miércoles, 4 de febrero de 2026

 

La obscena contabilidad del apocalipsis nuclear

David De los Reyes

La expiración del Nuevo START revela el verdadero rostro de la disuasión: un sistema costosísimo, inestable y éticamente indefendible que pone en riesgo la supervivencia de la civilización.



 

 

“Las armas nucleares no protegen a las naciones; las toman como rehenes.”
— George F. Kennan, diplomático y arquitecto de la contención durante la Guerra Fría


El mundo será objetivamente más inseguro a partir de mañana si los líderes estratégicos de Estados Unidos y Rusia no alcanzan un acuerdo para frenar la producción y el despliegue de armas nucleares. Con la expiración del tratado Nuevo START, el último instrumento legal que limitaba el tamaño de los arsenales estratégicos de ambas potencias deja de tener vigencia. La pregunta no es si esto tendrá consecuencias, sino cuán profundas y cuán irreversibles serán. Para la humanidad, las implicaciones son claras: todas negativas.

La desaparición de este marco de control abre la puerta a una nueva carrera armamentista, una reedición de la Guerra Fría, pero en condiciones mucho más peligrosas. No hablamos de una tensión ideológica contenida, sino de un calentamiento nuclear real, explícito y sin disimulos. El presidente Donald Trump ha manifestado en repetidas ocasiones su disposición a reactivar y expandir la producción de armamento nuclear, rompiendo con décadas de relativo consenso sobre la contención estratégica. Del otro lado, Vladímir Putin —en el contexto de una guerra de agresión contra Ucrania y de un creciente desgaste económico— ha dejado claro que Rusia no renunciará a su papel central en la lógica de la disuasión nuclear. Dos potencias, dos liderazgos autoritarios o hiperpersonalistas, y un mismo resultado: más armas, menos seguridad.

El primer tratado START fue firmado en 1972, en pleno clímax de la Guerra Fría, como reconocimiento tácito de una verdad incómoda: la proliferación nuclear no ofrece seguridad, sino una forma sofisticada de suicidio colectivo. El acuerdo fue actualizado en 2010 bajo el nombre de Nuevo START, estableciendo límites verificables a las ojivas estratégicas desplegadas. No es un dato menor que Estados Unidos y Rusia concentren cerca del 90 % del arsenal nuclear mundial (Federation of American Scientists, 2024: https://fas.org). Rusia mantiene actualmente unas 5 500 ojivas nucleares, mientras Estados Unidos conserva alrededor de 5 200. El resto del mundo vive bajo la sombra de esa desproporción.

Conviene desmontar una fantasía persistente, muy útil para la propaganda militarista: las armas nucleares no pueden destruir el planeta. No pueden hacerlo explotar, partirlo en pedazos ni sacarlo de su órbita. Para eso se requeriría una energía comparable a la de un gran asteroide, algo fuera del alcance humano. Pero esta precisión física no debe tranquilizarnos. Las armas nucleares no destruyen la Tierra; destruyen la civilización. Y eso es más que suficiente.

Un intercambio nuclear a gran escala provocaría la muerte inmediata de cientos de millones de personas. Colapsarían los sistemas eléctricos, el abastecimiento de agua, la atención sanitaria, las comunicaciones y las redes digitales. A esto seguiría el fenómeno conocido como invierno nuclear, ampliamente documentado por estudios científicos desde la década de 1980 y reafirmado en investigaciones recientes (Robock et al., Nature Food, 2022: https://www.nature.com/articles/s43016-022-00573-0). El humo y el hollín bloquearían la radiación solar durante años, desplomando la producción agrícola global y desencadenando hambrunas capaces de matar a miles de millones de personas. No sería el fin del planeta, pero sí el fin del mundo humano.

