y utilizar como guía. Su hermana se enamoro de Crates pero este amor no llego a nada ya que le amenazo con suicidarse. Al final y en contra de las normas sociales de la época mantuvieron una relación cínica, que incluía el mantenimiento de relaciones sexuales en público.
Hiparquía hermana de Metrocles era una de las pocas mujeres de la filosofía, pero si fue la única mujer filosofa cínica. Para ella no fue nada fácil dejar sus pertenencias, vestir el manto cínico y llevar una vida como la de sus colegas, no le fue fácil dada las costumbres de la época. Su manera de tratar a Crates era muy cordial y agradable y compartian muchas cosas de filosofía.

Onesícrito de Astipalea: Su vida duro aproximadamente 80 anos de edad. Fue otros discípulo importantes de Diogenes y también el mas viajero. Acompañó a Alejandro Magno a una conferencia en la India. En esa expedición contacto a los Gimnosofistas hindúes, estos los define como sabios o santones medio desnudos y también los comparo con los cínicos griegos. Diogenes lo incluyo en su libro y su nombre figure en cualquier lista de cínicos ya que su actitud y su difusión era todo hacia el cinismo.


Otros cínicos menos conocidos.

-Mónimo de Siracusa, fue discípulo de Diógenes.
-Menipo de Gadara, discípulo de Crates.
-Bión de Boristenes (-335 a -245 a.C.) este fue vendido como esclavo, y acabó en Atenas estudiando filosofía con Crates.
-Estilpon de Megara (-360 a -280 a.C.) que pasó por la escuela cínica (es probable que fuera alumno de Diógenes) y por la megárica donde llegó a encabezarla.
De los filósofos posteriores a Diógenes Laercio, solo destacaremos a Luciano de Samosata que fue una mezcla de cínico y de epicúreo, escribió numerosa obras, casi todas de carácter satírico, así como diálogos en algunos de los cuales intervienen filósofos cínicos.


Ideas Principales de la Filosofía Cínica

La filosofía cínica se puede dividir en dos ramas: filosofía teórica y la filosofía práctica. Ambas partes tienen planteamientos y conceptos que son importantes para explicar lo que fue un pensamiento naturalista y anti-materialista.
Los cínicos dejaron muy poco material escrito que permitiese establecer con exactitud cuáles eran sus principios y fundamentos. Sin embargo, dejaron muchos anécdotas que permiten inferir cuales eran las ideas por las cuales se regía esta escuela.
El principio fundamental de esta filosofía es la búsqueda de la felicidad. Los cínicos consideraban que para alcanzar la felicidad había que despojarse de todas las posesiones materiales, por dos razones. La primera, es que para los cínicos era inconcebible que la felicidad estuviese apegada o proviniese de cualquier otra cosa que no fuese el areté (concepto que vagamente se parece a lo que hoy conocemos como virtud) de la persona. En segundo lugar; los cínicos planteaban la necesidad de deshacerse de todo lo que pudiese causar preocupaciones ó angustias. Estas eran impedimentos para alcanzar la felicidad. No hay posesión material que no tenga un valor adjunto a ella. Si tiene un valor adjunto va a haber una preocupación constante, por más pequeña que sea, por el estado de dicha posesión. Por consecuencia, todas las posesiones materiales van a causar preocupaciones de algún tipo que impedirán que el individuo alcance la felicidad. Bajo esta afirmación, era necesario despojarse de dichas posesiones para poder alcanzar la virtud.
El vivir libre de posesiones materiales implica una serie de dificultades. No hay posibilidad de tener una casa donde resguardarse; tampoco no se podía adquirir recursos de los mercados u otros lugares similares. En otras palabras, abandonar cualquier posesión material implicaba un cambio radical en el estilo de vida. Había que adoptar un modo de vivir que causara pocas necesidades, que enseñara cómo lidiar con los elementos y otras experiencias nuevas que no habían sido experimentadas hasta el momento. Los cínicos encontraron el mejor ejemplo a seguir, en el entorno. Este vendría a ser el segundo pilar fundamental en su filosofía: El vivir acorde a la naturaleza.
Vivir según la naturaleza significaba vivir como los animales. Había que ser autosuficiente, disciplinado para poder aguantar al clima y los elementos. Éstas junto a otras cualidades pasarían a ser algo parecido a valores que debía poseer una persona según los cínicos. Además implicaba ser independiente, que el individuo siguiese sus propias reglas y no las que le impusiese la sociedad, tal como los animales en la naturaleza, quienes hacen sus propias reglas. Entre cualidades más importantes, están: Autakeria (autosuficiencia) que era indispensable si se pretendía vivir según la naturaleza; Askesis (disciplina) necesaria para poder resistir al clima y sensaciones como el hambre; Parrhesia (libertad de palabra) que implica decir exactamente lo que se piensa; una de las demostraciones más contundentes de libertad e independencia; Anaidea (desvergüenza) la cual es otra demostración de independencia e incluso se puede considerar un requerimiento para ser un cínico si se toma en cuenta su excéntrico modo de vida; Apatheia (imperturbabilidad) la cual era una cualidad necesaria para ser considerado un sabio según los cínicos. Una persona imperturbable era capaz de pasar de una situación a otra sin problema o preocupación alguna. Para lograr esto hay que poseer maestría sobre las aptitudes mencionadas anteriormente, y finalmente ser considerado sabio.
La otra parte importante de la filosofía de los cínicos, es la filosofía práctica, por dos razones: Primero, al momento de su concepción, se pretendía que fuese literalmente un modo de vida. No que fuese una guía sobre como se debería vivir; sino que se siguiese al pie de la letra. Diogenes fue el mayor exponente de esto, sin embargo, esta práctica se abandonó relativamente rápido y los cínicos se limitaron a discutir y algunos pocos, a escribir.
La segunda razón por la que la filosofía práctica de los cínicos es tan importante, se debe a que a diferencia de muchas otras filosofías, la práctica moldeaba la teoría. Los cínicos intentaban, aparte de buscar la felicidad, de mantenerse independientes. Luchaban contra cualquier cosa que los pudiese esclavizar. Entiéndase por esclavizar “Tener a alguien muy sujeto e intensamente ocupado” (2). Este concepto no se limitaba a unos hombres sobre otros; se extendía a leyes, la sociedad y sus opiniones e incluso objetos. Un objeto no puede esclavizar a una persona por la fuerza como lo haría otra, pero si puede hacerlo dependiente limitando su libertad ó incluso quitándosela en ciertos casos. Ejemplos de esto pueden ser las casas. El tener una casa ata a la persona a un lugar. Un individuo puede dejarla un tiempo, pero se va a ver obligado a regresar porque esa pertenencia, la casa, representa años de esfuerzo y trabajo que se perderían. Para no perderlos, es necesario regresar y cuidarla, lo que impediría a la persona mudarse a otra ubicación cuando le provocase. Ese objeto llamado casa está sujetando a la persona y su cuidado la mantiene intensamente ocupada, por consecuencia lo estaría esclavizando.
A medida que iban surgiendo nuevos elementos que pudiesen esclavizar a la persona, los cínicos iban adaptando su filosofía para rechazar y luchar contra estos y por consecuente iban modificando su filosofía teórica a raíz de un cambio en su comportamiento.
Se puede concluir que, la filosofía cínica se basaba en 3 pilares: La búsqueda de la felicidad a través del despojo de cualquier cosa que pudiese causar preocupaciones o angustia; La independencia del individuo ante cualquier cosa que lo pudiese esclavizar y llevar una vida acorde a la naturaleza tomando como modelo a seguir a los animales. Aunque las actitudes extremistas que tomaron sus fundadores se fueron abandonadas rápidamente, la práctica de la misma fue determinante en el moldeamiento de esta escuela.

