martes, 1 de mayo de 2018


El artista del hambre
Franz Kafka





En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo. Antes era un buen negocio organizar grandes exhibiciones de este género como espectáculo independiente, cosa que hoy. en cambio, es imposible del todo. Eran otros los tiempos. Entonces, todo la ciudad se ocupaba del ayunador; aumentaba su interés a cada día de ayuno: todos querían verle siquiera una vez al día; en los últimos del ayuno no faltaba quien se
estuviera días enteros sentado ante la pequeña jaula del ayunador; había, además, exhibiciones nocturnas, cuyo efecto era realzado por medio de antorchas; en los días buenos, se sacaba la jaula al aire libre, y era entonces cuando les mostraban el ayunador a los niños.Para los adultos aquello solía no ser más que una broma en la que tomaban parte medio por moda, pero los niños, cogidos de las manos por prudencia, miraban asombrados y boquiabiertos a aquel hombre pálido. con camiseta oscura, de costillas salientes, que, desdeñando un asiento, permanecía tendido en la paja esparcida por el suelo, y saludaba, a veces, cortamente o respondía con forzada sonrisa a las preguntas que se le dirigían o sacaba, quizá, un brazo por entre los hierros para hacer notar su delgadez, volviendo después a sumirse en su propio interior, sin preocuparse de nadie ni de nada, ni siquiera de la marcha del
reloj, para él tan importante, única pieza de mobiliario que se veía en su jaula. Entonces se quedaba mirando al vacío, delante de sí, con ojos semicerrados, y sólo de cuando en cuando bebía en un diminuto vaso un sorbito de agua para humedecerse los labios.
Aparte de los espectadores que sin cesar se renovaban, había allí vigilantes permanentes, designados por el público (los cuales, y no deja de ser curioso, solían ser carniceros); siempre debían estar tres al mismo tiempo, y tenían la misión de observar día y noche al ayunador para evitar que, por cualquier recóndito método, pudiera tomar alimento. Pero esto era sólo una formalidad introducida para tranquilidad de las masas, pues los iniciados sabían muy bien
que el ayunador, durante el tiempo del ayuno, bajo ninguna circunstancia, ni aun a la fuerza, tomaría la más mínima porción de alimento; el honor de su profesión se lo prohibía.
A la verdad, no todos los vigilantes eran capaces de comprender tal cosa; muchas veces había grupos de vigilantes nocturnos que ejercían su vigilancia muy débilmente, se juntaban adrede en cualquier rincón y allí se sumían en los lances de un juego de cartas con la manifiesta intención de otorgar al ayunador un pequeño respiro, durante el cual, a su modo de ver, podría sacar secretas provisiones, no se sabía de dónde. Nada atormentaba tanto al ayunador como tales vigilantes; le atribulaban; le hacían espantosamente difícil su ayuno. A
veces, sobreponíase a su debilidad y cantaba durante todo el tiempo que duraba aquella guardia, mientras le quedaba aliento, para mostrar a aquellas gentes la injusticia de sus sospechas. Pero de poco le servía, porque entonces se admiraban de su habilidad que hasta permitía comer mientras cantaba.
Muy preferibles eran, para él, los vigilantes que se pegaban a las rejas, y que, no contentándose con la turbia iluminación nocturna de la sala, le lanzaban a cada momento el rayo de las lámparas eléctricas de bolsillo que ponía a su disposición el empresario. La luz cruda no le molestaba; en general no llegaba a dormir, pero quedar transpuesto un poco podía hacerlo con cualquier luz, a cualquier hora y hasta con la sola llena de una estrepitosa muchedumbre. Estaba siembre dispuesto a pasar toda la noche en vela con tales vigilantes;
estaba dispuesto a bromear con ellos, a contarles historias de su vida vagabunda y a oír, en cambio, las suyas, sólo para mantenerse despierto, para poder mostrarles de nuevo que no tenía en la jaula nada comestible y que soportaba el hambre como no podría hacerlo ninguno de ellos.
Pero cuando se sentía más dichoso era al llegar la mañana, y, por su cuenta, les era servido a los vigilantes un abundante desayuno, sobre el cual se arrojaban con el apetito de hombres robustos que han pasado una noche de trabajosa vigilia. Cierto que no faltaban gentes que quisieran ver en este desayuno un grosero soborno de los vigilantes, pero la cosa seguía haciéndose, y si se les preguntaba si querían tomar a su cargo, sin desayuno, la guardia
nocturna, no renunciaban a él, pero conservaban siempre sus sospechas.
Pero éstas pertenecían ya a las sospechas inherentes a la profesión del  ayunador. Nadie estaba en situación de poder pasar, ininterrumpidamente, días y noches como vigilante junto al ayunador; nadie, por tanto, podía saber por experiencia propia si realmente había ayunado sin interrupción y sin falta; sólo el ayunador podía saberlo, ya que él era, al mismo tiempo, un espectador de su hambre completamente satisfecho. Aunque, por otro motivo, tampoco lo
estaba nunca. Acaso no era el ayuno la causa de su enflaquecimiento, tan atroz, que muchos, con gran pena suya, tenían que abstenerse de frecuentar las exhibiciones por no poder sufrir su vista: tal vez su esquelética delgadez procedía de su descontento consigo mismo. Sólo él sabía -sólo él y ninguno de sus adeptos- qué fácil cosa era el ayuno. Era la cosa más fácil del mundo. Verdad que no lo ocultaba, pero no le creían; en el caso más favorable, le tomaban por modesto, pero, en general. le juzgaban un reclamista, o un vil farsante para quien el ayuno era cosa fácil porque sabía la manera de hacerlo fácil y que tenía, además, el cinismo dedejarlo entrever. Había que aguantar todo esto y, con el curso de los años, ya se había acostumbrado a ello; pero, en su interior, siempre le recomía ese descontento y ni una sola ver, al fin de su ayuno -esta justicia había que hacérsela- había abandonado su jaula voluntariamente.
El empresario había fijado cuarenta días como el plazo máximo de ayuno, más allá del cual no le permitía ayunar ni siquiera en las capitales de primer orden. Y no dejaba de tener sus buenas razones para ello. Según le había señalado su experiencia, durante cuarenta días, valiéndose de toda suerte de anuncios que fueran concentrando el interés, podía quizá  aguijonearse progresivamente la curiosidad de un pueblo; mas pasado este plazo, el público se negaba a visitarle, disminuía el crédito de que gozaba el artista del hambre. Claro que en este punto podían observarse pequeñas diferencias según las ciudades y las naciones; pero, por regla general, los cuarenta días eran el período de ayuno más dilatado posible. Por esta razón, a los cuarenta días era abierta la puerta de la jaula, ornada con una guirnalda de flores; un público entusiasmado llenaba el anfiteatro; sonaban los acordes de una banda militar; dos
médicos entraban en la jaula para medir al ayunador, según normas científicas; y el resultado de la medición se anunciaba a la sala por medio de un altavoz; Por último, dos señoritas, felices de haber sido elegidas para desempeñar aquel papel mediante sorteo, llegaban a la jaula y pretendían sacar de ella al ayunador y hacerle bajar un par de peldaños para conducirle ante una mesilla en la que estaba servida una comidita de enfermo cuidadosamente escogida.
Y en este momento, el ayunador siempre se resistía.
