jueves, 1 de agosto de 2019


Melville y su fastuoso Bicentenario
Compilación por José Antonio Furiati Manganelli

Herman Melville, por el ilustrador noruego Velibor Stanojevic para el libro From Hell’s Heart: An “Illustrated Celebration Of The Works Of Herman Melville”
Herman Melville, por el ilustrador noruego Velibor Stanojevic para el libro From Hell’s Heart: An “Illustrated Celebration Of The Works Of Herman Melville”

Parodiando a Gardel, podríamos decirle: "¡Bueno Herman, doscientos años no son nada...!" Ahora, cuando se conmemoran los dos siglos de su nacimiento, quisiéramos sumarnos al homenaje mundial para el emérito escritor estadounidense, tal como lo fue Herman Melville (New York, 1819). En nuestro caso desde Barcelona, España, nos incorporamos al festejo compartiendo parte de la excelente contenido de la Edición Especial realizada por revista catalana "LEER" al inmortal autor de Moby Dick (*). Ofrecemos así una síntesis de los 10 ensayos allí incluidos. Y vamos a ello:

Herman Melville: Palabra sin Retorno
"Heraldo del futuro, del hastío existencial, del oficinista a la inquietud espiritual ante la falta de sentido, anticipó desde el XIX la forma de contar el XX. Contra la incomprensión de sus contemporáneos y sobre todo de los nuestros, su obra maestra "Moby Dick", Quijote de los Mares, sigue siendo una cornucopia literaria".
Borja Martínez

Moby Dick : Apología de una Odisea Moderna
"Desde la primera página, Moby Dick se presenta como refutación brutal del optimismo emersionano que Melville conoció cerca de los trascendentalistas".
(…)
"El protagonista de este nuevo poema épico transforma su inicial desafección existencial en una actitud vital, relativista y disidente frente a la sinrazón que le rodea."
(…)
"Puede que su proexistencialismo, su iconoclastia y su inclasificable tratamiento de los grandes temas resultara demasiado poco decimonónico para la época"… "La novela remonta hacia Atenas y Jerusalén y renueva los viejos mitos, lidiando con problemas que hubieron de esperar hasta el siglo XX para ser distinguidos con claridad".
"En 1941 Mathiessen ‘exonera’ por todo lo alto la sexta obra de Melville introduciéndolo de lleno en lo que el crítico llamó el ‘El renacimiento americano’".
Gonzalo Pernas

Los personajes de Melville: "Iniquidad, Inocencia y Fatalidad."
"Bartleby y su pasividad subversiva; la angustiosa parálisis de Benito Cereno; la insorpotable pureza de Billy Budd. Por su densidad simbólica y psicológica, las criaturas literarias del Melville forman parte de la mejor tradición literaria universal".
(…)
"Mediante un meticuloso método estilístico, Melville va ahondando, capa tras capa, en la personalidad de héroes y la relación problemática que mantienen con su entorno".
(…)
"Victima física y moral, el destino de Billy Budd es de toda la inocencia del mundo: excitar los propósitos malignos que constituyen los misterios del mal."
J. Rafael Hernández Arias

Llamadme Ismael (O sobre las dificultades de traducir Moby Dick)
"Había que respetar el tono deliberadamente arcaico y la influencia proveniente de los textos sagrados. Busqué cuáles serían los equivalentes literarios en español… Nunca se ha visto una primera frase que concentre tanto los problemas de elegir un tono u otro como esa endiablada y sencilla: ‘Call me Ishmael’”.
Andrés Barba

"Lo blanco: Mysterium Tremendum¨
"Moby Dick es indudablemente una forma demoníaca y el capítulo 42 es de espanto brujesco, si bien en una forma refinada literaria y poética… Los colores, lo visible, el amor, a un lado. Lo blanco, síntesis del resto, detrás del velo, invisible: el terror. El blanco es tan terrible como fundamental".
(…)
“En esta reversión de la teología de la luz, hay un elemento casi gnóstico: los colores ya no parecen fundados en ningún amor y pintarrajean un sepulcro aterrador".
"Antes del final Ismael vuelve en sí: los aventureros nunca han pensado que el mundo es un sepulcro. El rapto dura lo que el capítulo, cara oculta de esta pálida luna literaria".
Álvaro Cortina

Ahab y la Ballena, Allan y María
"El complejo mundo simbólico de Moby Dick se presta a una lectura íntima de la psicología de Melville; incluso a vislumbrar una proyección de sus progenitores en las dos figuras que dominan la novela además de Ismael, con quien conformarían una trinidad espiritual".
(…)
" La ballena es un muro que aprisiona", dirá Ahab, el padre y la dirá Melville el hijo a Ismael, a la deriva en una chalupa seguida sin tregua por la ballena María".
Francisco Expósito Lorenzo
                           
¿Cómo se dice Moby Dick en Euskera?
"La historia de la caza de la ballena nace en el Golfo de Vizcaya para llegar hasta Nueva Inglaterra, cual arpón, ese invento vasco, enganchado al lomo de un cetáceo. Fue la gran industria preindustrial. Un mundo de ayer del que también Melville levantó acta".
(…)
"¿Quién abrió la gran navegación? ¿Quién reveló el mar? ¿Quién descubrió el globo? La respuesta de Michelet: ‘La ballena y el ballenero’".
(…)
"El feroz cachalote, macho de librea blanca del que desciende Moby Dick, era la ballena más temida, pero fue pescado por los vascos durante toda la Edad Media y más allá".
Oscar Caballero

Herman Melville: YO SOY EL MAR
"Malcom Lowry me lleva a la costa de Massachussets por el antiguo puerto ballenero de New Bedford, de donde salió el Pequod, para hablar con él".
(…)
"Todos los locos del mar, verdaderos orates de la vida, estamos poseídos por ese espíritu marino, a veces diabólico y en ocasiones divino".
(…)
"Cesare Pavese escribió que: para mi el mar fue la única forma sensible capaz de encarnar dignamente la sombría e irónica esencia del universo".
(…)
"Nada en mis obras es sencillo. Y por más que se miren fijamente los trajes literarios que los visten-¿ocultan?- nunca se harán transparentes en su significado… Nunca esperes aguas tranquilas, porque nunca las hubo ni las habrá. Lánzate con toda tu locura, y el resto déjaselo a la suerte".
Víctor Márquez Reviriego

Cuando el héroe no es el hombre
"La deriva del Pequod demuestra que un pueblo desorientado puede ser conducido a la catástrofe de la mano de un dictador capaz de disimular su locura".
Ada del Moral

