sábado, 1 de marzo de 2014

Inconmensurabilidad y relativismo
en Feyerabend

Carlos Blank







No nos dejemos engañar por la retórica liberal y por la aparente gran tolerancia con la que algunos propagandistas de la ciencia se nos presentan. 
Paul K. Feyerabend



Introducción: la ciencia como ideología
Con frecuencia Feyerabend se ha quejado de que la mayoría de sus críticos se han dirigido o se han concentrado en los aspectos lógicos de sus tesis y pasan por alto las consecuencias o las implicaciones políticas que ellas contienen de manera importante e ineludible. Para él ello no tiene nada de extraño y se corresponde perfectamente con la estrecha “especialización que impera entre los intelectuales”[1], es decir, es una consecuencia perfectamente predecible a partir de la estrechez de miras en la cual se desenvuelve la vida intelectual y académica que él critica. Por ello en este breve trabajo nos ocuparemos de los aspectos políticos que encierran tesis como de la inconmensurabilidad, dejando de lado sus aspectos lógicos o técnicos. Nuestra tesis, si cabe llamarla así, tiene como finalidad poner en evidencia que estas consecuencias políticas están en el centro mismo de sus planteamientos y no en su periferia. En otras palabras, su crítica a una visión cientificista estrecha es inseparable de sus tesis políticas y solo puede ser comprendida cabalmente en dicho contexto más amplio. En fin, buena parte de los equívocos que ha suscitado su posición obedecen a que no se ha comprendido plenamente la estrecha relación que hay entre las tesis epistemológicas y lógicas con las tesis políticas y sociales, tratando de mantener su pensamiento dentro de los estrechos límites que él justamente pretende rebasar y trascender.
Posiblemente el equívoco más extendido y conocido es el sostenido por la interpretación muy particular que Popper hiciera de la tesis de la inconmensurabilidad y del relativismo que esta acarrea, lo que él llama el “mito del marco general” (“mith of the framework”), considerándolo como “el baluarte central del irracionalismo.”[2] Para Popper esta posición puede resumirse diciendo que “en todo momento somos prisioneros atrapados en el marco general de nuestras teorías, nuestras expectativas, nuestras experiencias anteriores, nuestro lenguaje.”[3] Popper concede este punto a condición de entenderlo de un modo muy particular (“pickwickiano”), puesto que “si lo intentamos, en cualquier momento podemos escapar de nuestro marco general.” [4] Lo que él critica es, pues, esa supuesta irrebasabilidad del marco general  que hace imposible su discusión. Pero si uno revisa  con más cuidado la tesis de la inconmensurabilidad se encuentra con que no es esta la interpretación más apropiada de lo que pretende expresar Feyerabend. Una lectura más atenta en lugar de plantear la imposibilidad de discusión entre marcos generales distintos, entre visiones y formas de vida diferentes, haría este contraste más necesario y recomendable, plantearía una mayor riqueza de posiciones, un mayor pluralismo como marco de contrastaciones. Con lo cual no se alejaría tanto de la posición de Popper cuando afirma “que nada es más fructífero que el choque cultural que ha servido de estímulo a algunas de las más grandes revoluciones intelectuales.”[5] Los grandes movimientos intelectuales serían herederos del choque entre diferentes civilizaciones o tradiciones. Entendida así la inconmensurabilidad ofrece un marco más amplio para comprender los cambios culturales y los movimientos subterráneos que subyacen a dichos cambios. Por el contrario, hay corrientes, denuncia Feyerabend, que en nombre de la ciencia restringen el marco de posibilidades de discusión, convirtiendo a la ciencia en una suerte de saber lleno de autoridad y certeza. Ya sabemos que Popper niega esta atribución de autoridad o certeza a la ciencia, sin embargo Feyerabend va a tratar de mostrar que detrás de la aparente fachada de tolerancia de Popper se esconde una suerte de posición autoritaria y dogmática. Aunque Popper considera que una sociedad abierta es inseparable de la tradición crítica que opera en el corazón del método de la ciencia, para Feyerband una sociedad basada en la estrecha visión racional de la ciencia no puede sino dar origen a una sociedad unidimensional y limitada, por lo que propone que una verdadera sociedad libre es aquella que se desprende de toda forma autoritaria, de todo dogma preconcebido, de toda posición dogmática, es una sociedad en la que la ciencia constituye una de las tantas tradiciones a ser tomadas en cuenta y no como la tradición preponderante que es hoy en día. A continuación analizaremos con mayor detalle la posición siempre refrescante y provocadora de Feyerabend.[6]





Uniformidad, variedad cultural y ciencia
Sería muy ingenuo negar la influencia que la ciencia ejerce en la sociedad humana actual, la importancia que a nivel mundial tiene la ciencia. El desarrollo económico de las naciones más poderosas va al ritmo de su desarrollo científico y tecnológico. El creciente proceso de uniformización y homogeneización de la sociedad moderna es una consecuencia de esta influencia creciente de la ciencia en la sociedad, a tal punto que ella “se ha convertido en parte del mundo de las necesidades materiales, en algo que ejerce un poder nuevo sobre los hombres y crea relaciones totalmente nuevas entre ellos.”[7] Lo grave de todo esto, según Feyerabend, es que si en un primer momento la ciencia desempeñó un  papel emancipador en la sociedad y fue fruto de la emancipación   del pensamiento, a medida que se ha ido institucionalizando ha ido perdiendo su función liberadora y se ha ido transformando en un instrumento de dominación y represión. Con el tiempo la ciencia se ha ido convirtiendo en “una colección de puntos de vista y prácticas uniformes que tienen el apoyo intelectual y político de poderosos grupos e instituciones.”[8] A pesar de que en la comunidad científica y en la sociedad civil en general existen grupos que tratan de contrarrestar esta tendencia homogeneizadora y controladora del tejido social, la influencia de estos grupos de presión resulta poco menos que insignificante “comparados con la creciente centralización del poder que es una casi inevitable consecuencia de las tecnologías de gran escala y de sus correspondientes instituciones.”[9] Es importante advertir que la crítica de Feyerabend no va dirigida a la ciencia como tal, que constituye una aventura humana admirable y fascinante, sino al predominio abusivo que ella tiene en la sociedad. Su crítica estaría dirigida a limitar su uso inapropiado y contrarrestar su influencia con otras tradiciones y puntos de vista, pues de hecho “no hay nada den la naturaleza de la ciencia que excluya la variedad cultural.”[10]

La variedad cultural no está en conflicto con la ciencia vista como una investigación libre y sin restricciones, está en conflicto con filosofías como ‘el racionalismo’ o ‘el humanismo científico’, y una agencia llamada a veces Razón, que usa imágenes congeladas y distorsionadas de la ciencia para obtener aceptación de sus propias creencias antediluvianas.[11]

Es este punto el que más nos interesa destacar, pues es de aquí de donde se extraen las consecuencias políticas de las aparentemente inocentes y asépticas afirmaciones de los filósofos de la ciencia cuando ven la ciencia como una actividad uniforme y estandarizada. La imposición que tratan de hacer estas doctrinas filosóficas sobre la ciencia tiene consecuencias que trascienden el dominio de la ciencia y repercuten en las formas sociales de organización.