Anécdotas Resaltantes(Nota: Todos lo anécdotas presentados a continuación fueron sacados de la siguiente pagina web: http://www.cinicos.com/ci05.htm).

Anécdotas de Antístenes(En estos se pueden ver las ideas principales de la filosofía cínica)

Al preguntarle qué cosa era lo mejor para los hombres, dijo: morir felices.
Las opiniones que más le gustaba repetir eran: que la arete se puede aprender. Que la arete es suficiente en si misma para la felicidad. Que el sabio es autosuficiente,
(2) http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=esclavizar (pagina web Real Academia Española, definición de esclavizar)

pues también son suyos los bienes de los demás. Que el sabio no vive según las leyes establecidas, sino según su propia arete.

Diocles le atribuye también lo siguiente: para el sabio ninguna cosa le es extraña o imposible.
La virtud del hombre y de la mujer son la misma.

Anécdotas de Diógenes
(En estos se puede ver lo extremistas que podían llegar a ser los primeros cínicos y porque la sociedad los rechazaba ó marginalizada)
Cuando le invitaron a la lujosa mansión le advirtieron de no escupir en el suelo, acto seguido le escupió al dueño, diciendo que no había encontrado otro sitio más sucio.
Argumentaba así: todo es de los dioses, los sabios son amigos de los dioses, los bienes de los amigos son comunes, por tanto todo le pertenece al sabio.
Una vez, que estaba tomando el sol, se paró frente a él Alejandro y le dijo: pídeme lo que quieras. Diógenes contestó: no me quites el sol.
Iba por la calle en pleno día, con la lámpara encendida, diciendo busco un hombre.
En cierta ocasión que se masturbaba en medio del ágora, comentó: ojalá fuera tan fácil librarse del hambre, frotándose la tripa.
Dijo también considerarse ciudadano del mundo (cosmopolita).


Conclusiones

Sin duda los Cínicos fueron pensadores revolucionarios. Entregaron su vida entera por una filosofía que a la vista de muchos, pasó de transgresora e irreverente. Los Cínicos partieron de un paradigma diferente, y quizás debido a esto, nadie en su época y en toda la historia los logró entender. Fueron predicadores del desierto. Así como en nuestra época nos cuesta comprender la atracción entre dos personas del mismo sexo, la pedofilia e incluso religiones, en la edad antigua sucedió lo mismo con los Cínicos. Al final la gente se sintió más atacada que atraída hacia esta manera de pensar, tanto así, que sus ideas no fueron absorbidas. El legado que ellos querían dejar en la historia quedó desenfocado a los ojos de la mayoría; debido a su falta de obras escritas lo que la gente recuerda y comenta acerca de ellos, queda traducida por la imagen de un loco masturbándose en una plaza.
Sin embargo, como dijo Platón en el Mito de la Caverna, el filósofo al salir hacia la luz, vuelve a entrar en la caverna para predicar la verdad a los hombres, poniendo su vida y reputación en riesgo. Los Cínicos como filósofos, emprendieron esta función social de la que hablaba Platón, con el detalle de que ellos no fueron bien recibidos. No obstante los Cínicos cumplen con el concepto del filósofo ideal propuesto por Platón.
Los Cínicos buscaban ser autosuficientes; independientes de cualquier atadura. Hoy en día el hombre se hace cada vez más esclavo de la tecnología, de la religión y las corrientes políticas; a tal punto de que nos es imposible vivir sin ellas cuando al mismo tiempo éstas nos causan angustias y molestias. El hombre de nuestra época vive adicto a los factores externos y sujetos a reglas impuestas por otros. Por ello creemos, que si los Cínicos hubieran tenido el chance de conocer nuestra época, hubieran tomado acciones mas extremas que las que adoptaron en la Grecia Antigua.
Nosotros al terminar este trabajo no nos consideramos personas Cínicas. Ni siquiera nos acercamos un milímetro a ese viejo concepto, de hecho, estamos seguros que ninguna persona lo es en nuestros días. En nuestra opinión, utilizar objetos materiales, seguir las leyes y convivir con la sociedad, son factores que más que esclavizarnos, nos favorecen, aún siendo nosotros dependientes de ellos. El hombre ha llegado lejos a causa de la evolución de su propio pensamiento. Más que ser esclavos, hemos sido tan libres que hemos creado un mundo a partir de nuestras ideas. Y usted, ¿Aún se considera un Cínico?



Bibliografía

Fuentes Electrónicas
http://www.nd.edu/~ndwap/abstracts/fuentes.pdf 2/10/08
http://www.thefreedictionary.com/Cynicism 5/10/08
http://www.aprendergratis.com/los-cinicos.html 17/10/08
http://www.cinicos.com 30/09/08
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/fran/schwob/crates.htm 28/10/08
http://www.luventicus.org/articulos/03U014/crates.html
http://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%ADnicos 2/10/08
http://www.espacioblog.com/myfiles/lalechuza/diogenes-1.jpg 28/10/08
"Cínicos." Microsoft® Encarta® 2006 [CD]. Microsoft Corporation, 2005.
"Antístenes." Microsoft® Encarta® 2006 [CD]. Microsoft Corporation, 2005.

Advertencia: Este artículo es de dominio público. Agradecemos que sea citado con nuestra dirección electrónica: www.filosofiaclinicaucv.blogspot.com


Dolor y sufrimiento en el budismo


 David De los Reyes
"El budismo zen se interesa más por vaciar que llenar" David Brazier

El principio por el cual se justifica el budismo está centrado en la idea que el sufrimiento y el dolor son hechos inalienables de la vida. Por ser seres que sentimos tenemos la capacidad de experimentar dolor y sufrimiento, placer y alegría. Gracias a ello podemos sentir empatía por los otros en sus alegrías y pesares.

Según el budismo hay dos fuentes interrelacionadas al respecto. Una, donde las formas evitables del sufrimiento surgen como consecuencia de los fenómenos sociales y culturales; tales son como: las guerras, la pobreza, la violencia o el crimen, e incluso, a raíz de otras más individuales pero que tienen sus consecuencias dentro de la cohabitación como lo es el analfabetismo y ciertas enfermedades. La otra forma son las inevitables que, entre otras tenemos: los eventos insoslayables como la enfermedad, la vejez y la muerte.

Hay dolores y sufrimientos imponderables, que están más allá de las previsiones y de ser evitados, están más allá, por ejemplo, de los desastres naturales. No hay protección como lo puede haber al precaverse y almacenar alimentos para tiempos de escasez.

Un ejemplo es la referencia al envejecimiento, el cual nos acompaña desde el primer día de nuestro nacimiento, y con el cual debemos enfrentarnos a futuro con una serie de carencias de condiciones normales al perder cualidades de flexibilidad propias de la juventud. La decrepitud puede llevarnos a convertirnos en seres repulsivos, siendo el momento cuando más requerimos de los demás.