Bradbury en busca de la Ballena Blanca
"Tras frustrarse la adaptación al cine de Crónicas Marcianas que pretendía realizar, John Huston propuso a Ray Bradbury escribir el guión de Moby Dick. El escritor viajó a Irlanda para trabajar durante meses con aquel hombre ‘incontenible’, desbordante, un ser inquieto, en constante ebullición".
(…)
"Tuvo presente Ray al escribir el guión aquella vieja tradición en la que se representa a la Humanidad como un barco que navega en medio del cielo y la tierra".                                            
José Luis García

Finalmente, deseamos hacer un reconocimiento al Director de la revista "LEER", Borja Martínez Gutiérrez, quien concluye su Presentación de la edición-homenaje a Melville con estas palabras:
"Moby Dick sigue siendo de lo más moderno que se puede leer. Es irregular y está llena de baches, porque la imperfección forma parte del arte y de la vida. Pero asombra con sus hallazgos y golpes de timón. El lector ve ensanchado su mundo. Y quizás por eso representa la particular obsesión cetácea de algunos escritores con más ansias que capacidad de ruptura. Detrás del libro hay un hombre. Herman Melville nació hace 200 años, y murió sin el crédito que hubiera merecido por alumbrar una obra medular de la sensibilidad contemporánea. Sobre sus luces y sombras, sobre el alambicado universo melvilliano y humano va este homenaje hecho número".
Borja Martínez Gutiérrez

(*) Extractos tomados de la Edición Especial impresa Herman Melville, La escritura oceánica, Revista LEER (No. 293. España, Mayo, 2019)                        

lunes, 1 de julio de 2019


Reflexiones estéticas y propuestas escénicas 

en el uso de la música

David De los Reyes



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“Después del silencio, lo que más se acerca
a expresar lo inexpresable es la música”
Aldoux Huxley
I
En la puesta en escena de hoy el actor, si bien puede ser el principal sujeto de la acción teatral como nos lo refiere Appia, no es el intermediario único y absoluto entre el creador de la obra y el público. Un abanico de recursos técnicos se filtra y median para el logro de un resultado orgánico del todo teatral. Siendo la música uno de los medios de expresión igual de necesario que los otros elementos que constituyen la puesta en escena.
Conocida ya la traslación de la música al escenario a través de la mímica, la gestualidad y el parlamento de los personajes junto a sus evoluciones en el trazado de la urdimbre de la trama teatral, habría que considerar también de qué forma vendría a constituir en el todo que surge a través de la pintura, la iluminación, la disposición de la utilería, los diferentes recursos mediáticos digitales con los que se encuentran hoy la mayoría de los directores en el momento de una puesta en escena. Bien para representar en escena la felicidad o el sufrimiento, sabemos que el solo uso de la palabra sería bastante limitado. El desarrollo de la escena requiere también del gesto corporal, de los colores de los objetos de la escena, de la colocación de las luces y, para su prolongación y presencia de esas emociones serían evocados por los cuadros sonoros musicales compuestos o seleccionados de música ya grabada para ello, si así se decide. La música en el teatro, por lo general y por lo sabido, viene a ser uno de esos elementos requeridos y subordinados a los otros medios representativos que nos comunican directamente el estado de ánimo que debe sentir el espectador (y el actor). La música, por ejemplo, en el caso de expresar el dolor en la obra, gracias a cierta combinación sonoro-armónico musical instrumental, vendrá a expresar el objeto de su recuerdo y, con acentos muy precisos. ¿Cómo saber que el hecho de recordar la felicidad perdida es lo que provoca el dolor, sintiendo y recreando en el espectador lo penoso de la situación, como si fuera una pérdida propia y personal esa ausencia de la felicidad ilustrada en la acción teatral por el actor? Con la música el actor puede desaparecer para percibir el espectador esa emoción catártica; con el tema musical, o la combinatoria sonora recreada, se hace inmediatamente presente como evocación insoslayable. La emoción se hace vivible a partir de la invisibilidad de la música dirigida a evocar o sugerir una espiritualidad que emerge del fondo interior de los participantes. La música nos dibuja las imágenes que hacen sufrir o alegrar al actor; motivo guardado en nuestra memoria musical que es actualizada con cada aparición del leitmotiv musical; expresa sentimientos estrictamente relacionados con su existencia presente en lo que sucede a los personajes de la obra. Llega a establecer con una precisión extrema una expresión donde se dan simultáneamente el momento presente o el recuerdo del pasado o como la evocación de una situación a futuro.
Dentro de los elementos artificiales requeridos para el montaje de una obra, cada recurso conforma un dispositivo estético y técnico imprescindible para el equilibrio del conjunto escénico, intentando recrear la espontaneidad dramática de un organismo vivo. Donde sabemos que todo organismo tiene un reacomodo en su devenir y por tanto no hay un equilibrio único en los distintos aspectos que conforman a ese organismo vivo escénico, donde su secuencia le da a la escena lo qué debe incorporarse para la construcción de la ilusión teatral vivida por el espectador. El equilibrio escénico se reconstruye a cada instante mediante el juego alternativo de los diversos medios de expresión que conforman a la obra (actor, luces, palabra, escenografía -decorados, accesorios, muebles, objetos-, proyecciones fotográficas, vídeos y música, etc.). La obra se compone de un movimiento lúdico vivo gracias a todos estos medios expresivos que ayudan a la constitución espacio-temporal teatral. De ahí el rigor de conocer los elementos técnicos que confluyen y componen un cuadro escénico, creando una atmósfera viable en el escenario y, en primera instancia, para la satisfacción exigida por la mirada, de forma perceptual, y luego, auditiva y emocional-corporal. Con estos signos teatrales inducidos se permite el teatro presentar (¡y representar!), la vida, permitiendo una gran libertad de creación y de elección de los temas de toda ilusión escénica.
Un aspecto importante de la música es que en el teatro se convierte en un regulador en la vida orgánica de la obra. Ya que cada individuo del público tiene una serie de aspectos y necesidades particulares en su imaginario personal conectados a su vida ordinaria, que mediante la música vendría a silenciar esas voces personales e imponerse y unificarse en una sola y así obtener, de todas esas individualidades, una misma visión de lo observado y percibido en el teatro. Con ella se puede despertar una manera común de ver y reproducir convenciones comunes con lo que está pasando en el escenario.
Por otra parte, la música es, de por sí, movilidad. Da la posibilidad de interconectar distintos planos que se van yuxtaponiendo, mostrando relieves cambiantes e inexpresables por la palabra o la gestualidad. Ante esto nos hacemos eco de las palabras de Appia: “La Música, y solamente ella, sabe disponer los elementos representativos con una armonía de proporciones superior a todo lo que nuestra imaginación es capaz de evocar. Resulta igual de ilusorio reemplazar la música por las palabras que explicar un conjunto de colores da un ciego de nacimiento”[1].