La asunción de que existen estándares del conocimiento universalmente válidos y obligatorios es un caso especial de una creencia cuya influencia se extiende mucho más allá del dominio del debate intelectual. Esta creencia puede ser formulada diciendo que existe una forma de vida correcta y que el mundo debe ser hecho para aceptarla.[12]

Con ello llegamos al verdadero blanco de los ataques de Feyerabend, la “ideología de los expertos”, y el papel mucho más reducido que estos deberían desempeñar en una sociedad libre.




La ideología de los expertos
Para Feyerabend el hecho de que una sociedad esté dirigida por la opinión de los expertos es totalmente indeseable y va en contra de la naturaleza misma de una sociedad libre y democrática, va contra el desarrollo humano y equilibrado de una sociedad. La legitimación de la autoridad que los expertos ejercen en el manejo de los asuntos humanos se deriva de una ideología construida para tal fin. Pero él va a tratar de mostrarnos que tal ideología está construida sobre bases muy discutibles, por no decir totalmente erróneas.
En primer lugar, la ideología de los expertos se basa en la creencia, que por lo demás no es nueva, de que “el progreso y el éxito sólo se pueden alcanzar mediante métodos especiales.”[13] Esta creencia de que la ciencia está en posesión de un método especial es denominada por nuestro autor “el mito del método oculto” y es una creencia tan extendida como cuestionable. Si hacia algo apunta la tesis de la inconmensurabilidad es a la imposibilidad de encontrar nada por el estilo. No existe ningún método sistemático de decisión o algoritmo neutral que correctamente aplicado deba conducir siempre a la misma decisión. Es en esta creencia, y no en ninguna propiedad específica de la ciencia, donde el experto fundamenta su autoridad y su legitimidad.
La otra base sobre la cual se sustenta la ideología legitimadora del experto es en la creencia de que la ciencia es superior a cualquier otra tradición humana en función de sus resultados. Pero esta creencia no resiste un análisis serio y se basa, a su vez, en dos supuestos falsos. El primero es que ninguna otra tradición ha producido nada que sea comparable a los resultados obtenidos por la ciencia y el segundo es que estos resultados son autónomos y no tienen ninguna deuda con tradiciones no científicas. Con relación al primero de estos supuestos la respuesta de Feyerabend es contundente como siempre: si comparamos los resultados del mito con los de la ciencia nos encontramos con que el mito dio origen a la cultura, mientras que la ciencia y los racionalistas han producido cambios en esta cultura y no siempre en la mejor dirección. En este caso los resultados del mito son incomparablemente o inconmensurablemente superiores.
El segundo supuesto también es falso. Bastaría con señalar que incluso un racionalista como Popper, que defiende la existencia del desarrollo relativamente autónomo del pensamiento científico, reconoce la gran deuda que el pensamiento científico tiene en su origen con el pensamiento mítico, aunque posteriormente se desarrolla con relativa independencia del mito o de cualquiera otra tradición que no sea la tradición racionalista o crítica, lo que para Feyerabend constituye una reducción injusta con relación a las múltiples fuentes de las que se nutre el propio pensamiento científico. El caso de la acupuntura china con relación a la medicina científica sirve para ilustrar este punto.
En definitiva, para nuestro “enfant térrible”  de la filosofía contemporánea,  la supuesta superioridad de la ciencia no descansa sobre hechos objetivos incontestables sino sobre un sistema de creencias subjetivas y valoraciones, es decir, sobre una ideología particular, diseñada con la finalidad específica de justificar esta supuesta superioridad. No hay nada en la ciencia que la haga intrínsecamente superior a otras tradiciones y si esto nos resulta difícil de ver es porque estamos sumergidos en una cultura científica en la que “el show está preparado a su favor.”[14] Si otras tradiciones aparecen siempre como inferiores a la tradición científica se debe a que en ningún momento ha existido una competencia leal entre la ciencia y las demás tradiciones culturales. La superioridad de la ciencia es para Feyerabend un claro producto de “la presión política, institucional y militar.”[15] De allí que encuentre en la posición de privilegio de que goza la ciencia en la actualidad ribetes muy similares a los que tenía la Iglesia Católica en el pasado, por lo que el remedio para esta situación debe ser, como veremos a continuación, bastante similar al que dio fin al predominio de la Iglesia.




Hacia una sociedad libre
Como esperamos haber dejado en claro, para Feyerabend no hay nada en la ciencia ni en la opinión de los expertos y especialistas que sea intrínsecamente superior a otras tradiciones, formas de vida o sistema de creencias. El desmesurado poder que los expertos ejercen en la sociedad actual, a expensas de otros sectores de la sociedad y de un desarrollo humano  más equilibrado, está sustentado en una ideología que comporta una serie de falsos supuestos y de dogmas peligrosos. Nuestro sarcástico autor ridiculiza este poder al llevarlo a una situación límite, aunque nada improbable o infrecuente, en la que nadie podrá ni siquiera decir que está deprimido a menos que él mismo sea un experto en el tema, a saber, un psicólogo o un psiquiatra.
Toda la situación antes descrita nos pone de manifiesto  la existencia de una paradoja en el propio corazón del sistema democrático: “los principios democráticos tal y como se practican son incompatibles con la supervivencia, desarrollo y crecimiento de culturas especiales.”[16] En ningún lugar se hace más evidente ello que en el sistema educativo, el cual está diseñado para reproducir este sistema de dominación de la ideología del experto en la sociedad moderna, al excluir todas aquellas formas de enseñanza que no tengan que ver con la autoridad de la ciencia o no estén legitimadas o avaladas por ella. Para variar,  el gran Bertrand Russell había destacado también este rasgo autoritario y antidemocrático con que se presenta la educación en la sociedad industrial moderna y señalaba que en aquello en lo cual el hombre “se encuentra totalmente impotente es en el aspecto relativo a la educación de sus hijos: tendrán la educación que se les proporcione.”[17]
Para contrarrestar este desarrollo desigual de las fuerzas sociales dentro de una sociedad democrática se hace indispensable darles las mismas oportunidades y los mismos derechos a todas las tradiciones, ya que “una democracia es una asamblea de hombres maduros y no un rebaño de ovejas que tienen que ser guiados por un pequeño grupo de sabelotodos.”[18] Dado que los expertos no son infalibles y que a menudo ni siquiera se ponen de acuerdo entre ellos mismos sobre cuestiones fundamentales, el profano o el lego debe poder participar también en aquellas decisiones fundamentales que le afectan directamente, debe ejercer un control externo sobre estos mismos expertos, debe limitar el poder de estos, aun a riesgo de que se reduzca “la cuota de éxitos de las decisiones que se tomen”[19], lo que, por lo demás, no es en absoluto evidente que haya de suceder.
Para reducir la excesiva influencia que la ciencia ejerce sobre la vida social por medio de esta ideología tecnocrática, para descentralizar y democratizar realmente el proceso de toma de decisiones en una sociedad plural y abierta, Feyerabend propone que la ciencia sea separada del Estado, así como antes se produjo la separación de la Iglesia y el Estado. La ciencia ha devenido una suerte de nueva religión y, por ello mismo, debe ser limitado su poder separándola del Estado. Si bien la ciencia representó en algún momento el ideal de emancipación del pensamiento frente a la religión y al poder absolutista, Feyerabend destaca lo lejos que aun nos encontramos de la verdadera realización o maduración de este ideal de emancipación de la Ilustración, resumido en la famosa consigna: ¡Atrévete a pensar por ti mismo! o ¡Sapere aude! Así, “podemos describir el desarrollo desde el siglo XVIII diciendo que la inmadurez vis-à-vis las iglesias fue reemplazada por la inmadurez vis-à-vis la ciencia y el racionalismo. La Ilustración está tan distante hoy como lo estaba en el siglo XVIII.”[20]
En suma, lo que Feyerabend propone es la existencia de un diálogo verdadero como elemento indispensable de una sociedad democrática y plural. Queda mucho camino por recorrer para que nos podamos emancipar de ideologías que coartan la libertad de pensamiento, de volver de nuevo a ese pensamiento emancipador que en algún momento representó el propio pensamiento científico, aunque ahora represente para él todo lo contrario: una nueva ideología impuesta a la fuerza o por medio de una  poderosa propaganda a su favor.     