Otra categoría será la del sufrimiento que entraña el encuentro con lo indeseado, con los contratiempos y accidentes. Es el que se nos presenta al ser arrebatado lo que deseamos, como lo es, por ejemplo, los expatriados a la fuerza, que han perdido su patria, al ser separados por la fuerza de sus seres queridos y convertirse en refugiados. También está el sufrimiento causado por no obtener lo que deseamos, aún cuando se haya hecho un esfuerzo inmenso para conseguirlo: se ha trabajado de forma inusitada en una cosecha que luego se malogra por escasez de agua, por ejemplo. Igual está el sufrimiento surgido por incertidumbre, al no tener seguridad de dónde y cuando tendremos que enfrentarnos con la adversidad; situación que provocará sentimientos de inseguridad y de ansiedad.

Las experiencias placenteras también pueden ser causales de sufrimiento. Si nos proporcionan en un momento plenitud, terminan no aportando nada semejante. Sentimos algo placentero porque muchas veces, con esa sensación, se nos aplacan sufrimientos más explícito; es el caso de satisfacer el hambre comiendo alimentos. Y para ello tenemos que tener sentido de la contención y de la templanza, y así llegar a ser, según el budismo, genuinamente felices.

En la filosofía budista y en otras formas religiosas de la India el sufrimiento es consecuencia del karma. Es un error, como muchas veces se piensa a este término, relacionarlo con el sentido de que todo lo que experimentamos está predestinado o predeterminado. Con lo cual se nos puede excusar de nuestras responsabilidades ante una situación determinada.

Karma, palabra proveniente del sánscrito, significa acción. Denota una fuerza activa, de la cual se infiere un resultado respecto a los acontecimientos futuros al estar influidos por nuestros actos presentes. Error es pensar al karma como una energía independiente, y que predestina el curso de nuestra vida.

Nosotros mismos somos quienes creamos nuestro karma. Lo que pensamos, decimos, hacemos, deseamos y omitimos es realmente lo que lo crea. Todo lo que tomamos, hacemos y hablamos tiene una respuesta por y en nuestra mente. Todo lo que hacemos tiene una causa y un efecto. Prácticamente no existe el accidente; lo buscamos. Cambiar el karma se puede llevar a cabo cambiando la manera de pensar y de actuar de manera desinteresada, en beneficio de todos e inclusive de uno mismo.

Para el budismo, que comprende que hay sufrimientos inevitables como la vejez, la enfermedad y la muerte, piensa que hay otros tormentos que pueden ser evitables, presentándose en nuestros pensamientos y emociones al contrarrestar los negativos; para ellos, no cabe duda, de tener la posibilidad de elección respondiendo a la aparición de este tipo de sufrimiento. Se pueden adoptar actitudes menos apasionadas y más racionales, al disciplinar nuestras respuesta frente al sufrimiento. Al no reaccionar negativamente ante nuestros pesares estos se transforman en fuente de pensamientos y emociones positivos.

Es por lo que esta escuela del dolor oriental considera importante nuestra actitud tomada ante el sufrimiento y su relación al modo en que lo experimentamos. Por ello, la actitud es determinante y diferente en dos personas que pueden ser diagnosticadas con el mismo tipo de enfermedad; la actitud de cada una frente al mismo evento es inexorable para la evolución de la misma y al desenlace para lograr, o no, reponer la salud.

Esto nos lleva a comprender que el grado en que somos afectados por un hecho doloroso depende sobre de todo de nuestra interpretación del mismo. Lo esencial es mantener cierta distancia ante nuestra experiencia del sufrimiento. Así que, cuando sólo contemplamos un determinado problema muy de cerca, obsesivamente, llegando a inundar todo nuestro espacio visual, se nos antoja que es una enormidad imposible de superar. Sólo al considerar al mismo problema desde cierta distancia inmediatamente iniciamos una percepción que nos lleva a verlo en relación con otras cosas. Esto traza una tremenda diferencia al poder abordar, desde otras perspectivas y significancia, a ciertos acontecimientos molestos. Es muy difícil concluir que un hecho tiene que desembocar en una situación absolutamente negativa, independientemente al margen en que la contemplemos.

El budismo enseña que al sobrevenir una tragedia o infortunio, tal como sucede o puede suceder, es de gran utilidad establecer una comparación con otro acontecimiento, o rememorar una situación similar que nos haya pasado antes o a otras personas. Si logramos alejar nuestro problema retirándolo del yo y acercándolos a otros, experimentamos un efecto liberador. Al dejar de magnificar nuestra situación, por una dinámica de absorción, o una ampliación al centrarnos únicamente sobre nosotros mismos, nos parece más tolerable nuestra condición. Ello nos permite mantener cierto estado de paz que cuando nos concentramos en nuestros problemas excluyendo todo lo demás.

Lo más sensato es reflexionar las desgracias contextualizándolas, al recordar que la disposición elemental del ser humano tiende, en buena medida, hacia el afecto, la libertad, la verdad y cierto sentido de justicia; ello ayuda, para esta escuela del sufrimiento, afrontar la situación negativa en la que puedo verme inmerso.

El budismo encuentra que por el sufrimiento experimentado podemos aumentar nuestro sentido del valor y fortaleza interna. También advierten que personas que lo tienen todo, al notar una adversidad leve en su sistema de vida, sienten una inclinación a perder toda esperanza; la riqueza material, en tanto obsesión, nos puede llevar a estropear nuestra vida. Se torna cada vez más difícil poder soportar algún problema que se nos presenta de cuando en cuando.

La actitud óptima para enfrentar el dolor es afrontar la situación directamente, con lo cual al realizar un examen de la misma nos adentramos en el análisis que nos muestre la causa y con ello encontrar la manera de superarlo.

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La opacidad de la escritura. Aproximación al pensamiento de Jorge Luis Borges


Ruperto Arrocha González


"Preguntad al ciego gusano por los secretos de la tumba a o por qué sus espiras se deleitan en formar rizos en torno a los huesos de la muerte y preguntad a la voraz serpiente dónde obtiene su veneno; y al águila alada por qué ama al sol y luego reveladme los pensamientos del hombre que hace tiempo se han ocultado".

W. Blake

Visiones de las hijas de la Albión


Leer a Borges representa la posibilidad de asumir la existencia desde las más variadas visualizaciones. Leer a Borges es ver, abrir la memoria al continuo recuerdo que conduce a cierta intrascendencia de esa vanidosa singularidad que se cree eterna. Es por eso que sus reflexiones abundan en detalles nimios y en matices perdurables. A la vuela de cada una de sus páginas emerge el asombro de la repetición de las formas como arquetipo paradigmático de la eternidad. Borges, poeta de la nostalgia, de la irremediable soledad y la tristeza infinita, sabiamente se hace acompañar de fieras, laberintos y espejos. Su escepticismo sólo encontrará consuelo en sus fantasías, y en el honor y valor que concederá a la amistad. Ausentes ellas, el relativismo ocupará todos los espacios libres de su imaginación. Es por eso que su poesía se nos presenta en determinados momentos como un pretexto para la reflexión filosófica. Será este punto el que intentaremos explicar a continuación.

En uno de sus poemas titulados “ajedrez” encontramos plasmados las claves que apuntalan su interpretación de la vida y que en buena medida resumen su forma de pensar. En él describe la lucha incesante e invariable entre cada una de las piezas. La riqueza simbólica que el poema presenta, expresa en rigor la situación “del jugador (que) gobierna su destino” sin saber que él también “es prisionero” de otro designio:


Dios mueve al jugador, y éste, la pieza

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza

De polvo y tiempo y sueño y agonías?