II
Una obra de teatro no sólo es mucho más que el producto de circunstancias históricas y psicológicas que dan inicio a su génesis, sino que además también puede ser algo más que el reflejo de la personalidad particular de un autor. Y la música es uno de esos elementos que escapan a las propuestas iniciales del teatro de autor.
Igualmente, en el teatro no podemos hablar en términos de una concepción idealista de la obra de arte, es decir, como su puesta en escena estaría constituida por elementos enteramente originales y específicos para la ocasión; siempre hay acomodos y soluciones, acciones y utilización de otros montajes y de referencias a otras obras, como es el caso de temas musicales específicos[2]. Si bien se puede utilizar utilería de otras propuestas teatrales ya representadas, haciendo reciclaje en los materiales escénicos, ¿por qué no hacerlo también en relación con la música, donde canciones o temas musicales establecidos son utilizados y arreglados para dar una presencia sonora determinada, como apoyo o complemento teatral para el desarrollo de la trama? En el teatro, como también en otras artes –en el cine aún es más presente ese reciclaje artístico- se tiene en cuenta que un elemento de la obra no sirva únicamente una sola vez, sino que puede adaptarse a otras piezas; esto también es una condición a tener en cuenta por el grupo o el director teatral en relación a la economía y costos de un montaje.
¿De qué sirve la música en una obra de teatro? ¿Por qué acompañar las escenas desarrolladas en movimientos corporales, diálogos con ritmos musicales, acordes y melodías? Las respuestas de estas preguntas estarían relacionadas de forma parecida en por qué en el circo los trapecistas no presentan sus actos en silencio, o por qué la música acompaña a los actos de magia o por qué en las obras de Shakespeare encontramos siempre alguna danza o canción isabelina. Su presencia vendría a complejizar y crear una ilusión de fluidez y coloratura emocional dentro de los aspectos actuados y expresados.
Podemos advertir, por lo dicho antes que, por ejemplo, dentro del teatro clásico de occidente, en las obras de Shakespeare o de Lope de Vega, contienen prolijas referencias musicales de su época. Son una referencia que no se puede pasar por alto. Obviar ese componente referido por el autor es crear una ausencia estética importante para el sentido y comprensión del montaje global de la obra. Esencial referencia es la música isabelina en el autor inglés, o la música de la canción popular española en el hispano. Su uso era algo consustancial a los personajes que cantan como una convención social de su tiempo; la música formaba parte de la distracción y galanteo común de la gente al interpretar una balada o una danza preclásica en su entorno dramático. Donde la música no es un acompañamiento simple para ese teatro, como tampoco complementa una escena, puesto que, según el momento, la música capta y subraya una frase o un diálogo, una mirada, un efecto particular para el desenvolvimiento de la trama dramática. La música irriga y completa un segmento transitorio entre las distintas acciones que se dan entre escena y escena; así ella puede encadenar cosas que suceden en lugares y tiempos diferentes que van al pasado o al futuro.
Es por ello que en la selección de la banda sonora para una escena se recomienda conciencia histórica musical, que su incorporación  armonice con el tono y con el entorno epocal, en conjunto con el estilo estético del montaje a que refiere la obra. Por lo tanto debe tener en cuenta datos estilísticos de diversa índole, tanto en la instrumentación, en la modulación de la voz al cantar o en el tratamiento y arreglo musical de los temas, o en el tipo de emisión sonora que se utilice (es decir, si se hará la música en vivo o será presentada mediante una grabación/reproducción electrónica). Pero la elección de la música para una obra de teatro puede originarse o de una fuente preexistente o del acto de componer pasajes originales. Al ser abordada la música a usar como preexistente esta se transforma y adapta, desempeñando su rol dentro de un conjunto orgánico con los otros mecanismos que conforman la escena de la obra; ha de ser un arreglo siguiendo los requerimientos y la funcionalidad dispuestas en el esquema lógico y secuencial de las partes de la obra.
La mezcla musical se recomienda que tenga un equilibrio preciso del nivel del volumen de la música en relación a los otros sonidos. Igualmente, los trozos escogidos o creados de música para la escena deben ser subdivididos y minutados, y cada corte debe estar identificado con un título en relación a su función dentro de la puesta en escena (danza renacentista, motivo de horror, danza de baile tropical, marcha nupcial, tema de amor, etc.).
Reconocemos que en el teatro suele tenerse una perspectiva jerárquica en cada construcción de las secuencias de las escenas, y en relación con la música puede observarse y calificarla que cumpla una función de sirvienta o amante. Es decir, la música gobierna sobre la escena o la escena sobre la música. Por ello es preferible asumir una postura no jerárquica en relación al parlamento y el uso de temas musicales si son requeridos. La música, por su origen etimológico, tiene un carácter feminizado[3], contrario al teatro, que pareciera ser masculino[4]. Y, por tanto, siendo tradicionalistas por un momento, pudiéramos decir que la música puede encarnar un espíritu de independencia en la escena, pero también puede jugar un papel de sumisión. La música se hace escuchar siguiendo su propia lógica sonora, permaneciendo muchas veces como un principio en sí mismo que engalana lo ocurrido en las tablas. En una obra, la música no sólo viene a inferir un marco sonoro, bien por su melodía, su instrumentación, su intensidad o de fondo, sonidos agudos o graves, desafinados, corrugados o ligeros como el aire, y un sinfín de posibilidades, sino que sin ella se echaría en falta lo que puede aportar en relación a su ausencia, el silencio.
La música también crea una temporalidad de discurso: es como que nos dijera, “Erase una vez”. Ayuda a la ruptura con el tiempo cotidiano y la creación de un tiempo propicio para la representación. La música no es sólo un flujo constante cambiante entre acción y diálogos sino más bien un elemento artístico que crea, por una brevedad temporal, un decorado poético sonoro, asentando un sentido al lugar de la acción, el momento de la jornada o de la atmósfera referida o evocada. Por otra parte, como hemos referido antes, gracias a la música, se tiende a cristalizar colectivamente las reacciones del público, capta su atención sobre un detalle escénico, o sobre un personaje que se vuelve más relevante en ese tiempo teatral. Igualmente puede ser utilizada para subrayar los hitos fuertes sobre el devenir construido sobre las tablas.

