viernes, 1 de agosto de 2008

Para una genealogía del dolor


Para una Genealogía del dolor
David De los Reyes






En el mundo mítico griego se pudiera incluir a la diosa Demeter como aquella en la que el dolor ha determinado el curso de su vida. Recordemos su caso: Deméter, en la mitología griega, representa, en primera instancia, como la diosa de los granos y de las cosechas, hija de los titanes Cronos y Rea. Pero el dolor en su vida comienza por el amor a su hija y la separación de ella, cuando Perséfone es raptada por Hades, dios del mundo subterráneo. Aquí comienza el dolor de Deméter el cual fue tan grande que descuidó la tierra; impidió, por su abandono, que crecieran las plantas y el hambre devastó el universo. Consternado ante esta situación, Zeus, el regidor del mundo, pidió a su hermano Hades que devolviese Perséfone a su madre. Hades asintió, pero antes de liberar a la muchacha hizo que ésta comiese algunas semillas de granada que la obligarían a volver con él durante cuatro meses al año. Feliz de reunirse de nuevo con su hija, Deméter hizo que la tierra produjese flores primaverales y abundantes frutos y cereales para las cosechas. Sin embargo, su dolor retornaba cada otoño cuando Perséfone tenía que volver al mundo subterráneo. La desolación del invierno y la muerte de la vegetación eran consideradas como la manifestación anual del dolor de Deméter cuando le arrebataban a su hija. Deméter y Perséfone eran veneradas en los ritos de los misterios de Eleusis.
Pero si el dolor no escapa a los dioses menos aún a los humanos. El dolor existe como uno de los afectos fundamentales de todo ser vivo. En el caso del hombre es lo contrario y complemento del placer. Para saber más de ello se nos remite a nuestra experiencia personal con nuestro cuerpo; imposible que nadie lo haya experimentado. Los filósofos antiguos han señalado que el dolor del alma es el sufrimiento, y sin duda la mejor forma de conocer dicho estado es experimentándolo en sí mismo. El dolor es mucho más que una sensación penosa y desagradable; es una sensación imborrable de la memoria y se impone de un modo absoluto, separándonos de todo posible bienestar.
Por otra parte encontramos que la filosofía, a partir de una perspectiva clínica, se comprende como un estudio del pensamiento sobre este tema en tanto terapia del lenguaje (Wittgenstein) por una parte y, por otra, a los trastornos de conducta y de afección moral y física del individuo en relación al dolor en tanto reflexión filosófica, lo cual ha estado presente desde Hipócrates a Bonica (1990), lo que nos muestra que la filosofía ha venido abordando diversos temas no tradicionales del conocimiento filosófico desde una apertura transdisciplinar epistémica semántica y terapéutica clínica. Es por lo que hemos querido acercarnos al concepto del dolor dentro de la evolución de la filosofía occidental a partir del “cuido de sí” (Platón: Alcibíades o de la naturaleza humana) presente en toda una filosofía clásica griega y helénica. Por otra parte encontramos que la ciencia actual aborda al dolor desde una visión positivista, determinista y localista, y pocas veces es tomada desde un contexto reflexivo y humanista más amplio y de conjunto. Por lo que al dolor se estudia como un fenómeno sensorial complejo, que implica más la dimensión corporal que la “espiritual” o subjetiva, cuyo umbral y tolerancia dependerán de múltiples factores individuales y colectivos: desde la constitución genética y psíquica de la persona hasta los aspectos culturales, es decir, religiosos, políticos y filosóficos en el ámbito ideológico. Aspectos que se proyectan hasta el contexto familiar, social y médico en que se desarrolla el sujeto.
Por lo anterior, siendo el dolor físico y psíquico, en todas las épocas, una de las sensaciones negativas más inalterables a la existencia del hombre, hemos querido que nuestra investigación tenga como finalidad indagar y reflexionar ética y estéticamente sobre el discurso filosófico que tenga en cuenta al dolor. El dolor como la capacidad y la intensidad que tiene el hombre no sólo de soportarlo en forma moral y corporal, sino su aceptación y expresión simbólica estética y filosófica como promotor de acciones límites y su eliminación, enmascaramiento o aceptación dentro de la condición humana.
Lo que intentamos en nuestra investigación será indagar una aproximación al dolor como valor y significado de vida que posee una genealogía de enfrentamiento u ocultamiento, superación o aceptación en tanto praxis física y psíquica terapéutica, estética, artística, pedagógica y hedonista. La genealogía es, pues, un enfoque del origen y nacimiento de dicho concepto, pero también expresa la diferencia o la distancia de ese origen, sus mutaciones y evoluciones. Se trata de un desciframiento de la “escritura jeroglífica” (Nietzsche), del pasado y presente moral acerca del dolor en la humanidad e intenta hallar bajo qué condiciones los hombres inventaron simbólica y significativamente los juicios de valor filosóficos y científicos acerca del dolor (y su contraparte: el placer y la búsqueda del florecimiento del ser o eudaimonía), y qué valor poseen en conjunto y sus prescriptivas de superación.
En principio nuestro espacio epistemológico parte de tres puntos más específicos que son, a saber:
1.- Conocer e interpretar los textos clásicos de la filosofía que desde la antigüedad a la postmodernidad abordan esta temática.
2.- Caracterizar y comprender el enfoque terapéutico filosófico del "cuido de sí" u "ocuparse de sí" (epimeleia heautou), presente en la filosofía platónica (Alcibíades o de la naturaleza humana) y la evolución en la filosofía occidental como ascesis, ejercicio para la superación del dolor individual y subjetivo (Foucault y Naussbaunn).
3.- Desarrollar una genealogía del dolor rastreando y exponiendo sus variantes, similitudes y variables desde los orígenes de su aparición, en tanto reflexión de valor, hasta sus alcances en los distintos discursos temáticos en distintas disciplinas filosóficas, científicas y humanísticas. Con ello buscamos llegar a una interpretación y aproximación en términos morales, estéticos, filosóficos y terapéuticos acerca de esta sensación y enunciado.
En nuestro presente el fenómeno del dolor lo experimentamos como una realidad cotidiana y permanente tanto en el ámbito individual como social. La manifestación diaria del fenómeno del dolor se nos presenta y representa en forma continua no sólo en nuestras vidas individuales sino también a través de imágenes y discursos dentro de los medios de comunicación, constituyendo un imaginario social permanente del dolor. Debido a ello se ha llegado a calificar esta situación social y personal como una especie de “epidemia”, el 75% de la población continental se encuentra afectada por dolor de manera permanente, (ver “Declaración de Bogotá”, 23 de mayo 2003). De esta urgencia ha surgido el interés de investigar este fenómeno en el campo filosófico hermenéutico de la conformación genealógica evolutiva del concepto. En la filosofía antigua (periodo griego y helénico), por ejemplo, encontramos su pertinencia en la obra de sus más importantes representantes. En Hipócrates en su obra médico-filosófica (“Sobre las enfermedades”), la localización, intensidad e irradiación del dolor sirve de ayuda para la realización del diagnóstico y tiene un valor pronóstico. Platón, en varios de sus diálogos (“Fedón o del Alma”, “Filebo o del Placer”, “Alcibíades o de la Naturaleza Humana”) lo concibe como una experiencia emocional del “alma”. Aristóteles en su obra (”Tratado del alma”, “Ética a Nicómaco”, “Gran Ética”, “Del Sentido y lo Sensible”) considera al dolor como un aumento de la sensibilidad de cualquier sensación, pero en especial del tacto; comprende que no sólo afecta al cuerpo sino también al alma (psique). Epicuro (“Carta a Meneceo”), desarrolla una filosofía que tiene como fin evitar el dolor a partir de una ascesis filosófica permanente, que se basa en aceptar y practicar una ética basada en los placeres simples y en resistir y evitar al dolor, pues este vendría a romper la armonía del ser (García, 1981). La escuela cínica desarrolla la autonomía corporal y la risa como estrategia contra los sufrimientos. Los estoicos enfrentan al sufrimiento y el dolor a partir de la idea de apathia. Areteo de Capadocia en su obra “De las causas e indicaciones de las enfermedades agudas y crónicas” atribuye la insensibilidad a una extremada densidad de los tejidos y el dolor surge debido a cambios patológicos de temperatura que reducían su densidad haciéndolos insensibles. Demetrio el Cínico (Ver: Séneca: “De Beneficiis”) comprende la superación del dolor a partir de una tekne tou biou, de una técnica de vida, en tanto autoconocimiento de sí. Galeno advierte en sus escritos la importancia del estudio del dolor (Moreno, 1982:;2:3-24), llegando una compleja teoría de la sensación en la cual el centro de la sensibilidad era el cerebro.
Adentrándonos en la postura platónica encontramos que en el diálogo Filebo se nos presenta su concepción del placer a partir de una postura fenomenológica del tema. No se puede hablar del placer sin la contraparte, es decir, el dolor. Dolor y placer pareciera que siempre van juntos; ambos elementos coexisten en todo ser vivo; coexistencia que se debe a la esencia misma del deseo, el cual es una tendencia del alma al lado opuesto actual del cuerpo, que es el dolor; el deseo surge por la carencia, por el dolor y la necesidad de restaurar la tranquilidad a través del placer. Pero placer y dolor pertenecen al género de lo ilimitado y connotan el más y el menos. En un principio acude a la teoría médica de replecion-evacuación, mostrando que la mezcla de lo ilimitado y lo limitado es lo que constituye la armonía vital. El quiebre de tal armonía nos adentra al dolor; su restauración es el placer o lo que acompaña al placer. Este placer/dolor es la explicación dada en relación con el cuerpo.