Cierto que colocaba voluntariamente sus huesudos brazos en las manos que las dos damas, inclinadas sobre él, le tendían dispuestas a auxiliarle, pero no quería levantarse. ¿Por qué suspender el ayuno precisamente entonces, a los cuarenta días? Podía resistir aún mucho tiempo más, un tiempo ilimitado; ¿por qué cesar entonces, cuando estaba en lo mejor del ayuno? ¿Por qué arrebatarle la gloria de seguir ayunando, y no sólo la de llegar a ser el mayor ayunador de todos los tiempos, cosa que probablemente ya lo era, sino también la de sobrepujarse a sí mismo hasta lo inconcebible, pues no sentía límite alguno a su capacidad de ayunar? ¿Por qué aquella gente que fingía admirarlo tenía tan poca paciencia con él? Si aún podía seguir ayunando, ¿por qué no querían permitírselo? Además, estaba cansado; se hallaba muy a gusto tendido en la paja, y ahora tenía que ponerse de pie cuan largo era, y acercarse a una comida, cuando con sólo pensar en ella sentía náuseas que contenía Difícilmente por respeto a las damas. Y alzaba la vista para mirar los ojos de las señoritas, en apariencia tan amables, en realidad tan crueles, y movía después negativamente, sobre su débil cuello, la cabeza, que le pesaba como si fuese de plomo. Pero entonces ocurría lo de siempre; ocurría que se acercaba el empresario silenciosamente -con la música no se podía hablar-, alzaba los brazos sobre el ayunador, como si invitara al cielo a contemplar el estado en que se encontraba, sobre el montón de paja, aquel mártir digno de compasión, cosa que el pobre hombre, aunque en otro sentido, lo era; agarraba al ayunador por la sutil cintura, tomando al hacerlo exageradas precauciones, como si quisiera hacer creer que tenía entre las manos algo tan quebradizo
como el vidrio; y, no sin darle una disimulada sacudida, en forma que al ayunador sin poderlo remediar, se le iban a un lado y otro las piernas y el tronco, se lo entregaba a las damas, que se habían puesto entretanto mortalmente pálidas.
Entonces el ayunador sufría todos sus males: la cabeza le caía sobre el pecho, como si le diera vueltas y, sin saber cómo, hubiera quedado en aquella postura; el cuerpo estaba como vacío; las piernas, en su afán de mantenerse en pie, apretaban sus rodillas una contra otra; los pies rascaban el suelo como sino fuera el verdadero y buscaran a éste bajo aquél; y todo el peso del cuerpo, por lo demás muy leve, caía sobre una de las damas, la cual, buscando auxilio, con cortado aliento -jamás se hubiera imaginado de este modo aquella misión
honorífica-, alargan, todo lo posible su cuello para librar siquiera su rostro del contacto con el ayunador. Pero después, como lo lograba, y su compañera, más feliz que ella, no venía en su ayuda, sino que se limitaba a llevar entre las suyas, temblorosas, el pequeño haz de huesos de la mano del ayunador, la portadora, en medio de las divertidas carcajadas de toda la sala, rompía a llorar y tenía que ser librada de su carga, por un criado de largo tiempo atrás
preparado para ello.
Después venía la comida, en la cual el empresario, en el semisueño del desenjaulado, más parecido a un desmayo que a un sueño, le hacía tragar alguna cosa, en medio de una divertida charla con que apartaba la atención de los espectadores del estado en que se hallaba el ayunador. Después venía un brindis dirigido al público, que el empresario fingía dictado por el ayunador; la orquesta recalcaba todo con un gran trompeteo, marchábase el público y nadie
quedaba descontento de lo que había visto; nadie, salvo el ayunador, el artista del hambre; nadie, excepto él.
Vivió así muchos años, cortados por periódicos descansos, respetado por el mundo, en una situación de aparente esplendor; mas, no obstante, casi siempre estaba de un humor melancólico, que se acentuaba cada vez más, ya que no había nadie que supiera tomarle en serio. ¿Con qué, además, podrían consolarle? ¿Qué más podía apetecer? Y si alguna vez surgía alguien, de piadoso ánimo, que le compadecía, quería hacerle comprender que,
probablemente, su tristeza procedía del hambre, bien podía ocurrir, sobre todo si estaba ya muy avanzado el ayuno, que el ayunador le respondiera con una explosión de furia y, con espanto de todos, comenzara a sacudir como una fiera los hierros de la jaula. Mas para tales casos tenía el empresario un castigo que le gustaba emplear. Disculpaba al ayunador ante el congregado público, añadía que sólo la irritabilidad provocada por el hambre, irritabilidad incomprensible en hombres bien alimentados, podía hacer disculpable la conducta del ayunador. Después, tratando de este tema, para explicarlo pasaba a rebatir la afirmación del ayunador de que le era posible ayunar mucho más tiempo del que ayunaba: alababa la noble ambición, la buena voluntad, el gran olvido de sí mismo, que claramente se revelaban en esta afirmación; pero enseguida procuraba echarla abajo sólo con mostrar unas fotografías, que eran vendidas al mismo tiempo, pues en el retrato se veía al ayunador en la cama, casi muerto de inanición; a los cuarenta días de su ayuno. Todo lo sabía muy bien el ayunador, pero era
rada vez más intolerable para él aquella enervante deformación de la verdad. ¡Presentábase allí como causa lo que sólo era consecuencia de la precoz terminación del ayuno! Era imposible luchar contra aquella incomprensión, contra aquel universo de estulticia. Lleno de buena fe, escuchaba ansiosamente desde su reja las palabras del empresario; pero al aparecer las fotografías, soltábase siempre de la reja, y sollozando, volvía a dejarse caer en la paja. El ya calmado público podía acercarse otra vez a la jaula y examinarlo a su sabor.
Unos años más tarde, si los testigos de tales escenas volvían a acordarse de ellas, notaban que se habían hecho incomprensibles hasta para ellos mismos. Es que mientras tanto se había operado el famoso cambio; sobrevino casi de repente; debía haber razones profundas para ello; pero ¿quién es capaz de hallarlas? El caso es que cierto día, el tan mimado artista del hambre se vio abandonado por la muchedumbre ansiosa de diversiones, que prefería otros espectáculos. El empresario recorrió otra vez con él media Europa para ver si en algún sitio hallarían aún el antiguo interés. Todo en vano: como por obra de un pacto, había nacido al mismo tiempo, en todas partes, una repulsión hacia el espectáculo del hambre. Claro que, en realidad, este fenómeno no podía
haberse dado así de repente, y, meditabundos y compungidos, recordaban ahora muchas cosas que en el tiempo de la embriaguez del triunfo no habían considerado suficientemente, presagios no atendidos como merecían serlo. Pero ahora era demasiado tarde para intentar algo en contra. Cierto que era indudable que alguna vez volvería a presentarse la época de los ayunadores, pero para los ahora vivientes, eso no era consuelo.
¿Qué debía hacer, pues, el ayunador? Aquel que había sido aclamado por las multitudes, no podía mostrarse en barracas por las ferias rurales; y para adoptar otro oficio, no sólo era el ayunador demasiado viejo, sino que estaba físicamente enamorado del hambre. Por lo tanto, se despidió del empresario, compañero de una carrera incomparable, y se hizo contratar en un
gran circo, sin examinar siquiera las condiciones de la contrata.
Un gran circo, con su infinidad de hombres, animales y aparatos que sin cesar se sustituyen y se complementan unos a otros, puede, en cualquier momento, utilizar a cualquier artista, aunque sea a un ayunador, si sus pretensiones son modestas, naturalmente. Además, en este caso especial, no era sólo el mismo ayunador quien era contratado, sino su antiguo y famoso nombre; y ni siquiera se podía decir, dada la singularidad de su arte, que. como al crecer la edad mengua la capacidad, un artista veterano que ya no está en la cumbre de su poder, trata de refugiarse en un tranquilo puesto de circo; al contrario, el ayunador aseguraba, y era plenamente creíble, que lo mismo podía ayunar entonces que antes, y hasta aseguraba que si le dejaban hacer su voluntad, cosa que al momento le prometieron, sería aquélla la vez en que había de llenar al mundo de justa admiración; afirmación que provocaba una sonrisa en las gentes del oficio, que conocían el espíritu de los tiempos, del cual, en su entusiasmo, habíase olvidado el ayunador.