III
La música sirve a la escena como reparación, vínculo, agregado, parche y camuflaje, constituyendo uno de los elementos del ensamblaje teatral, cumpliendo una función de pegamento a modo de navaja multiuso. La música une y separa, puntúa o diluye, dirige o retiene, desvía o concentra, asegura el ambiente o esconde sobrantes de ruido de escena que no funcionan.
En el teatro de corte realista y naturalista, donde las escenas dialogadas se dan en prosa y no en rima o palabras repetidas como en la vida, la música obtendrá una interesante ventaja al ser un elemento libre de cuya presencia e intervención, no está sujeta a las reglas de la verosimilitud, ni a estar justificada por un elemento concreto del guión. Si ocurre su resolución es fácil, con la presencia de un aparato sonoro como la radio, la tv o un equipo de sonido, permitiendo una estética naturalista en el entramado escenográfico. La música permite suavizar sus limitaciones realistas, ya que con ella se puede prolongar la emoción de una frase más allá del momento que forzosamente se emitió, o ampliar una mirada o un gesto que ya es sólo un recuerdo presente para el personaje.
De este modo podemos decir que su uso en el teatro de corte naturalista, que alcanzó su cúspide en la Francia de principios del siglo XX (podemos hacer alusión al teatro libre de Antoine, al cual se reaccionó rehabilitando el parlamento, el monólogo, lo onírico o el sólo del actor), que conservaba sólo unos puntos dramáticos y una amplia ritualización como réplicas a efectos, tiempos de paradas del parlamento, entrada y salidas de los personajes, acciones calculadas en función de la reacción del público. Todo ello sin detenernos en el uso de los cambios de iluminación, aperturas y cierres de telón. Sin embargo, la música fue utilizada en esta concepción estética teatral para asegurar esas funciones referidas antes, con sus apariciones concretas, vinculando el espacio y el tiempo teatral y evitar la dispersión creada por las distintas elipsis de tiempo o los cambios de decorado que constituyen las nuevas entradas en la obra.
Pero en el uso de la música en el teatro no podemos hablar de la existencia de una ley musical universal. No podemos hablar de la existencia de un código absoluto de la utilización de la materia sonora en la escena. Aunque lo que sí podemos advertir es que no hay reglas precisas en su uso, y no hay un dictamen de la intervención global de la música en el montaje y en las obras teatrales. Las aparentes reglas estrictas que conciernen para ciertos estilos y estéticas teatrales, respecto a la intervención de la música en escena, son negativas en su mayor parte y, por lo general, de corte empírico, lo cual nos lleva siempre a poderlas reconsiderar. Si se llegase a establecer una codificación, dicha intervención sonoro-musical haría caer en el teatro un freno evolutivo estético sonoro. Lo que sí podemos notar es que no hay un marco rígido contra el cual enfrentarse o sobre el que se puede construir. Al igual que los cambios y fluctuaciones de la sociedad, podemos hablar de los cambios en los gustos, en la instrumentación, en las nuevas propuestas estéticas musicales populares o formales, en los tipos de instrumentos de reproducción técnica de las grabaciones, y otros elementos que se encuentran en ese particular presente del hecho teatral y hacen imposible toda rigidez regulada de forma absoluta.

IV
En el teatro encontramos un ambiente sonoro que surge de la palabra, del ruido y de la música. Son tres fenómenos vibrátiles de onda expansiva que son claros y fácilmente distinguibles en la construcción de una obra teatral para su escucha en tanto estructura, independientemente de todo el andamiaje visual escenográfico que se escoja para la solución de las escenas. La palabra puede convertirse en ritmo musical al pronunciarla de determinado modo de acentuación y modulación; el ruido organizado puede llegar a convertirse en una banda u obra musical, como puede serlo en el marco del teatro experimental y la utilización de recursos sonoros exóticos, a partir de instrumentos hechos con material de reciclaje, o grabación de sonidos tomados de un paisaje sonoro urbano y luego reeditados por medio de los recursos digitales y programas de manejo y tratamiento de sonidos; y, finalmente, como ha sido de utilizada de forma tradicional, en interpretar en vivo la música dentro de la escena.
La música en el teatro se establece, además de todas las posibilidades ya nombradas a lo largo de este ensayo, en un recurso simbólico, el cual expresa sucintamente un universo que le es propio. Un ejemplo de ello está en el uso de una orquestación de metales y percusión para presentar variaciones tanto de intensidad y de ritmo de un tema musical que junto a su repetición comunica al espectador una sensación física y periódica de amenaza, suspenso y de contención, como también del desarrollo de una persecución. Es lo que los compositores de cintas para teatro o cine llaman modelo respiratorio, el cual consiste en la inspiración asociada a una aceleración del ritmo y un crescendo; y la expiración asociada a un decrescendo acompañada posiblemente con una desaceleración y estabilización del tempo musical. Tal uso de la música vendría a establecer todo un arco sonoro que encierra al mundo subjetivo vivido por un personaje. La música es un significante, un microcosmos de ese mundo escénico; sirve para unir y fundir ruidos y palabras, pero también puede que su presencia separe, siendo puente a la vez, a una sección dramática de otra. De esta forma la música conforma un paréntesis susceptible de crear y abarcar su propia duración; genera una especie de burbuja, de islote sonoro de libertad expresiva, donde los acontecimientos están desligados del tiempo fugaz; al igual puede crear la sensación de una anticipación temporal su presencia, sugiriendo y anunciando las emociones que vivirá el espectador a futuro por el desenlace de la acción teatral. La música más que acompañamiento, como apoyo que se convierte en una fuerza activa y generadora para la recreación de emociones y atmósferas, que puede construir un tiempo teatral orientado hacia atrás: al pasado, o hacia el presente y adelante: al futuro. Es la melodía también una fuente imaginaria del movimiento de las escenas y de la acción, cuya presencia puede ser la ejecución a tiempo real de instrumentos en vivo o de aparatos sonoros reproductores de una música virtual.
Por otra parte, el sonido de por sí tiene un efecto que podemos llamar bisensorial. ¿En qué sentido lo decimos?  Su presencia afecta de manera inmediata tanto a nuestros oídos como a nuestro cuerpo. Su direccionalidad emisora se dirige al oído, pero no deja de ser también un dispositivo que afecta al cuerpo por su vibración, causando un efecto vibrátil en nuestra piel, en nuestro pulso, en nuestros huesos, tanto por el tipo de fuente que lo emite (en vivo o por reproducción mecánico-digital), como por el ritmo que contiene y por la intensidad e instrumentación que percibimos. Ello nos proporciona un flujo cambiante de sentido en relación a una acción externa o interna de los personajes en cuestión.
Respecto a lo dicho, la música pude tener diferentes efectos. Encontrando una música adherente al sentimiento surgido por la escena, en particular al sentimiento experimentado, como puede ser dolor, preocupación, ansiedad, alegría, amargura, felicidad, tristeza, etc. Se colorea la escena de alegría o tristeza con la redundancia, una especie de valor añadido que contiene la música funcional.
Otra posibilidad de los efectos de la música es la proporcionar una emoción divergente. Un ejemplo de ello es una acción teatral particularmente cruel (tortura, asesinato, violación, etc.), en que afirma su indiferencia, continuando el curso de la situación como si no hubiera pasado. Una indiferencia que se marca por una determinada continuidad rítmica y ausencia de contrastes de intensidad, fluctuación de nivel, de fraseo, de acentuación, etc. Es la escena en que después de una situación de horror aparece un alegre organillo de feria o ante la situación se sobrepone un valse vienes, o una acelerada salsa newyorkina, creando toda una situación de indiferencia y sarcasmo teatral, si es lo que se quiere evocar en la acción en devenir.
Bajo esta doble significación la música para teatro nos lleva a comprender su exigencia y necesidad: es un fondo sonoro que ayuda a destacar, intensificar o dulcificar, cualquier emoción como también a crear un ambiente de indiferencia o contraste ante una situación arrolladora. Tanto en un uso como en otro, no deja de tener un cambio emocional en el espectador, sea para acentuar, unificar o para crear una apatía conscientemente creada por el director; siempre nos lleva a distintas dimensiones y hacia otro nivel de nuestras emociones personales atrapados dentro de la temporalidad de la trama teatral.
Por todo lo referido a lo largo de esta mirada teórica, creemos que hemos podido comprender el nudo que conforma el binomio música y teatro. Siendo la música un recurso que siempre y en forma continua ha estado al lado de toda escenificación humana, sea esta sagrada, religiosa, pagana o secular. Realzando la condición emocional del tempo actuado y de toda acción teatral. Son los sonidos en la escena.