[1] Paul Feyerabend: “En camino hacia una teoría dadaísta del conocimiento” en ¿Por qué no Platón?, Tecnos, Madrid, 1985, p. 124.
[2] Karl Popper: “La ciencia normal y sus peligros” en I. Lakatos & A. Musgrave: La crítica y el desarrollo del conocimiento, Grijalbo, Barcelona, 1975, p. 156.
[3] Ibid., p. 155.
[4] Idem
[5] Ibid. P. 156.
[6] Escapa a los límites de este trabajo el hacer una comparación detallada entre los puntos de vista de Feyerabend y Popper. Sin embargo, podemos señalar que Popper comparte de hecho mucho de los puntos de vista iconoclastas de Feyerabend. Por otro lado, es evidente que Popper plantea una posición normativa de la ciencia, es decir, de cómo debe ser, mientras que autores como Feyerabend se centran en cómo la ciencia se comporta de hecho, se interesan más en un enfoque de tipo sociológico o histórico.
[7] Paul Feyerabend: “De cómo la filosofía echa a perder el pensamiento y el cine lo estimula” en ¿Por qué no Platón?, p. 20.
[8] P. Feyerabend: Farewell to Reason, Verso, Londres, 1987, p. 2.
[9] Ibid. p. 12.
[10] Idem
[11] Ibid. pp. 12s.
[12] Ibid. p. 10s. El resurgimiento del fundamentalismo islámico constituye un buen ejemplo de los peligros que amenazan con imponer un modo de vida, el occidental en este caso, como el único válido, sin tomar en cuenta las tradiciones culturales y las idiosincrasias de una determinada comunidad o nación.
[13] Feyerabend: “Expertos en una sociedad libre” en ¿Por qué no Platón?, p. 48
[14] Feyerabend: “En camino hacia una teoría dadaísta del conocimiento”, en ¿Por qué no Platón?, p. 112.
[15] Ibid. p. 113.
[16] Ibid. pp. 63s.
[17] Bertrand Russell: Ícaro o el futuro de la ciencia, Monte Ávila, Caracas, 1987, p. 37.
[18] Feyerabend: “En camino hacia…”, p. 77.
[19] Idem.
[20] Ibid p. 79.

sábado, 1 de febrero de 2014

Mariano Picón Salas y la idea de Cultura

David De los Reyes.