Dios, la lucha y el tiempo existen desde siempre. Se asemejan y hermanan desde su origen. El desafío individual y personalizado es transitorio pero obligatorio y necesario. Este es el sentido histórico de la vida que cree descubrir Borges.

No hay sacrificio inútil, ni enfrentamiento estéril. No importa en absoluto que el tiempo singular sea finito; ya que la guerra del tiempo infinito continúa. En la medida que iniciemos el juego, nada carece de sentido. El tiempo sabe, como él dirá, “que ciertamente no habrá cesado el rito”. Todo depende de la próxima jugada. La desesperanza no se concibe sin la esperanza. Ni el jaque inevitable y definitivo será capaz de arrancarnos del corazón la optimista pretensión de la eternidad. Sabido es de todos, y después de todo, que la única posteridad admitida es la de los héroes (los grandes guerreros) y de los que hacen de la escritura el noble arte de la trascendencia divina. Oficios ambos que arrastran a sus hacedores más allá de toda sonrisa.

Nadie podrá discutir, después de todo, la presencia en su poesía de una rica e intensa serie de insinuaciones y meditaciones que enfatizaron el simple y complejo tema de la existencia. El método preferido del poeta, de este poeta, es el de la interrogación. Aunque nunca fue simpatizante de las “ideas claras y distintas”, cartesianamente, eligió la duda ante la convicción que se presta fácil a la fatuidad de la afirmación. Borges se hizo discípulo de la duda. Asumió como suyas las aporías, antinomias y paralogismos que Kant había internalizado en Schopenhauer. Se opuso pues, conscientemente al énfasis resolutivo de la síntesis hegeliana. Iniciado en el arte de la filosofía por su maestro, uno entre muchos pero, quizá el más admirado de todos, Macedonio Fernández, transitó el emblemático estudio de todas las tradiciones filosóficas. Forjado dentro de este espíritu, resulta comprensible aquella afirmación suya: “Yo no estoy seguro de ser cristiano y estoy seguro de no ser budista”.

En la lectura de la obra de Borges sobresale su obsesión por temas como: la infinitud, el eterno retorno, el tiempo, la religión, la muerte, los sueños, etc; no obstante, por encima de ellos destaca el traspintar de la eternidad. No es una casualidad que el espíritu heraclíteo informa con su fulgor de “Luna de enfrente” el misterio que devuelven “La noche cíclica” y el “Elogio de la sombra”. En Borges trasunta la aurora gastada del tiempo. Heráclito y Pitágoras, Hume y Spinoza alumbran y labran el desolado laberinto de la palabra. En su poema “El Golem” cifra de enigmas la esperanza, allí donde proclama:

Si (como el griego afirma en el Cratilo)

El nombre es arquetipo de la cosa,

En las letras de rosa está la rosa

Y todo el Nilo en la palabra Nilo.

¿No ha sido invariablemente la eternidad un arcano? Borges presiente que se esfuma, pero sin embargo ‘permanece’ como permanece, por ejemplo, el viejo río Ganges.

La inmortalidad, dirá en la “Historia de la Eternidad”, es comprensible porque la vida es demasiado breve y hermosa como para que pueda ser perecedera. Qué será del alma después de la muerte? ¿Cuál será el destino que realmente le aguarda? No hay explicaciones ciertas, nada sabemos. En algunas oportunidades asumirá sagazmente el budismo sin sonrojarse. Y en otras oportunidades la teoría platónica de la trasmigración del alma. El sabe que las soluciones mitológicas responden mejor a los secretos incomprensibles. En “Textos Cautivos” señala que: “Es famosa la creencia pitagóricas de que la historia universal se repite cíclicamente, y en ella la de cada individuo, hasta en los pormenores más ínfimos…”. Este será una de las ideas recurrentes que encontraremos de modo permanente en sus disquisiciones filosóficas. El historiador Polibio hizo de la anaciclosis su método de estudio. Esta conceptualización de la historia parte del principio de que los acontecimientos que se producen en ella se encuentran predeterminados por una suerte de destino inevitable que, además, tiende a repetirse de manera cíclica. Esta especie de “mimetismo” desea fundamentar la idea de que si bien los contenidos cambian las, formas subsisten. La historia es un juego cuyo destino, independientemente de los esfuerzos individuales, ha sido trazado con anterioridad, al menos en su forma. No obstante, tanto la actitud del monje budista como la del héroe revolucionario son igualmente imprescindibles. El poema titulado “ajedrez” explica transparentemente este proceso. Borges cree que si el juego es uno, las partidas son muchas, y queramos o no estamos obligados a jugarlas sin que importe mucho, para fines del desarrollo universal, la ilusión del sacrificio individual. La metempsicosis y la anaciclosis coinciden en que el sino de la vida singular se asemeja, en su forma, al de la vida universal, es decir, al mundo de las instituciones. Del mismo modo como a la muerte de un individuo le sucede la vida de otro, de idéntica forma la muerte de un imperio da paso a la existencia de otro. No obstante esa vida singular que ejercemos, esa duración histórica en que de un modo concreto y particular desplegamos nuestra existencia corporal, es irrepetible, según Borges. La épica y la tragedia son modelos arquetípicos, que entre otros, rigen el curso universal de la historia. Somos más objetos que sujetos, o lo somos en mayor medida de lo que usualmente creemos, de ese insondable espíritu del mundo. La astucia o ironía de la razón universal es más sabia que la sagacidad individual. Esta reflexión se manifiesta varias veces en la “Historia de la Eternidad”: “Lo fundamental son las formas… De ahí podemos inferir que la materia es nada. (…) Los individuos y las cosas existen en cuanto participan de la especie que los incluye, que su realidad permanente… todo nos mueve a admitir la primacía de la especie y la casi perfecta nulidad de los individuos”. El concepto que Borges maneja de individuo se aproxima, sin saberlo, al de un filósofo que siempre adversó. Él, como buen Schopenhaueriano que fue, jamás compartió el pensamiento de Hegel. A pesar de ello existe una enorme semejanza en lo que se refiere a su concepción de individualidad. Hegel sostenía que “…los acontecimientos y los actos de esta historia no son aquellos en los que imprimen su sello y dejan su contenido, fundamentalmente, la personalidad y el carácter individual; lejos de ello, aquí las creaciones son tanto mejores cuanto menos imputables son, por sus méritos o su responsabilidad, al individuo, cuanto más corresponden al pensamiento libre, al carácter general del hombre como tal hombre, cuanto más se ve tras ellas, como sujeto creador, al pensamiento mismo, que no es patrimonio exclusivo de nadie” (Lecciones sobre la historia de la Filosofía. Tomo I. F.C.E. pág. 8). El acercamiento entre ambos resulta en este punto bastante evidente. El espíritu mordicante de Borges, y muy a pesar de su conocido escepticismo, circunda los lares del racionalismo optimista hegeliano. Sólo es eterna la forma, el pensamiento variado, múltiple y sucesivo que se materializa en la existencia. No obstante, el poeta preferirá mantenerse, a diferencia del filósofo, dentro de los límites del idealismo subjetivo. Hecho que explica su admiración por Platón, Kant o Schopenhauer.