Bibliografía
Adorno, T. 2000: Sobre la Música. Ed. Paidos, Barcelona
Appia, A. 2014: La música y la puesta en escena. La obra de arte. Ed. ADE. Madrid
Artaud, A. 1978: El teatro y su doble. Ed. Edhasa, Barcelona.
______________ 1981: Mensajes revolucionarios. Ed. Fundamentos,
Madrid.

Chion, M. 2016: La música en el cine. Ed. Paidos. Barcelona.
De los Reyes, D. 2006: El Espacio y su gesto. Ed. Comala, Caracas.

Grotowski, J. 1986: Hacia un teatro pobre. Ed. Siglo XXI,
México.
Kerényi, K. 1995: La Religión Antigua. Ed. Herder. Barcelona
__________1998: Dionisos: raíz de la vida indestructible. Ed. Herder, Barcelona.
Meyerhold, V. 1972: Textos teóricos, 2 vol. Ed. Alberto
Corazón, Madrid.
_____________ 1986: Teoría Teatral. Ed. Fundamentos, Madrid.
Nietzsche, F. 1998: El Nacimiento de la Tragedia. Alianza Ed. Barcelona.

Stanislavski, K. 1980: El arte escénico. Ed. Siglo XXI,
México.
______________ 1981: Un actor se prepara. Ed. Diana, México.
______________ 1981. Manual del actor. Ed. Diana, México.
Schopenhauer, A. 1978: Le monde comme volonté et représentation, t. III, Presses Universitaires de France. París.




[1] Appia, p.197.
[2] Un ejemplo de ello sería los reiterados usos de diversas obras musicales como puede ser el Adagio para cuerdas de Samuel Barber, el Aire en Sol o la Fuga en Re de Johann S. Bach, como la introducción del poema sinfónico Así habló Zaratustra de Richard Strauss. Obras utilizadas, tanto en el teatro como en el cine, un sinfín de veces para dar una coloración emotiva particular al devenir de una escena.
[3] La propia palabra «música» procede de la denominación de las musas, las hijas de Zeus que, según la mitología griega, inspiraban todas las actividades creativas e intelectuales.
[4] La palabra teatro es derivada del griego théatron, derivado de theâsthai ‘mirar, contemplar’. Del significado inicial ‘lugar de representación’, se desarrollan varias acepciones figuradas y metonímicas. A la misma familia etimológica griega pertenecen teorema y teoría; theaomai, refiere a contemplar, observar, ser espectador. Recuperado el 22 de febrero del 2019 en Diccionario de Etimologías de Chile: http://etimologias.dechile.net/?teatro


sábado, 1 de junio de 2019

Una poética teatral de la música.
Diversos enfoques estéticos
David De los Reyes

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Línea transversal, Kandinsky


“Cuando las palabras fallan, la música habla”
Hans Christian Andersen
I
Podemos notar una fuerte diferencia entre la poesía y un parlamento teatral. El autor puede utilizar métricas poéticas para el desarrollo y ritmo de la escena, como se hizo en la antigüedad y hasta bien entrado el siglo XIX, cuando se llevó a la convención teatral de hablar en prosa a lo largo de la obra. Pero ¿podemos hablar de una distinción entre poesía como género literario y el sentido de una poética del parlamento y de la actuación del drama? La poesía, como expresión literaria, carece de presencia plena y externa, es sutil e inmaterial, escapa a inscribirse en la realidad sensible del mundo exterior. El drama, al contrario, sólo adquiere su fuerza en la medida que representa una acción actual sobre ese mundo externo. ¿Adónde nos conduce esta afirmación? Esta necesidad de acción hace que el personaje se vea colocado dentro de una realidad presente, en un ambiente y un lugar determinado: el escenario (o fuera de él), donde se mueve y actúa. Por esta condición la poesía dramática tiene necesidad de aliarse con las otras disciplinas artísticas: diseño, arquitectura, vestuario, iluminación, decorado y música. Con la reunión de todos estos elementos se nos lleva a que el escenario se transforme, al igual que un templo, en una artística realidad trascendente arquitectónica, donde la declamación se convierte en canto, la acción en una danza y el escenario, a través de su magnificencia y encanto plástico, se iguala por todo ello a una percepción única de arte. Hegel no deja de destacar en la sección de El drama como forma de arte poética en sus Lecciones de Estética[1], que para la ejecución de toda obra de arte dramática se deberá recurrir a todos los medios a nuestro alcance, sea de la música o de la danza, de la arquitectura o de la iluminación, permitiendo resaltar, si es necesario, cada una de ellas en forma independiente frente a la palabra poética, creando toda una estética de la escena en sí misma.
Por otra parte, el arte del actor fue, junto con la música, una de las dos únicas artes activas plenamente desarrolladas en la modernidad del siglo XIX, alcanzando su apoteosis en el drama wagneriano. Se concentra en representar los gestos, la acción, la declamación, la música, la danza, y el escenario, donde todos estos momentos permiten que permanezca el discurso, como un elemento preponderante. El discurso, junto a todos estos recursos escénicos, es lo que define y determina al arte del actor moderno. En nuestro siglo la mímica, el canto, la danza, la expresión corporal, la performance le han quitado, muchas veces, aunque no del todo, el sitial de honor al discurso dialógico y se han desarrollado otros sentidos poéticos del teatro o arte acción; la poesía del parlamento puede quedar reducida a medio y pierde el dominio que ejercía frente a las demás artes acompañantes. Quizá podemos hablar hoy de una fisonomía del arte del actor postmoderno en estos términos, en el desarrollo de otras poéticas implícitas en el arte teatral, de la poética del discurso del gesto corporal.