Mas, allá en su fondo, el ayunador no dejó de hacerse cargo de las circunstancias, y aceptó sin dificultad que no fuera colocada su jaula en el centro de la pista, como número sobresaliente , sino que se la dejara fuera, cerca de las cuadras, sitio, por lo demás, bastante concurrido. Grandes carteles de colores chillones rodeaban la jaula y anunciaban lo que había que admirar en ella. En los intermedios del espectáculo, cuando el público se dirigía hacia las cuadras para ver los animales, era casi inevitable que pasaran por delante del ayunador y se detuvieran allí un momento; acaso habrían permanecido más tiempo junto a él si no hicieran imposible una contemplación más larga y tranquila los empujones de los que venían detrás por el estrecho corredor y que no comprendían que se hiciera aquella parada en el camino de las interesantes cuadras.
Por este motivo el ayunador temía aquella horade visitas que por otra parte anhelaba como el objeto de su vida. En los primeros tiempos apenas había tenido paciencia para esperar el momento del intermedio; había contemplado con entusiasmo la muchedumbre que se extendía y venía hacia él hasta que, muy pronto -ni la más obstinada y casi consciente voluntad de engañarse a sí mismo se salvaba de aquella experiencia- tuvo que convencerse de que la
mayor parte de aquella gente sin excepción, no traía otro propósito que el de visitar las cuadras. Y siempre era lo mejor el ver aquella masa, así, desde lejos. Porque cuando llegaban junto a su jaula, en seguida le aturdían los gritos e insultos de los dos partidos que inmediatamente se formaban: el de los que querían verlo cómodamente (y bien pronto llegó a ser este bando el que más apenaba al ayunador, porque se paraban, no porque les interesara lo que tenían ante sus ojos, sino por llevar la contraria y fastidiar a los otros) y el de los que sólo apetecían llegar lo antes posible a las cuadras. Una vez que había pasado el gran tropel, venían los rezagados, y también éstos, en vez de quedarse mirándole cuanto tiempo les apeteciera, pues ya era cosa no impedida por nadie, pasaban de prisa, a largo paso, apenas concediéndole una mirada de reojo, para llegar con tiempo de ver los animales. Y era caso
insólito el de que viniera un padre de familia con sus hijos, mostrando con el dedo al ayunador y explicando extensamente de qué se trataba y hablara de tiempos pasados. cuando había estado él en una exhibición análoga, pero incomparablemente más lucida que aquélla, y entonces los niños, que, a causa de su insuficiente preparación escolar y general -¿qué sabían ellos lo que era ayunar?- seguían sin comprender lo que contemplaban, tenían un brillo en sus
inquisidores ojos, en que se traslucían futuros tiempos más piadosos. -Quizá estarían un poco mejor las cosas -decíase a veces el ayunador- si el lugar de la exhibición no se hallase tan cerca de las cuadras. Entonces les habría sido más fácil a las gentes elegir lo que prefirieran; aparte de que le molestaban mucho y acababan por deprimir sus fuerzas las emanaciones de las cuadras, la nocturna inquietud de los animales, el paso por delante de su jaula de los sangrientos trozos de carne con que alimentaban a los animales de presa, y los rugidos y
gritos de éstos durante su comida. Pero no se atrevía a decirlo a la Dirección, pues, si bien lo pensaba, siempre tenía que agradecer a los animales la muchedumbre de visitantes que pasaban ante él, entre los cuales, de cuando en cuando, bien se podía encontrar alguno que viniera especialmente a verle. Quién sabe en qué rincón le meterían, si al decir algo les recordaba que aún vivía, y le hacía ver, en resumidas cuentas, que no venia a ser más que un
estorbo en el camino de las cuadras.
Un pequeño estorbo en todo caso, un estorbo que cada vez se hacía más diminuto. Las gentes se iban acostumbrando a la rara manía de pretender llamar la atención como ayunador en los tiempos actuales, y adquirido este hábito quedó ya pronunciada la sentencia de muerte del ayunador. Podía ayunar cuanto quisiera, y así lo hacía. Pero nada podía ya salvarle, la
gente pasaba a su lado sin verle. ¿Y si intentara explicarle a alguien el arte del ayuno" A quien no lo siente, no es posible hacérselo comprender.
Los más hermosos rótulos llegaron a ponerse sucios e ilegibles, fueron arrancados, y a nadie se le ocurrió renovarlos. La tablilla con el número de los días transcurridos desde que había comenzado el ayuno, que en los primeros tiempos era cuidadosamente mudada todos los días, hacía ya mucho tiempo que era la misma, pues al cabo de algunas semanas, este pequeño trabajo habíase hecho desagradable para el personal; y de este modo, cierto que el ayunador 'continuó ayunando, como siempre había anhelado, y que lo hacía sin molestia, tal como en otro tiempo lo había anunciado; pero nadie contaba ya el tiempo que pasaba; nadie, ni siquiera el mismo ayunador, sabía qué número de días de ayuno llevaba alcanzados, y su corazón se llenaba de melancolía. Y así, cierta vez, durante aquel tiempo, en que un ocioso se detuvo ante su jaula y se rió del viejo número de días consignado en la tablilla, pareciéndole imposible, y habló de engañifa y de estafa, fue ésta la más estúpida mentira que pudieran
inventar la indiferencia y la malicia innata, pues no era el ayunador quien engañaba, él trabajaba honradamente, pero era el mundo quien se engañaba en cuanto a sus merecimientos.
Volvieron a pasar muchos días, pero llegó uno en que también aquello tuvo fin. Cierta vez, un inspector se fijó en la jaula y preguntó a los criados por qué dejaban sin aprovechar aquella jaula tan utilizable que sólo contenía un podrido montón de paja. Todos lo ignoraban, hasta que, por fin, uno, al ver la tablilla del número de días, se acordó del ayunador. Removieron con horcas la paja, y en medio de ella hallaron al ayunador. ¿Ayunas todavía? -preguntóle el
inspector-. ¿Cuándo vas a cesar de una vez?
-Perdonadme todos -musitó el ayunador, pero sólo le comprendió el inspector, que tenía el oído pegado a la reja.
-Sin duda -dijo el inspector, poniéndose el índice en la sien para indicar con ello al personal el estado mental del ayunador-, todos te perdonamos.
-Había deseado toda la vida que admirarais mi resistencia al hambre -dijo el ayunador.
-Y la admiramos -repúsole el inspector.
-Pero no debíais admirarla -dijo el ayunador.
-Bueno, pues entonces, no la admiraremos -repuso el inspector-; pero ¿por qué, no debemos admirarte?
-Porque me es forzoso ayunar, no puedo evitarlo -dijo el ayunador.
-Eso ya se ve -dijo el inspector--, pero ¿por qué no puedes evitarlo?
-Porque -dijo el artista del hambre levantando un poco la cabeza y hablando en la misma oreja del inspector para que no se perdieran sus palabras, con labios alargados como si fuera a dar un beso-, porque no pude encontrar comida que me gustara. Si la hubiera encontrado, puedes creerlo, no habría hecho ningún cumplido y me habría hartado como tú y como todos.
Estas fueron sus últimas palabras, pero todavía, en sus ojos quebrados, mostrábase la firme convicción, aunque ya no orgullosa, de que seguiría ayunando.
-¡Limpien aquí! -ordenó el inspector, y enterraron al ayunador junto con la paja. Mas en la jaula pusieron una pantera joven. Era un gran placer hasta para el más obtuso de sentidos, ver en aquella jaula, tanto tiempo vacía, la hermosa fiera que se revolcaba y daba saltos. Nada le faltaba. La comida, que le gustaba, traíansela sin largas cavilaciones sus guardianes. Ni siquiera parecía añorar la libertad. Aquel noble cuerpo, provisto de todo lo necesario para
desgarrar lo que se le pusiera por delante, parecía llevar consigo la propia libertad: parecía estar escondida en cualquier rincón de su dentadura. Y la alegría de vivir brotaba con tan fuerte ardor de sus fauces, que no les era fácil a los espectadores poder hacerle frente. Pero se sobreponían a su temor, se apretaban contra la jaula y en modo alguno querían apartarse de allí.