Su concepción del alma nos permite obtener cierta previsión al respecto. El alma tiene la facultad de saber anticiparse al placer o al dolor venidero. Ello se debe gracias a la conciencia del recuerdo o memoria. De esta manera sabemos de qué forma el alma conoce como está afectada la corporeidad a la que pertenece. El alma puede llegar hacernos revivir la reminiscencia del placer y del dolor. De la memoria nace el deseo, el cual es el estado contrario al que vive en el presente. El deseo remite a una carencia revivida; sólo es posible por el alma, por la memoria y el recuerdo; el cuerpo, que habita en lo inmediato, según Platón, no tiene deseo, no llega a relacionar carencia corporal con deseo, dolor corporal con placer. El cuerpo, no tiene memoria según su mirada eidetica; el alma es la que tendrá dicha capacidad. El alma, por hacer posible la reminiscencia, es depositante del deseo. En el alma puede coexistir un dolor actual y un placer anticipado. Como ello puede la coexistencia de la contaminación, la interacción y falseamiento y por tanto darse la existencia de falsos placeres y falsos dolores.
De esta posibilidad de la falsedad de este dúo placer /dolor se pasa al argumento de que el placer es sólo cesación del dolor. Tal tesis hedonista es falsa; pero tiene el germen de todos aquellos que sostienen un hedonismo radical como es la postura de Filebo. Se juzga el carácter y la naturaleza del placer por su manifestación más intensa y violenta. Y esta se encuentra en los enfermos y en los libertinos. S. niega que el placer pueda sólo pensarse que sea cesación del dolor. Y argumenta que muchas veces los placeres se encuentran falseados, bien por ser que arrastran el dolor o porque se puede confundirse con intervalos oscilantes que son pausa entre dos estados vitales. Tales placeres falsos o impuros se le opondrán los puros y verdaderos, comedidos, los cuales representan un verdadero goce sin que su ausencia nos cause angustia. ¿Cuáles son? Las formas bellas, colores bellos, sonidos bellos, olores agradables y, por encima de todo, el placer del conocimiento, lo cual no conlleva ningún hambre dolorosa y no tienen sombra de algún sentimiento penoso de vacío. Los falsos placeres es una permanente hambre insaciada. A partir de ello surge la posición de una vida de paz o tranquilidad ideal la cual estará por encima del placer y del dolor, que sólo obtendremos por los goces del conocimiento.
En Aristóteles podemos encontrar en el libro VII de su Ética a Nicómaco planteamientos variados al respecto pero sólo queremos tocar uno aquí por la premura del tiempo. El estagirita afirma, igualmente, que el estudio del placer y del dolor incumbe al individuo que estudia en filosofía la política (1152ª), puesto que esta actividad y realidad es quien fija, como un arquitecto, la meta en que pondremos los ciudadanos la mira para determinar de manera absoluta que una cosa es mala o es buena. Por tanto, el examen de los placeres y los dolores encontrados en las voluntades de los ciudadanos son foco de atención para la política pues ésta dictaminará qué se puede juzgar como acción aceptable en relación a la intensidad y tipo de placeres y dolores permisibles en el contexto político. Aristóteles nos advierte de ello ya que todas las disposiciones morales, virtuosas o viciosas, se reducían a referían al dolor o al placer. La voz del hombre común está asociada que una vida feliz es placentera, y ese es el bien que aspiran a obtener dentro de su vida social; para otros encuentran que el bien en sí no tiene nada que ver con el placer, esta opinión es la que refiere a la escuela cínica de Antístenes. Para unos algunos placeres pueden ser considerados como bienes, si bien la mayoría de ellos son males. Una última opción se nos presente, de cara a la política, que aun cuando todos los placeres son un bien, el bien supremo no podría ser el placer (1152ª).
En Aristóteles encontramos, una vez más, toda una reflexión dialéctica entre placer y dolor. Para comenzar se nos advierte que habrá placeres que son necesarios, como son aquellos referidos a la alimentación y a las necesidades sexuales, en general todo aquello que se refiere a la vida del cuerpo y en lo cual se da o intemperancia o de un uso sabio (1147b). Pero el hombre sin elección deliberada busca la demasía en los placeres y huye con exageración las impresiones dolorosas del hambre, la sed, el calor, el frío y todo lo que interesa el tacto y el gusto, con la condición de que obre en contra de su elección deliberada y contra su intención (1148ª), lo cual todo ello lo convierte en un hombre desprovisto de dominio de sí; no escogen deliberadamente su género de vida.
El dolor no será ni un mal ni un bien si el placer mismo no es un bien. Y si ello es así, ¿por qué huir del dolor? Aristóteles termina diciendo que la vida de un hombre honesto no será más agradable que otra, a no ser que se conceda que (sus) actividades distintas suyas son también agradables (1154ª). Hay una condición moral determinante en todo esto y es que el hombre malo tiende un exceso de placeres corporales; si bien podemos sacar placer de muchas actividades no todos saben mantener un justo medio al respecto. En relación al dolor no se huye al exceso sino al mismo dolor; el dolor no es lo contrario al exceso del placer. Hay quienes buscan los placeres del cuerpo en razón de su violencia y no pueden complacerse con otro tipo de placeres (1154b); en tales personas se produce en ellos una sed inextinguible. Esta conducta no es del todo reprobable cuando tales placeres no corren el riesgo de causar daño, sólo debe evitarse cuando ello ocurre. Tales personas no conocen otros placeres que sean capaces de satisfacerlos y para la mayoría, los que carecen de dolor o de placer resulta naturalmente penoso; el placer les expulsa la pena y ello es lo que termina haciéndonos intemperantes y viciosos.
Los placeres que no connotan dolor no pueden presentar excesos. Son naturalmente agradables de manera accidental, como aquellos que nos curen una dolencia pasajera gracias a la colaboración de la parte permanente sana en el cuerpo. Este tipo de placer agradable es la que produce el efecto de una naturaleza intacta. Esto es lo que refiere Aristóteles respecto al placer y al dolor, al dominio de sí y su falta, a los estados que connotan lo bueno o lo malo para la vida.
En la Escuela Cínica propone otra perspectiva que vendrá a defender la autonomía del individuo por encima de todo y, por supuesto, de la superación del sufrimiento inútil. En su ejercicio de dominio de sí entienden que la felicidad (eudaimonía), debe mantener una relación armónica con el mundo, tratando que lo real sea menos un obstáculo que una compañía circunstancial. No se puede obtener el éxito sin una preparación previa; el entrenamiento nos da la libertad y el poder superar todo. La felicidad, antes de hacer esfuerzos inútiles, se exige seguir la norma de la naturaleza pues ella nos provee de separarnos de la infelicidad a causa de nuestra propia estupidez. Evitar esfuerzos inútiles e inconducentes, como los que sólo persiguen la ostentación y el exhibicionismo. Economía de esfuerzos, simplicidad de vida. Nuestras acciones deben ser guías para ello, obteniendo con ellas beneficios inmediatos para nuestro fin real, que en este caso es la búsqueda de la autonomía y la distensión del sufrimiento inútil; las acciones nos deben conducir a una teleología de la liberación de nuestra propia alienación. Este ascetismo carnal y placentero es una meditación primordial para su conducta. Este se basa más en un ascetismo del cuerpo y en una la liberación del alma. Con el ejercicio del cuerpo llegamos a ser capaces de asegurar la soltura de los movimientos que apuntan a realizar actos virtuosos; ambos son consustanciales en este ascetismo; la buena forma como la fuerza son requeridos tanto por el cuerpo como por el alma. Es por lo que para obtener una buena vida sin mayores sufrimientos y dolores habrá que tener un dominio del cuerpo, de sus posibilidades, de sus capacidades y de sus límites. El cuerpo es el instrumento para ejercitarse en obtener una armonía con lo más natural que poseemos; nuestra naturaleza está instalada en nuestro propio cuerpo y es por ello que no podemos dejar de observar cierta preocupación de sí respecto a su cuido y satisfacción (Onfray, 2002. p.65s).
Epicúreo tendrá otra propuesta que se acercará a esta última escuela pero manteniendo cierta atención a las ideas aristotélicas al respecto para comprender que el retiro de la vida pública es necesario para alcanzar cierta tranquilidad del alma. El principal objetivo de esta filosofía estaba dirigido a lograr la tranquilidad; esto ya lo había propuesto Demócrito (Frag. IX,45) que había llegado a la tranquilizante conclusión de que la clave de la vida está en la serenidad anímica o euthymía, condición distinta a la hedoné o placer en el sentido tradicional. El placer es un bien, es el principio y fin de la vida del bienaventurado. En DL se encuentra citado su libro El fin de la vida de la que extrae la frase yo no sé cómo puede concebir el bien, si quito los placeres del gusto y quito los placeres del amor y los del oído y de la vista. Además el comienzo y la raíz de todo bien es el placer del vientre; incluso la sabiduría y la cultura deben referirse a este, el yantar y sus variaciones vendrían a ser un centro de atención como fuente de placer y, por tanto, de bien y tranquilidad para el hombre. Resulta extraño leer esto de quien la mayor parte de los días estuvo, por lo que conocido, alimentado frugalmente, y muchos días sólo a pan y agua.
Creo que con lo expresado hemos apenas presentado un bosquejo del interesante tema del dolor para la filosofía. Queda ahora ahondar aún más en cada una de estas escuelas y la evolución que tomará este concepto y realidad dentro de los periodos restantes del pensamiento, trabajo que nos dará para volver más de una vez a su lectura ante Uds.
Sólo queda darles las gracias por su paciencia mostrada y la atención prestada.