II
Los usos de la música en una obra teatral cambiarán con las perspectiva estéticas e históricas en relación con la época en que se escribió la obra y con las propuestas personales de los directores al dar respuestas escénicas a las necesidades actorales, simbólicas y significativas de los espectáculos en relación a las convenciones, al desarrollo cultural y técnico con que se aspira abordar la puesta en escena.
Una relación hermanada de estas dos modalidades artísticas que se juntarán en la acción dentro del espacio y temporalidad teatral, vendrán a poseer diferentes consideraciones, alcances, formas musicales o materia sonora, intensiones y gustos, acordes con el tono del espectáculo y sus espectadores, su comercialización y sus producciones.
Notamos ya antes la justificación y necesidad de la música en la tragedia griega dentro del arte actoral del Siglo V a.n.e. Quizás la distancia del actor con el público, quizá la acústica del teatro al aire libre, quizás la lejanía para captar los detalles completos del actor, y, por supuesto, quizá la preponderancia de lo intelectual por encima de la expresión corporal o facial (acordémonos de la utilización de máscaras para identificar a los personajes y amplificar su voz), en la tragedia, darán su característica y regla al teatro griego. Se proveen de música con un fin: para resaltar la declamación agregan el acompañamiento musical con instrumentos de cuerda, viento y percusión, como la lira, el aulós y los tambores, entre otros. Acentuaban así el ritmo métrico poético, dando una expresiva modulación más plena a las palabras, permaneciendo éstas como el elemento preponderante, resaltante, importante a captar. Los diálogos serán hablados y pocas veces acompañados musicalmente. Pero los coros de la tragedia se llenan con música sus recitados; éstos se interpretaban de un modo lírico musical. Gracias al canto se hacía más comprensible el sentido del discurso. Sin ese elemento, afirma Hegel, resultaba casi imposible entender los coros de Esquilo y de Sófocles[2].

III
El teatro moderno rechazará, a diferencia del teatro antiguo, a la música y a la danza como un elemento preponderante para su comprensión; estará bajo la mirada de la funcionalidad escenográfica. Se concentra en lo específico de la exteriorización espiritual del personaje dado por el discurso o parlamento. El dramaturgo intensificará una relación limpia con el actor; se aferra a los límites y potencialidades de su cuerpo: brotará en él su arte declamativo, su mímica, su fisonomía y su gestualidad; se busca la riqueza en el matiz de la voz; las pasiones se representarán como objetivamente vivas e internas, casi reales; las características del personaje se particularizan gracias al arte del actor y su grado de virtuosismo alcanzado.
No por ello, dentro del teatro de finales y principios del siglo XX, la música dentro del teatro, perdió atención y cabida escénica; conforma un elemento esencial que, usando las palabras de Kostantín Stanislavsky (1863-1938), podemos comprender su justo puesto en el plato del montaje teatral. Con la música el actor encuentra la posibilidad de superar determinados vacíos tanto de actuación, de espacialidad temporal que puedan encontrarse en la obra, para despertar la emocionalidad adecuada que vivirá el espectador en la medida que la música forme un elemento de la naturaleza orgánica creadora de la acción teatral[3].
Un caso particular de la relación música y teatro la encontramos con las propuestas estética y actoral del director ruso Vsévolod Meyerhold (1874-1940), continuador del gran arte teatral ruso, quien  emprenderá una opción artística distanciándose del realismo y del naturalismo de la época. Este creador asumió una postura acorde a un teatro de experimentalismos formales y estilísticos apropiados a un proceso de transformación radical en la sociedad rusa, para quien la música será un elemento imprescindible en su técnica del actor: la biomecánica[4]. En su participación e influencia con la estética del movimiento simbolista, mostrará en su práctica y montaje, parte de las ideas experimentadas y concebidas en su atelier Estudio Laboratorio: búsqueda de una posición frontal de los personajes, nueva dicción, cambios en la iluminación (para suprimir decorados), y una relación con la música muy fundamental dentro de este período: resultados de sus hallazgos entre el ritmo y la interpretación del actor. Música y ritmo concuerdan exactamente con los movimientos, las líneas, los gestos, las palabras, los colores de los decorados.
Meyerhold, en parte, estuvo decepcionado de sus experimentos y esto lo llevó a plantearse la noción de un teatro que contemplase un espectáculo total, surgiendo así el interés por indagar tanto en la concepción del circo como del music-hall, sintiéndose, además, atraído por la espectacularidad y el fenómeno popular de la fiesta. En sus montajes suprimirá las barreras entre el escenario y el público, creando un espacio de cercanía y participación mayor.
Para él, el arte significa simplicidad. Tomando la concepción estética de la pintura japonesa pudiéramos decir que Meyerhold, al igual que estos artistas nipones que dibujan sólo una rama florida y ésta contiene toda la primavera, sus montajes querrán buscar esa simplificación para intensificar su significación y fuerza teatral. Nosotros, sobre todo en las puestas realistas, notamos que dibujamos (y reconstruimos…), toda la primavera y no significa lo mismo que una rama florida de la estética simbólica y sugerente japonesa.
Los primeros inicios de este artista ruso con el arte se los debe a su madre; ella lo inicia en la música. Posiblemente esto hizo que Meyerhold sintiera una fuerte atracción por las artes sonoras, planteándose estrechar las relaciones entre música y teatro. Pero no en una interacción complementaria y desigual, sino de conformación sustancial con el arte del actor y su acción en la escena. Para este director de principios del siglo XX, el teatro dramático era un teatro musical. Concebía que el público de masas estaba lo suficientemente desarrollado para montar espectáculos musicales complejos. Su grito de artista fue el de renunciar a aquel antiguo lema de ¡No al esteticismo sobre el escenario! Su apreciación lo lleva a manifestar que en todos los actos de la vida cotidiana deberíamos sentir la música. Su fórmula personal de la puesta en escena se reducía a que la interpretación del actor es la melodía y la representación general, la armonía[5].
Meyerhold, en colaboración con el pintor Golovin, participó por un tiempo como director de la ópera (en la parte dramática, como director de escena), lo que le abrió puertas para experimentar libremente con algo siempre deseado: la música. De este período surgirán grandes montajes como el de Tristán e IsoldaDon JuanEl príncipe Constante y El Baile de Máscaras. La música será para él la manifestación humana de expresar, en toda su amplitud, el mundo interior y simbólico de nuestra alma.
En sus postulados sobre la formación del actor, la idea del ritmo en la actuación tiene un lugar importante. De hecho, el manejo del tiempo es precioso y de rigor en el escenario. Si una escena, que debe ser rápidamente realizada, dura demasiado tiempo, pesará sobre la escena siguiente que, posiblemente en el espíritu del autor, tenía una importancia distinta. Ello fatiga al espectador para adentrarse en la escena principal. Repitamos su principio estético, lo esencial en el arte es la simplicidad.
En las prácticas de estudio, Meyerhold concibió el ritmo como un apoyo a los movimientos del actor. La música -dada o supuesta- era quien suministraba el bosquejo a los movimientos, el actor al moverse no deja de estar consciente de ella. Forma una unidad con un fondo musical continuo, aprendiendo a dominar el cuerpo y a situarse en el espacio. Pareciera que en sus técnicas de preparación del actor todo estaba subordinado a la música y al ritmo. Su actitud hacia el arte de los sonidos corresponde al papel de una corriente que acompaña las evoluciones del actor en el escenario y sus momentos de parada; música y actuación presentan en su líquido flujo una especie de polifonía. Pantomima donde la música reinará en su propia esfera y los movimientos del actor le son paralelos; los actores sostenidos por el metro musical buscarán tejer directamente una red rítmica; donde las pausas del actor no significan ausencia de movimiento sino, como en la música, el rasgo para el inicio de una progresión continua y significativa. Y en la ausencia de la música prolonga su presencia al establecer una relación con el silencio, como lo pedía la expresión ibseniana de oír al silencio.
A sus actores les exigió, aparte de ese entrenamiento corporal y biomecánico, el comprender técnicas tan diversas pero afines para el movimiento escénico, como lo es la danza, la esgrima, el atletismo ligero, pero también conocimientos musicales: tocar un instrumento o saber cantar. La voz del actor debía poseer fortaleza y claridad como también extensión y riqueza de timbres, con una tesitura de barítono medio con tendencias a los registros bajos; en la mujer los tonos sombreados de contralto serían los indicados.
Por la música se traduce el compás del tiempo en compás de espacio. Mientras la música no sea llevada a escena crea tan solo una imagen ilusoria y abstracta en la dimensión temporal, pero sólo llevada a escena es que domina y se funde con el espacio. Gracias a la mímica y a los movimientos del actor, regidos por el dibujo musical, lo ilusorio se vuelve real, lo que flotaba en el tiempo se materializa[6].
Lo anterior, por ejemplo, lo llega a presentar en el montaje de la comedia musical El Maestro Bubus de A. Faiko. Montaje en donde hizo un giro en el ritmo dinámico y cinematográfico de sus representaciones anteriores. Toda la puesta dependió del uso del ritmo musical al ralentí, compuesto de 46 fragmentos de Liszt y Chopin, junto a otros fragmentos de jazz, interpretados por un pianista situado al fondo del escenario. Para ello se remontó a la dicción musical (en griego: parakatalogé), de la tragedia antigua como también al tipo de recitación del teatro chino, el cual tiene como fondo musical una orquesta autóctona ensordecedora, compuesta sobre todo por un instrumento de viento o de percusión. Toda su interpretación se ciñó a la melodía, con largas pausas y el ritmo lento conjugaba admirablemente con la representación de las dudas del intelectual del maestro Bubus, que quiere aunar el capitalismo con el proletariado. De esta forma la música organizaba la parte verbal del espectáculo y se amalgamaba con ella en una partitura donde sólo era obligatoria la coincidencia del elemento musical y escénico. De resto el actor era libre.