Hemos hecho referencia, en repetidas oportunidades al escepticismo borgiano. ¿Por qué ese escepticismo? Ante el enigmático problema de la finitud de la existencia es preferible asumir la vida como un sueño, o, si se quiere, como el karma, sufrimiento o desdicha, que debemos atravesar si queremos alcanzar los linderos de la eternidad. Somos pertenencias de los dioses pero, curiosamente, elegimos por cuenta propia nuestro destino. Borges parte de la convicción de que: “A Dios no le podemos culpar de nuestra elección”. No somos estatuas inmóviles, nos anima la inquietud y, a veces, hasta la desesperación. Siglos después nos reconoceremos en el espejo de las estrellas, en el mito de Sísifo, en el inconmovible espíritu del universo. “Ningún hombre sabe quién es” dirá citando a León Bloy y luego, citando a Hume, “No sabemos qué cosa es el universo”. A lo que añadirá: “Cabe ir más lejos; cabe sospechar que no hay universo en el sentido orgánico, unificador, que tiene esa ambiciosa palabra. Si lo hay, falta conjeturar su propósito; falta conjeturar las palabras, las definiciones, las etimologías, las sinonimias, del secreto diccionario de Dios” (Otras inquisiciones. El idioma analítico de John Wilkins. Obras completas. Emecé Editores. Buenos Aires. Pág. 708). Su respuesta, probablemente poco convincente, es la del monje que descubre en el silencio de la montaña la duda como método y la interrogación como sistema. Su actitud es fácil de entender porque como él mismo había admitido: “el asombro es la primera sensación plenaria”.

Otra de sus obsesiones es la de la imagen de la muerte. Ella la encontramos presente de un modo ejemplar en una de sus conversaciones con Ernesto Sábato. Sábato le había dicho, hablaban del horóscopo, “siempre tuve miedo del futuro, porque en el futuro, entre otras cosas, está la muerte”. A lo que Borges replicó sarcásticamente: “¡Como! ¿Usted le tiene miedo a la muerte?” Sábato ripostó enseguida que miedo no “… la palabra exacta sería tristeza. Me parece muy triste morir”. Borges, más agudo y lacónico, respondió: “Yo pienso que así como a uno no puede entristecerlo no haber visto la guerra de Troya, no ver más este mundo tampoco puede entristecerlo ¿no?”. Añadiendo: “En Inglaterra hay una superstición que dice que no sabremos que hemos muerto, hasta que comprobemos que el espejo no nos refleja. Yo no veo el espejo”. (Diálogos, J. L. Borges y E. Sábato. Emecé Editores. Págs. 196 y 197).

La frialdad y contundencia de estas palabras reflejan por sí mismas la actitud y postura de Borges ante la vida. Ni el miedo o la tristeza sirven de argumento contra la muerte. Una respuesta de este tipo sólo puede tener lugar en una metafísica como la suya. Donde Sábato improvisa, él responde de memoria. La claridad de su afirmación tiene que ver, sin duda, con lo que él señalará en otra oportunidad: “… con la idea de estar perdido en el universo, de no comprenderlo, la necesidad de encontrar una solución precisa, el sentimiento de ignorar la verdadera solución”. (El escritor y su obra. Entrevistas de G. Charbonnier con J.L. Borges. Siglo XXI. México. Pág. 10). La incertidumbre es lo único cierto para este poeta. En ocasión de enterase de la muerte de su tío Edwin Arnett, recordó que “…el hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos”. Seguramente Sábato, había olvidado esto. El estilo de Borges se hace acompañar con frecuencia de expresiones conflictivas o inciertas, como esta que le escuchó Onetti,: “sé lo que va a pasar, no se cómo va a pasar”. Una de las pocas afirmaciones enfáticas que puede encontrarse en sus escritos es: “There are more Things”.

En los relatos donde sobresale la imagen del universo como un caos aparece siempre Dios. ¿Qué o quién es Dios? Borges no facilita respuesta. En todo caso la idea de Dios está más cercana a la cosa en sí kantiana que a cualquier otra fundamentación teológica. Dios es el a priori que informa al mundo, y cuya existencia presentimos, pero su origen no podemos descifrar. Por ello puede aceptar todas las religiones; y de modo especial el Budismo porque, según su interpretación, es la religión que exige menos credulidad. Estas ideas son desarrolladas en dos conferencias recogidas en el libro Siete Noches. En la primera de ellas, “La Cábala”, afirma que: “…Decir que Dios es justo, misericordioso, es tan antropomórfico como afirmar que Dios tiene cara, ojos y manos”. Para Borges, Dios no decide ni juzga; sólo se conforma con colocarnos en el universo. Si simpatiza con el budismo es por la simple razón de la amplitud que éste posee con respecto al cristianismo y al islamismo. La idea de Dios asume en su planteamiento una dimensión bastante ilustrativa: “Bastaría un ataque de muelas para negar la existencia de un Dios todopoderoso”, y más adelante enfatizará: “La idea de un ser perfecto, omnipotente, todo poderoso es realmente fantástica”, para añadir que por ello mismo resulta obviamente imprescindible. (Entrevista de G. Charbonnier. Ob. Cit. Pág. 33 y 101). En materia de Dios las opiniones de Spinoza resultan admirables. “Dios, ha escrito Spinoza (Ética, 5-17) no aborrece a nadie”. (Obras completas. Ob. cit. Pág. 698). Su devoción por Spinoza y su filosofía quedará grabada en el poema que le dedicará, y que se transcribe textualmente:

Las traslúcidas manos del judío
Labran en la penumbra los cristales
Y la tarde que muere es miedo y frío
(Las tardes a las tardes son iguales)
Las manos y el espacio de jacinto
Que palidece en el confín del Ghetto
Casi no existen para el hombre quieto
Que está soñando un claro laberinto.
No lo turba la fama, ese reflejo
De sueño en el sueño de otro espejo,
Ni el temeroso amor de las doncellas.
Libre de la metáfora y del mito
Labran un arduo cristal: el infinito
Mapa de Aquél que es todas Sus estrellas.

Sólo hace falta conocer un poco de la biografía de Spinoza, minucioso pulidor de lentes, para comprender porqué el poeta tiene tanta simpatía por el filósofo y su pensamiento enemigo de toda ortodoxia. Debe tenerse presente la expresión que Borges refirió a Evaristo Carriego: ‘La felicidad humana no ha entrado en los designios de Dios’ (Libros de los prólogos).

Si en definitiva, siente admiración por el budismo por encima de otras religiones, sin olvidar la expresión citada al comienzo de este artículo, es por sencilla razón de que: “…basta recordar que todas las religiones del Indostán y en particular el budismo enseña que el mundo es ilusorio” (Otras Inquisiciones. Ob. cit. Pág. 742).

En Borges, la esperanza y la felicidad, al igual que la eternidad resultan un enigma. Su escepticismo es el mecanismo de la araña laboriosa que teje su propia trampa. En cada una de sus frases, la ilusión de la existencia, paradójicamente, redobla sus esfuerzos. No hay escepticismo que no oculte un haz de esperanza recóndita. Dios ha creado el mundo, pero no sabe de sus detalles. Entre los filósofos que más leyó se pueden enumerar, muy arbitrariamente, los siguientes: Heráclito, Platón, Zenón, San Agustín, Santo Tomás, Hume, Spinoza y, por encima de todos ellos, muy significativamente Schopenhauer. Borges fue fiel intérprete de la tolerancia, la amplitud y la pluralidad de ideas. Si alguien le preguntara por la historia hubiese respondido con la expresión de Joyce: “La historia es una pesadilla de la que quiero despertarme”. Ya para finalizar, sólo queda recordar una de sus sentencias:

Dios ha creado las noches que se arman
De sueños y las formas del espejo
Para que el hombre sienta que es reflejo
Y vanidad. Por eso no alarman.