Y, sin embargo, no existe hoy una arquitectura política global capaz de frenar esta deriva. Las Naciones Unidas carecen de poder coercitivo real frente a las potencias nucleares. Los tratados se abandonan unilateralmente. Todo queda reducido a la psicología, el cálculo político y, en el peor de los casos, el ego de unos pocos individuos con acceso a códigos de lanzamiento. Nunca antes tanto poder destructivo dependió de tan poca cordura.

Después de cierto umbral, acumular más armas no aumenta la capacidad de destrucción: solo garantiza que nadie gane. Estados Unidos y Rusia poseen juntas unas 10 700 ojivas nucleares. A ellas se suman las de China (576), Francia (280), Reino Unido (225), India (180), Pakistán (170), Israel (90) y Corea del Norte (50), según la Federation of American Scientists (https://fas.org/issues/nuclear-weapons/status-world-nuclear-forces/). La repetición de este dato debería producir vértigo moral.

La obscenidad no termina en el potencial destructivo. Continúa en el costo económico. Una ojiva nuclear cuesta entre 20 y 50 millones de dólares, considerando únicamente su fabricación (NTI, https://www.nti.org). Esto no incluye misiles, submarinos, bombarderos, sistemas de mando y control ni décadas de mantenimiento. Solo los arsenales de Estados Unidos y Rusia representan entre 214 000 y 535 000 millones de dólares en costos de producción de ojivas. El costo real, al incluir toda la infraestructura, asciende a billones de dólares.

Según el Los Alamos Study Group (abril de 2025), Estados Unidos gastará cerca de un billón de dólares entre 2025 y 2034 en operar, mantener y modernizar su arsenal nuclear (https://lasg.org). De ese monto, 357 000 millones se destinarán exclusivamente al mantenimiento del arsenal existente, con un promedio anual cercano a los 100 000 millones de dólares. Rusia, aunque mucho más opaca, gastó entre 8 y 9 mil millones de dólares en 2023 en mantenimiento y modernización nuclear (ICAN, https://www.icanw.org).

Este es el punto central: mantener armas nucleares es radicalmente más caro que desmantelarlas, y aun así se sigue invirtiendo en ellas como si fueran una garantía de estabilidad. No lo son. Son un chantaje permanente al futuro. El debate nuclear no es técnico ni militar; es ético y civilizatorio. Cada dólar destinado a la disuasión nuclear es un dólar retirado de la salud pública, la educación, la adaptación climática o la reducción de la pobreza.

El siglo XXI enfrenta desafíos complejos creados por nuestro propio modelo de desarrollo industrial y por una obsesión patológica con el poder. Seguir apostando a la disuasión nuclear es insistir en una lógica infantil y narcisista: “si tengo más armas, estaré más seguro”. La realidad demuestra lo contrario. Nunca hemos estado tan cerca de la autodestrucción, ni tan bien financiados para ejecutarla. El problema ya no es si podemos permitirnos eliminar las armas nucleares. El problema es si la humanidad puede permitirse seguir existiendo con ellas. La disuasión nuclear es la aceptación racional de un suicidio colectivo como política de Estado

 

 

 

 

  

domingo, 1 de febrero de 2026

  

                                        Fe y fanatismo político

    o la mirada del escéptico

David De los Reyes



 

