miércoles, 4 de febrero de 2026

 

La obscena contabilidad del apocalipsis nuclear

David De los Reyes

La expiración del Nuevo START revela el verdadero rostro de la disuasión: un sistema costosísimo, inestable y éticamente indefendible que pone en riesgo la supervivencia de la civilización.



 

 

“Las armas nucleares no protegen a las naciones; las toman como rehenes.”
— George F. Kennan, diplomático y arquitecto de la contención durante la Guerra Fría


El mundo será objetivamente más inseguro a partir de mañana si los líderes estratégicos de Estados Unidos y Rusia no alcanzan un acuerdo para frenar la producción y el despliegue de armas nucleares. Con la expiración del tratado Nuevo START, el último instrumento legal que limitaba el tamaño de los arsenales estratégicos de ambas potencias deja de tener vigencia. La pregunta no es si esto tendrá consecuencias, sino cuán profundas y cuán irreversibles serán. Para la humanidad, las implicaciones son claras: todas negativas.

La desaparición de este marco de control abre la puerta a una nueva carrera armamentista, una reedición de la Guerra Fría, pero en condiciones mucho más peligrosas. No hablamos de una tensión ideológica contenida, sino de un calentamiento nuclear real, explícito y sin disimulos. El presidente Donald Trump ha manifestado en repetidas ocasiones su disposición a reactivar y expandir la producción de armamento nuclear, rompiendo con décadas de relativo consenso sobre la contención estratégica. Del otro lado, Vladímir Putin —en el contexto de una guerra de agresión contra Ucrania y de un creciente desgaste económico— ha dejado claro que Rusia no renunciará a su papel central en la lógica de la disuasión nuclear. Dos potencias, dos liderazgos autoritarios o hiperpersonalistas, y un mismo resultado: más armas, menos seguridad.

El primer tratado START fue firmado en 1972, en pleno clímax de la Guerra Fría, como reconocimiento tácito de una verdad incómoda: la proliferación nuclear no ofrece seguridad, sino una forma sofisticada de suicidio colectivo. El acuerdo fue actualizado en 2010 bajo el nombre de Nuevo START, estableciendo límites verificables a las ojivas estratégicas desplegadas. No es un dato menor que Estados Unidos y Rusia concentren cerca del 90 % del arsenal nuclear mundial (Federation of American Scientists, 2024: https://fas.org). Rusia mantiene actualmente unas 5 500 ojivas nucleares, mientras Estados Unidos conserva alrededor de 5 200. El resto del mundo vive bajo la sombra de esa desproporción.

Conviene desmontar una fantasía persistente, muy útil para la propaganda militarista: las armas nucleares no pueden destruir el planeta. No pueden hacerlo explotar, partirlo en pedazos ni sacarlo de su órbita. Para eso se requeriría una energía comparable a la de un gran asteroide, algo fuera del alcance humano. Pero esta precisión física no debe tranquilizarnos. Las armas nucleares no destruyen la Tierra; destruyen la civilización. Y eso es más que suficiente.

Un intercambio nuclear a gran escala provocaría la muerte inmediata de cientos de millones de personas. Colapsarían los sistemas eléctricos, el abastecimiento de agua, la atención sanitaria, las comunicaciones y las redes digitales. A esto seguiría el fenómeno conocido como invierno nuclear, ampliamente documentado por estudios científicos desde la década de 1980 y reafirmado en investigaciones recientes (Robock et al., Nature Food, 2022: https://www.nature.com/articles/s43016-022-00573-0). El humo y el hollín bloquearían la radiación solar durante años, desplomando la producción agrícola global y desencadenando hambrunas capaces de matar a miles de millones de personas. No sería el fin del planeta, pero sí el fin del mundo humano.

Y, sin embargo, no existe hoy una arquitectura política global capaz de frenar esta deriva. Las Naciones Unidas carecen de poder coercitivo real frente a las potencias nucleares. Los tratados se abandonan unilateralmente. Todo queda reducido a la psicología, el cálculo político y, en el peor de los casos, el ego de unos pocos individuos con acceso a códigos de lanzamiento. Nunca antes tanto poder destructivo dependió de tan poca cordura.

Después de cierto umbral, acumular más armas no aumenta la capacidad de destrucción: solo garantiza que nadie gane. Estados Unidos y Rusia poseen juntas unas 10 700 ojivas nucleares. A ellas se suman las de China (576), Francia (280), Reino Unido (225), India (180), Pakistán (170), Israel (90) y Corea del Norte (50), según la Federation of American Scientists (https://fas.org/issues/nuclear-weapons/status-world-nuclear-forces/). La repetición de este dato debería producir vértigo moral.

La obscenidad no termina en el potencial destructivo. Continúa en el costo económico. Una ojiva nuclear cuesta entre 20 y 50 millones de dólares, considerando únicamente su fabricación (NTI, https://www.nti.org). Esto no incluye misiles, submarinos, bombarderos, sistemas de mando y control ni décadas de mantenimiento. Solo los arsenales de Estados Unidos y Rusia representan entre 214 000 y 535 000 millones de dólares en costos de producción de ojivas. El costo real, al incluir toda la infraestructura, asciende a billones de dólares.

Según el Los Alamos Study Group (abril de 2025), Estados Unidos gastará cerca de un billón de dólares entre 2025 y 2034 en operar, mantener y modernizar su arsenal nuclear (https://lasg.org). De ese monto, 357 000 millones se destinarán exclusivamente al mantenimiento del arsenal existente, con un promedio anual cercano a los 100 000 millones de dólares. Rusia, aunque mucho más opaca, gastó entre 8 y 9 mil millones de dólares en 2023 en mantenimiento y modernización nuclear (ICAN, https://www.icanw.org).

Este es el punto central: mantener armas nucleares es radicalmente más caro que desmantelarlas, y aun así se sigue invirtiendo en ellas como si fueran una garantía de estabilidad. No lo son. Son un chantaje permanente al futuro. El debate nuclear no es técnico ni militar; es ético y civilizatorio. Cada dólar destinado a la disuasión nuclear es un dólar retirado de la salud pública, la educación, la adaptación climática o la reducción de la pobreza.

El siglo XXI enfrenta desafíos complejos creados por nuestro propio modelo de desarrollo industrial y por una obsesión patológica con el poder. Seguir apostando a la disuasión nuclear es insistir en una lógica infantil y narcisista: “si tengo más armas, estaré más seguro”. La realidad demuestra lo contrario. Nunca hemos estado tan cerca de la autodestrucción, ni tan bien financiados para ejecutarla. El problema ya no es si podemos permitirnos eliminar las armas nucleares. El problema es si la humanidad puede permitirse seguir existiendo con ellas. La disuasión nuclear es la aceptación racional de un suicidio colectivo como política de Estado

 

 

 

 

  

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