A mi amigo Yusef Merhi, lector del maestro

Don Mariano Picón Salas, nuestro ensayista por excelencia, vuelve a retomar la palabra en los medios de comunicación gracias al doble  recordatorio de este mes pasado  de su natalicio (1 de enero de 1901) y partida (26 de enero de 1965). Su sólida gloria literaria, su capacidad de agudeza y análisis se renovarán y  recordarán ahora con la celebración de su centenario. Importante  es volver nuestra  atención ante su mirada nunca ausente  y  su crítico discurso, que es ya inalterable y mucho de él, actual. Una nueva oportunidad de  reencontrarnos con su particular ejercicio de comprensión por  la obra humana de América, de su historia y su cultura confrontadas con la  permanente sombra y luz de la esfinge  de la cultura  de Occidente.
Y es en este balcón escritural único que  podemos retomar sus reflexiones sobre la idea de  cultura, la cual no es vista y defendida como poder, sino como convivencia. Su obra “Europa-América. Preguntas a la esfinge de la cultura” (Cuadernos Americanos, México), editada en el año 1947,  es la referencia obligada para nuestro encuentro.  Este concepto de cultura, que ha sido tan retomado, definido y calcado por tantos autores de una u otra manera, en Picon Salas tiene la originalidad de acercársele a través de la doble cara de Jano de la cultura occidental. Este merideño antepone lo americano y lo europeo sobre el tapiz de las comuniones y deslindes que llevan a reflexionar y transformarnos, complementar  y mestizarnos mutuamente. Su postura se extiende a través de ese cotejo de  valoración y aprendizaje  constante entre ambos continentes.  Mostrar las formas y los interrogantes persistentes de lo cotidiano que  hablan a los hombres  por encima de cualquier contingente político y de estamentos  sociológicos.
Visionario de las nuevas transformaciones, recolector de los nuevos acentos gestuales sociales, llegan sus palabras a una crítica de la americanización anglosajona y calvinista del mundo occidental. Atento al colapso de una civilización en que los aportes de sus poetas y artistas, junto al sentido pasado de cultura,   penden de  un hilo  por culpa  de la pequeña especialización utilitaria en los campos de la enseñanza: territorio de una pedagogía de la estrecha especialización, en donde se enraizó  “la hipertrófica tendencia  a saber cada día más y más sobre menos y menos”. Es la descomposición, la fragmentación del hombre en  categorías de fácil manejo cuantificable donde queda su alma escindida,  reducida en diversas piezas que casi son imposible de volver a unificar.
En esta idea pasada,  y muy actual de cultura, no escapa su análisis al marco que habita detrás de ella.  Detrás de la ingente  y aparente prosperidad y superabundancia tecnológica, -ese barroco tecnotropismo negativo que marca a toda nuestra existencia-,  encuentra  un constante caos emocional, una profunda coalición angustiosa entre el hombre y su ámbito. Encuentra en la vieja represión puritana, medrosa del Arte y hasta de los simples placeres  de una vida normal, la obsesiva y ambiciosa  búsqueda  del dinero como  el único escape  en donde descargar su  energía. “Para que no lo tentara el diablo, el puritano  quería estar siempre  ocupado”. Es la ética protestante de la que Max Weber  también había hablado. El centro de la vida  no gira, por ejemplo,  alrededor de una comida finamente sazonada o en la buena conversación. Ese centro cierra cualquier desvío  que no esté dirigido, además  de la Biblia y del sermón del domingo, por los negocios y el favor y el premio de Dios, hoy podemos agregar por la demagogia de las revoluciones fracasadas que convierten a países en campos de concentración.
Picón Salas está tras la búsqueda de otro significado más humano de la cultura. Como  ya dijimos, la justificación del desarrollo de la cultura no está en el poder cuantitativo que engendra para algunos, sino en lacasi olvidada ya- convivencia, que puede llegarse a gozar por los muchos que se la apropian y la viven. Difícil acción quijotesca donde  está llamado a fracasar  todo aquello  que en la vida y en el mundo no sea cuantificable o mediado y reducida por el adoctrinamiento ideológico político totalitario.
¿Cuál es la respuesta  dada por Picón Salas? ¿A dónde dirige sus observaciones y reflexiones entorno a la esfinge de la  cultura? Su actitud ética y estética lo encierra en el círculo de lo que el llama frágil felicidad: el círculo de los productos del Arte, del pensamiento, emparentados con la “necesaria técnica de vivir con gracia”. Los estruendosos ruidos de la ensordecedora marcha del tren  del pragmatismo americano  o de la sombría desolación del paso de la cremallera de los tanques nazis  presentes en las europas de la década del treinta eran -¡y posiblemente son hoy más que nunca los delirios de las utopías delirantes de la barbarie marxista!- los destructores de toda intimidad humana. El espíritu de secta despojaba  a las obras de la cultura; el individuo desaparece, y con él, el goce desinteresado estético y comprensivo       –fuera de todo pujo pragmático e ideológico- que podemos encontrar en las grandes obras de la humanidad. Un mundo reducido a la mera información de las cosas pero sin su emparejada comprensión e interpretación,  que es la acción que las convierte en plenamente humanas y nos aleja de la sinrazón y nos acerca a la inteligencia.  Este merideño llega a decirnos  que gozamos de un perpetuo autoengaño: “el hombre llegaba –como los nazis de Rosenberg-  al culto del mito, no importa la verdad sino lo que proponía creer. Era el credo quia absurdum de nuestro moderno inmanentismo”. La historia, en este mundo de la cultura de entre y post-guerra, queda sujeta a la cifra validada  por la mentira o creencia que el partido  o la secta  adoptó como verdad absoluta e intocable. Los partidos de masas, nos dice, odian a las masas pues sólo las desprecian o las usan  como  instrumento para alcanzar el poder; ofreciéndoles una verdad a medias: el arma de la propaganda falseada cuyo secreto se reduce al círculo de los elegidos por los dirigentes. La Consigna, y  su repetición,  se transforma en verdad monolítica fundamentalista y aterradora. Esta es la idea de  cultura unilateral, pobre ante la diversidad,  teñida de muerte y que crece para afianzarse como poder insoslayable: una cultura de la muerte, pobreza y miseria humana.
¿Cuál es la otra cara de la cultura,  aquella que Picón Salas nombra como convivialidad?
Es la cultura que  emerge como una nunca colmada  felicidad  e impregnada del sino nostálgico  de toda vida.  Es el acercamiento a los clásicos del arte y del saber, y comprender en ellos la superior pedagogía de lo humano; es goce de formas, de  ideas, de la sociabilidad y de la conversación, es decir, del eterno diálogo; es la concepción de vida como obra de arte; es la oposición de la creación espiritual  que se opone a la líbido dominante y al mecánico economicismo positivista.
Si bien podemos comprender que nuestro estadío cultural se desdobla por otros derroteros  contrarios a esta idea de cultura en tanto convivialidad, no  por ello las palabras de Picón Salas  dejan de señalar  una senda que aún se puede volver a pisar. “La medida de toda Cultura no es nivelar los hombres en la vulgaridad cotidiana sino hacerles desear la Belleza”. ¡Claro está!,  todo esto choca y se distancia, como ya dijimos antes, frente a  nuestra realista y presente cultura de la muerte.  


Este comienzo de año puede ser  el inicio de un seductor diálogo imaginario con la obra de Don Mariano, esa sensible inteligencia americana y venezolana única y vital, propia de nuestros  intelectuales sudamericanos esforzados de la primera mitad del siglo XX.
La inducción: análisis 
de un pseudoproblema

Carlos Blank






Introducción

El escepticismo no es irrefutable, sino claramente sin sentido si                            pretende dudar allí en donde no se puede plantear una pregunta.  Pues la duda solo puede existir cuando hay una pregunta; una pregunta solo cuando hay una respuesta, y ésta únicamente cuando se puede decir algo.
                                                                   Ludwig Wittgenstein