Nuestro mundo de comunicaciones a tiempo real y de algoritmos, vuelve a un sentido de mentalidad medieval de fe y fanatismo. Ya lo vaticinaba Umberto Eco hace unas cuantas décadas atrás. Se nos tiene acostumbrado escuchar el echar la culpa de los desmanes del fanatismo y la fe a las religiones, cosa que puede ser evidente. Pero nuestro mundo reluciente de redes y digitalidades inmersas en un mar electrónico, crece en él un perpetuo transitar temporal a través de una oceánica mentalidad común centrada en la fe y del fanatismo.
Bien se dice, para aquellos que no se han podido nutrir de un mínimo de escepticismo y conciencia crítica, que la fe no necesita pruebas, pues le vasta la voluntad, la gracia, el misterio y la confianza. Esta última pareciera establecerse de forma fehaciente en todos los mundos alimentados por las emanaciones iconológicas de las pantallas planas. Una confianza en que todo lo que aparece tiene realidad. Una conciencia universal de creencias en perpetuo crecimiento. Una creencia en todo lo que fluye y que va construyendo un espacio que cubre toda nuestra subjetividad; reduciendo nuestra reflexión por el impacto de la neurótica información, independientemente del grado de realidad de experiencias compartidas vividas.
La fe siempre tuvo y tiene su antídoto en la duda. Son extremos que se niegan uno al otro. Si creemos no dudamos, y aceptamos lo dado por concluido y por siempre, es el “así lo quiso -¡y quiere!- dios", (o la virgen y todo el resto de la zoología fantástica religiosa e ideológica). Con la duda, pues no se llega a esencias absolutas, a una meta terminal, sino a un perpetuo abrirse a un camino que hay, primero, que transitar; el escéptico observa e indaga, y a toda afirmación coloca su contrapartida, es decir, una contraposición, para mostrar que tanto una, como la otra, no llega a nada definitivo, o mejor dicho, no posee una verdad indiscutible; para este ensayador de mundos posibles solo hay probabilidades más no conclusiones absolutas: conjeturas y refutaciones, ya decía Popper. Los escépticos pirrónicos aceptaban la imperturbabilidad (la ataraxia) y la suspensión del juicio (la epojé). La serenidad ante el maremágnum de la confusión del mundo mental humano y de los fanáticos en verdades eternas o en ideologías del presente y futuras.
Las doctrinas católica, coránica o judaica y demás tribus numinosas, han sido siempre coherentes en todo esto; mantienen su débil poder en la ignorancia al referir que la fe otorga una garantía de realidades invisibles, mistéricas, que no se ven, relacionándolo con la obediencia “ciega” (nunca mejor usado este adjetivo). Y ello hace que se someta inteligencia, libertad y voluntad al dictamen del tótem monosilábico del dios uno (o de varios…) con el añadido del doloroso pecado o culpa. Un ejemplo contundente sería la acción llevada a cabo por el delirante Abraham, al solicitar que sacrifique su hijo por una voz del más allá…la religión como renuncia, no como liberación o, en otras palabras, como una entrega incondicionada.
Pero el fanatismo y la fe no se queda en las constelaciones de los dogmas religiosos. Los Pudiéramos decir, con una palabra muy religiosa, trasciende a ese redil. Dogmas políticos tienen larga vida. El marketing político se ha dado cuenta de los beneficios que la fe, los dogmas y las conductas fanáticas aportan ante las masas como método de control. La otra fe “ciega” es la que se ha construido hoy en relación con las ideologías salvíficas, con mirada a un futuro provisorio (que siempre termina siendo peor que el presente; llámese socialista o comunista) o de una repartición de los panes gracias a la oferta y la demanda del mercado (como si el tinglado de la tierra vendría a proveer infinitamente materiales para nuestro consumismo adictivo; llámese