IV
Otro de los interesantes autores vanguardistas de la modernidad en la relación a música y teatro, fue el francés Antonin Artaud (1896-1948), quien tuvo  entre su propuesta del teatro de la crueldad, a la música como uno de los elementos que conformaría su nuevo andamiaje estético. De ahí su preocupación y estudio por todos los recursos sonoros de la palabra. La entonación facilita distintos modos de proyectarla en el espacio y las palabras tienen la facultad de crear su propia música según cómo se las entone.
Pero las ideas personales de este visionario avangarde para un tratamiento distinto de la tradición teatral y del universo sonoro establecidos, se debió al fulgurante teatro balinés. En este teatro de las islas Bali del Pacífico, participan tres elementos al unísono: danza, canto y pantomima. Con lo que el teatro se convierte en una ceremonia de probada eficacia, en una lección de espiritualidad en la cual, desde las alturas milenarias de esa cultura, la representación se fundía en una perspectiva ritual, alucinante y temerosa, una propuesta insólita en la unión de aquellos elementos. La música arrastra su propia metafísica. Su prolongación, balbuceo y fragilidad sonora parecieran surgir de soledades profundas, cayendo como lloviznas de cristales. Sonidos y gestos están entrelazados; todos los sonidos están en armonía con los movimientos, se vuelven la consumación natural de los gestos, conformando un análogo musical, donde el fin del espíritu de la representación se descubre surgiendo de la amenazante confusión perceptual. Al punto de manifestarse en la escena dentro de los marcos de una expresión que remiten al secreto impulso psíquico del lenguaje corporal anterior a la palabra. Su propio lenguaje está en la delirante y equilibrada combinación de música, gestos, movimiento y palabras. Artaud comprendió la sincronización perfecta de los ritmos de madera y del metal junto a los gestos, donde la música acentuaba el vacío de los miembros frágiles y huecos de los artistas. Más que un teatro que abrigara la muestra de los conflictos psicológicos humanos amparados en el medio del lenguaje, quería emerger hacia la implicación y proyección de todas las consecuencias objetivas del gesto, de una palabra, de un sonido, de una música y sus combinaciones; un teatro más de hechicería, alquimia y magia objetiva y animada que de escritores teatrales. Teatro de la crueldad, donde el espectador queda en el centro de la representación y el espectáculo a su alrededor. Un espectáculo donde la sonorización es constante; los sonidos, unidos a gritos y otras posibilidades onomatopéyicas y líricas de la voz, debían ser escogidos por su calidad vibratoria que afectasen a nuestra sensibilidad. Gracias al sonido y a la luz, dos elementos vibratorios esenciales, es que llega a la acción y su dinámica, donde la magia teatral se traduce en una total exploración de nuestra sensibilidad y en intensos matices emocionales corporales. Exploración insinuada por los sonidos, la música, las palabras, las resonancias, los balbuceos, nacida de una técnica que debía permanecer sin divulgarse para mantenerse dentro de un conocimiento casi sagrado, místico, ritual y secreto del arte que afectase profundamente nuestro espíritu y lo despertase de la pasiva y onírica realidad que domina a nuestra adormecida consciencia mundana.
Una idea constante en Artaud fue la necesidad de atención al ritmo físico de los movimientos, aunado a toda una atmósfera sonora de gritos, quejas, ruidos extraños, músicas evocadoras, rumores con ritmos y ecos específicos, entrelazados a efectos sorprendentes de toda especie. Donde la música se convertía, -por la calidad vibrátil de sus densidades sonoras, producto de repeticiones de incisivos ritmos y de diferentes intensidades y disonancias-, en un personaje más de la obra. Este teatro es un intento de recuperar todos los antiguos y probados medios mágicos, místicos y casi sagrados para alcanzar y despertar agria y dulcemente nuestra sensibilidad[7].
Otro gran renovador del arte de la puesta en escena del siglo XX fue la rigurosa propuesta estética del teatro pobre del polaco Jerzy Grotowski (1933-1999), para quien una obra de teatro debía ser una orquestación dinámica. Partiendo de la máxima estética del grupo de la Bauhaus menos, es más, podrían darse sus consecuencias en su profunda realidad y verdad en las visiones teatrales concretas de este director-actor. Así encontramos que vestidos, decorados, música, luces y hasta el texto serán vistos como elementos accesorios al espectáculo, como posibles guías para llegar a una representación convencional y sin riesgos. Su sentido estético y ético está en la sustracción y no en la adición de los elementos; en una eliminación intransigente de todo lo que hemos creído imprescindible para darse el hecho teatral. Los sonidos serán referidos a los resonadores corporales que desarrollará el actor bajo la influencia de los usos de los tonos y sonidos lingüísticos provenientes de distintos dialectos africanos; una investigación particular, donde buscaba la música del cuerpo a través de los tonos surgidos a partir de distintas partes de los resonadores naturales de ese cuerpo actoral, desde el torso, desde el bajo vientre, desde el centro de la cabeza, etc., utilizando cada una de estar partes como cámara de resonancia con un significado preciso en cada una de sus acciones actorales extremas.