domingo, 1 de abril de 2018


Los días de Hesíodo
y los trabajos del emigrante

David De los Reyes
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El mayor campo de refugiados del mundo: Dadaab, Kenia (África). 


Vivimos en una época de intensa emigración permanente alrededor de todo el mundo. Una emigración surgida, la mayoría de las veces, por  la fuerza y las circunstancias extremas de los países; por las condiciones inhumanas, injustas, carentes, criminales, bélicas que distinguen a muchas naciones que son manejadas por gobiernos dictatoriales, criminales, fallidos y de fuerza, cuya característica y condición principal es el empobrecimiento sistemático de sus habitantes tanto a nivel material como espiritual, intelectual y vital. 
Las más de las veces, al salir del país de origen en busca de nuevos horizontes, la vida no se hace fácil, y tenemos que comenzar a reestructurar nuestras vidas, nuestras costumbres, nuestros valores y nuestras formas cotidianas de hacer. Pero lo insoslayable que se nos presenta al dar este salto, a veces desesperados, otras con buena acogida por amigos o familiares que ya residen  a donde  hemos elegido emigrar, es tener la actitud para aceptar la necesidad imperiosa de trabajar y hacer la faena de la mejor forma para el acoplarse a la nueva situación y obtener la superación de carencia por la que se tiene que vivir al pasar esa línea fronteriza que nos aleja de nuestro territorio natal. Además de conocer y adentrarse,  vivir y explorar  las ancestrales y presentes culturas a las que nos vemos inscrito en el nuevo hábitat elegido o permitido dentro del abanico de posibilidades geográficas.  Hesiódo, ya en la antigüedad del mundo griego, reflexionó acerca de ello y hoy volvemos a retomar sus palabras   como inspiración y ejemplo del  emigrante que va a nuevos derroteros para enderezar  su vida abrirse con sus propias fuerzas y habilidades, con sus propios valores éticos (y religiosos para quien los tenga), gracias por su labor, a donde hemos llegado para continuar nuestra propia historia personal.      
Hesíodo es uno de los autores clásicos del mundo griego, e igualmente,  ciertos estudiosos de su obra le otorgan la condición de haber sido el primer filósofo del mundo helénico, al encontrar en sus palabras la alusión al ser y lo cambiante que constituye esta identidad ante  un mundo (de los entes) fenoménico. Sabemos que vivió  entre el siglo VIII y VII antes de nuestra era, es decir, entre el 800 y 700 del mundo antiguo. Hesíodo se le conoce por dos obras, Teogonía, que describe todas las burradas, virtudes y fantasías míticas de los dioses griegos, y un libro más humano, Los Trabajos y los Días, que es el que nos interesa aquí, cuya primera parte no deja de estar salpicado por la visión divina del destino determinado por edades, por parte de ese padre vengativo y hedonista nombrado como Zeus, respecto a los hombres. Y una segunda sección donde encontramos un conjunto de recomendaciones para los nuevos colonos y trabajadores de ese período ancestral de occidente; toda una lista de buenas propuestas para sobrevivir luego de buscar tierras dónde asentarse y recrear, una vez más, la vida humana en común.
Sin embargo, lo interesante de esta obra, por otra parte, es que es un ajuste de cuentas. ¿Ajuste de cuentas dije? Si, un ajuste de cuentas.  En el escrito encontramos el nombre de su hermano, Perses, que es a quien va dirigido, o para quien fue escrito. Los trabajos y los días contiene una serie de recursos y declaraciones muy de su entorno helénico, todo un catálogo de disposiciones positivas para la vida común y del emigrante: actitud de los dioses y su poder ante los débiles y sufridos seres humanos, consejos de conducta, observaciones de vida, calendarios de los días adecuados para las faenas, y toda una relación de lo que debe ser el condenado y sudoroso trabajo honesto para los hombres que quieran, como se dice, agarrar los cuernos del toro de frente.
Una doble verdad  se desprende de sus páginas. La actitud proba que debemos mantener ante nuestra labor diaria.  Del trabajo no podemos escapar, por ser necesario para subsistir, es un pesar que debemos soportar los hombres durante la vida, pero si queremos, el trabajo forja un destino insoslayable y sólo aquel que esté dispuesto a enfrentarlo, en asumir el qué-hacer cotidiano es quien podrá con él, y doblegarlo para su bienestar. Fuera los holgazanes,  serán perseguidos los zánganos, mal vistos los ociosos sin causa o con causa por no hacer nada  y vivir del trabajo de los demás. Postura radical ante la labor, pero que en un mundo de carencias, como era aquél en el que vivió Hesiódo, no se podía distraerse y asumir una vida sin un orden estricto y secuencial, reiterativo pero vital para la conservación  y lo que pudiera llamarse hoy por buen vivir.
Es un libro que fue útil para los griegos en su momento de expansión colonizadora a territorios inhabitados del mar Mediterráeno y proclives para la  supervivencia y negar la adversidad del pasado personal y colectivo. Lo llevaban como preciada pertenencia algunos colonos o emigrantes que buscaban escapar de las carencias donde habitaban, de tierras infértiles o lugares hostiles por los habitantes de los alrededores, de dominios por estados extranjeros, guerras permanentes genocidas, de territorios pobres en nutrientes, de geografía difícil de doblegar para una mejor vida. Texto apreciado y atesorado por estos viajeros   que sabían  la ardua labor que les esperaba. Fue un libro para el viajero que buscó un destino y un espacio que, con trabajo, podía llegar a ser  provechoso y en los que se pudiera establecer la continuidad de la familia, de la vida y de la cultura helénica en expansión al abandonar regiones ya invivibles por condiciones políticas o naturales, y obtener los recursos vitales dentro de una cotidianidad empobrecida.
Y por otra, esta obra, como se dijo, contiene y expresa  una confrontación  entre hermanos. De los conflictos fraternos gracias a las malditas herencias familiares donde,  a la muerte del padre, comienza a emerger lo más bajo de los instintos y miserias entre hermanos, la ambición que siempre va atada a la mezquindad personal, signo  visual del fracaso de familiares o hermanos. Perses será la postura del ambicioso, en esta tragicomedia antigua; Hesíodo, aquel que, a pesar de saber cómo invertir lo obtenido para el provecho familiar, tendrá que entregar buena parte de su herencia a su hermano dilapidador a la fuerza e injustamente. ¿Cómo trascurrió este pleito entre hermanos?  Perses demandó a su hermano ante los tribunales  y los jueces dictaminaron a favor del despilfarrador por ser el mayor. Una historia que se repite hasta la saciedad aún en nuestro tiempo presente. Al obtener este botín, Perses, por sus andanzas y procederes, vuelve a estar en la penuria, propio de una vida sin trabajo y excesos, de zángano y sin responsabilidad ante lo que se tiene. Y vuelve a exigir más ayuda a su hermano Hesíodo,  quien se negará, en esta oportunidad, auxiliarlo otra vez a costa de la herencia de su padre; de un padre común que había vivido del cabotaje en las costas occidentales de Anatolia (hoy Turquía), y  terminó arruinado, regresando a las tierras de sus ancestros, Beocia (zona occidental de Grecia), dedicándose a la agricultura y al pastoreo, lugar donde nacieron, en la  población de Ascra, sus hijos. Esta vida de colonos pastores marca a  Hesíodo, y será el contenido experiencial de su  reconocido escrito sobre los días y sus labores pertinentes. Ambos hermanos  no tuvieron otra opción en su juventud que dedicarse a tales oficios a campo abierto. Uno saco provecho y otro, su ruina.