neoliberalismo o capitalismo salvaje; el comunismo y socialismo también comparte esta “explotación”). Ambos tienen tics similares… terminan creando una suerte de prohombre fanático. Sea por ignorancia o por intereses oscuros. El fanático no sabe salir del “templo” (Fanum; se siente cómodo dentro de él, le han dado todas las respuestas de su vacía existencia y no tiene que esforzarse en atreverse a pensar por sí mismo; fuera el “sapere aude” -"atrévete a pensar por ti mismo"- kantiano). Es otro espécimen con diferentes colores de cueros mentales. Su delirio se lo come y lo lleva a aniquilar a los que no piensen como el rebaño al que pertenece. Lo hemos visto en los asaltos terroristas de la yihad coránica, pero continua también en el fanatismo político que quiere ampliar territorios invadiendo otros países por la fuerza, la destrucción, la coacción y el miedo en función de su explotación colonial o imperial. Desde nuestra óptica la guerra que padece una parte de nuestro mundo no es sino producto de una personalidad delirante e irracional, pura voluntad de poder ególatra encarnado. Se sienten posesionados de una única verdad. Vivimos en un mundo que alberga el humus suficiente para que surja la figura del tirano por doquier, casi como hongos. Estas mentalidades de la aniquilación del otro no dudan, tampoco pueden comprender la salutífera actitud del ejercicio del dudar y de asumir las circunstancias para mejorarlas por medio del consenso democrático. El fanatismo que hemos encontrado en el cerco asesino que se extiende por Ucrania se adhiere a una postura que no puede exhibir una prueba indiscutible de justificación, y tampoco llega a entablar una negociación sometiéndose a una discusión libre entre las partes.
Fe y fanatismo es la mentalidad que cunde entre ciertos líderes histriónicos y absolutistas en pleno siglo XXI. Personalidades que se atienen a una irreflexiva i-que verdad (sea histórica, providencial, de raza, de herencia o lo que la justifique), que le llama - ¡escucha una voz invisible! - a una fe de ambición de poder en la acción criminal en que descalifica y destruye al que en su imaginación es la “bestia”, el otro.
A diferencia del escéptico y su imperturbabilidad y su falta de acción por la eterna duda, y que está en la acera contraria, el fanático es impulsado por su propia morbosidad, no se hace preguntas, siempre se siente que está en lo cierto, y sólo sabe dar -¡más no escuchar a los otros!-, respuestas. En el fanatismo religioso y político observamos ciertas identidades comunes, no hay tonos grises, no se aceptan relativismos ni espacio para el error y la duda. Sus objetivos son aceptados desde una claridad contumaz, en que más que irracionalidad se vale de una racionalidad instrumental para llevar a cabo sus fines delirantes y criminales, como han sido la mayoría de los hechos que han acontecido en el río de la historia humana. Un fervor, un afán ciego, una intolerancia a la escucha y al diálogo al exponer sus razones, una pasión funesta y de impotente, que se nutre de ideas supersticiosas que terminan resultando de una intensa injusticia y crueldad que recae, sobre todo, en los ciudadanos desarmados. Vivimos en un planeta que se nos ha hecho cada vez más chico. Al que se adhiere un velo de ignorante fe y fanatismo compulsivo, bien religioso, bien político, donde muchos políticos y colectividades idiotizadas del presente nos muestran una intensa sordera, no saben o ya no pueden escuchar, se les ha atrofiado el sentido para oír la voz real del clamor de la humanidad presente. Sólo aceptan escuchar sus cacofónicas y estentóreas ideas criminales irremediablemente acompañadas de ambición y sometimiento, de una falsa grandeza épica, sin apertura a la duda cuestionadora y crítica y un posible consenso mutuo.