V
Finalmente, en esta breve presentación de la música en el teatro para algunos directores importantes para la evolución del arte actoral y escénico de la modernidad, queremos presentar una apreciación de esa relación en uno de los directores de escena para quien la música no se encontrará separada de la escena. Hablamos de la propuesta estética surgida del drama musical que nos presenta el maestro y teórico suizo de la escena wagneriana, Adolphe Appia (1862-1928)[8], bajo una estela romántica e idealista, que nos da una cercanía más rigurosa con la música desde su concepción del montaje  musical-teatral de la obra de arte del futuro de Wagner. Advierte primero, y haciéndose eco del sentido de Schopenhauer, que la música por sí sola nunca expresa el fenómeno, sino la esencia íntima del fenómeno[9], manifiesta junto a la personal  del  cuerpo humano, el cual  era visto como portador o médium de toda acción dramática. Para este puestista de escena la música la encuentra, ante todo, como una disposición del alma; disposición que se puede poseer sin dominar forzosamente su procedimiento técnico: “la música implica un sentido particular de contemplación, que permite comprender el alcance artístico de algunas proporciones y sentir espontáneamente la intensidad y armonía que contiene”[10].
Propuso que el drama debía ser comprendido como la reunión armoniosa (o enarmónica, si esa es la intención de la puesta en escena), de diversos artificios, cuyo único fin es comunicar a un gran número de elementos la concepción de un sólo sentido al que se circunscribe la obra. Para ello los artificios técnicos teatrales a emplear deben derivar de la concepción inicial, sin que ello quiera decir que no deba conservar una integridad, en la medida que sus elementos de expresión, no pertenezcan estrictamente y potencialmente a la propuesta de su autor. Nos dice lo que sabemos todos en el arte teatral y sus posibles y diversos montajes de una obra, que su autor no puede determinar los medios de expresión artificiales que se requieran para darle a la puesta en escena una unidad completa. Aunque en el caso del drama wagneriano, especialidad de Appia, bien se tiene que acoger el director de escena el asumir la relación entre música y parlamento de forma bastante rigurosa. Reconoce que con la música, en su vano instinto de misión destinada a acompañar diversas combinaciones  de uno u otro uso, (como es cuando la música se manifiesta en ceremonias religiosas, fiestas, espectáculos más o menos dramáticos), no deja de ser, en su forma, un acompañamiento arbitrario yuxtapuesto a los diversos episodios públicos que realza[11].
Se han comprendido otros derroteros de la música para su expresión particular o funcional dentro de una puesta en escena (o en realzar y complementar, por ejemplo, un montaje cinematográfico), comprendiendo que los elementos que son la base de toda combinación de sonidos y el uso de determinados giros melódicos y rítmicos, estarían estrechamente conexos con los elementos esenciales de nuestra vida interior, con la vida de nuestros sentimientos y emociones. La combinación de éstos, directamente conocidos por nuestra conciencia íntima, podían dictar las integraciones de la música, conciliando así la función expresiva de la música con la necesidad del desarrollo de sus formas dentro del ámbito teatral. Es cómo la música en el drama vino a expresar parte de la vida interior de sus personajes, pues de esa vida es que recibe y construye su forma expresiva en función de tal necesidad poética, estética y artística. Y así creará, en muchos casos, el uso del leitmotiv respecto al carácter de un personaje e identificar su aparición (o su constricción o alegría, por ejemplo) con un tema sugerente del compositor.
Con lo dicho respecto a las propuestas de Appia queremos dar una pequeña muestra de cómo el arte musical y el teatral han estado presente en distintas propuestas estéticas, donde cada una tuvo una relación pertinente e íntima con el uso de la música en sus diversas connotaciones estéticas. 
La próxima entrega, en el mes de julio, ofreceremos una apreciación final para llegar a ciertas conclusiones abiertas en torno al binomio artístico en cuestión, música y teatro, y sus empleos complementarios con el arte de las tablas.



[1] Hegel, G. 2011: Lecciones sobre Estética. Ed. Akal. Madrid, p.831s
[2][2] De los Reyes, D. 2008: El teatro y su gesto. Ed. Comala, Caracas, p.38.
[3] Ver: Stanislavski, K., 1980: El arte escénico. Ed. Siglo XXI. México.
[4] Ver: Meyerhold, V., 1972: Textos teóricos, 2 vol. Ed. Alberto Corazón, Madrid.

[5] Ídem, p.62
[6] Ver: Meyerhold, V, 1986: Teoría Teatral. Ed. Fundamentos, Madrid.
[7] De los Reyes, 2006, p.67.
[8] Appia, A. 2014: La música y la puesta en escena. La obra de arte. Ed. ADE. Madrid.
[9] La cita completa de Schopenhauer (1978) es así: Al exponer estas analogías, tengo la obligación de recordar que la música sólo establece una relación indirecta del fenómeno, ya que nunca expresa el fenómeno, sino la esencia íntima, el interior del fenómeno, la voluntad misma”. En: Le monde comme volonté et représentation, t. III, Presses Universitaires de France, p.334.
[10] Appi, 2014:85.
[11] Ídem, p. 101.