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El mito como fundamento de la cultura griega en Federico Nietzsche.


Ruperto Arrocha González

Resumen

El valor que Nietzsche concede al mito en sus escritos esta marcado por la lectura de las principales tragedias de Esquilo y Sófocles. El interés en el mito manifiesto en los escritos nietzscheanos debe entenderse como el esfuerzo por vislumbrar ese misterio que representa la naturaleza en su desdoblamiento como cultura. El desgarramiento entre el mito como despliegue de las fuerzas instintivas y la psique como unidad de esas fuerzas en el plano de lo estrictamente racional le lleva a plantearse la necesidad de repensar el fundamento del ser no desde la psyché entendida como cultura sino, dándole continuidad al pensamiento heracliteo, desde la physis o fuerzas subterráneas del alma humana. Descriptores: mito, physis, psique, tragedia, serenidad y existencia.

El mito como fundamento de la cultura griega en Federico Nietzsche.

¡Y cómo soportaría yo ser hombre si el hombre no fuese también poeta y adivinador de enigmas y redentor del azar. Así habló Zaratustra. II, .

El valor que Nietzsche concede al mito en sus escritos esta marcado por la lectura de las principales tragedias de Esquilo y Sófocles. La valoración de esta forma de narración, determinante en su análisis filosófico, se encuentra precedida por las publicaciones de F. Schlegel, F. Schelling y de G. E. Lessing. La exaltación del mito hace mas significativa la labor filosófica de Nietzsche hoy en día porque ella, de algún modo, marca el camino de tres de las grandes escuelas del pensamiento contemporáneo: la fenomenología de M. Heidegger y H. G. Gadamer; la psicología profunda de S. Freud y C. Jung; y por el ultimo, el estructuralismo de M. Weber y M. Foucault.

El influjo de los pensadores alemanes arriba citados despertó en él la curiosidad por el topos de la imaginación en el mundo griego. El interés de Nietzsche por la filología debe ser considerado siempre desde la oportuna referencia realizada por Gutiérrez Girardot: «que toda actividad filológica esté enmarcada e inserta en una visión filosófica del mundo en la que lo singular y lo individualizados sean sofocados». Gutiérrez Girardot, R., 1996: 70.

O también desde la realizada por Remedios Ávila en su artículo: Agonismo y piedad en Nietzsche:

En 1869, en la conferencia sobre Homero y la filología clásica, ya había pronunciado su profesión de fe: Todo estudio filológico debe estar alentado, inspirado por una concepción del mundo. Y la obra sobre la tragedia griega era ya una profunda meditación sobre la vida, una obra filosófica. Ávila, R. 2000.
Como resultado de la combinación de su interés por la filología y la mitología griega tenemos, la primera de sus grandes obras: el Nacimiento de la Tragedia. Ensayo que estuvo precedido por una serie de conferencias, elaboradas entre 1869 y 1873, conocidas luego como escritos preparatorios y entre los que cabe mencionar: La visión dionisíaca del mundo, Sócrates y la tragedia y El nacimiento del pensamiento trágico y asimismo las lecciones manuscritas tituladas: Los filósofos preplatónicos.

El interés en la descripción de los mitos le permitió establecer una extraordinaria relación con quien posteriormente sería. Dentro de esta línea de investigación, uno de sus mejores amigos y protectores: E. Rhode, autor del texto titulado: Psique, idea del alma o inmortalidad entre los griegos . Rohde, E. 1948.

La tensa relación entre psique y physis se convierte para él en el punto que dinamiza su transito de la filología a la filosofía. Aunque hay que advertir que Nietzsche llega a la filología no con la conformidad de un académico dedicado a explicar la genealogía de las palabras sino más bien con el espíritu de un psicólogo que intenta profundizar en los males de la civilización occidental. La inquietud por comprender la función simbólica de los mitos le lleva, no sin ciertas reticencias, a convertirse en uno de los inspiradores subterráneos de la psicología freudiana y jungiana. La concepción trágica de los griegos se torna de este modo en su concepción o imagen ideal (Weltanschauung), de un mundo plural y politeísta. No es que creyera que la concepción de los trágicos fuera perfecta pero puesto a elegir entre las dos no cabe duda hacia donde apuntaría su elección.

Nietzsche en su intento por adentrarse en el mundo griego encuentra en U. von Wilamowitz-Moellendorff, el gran maestro de la filología clásica tradicional, al mejor exponente de todo lo que debe superar como filólogo. Y es que ya desde sus escritos de juventud se ocupa del alma griega desde la composición interdisciplinaria de al menos tres perspectivas: la filológica, la filosófica y la psicológica. El comentario de Thomas Mann resulta dentro de este horizonte sumamente oportuno cuando afirma en La filosofía de Nietzsche a la luz de nuestra experiencia que:

Estaba destinado a ser psicólogo; la psicología es su pasión primordial: conocimiento y psicología son para él en el fondo la misma pasión. (…) El es ya desde los comienzos un psicólogo, en virtud de aquella idea schopenhaueriana, según la cual, no es el intelecto el que engendra la voluntad, sino al contrario; la voluntad, no el intelecto, es el factor primario y dominante en el alma humana. Mann, T. http://www.nietzscheana.com.ar/mann.htm.

En oposición a la comprensión filológica de Wilamowitz, Nietzsche intenta reelaborar una comprensión del mundo griego al amparo de las lecturas e influencias de A. Schopenhauer y R. Wagner. Filósofo y artista estos en los que cree encontrar la continuidad de pensadores como: Heráclito, Esquilo y Sófocles. Nietzsche, F. 2003.

El interés en el mito manifiesto en los escritos nietzscheanos debe entenderse como el esfuerzo por vislumbrar ese misterio que representa la naturaleza en su desdoblamiento como cultura. El desgarramiento entre el mito como despliegue de las fuerzas instintivas y la psique como unidad de esas fuerzas en el plano de lo estrictamente racional le lleva a plantearse la necesidad de repensar el fundamento del ser no desde la psyché entendida como cultura sino, dándole continuidad al pensamiento heracliteo, desde la physis o fuerzas subterráneas del alma humana.

La definición que Jung maneja del mito resulta apropiada para esclarecer el significado de esta forma de narración porque ella facilita la comprensión de su función dentro del discurso nietzscheano. El mito –dice Jung-- es el grado de transición inevitable e imprescindible entre el inconsciente y el conocimiento consciente. Se afirma que el inconsciente sabe más que la conciencia, pero es un saber (…) casi siempre sin relación al aquí y ahora, y por tanto un saber al margen de nuestro lenguaje racional . Jung, C. G. 2005: 365.

Enunciación esta que encuentra su consonancia en el combate dialéctico simbolizado por las figuras de Apolo y Dionisio. Apolo-Dionisos expresa una lucha, una interacción permanente entre el inconsciente y la conciencia. Dionisos personifica en sentido literal la fuerza del inconsciente pero eso no significa que pueda desgajarse lo apolíneo de lo dionisiaco o viceversa pues la relación entre ellos es debe concebirse como un intercambio permanente de estados. Imágenes que tienen su primera puesta en escena, en la obra de Nietzsche titulada Homero y la filología clásica (1869) y que alcanzará su consolidación en el Nacimiento de la tragedia (1871-1873).