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La Medicina griega y su influencia en la filosofía antigua


 David De los Reyes


La profesión médica es determinante para la filosofía entre los siglos V y IV a.C. Platón da cuenta ampliamente de ella en su obra. La medicina es una referencia obligada en muchas de sus páginas. ¿Ello por qué? El médico aparece como un representante de una cultura especial, de un alto refinamiento metódico y es la encarnación ética profesional ejemplar por descansar su saber sobre un fin ético de carácter práctico, pues si bien contiene un saber teórico, no deja de inspirar un saber práctico para la construcción de la vida humana y su reparación y mejoramiento físico. Jaeger afirmó que la filosofía ética de Platón no hubiera sido posible sin el desarrollo y los procedimientos de la medicina pues será la más afín con la ética; está presente no sólo en la filosofía socrática sino también en la de Platón, en Epicuro, en la de Aristóteles como en las otras escuelas derivadas de éstas. Sin embargo, la medicina moderna y actual nada tiene que ver o si acaso muy poco con la práctica médica antigua.
Esta coalición entre medicina y filosofía se debe a que la cultura griega tenía un interés peculiar de formar tanto el cuerpo como el espíritu. Tal situación se nota simbolizada en el afán de la gimnasia y la música para la formación del cuerpo y, paralelamente, la formación espiritual a cargo de la filosofía.
Sin embargo ya Homero la elogia (Iliada 11,154) al decir que vale por muchos otros hombres el arte del médico.
El hecho que los filósofos jónicos se preguntaran por la causalidad de los fenómenos de la naturaleza hizo que la medicina igualmente adquiriese tal inscripción metódica para su proceder. El concepto de naturaleza (fusis), fue determinante para dicha ciencia. Filósofos antiguos jónicos como Anaxágoras y Diógenes de Apolonia asimilan a su pensamiento los conocimientos de medicina, especialmente de fisiología, (también estuvieron influenciados por ella Alcmeón, Empédocles e Hipón).
Hipócrates, del siglo VI a.n.e. es visto por Platón como la personificación de la medicina por antonomasia, igual Aristóteles que lo invoca como prototipo del gran médico.
Empédocles derriba las barreras divisorias que hay entre filosofía y medicina, entendiendo a esta como una conciencia de las relaciones, sujeta a leyes, del organismo frente a los efectos de las fuerzas que se basa todo proceso de la naturaleza y la existencia en el hombre de un estado normal ante los embates de las enfermedades. En el caso de este filósofo nos encontramos que sus teorías médicas tienen que ver directamente a sus éxitos como médico práctico. Su teoría de los cuatro elementos va a ser fundamental dentro de los siguientes siglos para la medicina (lo caliente, frío, seco y húmedo). Vemos que las concepciones físicas de la filosofía mezclarse con la concepción de las prácticas médicas, hasta alcanzar una teoría de los humores (cumoi) básicos.

En el Gorgias Platón (464B ss.) expone sus reflexiones sobre el arte médica. La techné consiste en conocer la naturaleza del objeto destinado a servir al hombre y que, por tanto, sólo se realiza como tal saber en su aplicación práctica. Jaeger afirma (1974:804) que para Platón el médico es aquel que procede en base a lo que sabe de la naturaleza del hombre sano pero que conoce igualmente lo contrario a éste, o sea, al hombre enfermo y su fin es proceder con los medios adecuados para restituirlo a su estado normal. Inspirado en ello conmina al filósofo hacer otro tanto con el alma del hombre y su salud; éste ensayará concebir un terapéutica del alma, que tiene en común con la ciencia del médico el que ambas derivan sus enseñanzas del conocimiento objetivo de la naturaleza misma, en el caso del médico, de la naturaleza del cuerpo, en caso del filósofo, del conocimiento de la naturaleza del alma (psique). El estado normal del cuerpo lo nombra el médico como salud, en filósofo aborda al alma desde la ética y la política.
Exige para el arte médico (Fedro 270d) una nueva retórica que encauce al alma y al cuerpo del hombre hacia lo que es verdaderamente mejor para él. La medicina ayudará al filósofo a resolver el problema de cómo el individuo ha de encontrar la verdadera pauta de su conducta, enseñándole a descubrir el comportamiento ético adecuado como un justo medio entre el exceso y el defecto, por analogía con una dieta física sana (Jaeger 1974:807).
La ética, como lo ha dicho Aristóteles, versa sobre la regulación de los impulsos humanos, del placer y el dolor, ello termina en la postura del tes mesontes, es decir, del justo medio, entendido no como un punto matemático fijo o como un centro absoluto de la escala, sino como el medio justo para el individuo de cuya conducta se trata. El comportamiento ético es la tendencia a centrarse en el justo medio para cada cual, es decir, entre lo mucho y lo poco (Aristóteles E.N, x, 10, 1180 b 7).
La concepción aristotélica del justo medio emplea una terminología sacada de la medicina, como son los conceptos de exceso y defecto, del punto medio y de la medida justa, el del centrarse y el de tacto seguro (aistesis), el rechazo de una regla absoluta y el postulado de una norma adecuada.
Esto nos lleva a comprender que la teoría platónica y aristotélica de la areté (virtud) viene a establecer abarca tanto las aretai del cuerpo como las del alma. Se funde una toda la teoría médica con tales posiciones filosóficas sobre la acertada terapéutica del cuerpo con la teoría socrática sobre el cuidado y la terapéutica certeros del alma.

Para ello se debe partir de un concepto de la naturaleza, el cual es omnipresente en el pensamiento de los médicos griegos. ¿Cuál es la acción medica que debe establecer respecto a lo llamado por Physis? El verdadero médico se nos presenta como aquel practicante que nunca separa la parte del todo sino que enfoca su terapia basándose en las relaciones de interdependencia con el conjunto, de la parte dentro del todo, determinando así que es la mejor forma de encontrar un tratamiento para la parte. El médico debe ser el llamado a restaurar la medida oculta cuando viene a estar alterada por la enfermedad. Es la propia naturaleza la que está encargada de implantarla pues de ella deriva la medida justa. Platón habla de la fuerza, la salud y la bellaza concretamente como las virtudes del cuerpo, las compara con las virtudes éticas del alma, que son la piedad, la valentía, la moderación y la justicia; ambos tipos de virtudes constituyen una unidad armónica. Mostrando que no hay una división realmente entre la cultura física y espiritual del sujeto; la cultura física, tal como la concebían los gimnastas y los médicos, es también algo espiritual. Se puede decir que el ideal helénico de la cultura humana era el ideal del hombre sano. El concepto de sano vendrá a extenderse como un concepto normativo universal aplicado al mundo y a cuanto vive en él, ya que sus bases, la igualdad y la armonía, son las potencias que constituyen lo bueno y lo justo en todos los órdenes de la vida.

La medicina griega observó que la intervención de un médico, en el tratamiento de los enfermos, no consiste en intervenir en contra de la naturaleza pues ésta debe adecuarse al fin que está presente en la acción de la naturaleza. Los síntomas de la enfermedad, y sobre todo, la fiebre, representan ya de por sí el comienzo del proceso de restauración del estado normal del cuerpo.
La terapia debe, pues, encauzar al propio organismo a su restablecimiento; el médico sólo debe conocer o investigar cuál será la mejor forma de intervenir en el proceso natural del organismo para encaminarlo a su curación. La naturaleza se ayuda a sí misma. Tal concepción es propia de la teoría hipocrática de la enfermedad. La naturaleza del cuerpo, como de cualquier organismo y como es todo su proceder bajo el aristotelismo físico, está encaminada a un fin y el arte de la medicina sólo se ha inventado para llenar algunas lagunas de la naturaleza. Esta postura teleológica es originaria de Diógenes de Apolonia, filósofo y medico, y es a él a quien se le atribuye la paternidad de esta teoría (Jaeger: 1974: 811). El arte médico consiste en eliminar lo que causa dolor y en sanar al hombre alejando lo que le hace sufrir. Y para ello se centra la intervención del médico en la naturaleza del cuerpo, pues gracias a ello la naturaleza logra esto por sí misma: si se sufre de estar sentado basta con levantarse; si se sufre por mucho moverse, basta con descansar; la naturaleza lleva en sí misma muchos de las prescripciones obtenidas del arte médico.
La Physis individual actúa como un ser con arreglo a un fin ontológico constitutivo y que hay que restablecer. Para cierta mirada médica antigua tenía la concepción de que toda parte de la naturaleza está adecuada a un fin, la cual se desprende de la hipótesis de la existencia de una razón (logos) divina que gobierna y constituye al mundo por completo y que, por tanto, todo está organizado de un modo racional (Diógenes de Apolonia, frag. 5, 7 y 8, Diles; ídem: 812). Los hipocráticos se separan de dicha concepción semi religiosa y metafísica, aunque comprenden y admiran que la naturaleza, a pesar de carecer de conciencia, procede de un modo absolutamente teleológico; por tanto, la naturaleza se encarga de hacer lo necesario. Hipócrates lo advirtió al afirmar que la naturaleza, aunque inculta y no haya aprendido nada, hace lo que se debe hacer (cit. Jaeger: 1974: 812).