Seguramente Hume cuando planteaba una serie de dificultades en torno a la justificación racional de la inducción no creía estar haciendo un mero malabarismo terminológico o ejercicio retórico. Debía estar muy lejos de su ánimo el caer en un mero juego dialéctico o sofístico. Por el contario, al plantear dichas objeciones y replicas creía estar apuntando a un problema real y no meramente verbal. Sin embrago, para algunos autores no existe un problema real de la inducción, sino que dicho problema obedece a una mera confusión conceptual, a un manejo o a un uso equívoco y ambiguo de los términos en juego. Esta posición tiene su origen en Wittengstein  y, a través de él, pasa a  autores como P.F.Strawson, Paul Edwards, Stephen F. Barker, F.L.Will y Antony Flew. Para todos estos autores, que podríamos agrupar dentro de una de las corrientes del pensamiento filosófico moderno más influyentes, la corriente analítica, el problema que Hume planteara en torno a la inducción no consiste en ningún problema genuino y auténtico, que puede ser resuelto de alguna forma satisfactoria, sino que constituye un pseudoproblema que debe ser disuelto y puesto al descubierto. El hecho de que hasta el momento no se haya podido dar una respuesta definitivamente satisfactoria a los planteamientos escépticos de Hume redunda a favor de esta tesis sostenida por los análisis lógicos del lenguaje. El que no se pueda dar una respuesta adecuada al problema de justificar la inducción es una señal inconfundible de que no estamos en presencia de ningún problema real y  genuino, puesto que solo puede haber un auténtico problema allí donde se pueda encontrar también una respuesta acertada.
De todas maneras, el afirmar que los enunciados y las objeciones de Hume en relación a la inducción carecen de genuina y auténtica problematicidad, no implica que sean puramente triviales y ociosos. Como tampoco es trivial ni ocioso el entrar a analizar dichos pseudoproblemas, pues la filosofía consiste, para aquellos, en un actividad: la de realizar un análisis de lenguaje que permita distinguir entre enunciados con sentido de aquellos que carecen  de él, que  discrimine entre enunciados significativos y pseudoenunciados, que son, éstos últimos, los que dan origen a toda clase de pseudoproblemas. La labor de la filosofía es entendida como una especie de terapia analítica, cuya finalidad consiste en resguardar al lenguaje de la aparición de expresiones espurias o malformaciones lingüísticas, como una labor de eugenesia del lenguaje. Según esto, no existe un universo lingüístico que sea propio y exclusivamente filosófico. El problema de la filosofía se reduce a desenmascarar todos aquellos pseudoproblemas que ella misma ha generado las más de las veces.

El verdadero método de la filosofía sería propiamente éste: no decir nada, sino aquello que se puede decir; es decir, las proposiciones de la ciencia natural –algo,  pues, que no tiene nada que ver con la filosofía-; y siempre que alguien quisiera decir algo de carácter metafísico, demostrarle que no ha dado significado a ciertos signos en sus proposiciones. Este método dejaría descontento a los demás, pues no tendrían el sentimiento de que les estamos enseñando filosofía, pero sería el único estrictamente correcto. (T. 6.53)

En lugar de considerar a la inducción como un problema que debe ser resuelto, la corriente analítica de inspiración witgensteiniana lo ve como un problema que debe ser disuelto, como una confusión conceptual que debe ser despejada. Lo cual no implica para nada una consideración  del problema como trivial o una subestimación de los  meritos que hay en los planteamientos del gran escocés. Todo lo contrario.

Uno puede considerar que el problema de la inducción es una confusión conceptual y, sin embargo, considerarla una confusión profunda e importante. No hay nada superficial o trivial en el problema tal como aparece en el pensamiento de Hume, y es un mérito de Hume haber tenido la penetración intelectual sin la cual no podría haber incurrido en sus dificultades conceptuales acerca de la inducción. No estamos denigrando necesariamente una realidad del filósofo cuando decimos que fue víctima de una confusión conceptual. Y no estamos perdiendo necesariamente el tiempo cuando dedicamos nuestro tiempo al estudio prolongado para desenmarañar pseudoproblemas. (Barker, 1976: 78)






Posición de Hume en torno al razonamiento inductivo

Hume realizaba el inventario de los objetos de la razón e investigación humanas agrupándolas en dos clases exhaustivas y excluyentes, a saber: las relaciones de las ideas y las cuestiones de hecho. A la esfera de las relaciones de ideas pertenecen todos los razonamientos demostrativos de la matemática y la lógica, en los cuales la conclusión preserva siempre la verdad de las premisas iniciales. Dicho de otra manera, no podemos afirmar la verdad de las premisas y negar la verdad de la conclusión sin incurrir en una contradicción lógica o formal.
A la otra esfera, a la esfera de las cuestiones de hecho, pertenecen todos aquellos razonamientos que Hume denomina morales. Todo razonamiento moral, es decir, que vaya referido a cuestiones de hecho o existenciales será siempre no demostrativo. En estos razonamientos no se preserva la verdad de las premisas al pasar de éstas a la conclusión. La razón de todo ello es muy simple, en la conclusión de un razonamiento moral se afirma algo más de lo que estaba previamente contenido o incluido en las premisas, mientras que en los razonamientos demostrativos la conclusión no hace sino afirmar de manera explícita la verdad implícita de las premisas. En estos últimos no se produce ninguna ampliación o extensión de nuestro conocimiento, mientras que en aquellos primeros  sí se produce una ampliación o extensión de nuestro conocimiento de partida. Es precisamente por esta ampliación que no se preserva la verdad de las premisas, por lo que podemos muy bien afirmar al mismo tiempo la falsedad de la conclusión sin  incurrir por ello en una contradicción formal o lógica. La negación de una conclusión realizada sobre las bases de cuestiones de hecho es perfectamente posible, es clara y distintamente concebible, por lo que no entraña ninguna contradicción en sí misma.
En el caso de los razonamientos demostrativos el principio de no-contradicción constituye un criterio suficiente  para su justificación. No así en el caso de las cuestiones de hecho, donde el principio de no-contradicción pasa a ser una condición necesaria de su verdad, pero nunca suficiente. Hume trata, entonces, de encontrar una fundamentación, una justificación racional a estas cuestiones de hecho o a los razonamientos que se refieren a dichas cuestiones. También denominamos a dichos razonamientos  atinentes a cuestiones de hecho, inferencias inductivas, siguiendo una terminología más actual. Pues bien, dichas inferencias no pueden ser  justificadas de manera a priori o independiente de la experiencia, por no ser el principio formal de no-contradicción una garantía suficiente de su verdad. Por no ser una verdad puramente formal aquella que deben preservar las inferencias inductivas, sino que deben preservar una verdad material que no está contenida en las premisas, no nos basta un principio puramente formal para justificar su racionalidad. En cambio, en los razonamientos demostrativos, dado que solo tratamos de preservar una verdad meramente formal, es suficiente un principio que garantice la coherencia entre las premisas y la conclusión como justificación racional de los mismos.
Pero si, como acabamos de ver, no podemos encontrar una fundamentación a priori de las inferencias inductivas, tendremos que orientar nuestra búsqueda de fundamentación por la otra vía que nos queda, la vía a posteriori. Pero justamente es por este camino por donde Hume nos enfrenta a una serie de dificultades,  aparentemente  insuperables, sintiéndonos atrapados en callejones sin salida o atascados en arenas movedizas en las que cuanto más esfuerzo hacemos por salir de ellas más nos hundimos.
Ya que no podemos establecer una conexión necesaria a priori entre las premisas y la conclusión de un razonamiento inductivo, puesto que está excluida por definición, debemos buscar dicho nexo necesario en la experiencia. Para ello analiza Hume el concepto de causalidad, el cual, en una primera aproximación, pareciera satisfacer esta conexión necesaria entre eventos diferentes de la realidad. Pero si analizamos más de cerca esta idea y la remitimos a su impresión originaria, nos encontramos con que todo lo que podemos inferir de dos acontecimientos, de los cuales afirmamos que el primero es causa del segundo, es una cierta contigüidad espacio-temporal, una prioridad de un evento con relación al otro y, finalmente, una conjunción continúa y repetida. Fuera de estos tres aspectos yo no puedo inferir nada más de dos hechos sucesivos en el tiempo. Por más que yo analice mis impresiones, como en el celebérrimo ejemplo de las bolas de billar, yo nunca podré inferir algo que esté más allá de las características antes mencionadas y concluir acerca de la existencia de una conexión necesaria. Dicha idea de conexión necesaria no puede surgir de la experiencia, pues simplemente va más allá de ella. La causalidad no puede justificar racionalmente las inferencias inductivas, pues, como ellas, también supone un principio de uniformidad de la naturaleza, presupone la semejanza entre pasado y futuro, es decir, “todas nuestras conclusiones experimentales se dan a partir del supuesto de que el futuro será como ha sido el pasado” (Hume, 1980: 58) Este principio de uniformidad de la experiencia sería como la premisa mayor que fundamenta todo razonamiento inductivo. De ser este el caso, afirma Hume, nos encontraríamos frente a una clásica petición de principio, en la que asumimos aquello que debe ser demostrado, pues este principio proviene él mismo de la experiencia, afirma una cuestión de hecho, por lo que mal puede considerarse el fundamento de las afirmaciones de hecho o acerca de la experiencia. Por lo demás, del hecho contingente de que hasta ahora el pasado se haya asemejado al presente no es ninguna garantía de que ello siga pasando así en el futuro más cercano o más remoto. Como señala Hume, “es imposible, por tanto, que cualquier argumento de la experiencia pueda demostrar esta semejanza del pasado con el futuro, puesto que todos los argumentos están fundados sobre la suposición de aquella semejanza.” (Hume, 1980: 60) Afirmar, por otro lado, que toda conclusión referente a cuestiones de hecho es solo probable, no escapa tampoco a esta objeción: pues el que algo se mantenga como probable hasta ahora no es una garantía de que se mantenga así en el futuro.
En fin, dado que ni por medio de la razón ni por medio de la experiencia es posible la justificación racional de las inferencias inductivas, pareciera que la posición escéptica que defiende Hume es inevitable. La expectativa psicológica de que las cosas se comporten de igual manera en el futuro como en el pasado no es más que eso, una expectativa psicológica, y que, por tanto, puede ser contrariada en cualquier momento. No podemos ir más allá de esa inestable necesidad psicológica, no podemos aspirar a una necesidad lógica, pues ella solo ocurre en el ámbito de los razonamientos demostrativos, no en el ámbito de los razonamientos morales o sobre cuestiones de hecho. Dicho así, el planteamiento de Hume amenaza con socavar cualquier empresa de explicación racional de la realidad y nos desafía a encontrar una salida plausible a los diversos escollos y dificultades que aparecen en su planteamiento. Dentro de unas de esas líneas de solución del problema y de respuesta al desafío de Hume se encuentra la posición que desarrollamos a continuación.   