La aparición de la inspiración poética de Hesíodo ha sido relatada por él mismo, el momento en que las musas se le aparecen un día,   mientras estaba  como pastor, cuidando un rebano de ovejas al pie del verde y bucólico monte Helicón. Tal don poético lo impulsa a crear y ser vencedor en la ciudad de Calis, ante el insuperable bardo Homero en un certamen de poesía; este premio lo gana, según narran,  a que el poeta de la Ilíada escribió sobre las atrocidades de la guerra y el beocio pastor, sobre las bondades de la  paz. Parte de su obra  está inspirada por la tradición oral de la mitología de los dioses, proporcionando toda una particular genealogía de los dioses olímpicos como la conocemos hasta el presente; antes de Hesíodo sólo se tenía conocimiento de ellos por ser transmitida de forma oral y sin una clasificación certera y jerárquica de cada uno. Su Teogonía será una transcripción de las creaciones, aventuras y ocurrencias mitológicas de los dioses bajo la dominación del patriarcal Zeus.
Las palabras que dirige a su hermano en Los Trabajos y los Días,   con lo que quiere decirle unas cuantas verdades, comienzan advirtiendo las distintas edades por las que ha tenido que pasar el hombre. Su creador, Zeus, al ser engañado y robado el fuego por el hombre, va a crear, en venganza, una diosa maligna, Pandora, que hará justicia divina, expandiendo los peores males sobre la tierra de los humanos, dejando dentro del cofre, la Esperanza.
Su voz  narra la condición de los seres a su paso por distintas edades míticas, en que aparecen y desaparecen sin dejar herederos. Comienza con la paradisíaca  edad  de oro, donde se vivía exentos de males y en plena armonía, libre del trabajo y enfermedades, sus habitantes eran dioses. A esta sucede la edad de plata, tiempo en que los primeros cien años de todo niño era criado por su madre, pero sin ninguna inteligencia, abrumados por sufrimientos a causa de la estupidez, síntoma de tanta protección maternal; tampoco honraban a los dioses: fueron dichosos subterráneos. La edad de bronce, semejante a la de plata, sus habitantes tenían sólo la preocupación de injuriarse entre ellos, no comían trigo, eran feroces y duro corazón como el acero: grande su fuerza, armas de bronce, moradas de bronce, trabajaban el bronce; semejante a la invasión de los dorios, cazadores y guerreros nómadas, que llegaron desde los territorios del norte de Grecia a dominar todos los pueblos establecidos; un tiempo en que comienza a tener serias dificultades las condiciones mínimas de la vida humana. La edad  de los semidioses, donde por sus luchas y guerras entre ellos, van a  ser sometidos por Zeus y llevados a la isla de la Bienaventuranza, allende el profundo océano, donde tres veces al año la tierra da frutos. Y la última edad, en la que viven estos hermanos desavenidos, la edad del hierro, donde los males han sido expandidos, el trabajo y la miseria los abruma en todo momento, las enfermedades están en todo lugar, la envidia corroe y la carencia lleva a la necesidad de exigir trabajar para ganar con el sudor de tu frente el pan, como dirían luego los cristianos, donde los hombres son destruidos por los dioses cuando sus cabellos se tornan blancos. Nosotros, pudiéramos especular con Hesíodo, vivimos en la edad de lo inmaterial, de lo virtual, de lo digital, que funge como moneda y elemento etéreo por el cual transcurren nuestras vidas amarradas al dispositivo del computador, aliñado dolorosamente todo ello con las grandes pandemias de masivas emigraciones a nivel global, donde el entorno se vuelve  más angustioso, carente, destrozado y violento en todos los sentidos posibles que en aquellos tiempos pasados, y una vida urbana de continua evasión y distracción que viene a permear narcóticamente nuestras míseras y aceleradas existencias. 
La condición que observa Hesíodo de estos hombres de la edad de hierro no es nada alentadora, son violentos, tramposos e inicuos. No saben de dignidad ni de humildad, sólo de engaño y perjurio, algo muy normal hasta en nuestros días. Una  visión bastante pesimista por realista del hombre en todos los tiempos.  Donde no han tenido la osadía de abordar la vida a través de las diosas Edo (representante de la humildad, la modestia y pudor) y de Némesis (aquella diosa que aplica la justicia retributiva, la solidaridad, la venganza y el equilibrio ante los excesos humanos). La edad de hierro es una era donde esta diosa ajusticiadora, Némesis, se enfrenta refrenando a los hombres que piensan tener derecho ante los demás por el uso de la fuerza, donde los hijos ya no obedecen a sus mayores, y su mano empuñando la espada del castigo divino, lacera toda desmesura. Asume la difícil tarea de repartir la felicidad, midiendo su grado en los mortales que han sido favorecidos en demasía y sin justificación alguna, por la otra diosa, Fortuna.
Así el texto nos lleva a un recuento de las atrocidades y castigos que imponen los dioses a los hombres por sus excesos y acciones. Un mundo mitológico pero humano,  proclive a la religión y al dogma, donde todo queda sometido a fuerzas invisibles, cuando la ignorancia y la razón se nublan para la mente humana, alejando una mirada justa de la vida individual y colectiva, junto a su condición trágica, mortal.