Bibliografía:Aristóteles. 1972: Obras Completas. Ed. Aguilar. Madrid.
Jaeger, W., 1974: Paideia. F.C.E. México.
Platón, 1972: Obras Completas. Ed. Aguilar. Madrid.


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El Budismo y la supresión del dolor.

El Budismo y la supresión del dolor.


  • El camino que conduce a la supresión del dolor se llama Noble Sendero Octuple y consiste en ocho pasos:


1. Opinión pura o correcta: Cada individuo debe tener una idea clara sobre lo que quiere, o hacia donde dirige su vida

2. Representación mental pura: Consiste en enfocar toda la atención y el esfuerzo hacia aquello que nos hemos propuesto conseguir
3. Lenguaje puro: Quiere decir que hay que evitar la mentira, la calumnia, la plática inútil o el chisme. El lenguaje siempre debe revelar la verdad de nosotros mismos.
4. Acción pura: La conducta individual siempre debe ser apropiada, recta y caritativa.
5. Medios de existencia puros: Hay que evitar todo tipo de trabajos o actividades destructivas, que perjudiquen a otros o que impidan la elevación espiritual. Por consiguiente, hay que dedicarse a las labores que promuevan la vida.
6. Aplicación pura: Para alcanzar el objetivo de nuestra vida, debemos aplicar el esfuerzo necesario, constante y con firmeza. No caer en el desánimo o la apatía.
7. Mentalidad pura: Mantener bajo control todos los impulsos, instintos, sentidos, emociones o pasiones. También es observar y analizar continuamente los pensamientos, sentimientos y sensaciones físicas.
8. Meditación pura: Implica el análisis y reflexión de todas las cosas que suceden en la vida. Es el único requisito indispensable para lograr la sabiduría y la iluminación.


  • Reflexiones Budistas

1. El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. 2. Los extremos son como trampas o emboscadas; permanece en el medio, pero ni siquiera al medio te aferres. 3. Cuando no tengas nada importante que decir, guarda el noble silencio. Si no puedes mejorar lo dicho por otros, guarda el noble silencio. 4. Que cada uno de vosotros sea su propio refugio, ¿qué otro refugio podría haber?5. Todos los estados perjudiciales tienen sus raíces en la ignorancia y convergen en la ignorancia. Al abolir la ignorancia, todos los demás estados perjudiciales serán también abolidos. 6. Mente clara, corazón tierno. 7. Todas las cosas compuestas están sujetas al cambio. Porfiad con vigilancia para conseguir vuestra liberación. 8. El pasado es un sueño; el futuro, un espejismo; el presente, una nube que pasa.9. Vigilad, estad atentos, sed disciplinados,
reunid vuestros pensamientos, cuidad vuestra mente. 10. A un loco se le conoce por sus actos, y a un sabio también. Hay un apego sumamente peligroso: el apego a las opiniones. 11. En cualquier batalla pierden tanto los vencedores como los vencidos. 12. Igual que una flor bella y de brillante color, pero sin perfume, así de estériles son las buenas palabras de quien no las pone en práctica. 13. Toda enseñanza es como una balsa: hecha para hacer una travesía, pero a la que no hay que atarse. 14. La verdad es aquello que produce resultado. 15. Como una sólida roca no se mueve con el viento, así el sabio permanece imperturbable ante la calumnia y el halago. 16. Pocos entre los seres humanos son los que cruzan a la otra orilla (la de la sabiduría). La mayoría solamente suben y bajan por la misma orilla. 17. Más grande que la conquista en batalla de mil veces mil hombres es la conquista de uno mismo. 18. Si uno percibe el mundo como una burbuja de espuma y como un espejismo, a ése no le ve el Dios de la Muerte. 19. El único refugio de la mente es la atención.


martes, 1 de julio de 2008

Saphēs lógos: La relación del médico con su auditorio.


Alexandra Cruz

Universidad de Los Andes (Venezuela)
Praesentia, 7 (2006)


      Resumen
El presente artículo tiene la finalidad de intentar relacionar el principio de la claridad (tó saphēs) del discurso expuesto por Aristóteles en el libro iii de la Retórica, con la concepción que la medicina hipocrática tenía sobre el médico como orador, como comunicador de conocimiento, no sólo con sus pacientes, sino con auditorios más grandes y diversos.

Palabras clavesRetórica, medicina, virtudes elocutivas, Corpus Hippocraticum.

Abstract
This paper is an attempt to establish a relation between the notion of the clarity (tó saphēs) of speech exposed by Aristotle in the book iii of the Rhetoric, with the notion held by the hippocratic medicine about the doctor as orator, as communicator of knowledge, not only with his patients, but with a larger and diverse audience.