La respuesta analítica al planteamiento de Hume

Un aspecto importante que merece ser tomado en cuenta a la hora de responder a Hume es el de su ultra-racionalismo. Es decir, aunque la posición de Hume suele ubicarse en las antípodas del racionalismo moderno, es innegable que comparte con aquel la sobrevaloración del razonamiento deductivo, la defensa del canon deductivo como la quintaesencia de todo razonamiento, como el canon mayor a partir del cual deben ser evaluadas las demás formas de razonamiento no-deductivas. Pero precisamente aquí está el detalle importante para la posición de cuño analítico: la justificación racional de la inducción que exige Hume está condenada de antemano al fracaso, en tanto que pretende exigirle el mismo carácter categórico y concluyente de la deducción y al mismo tiempo se lo niega ex definitione. Como veremos, la posición de Hume es un claro síntoma de esa mala fe filosófica que pide hallar una solución a un problema donde sabe de antemano que dicha solución es imposible. Este es el punto de partida de la posición analítica: la posición de Hume es el reflejo del vano esfuerzo de convertir la inducción en deducción.
En este sentido, lo primero que debe tomarse en cuenta es que estamos en presencia de dos modelos diferentes de razonamiento y que cada uno de ellos debe ser evaluado de acuerdo a reglas diferentes también. La deducción y la inducción no pueden medirse con el mismo rasero ni pueden ponerse a competir en el mismo terreno. El modelo inductivo no puede ser evaluado de acuerdo con las reglas del razonamiento deductivo. Las reglas de inferencia propias de un modelo deductivo son inaplicables fuera de ese modelo. Por su parte, el modelo inductivo de razonar tiene sus propias reglas de funcionamiento a partir de las cuales podemos evaluar su validez. En la medida en que las reglas que rigen a cada parcela de razonamiento son diferentes es posible que haya razonamientos inductivos sólidos sin necesidad de que sean deductivamente válidos. Por ejemplo, al referirnos al razonamiento deductivo no tiene sentido hablar de grados de implicación de la conclusión, mientras que sí tiene perfectamente sentido hablar de grados de respaldo o de apoyo con relación a las conclusiones de un argumento inductivo. Como lo señala Strawson, “las premisas de un  razonamiento deductivo o implican o no implican la conclusión. No pueden implicarla más o menos, no puede haber grados de implicación. Pero puede haber y hay, grados de respaldo, puede haber y hay, una mejor o peor evidencia a favor de una conclusión inductiva.” (Strawson, 1969: 280)
En cambio, como ya vimos en el caso de Hume, el mayor o menor grado de respaldo de una inferencia inductiva no la hacía más plausible o verosímil, no alteraba para nada el carácter incierto de cualquier predicción sobre casos futuros o de cualquier generalización a partir de una muestra actual. El que hubiese mayor peso inductivo o mayor probabilidad para la afirmación de una conclusión inductiva no le daba mayor certeza que si hubiese sido menor. Obviamente, el argumento de Hume resulta completamente contra-intuitivo y rompe con el más elemental sentido común en la aplicación del razonamiento cotidiano. Se trata de un ejemplo típico de intento fallido de convertir la inducción en deducción y de ponerlas a competir en el mismo terreno, pues por más evidencias que haya a favor de una inferencia inductiva nunca podrá llegar a la certeza absoluta de una deducción.
Otro caso típico de intento de convertir la inducción en deducción lo representa la conocida posición asumida por el gran pensador británico Bertrand Russell. Como se sabe, Russell mantiene una línea escéptica similar a la de Hume, pero en lugar de adherirse a la solución psicologista de él, trata de encontrar una solución de tipo lógico. En efecto, también Russell sucumbe a la tentación de convertir la inducción en deducción, pretendiendo conferirle un  rigor como el de la deducción lógica, mediante el concepto de “buenas razones”. Pero, como lo ha destacado Paul Edwards,  la introducción de este concepto es un ejemplo de la falacia “ignoratio elenchi por redefinición superior”, en la medida en que se traduce en el intento de exigir a las inferencias inductivas una razón deductivamente concluyente, cuando, por definición, carecen de la validez concluyente de una deducción. Entonces,  lo primero que debemos hacer es ponernos de acuerdo con lo que queremos decir cuando afirmamos que no tenemos “buenas razones” para la afirmación de cualquier inferencia inductiva. Si con ello queremos decir que nunca tendremos razones deductivamente concluyentes, no podremos sino estar completamente de acuerdo con Russell, pero con ello no haremos otra cosa que afirmar la trivialidad de que la inducción no es  ni llegará a ser jamás deducción o que si llegase a serlo dejaría de ser inducción.