Esto lleva a Hesíodo a dictar a Perses, a través de sus palabras, la necesidad de mantener y obtener a lo largo de la vida un sentido de la justicia, un rechazo de la violencia, pues es el dictamen que exige el dios mayor, Zeus, para los humanos. Donde el trabajo justo y autónomo, pero vinculado con la comunidad cuando la haya, vendrá a ser la superación del hambre y la miseria general; gracias a esto,  no se incurrirá en aparecer y persistir en carencias y dificultades por desatención al orden que impone y nos exige la vida; sólo quedaría detestarnos por negar, insistentemente, la labor proveedora de justo sustento,  por nuestra acción. Al abocarse estos emigrantes colonos campesinos a su faena,  obtendrán el  beneficio de  Démeter, la diosa de la tierra, que procurará llenar los graneros gracias al buen y atento cultivo del suelo habitado. El hambre es la compañera inseparable de los ociosos, seres que serán odiados por no hacer nada para cambiar su condición; son  vidas determinadas y condenadas por la envidia,  al mirar a aquel que se ha enriquecido por su labor. Se trabaja no para el lujo y la exhibición de oropeles y fatuidades, sino para no padecer necesidad, ni cubrirse con el manto de la carencia perpetua: se trabaja para llenar los graneros, es decir, tener el buen alimento de los días trabajados. Los holgazanes son vistos como zánganos, que devoran la miel de las abejas trabajadoras. Sin embargo los dioses son calificados como dadores de bondades,  y considera, nuestro antiguo autor, que estas riquezas son las mejores; la peor riqueza de todas es la obtenida por el robo.
Un principio dirigido a su hermano Perses era el de aspirar a riquezas obtenidas por el esfuerzo cotidiano. Así llega al corolario ama a quien te ame, ayuda a quien te ayuda, da al que te dé, pero no des nada a quien no te dé nada, lo cual aplico a aquél.  Pero es, también, un principio ético de buen vecino,  con quien se deberá tener una constante y cultivada política de ayuda mutua en los buenos y en los malos tiempos por venir. Y, sobre todo, atender al proceso que conlleva todo trabajo, he ahí sus palabras: Hártate de beber al principio y al final, pero no cuando estés en la mitad, pues no sabes cuán largo será el trayecto que deberás recorrer.  Sólo antes y después de la labor realizada es que podemos festejar, celebrar en nuestras vidas; en el proceso de la labor desempeñada abstenerse es lo  preferible, para no distraerse y perder lo ya producido.
De lo mínimo que exige para iniciar la vida en otro lugar serán tres las condiciones exigidas: casa, mujer y animal para arar. Ante todo procura tener  una casa, una mujer y un buey de labor. Una afirmación que aún hoy debe ser seguida por todo emigrante. Es lo indispensable para asentarse en un nuevo espacio. Todo exiliado  de una u otra forma, en una u otra época, siempre ha requerido eso, un  techo que acobije, un ser que nos acompañe y ayude, junto a una labor y habilidades e instrumentos de trabajo que nos lleve a procurarnos lo necesario para una vida proba. Luego está la importancia de mantener un orden, una continuidad del hacer cotidiano productivo: el orden es la mejor de las cosas para los mortales, el desorden la peor. La imprudencia esta en nuestro obrar y ésta, si sólo está aliada al dinero, se convierte en el alma de los miserables mortales.
El uso de la expresión de la palabra, la oratoria cotidiana, el uso del lenguaje, es tomado en cuenta por Hesíodo, pues considera que la palabra pronunciada parsimoniosamente es un tesoro excelente entre los hombres, ya que la gracia de las palabras esta toda en su mesura. Saber medir las palabras que pronunciamos nos da un sentido de armonía ante aquel que nos escucha al pronunciarlas y de un pensamiento que se adentra en un orden medible y vivible, adjunto al honesto hacer.
De todos los días del mes Hesíodo da unos que son más proclives para hacer ciertas cosas que otras. Es un orden algo azaroso, casi subjetivo o dispuesto por su experiencia personal en el territorio helénico donde habitó. Esto nos da a entender que tenía muy en cuenta los cambios atmosféricos y geográficos, aunado a una sucesión de acciones para la buena labor cotidiana, semanal y mensual; es lo que hoy llamaríamos como su agenda laboral. De esta forma nos dará de los treinta días del mes una docena de ellos especialmente dedicados a labores importantes, los demás vendrán a ser secundarios.  Como ejemplo de lo dicho este griego observa que el décimo día del mes es propicio para la generación,  para el engendrar hijos la pareja, o la subjetiva apreciación sobre el veinticuatroavo día del mes, que será mejor por la mañana y por la tarde es menos bueno. El peor día del mes, el más peligroso y terrible, es el quinto día. De ahí pueda que venga esa superstición itálica de ciertos días propicios para la mala suerte, como el trece y el martes tan común en nuestra habla común.
Con estas líneas hesiódicas  hemos querido presentar un texto clásico que, no por haber pasado veintiocho  siglos, ha dejado de hablarnos sobre todo para aquellos que hemos emigrado por inhumanas condiciones de vida de nuestros territorios nativos. Nos da una serie de  reflexiones que nos muestran una sabiduría para el proceder del hombre de todos los tiempos. El hombre se debe al buen trabajo. El trabajo no es visto como un mal; todo trabajo porta consigo su dignidad cuando está bien hecho y no a costa de la explotación y viveza sobre otro semejante. Tampoco se refiere al trabajo del esclavo. Tampoco el de un hombre sometido al amarre de un salario para subsistir. Se trata del trabajo que requiere hacer aquel hombre que quería ser autónomo, vivir sin carencias o con las mínimas, de respirar aires de libertad en otras tierras dentro de los límites de la vida sencilla y de los pequeños placeres que nutren la felicidad de la labor hecha. Una ética para todo emigrante, para todo aquel que busca nuevos horizontes donde asentarse para la obtención del principio de la diosa Pachamama andina, el buen vivir o, como diría Aristóteles, una vida buena. Solo el que sepa enfrentar el trabajo sabrá como surgir airoso de él. En esto radica todo.   
Leed a Hesíodo, y sacad vuestras propias conclusiones de emigrante.