La physis es para nuestro pensador el camino, el devenir, que puede devolvernos el “llegar a ser” lo que se es. La compresión del ser, ser de occidente, debe hacerse para él no desde la conciencia, hilo de la memoria positivista que va desde Sócrates hasta Hegel pasando por Kant, sino desde la hybris o fuerzas que emergen de la naturaleza (physis). El planteamiento de Nietzsche consiste en afirmar que el fundamento y el estatuto ontológico del ser hay que buscarlo en y desde la physis, y no como lo hacen los seguidores del socratismo desde el control de la conciencia dominante. La psique en el mejor de los casos desde ese horizonte sólo podrá respondernos desde el ángulo cerrado y dogmático del deber ser. Sócrates es el primer responsable de esta cuestión por haber colocado al ser moral en lugar del ser de la hybris.

Ante la ley inconmovible de la physis que enseña que todo es devenir y desaparición, Sócrates se acoge a la psyché piadosa que le muestra que somos imperecederos. Nietzsche conscientemente nos da a elegir por así decirlo entre dos fábulas o ficciones: una, la del mundo trágico griego que dice que somos una invención o recreación de los mitos (physis) y la otra, la del mundo socrático cristiano que nos consuela al concedernos el rango de la eternidad (psique). Es la lucha entre la fuerza interna que reclama el llega a ser el que eres y la que en sentido inverso te exige: el llega a ser el que debes ser . Espinosa Proa, S. 2000.

El estudio de la filología en Nietzsche es un pretexto para acercarse en sentido heracliteo a la noción que los griegos trágicos tenían de la physis.

El perspectivismo presente en los mitos trágicos le hace fijarse en el acto intuitivo-imaginativo, poiesis, como fundamento clave al momento de aproximarse a la comprensión de las tragedias griegas. La curiosidad nietzscheana en esta materia indica que la estructuración de sus escritos se produce principalmente como una hermenéutica que intenta descifrar los misterios de la naturaleza mediante el análisis de los mitos. En este sentido el comentario de L. Moreno resulta muy oportuno: Es verdad –dice-- que Nietzsche es filólogo cuando interpreta la tragedia griega o a los presocráticos, pero toda filología, con él, pasa a ser interpretación» . Jiménez Moreno, L. 1972: 175. El afán genealógico apunta por el lado de su aspecto positivo al desciframiento del universo mitológico griego y por el lado negativo al desmontaje del discurso ético-teológico manifiesto principalmente en los escritos de Sócrates y Eurípides.

La tragedia griega despertó en Nietzsche la necesidad de dirigir su indagación filosófica a esclarecer nuestro sí mismo por medio de una interrogación permanente de la naturaleza aun a sabiendas que la respuesta va a circundar “el misterio del alma”. O como bien reconoce H-G. Gadamer al referirse a este asunto del siguiente modo:

Una argumentación curiosa. Ciertamente, el orden ontológico al que pertenece el alma se había desarrollado por la esencia del ser matemático, pero al final, «alma» quiere decir, aquello que también buscaban los antiguos, sin poder pensarlo realmente, a saber, la «naturaleza» . Gadamer, H-G. 2001: 14, 37 y 118.

En uno de sus escritos Nietzsche realiza la siguiente advertencia:
Hablamos de la naturaleza, y al hacerlo nos olvidamos de nosotros mismos, pero nosotros somos también naturaleza. Por lo tanto, la naturaleza es algo totalmente distinto de lo que pensamos cuando hablamos de ella . Nietzsche, F. 1999.

Idea en la que intenta separar o distanciar su comprensión de la physis del dictamen legitimista propio del racionalismo socrático. El mito es la representación por medio de la que la naturaleza se comunica con nosotros. Ella nos recuerda lo que somos y, aunque no se puede decir que sea una traducción pueril de los instintos, ella expresa las fuerzas de las pulsiones primitivas ocultas en el estadio arcaico e invisible de Eros. Nietzsche concibe en el racionalismo socrático aquella advertencia de Schopenhauer en la que manifiesta que el lenguaje en vez de valer para expresar lo que sentimos sirve más bien para ocultar o disimular nuestras pasiones.

El impacto de Esquilo y Sófocles en los primeros escritos definirá, desde nuestra perspectiva, el carácter de su filosofía. En la lectura de estos dramaturgos encuentra las claves a seguir en su afán por lograr descubrir la decadencia de la cultura de la Europa de su tiempo. Y es que en la sabiduría trágica, desde su parecer, tiene como merito la idea de que no debemos borrar el dolor que comporta la existencia sino que por el contrario debemos asumirlo como un componente impostergable y saludable. La lucha del hombre griego transparenta como condición fundamental de su propia condición la aceptación de la vida como fatum o fatalidad. Esa providencia sin embargo debe ser asumida desde la interpretación nietzscheana de la tragedia griega como jovialidad, esto quiere decir con serenidad y prudencia, alegría y valentía. Si en el plano de la existencia la muerte es lo mas cierto que tenemos la vida debe ser entonces vivida con intensidad. Nietzsche entiende el conjunto de estas fuerzas como la imperturbable serenidad que caracteriza al hombre trágico griego. La alusión a esta referencia la encontraremos de modo permanente en algunos de los pasajes de Así habló Zarastustra:

Esta es la entrega de lo máximo, el ser temeridad y peligro y un juego de dados con la muerte (…) Y este misterio me ha confiado la vida misma. «Mira, dijo, yo soy lo que tiene que superarse siempre a sí mismo (…) Pues yo tengo que ser lucha y devenir y finalidad y contradicción de las finalidades. Nietzsche, F. 1973.

Y más delante señala lo siguiente: En verdad, vosotros llamáis a esto voluntad de engendrar o instinto de finalidad, de algo más alto, más lejano, más vario: pero todo eso es una única cosa y un único misterio .

El hombre trágico entiende que tanto la voluntad de engendrar como el instinto de finalidad son propiedades que escapan a nuestras fuerzas porque ellas son el resultado de circunstancias desconocidas. La noción de carácter manejada por Heráclito resulta aquí sumamente importante por que desde su opinión nosotros somos el resultado del obrar secreto de una fuerza interna. La voluntad es la manifestación visible del quehacer de ese carácter que alcanza su alienación en el obrar de la razón. El carácter es nuestro destino dice Schopenhauer siguiendo a Heráclito y Nietzsche dándole continuidad a los dos identifica el carácter con lo inconsciente y a la voluntad racional con la actividad consciente. En esta dirección resulta significativo el comentario de Lario Ladrón: -“La voluntad libre tampoco es, a su vez, mucho más que una abstracción, y significa la capacidad de actuar conscientemente, mientras que, bajo el concepto de fatum, entendemos el principio que nos dirige al actuar inconscientemente” . Lario Ladrón, S. Nietzsche: Aurora.

Hay en este proceso como acertadamente reconoce Remedios Ávila: (…) un reconocimiento de los límites, de que hay algo irreductible e insondable que el hombre puede sólo entrever, pero nunca dominar por completo . Ávila, R. (2000): 91 y 117.