Las observaciones de Russell acerca de la necesidad de un principio general, como su principio de inducción, que sirva de premisa mayor a todo argumento inductivo, aclara lo que quiere decir con una razón; al igual que los racionalistas y Hume (en muchos casos), quiere decir con “razón” una razón lógicamente concluyente, y con “elementos de juicio”, elementos de juicio deductivamente concluyentes. Cuando se usa “razón” en este sentido, se debe admitir que las observaciones pasadas nunca pueden por sí mismas ser una razón para cualquier predicción. Pero, cuando en la ciencia o en la vida ordinaria, la gente afirma que tiene una razón para hacer una predicción, no se usa “razón” en este sentido. (Edwards, 1976: 48)

Otro punto importante destacado por la corriente analítica tiene que ver con la afirmación de Hume de que el principio inductivo y el principio de uniformidad de la experiencia tienen su origen en la experiencia. Para Hume la afirmación de que las mismas causas, en las mismas condiciones, originan los mismos efectos, o que el futuro se asemejará al pasado, es producto de una generalización de la naturaleza. De allí la dificultad: estamos en presencia de principios que surgen de una generalización de la naturaleza y que simultáneamente pretende ser la base de toda generalización sobre cuestiones de hecho. Dicha dificultad desaparece apenas dejamos de considerar a tales enunciados como descripciones de estados de cosas de la realidad y pasamos a considerarlos como parte del marco general que hace posible cualquier descripción de la realidad. Esta es la posición que asume Wittgenstein en su conocido Tractatus.  Para él la ley de causalidad debe ser considerada como “la forma de una ley” (T. 6.32), es decir, debe ser considerada como el marco legal en el que se inserta toda otra ley y no como una ley más. La así llamada ley de causalidad no pretende describir nada del mundo, como cualquier otra ley, sino que forma parte del marco legal donde se inscriben las leyes, “trata de la malla y no de lo que la malla describe.” (T. 6. 35) La ley de causalidad muestra que hay leyes naturales, pero ella misma no es una ley natural, consiste en la condición de posibilidad de la existencia de cualquier ley natural, sin ella no podría afirmarse nada acerca del mundo. La ley de  causalidad que fue blanco de ataque de Hume es la noción básica de acción lineal dentro del espacio y el tiempo. Esta noción era ya insuficiente en el marco de la mecánica newtoniana y ponía en peligro la existencia de acción a distancia. La moderna microfísica teórica de partículas también ha planteado la necesidad de reformular el principio de causalidad lineal. Más allá de estas reformulaciones, el principio de causalidad puede ser entendido como marco regulador de la propia actividad científica de formulación y descubrimiento de leyes naturales.
Por otro lado, este principio de causalidad también carecería de sentido si con él tratásemos de afirmar algo acerca de la totalidad del mundo, puesto que el mundo como totalidad no puede ser objeto de experiencia sensible alguna, como dice Kant y nos lo recuerda insistentemente Wittgenstein. De igual modo tampoco tiene sentido si lo interpretamos en referencia al transcurso del tiempo como totalidad, pues no podemos referir un acontecimiento más que a otro acontecimiento, un suceso concreto más que a otro suceso concreto, a la marcha del cronómetro, en el ejemplo de Wittgenstein, y no a una marcha abstracta e inexistente del tiempo. En sus palabras: “Por la tanto, la descripción del proceso temporal sólo es posible en cuanto lo referimos a otro proceso.” (T. 6.3611) Como puede apreciarse, la posición de Wittgenstein en esta obra es perfectamente coherente con la posición de Hume, aunque defiende también una suerte de apriorismo de cuño kantiano. Como Hume reconoce que solo hay un  tipo de necesidad, la necesidad lógica, y que todas cuestiones de hecho son de naturaleza contingente y que la necesidad psicológica es la única que puede darles fundamento. Como Kant ubica la ley de causalidad más allá de la experiencia, como una suerte de concepto que enmarca las condiciones de posibilidad de nuestros juicios sobre la experiencia, aunque estos permanezcan siendo contingentes. Pero si bien  incorpora elementos que podríamos considerar cercanos al espíritu de Kant, es evidente que se mantiene fiel a la letra de Hume.

5.133 Toda inferencia es a priori.
5.134 De una proposición elemental no se puede inferir ninguna otra.
5.135 De ningún modo es posible inferir de la existencia de un estado de cosas la existencia de otro estado de cosas enteramente diferente de aquél.
5.136 No existe nexo causal que justifique tal inferencia.
5.1361 No podemos inferir los acontecimientos futuros de los presentes-
La fe en el nexo causal es la superstición.
6.362 Lo que se puede describir también puede ocurrir, y lo que está excluido por la ley de la causalidad no puede describirse.
6.363 El proceso de inducción consiste en admitir la ley más simple que pueda armonizarse con nuestra experiencia.
6.3631 Este proceso, pues, no tiene fundamentación lógica, sino sólo psicológica.
Es claro que no hay ningún fundamento para creer que realmente acontezca el acontecimiento más simple.
6.36311 Que el sol amanezca mañana es una hipótesis: y esto significa que no sabemos si amanecerá.
6.37 No existe la necesidad de que una cosa deba acontecer porque otra haya acontecido; hay sólo una necesidad lógica.
6.371 A la base de toda moderna concepción del mundo está la ilusión de que las llamadas leyes naturales sean la explicación de los fenómenos naturales.