martes, 6 de enero de 2026

                        LA ARMONÍA DEL ESPÍRITU POÉTICO:

                                              EL HÉROE*

    Theowald D´Arago


                                     “DONDE HAY UNA HAZAÑA INMORTAL, EL ASNO SOLO OYE TRUENOS”

                                                                           BUDA

 

Las fuerzas antagónicas son los símbolos, no de la ambigüedad como lo piensa el hombre idealista simbolizado en el platonismo de la cultura occidental, donde se niega el principio de contradicción, sino las fuerzas del verdadero equilibrio. Sin opuestos no hay verdadera armonía, a través de estas fuerzas contrarias es como surge, aparece la plenitud, LA NO DUALIDAD, el UNO, como diría el viejo Heráclito.

 

Todo héroe verdadero posee un destino. El sentido de su historia consiste en que, al final logre armonizar las fuerzas en conflicto mostrando por qué no es fortuito que él sea lo que es...

 

Por eso Hércules, Heracles significa la gloria de Hera (la reina de los Dioses), el tiempo, el devenir, llegar a ser. En pocas palabras, el héroe se inmortaliza porque triunfa con su perseverancia frente al tiempo, alcanzando así la verdadera eternidad.

 

Las fuerzas opuestas, “negativas”, son su mayor obstáculo, pero el tiempo le da la razón, no porque él la tenga, sino porque surge como corolario entre las fuerzas de los sentimientos y del pensamiento.  Por eso, la mejor batalla es la que no se libra, para que emerja en medio de las fuerzas la verdad. Y no hay que sucumbir ante la debilidad, lo irracional, a pesar de que ello es el Talón de Aquiles que todo héroe con rostro humano arrastra, ésta es la vulnerabilidad del héroe, lo irascible; cuando éste está ya crecido espiritualmente, es la razón secreta de su existencia, cuya victoria espiritual lo conduce a la inmortalidad verdadera. “EL ACTO DE VALENTÍA ES ASUMIR LA VERDAD... EL SENTIDO”. F. Nietzsche. Y para ello nos es indispensable asumir el principio de contradicción como la contraparte de donde emerge el uno todo, la no dualidad.

 

De esta manera, la ética como ciencia de la verdadera armonía, del orden, de eso que Aristóteles llamó eudemonía - “felicidad”, aspira cumplir el mismo sueño, pero sin la fuerza del opuesto no hay armonía alguna, que es el acicate, es lo que da sentido a todo, a el todo, a la vida.

 

Los animales humanos contemporáneos (¿posmodernos?), herederos perversos del mundo grecolatino, judeocristiano no parecen tener conciencia de ello, por eso melodramáticamente su tragedia es querer abolir la tragedia como borregos, sin acto heroico alguno, pero como decía G. Bataille: “quien no muere por no ser más que un hombre, no será nunca más que un hombre”.

 

Ahora, más que nunca, nos es indispensable poner en escena el “mito” de ser héroes. La infancia de los héroes, es la clásica figura de lo excepcional, vencen a las serpientes, lo cual debería ser emulado por los niños contemporáneos, ya que éstas son la caricatura de los “adultos”, encargados de envenenar, en sus primeros años, el alma de los pequeños, y de nutrirlos con los demonios del tiempo (de Hera). Esa es la razón por la cual, el héroe, desde su adolescencia, se rebela, no le gusta sentirse mandado, quiere ser el único dueño de sus acciones, de sus sentimientos, solo obedece a lo que él cree, a lo que espontánea y libremente acepta. No le gusta el “poder”, ni los “poderosos”, mucho menos a los seres autoritarios, así fuere su padre o su progenitora, escucha al amigo o al sabio. No atiende a la autoridad, se deja persuadir. El héroe no es consciente de su fortaleza, por eso a veces no se mide y comete errores, pero el héroe aprenderá, que estará pleno y sereno sólo con quien desee estar, o en la más completa soledad. Es ahí donde el héroe extrae siempre fuerzas, pero debe decidir, acertadamente, utilizarlas armónicamente entre el equilibrio de los opuestos.

 

Lo negativo está presente con todas las tentaciones, pero el verdadero héroe es noble y bondadoso y como creador de valores que es, ya que para él no todo vale igual, piensa, no solo siente qué es lo que debe escoger. La fuerza positiva también está presente y así es como emerge lo justo...

 

 

A través de los tiempos, se han representado estas dos fuerzas con las imágenes de la seducción y el halago femenino, lo negativo y lo positivo tienen el hechizo la voz y el cuerpo de lo femenino y su encantadora e inigualable belleza. Pero lo positivo no es falso como lo negativo, ni vive avasalladoramente autoengañándose y creyendo que engaña a los demás, cuando solo lo hace consigo mismo en medio de la perversa envidia y la codicia. Su máscara, que cuando habla, milagrosamente parece que dice la verdad, se devela frente a los hechos y su miseria queda en evidencia. La nobleza y la generosidad, propio de lo positivo, es la belleza simple de ojos grandes, sin brillos ni maquillajes, y como su voz es suave, “débil” y hasta silente es difícil creerle. El héroe se mira en esos rostros como en un espejo; el bien y el mal (la mujer, lo positivo y lo negativo, serán sus enigmas, pero también lo que dará sentido y paz a su espíritu).