key words
Rhetoric, Medicine, perspicuity style, Corpus Hippocraticum

“Rhetorical criticism identifies the persuasive element in the discourse of health and medicine, and asks ‘who is persuading whom of what?’ and ‘what are the means of persuasion?’”[1]. Una respuesta rápida a la última pregunta nos llevaría a decir: la palabra. Así lo veían, aparentemente, los médicos hipocráticos del siglo v a.C., para quienes el lógos representaba la única vía de conocimiento, no sólo del conocimiento por ellos adquirido, sino vía para impartir conocimiento, tanto a aprendices de medicina, como al público en general.
La persuasión siempre ha sido un elemento fundamental en la relación médico-paciente, no solo en la Antigüedad, sino en la medicina de hoy, tal como afirman Derkatch y Segal:
“Persuasion is a central element in many medical situations. Patients without observable symptoms may need to persuade physicians that they are ill and in need of care; physicians may seek to persuade patients that they are well, despite feeling ill. Furthermore, physicians wish to persuade patients to adhere to diets, other regimens, and courses of treatment”[2].
La medicina del siglo v a.C. dio un vuelco epistemológico al alejarse de las concepciones y métodos que la vinculaban con la magia y/o la religión, y con los postulados filosóficos, para empezar a formar una téchnē propia, una téchnē iatrikē[3]. De esta forma, la medicina se transforma en un “saber hacer” independiente con métodos propios. Ese saber hacer, conlleva un lógos iatrikós, a través del cual se transmite el conocimiento médico. Sin embargo, dentro de la téchnē iatrikē, existe un tipo de lógos que no tiene necesariamente la finalidad de transmitir conocimientos, sino simplemente la de comunicar algo, bien sea al paciente directamente, a sus familiares, o a un público determinado.
Se sabe, con suficiente certeza, que el médico, al llegar a una ciudad, daba discursos sobre medicina con la finalidad de enaltecer su arte y hacerse de una clientela. Así lo afirma Jaeger: “La actuación de los médicos como oradores sofistas ambulantes representaba un intento de realzar la importancia pública de esta profesión”[4]; de igual forma, Rodríguez Alfageme señala: “...el médico se veía obligado a recurrir a la oratoria, si quería conseguir alguna clientela en cada ciudad a la que llegaba por primera vez e incluso debía enfrentarse dialécticamente a sus posibles colegas en aquellas ciudades...”[5]. Y no podía ser de otro modo, pues así como la retórica es “la facultad de considerar en cada caso lo que puede ser convincente” [6] (dýnamis perí hékaston toû theōrēsai tó endechómenon pithanón), la medicina debe enseñar y persuadir sobre su propio objeto (perí tó autēi hypokeímenón estin didaskalikē kaì peistikē), esto es, respecto a lo que es saludable y lo que es nocivo para la salud (perì hygieinōn kaí noserōn).
Ahora bien, el conocimiento médico era, en principio, exclusivo de una comunidad religiosa conformada por hombres iniciados en los “secretos de la enfermedad y la curación” [7], conocimiento obviamente vedado al ciudadano común, al idiōtēs. No obstante, el conocimiento de la medicina formó parte importante de la educación del hombre culto de la sociedad, aunque éste nunca se dedicara al arte de curar:
“En la realidad, la nueva ciencia médica no se halla netamente separada, ni mucho menos, de la vida general del espíritu, sino que procura conquistar un lugar fijo dentro de ella. Aunque se base en un saber especial que diferencia al profesional médico del profano, se esfuerza conscientemente en comunicar a éste sus conocimientos y en encontrar los medios y los caminos necesarios para hacerse inteligible a él”[8].
Por esta razón, encontraremos numerosos tratados dentro del Corpus Hippocraticum[9] donde se expresa explícitamente la necesidad de decir cosas inteligibles al hombre común, al dēmótēs. Tal es el caso del Perì archaíēs iatrikēs, en el que su autor afirma:
“...lo que me parece más importante cuando se habla de este arte es que se digan cosas comprensibles a los profanos (légonta tēs téchnēs gnōstá légein toîsi dēmótēsin). En efecto, no corresponde a la medicina ni investigar ni hablar de otra cosa que de las afecciones de que los profanos mismos están enfermos y padecen. Que éstos, por sí mismos, se instruyan cómo se generan y cesan sus afecciones y por qué causas aumentan y disminuyen, es difícil, por tratarse de profanos; pero es fácil cuando dichas causas son descubiertas y expuestas por otros. Pues no se trata de otra cosa que de que cada uno recuerde lo que le ha sucedido a sí mismo cuando escucha al médico. Si no se consigue, por el contrario, la comprensión de los profanos (tēs tōn idiōtéōn gnōmēs apoteýxetai), ni se coloca a los oyentes en tal situación, no se logrará lo real”[10].
Queda demostrado en este fragmento, la necesidad imperiosa del médico hipocrático de hacerse entender por sus pacientes. Esa imagen integral del médico que explica, que enseña, ya se encontraba presente en la sociedad de la época, prueba de ello la encontramos en las Leyes de Platón:
“... el médico libre atiende y examina mayormente las enfermedades de los hombres libres e, investigándolas desde su principio y por sus fundamentos naturales, y conferenciando con el propio doliente y con sus amigos, aprende él por sí algo de los enfermos por un lado, y por otro instruye en la medida de su capacidad al enfermo mismo, sin prescribir nada hasta haberle convencido (ou próteron epétaxen prìn án pēi sympeísēi); y que sólo entonces, teniéndolo ya ablandado por la persuasión (metá peithoûs), trata de consumar su obra restituyéndole a la salud”[11].
Ambos fragmentos, tanto el perteneciente al C.H., como el de Platón, ilustran perfectamente ese principio de la medicina: el de hacerse comprender por el paciente. Esta necesidad de inteligibilidad del discurso médico deja expuesta la obvia relación existente entre la medicina hipocrática y la retórica, pues para conseguir ese fin del que hemos hablado hasta ahora, es imprescindible el conocimiento y hábil manejo de ese arte.
En este sentido, el médico hipocrático como orador, tendrá las mismas intenciones que cualquier otro: la de mover a su auditorio (ya sea un sólo paciente, o un grupo más numeroso de oyentes) a través el discurso que pronuncie. Así, todo el peso para conseguir la confianza de sus oyentes reposará en la manera como logre expresar eso que el médico quiere comunicar, pues es necesario que el discurso se pronuncie de una manera tal que convierta a su emisor en alguien digno de crédito (axiópiston poiēsai tó légonta).
Para conseguir este fin, el orador debe apelar a las emociones o pasiones (pathēmata) de la audiencia para dirigir su opinión en favor de su discurso. Uno de los recursos más recomendados es la escogencia de palabras usuales, comunes, y el uso adecuado de figuras como la metáfora y el símil. Sin embargo, Aristóteles muestra cierta predilección por la primera más que por la segunda pues considera que la metáfora aporta claridad al discurso, mientras que el símil debe ser usado con mucha más prudencia porque resulta poético:
“La palabra usual (tó kýrion), la apropiada (tó oikeîon) y las metáforas (kaì metaphorá) son las únicas adecuadas para la expresión en prosa”[12].
“La claridad (tò saphēs), el encanto (tò hēdý) y la singularidad (tó xenikón) las aporta especialmente la metáfora (échei màlista hē metaphoráv)”[13].
“El símil (hē eikōn) es útil también en la prosa, pero usada con moderación (oligákis), pues resulta poética”[14] .
En estos pasajes podemos advertir uno de los principios más importantes que, según Aristóteles, es imprescindible para lograr la atención y el favor del auditorio: la claridad (tò saphēs), sin que ello signifique convertir el discurso en uno ordinario. Así, en el libro iii, 2 señala:
“...definamos la claridad como una virtud de la forma de hablar (hōrísthō léxeōs aretē saphē eînai) (buena señal de ello es que si un discurso no demuestra algo, no logrará su objetivo), que no debe ser ni ramplona ni excesivamente elevada, sino adecuada (prépousa). Pues el lenguaje poético seguramente no es ramplón, pero tampoco es apropiado para el discurso (ou prépousa lógōi)”.
De igual manera, advierte sobre ciertas cualidades que harán al discurso, claro y comprensible:
“...no conviene que se note la elaboración ni dar la impresión de que se habla de un modo artificioso (peplasménōs), sino natural (pephykótōs) (esto último es lo persuasivo, mientras que aquello produce el efecto contrario, pues los oyentes se predisponen en contra, en la idea de que se les está tendiendo una trampa (...) Podemos ocultar bien la elaboración si se hace la composición escogiendo palabras de la lengua corriente (ek tēs eiōthyías dialéktou eklégōn syntithēi)”.
Y más adelante, en el capítulo 3 de ese mismo libro, afirma:
“Podemos ver cómo quienes componen discursos en un tono poético (poiētikōs légontes) producen, por su impropiedad, ridículo y frialdad, además de falta de claridad (tò saphēs) por esa verborrea (diá tēn adoleschían), pues amontonar palabras cuando ya se entiende algo diluye la claridad, por la acumulación de oscuridad”.
Ahora bien, en el fragmento del Perí archaíēs iatrikēs citado más arriba, podemos percibir que esa claridad del discurso de que habla Aristóteles forma parte de la naciente téchnē iatrikēv; todo médico hipocrático debía tener en cuenta estos elementos al momento de elaborar su discurso, ya sea escrito u oral. Otra prueba de la presencia de esta conciencia retórica en el método médico hipocrático, es la aparición frecuente de ideas como la expresada en el fragmento del tratado antes citado, tal es el caso de Prognōstikón i, 1-7:
“Que el médico se ejercite en la previsión me parece excelente. Pues si conoce de antemano y predice ante los enfermos sus padecimientos presentes, los pasados, y los futuros, y si les relata por completo incluso los síntomas que los pacientes omiten contar, logrará una mayor confianza en que conoce las dolencias de los pacientes, de manera que las personas se decidirán a encomendarse a sí mismas al médico. Y así dispondrá del mejor modo el tratamiento, al haber previsto lo que va a ocurrir a partir de la situación actual”[15].
Pero esa imperiosa necesidad que siente el médico hipocrático no persigue solamente la finalidad de hacerse entender y de relacionarse mejor con sus pacientes, sino también la de lograr, a través de lo que el paciente le cuenta, el mejor pronóstico posible que garantizará el mejor tratamiento posible para determinada enfermedad. Este lógos prognōstikón se convertirá en una técnica muy propia de la medicina hipocrática, buscando siempre la confianza y el prestigio ante su paciente y ante la comunidad en general[16]; así lo afirma Laín Entralgo: “...el logos pronóstico no es sólo expresión de conocimiento; es también instrumento de prestigio, tanto para conseguir la confianza del enfermo, como para brillar socialmente en la ciudad”[17].
Según este mismo autor[18], lo expresado en el fragmento del Perí archaíēs iatrikēs representa tres intenciones fundamentales de esta medicina: 1) la enseñanza de la medicina al hombre común, para que éste llegue a ser un hombre culto; 2) el conocimiento profundo de la enfermedad, gracias a lo que el paciente le dice, gracias a esa comunicación médico-paciente; y 3) el diagnóstico y correcto tratamiento de la enfermedad, al que se llega, no sólo a través del conocimiento de la naturaleza del cuerpo humano y de las enfermedades que posee el médico, sino también, una vez más, a través del testimonio del paciente. Todas estas intenciones buscan un fin mayor: el afianzamiento de esta nueva téchnē iatrikē en la sociedad, otorgándole el prestigio que ésta y sus practicantes merecen.
Sin embargo, y a pesar de la clara relación entre los fragmentos citados del C.H. y de la Retórica, dentro del C.H. encontramos fragmentos en los que no se aprueba del todo el que el médico imparta conferencias al público en general: “Y si deseas pronunciar discursos ante una audiencia (no lo desees notoriamente), al menos no los hagas con la ayuda de expresiones poéticas (metá martyríēs poiētikēs), pues muestran la artificialidad del trabajo”[19]. Estas palabras se muestran bastante reveladoras sobre la manera como el médico concibe su téchnē: es un conocimiento científico y, como tal, debe ser transmitido bajo un género apropiado, la prosa. Como vimos más arriba, Aristóteles es bastante claro en el estilo que deben tener los discursos para que alcancen la claridad: no dar la impresión de artificialidad en el lenguaje; utilizar palabras de la lengua corriente, pues si se compone el discurso con maneras poéticas, lo único que se conseguirá será hacer el ridículo al transgredir los límites de lo prépon[20]:
“El principio de la adecuación gobierna tanto las ideas que se escojan como las palabras empleadas para expresarlas, y esa adecuación se centra en tres elementos: el asunto o tema tratado (res), la persona que habla (o escribe) y, para los efectos del ocultamiento, el más importante, el auditorio (oyente o público) al cual se dirige el hablante (o escritor), el cual no es un ente abstracto, sino que está condicionado por unas circunstancias de tiempo y lugar”[21].
En este punto, volvemos un momento sobre el aspecto del “ocultamiento del arte”. Como vimos, es fundamental que el médico (ni ningún orador) no emplee una manera de hablar artificiosa, pues no debe escatimar los recursos para ganarse la confianza de su auditorio, evitando así “que la audiencia se construya de él la imagen de una persona que le está tendiendo una trampa, cuya finalidad es hacerlo caer en la mentira”[22]. Y, como mencionamos más arriba, esa audiencia a la que tenía que hacer frente el médico hipocrático no quedaba restringida sólo al paciente, sino que, en ocasiones, le correspondía dirigirse a un grupo mucho más numeroso, conformado tanto por aprendices de medicina como por ciudadanos ajenos a esta téchnē; es por esto que, muy probablemente tuviera que tener presente en todo momento los principios retóricos que hemos venido discutiendo para lograr la atención de su público, su confianza y, en el caso de los pacientes, alcanzar con su ayuda, el mejor pronóstico y tratamiento.
Al comparar todos los fragmentos citados, nos parece que existe una relación evidente entre esa téchnē iatrikē que surge y se desarrolla en el siglo v a.C. con la oratoria en general, y con la retórica aristotélica en particular. Y esa relación tiene que ver con el tipo de discurso que debe emplear la medicina (ahora que es una téchnē constituida con su propio método), un discurso claro, inteligible, sin artilugios que puedan dar la impresión de artificialidad, desprestigiándola. No podemos afirmar con total certeza que el arte retórica fuera elemento imprescindible para la medicina hipocrática, pero sí podemos aventurarnos a sugerir que el conocimiento retórico no era ajeno a estos médicos y quizá lo cultivaron, conscientes de su poder y de lo que podría hacer por ellos como profesionales y por su ciencia.