Y aunque el segundo Wittgenstein, el de las Investigaciones Filosóficas, se aparta de su obra anterior, mantiene a este respecto una posición, si no idéntica, bastante similar con relación a la causalidad y la inducción, por ejemplo cuando afirma “a quien dijera que por medio de datos del pasado no se le puede convencer de que algo va a ocurrir en el futuro, a ese yo no lo entendería.” (En Dilman, 1974: 88) Obviamente aquí se trata más bien de reconocer lo absurdo de aquella afirmación y de su clara disonancia con los marcos de determinadas prácticas lingüísticas o juegos de lenguaje. En ambos casos, se ataca el escepticismo de Hume por carecer de sentido. Mejor dicho,  en ambos casos,  el propio Wittgenstein se encuentra atrapado en la red del escepticismo que él pretende desmontar.  Como señala Antoni Defez, “Wittgenstein parece metido en un atolladero escéptico, y curiosamente se habría metido a la vez que pretende arrinconarlo contra las cuerdas de la insensatez.” (Defez, 2008: 43)
A pesar de ello, su posición nos suministra las herramientas para salir de ese atolladero. Por ejemplo, la afirmación de que no podemos establecer empíricamente ningún acontecimiento que esté situado por definición en el futuro, se reduce a afirmar una mera tautología: la de que lo no-observable no es observable. Como señala F.L.Will, “evidentemente ningún enunciado acerca de futuras cuestiones de hecho puede ser establecido por observación. Las cosas futuras no pueden ser observadas. Cualquier evento o estado de cosas que puede ser observado está por definición en el no-futuro.” (Will, 1965: 148) Desde esta perspectiva, la empresa de fundamentación de la inducción emprendida por Hume resulta ser una tarea imposible, tan imposible como tratar de ver u observar lo que por definición no puede ser visto ni observado jamás o de conocer lo que nunca podremos estar en condiciones de conocer. Es como tratar de ver u observar al “hombre invisible”. Visto así, el problema de la inducción adquiere un sentido totalmente diferente y el planteamiento de Hume adquiere el rango de una demostración. 

Construido como el problema de deducir que Todas las Xs son f (o incluso que Todas las Xs son probablemente f) de premisas que no pueden ser más que Todas las Xs conocidas son f, el problema de la inducción no es un problema sino una demostración. Es la demostración de la imposibilidad de la solución de dicho problema. (Flew, 1965: 165)

Pero esta demostración no debe ser entendida, al menos dentro de la corriente analítica,  como una impugnación total de toda forma de razonamiento acerca de la experiencia, sino como una clara advertencia de la necesaria cautela metodológica que supone cualquier afirmación acerca de cuestiones de hecho o que implica cuestiones de hecho. Como señala Flew, gran parte de la confusión que ha reinado en torno al planteamiento de la inducción obedece a que ha sido considerada como una forma débil de deducción.

La moraleja que debemos extraer de esta demostración es seguramente que los argumentos sobre la experiencia deben ser, y debe uno asegurarse de verlos como,  un asunto, no de intentar desesperadamente de extraer deducciones allí donde se ha mostrado concluyentemente que ninguna puede ser válida, sino de usar lo examinado como una guía, aunque claro siempre una guía falible, con relación a lo no examinado. Este parece ser un caso donde la introducción del término inducción ha sido causa de confusión. Esto obedece en parte a la razón antes sugerida: aparentemente existe una poderosa sugestión acerca de que quien está sometida a juicio es una forma más débil de deducción. (Flew, 1965: 165) 

Volviendo de nuevo a Wittgenstein, podemos encontrar que así como el modelo deductivo está provisto de una serie de proposiciones ciertas e indubitables, también estas existen en el modelo inductivo.

Existen dos tipos de proposiciones que ninguna experiencia futura puede refutar, e.g. las proposiciones, y las proposiciones matemáticas o lógicas. …Y existe una estrecha semejanza entre algunas proposiciones experimentales y las de la matemática –a saber, que la experiencia futura no provee razones para refutarlas. (En Malcom 1978: 91)

Dichas proposiciones elementales son refractarias a las dudas del filósofo, forman parte del eje en torno al cual debe girar toda ciencia experimental, son, en la expresión de Wittgenstein, las “bisagras” que permiten que la puerta gire.

No se pueden llevar a cabo experimentos si no existen algunas cosas de las que no se duda…Las cuestiones que uno plantea y nuestras dudas dependen del hecho de que algunas proposiciones están exentas de duda, son como las bisagras sobre las cuales ellas giran. Es decir, pertenece a la lógica de nuestras investigaciones científicas el que ciertas cosas son de hecho indudables. No se trata de que la situación es como esta: nosotros no podemos investigar todo, y por tal razón estamos obligados a permanecer satisfechos con suposiciones. Si nosotros queremos que la puerta gire, las bisagras deben estar puestas. (En Dilman, 1973: 12s)

Todo lenguaje, y el lenguaje científico no es la excepción, supone la existencia de determinadas reglas sin las que simplemente no podría funcionar, sin las cuales la puerta no podría girar. De esta manera, el principio inductivo es una regla que pertenece a la sintaxis lógica del lenguaje de la ciencia experimental y de la praxis científica, es decir, es un presupuesto del lenguaje y de la actividad científica, no un enunciado contrastable. Las reglas como esta no requieren pues de justificación racional ulterior, sino que constituyen los goznes sobre los que descansan los diversos juegos de lenguaje. De este modo, el pensamiento de Wittgenstein, en sus dos versiones más conocidas, nos ofrece una salida ante el aparentemente inescapable escepticismo, mostrándonos su lado absurdo y carente de sentido, por un lado, y suministrándonos herramientas analíticas importantes para refutarlo o desmontarlo.



Bibliografía:

BARKER, Stephen F.: “¿Hay un problema de la inducción?”, en Max Black et al.: La justificación del razonamiento inductivo, Alianza Editorial, Madrid, 1976, pp. 73-78.
DEFEZ, Antoni: “Causalidad e inducción en el Tractatus de Wittgenstein”, Agora. Papeles de filosofía, No. 27, 2008, pp. 41-61.
DILMAN, Ilham: Induction and Deduction: A Study in Wittgenstein, Blackwell, Oxford, 1973.
EDWARDS, Paul: “Las dudas de Russell acerca de la inducción”, en Max Black et al.: La justificación del razonamiento inductivo, op. cit., pp. 37-60.
FLEW, Antony: “Induction and Standards of Rationality”, en Paul Edwards & Arthur Pap (eds.): A Modern Introduction to Philosophy, The Free Press, New York, 1965, pp. 159-167.
HUME, David: Investigación sobre el conocimiento humano, Alianza Editorial, Madrid, 1980.
MALCOM, Norman: Ludwig Wittgenstein A Memoir, Oxford University Press, Oxford, 1978.
STRAWSON, Paul S.: Introducción a una teoría de la lógica, Editorial Nova, Barcelona, 1969.
WILL, F. L.: “Will the future be like the past?”, en Paul Edwards & Arthur Pap: A Modern Introduction to Philosophy, op. cit.,  pp. 148-158.
WITTGENSTEIN, Ludwig: Tractatus Logico-Philosophicus, Alianza Universidad, Madrid, 1974.
WITTGENSTEIN, Ludwig: Philosophical Investigations, Basil Blackwell, Oxford, 1984.