Si alcanza la plenitud de su ser es precisamente porque tiene la capacidad de enfrentar sin amilanarse las peores condiciones de la existencia. La falta de control sobre estos acontecimientos no le hace retroceder y ante los peores presagios, como el Ulises de la Odisea, lucha sin cesar por retornar al lugar de su origen. No es que el heleno no sienta miedo sino porque sintiéndolo decide enfrentar a la más común de las pasiones humanas. La imagen de este es dibujada de modo elocuente por Nietzsche en Mentira y verdad en sentido extramoral:

Él –dice Nietzsche-- no presenta un rostro humano, palpitante y expresivo, sino una especie de máscara de facciones dignas y proporcionadas; no grita y ni siquiera altera su voz; cuando todo un nublado descarga sobre él, se envuelve en su manto y se marcha caminando lentamente bajo la tormenta . Nietzsche, F. 1994.

La valoración de la tragedia griega tiene que entenderse antes que nada y principalmente como admiración por la vida. El lugar medular de este asunto lo tenemos en un pasaje que algunos de sus estudiosos coincidencialmente también al parecer pasan por alto. Nietzsche –dice--: “en el fondo de las cosas, y pese a toda la mudanza de las apariencias, la vida es indestructiblemente poderosa y placentera” .

La filosofía de Nietzsche se presenta de este modo como desvelar la hybris que constituye nuestro ser. Ser al que ha llamado en el Nacimiento de la Tragedia: el hijo extraviado o perdido de la naturaleza.

El conocete a ti mismo presente en el frontispicio del templo de Apolo es desplazado por la advertencia del conocete pero no demasiado que encontramos en el Nacimiento de la Tragedia en del dialogo sostenido entre el Rey Midas y Sileno. Y de la que deduce una orientación del conocimiento del ser como un descender a las propiedades que le fundamentan; esto es como un permanente desvelamiento del ser como corporalidad, como un estar siendo cuerpo-experiencia-naturaleza-dolor y alegría. Labor en la que Nietzsche no dejará de tener presente la sabia máxima de Terencio que dice: “cada uno es para sí mismo siempre lo más lejano” y de la que hará de sus sentencias preferidas.

Esa inclinación hacia la interioridad psicológica de los griegos le hace sentirse atraído en especial por dos personajes de la mitología que resultaran determinantes a la hora de aproximarnos a su comprensión: Apolo y Dionisos. Símbolos y paradigmas sin cuya presencia no se podría entender adecuadamente el tejido del discurso nietzscheano en toda su compleja totalidad. Herbert Frei se refiere acertadamente a este punto:

En la primera fase de su pensamiento, en los escritos sobre la tragedia, Nietzsche había desarrollado, en un despliegue múltiple de símbolos de lo apolíneo y lo dionisiaco, una matriz de interpretación que le hizo posible criticar a la cultura teórica unilateral del socratismo y, al mismo tiempo, recuperar la cultura trágica de origen más antiguo, estructurada en una manera mucho más profunda y rica, un esquema que, de cierta manera, se mantuvo como directriz para todas sus obras subsecuentes . Frey, H. 2005: 113 y 126.

El Nietzsche de juventud, años 1869-1872, se había sentido atrapado y fascinado progresivamente por la correspondencia dialéctica entre Apolo-Dionisos. El Nacimiento de la Tragedia, no es solo la obra que resume los principales desvelos de su juventud sino que además es una obra fundamental a la hora de comprender escritos tan importantes como: Así habló Zaratustra, Más allá del bien y el mal o el Crepúsculo de los ídolos.

Si bien debemos reconocer que, entre 1876 y 1878, Nietzsche inicia un distanciamiento de sus maestros de juventud, Schopenhauer y Wagner, no me parece correcto hablar de ruptura en sentido riguroso con ellos pues la influencia de estos de un modo u otro siempre termina emergiendo en sus escritos en alguno de sus múltiples aspectos.

En la respuesta dada a este asunto por Sócrates, Eurípides y Platón, Nietzsche percibe en sus tesis monoteístas primero el declive de la tragedia griega y segundo el inicio de la decadencia de la cultura de occidente. Por ello, en el Nacimiento de la tragedia, observa en el socratismo y el cristianismo las fuerzas reactivas del pasado que colocan la búsqueda de la verdad en un mundo que pretende desconocer lo que la naturaleza testifica de modo inquebrantable: que el fundamento del ser es el devenir.

No le falta razón a Frei cuando asegura que: Los aforismos nietzscheanos en buena medida están escritos desde la perspectiva de un psicólogo que quiere trabajar la filosofía con medios analíticos más poderosos. Así, Nietzsche emprende una “vivisección” de la moral-cultura-. Coloca el alma en la mesa de disecciones psicológica e incide con sus sentencias agudamente afiladas “en lo negro de la naturaleza humana .

El combate entre el instinto y la cultura librado en los orígenes de la formación del mundo griego había resultado exitoso por la importancia que estos habían otorgado al juego y a la fiesta en la constitución de su universo cultural.

Karl Jaspers, realiza el siguiente comentario: En forma de utopía, Nietzsche se imagina “la finalización de la tragedia del conocimiento”, la decadencia de la humanidad, provocada por el saber. Al hombre le podría quedar el conocimiento de la verdad, como su única e inaudita meta, y eso de un modo tan definitivo, que el sacrificio de la humanidad entera sería adecuado a tal fin. El problema sería este: “qué impulso de conocimiento podría llevar al hombre tan lejos como para ofrecerse, por sí mismo, al sacrificio de la muerte, con el brillo de una sabiduría anticipada en los ojos? Jaspers, K. 1963: 4 y 50.

NOTAS.
Gutiérrez Girardot, R. (1996). Nietzsche y la filosofía clásica. Editorial Universia. Buenos Aires.
Ávila, Remedios. (2000). Agonismo y piedad en la reflexión de Nietzsche en torno a Grecia. Logos. Anales del Seminario de Metafísica, (2000), núm. 2. Servicio de Publicaciones, Universidad Complutense, Madrid.
Rohde, E. (1948). Psique, idea del alma y de la inmortalidad en los griegos. México, FCE.
Nietzsche, F. (2003). La filosofía en la época trágica de los griegos. Valdemar, Madrid.
Jung, C. G. (2005). Recuerdos, sueños, pensamientos. Seix Barral, Barcelona.
Espinosa, Sergio. (2002). Nietzsche: (en) el corazón de lo abierto. Proa A Parte Rei 8.Especial Nietzsche/ http://serbal.pntic.mec.es/. Universidad Autónoma de Zacatecas, México.
Jiménez Moreno, L. (1972). Nietzsche. Labor, Barcelona.
Gadamer, H-G. (2001). El inicio de la sabiduría. Paidós, Barcelona.
Nietzsche, F. (1999). El caminante y su sombra. (Parágrafo 327), Edaf, Madrid.
Nietzsche, F. (1973). Así habló Zaratustra. Alianza Editorial, Madrid.
Ibíd.
Lario Ladrón, Santiago. (2002). Nietzsche: Aurora. A Parte Rei 39. Revista de filosofía. http://serbal.pntic.mec.es/AParteRei.
Ávila, Remedios. (2000), Ob. Cit.
Nietzsche, F. (1994). Mentira y verdad en sentido extramoral. Vaihinger, H. La voluntad de ilusión en Nietzsche. Tecnos, Madrid.
Nietzsche, F. (1973). El nacimiento de la tragedia. Alianza editorial, Madrid.
Frey, H. (2005). Los escritos de Nietzsche como escuela de la sospecha. Cuicuilco, enero-abril, año/Vol. 12, número 033, México.
Frey, Herbert. Ob, cit.
Jaspers, Karl. (1963). De Nietzsche. Introducción a la comprensión de su filosofar. Buenos Aires. Sudamericana.

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