Bibliografía
Aristóteles, Retórica, (trad. Alberto Bernabé), Madrid, Alianza, 2001.
C. Derkatch, J. Z. Segal, “Realms of Rhetoric in Health in Medicine”, University of Toronto
Medical Journal, 82 (2) (2005), 138-142.
Hipócrates, De la medicina antigua, (trad. Conrado Eggers Lan), México, UNAM, 1991.
Hipócrates, Tratados Hiporcáticos, (trad. M. D. Lara Nava, Carlos García Gual et al.), Madrid,
Biblioteca Básica Gredos, 2000.
Hippocrates, Volume 1, (trad. W.H.S. Jones), Londres, Loeb Classical Library, H.U.P.,
1952.
W. Jaeger, Paideia: los ideales de la cultura griega, (trad. Joaquín Xirau y Wenceslao Roces), Bogotá, F.C.E., 1957.
P. Laín Entrlago, La medicina hipocrática, Madrid, Alianza Universidad, 1970.
P. Laín Entrlago, La curación por la palabra en la antigüedad clásica, Barcelona, Anthropos, 1987.
M. D. Lara Nava, “El prestigio del médico hipocrático”, Cuadernos de Filología Griega: estudios griegos e indoeuropeos, 14 (2004), 45-58.
J. Longrigg, Greek Medicine. From the Heroic to the Hellenistic Age, New York, Routledge, 1998.
E. Paglialunga, Manual de Teoría Literaria Clásica, Mérida, Universidad de Los Andes – CDCHT, 2001.
E. Paglialunga, “Ars artis celandae”, Logo, iii (4) (2003), 141-149.
Platón, Las Leyes, trad. José Manuel Pabón y Manuel Fernández Galiano, Madrid, Centro de
Estudios Políticos y Constitucionales, 1999.
I. Rodríguez Alfageme, Literatura científica griega, Madrid, Síntesis, 2004
Artículo tomado de: http://vereda.saber.ula.ve/sol/praesentia7/sasha.htm

Entrevista a Michel Onfray. La filosofía sana y salva (¿cura y redime?)


(Hector Pavon - clarin.com)
 hora sur el 15 Dic 2007


Fuera de París y de los círculos intelectuales, a los que detesta, Michel Onfray dice que la filosofía salva y que con ella se puede ser feliz, una idea basada sólo en su particular experiencia de vida. Aquí dice que los filósofos pelean una batalla perdida de antemano contra la barbarie. Reivindica a Diógenes y dispara contra Platón, las religiones, la publicidad, entre otros.
Michel Onfray disecciona el devenir desde su casa en Argentan, Francia. Desde las márgenes, y con la lente del anacoreta, recorre el mundo de las ideas. Vive en un chalet lejos del ruido parisino, de los círculos intelectuales: es solitario, ateo, filósofo sin marco académico tradicional. Publicó más de 40 libros y sigue preceptos del filósofo Diógenes, al que considera un pensador revolucionario. "Diógenes reivindicaba un lugar en Atenas que era una anti academia: el Cinosargo, en otras palabras, el cementerio para perros. Como burla, contra el ideal platónico de la Academia, los cínicos, que habían transformado la franqueza natural del perro en su emblema, eligieron ese lugar como provocación".
Platón era rico y aristócrata, bien nacido y de buena familia, no necesitaba ganarse la vida, acusa el filósofo que creó la Universidad Popular de Caen. Dice que Platón criticaba a los sofistas, por cobrar sus clases. "Fueron los primeros profesores de filosofía. Además, enseñaban técnicas de palabras y retórica útiles para llegar a las instituciones representativas de la democracia: Platón veía mal que se le otorgasen a las personas modestas posibilidades de acceder a instancias políticas de decisión. En el plano del contenido, los sofistas enseñaban un corpus, y no cualquier cosa como decía Platón. Pero su corpus, por el hecho de rechazar el mundo inteligible, la verdad en sí, las ideas puras, fue desfigurado por los platonistas que preferían caricaturizar un pensamiento antes que combatirlo lealmente", polemiza.
Onfray también escribió sobre estos pensadores marginados en Cinismos, retratos de los filósofos llamados perros. Dice que los cínicos también defienden una visión del mundo (antiideal, materialista, perspectivista, relativista, subversiva) que combate absolutamente a Platón y al platonismo. "Con el triunfo del cristianismo desde Constantino, que lo impone como religión de Estado, el platonismo pasó a ser más o menos la filosofía oficial. Por esas razones los académicos de hoy, entre ellos los universitarios, retoman esas falsas ideas arrastradas acerca de los sofistas y los cínicos", sostiene Onfray.
Su nuevo libro es un manifiesto hedonista, un conjunto de textos que apuntan a los placeres varios pero también a los sufrimientos del cuerpo, a las frustraciones políticas y la reinvindicación de la utopía. La potencia de existir. Manifiesto hedonista (de la Flor) es el título de su nuevo texto. Allí Onfray exhibe una prosa cuidada para un prólogo autobiográfico. Aparece el Onfray púber arrojado a una vida de maltratos y marcas a fuego y germen del filósofo. El autor dice, por correo electrónico, que padeció "una infancia en la naturaleza que me dio el sentido de la tierra, de la vida, de los ritmos, de lo vivo; otra parte de la infancia con un maltrato que me volvió rebelde a la autoridad; un origen modesto, padre peón agrícola, madre ama de casa, condiciones de vida muy pobres, que hicieron de mí un compañero de lucha de la izquierda radical; una 'salvación' aportada por los libros, la filosofía, la escritura, todo se mezcla, pero en una complejidad imposible de desenmarañar aquí y ahora, para hacer de mí un filósofo francés libertario, hedonista". Ese fue el traumático nacimiento del filósofo "perro" moderno.
"La filosofía me permitió sobrevivir a la tragedia que fue para mí ser enviado a un orfanato por mis propios padres cuando yo tenía diez años: los libros, la lectura me salvaron en ese momento y después, me garantizaron la salvación nuevamente en mi adolescencia, cuando la filosofía funcionó en mí como el sentido, la verdad, la certeza, la razón que nadie me había transmitido: creo que la filosofía es una terapia, lo que siglos de filosofía mostraron, siempre que no fueran cristianos", testimonia Onfray.
Fue una época de formación primaria y secundaria en la que el cuerpo del joven Onfray era el depositario directo del castigo en el orfanato y donde no había piedad para el culpable ni el sospechoso ni el diferente. En una civilización cristiana, el cuerpo siempre es maltratado, señala el pensador: "el ideal cristiano es, para la mujer, la Virgen que engendra sin padre, la Inmaculada Concepción, el cuerpo sin carne, la Esposa de Cristo y la Madre de Dios; para el Hombre, un crucificado sanguinolento, adorado como un muerto descarnado en su cruz, atravesado por las espinas y las puntas de lanza. Todo eso genera una neurosis de civilización en la que nos encontramos todavía bajo formas posmodernas, por ejemplo, con la tiranía publicitaria del cuerpo ideal, inexistente, bello, perfectos, platónico, o sea, como un modelo que genera frustraciones en una cantidad increíble de personas, pues sólo tenemos cuerpos reales, existentes, imperfectos que nos invitan a no amar en beneficio de un ideal tipo, inalcanzable..."
- "Nacimiento" de la filosofía.
¿Cuándo nació la filosofía? ¿Es un invento griego? Dice Onfray: "Es consustancial al hombre. En cuanto se asombra, reflexiona, piensa, hay filosofía. Los profesores de filosofía europeos remiten todo a sí mismos y deciden que la filosofía nace en Grecia, en el siglo VII antes de Jesucristo, olvidando que antes de eso existieron filósofos en Egipto, en China, en India y que los famosos inventores de la filosofía en Grecia (Pitágoras, Demócrito, por ejemplo, Platón después) realizaron viajes a esos países y trajeron muchas de sus intuiciones de sus viajes a esos continentes...".
Onfray dicta cursos de filosofía gratuitos cada semana ante unas setecientas personas en la Universidad Popular de Caen, creada por él, que hoy cuenta con alrededor de quince docentes y donde se dictan más de 200 cursos gratis en el año. Declaración de principios: "rechazo los poderes y nunca fui universitario, no soy miembro de ningún jurado literario ni periodista o responsable de una página cultural en un diario o un programa de tv, pese a que me han propuesto todas esas futilidades; rechazo los honores y no dispongo de ninguna condecoración, ningún título de profesor honorario de la universidad que sea; rechazo el dinero como horizonte insuperable de mi vida y vivo en un chalet de un pueblo de provincia donde nací, donde vivo, donde trabajo, donde escribo mis libros y donde, con mis amigos, creé una segunda universidad popular libre y gratuita. Escribí en Teoría del cuerpo amoroso cosas sobre la familia, la pareja, los hijos que son exactamente lo que vivo; detesto el medio de la gente de letras y nunca viví en medio de ellos en París. Invito a cualquiera a verificar y ver cómo coinciden lo que enseño y lo que vivo plenamente, -desafía-. En el caso de los otros filósofos, lo invito a que usted mismo haga la averiguación. Se divertiría..."
Esa diferencia que marca Onfray sobre sí y el resto de los pensadores es la distancia que, dice, lo separa del mundo académico establecido y el que le plantea un púlpito diferente para su modo de "hacer" filosofía: "Leer y escribir mis libros; después enseñar lo que aprendí para compartirlo. Pero por encima de todo: tratar de vivir una vida filosófica que abarque todo eso: leer, escribir, dar conferencias, hacer coincidir mi teoría y mi práctica".
¿Pero entonces, desde este punto de vista, cuál es el lugar o papel del filósofo en la sociedad actual? "El filósofo no es ni astrólogo ni adivino ni lector del futuro en la borra del café... Su trabajo no es prever, sino ser consciente de la abulia generalizada de los hombres y hacer todo lo posible para no contribuir a ella. Es por lo tanto, prevenir, proponer antes una resistencia a todas esas catástrofes sabiendo que los filósofos serán siempre minoritarios, por lo tanto, perdedores y vencidos, pero que, como románticos desesperados, hay que llevar adelante no obstante un combate que se sabe perdido de antemano. Pues habrá otros Hitler, otros Stalin. Pero, al menos, que sea sin los filósofos..."
¿La filosofía y los filósofos pueden responder con precisión y justo a tiempo cuando hay algún acontecimiento como la guerra, una catástrofe humanitaria, un totalitarismo, por ejemplo? Onfray recoge la provocación y responde: "No se puede decir 'la' filosofía porque solamente hay 'filósofos' con lo mejor y lo peor, con los que ven y los que no ven nada, ni siquiera mucho después. No les dé demasiada importancia a los filósofos: no prevén las guerras, no las evitan, no las detienen, ni siquiera está en sus manos. No los haga responsables de todo lo que pasa en el planeta. Que algunos hagan su trabajo que consiste, según la acertada fórmula de Nietzsche, en 'fastidiar a la estupidez'. ¡Eso ya sería bastante!"
-¿La idea de revolución ha muerto?
«r-En el sentido bolchevique del término, sí. Y por suerte. Pero defiendo en el terreno político micro-revoluciones, micro-resistencias, siguiendo la línea de Deleuze, Guattari, Foucault que mostraron que ya no había fascismo posible, sino solamente micro fascismos para los que hay que implementar micro-revoluciones.
-¿Y la utopía también murió?
-En la utopía de un mundo mejor gracias a una revolución hoy, ya nadie cree. Pero, si la utopía es el arte de los posibles futuros, posibles en los que creo y que mi trabajo no deja de formular, entonces no ha muerto.
-Una pregunta de Navidad, ¿la filosofía ayuda a ser feliz?
-En lo absoluto sí. Y por mi parte, mejor dos veces: sí, sí.
(Fuente: http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2007/12/15/u-02011.htm)