Guayaquil 20 de marzo de 2018

Referencia electrónica:
Hesíodo: Los trabajos y los días.



Sergio Ramírez:
“Contra la memoria ninguna represión puede” 
Claudia Furiati Páez
 @festilectura


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“Él es la vida y la naturaleza,
regala un yelmo de oros y diamantes
a mis sueños errantes.”
Un soneto a Cervantes de, Rubén Darío

En su animosa cruzada por países suramericanos para presentar su última novela, inscrita en el noir caribeño,  Ya nadie llora por mí (Alfaguara, 2017) y en antesala a su estelar aparición en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares para recibir el Premio Cervantes este 23 de abril, Sergio Ramírez, aceptó nuestra invitación en Guayaquil a dialogar desde el butacón del lector. Sitial que al igual al ingenioso manchego, desafía al autor nicaragüense, a dejar su “armadura” de cotidiano combatiente de ideas, político, promotor cultural y laureado escritor, para transformarse en un extraordinario aventurero de inventados laberintos de la palabra cervantina.

Fue una fértil correspondencia sobre su compromiso lector, que contó como “prólogo” sus reflexiones compartidas durante un concurrido conversatorio promovido por la organización de la Feria del Libro de la llamada Perla del Pacífico, metrópolis ecuatoriana que además le reconoció como “Huésped Ilustre”. Allí el creador del inspector Dolores Morales reflexionaría sobre esa ofrenda imperfecta que brinda desde el altar del teclado a sus lectores: “cuando me siento a escribir pienso en un lector individual,…que para mí siempre es exigente, es un lector que está muy atento, que no me va a dejar pasar una, que si cometo un error lo va a notar,…, es un lector que no piensa que yo soy un escritor perfecto, no hay nada perfecto. El gran cuentista Augusto Monterroso (Guatemala) decía que cuando uno cree que ha alcanzado una página absolutamente perfecta, hay que agregarle algún error, para que el lector piense que uno también es humano”.

De ese humanismo imperfecto dio cuenta en la velada, donde confió proyectar mucho de sí en su protagonista de marras, el detective Morales, el ex guerrillero sandinista y policía de élite, devenido en inspector privado de poca monta. Reconoció que la saga es un homenaje a autores clásicos del género negro que le han curtido su alma lectora como Raymond Chandler, Dashiell Hammett, George Simenon o Agatha Christie. Una “propuesta ética” de escudriñar literariamente la compleja realidad latinoamericana (corrupción, narcotráfico, violencia) que le hermana con otros antihéroes a los que también sigue como el “Mario Conde” de Leonardo Padura (Cuba) y “El Zurdo Mendieta” de Elmer Mendoza (México). Estas y otras miles de sus predilectas obras, han desbordado su “bitácora de lectura”  y  nutren hoy el fondo de la Biblioteca de la Fundación Luisa Mercado de la que es fundador, y que junto al festival Centroamérica cuenta, son expresión palpable de su afán formar de lectores rigurosos y escritores virtuosos en la región mesoamericana, comprometido con el legado de su admirado coterráneo, el poeta Rubén Darío.

Leer el mejor ejercicio de libertad

P:           Cuatro días antes de conocerse el veredicto del Premio Cervantes 2017, publicó en su columna habitual de El Nacional (Venezuela) un artículo que comienza así: “La literatura no deja de ser un viaje que se inicia en la primera página de un libro y se llega a puerto al cerrar ese libro” ¿Pudiese darnos pistas de cómo se produce esa vivencia en el Sergio Ramírez lector?

SR:         Uno debe prepararse para un viaje lleno de sorpresas al abrir un libro. Entramos en un mundo desconocido, por el que navegamos con los ojos llenos de asombro, dispuestos a dejarnos sorprender. Por eso los libros previsibles no sirven para un buen viaje. Y hay libros donde el viaje es doble, porque son libros acerca de un viaje: el viaje de Ulises de regreso a su patria en la Odisea, el de don Quijote por los campos de Montiel. Viajamos con los personajes y somos parte de sus aventuras, nos volvemos nosotros mismos personajes. Leer es un viaje desde una silla, entre cuatro paredes que se levantan gracias a la magia misma de la lectura para dejarnos volar, navegar, andar.
P:           ¿Se puede transitar ese mismo recorrido imaginativo, y más aún experimentar las sensaciones que emergen del relato, a través de la lectura disruptiva de los soportes digitales?
SR:         Es lo mismo, leer en papel que en la pantalla. Nuestro instrumento de navegación son las palabras, escritas primero en piedra, luego en papiro, en pergamino, en papel, ahora en caracteres electrónicos. La gracia de todo está en descifrar los signos que a quien no sabe leer le parecen extraños y misteriosos, pero que contienen una clave, contienen la imaginación, y la transmiten de una cabeza a otra, de mi cabeza de escritor a la cabeza del lector. E imaginar se convierte en un acto diverso al descifrar esos signos por medio de la lectura. La imagen del que describe no es ya la misma del que escribe, allí está la magia. Y es una imagen distinta para que cada cual que lee, más magia aún. Una imagen que se multiplica de manera infinita
P:           Suponemos que de allí viene la “Bitácora Lectora” que confesó llevar a la periodista y escritora española Berna González Harbour. Pudiese revelarnos algunos de los títulos mejor catalogados.
SR:         Cuando uno se ha pasado la vida leyendo, cada vez que le piden hacer una lista, esa lista cambia de acuerdo al momento, al estado de ánimo. Mi amigo el poeta nicaragüense Carlos Martinez Rivas,  cuando vivía en Madrid, tras entrar una mañana al museo del Prado, decía: “qué bien amaneció hoy Velásquez”. Así pasa con los libros, unos amanecen mejor que otros en nuestro criterio y en nuestro ánimo, pero no quiere decir que aquellos que no enlistamos frente a la pregunta que se nos hace, queden desalojados  permanentemente. Simplemente han cedido su lugar.
En mi lista de este momento empezaría con El Gran Gatsby de Scott Fitgerald, seguiría con Lolita, de Vladimir Nabokov, no dejaría de incluir El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers; y El jardín de los Finzi Contini, de Georgio Bazani, Los siete locos, de Roberto Arlt, El agente secreto, de Joseph Conrad, Un mundo para Julius, de Alfredo Bryce Echenique, La cartuja de Parma, de Stendhal. ¿Y mañana? Mañana será otro día.