 

Muchos héroes míticos han tenido que luchar contra su mayor debilidad, contra la diosa Hera, la reina de los dioses (el tiempo) quien sólo es cólera, deseo de venganza y parcialidad; los celos la devoran en contra del héroe quien sabe guardarse de las miserias “humanas”.

 

El héroe encarna la antítesis de la diosa Hera, la equidad y la piedad que ella no tiene, porque es incapaz de dar, ya que su amargura en medio de su egocentrismo, al no gustarse como es, ni lo que le ha deparado su destino, le hace consumirse de envidia; sin embargo, ya Homero nos dice en el canto XIX de la Ilíada, que la mujer (el tiempo) le gana al hombre mediante la astucia, con ardides y mentiras.

 

Pero esos grandes poetas, esos sabios que fueron quienes elaboraron los grandes mitos de Grecia, quisieron mostrar que el rencor, la cólera, el odio no pueden producir buenos frutos y que la mujer sola no puede dar al mundo sino monstruos, o seres incompletos; el odio es estéril, únicamente el amor engendra la belleza, la armonía.

 

 

No se descubre nada, en la altanera figura de Hera, de todo el encanto, de toda la ternura de la mujer que ama a sus hijos... el bien trata de enfrentar al héroe a la realidad, para que la asuma con su imaginación  creadora y dadora y la nobleza que le caracteriza... porque de no hacerlo sucumbiría frente al falso “poder”: oprimir, ostentar y explotar. El que tiene el verdadero poder, como decía el maestro Nietzsche, es creador dador, no así opresor.

 

El mal (el falso “poder”), como el de la reina Hera, pregona y ejerce el canibalismo hasta entre sus propios hijos. El bien predica y ejemplifica la virtud de la sabiduría, dar y recibir la solidaridad, la ayuda mutua, o lo que es lo mismo, la ética de la generosidad bien administrada.

 

El placer es la finalidad tanto del bien como del mal, pero los medios para alcanzarlo, hacen la diferencia. En la condición del animal hombre, “del ser humano”, y al parecer, todavía más, en nuestra cultura codiciosa, el mal quiere abolir toda contradicción para mantener su dominio. A diferencia, el bien, quien busca la armonía de los contrarios, asume y acepta la polaridad, para que emerja y fluya la verdad... 

 

Sabemos que el mal es más eficiente, actúa con rapidez, su placer se basa en el dolor de los demás, por eso este es un monólogo, a diferencia del bien, que dialoga en la búsqueda de la verdad, en medio de las contradicciones. El emerger entre opuestos inspira la verdad del artista, del hacedor, del creador, ya que la estética y la ética, cuando de verdad se trata, se complementan, porque el lenguaje y el pensamiento, están intrínsecamente ligados al igual que el fondo y la forma, la apariencia sensible y lo inteligible. Así en el devenir, el llegar a ser, el Arte se transforma en Arte de vivir, como decía nuestro maestro Guillen Pérez: “EL ARTE ES LA RELACIÓN DIRECTA CON LA VIDA”.


 

Nos acota el escritor Iván Darío Alvarez, inspirador de este trabajo: “la bondad también inspira la amistad, que cuando se basa en la verdad es crítica, poco o nada competitiva, igualitaria en el punto de partida y horizontal en el punto de llegada. En la maldad los amigos son seres pasajeros que no dejan hermosas huellas en el corazón, con ellos no hay certezas, solo dudas y desconfianza.  En la maldad no existe el amigo, sino el subalterno, el cómplice que nos utiliza y utilizamos.