domingo, 1 de junio de 2008

La armonía del espíritu poético: el héroe


Theowald D´Arago


“Donde hay una hazaña inmortal el asno sólo oye truenos” Buda



Las fuerzas antagónicas son los símbolos, no de la ambigüedad como lo piensa el hombre idealista simbolizado en el platonismo de la cultura occidental, donde se niega el principio de contradicción, sino las fuerzas del verdadero equilibrio. Sin opuestos no hay verdadera armonía, a través de estas fuerzas contrarias es como surge, aparece la plenitud, LA NO DUALIDAD, el UNO, como diría el viejo Heráclito.

Todo héroe verdadero posee un destino. El sentido de su historia consiste en que, al final logre armonizar las fuerzas en conflicto mostrando por qué no es fortuito que él sea lo que es...

Por eso Hércules, Heracles significa la gloria de Hera (la reina de los Dioses), el tiempo, el devenir, llegar a ser. En pocas palabras, el héroe se inmortaliza porque triunfa con su perseverancia frente al tiempo, alcanzando así la verdadera eternidad.

Las fuerzas opuestas, “negativas”, son su mayor obstáculo, pero el tiempo le da la razón, no porque él la tenga, sino porque surge como corolario entre las fuerzas de los sentimientos y del pensamiento. Por eso, la mejor batalla es la que no se libra, para que emerja en medio de las fuerzas la verdad. Y no hay que sucumbir ante la debilidad, lo irracional, a pesar de que ello es el Talón de Aquiles que todo héroe con rostro humano arrastra, ésta es la vulnerabilidad del héroe, lo irascible; cuando éste está ya crecido espiritualmente, es la razón secreta de su existencia, cuya victoria espiritual lo conduce a la inmortalidad verdadera. “EL ACTO DE VALENTÍA ES ASUMIR LA VERDAD... EL SENTIDO”. F. Nietzsche. Y para ello nos es indispensable asumir el principio de contradicción como la contraparte de donde emerge el uno todo, la no dualidad.

De esta manera, la ética como ciencia de la verdadera armonía, del orden, de eso que Aristóteles llamó eudemonía - “felicidad”, aspira cumplir el mismo sueño, pero sin la fuerza del opuesto no hay armonía alguna, que es el acicate, es lo que da sentido a todo, a el todo, a la vida.

Los animales humanos contemporáneos (¿posmodernos?), herederos perversos del mundo grecolatino, judeocristiano no parecen tener conciencia de ello, por eso melodramáticamente su tragedia es querer abolir la tragedia como borregos, sin acto heroico alguno, pero como decía G. Bataille: “quien no muere por no ser más que un hombre, no será nunca más que un hombre”.

Ahora, más que nunca, nos es indispensable poner en escena el “mito” de ser héroes. La infancia de los héroes, es la clásica figura de lo excepcional, vencen a las serpientes, lo cual debería ser emulado por los niños contemporáneos, ya que éstas son la caricatura de los “adultos”, encargados de envenenar, en sus primeros años, el alma de los pequeños, y de nutrirlos con los demonios del tiempo (de Hera). Esa es la razón por la cual, el héroe, desde su adolescencia, se rebela, no le gusta sentirse mandado, quiere ser el único dueño de sus acciones, de sus sentimientos, solo obedece a lo que él cree, a lo que espontánea y libremente acepta. No le gusta el “poder”, ni los “poderosos”, mucho menos a los seres autoritarios, así fuere su padre o su progenitora, escucha al amigo o al sabio. No atiende a la autoridad, se deja persuadir. El héroe no es consciente de su fortaleza, por eso a veces no se mide y comete errores, pero el héroe aprenderá, que estará pleno y sereno sólo con quien desee estar, o en la más completa soledad. Es ahí donde el héroe extrae siempre fuerzas, pero debe decidir, acertadamente, utilizarlas armónicamente entre el equilibrio de los opuestos.

Lo negativo está presente con todas las tentaciones, pero el verdadero héroe es noble y bondadoso y como creador de valores que es, ya que para él no todo vale igual, piensa, no solo siente qué es lo que debe escoger. La fuerza positiva también está presente y así es como emerge lo justo...

A través de los tiempos, se han representado estas dos fuerzas con las imágenes de la seducción y el halago femenino, lo negativo y lo positivo tienen el hechizo la voz y el cuerpo de lo femenino y su encantadora e inigualable belleza. Pero lo positivo no es falso como lo negativo, ni vive avasalladoramente autoengañándose y creyendo que engaña a los demás, cuando solo lo hace consigo mismo en medio de la perversa envidia y la codicia. Su máscara, que cuando habla, milagrosamente parece que dice la verdad, se devela frente a los hechos y su miseria queda en evidencia. La nobleza y la generosidad, propio de lo positivo, es la belleza simple de ojos grandes, sin brillos ni maquillajes, y como su voz es suave, “débil” y hasta silente es difícil creerle. El héroe se mira en esos rostros como en un espejo; el bien y el mal (la mujer, lo positivo y lo negativo, serán sus enigmas, pero también lo que dará sentido y paz a su espíritu).