P:           ¿Qué mensaje puede enviar a sus lectores venezolanos a los que les resulta cada vez más difícil acceder a la literatura como manifiesta expresión de rebeldía ante la opresión de un régimen alimentado por la posverdad?
SR:         En Farenheit 451 de Ray Bradbury hay una gran parábola: el régimen político decide eliminar los libros y manda a quemarlos todos. Las brigadas van casa por casa secuestrándolos para llevarlos a la hoguera. 451 grados Farenheit es la temperatura a que arde el papel.  Entonces se forman células clandestinas de subversivos que se reúnen para leerse unos a otros los libros que han aprendido de memoria. Contra la memoria ninguna represión puede.
Nunca hay que dejar de leer, y de recordar. Mientras no sean quemados, los libros, por escasos que sean deben pasar de mano en mano. Porque son el mejor ejercicio de libertad que pueda hacerse. Contienen la libertad.

P:           Parafraseando el epígrafe shakesperiano de su novela Ya nadie llora por mí (2017) el bosque empieza a moverse en Latinoamérica. ¿También lo hará en Venezuela?
Esta es otra gran parábola: no hay inmunidad, ni impunidad para el poder para siempre, y quien así lo cree, tiene su mejor lección en Macbeth: las brujas le vaticinan al rey espurio que seguirá en el poder mientras el bosque de Birnam no se mueva, y eso lo tranquiliza. Pero el bosque termina por moverse, cada soldado del ejército que lo cerca avanza oculto tras una rama cortada de los árboles del bosque de Birnam.
El bosque se movió ya en Ecuador, cada votante del plebiscito llevaba por delante una rama del bosque que nunca deja de moverse, el de la voluntad popular.

P:           Finalmente, este 23 de abril, hablará para los lectores del mundo investido con el Premio Cervantes. Justamente su personaje “Alonso Quijano” es quien desde su delirio enalteció el oficio de vivir los textos como épicas personales. Puede ofrecernos un adelanto de esta inédita hoja de la bitácora literaria latinoamericana.
Soy cervantino a muerte, y de Cervantes he aprendido que la novela es la realidad, así como la realidad no existe sin la imaginación. Los personajes de Cervantes entran y salen de la novela, son reales porque se creen reales; como personajes de invención hablan de ellos mismos, y del libro en que aparecen, con toda naturalidad, porque ese libro contiene un mundo real.
Cervantes es la vida y la naturaleza, según el soneto de mi paisano Rubén Darío. Al hablar en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares al recibir el premio Cervantes, voy a hablar como criatura suya, porque he sido inventado por él. Inventó la lengua en que hablo y en la que escribo, y por tanto me inventó a mí.

El bosque de “arbolatas” de Managua
El siguiente es un extracto de Ya nadie llora por mí (Alfaguara, 2017) donde Ramírez ilustra magistralmente el impacto ambiental que ha tenido en la capital nicaragüense y en el imaginario y la moral de sus habitantes, este ornato público monumental llamado “arboles de la vida”, edificado en 2013 por la pareja presidencial Ortega-Murillo a propósito de los 34 años de la revolución sandinista y que ha costado a la nación más de 3.3 millones de dólares americanos. En medio de este paisaje exotérico de fierro, multicolor e incandescencias, el escritor perfila su relato policiaco, recurriendo a una parábola del bosque errante que dio fin al reinado de los Macbeth en el clásico drama shakespeariano. En la segunda entrega sobre el atribulado inspector Morales y su metafísico compañero Lord Dixon, no sólo cita al universal dramaturgo inglés sino al Eclesiástico de la Biblia (15; 16,17), lecturas a las que siempre vuelve, pues encuentra en ellas un mana de inspiración.
 “Ante la insistencia caballerosa de don Narciso, ocupaba siempre el asiento de atrás del Lincoln, como si se tratara del propio don Anselmo. Se dirigieron a la rotonda donde se alza el monumento de latón en homenaje al comandante Hugo Chávez, custodiado por tres frondosos árboles de la vida. La efigie plana surgía por encima de un sol, dentro del que se enroscaba una serpiente de vivos colores.
--  La boina roja que adorna su cabeza se entiende – comentó la reverenda mientras giraban lentamente por la rotonda – ¿Pero por qué la cara de ese color amarillo, como de bilis?
– Porque la luz del sol ilumina su rostro que mira hacia el futuro – respondió don Narciso con aplomo.
-- Usted dice que es solo, pero a mí me luce más bien flor –dijo ella-. Y esa serpiente que parece tuviera plumas.
-- En efecto se trata de la serpiente emplumada  de nuestros antepasados aborígenes, que desde la oscuridad del inframundo nace para morir y luego revivir en un perpetuo ciclo –contestó don Narciso –Un símbolo de la trascendencia.
  El Lincoln dio el último giro y bajó hacia el norte por la antigua avenida Bolívar, llamada ahora De Chávez a Bolívar
-- Y esos árboles de la vida, ¿usted entienden que significan?- preguntó la reverenda, a la vista de la nutrida alameda de “arbolatas” que se extendía hasta la costa del lago-. Cada vez que me topo con ellos, por más que me quiebre la cabeza no les hallo explicación.
-- Es­ lo más  sencillo – contestó don Narciso- Unen el cielo y el infierno, el orden y el caos, la vida y la muerte, y representan todas las formas del cosmos, según Sai Baba, el gurú oriental; pero, sobre todo, protegen a quienes gobiernan de las asechanzas malignas de sus enemigos.
--  Lo veo muy instruido en esas cuestiones esotéricas- dijo ella.
 --  Compré en el Mercado Roberto Huembes un libro de segunda mano que se llama Los mundos ocultos y allí explica muy bien todos esos – dijo don Narciso- cuando quiera se lo presto.
-- Pierda cuidado, su palabra me basta- dijo la reverenda-. Pero me imagino que deben costar una fortuna.
-- Los hay de dos tamaños –explicó don Narciso- los que miden metros de altura, con un peso de siete toneladas; y los que miden veintún veintún metros, con un peso de diez toneladas. Para pintarlo son necesarias tres cubetas de pintura acrílica.
-- Parece como si usted participara en su construcción.
-- Me instruyo nada más reverenda, me instruyo- sonrió don Narciso”.

Sergio Ramírez, Ya nadie llora por mí (Alfaguara, Penguin Random House, 2017)