 

Mil y más valores dan cuerpo a los héroes, pero lo que los hace inmortales, aparte de compartir su trono con los dioses, es la memoria de los hombres. Nada es más difícil de olvidar, a pesar de la ignorancia y de la irresponsabilidad, que su fecunda acción...”

 

Hera, la progenitora de Heracles, Hércules, se traga a sí misma en el devenir, pero el héroe inscrito en la historia por atreverse a vivir, a ser un espíritu libre, pervive en la memoria como el mito por toda la eternidad.

 

Paradójicamente, para Heidegger el espíritu es el tiempo, solo que depende de quién ejerza la temporalidad, es decir de quien realice el espíritu.

 

Quien egocéntrica y metafísicamente vive para el más allá, no se entera de la magia maravillosa que es vivir, ni mucho menos del haber nacido un día, ahí, en medio del infinito y el siempre, entre el azar y la necesidad... de ese hermoso regalo que es el enigma de la vida.

 

Por eso lejos de vivir del resentimiento, que le hace daño sólo a quien lo siente, hay que vivir gozoso y anonadado, por haber llegado a ser.

                                              

THEOWALD D´ARAGO

Noviembre, 2.000

* *Este pequeño ensayo de nuestro entrañable amigo Theowald D´Arago, lo hemos encontrado entre mis correos olvidados. Lo mandó para ser publicado en el blog de Filosofía Clínica. Nunca se hizo. Había enviado, en el momento, otro ensayo para reemplazar a este. Quedo en la alforja de los recuerdos. Hoy lo publicamos como un homenaje recordatorio a su persona, su arte y su obra.

DDLR, Guayaquil 6 de enero 2026

 

                                                                                               

 

 


 

 

 

jueves, 1 de enero de 2026

  

En torno a Lo pequeño es hermoso de E.F. Schumacher:

ecología, sustentabilidad y economía budista.

David De los Reyes




En su obra Lo pequeño es hermoso, E.F. Schumacher presenta una crítica profunda al enfoque económico contemporáneo, que considera excesivamente centrado en el gigantismo y la producción masiva. A medida que el mundo enfrenta crisis ambientales y sociales sin precedentes, las ideas de Schumacher resuenan con una claridad inquietante. Su afirmación de que “existe una filosofía generalizada de entre más grande mejor” nos invita a cuestionar la lógica detrás de un sistema que prioriza la expansión y el crecimiento a expensas de la sostenibilidad y el bienestar humano.

Schumacher argumenta que la concepción del progreso occidental ha estado marcada por una adoración al gigantismo, lo que ha llevado a una desconexión con la naturaleza. La creencia de que el problema de la producción está resuelto es un “error funesto” que ignora la realidad de que el capital proporcionado por la naturaleza es esencial y está siendo consumido a un ritmo alarmante. En este sentido, la economía extractivista actual, que se basa en la explotación intensiva de recursos naturales, ejemplifica esta desconexión y el desprecio por los límites del capital natural.

La crítica de Schumacher se centra en la necesidad de desarrollar un sistema económico que coloque a la “gente” en primer lugar y la provisión de “mercancías” en segundo. Esta visión contrasta fuertemente con la realidad actual, donde el crecimiento económico se mide a menudo por el aumento en la producción y el consumo, sin considerar el costo ambiental o social. La economía extractivista, que busca maximizar la extracción de recursos sin tener en cuenta su sostenibilidad, es un claro reflejo de este enfoque. La explotación de minerales, petróleo y otros recursos naturales no solo despoja a las comunidades de sus medios de vida, sino que también contribuye a la degradación ambiental y al cambio climático.

Uno de los aspectos más interesantes de la obra de Schumacher es su referencia a la economía budista, que ofrece un modelo alternativo al materialismo moderno. Desde esta perspectiva, el trabajo tiene un significado más profundo que simplemente la producción de bienes; se considera una forma de desarrollo personal y comunitario. Schumacher señala que el trabajo debe ser una actividad que permita a las personas utilizar y desarrollar sus facultades, al mismo tiempo que las une en una tarea común. Esta visión contrasta con la organización del trabajo en muchas sociedades modernas, donde el empleo se convierte en una actividad alienante y deshumanizante.