Muchos héroes míticos han tenido que luchar contra su mayor debilidad, contra la diosa Hera, la reina de los dioses (el tiempo) quien sólo es cólera, deseo de venganza y parcialidad; los celos la devoran en contra del héroe quien sabe guardarse de las miserias “humanas”.

El héroe encarna la antítesis de la diosa Hera, la equidad y la piedad que ella no tiene, porque es incapaz de dar, ya que su amargura en medio de su egocentrismo, al no gustarse como es, ni lo que le ha deparado su destino, le hace consumirse de envidia; sin embargo, ya Homero nos dice en el canto XIX de la Ilíada, que la mujer (el tiempo) le gana al hombre mediante la astucia, con ardides y mentiras.

Pero esos grandes poetas, esos sabios que fueron quienes elaboraron los grandes mitos de Grecia, quisieron mostrar que el rencor, la cólera, el odio no pueden producir buenos frutos y que la mujer sola no puede dar al mundo sino monstruos, o seres incompletos; el odio es estéril, únicamente el amor engendra la belleza, la armonía.

No se descubre nada, en la altanera figura de Hera, de todo el encanto, de toda la ternura de la mujer que ama a sus hijos... el bien trata de enfrentar al héroe a la realidad, para que la asuma con su imaginación creadora y dadora y la nobleza que le caracteriza... porque de no hacerlo sucumbiría frente al falso “poder”: oprimir, ostentar y explotar. El que tiene el verdadero poder, como decía el maestro Nietzsche, es creador dador, no así opresor.

El mal (el falso “poder”), como el de la reina Hera, pregona y ejerce el canibalismo hasta entre sus propios hijos. El bien predica y ejemplifica la virtud de la sabiduría, dar y recibir la solidaridad, la ayuda mutua, o lo que es lo mismo, la ética de la generosidad bien administrada.

El placer es la finalidad tanto del bien como del mal, pero los medios para alcanzarlo, hacen la diferencia. En la condición del animal hombre, “del ser humano”, y al parecer, todavía más, en nuestra cultura codiciosa, el mal quiere abolir toda contradicción para mantener su dominio. A diferencia, el bien, quien busca la armonía de los contrarios, asume y acepta la polaridad, para que emerja y fluya la verdad...

Sabemos que el mal es más eficiente, actúa con rapidez, su placer se basa en el dolor de los demás, por eso este es un monólogo, a diferencia del bien, que dialoga en la búsqueda de la verdad, en medio de las contradicciones. El emerger entre opuestos inspira la verdad del artista, del hacedor, del creador, ya que la estética y la ética, cuando de verdad se trata, se complementan, porque el lenguaje y el pensamiento, están intrínsecamente ligados al igual que el fondo y la forma, la apariencia sensible y lo inteligible. Así en el devenir, el llegar a ser, el Arte se transforma en Arte de vivir, como decía nuestro maestro Guillen Pérez: “EL ARTE ES LA RELACIÓN DIRECTA CON LA VIDA”.
Nos acota el escritor Iván Darío Alvarez, inspirador de este trabajo: “la bondad también inspira la amistad, que cuando se basa en la verdad es crítica, poco o nada competitiva, igualitaria en el punto de partida y horizontal en el punto de llegada. En la maldad los amigos son seres pasajeros que no dejan hermosas huellas en el corazón, con ellos no hay certezas, solo dudas y desconfianza. En la maldad no existe el amigo, sino el subalterno, el cómplice que nos utiliza y utilizamos.

Mil y más valores dan cuerpo a los héroes, pero lo que los hace inmortales, aparte de compartir su trono con los dioses, es la memoria de los hombres. Nada es más difícil de olvidar, a pesar de la ignorancia y de la irresponsabilidad, que su fecunda acción...”

Hera, la progenitora de Heracles, Hércules, se traga a sí misma en el devenir, pero el héroe inscrito en la historia por atreverse a vivir, a ser un espíritu libre, pervive en la memoria como el mito por toda la eternidad.

Paradójicamente, para Heidegger el espíritu es el tiempo, solo que depende de quién ejerza la temporalidad, es decir de quien realice el espíritu.

Quien egocéntrica y metafísicamente vive para el más allá, no se entera de la magia maravillosa que es vivir, ni mucho menos del haber nacido un día, ahí, en medio del infinito y el siempre, entre el azar y la necesidad... de ese hermoso regalo que es el enigma de la vida.

Por eso lejos de vivir del resentimiento, que le hace daño sólo a quien lo siente, hay que vivir gozoso y anonadado, por haber llegado a ser.


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¿Para qué nos sirve el dolor?


(del Libro del "Héroe Cotidiano" - Reflexiones de un Filósofo)

 Delia Steinberg Guzmán




Hay una pregunta que, calladamente o en voz alta, solemos formularnos varias veces al día, muchas, demasiadas veces en la vida. ¿Por qué sufren los hombres? ¿Por qué existe el dolor?.Esta pregunta señala una realidad de la que nos es imposible escapar. Todos sufren; por una u otra razón, todos sangran en su corazón e intentan vanamente apresar una felicidad concebida como una sucesión ininterrumpida de gozos y satisfacciones.
Viene a mi memoria una parábola del budismo que siempre me ha impresionado; aparece en los libros bajo el nombre de “EL GRANO DE MOSTAZA”. Y, en síntesis, refleja el dolor de una madre que ha perdido a su hijo pero que, sin embargo, confía en volverlo a la vida gracias a las artes mágicas del Buda. Este no desalienta a la madre; sólo le pide que para resucitar a su hijo le consiga un grano de mostaza obtenido en un hogar donde no se conozca la desgracia... El final de la parábola es evidente: el grano de mostaza, ese grano tan especial, jamás aparecerá, y el dolor de la madre se verá mitigado en parte, al comprobar cuántos y cuán grandes son también los sufrimientos de todos los demás seres humanos.
Pero el hecho de que todos los hombre sufran no quita ni explica la realidad del sufrimiento. Y otra vez nos preguntamos, ¿Por qué?Viejas enseñanzas –más viejas aún que la parábola citada- nos ayudan a penetrar en el intrincado laberinto del dolor.En general se nos indica que el sufrimiento es el resultado de la ignorancia. Así, sumamos dolor tras dolor, es decir, a los hechos dolorosos en sí, sumamos el desconocimiento de las causas que han motivado esos hechos: no somos capaces de llegar hasta las raíces de las cosas para descubrir la procedencia profunda de aquello que nos preocupa; simplemente nos quedamos en la superficie del dolor, allí donde más se siente, y allí donde más se manifiesta la impotencia para salir de la trampa. Ignoramos la causa de lo que nos sucede, y nos ignoramos a nosotros mismos, sumando una doble incapacidad de acción positiva.
Asimismo desconocemos otras leyes fundamentales de la Naturaleza, y una vez más, por ignorancia, acrecentamos nuestro dolor. Deberíamos saber que ningún dolor es eterno, que ningún dolor se mantiene ante el embate de una voluntad constructiva. Nada, ni dolor, ni felicidad, puede durar eternamente en el mismo estado. Hay que aprender, pues, a jugar con el Tiempo para hallar una de las posibles salidas del laberinto.
El dolor de lo porvenir no tiene cabida en el presente, ya que es un sufrimiento inútil, antes de tiempo y, tal vez, sin razón de ser. Es verdad que en el presente ya se está gestando el futuro, pero también es verdad que el temor del futuro es germen de futuros males, mientras que la voluntad firme y positiva da lugar a circunstancias más favorables que también pueden gestarse en el presente.
El dolor de las cosas pasadas, es como intentar mantener el cadáver de un ser querido en nuestra casa, repitiéndonos constantemente que no ha muerto, volviendo mil veces los ojos a la irrealidad de un cuerpo que no existe y desconociendo la otra realidad espiritual que sí existe.
Y en cuanto al dolor del presente, es apenas una punzada que en breve se hunde en el pasado, para dejar lugar al futuro.
Por eso decía un sabio que los hombres somos capaces de sufrir tres veces por la misma cosa: esperando que suceda, mientras sucede y después que ha sucedido. Asi se refuerza la tesis de “la ignorancia como madre de todos los dolores”.Para los orientales siguiendo con la tónica de la parábola budista, “EL DOLOR ES VEHÍCULO DE CONCIENCIA”, lo que equivale decir que todo sufrimiento encierra una enseñanza necesaria para nuestra evolución.
El dolor es el que obliga a detenernos y a preguntarnos acerca de las cosas. Sin el dolor, jamás nos diríamos, como tantas veces lo hacemos: “¿Por qué a mí?”, para advertir seguidamente que no es “a mí” solamente...Sin el dolor, no nos propondríamos indagar en las leyes ocultas que mueven todas las cosas, hechos y personas.
Por poco que volvamos los ojos, encontraremos sufrimiento: sufre la semilla que estalla para dar lugar al árbol, sufre el hielo que se derrite con el calor y el agua que se endurece con el frío, y sufre el hombre que, para evolucionar, tiene que romper las pieles viejas de su cárcel de materia.
Pero tras todos estos sufrimientos se esconde una felicidad desconocida: La plenitud de la Semilla, del agua, del alma Humana que descubren en medio de las tinieblas, la luz segura de su propio Destino.
En: http://www.acropolisperu.org/index.php/content/view/350/51/




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