La economía budista enfatiza la importancia de la dignidad y la libertad en el trabajo, sugiriendo que un enfoque que prioriza las mercancías sobre las personas es, en última instancia, perjudicial. Schumacher menciona que “sería poco menos que criminal organizar el trabajo de tal manera que llegue a ser algo sin sentido, aburrido, que idiotice y enerve al trabajador”. Este enfoque humanista resuena con la necesidad de crear entornos laborales que fomenten la creatividad y el bienestar, en lugar de simplemente maximizar la producción.

Además, la economía budista aboga por la simplicidad y la no violencia. La idea de que el bienestar humano puede lograrse con un consumo mínimo es un principio fundamental. Schumacher argumenta que un economista budista se centraría en maximizar las satisfacciones humanas a través de un consumo eficiente, en lugar de promover el consumo desenfrenado que caracteriza a la economía moderna. Este enfoque puede ser crucial en un mundo donde los recursos son limitados y la sostenibilidad es una preocupación creciente.

La sabiduría budista también se manifiesta en la relación con la naturaleza. Schumacher sostiene que el economista budista tiene una actitud reverente hacia el entorno natural, considerando que “una población que basa su vida económica en los combustibles no renovables está viviendo parasitariamente”. Este reconocimiento de la interdependencia entre los seres humanos y el medio ambiente es esencial para abordar los desafíos ecológicos actuales. La economía budista promueve la producción basada en fuentes locales y sostenibles, lo que no solo reduce la huella ecológica, sino que también fortalece las comunidades locales.

A medida que el mundo enfrenta crisis ambientales y sociales, las enseñanzas de la economía budista ofrecen un camino hacia un futuro más sostenible. La transición hacia un modelo económico que valore la simplicidad, la sostenibilidad y el bienestar humano es más urgente que nunca. La economía extractivista, que ha dominado el discurso económico durante décadas, debe ser reemplazada por enfoques que promuevan la equidad y el respeto por la naturaleza.

La economía budista también desafía la noción de que el crecimiento económico es el único indicador de progreso. En lugar de medir el avance a través del aumento del consumo, este enfoque sugiere que debemos evaluar nuestro bienestar a través de la salud de nuestros ecosistemas y la calidad de vida de nuestras comunidades. Este cambio de paradigma es esencial para construir un futuro en el que la economía y el medio ambiente coexistan en armonía.







La propuesta de Schumacher de un nuevo estilo de vida, con métodos de producción y pautas de consumo orientadas hacia la permanencia, se alinea con los principios de la economía budista. La idea de que “debemos entender el problema en su totalidad y comenzar por ver la forma en que se puede desarrollar un nuevo estilo de vida” es un llamado a la acción que resuena en el contexto actual. La búsqueda de un equilibrio entre nuestras necesidades humanas y la salud del planeta es un desafío monumental, pero también una oportunidad para redefinir nuestra relación con la naturaleza y con nosotros mismos.

En conclusión, las ideas de Schumacher sobre la economía budista son más relevantes que nunca en el contexto actual. Su llamado a construir un sistema económico que priorice a las personas y el planeta nos desafía a repensar nuestras prioridades y a buscar alternativas más sostenibles. La viabilidad de un pensamiento económico ambiental y sustentable no solo es una cuestión de necesidad, sino también de responsabilidad. ¿Estamos listos para aceptar este desafío y trabajar hacia un futuro donde la economía y el medio ambiente coexistan en armonía?

Bibliografía

Schumacher, E.F. Lo pequeño es hermoso. Traducción de José Luis López Muñoz. Madrid: Editorial Trotta, 2011.

 Schumacher, E.F. Esto es lo que creo y otros ensayos. Madrid: Editorial Traficantes de Sueños, 2013.